Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

martes, 5 de abril de 2016

In senectute bona, la vejez en época romana

Cabeza de anciano, Museo Metropolitan, Nueva York
Los ancianos, en la antigua Roma, tuvieron un papel importante, sobre todo en la vida política y social —gracias a los privilegios que les otorgaba el derecho romano— y en los ámbitos culturales —merced a los modelos de la literatura y la filosofía griegas—.
Desde los primeros tiempos, los ancianos, a los que se les consideraba como poseedores de un don divino y de una gran sabiduría, detentaron en las estructuras sociales de las civilizaciones primitivas una posición preeminente.

“Satisfecho ya de sus fuerzas, dispone a continuación una organización para ellas. Crea cien senadores, bien porque fuera suficiente ese número o bien por haber solo cien que pudiesen ser creados senadores. En cualquier caso, recibieron la denominación honorífica de Padres, y patricios sus descendientes.” (Tito Livio, Historia de Roma, I, 8)


Anciano con pallium, Museos Capitolinos, Roma

El texto pone de manifiesto varios aspectos importantes: por un lado, la gran auctoritas (“prestigio”) de los ancianos y, por otro, la relación de estos ancianos con los patres familias: probablemente, cada cabeza de familia formaría parte de ese consejo de ancianos que asesoraba al rey, en la época monárquica y a los cónsules, en la republicana. Así que, en los tiempos más antiguos de la historia de Roma, la época de la fundación, la importancia de los ancianos era tal que recayó sobre ellos el órgano de gobierno más importante.
Otro dato que permite asociar la edad con el prestigio son las magistraturas romanas. Los cargos públicos se concebían en Roma como una carrera de grados (cursus honorum). Hacían falta un mínimo de 46 para ser senador. Lo más interesante de esto no solo es la asociación entre madurez y responsabilidad, sobre todo, para los cargos más importantes, sino que no había edad máxima que los impidiera y, de hecho, hay muchos testimonios de cargos públicos en hombres ancianos. Sin embargo, la idea era dedicar los años de juventud y madurez al ejercicio político y militar, para luego dedicarse a una tranquila vida retirada en la ancianidad.

"Mucho me he alegrado al saber por unos amigos comunes que, como es digno de un hombre tan sabio como tú, llevas con buen ánimo tu retiro de la vida pública, que aprovechas bien tu tiempo libre, que vives en un lugar de lo más agradable, que ejercitas tu cuerpo ya en tierra firme ya en el mar, que tienes muchos interlocutores con quienes discutir eruditamente, que escuchas numerosas lecturas, que tú mismo lees y relees muchas obras, y que, si bien posees grandes conocimientos, sin embargo, todos los días aprendes algo nuevo. Así conviene que envejezca un hombre que ha desempeñado las más altas magistraturas, que ha dirigido ejércitos, y que, mientras fue oportuno, se entregó por completo al servicio del Estado. En efecto, debemos consagrar a la patria los primeros años de nuestra vida y los que abarcan todo el periodo intermedio de ésta, y los últimos a nosotros mismos, como nos lo advierten las propias leyes, que devuelven a la vida privada a las personas de edad avanzada."(Plinio, Epis. IV, 23)

Los emperadores que se mantuvieron largo tiempo en el poder llegaron a ancianos y tuvieron gran consideración, como Augusto y Marco Aurelio, y otros llegaron al gobierno ya en su madurez o ancianidad, como Vespasiano y Pertinax.


Busto del emperador Tracio Decio, Museos Capitolinos, Roma

También suelen ser hombres de edad avanzada los consejeros de los emperadores; en la época fundacional de la ciudad de Roma, en los momentos donde se idean las instituciones públicas, el estatuto de los ancianos era de un respeto y un prestigio máximos. Estas primeras fases de la historia de Roma se corresponden bien con momentos de la vida de los seres humanos en los que la experiencia, que no se guarda de otra forma que en la memoria colectiva (suelen ser fases previas a la escritura), se considera la clave de la supervivencia y, en consecuencia, los ancianos poseen más que nadie esta clave, la sabiduría, y son reverenciados como el pilar de la organización social.
El prestigio de la ancianidad en los primeros tiempos de la historia de Roma, procedía del poder y la autoridad que ejercían los patres, es decir, los padres de familia y que se materializó, desde el punto de vista político, en la institución del Senado: la República romana confiaba en la edad avanzada y no así en la juventud y, por ello, este amplio período está repleto de gobernantes de bastante edad que, en difíciles situaciones, recibieron plenos poderes:

"Camilo fue llamado al sexto tribunado, pero lo rehusaba porque ya estaba muy avanzado de edad —corría el año 381 a. C. y ya tenía sesenta y seis años— ... y estaba enfermo... Regresó con muchos despojos a Roma, demostrando que fueron más inteligentes que nadie quienes no se dejaron llevar por el miedo a la debilidad y vejez de un caudillo con experiencia y valor... y lo prefirieron a los jóvenes que pedían y estaban ansiosos por el mando...Por decisión unánime eligieron dictador a Camilo. Éste era bastante viejo; le faltaba poco para cumplir los ochenta años. Pero comprendiendo la necesidad y el peligro, no puso ningún reparo, sino que al instante aceptó el mando... La muerte le llegó a Camilo en su momento oportuno —a los ochenta y dos años—, tanto por edad como por realización de su vida y afligió a los romanos..." (Plutarco, Vidas paralelas. Camilo, 37)


Retrato de anciano, El Fayum


El pater familias constituía el cabeza de familia, el miembro masculino de más edad, que, en muchas ocasiones, era de avanzada edad y poseía el poder absoluto sobre toda la familia, siendo su autoridad ilimitada y llevando a cabo acciones de tipo judicial entre sus miembros, entre ellas la condena a muerte. Estos poderes considerables de los patres familias durante la República explican el lugar esencial que ocupan los ancianos en la sociedad, pero engendran verdaderos odios hacia los que no acaban de morir., pues los hijos están sometidos a su padre anciano hasta una edad relativamente avanzada.
El conflicto generacional se trató en la comedia latina y fue siempre un motivo atractivo para los espectadores que veían al anciano odioso y engañado por sus hijos, desesperados por tener que obedecer a su viejo y tiránico padre y que encontraban en la burla y el engaño su único alivio, pues una oposición total a la autoridad paterna podía provocar la condena la condena del hijo por parte del padre. La escena teatral expresaba los sentimientos reprimidos contra los omnipotentes cabezas de familia.

“Nacieron hijos: ¡nuevas inquietudes! Y además mientras me afanaba por dejarles lo más posible, he gastado los años de mi vida buscando hacer adquisiciones. Ahora, al fin de la vida, por todo el trabajo que he desplegado, recojo de ellos este solo fruto: el aborrecimiento. El otro sin trabajo se goza las ventajas de la paternidad: a él lo quieren, a mí me esquivan; a él le confían sus proyectos, lo prefieren y los dos paran en su casa, mientras yo he sido abandonado; a él le desean larga vida, mientras -no cabe duda- están aguardando mi muerte. De esa manera, los que yo he criado con sumo trabajo, él los ha hecho suyos con poco gasto; yo me tomo todas las molestias, él se lleva todas las alegrías.
¡Ea, pues, probemos ahora, en sentido opuesto, si yo puedo hablar con blandura o actuar con benignidad, puesto que a eso me provoca él! Yo también pretendo ser amado y estimado por los míos. Si eso se obtiene dando y condescendiendo, ¡pues no le iré en zaga! ¿Nos vamos a fundir? No se me da un bledo: ¡total!, ya soy viejo”. (Terencio, Los dos hermanos)


Estatua de Sileno con  Dionisos.

A pesar de que los ancianos pudieran ser, para algunos, una carga molesta, también existía la preocupación de los familiares por la salud de sus mayores. Otra vez Plinio, en sus cartas, alude al cariño que sentía por el abuelo de su esposa y menciona el cuidado de su salud por su avanzada edad.
"Me alegra saber, ciertamente, que estás tan fuerte que puedes viajar hasta Mediolanum al encuentro de Tirón, pero para que continúes estando tan fuerte, te suplico que no lleves a cabo un esfuerzo tan grande contra lo que aconseja tu avanzada edad. Es más, te ruego encarecidamente que lo esperes en Como, en tu casa, e incluso en tu habitación. En efecto, dado que yo lo quiero como a un hermano, no debe exigir a quien yo venero como si fuese mi padre una deferencia de la que él habría dispensado a su padre. Cuídate." (A Fabato, Epis. IV, 23)

Hay un deseo de perpetuarse en los descendientes para continuar el nombre y el honor de la familia, por lo que los nietos se consideran un regalo para los abuelos que son felices al ver crecer a sus nietos, pero en los que depositan su confianza para que honren su estirpe.

“Los nietos tardíos, inquietud renovada, hacen pasar por delante de sus padres a los abuelitos y a las abuelas vacilantes…Tu padre y también tu madre, al observar estas normas hace tiempo halagaron mi tranquila vejez llenándola de placidez. Sea lo que sea lo que me concedan los hados en los años venideros, tú, que llevas el apellido de tu abuelo, carácter aún por modelar, el primero de mis nietos, haz que yo pueda sentirme satisfecho, bien por tus hechos, bien por lo que de tí pueda esperar.” (Ausonio, Parentalia)

En la época hubo un mayor número de ancianos entre los hombres que entre las mujeres: el doble de hombres que de mujeres con más de sesenta años, debido fundamentalmente a los partos. De ahí la presencia de viudos, y el elevado número de matrimonios entre un hombre anciano y una mujer joven, o al menos la gran diferencia de edad que hay entre los esposos, por lo que son escasas las parejas de ancianos que envejecen juntos.


Pintura de Ettore Forti. 

El lamento por haber llegado a la vejez sin la compañía del esposo/a y tener que vivir con el recuerdo de la pérdida del ser amado se encuentra en algunos ejemplos literarios. El autor cristiano Ausonio siente al final de su vida el vacío dejado por su esposa al morir.

“En mi vejez ya no puedo apaciguar el dolor sufrido: pues de continuo se recrudece como recién pasado. Admiten el sosiego del tiempo otros enfermos: estas heridas las hace aún más graves el paso lento del día. Rizo, sin más compañía, mis canas pacientes y cuanto más solo, más triste vivo. La herida aumenta porque calla la casa silenciosa y tiene frío nuestro lecho, porque con nadie comparto ni lo malo ni lo bueno.” (Ausonio, Parentalia)




Relieve funerario en mármol de Lucio Antistio Sarculo, maestro del colegio de los sacerdotes salios, y de su esposa y liberta Antistia Plutia. Fue dedicado por dos de sus libertos Rufus y Anthus. Museo Británico.

Sin embargo, hay algunos ejemplos en los que ambos esposos alcanzaban una edad avanzada como el propio Augusto y su esposa la emperatriz Livia.
El poeta Marcial, a pesar de las críticas que realiza de los viejos y viejas, desea a una pareja recién casada envejecer juntos y que ello no les provoque rechazo.

“Que ella ame a su marido, un día ya anciano, pero que tampoco a su marido ella le parezca anciana ni aun cuando haya llegado a serlo.” (Epig. IV, 13)

Un precioso ejemplo de envejecer y permanecer juntos hasta el momento de morir lo proporciona Ovidio en su libro de las Metamorfosis. Cuenta que, en una zona de Frigia, existe un sitio donde se encuentra un árbol rodeado de murallas que lo defienden de las aguas que cubren la región. Ese árbol tiene una historia: un día Júpiter y Mercurio con apariencia humana pidieron inútilmente hospitalidad a varias casas de la comarca y los únicos que les abrieron las puertas de su humilde choza fueron una pareja de ancianos, Baucis y Filemón. Estos no sólo los recibieron, sino que también compartieron con ellos los pocos alimentos que tenían. Filemón y Baucis comprobaban que el vino de su vasija, en vez de disminuir aumentaba cada vez que lo servían a sus huéspedes y cuando iban a matar el último pato que les quedaba para ofrecer más comida a sus huéspedes, Júpiter se lo impidió y les reveló su identidad. Tras obsequiar a sus anfitriones, sumergió bajo las aguas a sus desgraciados vecinos. El dios transformó la choza en un lujoso templo y luego quiso conceder un deseo a la pareja y ellos solicitaron la gracia de morir juntos. Y eso fue lo que ocurrió: custodiaron el templo hasta su muerte, cuando se transformaron en el mencionado árbol.


Ilustración de Walter Crane, Wikigallery

Aunque no era común que las mujeres llegaran a convertirse en ancianas, Plinio relata el caso de una reconocida matrona, Ummidia Cuadratila, que gozó de excelente salud hasta el momento de su muerte.

“Ummidia Cuadratila ha muerto poco antes de cumplir los setenta y nueve años después de haber disfrutado hasta su última enfermedad de una excelente salud e incluso de una fortaleza y un vigor superiores a lo acostumbrado entre las madres romanas. Ha muerto dejando un testamento muy honorable: ha instituido como herederos a su nieto y a su nieta, al primero, de las dos terceras partes de su fortuna, y a la segunda, de la tercera parte restante.” (Plinio, Epis. VII, 24)


Retrato de anciana, El Fayum, Museo Metropolitan, Nueva York

Plutarco describe la plácida vida que Cornelia, hija de Escipión y madre de los Gracos llevaba en su retiro de Miseno. Viuda aún joven de Tiberio Graco, madre de una numerosa prole, aunque solo llegaron a adultos tres hijos, vio morir a sus hijos varones Tiberio y Gayo. Recibía numerosas visitas y cuando murió, ya anciana, se le erigió una estatua de bronce, de la que solo se conserva el pedestal. A Cornelia se la consideraba una esposa y madre ejemplar, modelo de mujer virtuosa y bien educada.

“Se dice que Cornelia que llevaba con entereza y magnanimidad sus infortunios; y que sobre la consagración de los lugares en que perecieron sus hijos, solía expresar que habían tenido dignos sepulcros. Su vida la pasó después en los campos llamados Misenos, sin alterar sus costumbres. Le gustaba el trato con la gente, y por su hospitalidad y buena mesa, frecuentaban siempre su casa griegos y literatos, e intercambiaba regalos con los reyes extranjeros. Sus invitados la escuchaban con gusto cuando les hablaba sobre la vida de su padre, Escipión Africano, y se hacía admirar cuando contaba, sin lágrimas, las desventuras y hazañas de sus hijos, como si tratara de personas de otros tiempos, a los que le preguntaban. Algunos creían que había perdido el juicio por la vejez o por sus desgracias; siendo ellos los verdaderamente insensatos, por no advertir cuánto aprovecha, para no dejarse vencer por el dolor, el haber nacido y haberse educado convenientemente, y que, si la fortuna mientras dura, hace muchas veces degenerar la virtud, en la caída no le quita el llevar los males con una resignación digna de elogio.” (Plutarco, Vidas Paralelas, Tiberio y Gayo Graco)


Pedestal de la estatua de Cornelia, Tabularium, Museos Capitolinos

A partir del siglo I a.C.  comenzó un período inestable en todos los ámbitos, cuajado de enfrentamientos y guerras civiles, que hicieron que todos los valores tradicionales sufrieran una enorme mutación. El papel y funciones tanto del pater familias como del senado fueron cada vez más puestos en cuestión, lo cual dio lugar a una progresiva disminución de sus prerrogativas.
Muchas de las funciones ejercidas por el pater familias pasaron a ser competencia de la justicia común y desaparecieron la mayor parte de sus facultades: los viejos ya no regentan institucionalmente el mundo romano. La patria potestas se va debilitando durante el Alto Imperio: los miembros de la familia podían denunciar ante el magistrado los abusos del pater; el derecho de vida y de muerte sobre los hijos se reglamentó con rigor y el padre puede ser obligado a emancipar al hijo si lo castiga sin un motivo justificado, de la misma forma que tampoco puede casarlo contra su voluntad.
Todo ello hace que los hijos adquieran personalidad jurídica: pueden actuar judicialmente, conformar un patrimonio distinto del de su padre, convertirse en propietarios y contraer obligaciones contractuales.
Paulatinamente se va desmantelado la potestad que el padre tenía de por vida, y, por consiguiente, la del anciano. Aunque su autoridad moral siga siendo grande ya no dispone de instrumentos jurídicos para poder ejercerla.


Estatua de Crisipo

A pesar de todo, eso no hizo que los ancianos perdiesen todo su papel político, ya que, a título individual, todavía muchos de ellos detentaban cargos de suma importancia, empezando por los emperadores. Aún, en el entorno imperial se continuaba confiando en la experiencia y la sabiduría de los viejos políticos. Un ejemplo lo podemos observar durante el mandato de la primera dinastía, la de los Julio-Claudios, en la que el consilium princeps, el máximo consejo privado del emperador, está compuesto por veinte senadores y treinta caballeros, que siguen en activo de un gobierno al otro, asegurando la continuidad de la política imperial.
En los inicios del Imperio se aprecia un retroceso de la condición de la senectud y una cierta ambigüedad en el trato dispensado a los ancianos. Augusto quiso restaurar la autoridad del pater familias y las virtudes romanas en el seno familiar, pero la pérdida del poder político y familiar convierte al anciano en la encarnación del sufrimiento por su soledad y su debilidad corporal a la que se consideraba una de las peores desgracias. Virgilio se refiere a esto último en su obra La Eneida:

"Pero la tartajosa vejez mi sangre embota con su hielo y desfallecen yertas las fuerzas de mi cuerpo. Si tuviera yo ahora los bríos juveniles que tuve en otro tiempo, esos en los que engreído confía ese insolente." (Eneida, V, 395-398).



Retrato de anciano, Palacio del Municipio, Osimo

Algunos hombres que eran relegados u obligados a dejar su cargo por la edad y no se resignaban a vivir retirados por lo que interpretaban que estaban ya muertos en vida.

“Sexto Turanio fue un anciano de cumplida laboriosidad que, pasados los noventa años, como había recibido de Gayo César (Calígula) la orden de jubilarse como procurador, mandó que lo pusieran en la cama y que la familia a su alrededor lo llorara como difunto. Estaba la casa de duelo por la cesantía de su anciano dueño y no puso fin a su tristeza hasta que le fueron restituidas sus funciones. ¿Hasta tal punto es un gusto morir atareado? Idéntica actitud tienen los más: su deseo de trabajar les dura más que su capacidad; luchan contra el debilitamiento de su cuerpo y la vejez misma no la juzgan penosa por ningún otro motivo más que porque los relega.” (Seneca, Sobre la Brevedad de la vida)

La desesperación provocada por el sufrimiento moral y físico dio lugar a un aumento de suicidios entre los ancianos, que recibieron la aprobación y la admiración de la alta sociedad romana. Ya Séneca lo había justificado sin paliativos en su epístola LVIII a Lucilio:

“No obstante, si me doy cuenta de que he de sufrir constantemente el dolor, partiré, no por causa de él, sino porque me va a poner obstáculos para todo aquello que motiva la vida. Es débil e indolente quien a causa del sufrimiento decide su muerte, necio quien vive para sufrir.”


Sabio Solón. Mosico de Suweydie, Baalbeck, Museo Nacional del Líbano

Plinio relata la placidez de la muerte de Silio Itálico que decide quitarse la vida por su enfermedad.

“Se me acaba de comunicar la noticia de que Silio Itálico ha puesto fin a sus días en su finca de Nápoles dejándose morir voluntariamente de hambre. Lo que lo ha empujado a morir ha sido la enfermedad que padecía. Se le había declarado un tumor incurable, por lo que, cansado de los sufrimientos que su mal le causaba, decidió morir y mantuvo su decisión con una constancia inquebrantable, siendo feliz y dichoso hasta el último día.” (Epis. III, 7)

Para Séneca, sin embargo, no siempre se ve obligado el anciano a seguir este camino. El viejo Séneca defiende en estas cartas su derecho al retiro y habla de la vejez:

“Lo que todo deleite tiene en sí como más agradable lo deja para el final. La edad más agradable es aquella ya en declive, pero que aún no nos ha precipitado (en la tumba); y creo que ella tiene sus deleites cuando está en el último trance (de su existencia); o esto mismo sucede en cuanto a los placeres, que no necesita ninguno. ¡cuán dulce es el que las pasiones se hayan debilitado y quedado atrás!” (Epis. XII, 5)


Pseudo- Séneca, Puteoli
Séneca, a pesar de su estoicismo y sus sesenta y tres años, consciente de que la vejez le vuelve amargo en ocasiones, confiesa que el ver como su entorno envejece le hace recordar que los años pasan también para él.

«A dondequiera que vuelvo la mirada, descubro indicios de mi vejez. He llegado a mi quinta, cercana a Roma, y deploro los gastos de aquel edificio ruinoso.
 La quinta surgió entre mis manos: ¿qué porvenir me aguarda si tan descompuestos están unos sillares tan viejos como yo? ... Los plátanos están en muy mal estado, pero yo los había plantado, yo había visto sus primeras hojas, también son viejos. [...] Esto debo a mi quinta: que mi vejez se me haga patente a dondequiera que me dirijo.» (Epis. XII)

No obstante, todos los ancianos romanos no llegaron a estos extremos. Plinio el Joven, que relata los suicidios de algunos amigos y conocidos, también nos transmite en sus Cartas, el ejemplo de una vejez apacible, confortable, activa y prudente, sin excesos, la de su amigo Espurina, quien, a los setenta y siete años, tras haber ejercido distintos cargos políticos y militares, se había retirado a sus posesiones:

“Por la mañana permanece en la cama durante una hora, a continuación, pide las sandalias y recorre a pie una distancia de tres millas para ejercitar tanto su cuerpo como su espíritu…Después sube a un carruaje, acompañado de su esposa, un singular ejemplo para su sexo, o de alguno de sus amigos, como de mí mismo recientemente...Después de un recorrido de siete millas, hace a pie una milla más, luego se sienta otra vez o se retira a su habitación y a su escritura. Escribe, en efecto, en latín y griego cultísimas poesías líricas, que tienen un asombroso encanto, una asombrosa dulzura, una asombrosa delicadeza, cuyo valor aumenta la personalidad del autor. Cuando se le anuncia la hora del baño (a media tarde en invierno, una hora antes en verano), da desnudo un paseo al sol, si no hace viento. Después juega a la pelota con ardor y durante mucho tiempo, pues también combate la vejez con este tipo de ejercicio. Después del baño se acuesta un rato y aplaza el momento de la comida; entretanto escucha mientras alguien lee alguna cosa más trivial y agradable...El resultado es que Espurina ha conservado a los setenta y siete años intactos el sentido de la vista y el oído; además, un cuerpo ágil y lleno de vigor y de la vejez tan sólo la prudencia. Ésta es la vida a la que yo aspiro en mis votos y mis pensamientos, y a la que llegaré con la mayor alegría, tan pronto la consideración de mi edad me permita tocar a retirada. (Epis. III)




Vemos, pues, una valoración positiva, la de la vejez como plácido retiro después de una vida ajetreada y plena de múltiples ocupaciones, a la que finalmente llega el merecido descanso.
El elogio a los hombres que llegaban a la ancianidad después de una vida plena y llena de honores tampoco falta en la literatura latina. Plinio homenajea al que fue su tutor tras la muerte de su padre y que murió tras una larga vida dedicada a Roma.

“Después de algunos años, un acontecimiento no sólo extraordinario sino también digno de recuerdo ha tenido de nuevo lugar ante los ojos del pueblo romano. Los funerales públicos de Verginio rufo, el más ilustre de los ciudadanos, el mejor de todos nosotros y un hombre verdaderamente afortunado. Alcanzó la gloria y durante treinta años pudo gozar de ella: leyó poemas escritos en su honor, leyó relatos históricos sobre sus hazañas, y conoció en vida la reputación de gran hombre que iba a dejar tras su muerte. Ésta le llegó una vez finalizado su tercer consulado, de modo que alcanzó la mayor dignidad a la que puede aspirar un ciudadano particular después de haber rechazado la de ser Príncipe… A sus ochenta y tres años llevaba una vida muy tranquila y gozaba de las mayores muestras de respeto por parte de todos. Disfrutó hasta el final de una salud excelente, y de lo único que se quejaba era de que sus manos temblaban continuamente, sin que esto le causase, no obstante, dolor alguno… Él, por su parte, nos ha dejado, ciertamente, después de haber vivido una larga vida y haber merecido los más altos honores, incluso aquéllos que rehusó; y nosotros ahora sólo podemos traerlo a nuestro recuerdo y añorarlo como uno de esos modelos de vida que nos ofrece el pasado de nuestra patria, y yo especialmente, que lo admiraba tanto como lo apreciaba, y no sólo en el ámbito de la vida pública.” (Plinio, Epis. II, 1)

Precisamente fue en ese contexto en el que Cicerón, ya anciano, en los primeros días del año 44 a.C. y sabiendo que la muerte le rondaba, compuso uno de los diálogos más influyentes en la cultura occidental, Cato Maior, aunque a la posteridad pasó con el título explicativo que le dieron Valerio Máximo y Plutarco: De senectute —Sobre la vejez—.


Busto de Cicerón, Museos Capitolinos, Roma
Se trata de un diálogo, ambientado en la primera mitad del siglo II a.C., siguiendo el modelo de los de Platón, entre personajes históricos: Catón el Viejo, de ochenta y cuatro años de edad y aún en pleno uso de sus facultades, y dos jóvenes, Escipión y su amigo Lelio, que expresan al anciano la admiración que sienten por la vitalidad que demuestra a una edad tan avanzada, y el anciano, que monopoliza el uso de la palabra en la mayor parte de la obra, les va desvelando su concepción sobre la vejez. Sin embargo, el diálogo comienza señalando que Catón es una excepción, pues en la vida corriente los ancianos son desgraciados a pesar de que la vejez que nos muestra es vista de forma ideal.
La vivencia de la vejez, según el estoicismo que plantea Cicerón en De senectute, se basa en algunas ideas esenciales y generales:

La vejez es una fase de la vida y debe vivirse con naturalidad, cultivando la sabiduría y la virtud.  Catón piensa que los que critican la senectud no son muy juiciosos, puesto que la mejor opción es saber aceptar con buen ánimo todas las edades de la vida, viendo lo positivo que tienen cada una de ellas, porque es inconsecuente querer alcanzar la ancianidad y quejarse de que llega.

“Las armas más adecuadas para la vejez son, Escipión y Lelio, los conocimientos y la práctica de las virtudes, que, cultivadas en cualquier edad, si has tenido una vida larga e intensa, producen frutos admirables; no sólo porque nunca te abandonan ni siquiera en el último momento de la vida –cosa que ya es de gran importancia-, sino también porque la conciencia de una vida bien llevada y el recuerdo de las muchas cosas bien hechas son algo muy gratificante.”. (De la vejez, III, 9)


            Sabio Quilón. Mosico de Suweydie, Baalbeck, Museo Nacional del Líbano

 La vejez obedece al diseño de la naturaleza, igual que las demás etapas de la vida por lo que hay que enfrentarse a ella igual que a las demás, aun sabiendo que las cosas ya no serán igual que antes.

“Si en algo soy sabio es en eso, en seguir a la naturaleza, mi mejor guía, igual que si fuera un dios, y en obedecerla: no es muy probable que, cuando las demás partes de la vida las ha diseñado bien, descuide el último acto, como si se tratara de un mal poeta. No obstante, era inevitable que hubiera algún final y que fuera, por decirlo de alguna manera, arrugado y caduco, como sucede con las bayas de los árboles y los frutos de la tierra maduros y en sazón: eso tiene que sobrellevarlo el sabio cómodamente” (De la vejez, V)

La vivencia de la vejez depende de la vida previa y del carácter del individuo más que de características propias de la edad:

“Efectivamente, quienes son mesurados y no intratables y gruñones viven una vejez llevadera; en cambio, el mal carácter y la dureza son molestos a cualquier edad” (De la vejez, 7)

Cicerón menciona los motivos por los que se puede ver la vejez como un destino miserable pasando a rebatirlos e intentar demostrar que no debería ser así.

“El primero porque aparta de las actividades, el segundo porque debilita el cuerpo, el tercero l porque priva de casi todos los placeres, el cuarto porque no está lejos de la muerte. Si os parece bien, veamos qué entidad tiene y lo justo que es cada una de estos motivos”. (De la vejez, V)


Retrato de El Fayum

Primer motivo: la ancianidad hace desaparecer la actividad. Cicerón pretende dejar claro que, si bien en la vejez uno no hace las tareas de los jóvenes, hace otras funciones mucho más difíciles e importantes. Las grandes empresas han pasado ya que el cuerpo no tiene la fuerza o la agilidad de antes, pero el prestigio, el juicio y la reflexión los da la vejez y son de una importancia capital.

"La vejez aparta de las actividades. ¿De cuáles? ¿Acaso de las que se llevan a cabo mediante la juventud y las fuerzas? ¿Es qué no hay actividades propias de la ancianidad que se realizan con la mente, a pesar de estar débiles los cuerpos? ...y los que dicen que la vejez no es apta para gestionar cosas, no aducen nada;...no hace las mismas cosas que los jóvenes. Pero hace cosas mayores y mejores. Las cosas grandes no se hacen con las fuerzas, o la rapidez, o agilidad del cuerpo, sino mediante el consejo, la autoridad y la opinión; cosas de las que la vejez no sólo no está huérfana, sino que incluso suele acrecentarlas...“Ya, pero la memoria disminuye”. Estoy de acuerdo, si no la ejercitas o si es que eres lerdo por naturaleza." (De la vejez, VI-VII)

Una de las objeciones que se hacía a los ancianos es que podían llegar a ser odiosos a los demás, por la acritud de su carácter y por el empeoramiento de su salud, pero, según los argumentos dados por Catón, nada más lejos de la realidad:

"Pues del mismo modo que los viejos sabios disfrutan con los jóvenes dotados de un buen natural, y la vejez se les hace más llevadera a los que son amados y motivados por los jóvenes, así también los jóvenes disfrutan con los consejos de los viejos,...y entiendo que no soy menos agradable para vosotros de lo que vosotros sois para mí. Pero veis cómo la vejez no sólo es lánguida e inerte, sino laboriosa, siempre haciendo o imaginando algo, desde luego según a qué se dedicó cada uno en la vida pasada." (De la vejez, VIII)


Cabeza de anciano, Museo Arqueológico de Jerez

Segundo motivo: la vejez hace disminuir nuestra fuerza física. Catón reconoce esta evidencia, pero insiste usando el anterior argumento en que esta falta de fuerza queda compensada por la experiencia y la sabiduría algo que solo se consigue con la edad.
Incluye comentarios relativos a la salud destacando las ventajas de la ancianidad y las posibilidades de alcanzarla y vivirla en las mejores condiciones posibles. Por ello, proporciona multitud de recomendaciones y ejemplos. No acepta la idea fatalista de que las limitaciones inherentes a la edad no se pueden superar para conseguir una buena calidad de vida, y niega la idea de que la vejez y la enfermedad son conceptos similares.

"Ahora no deseo yo las fuerzas de un joven más de lo que, siendo joven, deseaba las de un toro o un elefante. Hay que aprovecharse de lo que hay y, hagas lo que hagas, hacerlo según tus fuerzas...En conclusión: utiliza ese don (la fuerza) mientras lo tengas; cuando lo pierdas, no lo eches de menos… Es preciso llevar un control de la salud, hay que practicar ejercicios moderados, hay que tomar la cantidad de comida y bebida conveniente para reponer las fuerzas, no para ahogarlas.
Y no sólo hay que ayudar al cuerpo, sino mucho más a la mente y al espíritu. Puesto que también éstos se extinguen con la vejez, a menos que les vayas echando aceite como a una lamparilla... Así pues la vejez es honorable si ella misma se defiende, si mantiene su derecho, si no es dependiente de nadie y si gobierna a los suyos hasta el último aliento. ...Pues al que vive metido en estos estudios y trabajos no se le nota cuando le llega la vejez." (De la vejez, IX-XI).



Busto de Vespasiano, Museo Pushkin

Tercer motivo: la ancianidad priva de los placeres. Catón afirma que no desea los placeres de la juventud y que hay otros placeres que persisten hasta la edad más avanzada.
Ésta es, quizá, una de las críticas más comunes que surgen y, por lo general, circunscrita al campo de los placeres de los sentidos, cuando una de las mayores ventajas de la vejez es redimirse de esa esclavitud:

“Sigue la tercera acusación contra la vejez: la que dice que carece de placeres. ¿Qué excelente regalo de la edad si realmente aleja de nosotros lo que es más pernicioso en la juventud!...Por todo eso nada hay tan detestable como el placer, si es verdad que éste, cuando es demasiado grande y prolongado, extingue toda la luz del espíritu...si no conseguimos despreciar el placer mediante la razón y la sabiduría, debemos estar muy agradecidos a la vejez, que ha conseguido que no nos apetezca lo que no nos conviene. Pues el placer impide el buen juicio, es enemigo de la razón y, por así decir, ciega los ojos de la mente y no tiene ninguna relación con la virtud. (De la vejez, XII-XIV)

La cuarta y última acusación referente a la proximidad de la muerte también la reconoce, aunque afirma que la muerte no debe ser temida ya que es un tránsito a una vida inmortal y mejor.

"Queda la cuarta causa, la que más parece angustiar y tener en vilo a los de nuestra edad, la cercanía de la muerte, que ciertamente no puede estar lejos de la vejez. ¡Pobre del anciano que a lo largo de su vida no haya visto que la muerte ha de ser despreciada! Ésta, o debe ser mirada con la mayor indiferencia, si es que el alma se extingue por completo, o debe ser incluso deseada si es que la conduce a algún lugar donde ha de ser eterna. [...] ¿De qué tengo que tener miedo si después de la muerte no voy a ser desgraciado y puede que hasta sea feliz?" (De la vejez, XIX).

Cicerón hace preguntarse a Catón “¿Qué cosa hay, en efecto, más agradable que una vejez rodeada de juventud afanosa por aprender?”  por lo que aconseja que los viejos entonces tienen la tarea de enseñar a los jóvenes lo que se ha recogido con la experiencia y la inteligencia siguiendo un modo de vida austero y conforme al honor y la rectitud.



Retrato de Cayo Mario, Museo Chiaramonti, foto de Marie Lan Nguyen

La obra concluye con la idea de que mientras la vejez sea ligera se puede disfrutar y deseando a sus interlocutores que puedan comprobarlo por si mismos.

"Por todas estas razones, Escipión (pues dijiste que tú y Lelio solíais admirarme por esto), la vejez me resulta ligera y no sólo no me es molesta, sino que es, incluso, agradable. [...] Si no vamos a ser inmortales, es deseable, por lo menos, que el hombre deje de existir a su debido tiempo. Pues la naturaleza tiene un límite para la vida, como para todas las demás cosas. La vejez es el último acto del drama de la vida, de cuyo agotamiento debemos huir sobre todo si esto se añade a la hartura. Esto es lo que tenía que deciros acerca de la vejez, a la que ojalá lleguéis, para que las cosas que me habéis oído decir las podáis comprobar por experiencia." (De la vejez, XXIII).

Sin lugar a dudas, su lectura debió proporcionar consuelo a algunos ancianos de buena posición social y económica, pero es muy probable que no consiguiera convencer a la mayoría, porque el propio Cicerón, que ya tiene sesenta años y que dedica la obra a su amigo Ático, de sesenta y tres, para consolarlo de la cercanía de la ancianidad, a la que teme, lo cual pone en evidencia que el autor opinaba que la vejez no constituía por sí misma un período feliz.


Busto de anciano romano, Museo Metropolitan, Nueva York

Algunos autores describen la situación de algunos ancianos que solo atraían la atención de los demás por el interés. Se buscaban sus regalos o herencias, y por ello los aguantaban. Plinio describe en otra de sus Cartas a un anciano, al que considera vanidoso y aburrido, y que solo es visitado por los que buscan su riqueza:

"Es asombroso cómo se reúne una muchedumbre a su alrededor. Todos le maldicen, todos le odian, pero se precipitan a su encuentro, le acosan, como si le apreciasen, como si le amasen, y para decirte en pocas palabras lo que siento, intentan ganarse su favor. Se mantiene recluido al otro lado del Tíber, en sus jardines, donde ha cubierto una amplísima área con inmensos pórticos, y la orilla del río con estatuas suyas, pues, para colmo de la avaricia, es despilfarrador, y de la infamia, vanidoso." (IV, 2)


Viejo pescador, Museo del Louvre, París, Foto de Marie Lan Nguyen

El médico Galeno da su propia versión de la vejez: “Lo que los hombres llaman vejez no es otra cosa que la constitución seca y fría del cuerpo.” Ve la vida en función de la sequedad y temperatura del cuerpo, como si cada uno dispusiese de una cierta cantidad de calor innato al nacer y el envejecimiento se produjese cuando el cuerpo se enfría. Asimismo, aconseja sobre los alimentos que los ancianos deben comer, el vino que deben beber y el ejercicio que tienen que realizar para mantenerse bien físicamente.


“No hay que atiborrar a los ancianos con comida de espelta, o de quesos, o de huevos cocidos, o de caracoles, o de bulbos, o de potajes de lentejas o de carnes de cerdo, y mucho menos de anguilas, o de ostras, o en general de los que tienen la carne dura difícil de digerir…” (Galeno, Sobre cómo hay que proteger la salud, cap. VI)


“Por tanto, es evidente que en cada pueblo cada uno podrá escoger de los ejemplos dichos el más conveniente, teniendo como objetivo la edad de los ancianos. En la elección de los vinos escoger siempre el más tenue de sustancia, y de color el que Hipócrates acostumbraba a llamar amarillo, pero podría también llamársele rubio… Éste es, pues, el mayor beneficio que se deriva del vino para los ancianos, el hecho de que calienta todas sus partes; y, en segundo lugar, que purifica el suero de la sangre… Tal es el que es ligero de sustancia, ya que estos vinos provocan la orina, y el color rubio, porque éste es el color propio de los vinos que calientan suficientemente.” (Galeno, cap. V)


“Pues los ancianos precisan no menos que los jóvenes hacer mover su cuerpo, puesto que hay peligro de que su calor innato se extinga. Sírvate a tí esto solo como si fuera un cierto ejercicio que se realiza por los ancianos al amanecer, me refiero al masaje con aceite, y a continuación paseos y suspensiones sin fatiga, de modo que tengas en cuenta la fortaleza del anciano." (Galeno, cap. III)


Retrato, Museo Metropolitan


Galeno describe el caso del médico griego Antioco que llega a la vejez en plenas facultades siguiendo un régimen de vida basado en ciertos cuidados físicos y la alimentación.

"El médico Antioco se dictaba un régimen a sí mismo, pues cuando tenía más de 80 años, iba cada día al ágora, en la cual está el consejo de los ancianos, y a veces recorría de vuelta un largo camino para visitar a sus enfermos… Tenía en su casa una estancia que se calentaba en invierno con un horno y en verano con aire fresco sin fuego. En ésta al amanecer recibía por completo masajes tanto en invierno como en verano, evidentemente después de haber defecado. En algún lugar de la plaza aproximadamente a la hora tercia, o a lo más tardar, a la cuarta comía pan con miel ática, la mayoría de las veces cocido, pero más raramente crudo. Después de esto unas veces conversando con otras personas y otras leyendo él solo consigo mismo se alargaba hasta la hora séptima, después de la cual era masajeado en un baño público y practicaba los ejercicios que son apropiados para un anciano… Después, cuando se había bañado, tomaba un almuerzo frugal, comiendo primero alimentos que evacuan el vientre, y después, sobre todo, pescado, tanto peces de roca como los que viven en alta mar. Y después de nuevo en la cena se abstenía del alimento de peces y tomaba alguno de los alimentos más jugosos y que no se pudrían fácilmente, o bien espelta o enómeli, o un pájaro en simple salsa. Pues bien, de este modo Antioco pasó su vida hasta el final cuidándose de su propia vejez ileso en sus sentidos e íntegro en todos sus miembros." (Galeno, cap. IV)



Retrato conocido como Viejo Torlonia, Museo Torlonia, Roma


En la literatura satírica latina los escritores presentan a los viejos y viejas con una imagen despreciable. Quien con más crueldad ha escrito sobre los viejos ha sido Juvenal, que en su décima sátira dice que los viejos son todos iguales: les tiembla la voz, están calvos, decrépitos, feos, no tienen más que encías sin dientes, y además concluye con la idea de que envejecer es ver morir a los seres queridos, estar condenados al duelo y a la tristeza.

 “¡Prolóngame la vida, Júpiter concédeme muchos años! Esto es lo único que imploras tanto si tu cara rebosa salud como si la tienes amarillenta. ¡Pero qué males terribles e incesantes padece una vejez dilatada! Ante todo, contempla un rostro mal parecido, deforme e irreconocible; en vez de cutis una piel fea, unas mejillas fláccidas y unas arrugas como las que, allí donde Tábraca extiende sus bosques umbríos, surcan el entorno de la boca ya mustia de la mona que es madre. Muchas son las diferencias que hay entre los jóvenes [...] La faz de los viejos es siempre la misma, la voz y los miembros temblorosos, la cabeza calva y la nariz acuosa como la de un niño. Ha de roer, el pobre, el pan con unas encías desdentadas. Repele tanto a su mujer y a sus hijos, siente tanta repugnancia de sí mismo que asquearía incluso a Coso, el cazador de testamentos. Su paladar, insulso, no se deleita ni con el vino ni con la comida. También hace ya mucho tiempo que no sabe qué es hacer el amor, y si lo intenta, el miembro diminuto le cuelga herniado, y colgará, aunque se lo acaricien la noche entera.
¿Es que se puede esperar otra cosa de las canas de esta ingle enferma?... Uno anda mal del hombro, otro de los riñones, y un tercero, del muslo. Aquél perdió los dos ojos y siente envidia de los bizcos; los mortecinos labios de éste toman la comida de manos ajenas... Mas, peor que cualquier achaque de los miembros en los viejos es la demencia, pues no recuerda el nombre de los sirvientes ni reconoce la cara del amigo con quien cenó la noche anterior, ni tan siquiera los hijos que ha tenido y educado...¿Que las facultades de su alma no han perdido vigor? En tal caso deberá celebrar los funerales de sus hijos, deberá contemplar la pira de la mujer que ha querido, la de sus hermanos, y las urnas funerarias de sus hermanas." (X, 188-256).

La descripción explícita del repulsivo deterioro físico de la mujer al que se refieren los poetas   se centra con frecuencia en la perversión de las cualidades habitualmente destacadas como atractivas en las jóvenes más hermosas, como son la piel, los dientes y el cabello.  Todo lo que una vez fue firme se ablanda y cae, y donde había tersura y suavidad aparece lo áspero y el color sonrosado y vital se apaga y difumina. Lo mismo que hacía a una mujer atractiva en su juventud, la vuelve repulsiva en su vejez.


Estatua de anciana, Museos Capitolinos, Roma

Horacio expresa con vehemencia su repugnancia ante el cuerpo decrépito de una vieja y su dificultad para excitar el deseo masculino. El cuerpo femenino, símbolo de belleza durante la juventud se convierte en el emblema de la fealdad absoluta en la vejez, sobre todo cuando la anciana se obstina en querer inspirar amor. La vieja enamorada está condenada al desprecio y al abandono.

"¿Te preguntas, hedionda, cargada de años,
qué es lo que inhibe mi virilidad
 cuando tienes negros los dientes 
y tu vieja decrepitud surca tu frente de arrugas
y tu asqueroso trasero se abre
entre dos secas nalgas? ¡Claro!; me excitan tu pecho
y tus apergaminadas tetas,
 parecidas a ubres de yegua,
 y tu vientre flácido y tus flacos muslos
pegados a unas hinchadas piernas."(Horacio, Épodos, VIII, 1-9)



Mosaico con retrato de vieja, Museo Arqueológico de Barcelona

El anhelo de algunos y algunas de permanecer siempre joven o por lo menos no aparentar su edad real se refleja también en la literatura, generalmente en tono crítico por recurrir a los cosméticos y los postizos para intentar parecer más joven.
Marcial ataca y ridiculiza en sus epigramas tanto a los hombres como a las mujeres que utilizan esos recursos.

“Te haces el joven, Letino, con tus cabellos teñidos, tan de pronto cuervo, si hace un momento eras cisne. No puedes engañar a todos. Proserpina sabe que peinas canas, ella arrancará el disfraz de tu cabeza.” (Marcial, Epig. III, 43)

Los poetas advertían de la llegada de la vejez y la pérdida de la hermosura con el consiguiente rechazo en la relación amorosa.

¡Pero que a ti te abrume la vejez con años disimulados y lleguen las siniestras arrugas a tu figura! ¡Que entonces ansíes arrancar de raíz los cabellos blancos, ay, mientras el espejo te reprocha tus arrugas, y, rechazada, tengas que sufrir en propia carne la soberbia altivez, y, vieja, te lamentes de lo mismo que tú hiciste! Estas maldiciones funestas te ha cantado mi poesía: ¡aprende a temer el fin de tu hermosura! (Propercio, Elegías, III, 25)


Retrato de anciana, época flavia,
Museos Capitolinos
Asimismo, se asociaba la decrepitud con la ebriedad o la lascivia, quizás para compensar la falta de atención y el desprecio de los demás. Para algunas mujeres ancianas la única salida era convertirse en alcahueta, sobre todo, si anteriormente habían ejercido de prostitutas o habían sido cortesanas o mantenidas y, así, poder ganarse la vida. Pero se reprobaba qué aconsejasen a las muchachas dejarse llevar a una mala vida para aprovechar la belleza y la juventud antes de llegar la vejez.

“Adáptate a las costumbres de tu amante: si le da por berrear canciones, acompáñale y, ebria, une tu voz a él. Tu portero esté despierto para los espléndidos: si llama uno sin blanca, sordo duerma sobre el cerrojo bien echado. No le hagas ascos a un soldado no hecho para el amor, ni a un marinero si trae pasta en su callosa mano, ni a quienes colgaron un cartel de su cuello extranjero, cuando, untados de greda, saludaron en medio del foro.
»¡Fíjate en el oro, no en las manos que lleven el oro!
¿Qué sacarás de oír versos sino palabras? ‘¿De qué te sirve, vida mía, ir con un peinado sofisticado y ondear los delicados pliegues de un vestido de Cos?’ Quien te regale versos, pero no vestidos de Cos, haz oídos sordos a su lira, que no vale un duro.
Mientras hierve la sangre y la edad esté libre de arrugas, disfruta, no sea que el mañana se tome algo de tu belleza.
Yo vi los rosales del oloroso Pesto, que vida prometían, yacer mustios bajo el viento sur de una mañana." (Propercio, Elegías, IV, 5)


Estatua de anciana ebria, Museos Capitolinos, Roma

Entre los defectos que se aprecian entre los ancianos se enumeran la tacañería, la lentitud, la indecisión, el enfadarse a menudo, la crítica a los jóvenes…

"El anciano está expuesto a innumerables males; amontona su dinero y luego, lo deja a un lado y no se atreve a usarlo; administra sus asuntos con timidez y lentitud, los aplaza para el día siguiente, tiene pocas esperanzas, poca actividad, querría ser dueño del futuro; es difícil para la convivencia, gruñón, elogia el tiempo en que era niño, no cesa de criticar y reprender a los jóvenes. Los años traen consigo muchas ventajas, que nos quitan cuando estamos de vuelta." (Horacio, Arte Poética, II).

Pero una de las más feroces críticas es la que se hace al anciano libidinoso que se emborracha e intenta atraer a las jovencitas engañando a la familia y derrochando el dinero. Plauto describe en varias de sus obras escenas en las que presenta a un viejo libertino al que su mujer descubre.

En la Asinaria —La comedia de los asnos—, de nuevo aparece el padre anciano y libidinoso, Deméneto, el hijo, Argiripo, y la mujer dominante, Artemona:

“Artemona- Por favor, ¿dices que mi marido está ahí de copeo con mi hijo y que le han dado a la fulana veinte minas y que el padre comete una desvergüenza tal a sabiendas de su hijo?...Es el más pillo de todos los mortales, un borracho, un don nadie, un libertino que no puede ver a su mujer ni en pintura....¡Mira que ponerse de copeo con el hijo, y repartirse la amiga con él! El viejo ese decrépito, que se dedica a corretear por locales de mala fama. (850-868)...Te juro, Deméneto, que vas a cenar hoy el castigo que te mereces.

Deméneto- Mala noche me espera: mi mujer me condena y me lleva a casa.

EL CORO DE ACTORES- Este viejo, al no querer privarse de nada a espaldas de su mujer, no hizo ninguna cosa nueva ni rara, sino ni más ni menos que lo que hacen todos. Ni hay tampoco nadie de condición tan dura ni de ánimo tan firme, que renuncie a darse gusto, si se le presenta la ocasión. Ahora, si queréis interceder para que el viejo no reciba una paliza, esperamos que lo podréis conseguir si nos dais un sonoro aplauso.”


Detalle de vaso griego, Museo del Louvre, París, foto de Jastrow


La fertilidad femenina está limitada a cierto periodo de la vida de la mujer, lo cual, una vez superada dicha etapa, la incapacita para la función social que se le requiere.
Por consiguiente, las mujeres mayores – sin capacidad reproductiva– no sirven a la sociedad, y son, entonces, humilladas y objeto de burla.
A consecuencia de la edad, las mujeres ancianas aparecen también como seres débiles; son propensas al agotamiento, lo que les impide realizar funciones útiles para la sociedad. Esta debilidad no es sólo física, sino que también mental, así que la anciana se caracteriza además por la excentricidad, la extravagancia, la insensatez o la locura.
En realidad, tanto la debilidad física como la mental son rasgos que se atribuyen a las mujeres en general, por lo que en la vejez se ve exacerbada por los efectos de la edad.

Este prejuicio entendía que la mujer carece de autocontrol, negándose a aceptar sus propias limitaciones, incapaz incluso de reconocerlas, y en la anciana, sobre todo la de baja extracción social, (llamada anus) se refleja sobre todo en su charlatanería y en su afición a la bebida. El primer rasgo, se trata de un defecto achacado a las mujeres en general, que en la anciana suele aparecer junto al alcoholismo.


Estatuilla de anciana en bronce


En Aulularia (Comedia de la olla) Plauto refleja el desprecio de un viejo amo por su anciana esclava.

Acto I, Escena Primera, EUCLIÓN, ESTÁFILA

 EUC. — ¡Fuera, digo, hala, fuera, afuera contigo, maldición!, ¡mirona, más que mirona, con esos ojos de arrebañadera!
ESTÁ. — Pero, ¿por qué me pegas? ¡Desgraciada de mí!
EUC. — ¿Que por qué te pego, desgraciada! Pues para que lo seas de verdad y para que lleves una vejez tal como te la mereces, de mala que eres.
ESTÁ. — Pero, ¿por qué me echas ahora de casa?
EUC. — ¿A ti te voy a tener que dar yo cuentas, cosechera de palos? ¡Allí, retírate de la puerta!
¡Mira qué manera de moverse! ¿Pues sabes lo que te espera? ¡Maldición! ¡Como llegue a echar mano de un palo o de un látigo, verás cómo te alargo esos pasitos de tortuga!
ESTÁ. — ¡Mejor prefería verme en la horca que no tener que servir en tu casa en esta forma!
EUC. — ¡Mira cómo rezonga para sus adentros, la maldita! Los ojos te voy a sacar, malvada, para que no puedas andar espiando lo que hago. Retírate más, un poco más, un —¡eh!, para ahí—. Te juro que si te mueves de ahí ni un dedo ni una uña o si vuelves la cara para acá antes de que yo te lo ordene, en la horca vas a acabar, a ver si así aprendes. No he visto en mi vida una vieja más mala que ésta. ¡Menudo miedo la tengo!, de que se las arregle para engañarme si me descuido y que se huela dónde está escondido el oro; en la nuca tiene también ojos, la maldita.

Estatua de anciana, Museo Metropolitan, Nueva York

Esta concepción de la mujer la hace parecer proclive al vicio y a la imperfección, así que los efectos del alcohol exagerarían esos rasgos y actitudes que la sociedad censura. La experiencia, por la edad, lograría que la maldad de las ancianas se incrementara, por lo que ante la sociedad se las presenta como malvadas, astutas, intrigantes y merecedoras de los peores castigos. También se les considera personas cándidas y crédulas.

La fertilidad femenina está limitada a cierto periodo de la vida de la mujer, lo cual, una vez se ha superado dicha etapa, la incapacita para realizar la función social que se le requiere.



Retrato de anciana, Museo Nacional, Roma

Consiguientemente, las mujeres mayores –privadas de su capacidad reproductiva– dejan de ser útiles a la sociedad, siendo, como contrapartida, denigradas y objeto de mofa.

Algunos poetas que criticaron los efectos de la vejez y ensalzaron la belleza y la fuerza de la juventud tuvieron que vivir ellos mismos los estragos de la edad que ellos habían denostado, y de los que se lamentaron amargamente en sus obras, con el agravante, como en el caso de Ovidio, de tener que pasar por ese trance en el exilio.


“Ya mis sienes se parecen a las plumas del cisne y la blanca vejez tiñe mis negros cabellos. Ya se acercan los años frágiles y la edad más inerte, y ya, débil como estoy, me resulta penoso el moverme. Ahora era cuando, una vez puesto fin a mis trabajos, debería vivir sin que me inquietara ningún temor, disfrutar de los ocios que siempre agradaron a mi espíritu, hallarme a gusto en medio de mis aficiones, vivir en mi pequeña casa y entre mis viejos Penates y en los campos paternos que ahora carecen de dueño; y envejecer tranquilo en el regazo de mi esposa, con mis queridos amigos y en mi patria. Así había esperado yo en otro tiempo que todo esto sucediera y merecía finalizar de este modo mis años. No les pareció así a los dioses, quienes, tras zarandearme por tierra y por mar, me abandonaron en estos lugares sármatas…
Así pues, en la tarda vejez, que disminuye mis fuerzas, ya era hora de que se me diera a mí también la vara del retiro; y era el momento, no de llevarme a un clima extranjero, ni de aliviar la reseca sed en una fuente gética, sino más bien de retirarme a los jardines apacibles que tenía o de gozar, por el contrario, de nuevo de la vista de los hombres y de la ciudad. Así, en otro tiempo, no adivinando mi espíritu lo que habría de ocurrir en el futuro, deseaba yo poder vivir una plácida vejez. Se opusieron los hados, los cuales, aunque me concedieron unos primeros tiempos dichosos, me hacen gravosos los últimos, y, cumplidos ya diez lustros sin mancha alguna, me veo agobiado en la peor edad de mi vida; y no lejos de la meta que me parecía estar a punto de alcanzar, se ha abatido sobre mi carro una gran ruina. Así es que en mi locura obligué a ensañarse conmigo al hombre más dulce que hay en el inmenso mundo y hasta su propia clemencia fue vencida por mis faltas.” (Ovidio, Tristes, IV, 8)



Escena de sarcófago con anciano poeta leyendo a Talía, Museo Británico

El poeta se muestra de pronto viejo y la vejez que se aproxima se ve agravada por la penosa situación en que se encuentra, su exilio en el extranjero. Se nota la nostalgia y el pesimismo, y se arrepiente de haber enojado a Augusto, al que sigue alabando, causante de su miseria.

En el caso de los esclavos, cuando llegaban a la vejez eran ubicados en puestos donde la labor no requiriera mucho esfuerzo, y por eso eran a menudo destinados a ocupar el puesto de portero, por ejemplo. Séneca describe como un esclavo de su casa, antiguo compañero de juegos, ya anciano y con mal aspecto realiza tal función.

“Volviéndome hacia la puerta, digo: ¿quién es ese decrépito y con razón situado en la puerta?, pues miraba afuera. ¿de dónde has sacado [ese trabajo]?, ¿por qué te ha gustado el llevarte el muerto del vecino? Él contesta: ¿no me conoces?, yo soy Felición, al que solías llevar tantos juguetes; yo soy el hijo del granjero Filosito, tu pequeño favorito. Sin duda, digo, ¡ése delira! ¿también el pequeño niño fue mi favorito? En una palabra, puede ser posible, ¡ya que los dientes le caen!” (Séneca, Epis. XII)


Viejo pescador, Museos Vaticanos

Si no se deseaba seguir acogiéndolos en la casa y en el caso de que no se consiguiese venderlos —que era lo que recomendaba hacer Catón, en su De re agricultura—, podían ser liberados o abandonados en la calle o cerca del templo de Esculapio.

Por un rescripto o constitución imperial, el Emperador Adriano estableció que todo amo que abandonara a un esclavo por causas de vejez o enfermedad, inmediatamente, ese esclavo adquiría su libertad (esta libertad se produce por Ley). Sin embargo, es muy probable que los esclavos ya ancianos prefirieran quedarse en la casa en la que habían servido, en vez de ser liberados cuando ya no podían ganarse la vida por ellos mismos a causa de su edad o enfermedad.



Viejo pescador, Museo Británico, foto de Mary Harrsch


En una carta de Plinio al emperador Trajano expone que en Bitinia hay algunos esclavos que habiendo sido condenados por algún delito se encuentran en libertad sin haber sido registrado un perdón de la pena, y que algunos llevan ya muchos años de vida normal. Trajano responde que los que hayan sido puestos en libertad en los últimos diez años que cumplan su condena entera, y que los que hayan sido liberados anteriormente a los últimos diez años o sean ya ancianos, no vuelvan a cumplir su pena, pero que sean encargados de hacer trabajos, similares a los realizados por los condenados. Este intercambio de epístolas supone que podría haber en la época una cierta condescendencia con los esclavos ancianos.

Respuesta de Trajano, epístola X, 32.

“Así pues, todos aquellos que hayan sido condenados en los últimos diez años y hayan sido indultados sin la pertinente autorización de un magistrado superior, deberán cumplir el castigo que se les haya impuesto. Si entre ellos se encuentran algunos cuyas condenas remonten más atrás en el tiempo o que, condenados dentro de los últimos diez años, sean ya unos ancianos, que se les asignen trabajos que no difieran en mucho de sus penas. En efecto, gentes de este tipo acostumbran a ser empleadas en los baños públicos, en la limpieza de las cloacas y en el mantenimiento de las calzadas y las vías públicas.”


Relieve funerario de los Vibii, Museos Vaticanos, foto de Sailko

Los epitafios encontrados indican la edad a la que algunos hombres y mujeres llegaban. En el museo de Caerleon, Gales, existen dos epitafios mandados hacer por Julio Martino, el primero junto a su madre para recordar a su padre que murió con cien años, y el segundo para su madre que murió a la edad de 75 años.

A los dioses Manes, Julio Valens, veterano de la Segunda Legión Augusta, vivió 100 años; Su esposa Julia Secundina, su esposa, y Julio Martino, su hijo, lo mandaron hacer.

A los dioses Manes y la memoria de Julia Secundina, su devota madre, que vivió 75 años, Gayo Julio Martino, su hijo lo mandó hacer. (Museo Nacional de la Legión Romana, Caerleon, Newport, Gales)

El retrato fue un paradigma de veneración por los ancianos, una dimensión de reflexión sobre el carácter, el rango social y la condición del hombre. Esta dimensión se halla unida al realismo del retrato romano cuyas bases estéticas se fundamentaban en el predominio de unos rasgos diferenciales, por lo que, en un primer momento, se hizo a partir de mascarillas de cera sobre la cara de los difuntos, las imagines maiorum, retratos de los antepasados, que pretendían conseguir una fiel reproducción de los rasgos físicos de los distintos modelos, los cuales eran rostros envejecidos por el paso del tiempo, que resumían las cualidades del alma, mezcladas dolorosamente con los efectos de la muerte:

"...otras clases de imágenes eran las que se veían en los atrios de nuestros mayores. No eran obras de artistas extranjeros, ni eran de bronce, ni mármol, sino rostros de cera, guardados cada cual en su correspondiente armario y destinados a figurar en los entierros de los miembros de la familia como imágenes de antepasados, pues a todo fallecido le acompañaba siempre la caterva de familiares que le antecedieron." (Plinio, Historia Natural, XXXV, 6).


Togado Barberini, Museo Chiaramonti, Vaticano,
foto de Carole Raddato

Éste fue el ideal del retrato romano auténtico durante la república: el hombre al final de su vida, el senex, el hombre de consejo y experiencia, consciente de que el momento culminante de la vida es aquél en que ésta toca a su fin. En cambio, los griegos, por el contrario, exaltaban a la juventud y denostaban la ancianidad, y ello lo demostraban en sus creaciones artísticas, planteando una idealización en cabezas de hombres jóvenes, mostrando los rostros y cuerpos en lo mejor de la vida.
De ello da fe el griego Polibio, en el siglo II a.C., al que le parece magnífico que los romanos pongan de relieve los méritos de sus antepasados y de los ancianos:

“¡Hay que ver a estos romanos, el respeto que tienen a sus muertos! ¡Cómo ellos asumen todo lo que éstos han hecho y hacen de ellos plataforma y sostén para encumbrarse en la vida política con verdadero orgullo! Es un pueblo que está ufano de sus mayores, de sus ancianos. Así debían ser los griegos.”  (Historias)


Retrato de anciano, Gliptoteca de Munich, Foto de Bibi Saintpol


El cristianismo retoma la idea del Antiguo Testamento que consideraba a los ancianos como sabios y bondadosos, lo que implicaba una respetabilidad que exigía una moralidad que implicaba un mayor control personal y religiosos. La búsqueda de la sensualidad conllevaba decrepitud y era ejemplo de la vanidad del mundo terrenal. Los autores cristianos sostenían la conveniencia del castigo para aquellos ancianos que se volvieran esclavos de la avaricia, del amor, de la vanidad, del vino, de la cólera y de los placeres. También criticaban a aquellos viejos que carecían de fuerza para caminar, pero la poseían para beber o bailar. Los manuales de los confesores determinaban que los ancianos que se entregasen a una vida licenciosa deberían ser juzgados más duramente que los jóvenes, a los que los excusaba el ardor de la juventud. Aludían, de un modo metafórico, al rejuvenecimiento del alma de aquel que se acercaba a Dios y del envejecimiento de aquel que se alejaba de él.

Por ello la respetabilidad se asociaba a evitar el pecado en la vejez, bien porque la sexualidad solo se justificaba por la reproducción o por la idea de una decrepitud que resultaba un aliciente para lograr la juventud eterna por medio del enriquecimiento espiritual.

“Que nos llenen de confusión las palabras que el Pedagogo pone en boca de Ezequiel: «¡Circuncidaos de vuestra prostitución!» Incluso los animales irracionales tienen un período de tiempo establecido para la fecundación. Pero, unirse sin buscar la procreación es un verdadero insulto para la naturaleza, a la cual debemos designar como maestra, y observar los sabios preceptos de su pedagogía para el tiempo oportuno de la unión, quiero decir el tiempo establecido para la vejez y para la juventud —a ésta no se le permite el matrimonio, ni tampoco a aquélla—; de todas maneras, no autoriza a casarse siempre.” (Clemente de Alejandría, el Pedagogo)



Pintura de San Pedro, Iglesia de Santa Tecla, Roma


Bibliografía:

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diposit.ub.edu/dspace/bitstream/2445/.../TFG_Mora%20Corominas.pdf; CATÓN EL VIEJO (234-149 a. C.): CATON COMO DEFENSOR DE LAS COSTUMBRES DE LOS ANTIGUOS Y SU IMPORTANCIA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA. Arnau Mora Corominas.
http://www.unioviedo.es/pmsuarez/web/Articulos_files/Horacio%20y%20las%20viejas.pdf; Horacio y las viejas libidinosas; Pedro Manuel Suárez Martínez.
http://pressto.amu.edu.pl/index.php/sppgl/article/view/427; OLD WOMEN: DIVINATION AND MAGIC OR ANUS IN ROMAN LITERATURE; Justyna Migdał.

La salud según Galeno, Manuel Cerezo Magán, Google Books.

2 comentarios:

  1. Estari bien que fueras publicando vinculos en G+ de todos y cada uno de estos interesantes artículos. Los seguiriamos mejor y tendrian mas difusion. Me gustan.

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  2. Gracias. Intentaré ampliar mis escasos conocimientos sobre redes sociales. Un cordial saludo.

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