Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

sábado, 7 de marzo de 2015

Vocatio ad cenam, cortesía y compromiso social en la antigua Roma

Vaso griego con symposium

"Mañana a su humilde casa, queridísimo Pisón,
te invita a las nueve tu camarada caro a las Musas
para el banquete anual de la vigésima. Si dejas exquisiteces y vinos de Quíos, en cambio verás amigos sinceros y escucharás discursos mucho más dulces que aquellos del palacio de los feacios.
Si, por tanto, Pisón, quieres volver la mirada hacia nosotros, celebraremos, en lugar de una modesta fiesta de la vigésima una más opulenta." (Filodemo de Gádara, el Epicúreo (I a. C.)


La celebración de una comida principal al día en la que los comensales se reunían para compartir los alimentos, relacionarse socialmente con animadas conversaciones y disfrutar de entretenimientos variados ya era costumbre entre las civilizaciones más antiguas, y los griegos la mantuvieron en el llamado symposium.

Symposium, pintura griega,  Paestum, Italia

Cuando a la caída de la tarde cesaban los negocios, se cerraban los tribunales o terminaban su paseo o sus estancias en las termas, los romanos eran invitados a cenas o se convertían en anfitriones de convites tan elaborados como permitieran sus posibilidades económicas, por el hecho de poder permanecer juntos más rato por el grandísimo placer de reunirse y hablar de temas literarios, filosóficos o políticos. La invitación se debía en otros casos a motivos familiares como aniversarios, bodas, natalicios, y llegadas o despedidas de amigos.
Las celebraciones nupciales parece que reunían a muchos invitados debido a que se juntaban familias, amigos y convidados que respondían a compromisos sociales.
“Tales fiestas son no solo amistosas, sino también familiares, al mezclar con la familia otra casa; y lo que es más importante que esto, al unirse dos casas en una sola, ya que tanto el que acepta como el que da piensan que hay que acoger con bondad a los familiares y amigos de uno y otro, duplican el número de invitados…se recibe e invita a los demás, la gente, por temor a olvidarse de alguien, invita a todos los íntimos, familiares y los que de alguna manera están emparentados con ellos.” (Plutarco, Moralia, IV, 3)



 En las villas del campo los invitados llegaban de las villas vecinas o los amigos paraban inesperadamente para descansar y disfrutar de la diversión durante la noche de viaje. También había estancias de varios días en las que los amigos invitados disfrutaban de la exquisita hospitalidad del  propietario.

Plinio relata la relajada vida del anciano Espurina en su villa disfrutando de la compañía de sus amigos y cómo una cena entre gente de igual condición se desarrollaba de forma cordial y sin gran derroche: 

“Inmediatamente después de bañarse, se acuesta, dejando la cena para un poco más tarde… Durante todo ese tiempo sus invitados tienen entera libertad para hacer lo mismo o cualquier otra cosa, si así lo prefieren. La cena es tan exquisita como sencilla, y se sirve en una vajilla de plata sin grabados y de gran antigüedad. Los comensales tienen también a su disposición copas de bronce de Corinto, que son muy apreciadas por Espurina, sin que se deje llevar por una pasión excesiva por ellas. Con frecuencia, entre plato y plato se intercala alguna pieza cómica a fin de que también los placeres puramente físicos se vean aderezados por el ejercicio intelectual. La cena se prolonga siempre un poco después del anochecer, incluso en verano. Sin embargo, a nadie le resulta larga en exceso, pues transcurre en todo momento en medio de una gran afabilidad.” (Plinio, Epist. III, 1)

Pintura romana, Catacumba de San pedro y San Marcelino, Roma


La mayoría de cenas eran parecidas a reuniones familiares cotidianas con un número limitado de invitados, en las que participaban la esposa y los hijos del anfitrión, algunos parientes y amigos cercanos  y sólo se buscaba la diversión sana y las relaciones sociales.

Tabla con invitación, Vindolandia, Gran Bretaña

"Claudia Severa a su Lepidina saludos. El 11 de Septiembre, hermana, por la celebración de mi cumpleaños, te envío una cordial invitación para asegurarnos de que vienes, para alegrarme por tu llegada, si estás presente. Saluda a tu Cerial. Mi Aelio y mi hijo pequeño le Mandan sus saludos. (segunda caligrafía) Te espero hermana. Adiós, mi querida hermana, Salud". 

En las tablas de Vindolandia se ha recuperado la invitación a un cumpleaños, que una matrona envía a otra, esposa de un prefecto.

La invitación por parte del anfitrión podía deberse a diversos motivos, desde la simple relación de amistad, al más puro interés en obtener beneficios políticos o económicos, pasando por el mantenimiento de los vínculos de clientelismo, o la responsabilidad contraída con libertos y parásitos. La cena se convierte así en un acto de renovación de lazos sociales en medio de un relajado ocio.

“Yo nunca digo que no cuando me invitan a comer. Es una desgracia que no se use ya la forma de invitar que había, en mi opinión.  !Hércules!, pero que estupenda y sabia en grado sumo  que era antes:  Ven a tal y tal sitio a cenar, venga, acepta, no te niegues, ¿Te viene bien? Anda, ven, digo, no consentiré que dejes de venir. Hoy en día, en cambio, se ha puesto de moda en su lugar otra forma de hacer la invitación, necia, Hércules, e inepta por demás: Te invitaría a cenar, si no  cenara yo fuera hoy !Mal rayo parta a la dichosa frasecita y ojalá que reviente el embustero que la dice, si es que cena en casa! Esta nueva manera de expresarse me obliga a coger usos barbaros, y a ahorrarme el pregonero y anunciar yo mismo la subasta de mi venta”. (Plauto, Estico, acto II, esc.II)

En época muy lejana la hospitalidad, o acogida que una comunidad dispensaba a un extranjero, a un mendigo o a un suplicante, tenía un importante valor jurídico- diplomático y al mismo tiempo un significado religioso. El vínculo de amistad con un extraño se sellaba con un banquete ritual, donde el vino tenía un importante papel.

“Nieto de Etruscos reyes, ¡oh Mecenas!:
Ha días ya que un delicioso vino
Te reservo en tonel nunca tocado,
Y rosas y perfumes exquisitos
Con que te unjas el cabello. Acude.” (Horacio, odas, III, 29)



Las cenae romanas podían ser muy diferentes según las circunstancias, el temperamento de cada anfitrión o su calidad moral; según el romano que la ofreciera, la cena podía convertirse en una grosera comilona o en un ejemplo de distinción y delicadeza. La costumbre era cenar después del baño, al término de la hora octava en invierno y de la nona en verano.  La hora en que se terminaba de cenar difería según se tratara de una cena sencilla o de un banquete de gala. En principio una cena decente debía terminar antes de que se hubiera hecho noche cerrada. Un invitado podía decidir no asistir a la cena a la que había sido invitado si no iban a guardarse las normas sociales establecidas o si lo que se ofrecía no correspondía a su gusto:
“Acepto tu invitación a cenar en tu casa. Pero desde ahora te pongo esta condición: que sea sencilla, que sea frugal, que abunde únicamente en conversaciones filosóficas y que también por lo que a éstas se refiere observe la medida justa… No obstante, por lo que a nuestra cena se refiere, ésta debe caracterizarse por la moderación, tanto en su suntuosidad y en su coste, como en duración.” (Plinio, Ep. III, 12)

Convivium, Pintura romana, Palacio Massimo, Museo Nacional Romano


El anfitrión debía demostrar la espléndida situación económica de la que disfrutaba, pero al mismo tiempo tenía que evitar que su patrimonio se viese dañado por el gasto excesivo. Tanto el  derroche irresponsable como la tacañería eran criticados con severidad por los moralistas.
“Ayer, lo confieso, diste un perfume exquisito a tus convidados, pero no trinchaste nada. ¡Es cosa curiosa oler bien y morirse de hambre! El que no cena y lo perfuman, Fabulo, creo en verdad que está muerto.” (Marcial, 3, 12)

El anfitrión en su papel de patrón debía extender su generosidad a sus clientes y a sus benefactores, así como a los denostados gorrones, siempre en busca de la deseada cena con la que aliviar su hambre. Estos se dejaban ver por lugares públicos, como el foro, mercados, termas y pórticos a la caza de un posible anfitrión.
“Selio no deja nada sin probar, nada a lo que no se atreva, cuando se ve al fin en la necesidad de tener que cenar en casa. Corre al pórtico de Europa y alaba sin cesar tu persona, Paulino, y tus pies dignos de Aquiles. Si en el pórtico de Europa no ha resuelto nada, marcha a los Septa, por si el hijo de Filira o el de Esón le proporcionan algo. Decepcionado también aquí, se hace asiduo de los templos de la diosa de Menfis y se sienta, oh ternera triste, junto a las cátedras de tus devotos. De aquí se dirige hacia el techo sostenido por cien columnas y desde allí al monumento donación de Pompeyo y a sus dos arboledas. Y no desdeña ni los baños de
Fortunato ni los de Fausto, ni las tinieblas de Grilo o el antro eólico de Lupo; porque en las termas públicas se baña una vez y otra y otra. Después de haberlo probado todo, pero sin la anuencia de los dioses, una vez bañado, corre de nuevo a los bujedos de la templada Europa, para ver si anda por allí algún amigo retrasado. Por ti y por tu hermosa joven, lascivo portador, te lo suplico, toro, invita a Selio a cenar.”

Para  ser admitido como comensal  en una cena, el gorrón utilizaba todo tipo de artimañas: ofrecer sus habilidades para ser exhibidas durante la cena, como contar chistes, alabar al potencial anfitrión de forma exagerada, o  arrimarse como una sombra a alguna persona anteriormente invitada.
“Oye a Selio alabarte, cuando le echa las redes a una cena, tanto si recitas como si defiendes un pleito:
¡Así se hace!, ¡fenómeno!, ¡vamos!, ¡bravo!, ¡magnífico!, ¡así me gusta!, “ya has conseguido la cena: cállate.” (Marcial, II, 27)

Mosaico de orfeo, Zippori, Israel

La figura social y jurídica del patrón y cliente, unidos por lazos religiosos y de parentesco,  se había mantenido con fuerza hasta los últimos años de la república, pero a finales del siglo I d.C. se había convertido en una relación carente de sentido y, sin apenas obligación. La salutatio o saludo matutino había sido el deber más importante del cliente y la sportula, una aportación económica, era la principal obligación del patrón. La invitación a la cena ofrecida por el patrón era uno de los favores esperados por el cliente para seguir manteniendo un cierto nivel de aceptación social. El gasto de la invitación a ciertos clientes que nada aportaban  era algo que muchos patrones no soportaban de buen grado.

“Métete bien en la cabeza que cuando te invitan a comer estás recibiendo la entera paga de antiguos servicios prestados. El producto de tu amistad con un grande es una comida, tu patrón te la echa en cara y, aunque te la dé pocas veces, te la echa en cara sin embargo. Conque si después de dos meses le parece bien incluir a su cliente olvidado, no vaya a ser que le quede libre una de las tres colchonetas en el lecho incompleto, te dice “Ven a casa”. Es el colmo de tus deseos. ¿Qué más pretendes? … Tú te crees un hombre libre y el invitado de tu patrón: él te considera prisionero del olor de su cocina.” (Juvenal, sat. V)

 El vínculo que el señor contraía con el liberto incluía la invitación a cenar, que a veces podía suponer un compromiso desagradable para el que fuera esclavo con anterioridad porque le podía hacer recordar su origen y dependencia del patrón. Ya en el transcurso de la comida, los ciudadanos libres y los libertos podían llegar a enfrentarse y llegar a rudas peleas.


Al considerarse el acto de la cena como una especie de rito social, muchos anfitriones consideraban que ofrecer una comida sofisticada y un entretenimiento original  les haría diferenciarse de los demás y ser mejor vistos. Por tanto la ostentación y el exceso eran elementos a tener en cuenta en los convites en los que faltaba la moderación e imperaba  el desorden.

“… aparecieron cuatro danzarines, quienes al son de la música retiraron la tapa superior del repositorio. Esto nos permitió ver debajo, es decir, en otro plato, pollos suculentos y ubres de puerca, y en el centro una liebre, adornada con alas para que se asemejase a Pegaso.
En los lados del repositorio pudimos ver también cuatro  Marsias. De sus odrecillos escurría garo con pimienta sobre unos pescaditos que parecían nadar en un canalillo. Aplaudimos todos, siguiendo el ejemplo de la servidumbre, y a grandes carcajadas nos lanzamos a tan exquisitos manjares.” (Petronio, Satyr. 36)


 Aún así, en la mayoría de cenas y banquetes se guardaban las convenciones sociales que exigían la moderación en el gasto de los alimentos, el buen gusto en los divertimentos y una actitud adecuada en lo referente al consumo de bebidas, puesto que la embriaguez era considerada como una falta de moral en la antigüedad.
Para que un banquete convivial se considerase aceptable se prefería que  los convidados fueran amigos o conocidos que compartiesen intereses comunes, que la  hora y el lugar en el que se celebrase fueran adecuados, una hora no intempestiva y un triclinium lo suficientemente amplio para acomodar a todos los invitados con comodidad. Por último, se deseaba una comida bien cocinada y abundante, pero sin artificios.

“Le anuncian sus devotos a la ternera de Faros la hora octava y la cohorte de lanceros ya se retira y recibe el relevo. Esta hora templa las termas, la anterior exhala excesivos vapores y la sexta da calor en las desmesuradas termas de Nerón. Estela, Nepote, Canio, Cerial, Flaco, ¿venís? Mi sigma tiene siete plazas; somos seis, añade a Lupo. Mi cortijera me ha traído malvas, para aligerar el vientre, y los variados productos que tiene mi huerto, entre los cuales está la lechuga de asiento y el puerro de corte; y no falta la menta, que hace eructar, ni la hierba afrodisíaca; huevos cortados coronarán el pez lagarto  aderezado con ruda y habrá tetas de cerda maceradas en salmuera de atún. Con esto, los entrantes. La pequeña cena se servirá en un solo servicio: un cabrito arrancado de las fauces del lobo feroz y bocaditos que no necesiten el cuchillo del trinchante y habas, comida de artesanos, y berzas vulgares. A esto se añadirá un pollo y un pernil superviviente ya a tres cenas. Una vez hartos, os daré fruta en sazón y vino sin zurrapas de una cántara nomentana que cumplió dos trienios en el consulado de Frontino. Vendrán después bromas sin malicia y una libertad que mañana no será de temer y nada que quisieras haberte callado: Que mis invitados hablen de los verdes y los azules y mis copas no sentarán a nadie en el banquillo.” (Marcial, Epigr. 10,48)

Mosaico romano, Museo Nacional Romano

Resultaba altamente indelicado rehusar la invitación de un amigo, y se habría faltado gravemente a la cortesía aceptando una invitación a la que no se acudiese ulteriormente, pues si en tal caso no se aducían excusas suficientemente convincentes el desairado quedaba convencido de que se había dejado de ir a su casa por culpa de otro convivium mejor.
“Pero, ¿qué te ocurre? ¡Me prometes acudir a una cena en mi casa, y no te presentas! Esta es mi sentencia: has de pagarme una multa equivalente al dinero que me ha costado la cena hasta el último as, y no es una cifra pequeña. Había preparado una lechuga por persona, tres caracoles y dos huevos; había además gachas de espelta aderezadas con vino mulso y nieve (pues también este gasto lo añadirás a tu lista y es más, lo incluirás entre los primeros, pues se echó completamente a perder sobre tu plato), aceitunas, acelgas, calabazas, cebollas y muchos otros manjares, no menos de mil ni menos deliciosos. Habrías visto además actuar a un cómico, o quizás habrías escuchado a un recitador, o puede que hubieses asistido a un recital de lira, o incluso habrías disfrutado de los tres espectáculos, pues a tanto alcanza mi magnificencia. Y sin embargo, preferiste ostras, vientre de cerda, erizos de mar y bailarinas en casa de algún otro. ¡Me las pagarás!, no te digo cómo de momento. Tu comportamiento no tiene excusa. Te has portado muy mal, no se si también contigo mismo, pero desde luego conmigo, y sí también contigo. ¡Cuánto nos habríamos divertido juntos!, ¡cómo nos habríamos reído!, ¡qué conversaciones tan interesantes habríamos mantenido! Puedes cenar más suntuosamente en casa de muchos otros, pero en ninguna de ellas disfrutarás de tanta alegría ni cordialidad, ni te sentirás tan libre de preocupaciones como en la mía. En fin, te ruego que hagas la prueba, y si a continuación sigues prefiriendo aceptar las invitaciones de los demás antes que las mías, lo mejor es que me hagas llegar tu renuncia definitiva a asistir a mis convites.” (Plinio, Ep. I, 15)

En el caso de los anfitriones con poco dinero podía darse el caso de que hicieran una invitación pidiendo al propio invitado que corriese con los gastos del banquete por no poder hacerse cargo. A lo sumo se ofrecía algún regalo, como un perfume.

“Cenarás bien, querido Fabulo, en mi casa
Dentro de unos días, Dios mediante,
Si traes contigo buena y magnífica
Cena, sin olvidar a una linda muchacha,
Vino, sal y todo el humor que puedas.” (Catulo, 13)

Pintura romana, Casa de los Castos Amantes, Pompeya

En las cenas ofrecidas por el emperador podía tener lugar una cena frugal con conversaciones y entretenimientos tranquilos como la descrita por Plinio en la casa de Trajano.
“Ya ves en qué honrosas y en qué dignas ocupaciones empleábamos estos días. Las sesiones del Consejo venían seguidas de las distracciones más encantadoras. Todos los días éramos invitados a cenar. Los platos eran frugales, teniendo en cuenta que nuestro huésped era el Príncipe. En ocasiones éramos deleitados con actuaciones de todo tipo, otras veces la noche transcurría en medio de las más deliciosas conversaciones. El último día, cuando ya nos íbamos, se nos entregaron diversos presentes, tan atento y bondadoso es nuestro César." (Plinio, Ep. VI, 31)
 La tendencia a la  moderación en las costumbres se propugnaba desde el círculo de Trajano, y se reflejaba en las obras literarias de la época, en las que se animaba a tener una vida feliz alejada de los excesos.

“Si me pones boletos y jabalí como si no valieran nada y crees que no es ése mi deseo, lo acepto; si crees hacerme feliz y pretendes ser inscrito como heredero gracias a cinco lucrinas, adiós. Espléndida, sin embargo, es tu cena, lo confieso, muy espléndida; pero no será nada mañana, más aún, hoy, más aún, en este mismo instante, nada que no conozca la desgraciada esponja de un palo asqueroso, o un perro cualquiera y un urinario al borde de la calle. De los salmonetes y de las liebres y de las tetas de cerda éste es el final: un color de azufre y un dolor insoportable de pies. No tenga yo a tan alto precio ni los festines albanos  ni los banquetes del Capitolio y de los pontífices. Que un dios en persona me haga partícipe del néctar: se volverá vinagre y vino picado y aguado de una tinaja vaticana. Busca otros invitados, maestro en cenas, a los que conquiste la regia suntuosidad de tu mesa. A mí invíteme un amigo a unos filetillos improvisados: una a la que puedo corresponder es la cena que me gusta.”(Marcial, 12,48)

Cuando el anfitrión era un patrón egoísta o avaro que solo invitaba por compromiso social y no sentía aprecio por sus clientes solía servir unos alimentos y bebidas para sí mismo y sus invitados especiales que eran diferentes a los que proporcionaba a sus clientes o invitados libertos.  Este hecho es frecuentemente criticado por los literatos, poniéndose en el lugar bien del anfitrión que no está de acuerdo con ello o en el cliente que se siente humillado por tal actitud.


“Siendo invitado a la cena ya no como antes, en calidad de cliente pagado, ¿por qué no me sirven la misma cena que a ti? Tú tomas ostras engordadas en el lago Lucrino, yo sorbo un mejillón habiéndome cortado la boca. Tú tienes hongos boletos, yo tomo hongos de los cerdos; tú te peleas con un rodaballo, en cambio yo, con un sargo. A ti te llena una dorada tórtola de enormes muslos; a mí me ponen una picaza muerta en su jaula. ¿Por qué ceno sin ti, Póntico, cenando contigo? Que sirva de algo la desaparición de la espórtula: cenemos lo mismo”. (Marcial, Epigr. III, 60)

En algunos convites  el anfitrión obsequiaba a los comensales con algunos regalos de mayor o menor valor, pero algunos invitados mostraban un comportamiento indecoroso, como robar enseres de la vajilla o servilletas. Suetonio cita una ocasión en la que el emperador Claudio descubrió que uno de sus invitados había robado una copa de oro, y cuando volvió a tenerlo a su mesa le ofreció el vino en copas de arcilla para que se diese cuenta que sabía lo que había hecho.
“Asinio Marrucino, no empleas bien
Tu mano izquierda entre las bromas y el vino:
Robas las servilletas de los más despistados.” (Catulo, 12)

Pintura catacumba San Calixto, Roma

Ciertos invitados faltaban a las buenas maneras porque además de llevarse comida de sobra para comer otro día, la guardaban para venderla.

"No hay nada más miserable ni más glotón que Santra. Cuando llega corriendo invitado a una cena en toda regla, que ha estado buscando tantos días y noches, pide tres veces criadillas de jabalí, cuatro veces lomo, y ambos muslos de una liebre y sus dos brazuelos, y no se ruboriza por jurar en falso acerca de un tordo y arramblar con las descoloridas mollas de las ostras...  Pero cuando la servilleta ya revienta con sus mil y un hurtos, esconde al calor de su seno unas costillas mordisqueadas y una tórtola trinchada, luego de devorar su cabeza. Y no considera vergonzoso el recoger con su larga diestra cualquier sobra que hasta los perros han dejado. Y no le basta a su gula un botín comestible: por detrás de la mesa rellena de vino aguado una damajuana. Cuando cargó con esto hasta su casa por doscientas escaleras y, angustiado, se encerró en su buhardilla bien atrancada, el glotón aquél, al día siguiente, lo vendió." (Marcial,VII; 20)

Algunos invitados se quejaban de tener que soportar soporíferos recitales de poesías o larguísimas lecturas de libros a pesar de recibir una buena cena:

“No sé si Febo huyó de la mesa y de la cena de Tiestes, pero nosotros Ligurino, huimos de la tuya. Es ella abundante y abastecida de exquisitos manjares, pero nada en absoluto me gusta cuando tú estás recitando. No quiero que me pongas rodaballo ni un salmonete de dos libras, tampoco quiero hongos boletos, no quiero ostras: ¡cállate!” (Marcial, 3, 45)

La invitación a cenar podía llegar a veces solo por parte del anfitrión para corresponder a los regalos que un posible invitado estaría obligado a enviarle. Si esto no se producía, no habría la invitación esperada. Por tanto en algunos casos el egoísmo estaría por encima de la amistad o el compromiso social.

“Me invitabas a tu banquete de cumpleaños a pesar de no ser, Sexto, amigo tuyo. ¿Qué ha sucedido, me pregunto, qué ha sucedido de repente, después de tantas prendas entre nosotros, después de tantos años, que he sido preterido yo, tu viejo camarada? Pero sé la causa. No te ha llegado de mi parte ni una libra de plata hispana depurada ni una toga ligera ni un manto nuevo. No es la espórtula la que es objeto de negocio: alimentas regalos, no amigos. Ya,  vas a decirme: “Que azoten al encargado de las invitaciones” (Marcial, VII, 86)

Pintura de Catacumba de San Pedro y San Marcelino, Roma


Las cenas que seguían los convencionalismos de una forma rígida no permitían que los invitados se sintieran cómodos. Corresponder a los favores recibidos podía provocar el odio hacia la persona a la que se los debía.  Los más humildes criticaban el trato desigual por parte del anfitrión y éste ante la obligación de convidar se sentiría más rodeado  de gente solo guiada por el interés que por amigos de verdad.

“Debes examinar con quiénes comes y bebes antes de conocer qué vas a comer y beber, porque llenarse de carne sin un amigo es vivir la vida del león o del lobo. Esto no lo conseguirás si no te retiras; de otra suerte, tendrás los comensales que el nomenclátor haya seleccionado entre la multitud de los clientes. Se equivoca, en efecto, quien anda buscando un amigo en el vestíbulo y lo pone a prueba en el banquete.” (Sen. Epist. 19)

El exceso de halagos por parte de los invitados podía ser mal visto por el anfitrión que consideraría al convidado excesivamente adulador y como una persona interesada al que no podía llamar amigo de verdad, ya que no sabía lo que realmente pensaba su comensal de él y de su convite.

“Sabido es que el orador Celio era muy irascible. Dícese que una noche cenaba con un cliente suyo, hombre de rara paciencia; pero era muy difícil a éste, estando solo con el orador, evitar una discusión con él. Consideró, por tanto, que lo mejor sería aplaudir cuanto dijese, y desempeñar el papel de lisonjero. No pudiendo Celio soportar la aprobación, exclamó: Hazme la contra, para que seamos dos. Pero aquel hombre que se encolerizaba porque no se irritaba el otro, se calmó en seguida careciendo de adversario.” (Séneca, De Ira, III, 8)

Esos invitados, de todas formas, pagaban su convite con el saludo matutino, acompañando al patrón en sus paseos y cuidando de su seguridad, con sus halagos.
¿Ese  a quien han convertido en amigo tuyo la mesa y la comida, crees que es un corazón de amistad leal? Aprecia el jabalí y los mújoles y la ubre de cerda y las ostras, no a ti? (Marcial, 9, 14)

La invitación a cenar se convirtió en un tópico literario en la literatura griega y latina.
En el poema convencional de invitación el poeta rechaza o se confiesa incapaz de proporcionar los platos más lujosos, típicos de los banquetes suntuosos, pero se citan los elementos de la cena con los que se intentará satisfacer al invitado para que este se encuentre a gusto y que cumplan las convenciones sociales establecidas. Se tratará de evitar los vicios tan criticados del lujo excesivo y avaricia.

“Cenarás bien, Julio Cerial, en mi casa; si no tienes ninguna invitación mejor, ven. Podrás estar al tanto de la hora octava; nos bañaremos juntos: ya sabes qué cerca están de mi casa los baños de Estéfano. De entrada se te servirá lechuga, útil para mover el vientre, y ajetes cortados a sus propios porros; luego conserva de atún joven y mayor que un delgado pez lagarto, pero con guarnición de huevos sobre hojas de ruda. No faltarán los otros huevos, cocidos por unas delicadas brasas, ni queso curado al fuego del Velabro  y olivas que han sentido los fríos del Piceno. Esto bastará para el aperitivo. ¿Quieres conocer el resto? Te mentiré, para que vengas: pescados, moluscos, tetas de cerda y unas aves cebadas, de corral y de las marismas, que ni Estela  acostumbra a ponerlas sino en contadas cenas. Más te prometo yo: no te recitaré nada, aunque tú nos vuelvas a leer de punta a cabo tus Gigantes o tus Geórgicas, próximas al inmortal Virgilio.” (Marcial, XI, 52)

En el epigrama 11, 52, Marcial empieza por la invitación propiamente dicha con la posibilidad de acudir a los baños antes de comer. Su propuesta para la cena es modesta, por lo que le excusa de aceptarla si recibe otra proposición mejor.
La segunda parte del epigrama incluye la descripción detallada de la cena que  piensa ofrecer a su amigo, con platos indispensables en cualquier banquete caracteri­zado por la sencillez.
En lo relativo a los entretenimientos, Marcial propone a su amigo recitaciones poéticas, aunque promete no  intervenir en ellas para que su huésped  acceda a ir a su casa y pueda leer sus Gigantes y sus Geórgicas. El principal objetivo de estos banquetes entre literatos era presentar ante los amigos las obras escritas para que dieran su opinión,  por lo que la cena suponía un agradable preludio, durante el que se conversaba animadamente, a las discusiones literarias. El hecho de que Marcial ofrezca como único entretenimiento lecturas poéticas implica que el objetivo principal del banquete era revisar y corregir los poemas de Julio Cerial, motivo por el que éste accede encantado a la propuesta. Sin embargo, entre las clases acomodadas era frecuente ofrecer a los invitados espectáculos como representaciones teatrales (mimos y atelanas), actuaciones de acróbatas o músicos  y danzas de las famosas bailarinas gaditanas.

En casa de Lúculo, Gustave Boulanger

Los nuevos ricos de la época romana son retratados como personajes fatuos que hacen ostentación de su inmensa riqueza ante sus invitados y que no saben comportarse según las normas sociales de los aristócratas y moralistas romanos. En el Satiricón de Petronio hay varios episodios donde se refleja esta nueva forma de conducta social, por ejemplo la llegada de un nuevo comensal, cuando ya se ha iniciado el banquete.
“En este momento golpeó las puertas del comedor un lictor y entró un nuevo comensal, todo vestido de blanco y acompañado de un gran séquito. Cómo sería mi miedo ante tan impresionante majestad que creí había entrado el pretor en persona. Mi reacción in mediata fue levantarme poniendo los pies descalzos en el suelo. Agamenón, riéndose de mi temblor, me dijo:
Calma, idiota, calma. Es el séviro Habinas, un marmolista, por cierto, que pasa por el mejor creador de lápidas funerarias.
Confortado con estas palabras, volví a recostarme para poder contemplar lleno de asombro la entrada de Habinas. Avanzaba ya borracho y tambaleándose, puesta ambas manos en los hombros de su mujer. Llevaba varias coronas y el ungüento le chorreaba desde la frente  los ojos. Se aposentó en el lugar del pretor, pidiendo a continuación vino y agua caliente.” (Petronio, Satyr. 65)

Otra crítica a la conducta de estos nuevos ricos se debe a que alardean de lo mucho que poseen, sacando a relucir las joyas que han comprado a sus mujeres.
“Faltó tiempo para que Fortunata encontrara un pretexto para quitarse las pulseras de sus amorcillados brazos y las exhibiese a la admiración de Cintila. Terminó quitándose también las ajorcas del tobillo, y la redecilla de oro puro contrastado. Trimalción seguía la escena con los ojos fijos y mandó que le llevaran todas las joyas…
Para no ser menos, Cintila se quitó una bolsita dorada que llevaba al cuello y que ella llamaba su Felición. Sacó dos pendientes y los dio a contemplar a Fortunata.
Ya lo ves- dijo-. Te aseguro que nadie tiene regalos tan valiosos como los que me ha hecho mi marido.”  (Pet. Sat. 67)


La tradición establecía un protocolo de colocación en los lechos según el afecto o amistad del anfitrión, o bien la posición social del invitado. Se imponía la voluntad del dominus de la casa y su preferencia, al igual que en la elección de alimentos y trato durante la comida, dependiendo del nivel social de cada uno. Un trato desigual reforzaba la idea de jerarquías diversas y dominio. Un trato más equitativo conllevaba un sentimiento de gratitud y amistad. Ofrecer un comedor amplio con un número justo de invitados se consideraba un signo de hospitalidad y consideración hacia ellos, en caso contrario el anfitrión podía ser el blanco de todas las críticas.

“Se da, en efecto, creo, un exceso de hospitalidad cuando ésta no omite a ningún comensal, sino que los arrastra a todos como a un espectáculo o audición. A mí, al menos, me parece que, aunque faltara pan o vino a los invitados, nada deja tan en ridículo al que los invita como la falta de espacio y sitio, que siempre hay que tener de más para forasteros y extraños que se presenten no invitados, sino espontáneamente.” (Plutarco, Moralia, V, 5)

 Una invitación a cenar exigía por tanto guardar una conducta decorosa, demostrar buen humor, no entrar en disputas  y beber en la medida adecuada, asumiendo las consecuencias de la embriaguez. El anfitrión podía temer el comportamiento de algunos convidados que bebieran demasiado y manifestaran un comportamiento bochornoso con maliciosos comentarios o disputas entre unos y otros que acabaran en verdaderas peleas con lanzamientos de cacharros.

“Entonces Vibidio dijo a Balatrón: 

Si no bebemos a mogollón, moriremos sin venganza.
Pidió copas mayores y la palidez empezó a mudar
La cara del patrón, que nada temía tanto como a bebedores agudos, porque se les libera demasiado la lengua, o porque hirvientes vinos ensordecen el sutil paladar.
Vuelcan jarras enteras de vino en copas de Alifas
Vibidio y Balatrón; les imitaron todos los comensales
Salvo el grupo del anfitrión, que no le dio al vidrio.” (Horacio, sat. II,8)





Un pasaje de Luciano describió cómo un nuevo cliente podía sentirse al ser recibido como invitado de honor en un festín donde se va  a convertir en el centro de atención, mientras se siente desconcertado por si su comportamiento es el correcto, o qué impresión causará entre los demás convidados si el anfitrión le dedica alguna atención. Refleja el temor del individuo de  clase inferior que desconoce el protocolo de este tipo de cenas y el miedo al ridículo ante los demás.

 “Empezaré, si te parece, por el primer banquete, al cual es de suponer que seas invitado, como en prenda de tus futuras relaciones. Por de pronto, viene a invitarte a la cena un esclavo no del todo grosero, y para tenerlo propicio, y no parecerle incivil, tienes que ponerle en la mano lo menos cinco dracmas… Te pones el mejor vestido, y lavado y compuesto cuanto te es posible, acudes, no sin temor de llegar el primero, lo cual parecería poco elegante, así como se te tacharía de soberbia si llegases el último. Eliges, pues, un término medio, y entras. Te reciben con suma distinción y te hacen sentar un poco más arriba del rico, cerca de dos de sus antiguos amigos… todo es para tí desconocido y extraño y todos los convidados observan tus acciones… de los diversos manjares, colocados ante ti con cierto orden, no sabes a cuál alargar primero la mano. Tienes, pues, que mirar a hurtadillas a tu vecino, imitarle y aprender así el orden del banquete… el brindis del rico te granjea la animadversión de muchos de los antiguos amigos: sólo por el sitio que ocupaste en el banquete, ofendiste a algunos, irritados de la preferencia dada a un advenedizo sobre las personas sometidas a una esclavitud de largos años. En seguida dirán de ti los tales: ¡Sólo nos faltaba vernos pospuestos a los recién llegados! ¡Sólo para estos Griegos se abre la ciudad de Roma! (Luciano, De los que viven a sueldo, 15-17)

Luciano exige la  libertad del invitado y respeto para él por parte de esclavos y comensales ante la arrogante actitud y los caprichosos deseos del anfitrión.

Banquete de Baco, Museo del Bardo, Túnez, foto de Giorces
       Bibliografía:
www.academia.edu/2965917/Paideia_nutricia_las_artes_del_saber_y_del_comer_en_Luciano, Pilar Gómez Cardó
dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/3401707.pdf, Un ejemplo del nuevo concepto de otium en roma tras la caída de la dinastía julio-claudia: el epigrama 11, 52 de Marcial. Francisco Javier Mañas Viniegra
sedici.unlp.edu.ar/bitstream/handle/10915/.../Documento_completo.pdf?.. Horacio: Las cuatro cenas del Libro II de las Sátiras, Buisel, María Delia
www.convivialiteraria.net/repository/El banquete en la sátira romana, Jesús Muñoz Morcillo 1996.pdf
http://revistas.ucm.es/index.php/RFRM/article/viewFile/RFRM0707220021A/9748, Vino, banquete y hospitalidad en la épica griega y romana, Cristina Martín Puente