Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

lunes, 10 de octubre de 2016

Magna calamitas, inundación y sequía en Roma


Personificación de río, Museos Vaticanos

En la antigüedad los fenómenos sobrenaturales parecían percibirse como acciones propias de las divinidades. La población realizaba actos de devoción religiosa para contentar a todas las fuerzas de la naturaleza y ganarse el favor de los dioses que las representaban. Por ello existía la idea de que los desastres naturales eran una consecuencia directa del descontento de los dioses, al igual que la alteración del orden político se veía como el resultado de alguna negligencia en el desarrollo de las ceremonias rituales. La estrecha relación que se establece en el mundo romano entre religión y política implicaba el miedo a comprometer la seguridad del Estado si la pax deorum se alteraba. La ayuda de la divinidad garantizaba la seguridad y permanencia del Estado Romano.

“En el año 507 de la fundación de la ciudad (241 a. C.) un repentino desastre de la propia Roma evitó el triunfo de los romanos. Y yo no me hubiera atrevido temerariamente a decir esto, si los más gravísimos desastres llegados de repente no hubiesen hecho olvidar incluso la más pequeña alegría en Roma. Y es que durante el consulado de Quinto Lutacio Cátulo y Aulo Manlio diversos desastres producidos por el fuego y por el agua aniquilaron casi a Roma. Efectivamente, el río Tiber, crecido con insólitas lluvias y desbordado durante más tiempo y con más cantidad de agua de lo que se podía esperar arrasó todos los edificios romanos que estaban en el llano; distintos tipos de lugares coincidieron en la misma desgracia, ya que a aquellos por los que pasaron aguas más lentas, los destruyeron inundándolos, y a aquellos que sufrieron aguas torrenciales, los destrozaron arrasándolos.” (Orosio, Historias, IV, 11)

Las crecidas de los ríos se consideraban tradicionalmente como un prodigio nefasto. En Italia el Tíber, el Po y en general los grandes ríos advertían con sus desbordamientos o con sus súbitas decrecidas a los hombres. Pero durante la República, en época de Cicerón y César comenzó un enfrentamiento entre la vieja interpretación religiosa según la cual era la propia divinidad fluvial o la ira deorum la que provocaba la inesperada crecida, tanto de aviso como de castigo y una explicación natural o geográfica del fenómeno por la que César parece haber tomar partido de forma abierta.

“Y a ningún río es consentido menos, encerrado como está entre sus orillas; además, ni siquiera intenta luchar si bien está sometido a crecidas frecuentes y repentinas y las inundaciones no son en ningún punto de su curso mayores que en Roma el río es entendido sobre todo como un adivino advertidor y su crecida produce siempre más un temor sagrado que un cruel terror.”
(Plinio, NH, III, 55)



Río Sarno, Museo del Louvre, foto de Carole Raddato

Solo unos pocos pensaban que los desbordamientos del Tíber se debían a la acción de la naturaleza mientras, por el contrario, muchos los explicaban como un prodigio fruto del enfado de los dioses, una interpretación a la que se recurría, sobre todo, en momentos de crisis económica, política o militar.

“Por otra parte, cundía el terror por los prodigios atestiguados desde diversos lugares. Que la Victoria, situada a la entrada del Capitolio, había dejado caer las riendas de la biga que guiaba. Que una figura de estatura sobrehumana había salido del santuario del templo de Juno. Que la estatua del divino Julio erigida en la isla Tiberina, en un día sereno y tranquilo, de Occidente se había vuelto de cara a Oriente. Que en Etruria había hablado un buey. Que se habían dado partos insólitos en los animales. Y muchas otras cosas que en los siglos oscuros solían observarse incluso en tiempo de paz, de las que ahora solo se habla cuando hay una situación de miedo. Pero el peligro mayor, que trajo consigo no solo el miedo del ruinoso estado de cosas actual sino del futuro, fue el repentino desbordamiento del Tíber que, creciendo desmesuradamente su caudal, destruyó e puente Sublicio inundando todo al arrollar el obstáculo que se oponía a su furia, no solo las partes más bajas y llanas de la Ciudad, sino anegando incluso los lugares tenidos por más seguros en estos casos, arrastrando a mucha gente que se hallaba en lugares públicos y sorprendiendo a muchos en sus talleres y tabucos, e incluso en sus propios lechos.” (Tácito, Historias, I, 86)


Representación del diluvio universal

Horacio utiliza en su obra una inundación del Tiber, acaecida posiblemente tras la vuelta de Octavio Augusto de Oriente, que le sirve como excusa para hacer un recuento de los monumentos de Roma que merecieron la atención del emperador para ser restaurados e inaugurados de nuevo de forma que anunciasen su poder y gloria y su función como protector de la ciudad que evitaría la vuelta al mundo antiguo. Un buen gobernante debía ocuparse de remediar las desgracias que sufrían los habitantes de los lugares afectados por los desastres naturales y también de procurar la construcción de templos y altares dedicados a los dioses para evitar su ira o reconstruir los dañados por una catástrofe.

“Ya con exceso el Padre de los dioses
a la tierra envió nieve y granizo,
y, fulminando templos con su diestra,
aterró la ciudad, y temer hizo
a todo el orbe que volviese el tiempo
que a Pirra estremeció con sus prodigios:
cuando llevó proteo hacia las cumbres
sus rebaños marinos
y se posaron peces en los árboles
que antes prestaban a palomas nido,
y por el mar tendido sobre el llano
nadaron corzos tímidos.
Vimos al rojo Tíber, bruscamente
desde la orilla etrusca rebatido,
lanzarse a destruir templos de Vesta
y el monumento alzado al rey pacífico;
y, vengador de la quejosa Ilia,
por la izquierda irrumpir, contra el designio
del propio Jove, audaz alardeando
de enamorado rio.”
(Horacio, Odas, I, 2)

...

Entre las conocidas inundaciones del Tíber algunas se atribuían a que provenían del hecho que se hubiese cometido alguna falta en la celebración de los ritos dedicados a algún dios determinado y ésta se hubiese enfurecido. Sin embargo, a partir del desbordamiento del año 60 a.C. empiezan a aparecer los motivos políticos como causa. En efecto, en aquel año se había producido, como consecuencia de una violenta tempestad sobre la Ciudad, una excesiva crecida de las aguas del Tíber que acabaron por hundir, como recuerda Dión Casio, las embarcaciones ancladas en el río a su paso por Roma y en su desembocadura, destruyendo además el “puente de madera”, es decir, el puente Sublicio. Dión Casio lo definió como un prodigio, pero coincidió con la constitución del primer triunvirato (Pompeyo, César y Craso) y aunque el historiador griego señala que la divinidad “no ignoraba lo que ellos maquinaban” y mostraba con claridad lo que habría de venir, y lo que un día sucedería por tierra y por mar,el fenómeno se interpretaría más tarde como advertencia de tiranía, abuso de poder y amenaza de la libertad que podría llegar a producirse.

“De esta manera y por estas razones entablaron los tres la alianza, y tras prestarle juramentos de fidelidad asumieron la gestión del estado para, a raíz de ello, concederse, mediante mutuos repartos y recíprocos intercambios, cuanto apetecían y cuanto cuadraba a sus actuales conveniencias. Al estar aquellos de acuerdo, pactaron asimismo las respectivas facciones, de suerte que también éstas, al amparo en todo de sus líderes, se veían libres para actuar como querían; y en tales circunstancias la poca reserva de discreción que había pasó a ser patrimonio de Catón o de aquellos otros que quisiesen figurar como adeptos a sus ideas.

A tal punto llegaron entonces los asuntos de Roma bajo guía de aquellos hombres, que mantuvieron oculta su alianza cuanto tiempo pudieron. En efecto, realizaban todo lo que habían acordado, pero simulaban y aducían las excusas más contrarias a fin de pasar desapercibidos el mayor tiempo posible y culminar sus preparativos. Ahora bien, la divinidad no ignoraba lo que hacían, sino que entonces mismo desveló con gran claridad a los capaces de comprender ese tipo de cosas las futuras consecuencias que resultarían de ello. Pues súbitamente cayó sobre la ciudad toda y el conjunto del país tan gran temporal que de modo muchísimos árboles fueron derribados de raíz, muchas casas cayeron, las embarcaciones amarradas en el Tíber- ya anclasen junto a la ciudad, ya en la desembocadura- se hundieron, el puente de madera quedó destrozado, un teatro que había sido construido en madera con vistas a determinada concentración festiva se vino abajo, y en el curso de todo esto gran número de hombres pereció.

Semejantes sucesos, por tanto, constituyeron una anticipada demostración, cual imagen de lo que les iba a sobrevenir en tierra y por mar.”
(Dión Casio, XXXVII, 57-58)


Puente roto, Roma, foto de Patrick Denker

De nuevo en el 57 a. C. se produjo otra riada del Tíber al que también se dio una nueva interpretación política, ahora en relación con el rey Ptolomeo XII de Egipto. La inundación impidió la salida del cónsul Publio Cornelio Léntulo hacia Egipto para intentar reinstaurar a Ptolomeo XII Auletes en el trono de Egipto. Consultados los Libros Sibilinos, éstos se opusieron a que el ejército romano prestara su ayuda el monarca egipcio.

“Pues habiendo Publio Léntulo recibido en suerte la provincia de Egipto, y disponiéndose a partir, desbordado el Tíber, provocó una inundación tal que no se podía atravesar. Consultados por ello los libros de la Sibila, se encontró como expiación que el ejército no pasara a Egipto. Algunos lo interpretaron refiriéndolo a la batalla de Accio; otros, a lo que hubimos de sufrir bajo Aulo Gabinio; éste, por su parte, lo refiere a la muerte de Pompeyo”
. (Lucano, Farsalia, VIII, 824)


En el año 54 a. C. el Tíber se desbordó debido «a la voluntad de algún dios» —según indica Dión Casio— más que a causa de un fenómeno natural. Los romanos, convencidos de que la divinidad se había enfurecido con ellos porque habían apoyado al rey de Egipto Ptolomeo, decidieron que Gabinio, su principal colaborador, debía ser condenado a muerte. Ante la insistencia del pueblo, el Senado consultó los Libros Sibilinos, aunque no encontró ninguna recomendación para aquél suceso. Por tanto, una falta, en este caso política, había provocado la ira de los dioses y el pueblo, en este caso, buscó inmediatamente una expiación que restaurase la pax deorum mediante la actuación de los decenviros.

“En ese tiempo, el Tíber, ya fuera por la excesiva lluvia caída en algún lugar por encima de la ciudad, ya fuera porque algún viento impetuoso procedente del mar había taponado su desembocadura o, lo que es más probable, según se sospechaba, por iniciativa de algún dios, trajo de repente tal cantidad de agua que inundó las zonas bajas de la ciudad y llegó a muchas de las más altas. Las casas, construidas de adobe, se empaparon y se vinieron abajo. Todas las bestias murieron en la inundación. En cuanto a los hombres, aquellos que no lograron huir a las zonas más altas se vieron atrapados en los techos o en las calles, y perecieron. Las otras casas, debido a que el desastre se prolongó durante muchos días, se debilitaron e hirieron a muchos en aquel momento y también pasado el tiempo. Los romanos, afligidos por estas calamidades, y esperando cosas aún peores porque la divinidad se había enfurecido contra ellos por haber restaurado en el trono a Ptolomeo, ardían en deseos de matar a Gabinio, aunque estaba ausente, como si fueran a sufrir menos males si se adelantaban a éstos dándole muerte. Tanta fue su insistencia que, a pesar de que no se encontró nada parecido en los Oráculos Sibilinos, el Senado dio un decreto, según el cual los magistrados y el pueblo le aplicarían el castigo más duro y cruel posible”. (Dión Casio, XXXIX, 61)


Fuente con figura de río, Museo de Bellas Artes de Boston


La lex de Urbe augenda, promulgada en junio del 45 a. C. para ampliar la ciudad, llevó a Julio César a intervenir en grandes obras públicas, una de ellas, quizás la más grandiosa, era la desviación del Tíber desde el puente Milvio a lo largo de los montes vaticanos, con la intención de evitar los desastrosos efectos materiales y humanos de las crecidas pero que debió despertar muchos escrúpulos religiosos, pues cambiar o transformar su recorrido suponía un grave delito contra la tradición romana.

Afrontar las obras de desviación del río durante los años en que César se convirtió en el único gobernante de Roma y del Imperio implicaba además el riesgo de que el desbordamiento del río se fuera asociando en Roma a la tiranía o a un gobierno ilegítimo.


Ruinas inundadas

César no creía en el significado religioso del desbordamiento, ni que éste mereciera ser considerado como prodigio, lo que le valió la oposición de los quindecenviros, que eran abiertamente partidarios de la interpretación sagrada. Él también fue precursor de muchos emperadores romanos que siendo pontífices máximos como él tuvieron que optar entre identificar las crecidas del Tíber como prodigio y celebrar, por tanto, su correspondiente expiación o acometer las obras hidráulicas en su curso que evitaran sus catastróficos efectos a la población de Roma.

Medio siglo después de la muerte del dictador, tras el desbordamiento del Tíber en el año 15 d.C., enviados de algunas ciudades se desplazaron ante el Senado romano al conocer el propósito del emperador Tiberio de desviar el curso del río, retomando probablemente los planes de César. Los delegados se opusieron al proyecto alegando que “había que considerar las tradiciones religiosas …, que habían dedicado a los ríos patrios templos, bosques y aras; aún más, el propio Tíber no querría correr con menor gloria privado de sus afluentes” El proyecto fue finalmente cancelado ante las dificultades que presentaba la realización de la obra y la victoria de la superstición.

“Cuando el Tíber inundó gran parte de la ciudad convirtiéndola en navegable, algunos lo consideraron un presagio. Así también fueron considerados una serie de violentos terremotos, que hicieron que una parte de la muralla de la ciudad se derrumbara, y los numerosos rayos que provocaron que se derramara el vino de recipientes intactos. Pero Tiberio consideró que esto había sucedido por el gran número de manantiales que había y ordenó a cinco senadores, elegidos por sorteo, que establecieran una vigilancia permanente del río para que su caudal no fuera excesivo en invierno ni escaso en verano, sino que siempre, en la medida de lo posible, fluyera con un caudal estable.” (Dión Casio, LVII)


Pintura de Pompeya

El Tíber y, particularmente, sus crecidas fueron siempre atentamente observadas por las autoridades romanas y los colegios sacerdotales al tratarse de un río de 403 km de recorrido (el segundo de Italia) cuyo régimen de desbordamientos, descensos súbitos de sus aguas, y heladas afectaban tanto religiosa como políticamente a Roma y al Estado.

Habría que distinguir entre una simple crecida o incluso una inundación media, muy frecuente en los meses de primavera y de consecuencias muy limitadas, y un desbordamiento de las aguas del río a su paso por la ciudad, que causaba gravísimos daños humanos y materiales, al que se consideraba como un prodigio. Al igual que los vientos fuertes no constituían en Roma un prodigio, pero sí los huracanes, un desbordamiento excepcional del río y no una crecida abundante era lo que lo determinaba como prodigio.


Mosaico con río Pisón, Libia

En el año 103 d.C. tuvo lugar una desastrosa inundación del Tíber, narrada por Plinio, testigo de la catástrofe. Plinio parece atribuir el desbordamiento del Tíber solo a causas naturales; es posible que fuera bajo su gestión cuando el cuidado de las alcantarillas de la ciudad fue confiado a los curatores del Tíber, para así facilitar la lucha contra las inundaciones.

“¿Acaso ahí el tiempo esta tan desapacible y revuelto? Aquí las tormentas son continuas y las inundaciones frecuentes. El Tiber se ha desbordado y ha inundado en una amplia extensión las zonas más bajas de sus riberas. Aunque su caudal está siendo descargado por el canal que construyó nuestro emperador, siempre tan previsor, inunda los valles, cubre los campos, y en todas partes donde el terreno es llano, solo se ve agua en lugar del suelo. En consecuencia, las corrientes de agua que suele recibir y llevar hasta el mar mezcladas con las propias, las obliga a retroceder, por así decirlo, como si saliese a su encuentro, y de este modo cubre con esas aguas ajenas los campos que él no llega a alcanzar con las suyas solas. El Anio, el más delicioso de los ríos, y que por esta razón parece como si las villas diseminadas par sus orillas quisieran invitarle y retenerle, ha derribado y arrastrado en su mayor parte los bosques que le daban sombra; ha socavado los montes, y al haber sido interceptado su caudal en muchos lugares por la gran cantidad de materiales arrastrados, mientras busca su curso perdido, ha derribado los edificios y se ha precipitado sobre las ruinas llevándoselas consigo. Las personas a las que la tormenta sorprendió en lugares más elevados, vieron por aquí los muebles y la valiosa vajilla de los ricos propietarios, por allí los aparejos de labranza, aquí los bueyes, los arados, los carreteros, allí el ganado desatado y suelto, y en medio de toda esta confusión los troncos de los árboles o las vigas y los tejados de las villas flotando al azar por todas partes. Ni siquiera se libraron de la desgracia los lugares hasta los que no llegó el nivel del agua. Pues, en vez de la fuerza del rio, la continua lluvia y los remolinos de viento que surgen de las nubes han derribado las edificaciones que rodean las valiosas posesiones, e inc1uso los monumentos han sufrido graves daños y se han derrumbado. Muchas personas han sufrido mutilaciones, han sido aplastadas o sepultadas en accidentes de esta naturaleza, y estas desgracias humanas se han añadido a las pérdidas materiales. Temo, en proporción al peligro, que algo semejante haya ocurrido ahí, y te ruego que, si no ha sucedido nada igual, calmes mi inquietud más rápidamente posible; pero si ha ocurrido algo, te ruego que me comuniques igualmente. Pues la diferencia entre soportar la adversidad o esperarla es muy pequeña, excepto en que el sufrimiento tiene unos límites, y la ansiedad no.

Te lamentas, en efecto, cuando sabes que ha sucedido, te angustia que puede suceder. Adiós
. (Plinio Epis. VIII, 17)



Moneda de Trajano


 El emperador Trajano ordenó construir un canal artificial, la célebre Fossa Traiana (conocida hoy como el canal de Fiumicino), que comunicaba el Tíber con el mar, pero que permitía a los barcos llegar hasta el puerto fluvial de Roma por un canal de 20 m de ancho. Su objetivo era, entre otras cosas, que la nueva boca facilitase el desagüe de las crecidas y evitase las inundaciones de Roma. Sin embargo, las nuevas obras se mostraron ineficaces para contener las aguas, sin poder impedir las fatales consecuencias para la ciudad y sus habitantes.

«El emperador César Nerva Trajano Augusto Germánico Dácico, hijo del divino Nerva, investido de la potestad tribunicia por... vez, aclamado imperator por..., cónsul por..., padre de la patria, construyó esta fosa para evitar las inundaciones del Tíber que atacaban frecuentemente la ciudad, habiendo establecido un canal de agua permanente» (Inscripción anunciando la construcción de la fossa traiana, traducción de J. González y J. C. Saquete).

Es posible que Trajano, al igual que Tiberio, se decantase por soluciones técnicas, y rechazase todo sentido religioso al fenómeno de las inundaciones. La inscripción que celebra la construcción de la fossa pone de relieve cómo para el emperador y la administración se trataba de un fenómeno estrictamente natural al que solo la ingeniería hidráulica podía poner remedio. El nuevo desbordamiento en el año 103 y la idea de que Trajano sustraía las aguas de una venerada divinidad fluvial, Tiberinus Pater, haría dudar a los pontífices, decenviros y arúspices de la veracidad de esa afirmación.


Río Tíber, Roma, foto de Gualzu

El emperador Claudio ya emprendió la construcción de un puerto que conectara con el rio Tíber y que pudiera evitar las inundaciones provocadas por las crecidas del rio. Portus Augusti fue el nombre que se le dio. El puerto artificial estaba en Ostia y estaba unido con el Tíber por medio de canales artificiales.

“Consciente de esta situación, Claudio emprendió la construcción de un puerto. No desistió de aquella idea ni siquiera cuando los arquitectos a los que les había preguntado el coste de la obra le dijeron: “¡No querrás hacerlo!”. Tan confiados estaban de que se echaría atrás cuando fuera informado de su alto coste. Pero él había concebido una obra digna del espíritu y de la grandeza de Roma, y la llevó a cabo. Excavó un área nada pequeña en tierra firme, la cimentó toda alrededor y dejó que el mar invadiera su interior. A continuación, ya en mar abierto, levantó unos grandes malecones a ambos lados del puerto y ciñó allí una gran zona marina. Fue en aquella zona donde colocó una isla donde se levantaba una torre cuyos fuegos servían de faro. Este fue el puerto -así se le llama todavía hoy en la región- que él construyó.” (Dión Casio, Hist. LX, 11)


Moneda de Claudio


En la época se sabía de la relación existente entre deforestación e inundación, y de la necesidad de que debía haber suficientes árboles para retener el agua, para regularla y distribuirla, y así no llegar a corrimientos de tierra como consecuencia de no respetar el equilibrio entre flora y agua, que conducían a desastres naturales con graves consecuencias para el hábitat.

Los romanos pensaban en la destrucción de toda vegetación como un extraordinario instrumento de guerra, imprescindible para rendir a los adversarios por el hambre. La conocida estrategia de la «tierra quemada», utilizada por los romanos, provocó durante muchos años la devastación de grandes áreas por todos los confines del Imperio y fuera de él, en un intento de someter a los pueblos que aún se resistían al dominio romano.

La utilización desmedida de la madera para realizar obras públicas, o construir barcos en los astilleros, o para calentar los baños públicos condujeron a la deforestación en territorio romano, debiendo tomar medidas para frenar el deterioro medioambiental.

Como ejemplo del uso desproporcionado de los recursos naturales se conoce la deforestación provocada, en una iniciativa del estado, por el talado indiscriminado de los árboles de los bosques alrededor del lago Lucrino al querer Marco Vipsanio Agripa, lugarteniente de Augusto, transformarlo en una base naval en el año 37 a. C. construyendo el portus Iulius, para cobijar a los barcos que debían enfrentarse a la flota de Pompeyo.


Mosaico con escena marítima, Ostia

Como consecuencia de lo anterior, se produjo un fuerte desequilibrio en el ecosistema, que desembocó en numerosas inundaciones, como por ejemplo la acaecida en el Tíber, de consecuencias nefastas para la salud pública, ya que llevaban a la superficie cadáveres humanos, carroña y residuos de letrinas, que se quedaban después durante mucho tiempo en las calles de Roma, si el agua del río inundaba la parte baja de la ciudad.

En Italia el hambre de la población y la esterilidad de la tierra se consideraban también prodigios. La ausencia de lluvias producía sequía que traía graves consecuencias para la gente y para la prosperidad del país. Al igual que con las inundaciones el pueblo achacaba la escasez de agua a que los dioses se sentían ofendidos por las faltas cometidas por el Estado.

" Pero muchas circunstancias adversas contribuían a revolucionar los ánimos: las pocas pagas y la escasez de alimentos, el negarse las Galias a hacer nuevas levas y cobrar nuevos tributos; el que, debido a una pertinaz sequía desconocida en aquellas latitudes, el Rhin apenas podía mantener a flote las naves; la menor frecuencia de transportes de vituallas, los destacamentos dispuestos a lo largo de toda la ribera para impedir el paso a los germanos por los vados; todo lo cual tenía por resultado la menor cantidad de ración de grano y el mayor número de bocas que llenar. La escasez de agua era considerada por los ignorantes como un signo de mal agüero como si los propios ríos que antiguamente hacían de baluarte del imperio, nos hubieran abandonado. Lo que en tiempo de paz se hubiera considerado como un hecho fortuito, o se hubiera atribuido a la naturaleza, en aquellas circunstancias se veía como un triste sino, o como muestra de la ira de los dioses." (Tácito, Historias, IV, 26)

Año y medio después de la llegada de Trajano al poder, en el 99 d. C. tuvo lugar una crecida insuficiente del Nilo cuyos efectos recordaba Plinio en su Panegírico:

“Egipto se secó con una imprevista sequía, hasta sufrir grave daño por la esterilidad; el Nilo, en efecto, salió perezoso de su cauce, con tal indecisión y languidez, que, aunque todavía era un río de los grandes, podía, sin embargo, compararse con ellos. En consecuencia, gran parte del territorio, acostumbrado a regarse por la inundación del río, ardía bajo una espesa capa de polvo. En vano deseó entonces Egipto las nubes y se puso a mirar suplicante para el cielo, cuando el mismo autor de su fecundidad, reducido y sin fuerza, impuso a la abundancia del país la misma mezquindad que a su avenida. Y el río aquél, sin límites cuando se desborda, no sólo se había parado y quedado sin alcanzar los montículos que siempre solía invadir, sino escurrido en rápida huida, no con un descenso lento y suave, de las laderas bajas en que pudiera detenerse, y agregó así a las tierras totalmente áridas otras insuficientemente bañadas.” (Panegírico, 30, 2-4).


Pintura con paisaje egipcio de David Roberts


Se produjo, sin duda, una situación gravísima en Egipto mitigada sólo con la llegada de naves con grano procedentes de Roma. El autor habla de sequía, de esterilidad, de la tierra ardiendo bajo una capa de polvo, de tierras áridas o insuficientemente bañadas, efectos desastrosos en un país que, como él mismo dice, creía que podía producir y multiplicar sus siembras «como si nada debiera a la lluvia del cielo». Muchos textos en todas las épocas nos hablan de las consecuencias funestas que una crecida demasiado baja del río comportaba para un país, para la población y para el propio Estado:
sequía, hambre, miseria, desestabilización social, ruina fiscal... Cuando esto ocurría, el país se acercaba al colapso.

El Panegírico subraya que solo la rápida y generosa intervención del emperador romano pudo evitar que la catástrofe fuera mayor. Esta clase de intervención era las que todos los anteriores reyes del país y sus gobernadores territoriales, desde el mismo inicio del Estado, intentaron evitar con acciones preventivas y una política de vigilancia del régimen fluvial del río; el hombre podía hacer muy poco para evitar una crecida escasa o excesivamente copiosa, pero sí era posible que las autoridades se anticiparan a las consecuencias suministrando rápidamente al país las reservas alimenticias acumuladas y adoptando las medidas adecuadas para amparar a la población.


Mosaico con paisaje nilótico, Palestrina, Italia

Desde aquel año, Roma estuvo pendiente de la altura de las crecidas del Nilo consciente más que nunca de que del trigo egipcio que las naves alejandrinas traían a Roma vivía una parte importante de la población, la plebe frumentaria. Esa atención a la crecida durante los meses del verano se tradujo en súplicas y ofrendas a los dioses egipcios, por parte de los propios romanos, debido a un más que probable temor religioso a lo que pudieran hacer los dioses egipcios contra Roma.

El propio Plinio, de nuevo en su Panegírico a Trajano, ruega a los dioses egipcios que traigan la fecundidad a las tierras.

“Pero si las tierras poseen su propia divinidad, si los ríos poseen su propio genio tutelar, suplico al suelo de Egipto y al propio Nilo que, dándose por satisfechos con esta muestra de bondad de nuestro Príncipe, acojan en lo sucesivo la simiente en su dulce seno y la restituyan multiplicada.” (Plinio, Pan. 32, 3)

En Egipto se celebraban ritos y festivales para invocar y rogar al dios Hapy, divinidad favorecedora de las crecidas del Nilo, que proveyera al país con una inundación abundante y adecuada, lo que no solo quería decir que el volumen de agua de la crecida debía ser el suficiente, sino que también llegara a su debido tiempo y que se extendiera por la mayor cantidad posible de campos de cultivo (pero no más allá).


Río Nilo, Museos Vaticanos

Ante un prodigio había que actuar, primero identificando el dios del que procedía y después averiguando la ofensa de la que se quejaba. Por último, había que encontrar la satisfacción que solicitaba para aplacar su ira.

La procuratio prodigiorum era el conjunto de medidas que se tomaban ante un fenómeno prodigioso para contentar al dios y alejar su enemistad. Cada prodigio exigía una reparación o expiación adecuada a cada prodigio acontecido.

“Aquel año ocurrieron muchos hechos extraños y para conjurarlos el senado decretó dos días de rogativas: el vino y el incienso fueron proporcionados por el Estado; acudieron a las rogativas un buen número de hombres y mujeres.” (Tito Livio, X, 23)

Los paganos responsabilizaron a los cristianos de las catástrofes naturales y de las desgracias que se producían en el Imperio Romano como una consecuencia inmediata de su impiedad. El rechazo de los cristianos a reconocer la existencia de los dioses grecorromanos tradicionales suponía un delito, y conllevaba como efecto la venida de los desastres naturales, como demostración de la ruptura de la pax deorum.


Relieve con escena de sacrificio

Los dioses paganos elegían retirar su bendición hacia la sociedad romana, y despreocuparse de mantener el orden natural, porque una parte de la población, en este caso, los cristianos, se negaban a tomar parte en los honores que se les debían. Por tanto, eran doblemente culpables: por un lado, los desastres eran consecuencia inmediata del desprecio que los cristianos mostraban hacia las divinidades paganas; por otro lado, su negativa a participar en los ritos ofrecidos a los dioses para conjurar todas estas desgracias impedía recuperar el equilibrio original de la pax deorum.

Los escritores cristianos se dedicaron a defender su religión de tales acusaciones, como Tertuliano que recurre a la historia de Roma y a las numerosas catástrofes ocurridas antes del comienzo del cristianismo para demostrar que la nueva religión no podía ser responsable de todos los desastres que le atribuían.

Precisamente porque no me asombro, es necesario que lo exponga con detalle para que vosotros, al pasar revista, os asombréis de la gran necedad en que caéis cuando pretendéis consideramos causantes de todas las calamidades y desastres públicos. Si el Tiber se desborda, si el Nilo no se desborda, si el cielo se para, si la tierra tiembla, (si una epidemia) produce la ruina, si el hambre se abate, inmediatamente todos a una: «(muerte) a los cristianos!». Como si le dieran poca importancia o temieran otra cosa quienes (no temen) a Dios.
Supongo que provocamos estos ataques por despreciar a vuestros dioses. Como ya hemos dicho, todavía no tenemos doscientos años. ¿Cuántas calamidades antes de este espacio de tiempo han caído sobre el mundo entero, o sobre ciudades o provincias aisladas? ¿Cuántas guerras externas y civiles? ¿Cuántas pestes, hambres, incendios, corrimientos de tierra y terremotos ha soportado el mundo? ¿Dónde estaban los cristianos entonces, cuando Roma proporcionó tantas historias sobre sus desgracias?”
(Tertuliano, A los gentiles, I)



Cristianos en el anfiteatro, pintura de Leon-Francois Benouvillle

Bibliografía

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