Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

viernes, 30 de junio de 2017

Salutatio matutina, clientes y patrones en la antigua Roma



Pintura de Alma-Tadema

En la antigua Roma, tanto en la época republicana como en la imperial, los más pobres y desprotegidos quedaban fuera del ámbito legal que regulaba las relaciones entre los miembros de la aristocracia. Por tanto, los más humildes se veían obligados a colocarse bajo la protección de un poderoso local que se encargara de interceder por ellos ante cualquier conflicto con otras familias aristocráticas o, en la época del Imperio, con el Estado, y de garantizarle medios de subsistencia. A cambio debían corresponder a este servicio a través de diversas prestaciones, constituyéndose así una relación de cliente (cliens) y patrón (patronus).

Dionisio de Halicarnaso señala que Rómulo había dividido a la sociedad romana en patricios y plebeyos. Los últimos debían ser clientes de los primeros, aunque cada plebeyo podía elegir a quien quisiera como patrón.

“Rómulo, después que distinguió a los poderosos de los humildes, dio leyes acordes con ello y dispuso lo que cada grupo debía hacer. Los patricios realizar las funciones religiosas, desempeñar los cargos, administrar justicia y dirigir con él los asuntos públicos, dedicándose a lo concerniente a la ciudad. Los plebeyos estaban excluidos de todo lo anterior por ser inexpertos en estas ocupaciones y no tener tiempo para ellas a causa de su escasez de medios; debían cultivar la tierra, criar ganado y dedicarse a oficios lucrativos para evitar sediciones, como sucede en las otras ciudades cuando los que tienen cargos ultrajan a los humildes o la muchedumbre y los pobres envidian a las autoridades. A los patricios les entregó los plebeyos como depósito, ordenando que cada plebeyo escogiera al que quisiera como patrono.” (Antigüedades Romanas, II, 9)




El texto señala las obligaciones de cada uno de los grupos: los patrones debían explicar las leyes a sus clientes, velar por ellos en los aspectos económicos, entablar procesos judiciales por ellos y defenderlos en caso de ser acusados; por su parte los clientes debían ayudar a sus patrones con la dote de sus hijas, ayudar en el pago de su rescate o el de sus hijos a los enemigos o para satisfacer penas civiles, así como contribuir en los gastos ocasionados por los actos públicos. Debía ayudar a pagar los costes de los pleitos que el patrón perdía o cualquier sanción a la que se le condenaba y además tenía que cubrir parte de los gastos de la carrera política del patrón.

“Los usos sobre el patronazgo fijados entonces por Rómulo y continuados durante largo tiempo por los romanos eran los siguientes: los patricios debían explicar a sus clientes las leyes que no sabían; en su presencia o ausencia preocuparse de igual manera de hacer todo lo que hacen los padres por sus hijos con vistas al dinero o a los tratos de dinero; entablar procesos en nombre de sus clientes si alguien los engañaba en sus contratos, y defenderlos si eran acusados. Y para decirlo en pocas palabras, proporcionarles completa seguridad en sus asuntos privados y públicos, que era precisamente lo que necesitaban. Los clientes debían ayudar a sus patronos a dotar a sus hijas casaderas, si los padres escaseaban en dinero, y entregar rescates a los enemigos si alguno de ellos o de sus hijos caía prisionero. Si los patronos eran condenados en juicios privados o tenían que satisfacer penas civiles con multas en metálico, los clientes debían pagarlas de su propio dinero, considerándolo no como un préstamo, sino como una muestra de agradecimiento. Como si fueran parientes debían contribuir a los gastos de los cargos, dignidades y los restantes desembolsos para actos públicos. Les era impío e ilícito a ambos por igual el acusarse unos a otros en juicios, aportar testimonios contrarios, votar en contra o aliarse con los enemigos mutuos.” (Antigüedades Romanas, II, 10)


Ni el patrón ni el cliente podían acusarse en un juicio, ni prestar testimonio uno contra el otro, ni votar en contra en las elecciones. En caso de guerra el cliente debía acompañar a su patrón en el campo de batalla.

“Fue citado también como testigo contra Mario, Gayo Herenio, y contestó no ser conforme a las costumbres patrias que atestiguase contra un cliente, sino que antes las leyes eximían de esta obligación a los patronos- que es el nombre que dan los Romanos a los defensores y abogados-y que de la casa de los Herenios habían sido clientes de antiguo los progenitores de Mario, y aun Mario mismo. Admitían los jueces la excusa, pero el mismo Mario hizo oposición a Herenio, diciendo que luego que entró en las magistraturas se libertó de la calidad de cliente, lo que no era enteramente cierto, pues no toda magistratura exime a los clientes y a su posteridad de la obligación de alimentar al patrono, sino solamente aquella a la que la ley concede silla curul.” (Plutarco, Vidas Paralelas, Mario, V)

La división social en una clase dirigente de patricios que actuaban como magistrados, jueces y patrones y la clase de plebeyos conformada por granjeros, artesanos y clientes, en realidad estaba diseñada según Dionisio para evitar el conflicto social ya que las relaciones de patronazgo ligarían a la clase dirigente y a la dirigida por unos vínculos de afecto y relaciones personales que ayudarían a legitimar una práctica convertida ya en habitual.
 Esa relación implicaba desigualdad de poder, y no se limitaba a una actuación de una sola vez, sino que se extendía en el tiempo. La posición del patrón significaba para el cliente la posibilidad de acceder a unos recursos que social y económicamente no tenía y no poder acceder a tales recursos dejaba al cliente en posición de debilidad.

“En consecuencia, los lazos entre clientes y patronos permanecieron durante muchas generaciones sin diferenciarse de los vínculos familiares, transmitiéndose a los hijos de los hijos. Y era un gran elogio para los hombres de ilustres casas tener el mayor número posible de clientes, conservando la herencia de patronazgos familiares y obteniendo otros nuevos por sus propios méritos. Y unos y otros tenían una enorme y extraordinaria competición de buena voluntad por no quedar atrás en agradecimiento: los clientes haciendo a sus patronos todos los servicios que podían; los patricios procurando no molestar en absoluto a sus clientes, y no recibiendo ningún regalo de dinero. Tan superior era para ellos la vida a todo placer, midiendo la felicidad por la virtud, no por la fortuna.” (Dionisio de Halicarnaso, Antigüedades romanas, II, 11)



En los primeros tiempos cuando alguien recibía un daño, el único capacitado para iniciar una acción legal era el pater familias, quien era responsable de llevar el defensor a la corte, de proveer los testigos (el magistrado no los obligaba a comparecer) y, de tener éxito, de ejecutar la sentencia. Todo ello suponía una capacidad de acción que no todos estaban en condición de llevar adelante y que revela la necesidad de los grupos sociales más desprotegidos de integrarse en una red superior de protección que les garantizase ciertos derechos mínimos. Debido a ello, el clientelismo puede haber sido la causa que permitió extender el dominio de las grandes familias romanas sobre la gente humilde a lo largo de la república.

El clientelismo con el paso del tiempo se vería como una relación voluntaria, y no sería equiparada a una relación de servidumbre. El estatus del cliente como ciudadano en principio no debería verse disminuido y no afectaría sus derechos de propiedad como tampoco implicaría la pertenencia obligatoria del cliente a la gens del patrón.

Las relaciones patrono clientes pertenecían al ámbito de la vida social y no estaban ordenadas por el derecho, aunque despreciar las reglas de esta relación, a pesar de no tener consecuencias jurídicas, podía acarrear la ruina social del infractor y amenazar su existencia económica y personal. Y es que esa relación se apoyaba en la confianza o fidelidad (fides), tan sagrada como la propia ley, que cubría en la vida pública y privada el espacio que la norma legal no alcanzaba de obligación moral. De esta forma, tanto en el derecho como en la vida pública, se apelaba a la lealtad y a la conducta respetable, a la confianza de que aquél de quien se esperaba algo lo cumpliría con honradez.

“Ahora bien, hemos de reconocer que Probo, animado por su bondad natural, nunca obligó a un cliente o a un esclavo a que hiciera algo ilícito. Pero si descubría que alguno de ellos había cometido un delito, aunque su actitud fuera contraria a la justicia, lo defendía sin investigar el asunto y sin tener en cuenta en absoluto lo correcto o lo honesto.” (Amiano Marcelino, 27.11.4)

Las obligaciones que ligaban a patrono y cliente no estaban establecidas en un catálogo de deberes, pero no por ello eran menos precisas o determinadas. Si para el patrono significaban sobre todo la defensa económica y jurídica de sus clientes a los que servía como portavoz político de sus intereses y reivindicaciones, para éstos implicaban, en especial, el apoyo al patrono en el ámbito político ofreciendo su voto a cambio de su protección, de tal forma que el cliente, al contribuir con su voto en las asambleas al mantenimiento y aumento de la dignitas de su patrono, se sentiría integrado en la vida pública. El patrono debía, por otra parte, atraerse a sus clientes y preocuparse por cumplir sus deseos, para asegurarse sus votos y mantener su prestigio social.





Quinto Tulio Cicerón escribió un librito para su hermano Marco, el célebre orador, aconsejándole cómo actuar a la hora de presentarse a unas elecciones. Entre las recomendaciones que hace se encuentra la de qué hacer con respecto a los clientes que uno tiene y cómo contar con ellos. Para ello distingue tres clases de clientes: los que vienen a saludarte a tu casa, los que llevas al foro y los que te siguen a todas partes, y aconseja contar con tantos como se pueda, porque el número de clientes que acompaña a un candidato determina su reputación.

 “Y, ya que se menciona también ha de cuidarse que hagas uso del acompañamiento cotidiano de cada género y orden y edad; pues por su misma abundancia se podrá conjeturar cuántas fuerzas te apoyarán. Tres clases de clientes tendrás: una, la de los saludadores que vienen a casa; la segunda, los conductores, que tú llevas al foro; la tercera, los acompañadores. Entre los saludadores –que son más vulgares y, por esta costumbre que ahora hay, vienen a más–, ha de hacerse esto: que este mismo mínimo oficio de ellos parezca que te es gratísimo. A quienes vengan a tu casa, signifícales que tú lo adviertes (muéstralo a sus amigos, para que lo cuenten a aquéllos; a menudo díselo a ellos mismos). Porque los hombres a menudo, cuando frecuentan a más competidores, y ven que hay uno solo que aprecia mayormente esos oficios, se le entregan; abandonan a los demás; insensiblemente se convierten de sufragantes comunes en propios; de fingidos en firmes.
Tendrás en cuenta que este oficio de los conductores (los que te acompañan al foro) es más grato para ti, en cuanto es mayor que el de los saludadores, y, siempre que puedas irás al foro en ciertas ocasiones. La costumbre en conducir conlleva magna opinión, magna dignidad.
Habrás de cuidar la abundancia de los acompañantes.  A los voluntarios les harás entender que, por su beneficio, tú quedarás obligado con ellos para siempre. Pero a los que están obligados, les deberás exigir su presencia. A los que por su edad y negocio pudieran acompañarte, que lo hagan y a quienes no pudieran ellos mismos, que envíen a sus parientes.” (Quinto Tulio Cicerón, Commentariolum Petitionis, IX, 34-37)

En Roma, principalmente durante la República, se mantenía un alto grado de participación popular en la política y el patrón y cliente actuaban de forma coordenada contra los rivales, a los que había que arruinar públicamente para alcanzar el poder, pero se produjo una paulatina pérdida de la importancia política de las asambleas populares en las que los clientes habían cumplido importantes funciones en favor de su patrono durante los conflictos políticos de fines de la República, y con la llegada del Principado el sistema del clientelismo republicano entró en crisis debido a las restricciones impuestas en las demostraciones aristocráticas como los triunfos, los juegos de gladiadores y las construcciones públicas en la ciudad que terminarían con los actos representativos tradicionales de la nobleza. La ampliación de la colonización fuera de Italia, la regularización en la distribución estatal de alimentos y de dinero, así como la concesión de espectáculos gratuitos a cargo del emperador a la plebs frumentaria (sector de la población a la que se entregaba alimentos por el estado) de la ciudad de Roma, situaron al emperador como el gran patrono de esa plebe.

Distribución de alimentos, Arco de Trajano, Benevento

 También los sectores sociales acomodados, miembros de las órdenes senatoriales y ecuestres, eran corresponsables con el emperador y con el aparato del Estado en la protección política, social y económica del resto de la población, ante todo de los ciudadanos; lo cual supuso que, aunque en posición secundaria y regresiva, las relaciones de clientela privada se mantuvieran durante todo el Imperio.

“También de anciano, antes de que llegaran los clientes, comía pan seco para mantener las fuerzas.” (Historia Augusta, Antonino Pio, 13)

Ya con la llegada del Imperio se establecen nuevos tipos de lazos, en los que el emperador, los aristócratas romanos y no romanos, la plebe, las provincias, los intelectuales, se relacionan a través de nuevas formas de prestación mutua de servicios, que tenían más que ver con el ámbito privado que con el ámbito público. La movilidad social y política durante el Imperio se asentó, entonces, sobre verdaderas pirámides de influencias organizadas a través de las prácticas clientelares.

Audiencia en casa de Agripa, Pintura de Alma Tadema

Al permitir que los senadores funcionaran como intermediarios importantes, el emperador conseguía dos objetivos importantes. Por una parte, aumentó el grupo de aquellos que recibían favores personales, y al usar a los caballeros y a los senadores como intermediarios, ligó a su persona a través de vínculos personales a numerosos aristócratas municipales y provinciales que no tenían, de otra forma, un contacto directo con él. Por otra parte, al permitir que los senadores y caballeros actuaran como sus intermediarios, el emperador concedía beneficia que presuponían su devolución esperada como gratia (gratitud), y expresada en la forma de lealtad a cambio.

“Tus beneficios en mi favor, señor, me han unido en estrechísimo vínculo con Rosiano Gemino; en efecto tuve como cuestor durante mi consulado. Le he encontrado muy deferente con mi persona: tan gran respeto me muestra después del consulado, que colma con atenciones personales los vínculos nacidos de nuestra relación oficial. Te ruego, pues, que tú mismo en respuesta a mis ruegos te intereses por el rango de este. Le concederás, si das algún crédito a mis palabras, tu indulgencia; él se esforzará en aquellas actividades que tú le hayas encomendado por llegar a merecer mayores honores.” (Plinio, Epístolas, X, 26)

Durante la República, era importante mantener asociaciones con gente de diferentes status y la cantidad de saludadores matutinos dependía de la categoría social del patrón, aunque es improbable que la gente más humilde tuviese acceso a tal formalidad.  Probablemente, los grupos integrados en las clientelas senatoriales no pertenecían a la plebs sordida, es decir a los estratos sociales más bajos, sino a quienes podían ser considerados como "pobres' (homines tenues) por esos mismos senadores, pero de ninguna manera se trataría de la masa de los proletarios. Sin embargo, durante el Imperio aquellos que estaban situados tradicionalmente en los niveles sociales inferiores podían alcanzar mayor poder social y político ya que no suponían una amenaza para la influencia del emperador. Al perder el ritual su significancia política se convirtió en un mero formalismo, que persistió por la inclinación romana a vivir según las costumbres de los mayores. Ya avanzado el Imperio supuso para los saludadores un mérito social ser aceptados en ciertas casas y ser recibidos en audiencias imperiales o de altos magistrados. La relevancia de cada uno se medía según el orden de admisión a la recepción o saludo.

“Sejano era tan importante a causa de la altivez de su carácter y de la grandeza de su poder que, para decirlo con brevedad, parecía que él era el emperador y que Tiberio era el gobernador de una isla, dado que vivía en una isla llamada Capri. Peleas y empujones había ante las puertas de su casa por miedo, no sólo a que él no te viera, sino a que te vieran entre los últimos… Durante el primero de año, cuanto todos estaban reunidos en casa de Sejano, el triclinio que estaba en la estancia donde recibía se rompió, debido al peso de los que en él se sentaban.” (Dión Casio, LVIII, 5)

En casa de Mecenas, Stefan Bakalovich

En las relaciones públicas y profesionales entre un patrón y un cliente existía una reciprocidad como muestran las epístolas de Plinio. Este responde a la petición que le hace Clusinio Galo para que se haga cargo de la defensa legal de Corelia, la hija de Corelio Rufo, destacando la relación que lo unía con Corelio.

"Yo era aún muy joven, y él ya me apreciaba e incluso, me atrevo a decir, me respetaba como a un igual. En mis candidaturas a las magistraturas era mi valedor y el que daba testimonio de mi vida. Con ocasión de la ceremonia de toma de posesión, formaba parte de mi cortejo y era uno más de mis acompañantes. Durante el ejercicio de las mismas era mi consejero y mi guía, y en fin, a la hora de prestarme su asistencia en todos mis cargos, aunque débil y de edad avanzada, se mostraba siempre joven y fuerte"…"¡Cuánto contribuyó a acrecentar mi reputación tanto entre sus íntimos amigos como en la vida pública, e incluso ante el príncipe.” (IV, 17)

Estatua de Aulo Metelo, Museo de Florencia

Se puede observar el hecho de que Plinio se había iniciado en la carrera política por el apoyo que este gran suffragator (el que apoyaba a un candidato y buscaba votos) le había brindado. Cada vez que se había presentado para obtener alguna magistratura, lo había hecho con el apoyo de Corelio y éste incluso había reforzado ese apoyo asistiendo personalmente a las ceremonias de posesión de tales cargos "formando parte del cortejo" de Plinio. Además, se posibilitaba el acceso al emperador. Sugerir la conveniencia de cierta persona para un cargo, o destacar las virtudes de un cliente, podía marcar la diferencia entre una carrera de éxito o una mediocre, por ello estas recomendaciones políticas ocupaban un lugar central en los vínculos clientelares.

Esas obligaciones asumidas con Corelio lo llevan a corresponder los antiguos favores
.

"Cuando pienso en ello, comprendo que debo esforzarme porque no parezca en modo alguno que he traicionado la confianza que ese prudentísimo varón depositó en mí. Por ello prestaré mi asistencia a Corelia con la mayor solicitud y no dudaré en hacer frente por su causa al desprecio de cuantos sea necesario".

En una epístola que Plinio le envía al emperador Trajano, se puede ver al autor intercediendo por Voconio Romano, a fin de que sea promovido a la dignidad de senador. Plinio actúa ahora en su calidad de protector, patrón, a diferencia del caso analizado anteriormente en que aparecía en calidad de protegido.

“Tu indulgencia, excelente emperador, que conozco por experiencia en toda su amplitud, me anima a atreverme a pedírtela también para mis amigos, entre los que Voconio Romano, condiscípulo y camarada desde la más tierna infancia, ocupa el primer lugar. Por estos motivos había solicitado de tu divino padre que le promocionase a la condición de senador, pero el cumplimiento de este ruego mío ha sido reservado a tu bondad, porque la madre de Romano no había realizado aún de forma satisfactoria según las leyes la generosa donación de cuatro millones de sestercios que había prometido que haría en un escrito dirigido a tu padre; que finalmente ha hecho, aconsejada por nosotros.” (X, 4)

Estas relaciones se aplicaban en el caso de abogados y defendidos, ya que Quintiliano indica que no es propio de un abogado honorable poner precio a sus servicios, lo que dependía de la costumbre y la reciprocidad propias de las relaciones de amistad y clientelismo. Estas deudas contraídas por los pleitos judiciales se pagaban a veces con legados y herencias (especialmente de aquellos que no tenían hijos), apoyo político (no sólo para las votaciones, sino a veces expresando públicamente el apoyo a determinado candidato o generando obligaciones dentro de los miembros de una curia o en el senado). Los clientes más humildes podían cumplir con sus obligaciones sólo manifestando su deferencia siguiendo y apoyando a su patrón en los espacios públicos.

En la inscripción funeraria de Lucio Plotio Sabino se enumeran los cargos que ostentaba junto con los méritos que indicaban su relevancia social, tener un puesto en la segunda salutatio del emperador Antonino Pío.

A los espíritus del origen.
A Lucio Plotio Sabino, hijo de Cayo de la tribu Pollia
Pretor
Sodal Titialo,
Edil curul
Miembro del comité de los siete de los caballeros romanos.
Cuestor urbano,
Tribuno laticlavio,
Miembro leal y fiel de la primera legión de Minerva,
Miembro del comité de los diez (stlitibus iudicandis),
También ostenta el puesto en la segunda salutatio del Emperador Antonino Augusto Pío.
Sabino el pretor, un gran poder, falleció…

Los patronos podían proporcionar recursos directos como tierras, trabajo o indirectos, es decir, contactos estratégicos con otras personas que controlan aquellos recursos directamente o tienen acceso a las personas que lo hacen, que serían intermediarios. Durante el principado los beneficios otorgados por el emperador se lograron por la intermediación de terceros, personas de alta jerarquía social pertenecientes al orden senatorial o ecuestre.

Mosaico con villa romana, Museo del Bardo, Túnez
 Marcial describe la finca que Marcela, a la que él llama domina (seguramente su patrona) le ha regalado en su tierra, cerca de Bilbilis (Calatayud) que le permitía vivir desahogadamente.

“Este bosque, estas fuentes, esta sombra entretejida de los pámpanos vueltos hacia arriba, esta corriente guiada de agua de riego, estos prados y rosales, que no ceden al Pesto de las dos cosechas, y todas las hortalizas que verdean y no se hielan ni en el mes de Jano, y la anguila doméstica, que nada en un estanque cerrado, y esta torre de un blanco resplandeciente, que cría palomas de su mismo color, obsequios son de mi dueña. A mi vuelta después del séptimo lustro, Marcela me ha dado estas casas y estos pequeños reinos. Si Nausícaa me concediera los huertos de su padre, podría decirle yo a Alcínoo: “Prefiero los míos”.” (Marcial, Epigramas, XII, 31)

El tipo de patronazgo instaurado desde el gobierno de Augusto tuvo su equivalente en la vida cultural. Las relaciones establecidas entre el emperador y otros personajes poderosos, por un lado, y los artistas por el otro, pueden ser definidas como clientelares. Los escritores necesitaban patronos tanto para asegurar su sustento como para ver posibilitada la publicación y difusión de sus obras. A cambio, el emperador esperaba la producción de obras o declamaciones basadas en la adulación y en la exaltación, generalmente forzadas, tanto de su persona como de su gestión. Mecenas, el amigo de Augusto, decidió atraerse a los poetas más destacados de su generación y convencerlos de que cantaran las alabanzas del fundador del Imperio. Para atraer a todos estos poetas, Mecenas organizaba irresistibles banquetes, y les ofrecía influencia, dinero y favores, aunque algunos a veces se resistían a desempeñar el papel de poetas oficiales, como Horacio, que en una oda se quejaba de que lo suyo era la poesía amatoria, no adular a Octavio. Sin embargo, si sabían adular a su protector:

¡Oh, Mecenas, oriundo de un linaje de reyes!
¡Oh, tú, mi protector! ¡Oh, tú, mi gloria y honra! (Horacio, Odas, I, 1)

Unos de los casos más conocidos de este tipo de lazos es aquel que se estableció entre el emperador Domiciano y el satírico Marcial:

“Creta ha dado un gran nombre, mayor lo ha dado África: el que tiene el victorioso Escipión y el que tiene Metelo. La Germania otorgó otro más noble, dominado el Rin, y tú, César, siendo un niño, eras digno de tal nombre. Tu hermano se ganó con tu padre los triunfos sobre los idumeos; pero los laureles que se conceden por la sumisión de los catos son tuyos por entero.” (Marcial, Epigramas, II, 2)

Domiciano, a sus 19 años, participó personalmente en la campaña de Germania en el 70 d. C.; pero el nombre de Germánico lo tomó en el 84 por su triunfo sobre los catos.

Horacio y Virgilio en casa de Mecenas, Charles F. Jalabert

Se puede decir que la continuidad de la práctica, aunque con variaciones y adaptaciones según la evolución histórica, se mantuvo por una necesidad mutua: el patrón necesitaba, por motivos tanto sociales como políticos, que la gente proclamara su poderío y exhibiera su influencia, mientras que el cliente necesitaba la ayuda del patronus para cubrir sus necesidades, que variaban de acuerdo a las características particulares de cada cliente: subsistencia, influencia política, etc.
A la hora de identificar la clientela se puede encontrar aquella en que el cliente acudía al patrón en busca de protección, influencia o sustento, en cuyo caso el patrón disponía de un mayor poder sobre sus protegidos, y aquella clientela en la cual era el propio patrón el que “salía a buscar” a sus clientes, siendo estos últimos un elemento por el cual varios patronos competían, lo que proporcionaba al cliente una ventaja considerable en sus negociaciones y  rebajaba la molestia que las obligaciones implicaban, como madrugar para ir a saludar al patrón por las mañanas, de las que se queja frecuentemente el poeta Marcial.

“Si esta mañana no he querido ni merecido verte en tu casa, Paulo, que tus Esquilias estén todavía más lejos de mi casa. Yo vivo próximo a la columna de Tíbur, por donde la rústica Flora ve al antiguo Júpiter. Tengo que salvar la senda de la cuesta de la Subura y sus piedras sucias, casi siempre húmedas. Apenas puedo cortar las largas reatas de mulas, ni esos bloques de mármol que se ven arrastrar con tantas sogas. Y lo que es todavía más grave, Paulo: que, después de superar tantas fatigas y llegar cansado, te diga el portero que no estás en casa. Éste es el final de mi vano esfuerzo y de sudar mi pobre toga: resulta difícil que valga tanto la pena el ver a Paulo por la mañana. Un cliente servicial siempre tiene amigos inhumanos. A menos que te quedes dormido, no puedes ser mi patrón.” (Marcial, Epigramas, V, 22)

Un amante de arte romano, Pintura de Alma-Tadema

Juvenal expone su indignación moral respecto a las prácticas clientelares tanto en su crítica a la avaricia y abuso de los patronos como a la hipocresía y excesiva adulación proporcionada por los clientes. La degradación generada por estas prácticas y la corrupción de las costumbres alcanzaba, así, tanto a ricos como a pobres, sin importar la condición social que patrono o cliente detentaran.



“En primer lugar, métete en la cabeza que cuando te invitan a comer recibes un salario íntegro por tus antiguos servicios.
El fruto de una amistad importante es el alimento: el rey lo pone a tu cuenta, y, por más raro que suene, lo pone a tu cuenta, sí. Así que si a los dos meses le viene en gana invitar a su olvidado cliente para que no quede libre el tercer cojín en su lecho vacío, te dice: «Vamos a comer juntos.» El colmo de tus deseos. ¿Qué más puedes pedir? Trebio tiene ya motivos para interrumpir su sueño dejar sueltos sus cordones, preocupado de la turbamulta entera de clientes haya terminado ya la ronda de saludos cuando las estrellas se difuminan o a la hora en la que el Carro helado del perezoso boyero completa una órbita.”
(Juvenal, Sátira V)


 La crítica llegaba hasta la actitud de algunos emperadores que se permitían humillar a los clientes haciendo esperar largo tiempo a los que aguardaban para una audiencia, prefiriendo dedicarse a sus actividades particulares, como en el caso de Caracalla.

“En cuanto al propio Antonino, nos enviaba recado de que iba a administrar justicia o encargarse de algún otro asunto público después del amanecer, pero nos tenía esperando hasta mediodía, y a menudo hasta la tarde, sin dejarnos entrar siguiera hasta el vestíbulo, por lo que teníamos que permanecer de pie afuera, dando vueltas por los alrededores; y, generalmente, ya a una hora tardía, decidía que aquel día ni siquiera intercambiaría saludos con nosotros. Entretanto, se ocupaba en satisfacer su curiosidad de diversas formas, como ya he dicho, o conduciendo carros, matando bestias salvajes, luchando como gladiador, bebiendo, o aliviando los dolores de cabeza resultantes, mezclando grandes copas de vino -además de todos los demás alimentos- para los soldados que hacían guardia dentro del palacio, pasando rondas de copas en nuestra presencia y ante nuestros ojos; y tras todo esto, solo entonces administraba justicia.” (Dión Casio, LXXVIII, 17)

Honorio y sus favoritos, John William Waterhouse


Marcial pinta la figura del cliens que refleja ante todo las malas condiciones en que se encontraban algunos clientes quienes, a cambio de la salutatio cotidiana a su patrono, no recibían más que una miserable sportula de sus patronos, lo que les obligaba a buscarse varios patronos, o bien recibían una invitación a cenar de vez en cuando.

“Si mi sufrimiento añade algo a tu hacienda, de mañana o incluso desde la media noche llevaré la toga y soportaré las rachas estridentes del inicuo aquilón y sufriré las lluvias y aguantaré las nieves. Pero si no te pones más rico ni en un cuadrante gracias a mis lamentos y a los tormentos de un hombre libre, mira, te lo ruego, por mi cansancio y déjate de esfuerzos en vano, que a ti no te aprovechan y a mí, Galo, me perjudican.” (Epigramas, X, 82)

Siguió, en cambio, habiendo clientes que eran tratados como en los tiempos antiguos recibiendo protección judicial, donación de tierras, etc.

Mientras estaba prohibido a los senatoriales ser clientes de otros, no era excepcional que miembros de rango decurional e incluso ecuestre fueran clientes de otros personajes social y económicamente mejor situados. Un claro ejemplo fue el poeta hispano Marcial que pertenecía al orden ecuestre.

Como quiera que tú, que inauguras el año con los fascios laureados, te pateas de mañana mil umbrales dando los buenos días, ¿qué pinto yo aquí? ¿Qué nos dejas, Paulo, a nosotros, que somos parte de la plebe de Numa y de su apiñada muchedumbre? A quien se fije en mí, ¿voy yo a llamar “mi rey y señor”? Esto haces tú mismo, pero ¡con cuánto mayores halagos! ¿Qué yo vaya en el séquito de una litera o de una silla de manos? Tú no rehúsas ni llevarlas a hombros y te peleas por ir el primero por todo el barro. ¿Que yo me levante una y otra vez ante quien recita sus versos? Tú estás siempre de pie y tiendes hacia su cara tus dos manos a la par. ¿Qué hará un pobre, a quien no se le permite ser cliente? Vuestra púrpura ha dado el despido a nuestras togas. (X,10)

Tras la audiencia, Pintura de Alma-Tadema

Uno de los deberes del cliente era la salutatio matutina que implicaba la obligación de ir a casa del patrón (o patronos) por la mañana para saludar e informarse de si necesitaba que le acompañara en sus quehaceres diarios y recibir la sportula, cesta de comida que le podía servir de sustento diario. Esta sportula era una obligación que tenía el patrón con sus clientes y con el tiempo se convirtió en una pequeña aportación dineraria.
En la ciudad de Roma (teniendo en cuenta que el coste de la vida era más caro que en otras ciudades), la tarifa de dos sextercios se consideraba adecuada a comienzos de la época imperial, aunque en tiempos de Domiciano era ya de seis sextercios, cuando ya había decaído la costumbre de los pagos cotidianos en especie (que se reservaban a ocasiones concretas, como proporcionar entradas para un espectáculo -especialmente cuando lo organizaba el patrón-, ropa para el año nuevo, o lo necesario para celebrar una boda). Era habitual que los clientes fueran citados en el testamento dejándoles alguna parte de la herencia

“Adiós ya, centenar de pobrecillos cuadrantes, donativo que hacía a sus fatigados clientes un bañista empapado. ¿Qué pensáis, amigos hambrientos? Se acabaron las espórtulas de un patrón orgulloso. “Ya no hay disimulo, ya es un salario lo que tiene que dar” El patrón daba de comer al cliente, luego Nerón sustituyó la comida por cien cuadrantes. Domiciano restableció la comida por poco tiempo. Ahora se convierte en un pequeño jornal, 25 ases.” (Marcial, Epigramas, III,7)

Por aparentar el patrón se podía exceder en la cantidad dada como sportula, multiplicando lo estipulado como habitual. Marcial critica a un tal Diodoro que quintuplica la cantidad acostumbrada, cinco veces la ordinaria, que era de 100 cuadrantes, es decir 25 ases o 6 sestercios y un as.

“En tu cumpleaños, Diodoro, el senado se sienta a tu mesa como convidado y pocos caballeros dejan de adherirse y tu espórtula reparte con largueza treinta sestercios por cabeza. Sin embargo, Diodoro, nadie te cree nacido”. (Epigramas, X, 27)

Sextertius de Domiciano

La invitación a la cena ofrecida por el patrón era también uno de los favores esperados por el cliente para seguir manteniendo un cierto nivel de aceptación social.

Como te trillas innumerables umbrales por la mañana siendo senador, te parezco ser un caballero dejado, porque no corro de un lado para otro con las primeras luces por la ciudad y no me llevo, cansado, miles de besos de vuelta a casa. Pero tú [lo haces] para agregar nombres nuevos a los fastos purpúreos, o para dirigirte a los pueblos de los nómadas o de los capadocios; en cambio yo, a quien obligas a interrumpir el sueño a mitad y a soportar y a padecer el barro matinal ¿qué busco? Cuando mi pie sin rumbo se me sale del zapato roto y me cae un súbito chaparrón de agua gorda, y no llega mi esclavo, llamado a gritos después de quitarme el manto, se acerca tu esclavo a mi oreja helada y me dice: “Letorio te invita a cenar con él”. ¿Por veinte sestercios? Yo no voy; prefiero el hambre a tener yo una cena como recompensa y tú tener una provincia y que hagamos lo mismo y no ganemos lo mismo. (Marcial, Epigramas, XII, 29)



Muchos patrones no soportaban de buen grado el gasto de proporcionar la comida a ciertos clientes que nada le aportaban, por lo que les servían alimentos y bebidas diferentes a las que él mismo y sus invitados más ilustres degustaban. Este hecho fue criticado por los literatos debido a la humillación que suponía tal actitud.

 “Siendo invitado a la cena ya no como antes, en calidad de cliente pagado, ¿por qué no me sirven la misma cena que a ti? Tú tomas ostras engordadas en el lago Lucrino, yo sorbo un mejillón habiéndome cortado la boca. Tú tienes hongos boletos, yo tomo hongos de los cerdos; tú te peleas con un rodaballo, en cambio yo, con un sargo. A ti te llena una dorada tórtola de enormes muslos; a mí me ponen una picaza muerta en su jaula. ¿Por qué ceno sin ti, Póntico, cenando contigo? Que sirva de algo la desaparición de la espórtula: cenemos lo mismo”. (Marcial, Epigramas, III, 60)

La estructura de la domus (casa familiar romana) incluía una estancia a la entrada que permitía acoger a los clientes; aunque lo habitual era permitir su entrada en espacios más privados según su rango o nivel de confianza (los más humildes se quedaban en la entrada, mientras que a algunos se les permitía llegar hasta el peristilo). Debía ser habitual que en las fachadas de las casas más ricas hubiera un banco donde los clientes esperaban a ser atendidos, pues en Pompeya se ha conservado uno de piedra en la fachada de una casa. Era prueba del prestigio de una familia el que cada mañana frente a su casa esperara un gran número de clientes.
El orden de recepción venía determinado por el rango del cliente. Olvidar el tratamiento que debía darse al patrón (el título de dominus), podía dar lugar a ser despedido sin recibir la sportula.

“Esta mañana te he saludado por descuido con tu verdadero nombre y no te he llamado, Ceciliano, “mi señor”. ¿Qué cuánto me ha costado tamaña libertad, preguntas? Se me ha llevado ella cien cuadrantes.” (Marcial, Epigramas, VI, 88)

El que el patrón devolviera el saludo, citándole por su nombre, era una muestra de confianza y reconocimiento. Se debía acudir vestido propiamente, con toga, requisito que para los más pobres era difícil de cumplir, en cuyo caso se esperaba fuera su propio patrón el que se la facilitara. Dependiendo del número de clientes, la salutatio podía prolongarse mucho (hasta la hora secunda o tertia) Por muy molesto que fuera para el patrón mantener este ritual cotidiano, desatender las quejas y peticiones de sus clientes, o no responder a su saludo, era considerado una pérdida de reputación.

“Ésos que corren en medio de sus compromisos, que se desasosiegan a ellos mismos y a los demás, cuando ya estén bien locos, cuando día a día hayan recorrido los umbrales de todos sin pasar de largo ante ninguna puerta abierta, cuando hayan llevado en torno su interesado saludo por las casas más alejadas, ¿a cuántos en concreto podrán ver en una ciudad tan enorme y desgarrada entre intereses tan diversos?
 ¡Cuántos por tener sueño o por regalones o por desconsiderados los despacharán sin más! ¡Cuántos después de haberlos torturado largo rato pasarán de largo ante ellos pretextando tener prisa! ¡Cuántos evitarán asomar por el atrio atestado de clientes y escaparán por los oscuros pasillos de sus mansiones como si no fuera más inhumano engañar que no tener en cuenta! ¡Cuántos medio dormidos por el desenfreno de la víspera y enfadados con aquellos pobres, —que han roto su propio sueño para aguardar a que otro despierte—, repiten, entre bostezos más que desdeñosos, con los labios apenas entreabiertos, el nombre que le han apuntado mil veces!” (Seneca, De la Brevedad de la vida, 14, 3-4)

Pintura de Gustave Boulanger

No solo se quejaban los patronos por las obligaciones que conllevaba la salutatio y demás deberes, ya que Marcial se quejaba de tener que actuar como si fuera un nuevo cliente y pedía a su patrón tener consideración por su edad y veteranía para poder retirarse de tales quehaceres.

“Lo que te presta un amigo nuevo y recién hecho, eso me ordenas, Fabiano, que te lo preste yo: que arrecido vaya a saludarte todos los días a primera hora, y que tu litera me lleve y traiga por medio del barro, que ya cansado, te siga a la hora décima o más tarde a las termas de Agripa, cuando yo me baño en las de Tito. ¿Esto he merecido yo, Fabiano, a lo largo de treinta diciembres, el ser siempre un recién llegado a tu amistad? ¿Esto he merecido yo, Fabiano, con mi toga raída pero mía, que no me consideres aún digno del retiro?” (Epigramas, III, 36)

Para evitar cumplir con sus tareas como cliente Marcial llega a enviar a uno de sus libertos para que le sustituya en esas funciones y aduce los motivos y las ventajas que para el patrón puede tener ese cambio.

“Tú me exiges, sin que les vea el fin, mis servicios de cliente. No voy, pero te envío a mi liberto. —No es lo mismo, me dices. —Te probaré que es mucho más. Yo apenas podría seguir la litera; él la llevará. Cuando te veas atascado entre la multitud, él abrirá paso a codazo limpio; yo tengo los costados débiles y delicados. Si tú narras cualquier cosa en el discurso de la causa, yo me callaré; pero él te berreará un triple “¡muy bien!”. Que tienes un proceso, él dejará oír sus insultos a grandes voces; el pudor ha contenido siempre en mi boca las palabras gruesas. —Entonces, agregas, tú, amigo mío, ¿no me prestarás nada? —Sí, Cándido, lo que no pueda el liberto.” (Epigramas, III, 46)


Los clientes realmente agradecidos a sus patronos por los favores recibidos les dedicaban estatuas o retratos en los que se reflejaban los valores que creían debían poseer. El patrón en el que uno debía confiar debía caracterizarse por la gravitas, virtud que reflejaba la dignidad tanto física como intelectual de la persona y que se manifestaba en la escasa expresión emocional y en la constancia y seriedad al hablar y tratar a los demás.
El cliente ideal respondía a tal patrón con el piadoso respeto que se esperaba de un hijo hacia su padre, que se manifestaba en su devoción por ayudar a su patrón en caso de necesidad y en su muestra de gratitud por la labor ejercida en su favor.
Esta exhibición de gratitud implicaba una marcada subordinación del cliente hacia el patrón, el cual se comportaba como un patriarca, como se puede apreciar en el comentario de Cicerón sobre los habitantes de Capua al convertirse en sus clientes.

“Los de Capua me dedicaron una estatua dorada, me habían elegido como su patrón especial; ellos contaban sus vidas, sus fortunas y sus hijos como un regalo de mi parte.” (Cicerón, Contra L.C. Pisón, 25)


En el santuario de Diana en Nemi se encontraron varias estatuas del siglo I d.C. dedicadas por el liberto Fundilius Doctus, parásito de Apolo (había una asociación de actores y mimos, llamados parásitos de Apolo). Entre ellas se encuentran una de él mismo y otra dedicada a su patrona Fundilia Rufa, que refleja esa dignidad y seriedad en su rostro y porte.



Fundilia Rufa


Los vínculos de clientelismo podían darse en diferentes niveles sociales, como entre ricos hacendados y campesinos, entre litigantes y abogados en los procesos jurídicos, entre soldados y generales, entre un miembro notable de la sociedad y un collegium (asociación privada de miembros con la misma ocupación) o entre personajes influyentes de la corte imperial y aristócratas provinciales. Los vínculos ya institucionalizados de alianza entre los romanos y otros pueblos podían incluir diferentes tipos de relaciones, como la subordinación directa, la ciudadanía sin posibilidad de sufragio, o incluso el autogobierno de los municipios y colonias, pero en ciertas ocasiones era necesario contar con determinados contactos para acceder al centro de la toma de decisiones (el senado o el emperador) por intermedio de algún patrón. En este caso, la relación se establecía entre un patrón, que pertenecía normalmente al estamento ligado al poder, y una ciudad o una comunidad cliente.

"No solamente en la propia ciudad la plebe estaba bajo la protección de los patricios, sino también cada una de las ciudades colonias suyas, las que habían acudido a su alianza y amistad y las vencidas en guerra tenían como protectores y patrones a los romanos que eligiesen.” (Dionisio de Halicarnaso, Antigüedades romanas, II, 11)

Cuando Escipión Emiliano fue elegido cónsul en el 134 y se le asignó la provincia de Hispania, el senado le negó el permiso de enrolar un nuevo ejército y no le garantizó recursos. En su lugar, Escipión organizó un ejército de clientes y amigos de Italia, reforzado por contingentes enviados por ciudades y reyes extranjeros. Esto podía hacerse porque los amigos y aliados de los romanos estaban en una posición parecida a la de los clientes en relación con su patrón, especialmente en el caso de los Estados que no tenían tratados establecidos con Roma, exigiendo protección del más fuerte y ofreciendo lealtad y obediencia de una según la norma no legal, pero habitual.

“Lo cierto es que los dos Escipiónes dominaban mucho a sus clientes, tanto por el entendimiento y la palabra, como por la autoridad.” (Cicerón, Bruto, 97)


La elección de un patrón en un municipio debía seguir un estricto proceso legal iniciado por la decisión del senado local siguiendo los términos y procedimientos especificados en sus estatutos municipales o coloniales, seguido por el envío al senado de Roma y al emperador para su ratificación. El nombramiento se registraba con una inscripción en una lámina habitualmente de bronce, llamada tabula patronatus. Esta era generalmente rectangular, y, a veces, con forma triangular en la parte superior y servía para dar fe pública de la nueva relación establecida y se custodiaba en un edificio público en un lugar visible para todos los miembros. El patrón podía adoptar el título de patrono del municipio o colonia, que era hereditario, al igual que las obligaciones que conllevaba el patronazgo. A él se le entregaba una placa con los mismos términos para que la expusiera en su casa.

       


Inscripción: Siendo cónsules Quinto Sulpicio Camerino y Cayo Poppeo Sabino, Décimo Julio Clio , hijo de Marco, de la tribu Galeria, hizo un pacto de hospitalidad con Lugario, hijo de Septanio, de los Turduli Veteres, y lo recibió a él, a sus hijos y descendientes en fidelidad y clientela de sí mismo, sus hijos y descendientes. 

Tabula patronatus en bronce del año 101 d.C. en Roma con una inscripción en latín que ratifica la elección de Tito Pomponio Basso como patrón del municipio de Ferentium (cerca de Viterbo, actual Lazio):

En el consulado de L. Arruntio Stella y L. Julius Marianus, 14 días antes de las Calendas de Noviembre, M. Acilio Placido y L. Petronio Fronto, quattuorviri i(ure)d(icundo) consultaron al senado de los Ferentini que estaban reunidos en el templo de Marte. Q. Segiarius Maeciano y T. Munnio Nomantino estaban presentes como testigos. Esto se decidió por unanimidad: que T. Pomponio Basso, un hombre de gran reputación, de acuerdo con la política del más indulgente emperador Nerva Trajano Augusto Germánico estuvo realizando la tarea que el emperador le dio, por la cual el emperador ha provisto para la duración eterna de Italia de tal forma que cada generación esté agradecida por la administración de Basso, y que un hombre de tal virtud debe ser de ayuda para nuestra ciudad. Que lo que ellos deseaban hacer sobre este tema se decidió así: Que los senadores se complacen en enviar delegados de este orden a T. Pomponio Basso, vir clarissimus, para persuadirle de que tenga la gracia de recibir nuestra ciudad en el patronazgo de su importante casa y permita ser co-optado como patrono y permita que un registro de clientela se inscriba con este decreto para ser exhibido en su casa. Esto se decidió. Designado como enviado: A. Cecilio A. F. Quirinalis y Quirinalis (hijo de A. Cecilio Quirinalis)

Cuando los municipios decidían la cooptatio (elección deliberada del senado municipal) de un patrón pensaban en que fuera una persona relevante que pudiera serles de utilidad en caso de conflicto con la metrópoli. Tanto en su registro en una tabula patronatus como en los diferentes documentos epigráficos que pudieran surgir durante la relación, se aportaban unos datos que manifestaban la excelencia de los patroni a través de sus virtudes, en las que resaltaban su condición social - dignitas -, su influencia social y política - suffragium -, su generosidad con los demás, - munificientia -, y los lazos afectivos con su municipio-cliente, además de sus cualidades personales y profesionales, todo ello con la intención de mostrar  la excelencia personal del elegido como patrón y subrayar el acierto de la elección, fortaleciendo el vínculo patronal y asegurándose buenas relaciones con el poder político e imperial.

Tabula patronatus

La forma más evidente de excelencia personal era el rango social, que, a partir del reinado de Adriano, sería más fácil de identificar, al iniciarse la costumbre de asignar ciertos títulos a algunos magistrados del estado, que acabarían constituyendo una clara nobleza dentro de la jerarquía social.
La manifestación pública de la generosidad era exigida a los ricos y era elemento fundamental en cualquier relación en la que se intercambiaban honores por beneficia.
El patrono debía cuidar de las necesidades de los habitantes de los municipios que eran sus clientes, y correr con los gastos de edificar construcciones que fueran necesarias para ellos o que embellecieran las ciudades, además se encargaban de sufragar campañas de alimentación para los más necesitados o ayudar a la educación de los más jóvenes. Plinio en sus cartas cuenta algunos casos en los que él se encarga de estos gastos.

“Muy cerca de mi propiedad hay un pueblo cuyo nombre es Tifernio Tiberino, que me nombró patrono suyo cuando yo era poco más que un niño pequeño, con un afecto tanto mayor cuanto menor era la reflexión.
La población celebra mis llegadas, se entristece con mis partidas, y se regocija con los honores que recibo. Por ello, al objeto de mostrarles mi agradecimiento (pues resulta muy torpe ser vencido en el afecto), he levantado a mis expensas un templo, cuya dedicación sería sacrílego demorar más tiempo, puesto que su construcción está ya terminada. Así pues, permaneceremos allí el día de la dedicación, que he decidido festejar con un banquete público.” (Plinio, Epístolas, IV, 1)

Los municipia honraban con monumentos conmemorativos o con estatuas a sus patroni en agradecimiento a su generosidad, aunque esta exhibición de gratitud implicaba una marcada subordinación del cliente hacia el patrón, el cual se comportaba como un patriarca, como se puede apreciar en el comentario de Cicerón sobre los habitantes de Capua al convertirse en sus clientes.

“Los de Capua me dedicaron una estatua dorada, me habían elegido como su patrón especial; ellos contaban sus vidas, sus fortunas y sus hijos como un regalo de mi parte.” (Cicerón, Contra L.C. Pisón, 25)

Busto de Cicerón
A partir del gobierno de Augusto, los patronos cívicos no serían vistos ya no como posibles competidores, sino como colaboradores del régimen imperial, por lo que el patrono municipal de época imperial sería elegido, principalmente por su capacidad de ejercer influencia
o de mediar ante el Princeps y ante su administración; y, por tanto, su poder y prestigio ya no se centraría en tener una extensa clientela o en su independencia, sino en su lealtad a la domus Imperial, quedando la institución subordinada al poder del Princeps.

Las ciudades debieron ofrecer este honor, preferentemente, a personas cercanas al princeps, ya que por sus lazos familiares o de amistad y fidelidad, les sería más fácil actuar en beneficio de las ciudades patrocinadas.

“A los tresviros y decuriones (De Cirta, en la actual Argelia):
Cuanta preocupación siento y preferiría con mucho que creciese la protección de nuestra patria más que mi propio favor. Por ello, os aconsejo que nombréis patronos y dictéis normas a este respecto para aquellos que en este momento ocupan el primer puesto del Foro: a Aufidio Victorino, a quien tendréis entre el número de vuestros conciudadanos, si los dioses apoyan mis planes, ya que le he prometido a mi hija… También a Servilio Silano, un hombre extraordinario y de una facilidad de expresión singular, a quien tendréis como defensor por derecho de municipio, ya que es oriundo de la vecina y amiga ciudad de Hipona. A Postumio Festo haríais bien en nombrarlo vuestro defensor en prueba de su conducta y su elocuencia, quien, además, pertenece a nuestra provincia y a una ciudad no muy lejana.” (Cornelio Frontón, Epístolas, I, 143)

El creciente número de senadores de ciudades provinciales posibilitó que cada vez más ciudades co-optaran patronos de entre sus compatriotas senatoriales, aunque se encontrasen ciudades que iniciaban una relación de patronazgo con miembros de las más importantes familias ecuestres y decuriales. En su búsqueda de patronos del rango más alto, algunas ciudades co-optaron mujeres o menores de edad de familias prominentes.

Estatua de Eumachia, sacerdotisa y patrona del collegium de tintoreros de Pompeya

Puesto que la asistencia legal y la intervención política no estaban en manos de las patronas, sí que se podía contar con su mediación a favor de la comunidad cliente y con su aporte económico. La riqueza y las buenas relaciones de las mujeres de clase alta proporcionaban prestigio a la ciudad-cliente o collegium. Era habitual que las patronas de comunidades cívicas fueran de familias con mayor nivel social que la de los patrones varones, pero la inclusión de los méritos de los familiares masculinos en las dedicatorias a las patronas podía suponer que su nombramiento era meramente honorífico.

"Los principales magistrados (quinquenales) declararon: con cuánto amor y afecto Laberio Galo, primipilaris y hombre distinguido, ha hecho suyo actuar como benefactor hacia nuestro collegium desde hace tiempo.  Permítannos por ello co-optar como patrona de nuestro collegium a su esposa, Ancharia Luperca, hija del difunto Anchario Celer, de bendita memoria, cuya descendencia y familia coparon todas las magistraturas de nuestra patria de una forma sincera y digna de confianza. Permítannos co-optarla en honor de ellos y por su casta moral y la pureza de sus hábitos. Permítannos también erigir una estatua de bronce en la sede de nuestro collegium junto a la de su esposo, Laberio Galo…" (Inscripción del collegium de constructores)

En su búsqueda de patronos de mayor rango que tuvieran lazos sociales, económicos y emocionales con la ciudad o asociación, la mayoría de ciudades y collegia tenían solamente unas pocas familias entre las que elegir. Por tanto, es frecuente encontrar familias ejerciendo el patronazgo durante generaciones, aunque no era realmente un compromiso hereditario. La elección de qué miembros de las familias eran elegibles para convertirse en patronos dependía en parte de los propios méritos.


Bibliografía:


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CE: ROMAN PERSPECTIVES ON THE SALUTATIO; MEGHAN FEE
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Principado; PATRONES Y CLIENTES EN LA REPÚBLICA ROMANA Y EL PRINCIPADO; Carlos G. García Mac Gaw
http://scholarsarchive.byu.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1013&context=studiaantiqua; Herod and Augustus: A Look at Patron-Client Relationships; Robert D. Hunt
http://cdsa.aacademica.org/000-006/530.pdf; El clientelismo en la Roma clásica: las transformaciones de los vínculos clientelares con la llegada del Imperio; Alejandra Paula Ardanaz
http://discovery.ucl.ac.uk/25661/1/300199.pdf; Portraits, Power, and Patronage in the Late Roman Republic; Jeremy Tanner
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http://www.persee.fr/doc/antiq_0770-2817_1999_num_68_1_1334; El elogio de las virtutes patronales en los municipios de la Italia altoimperial; Daría Saavedra-Guerrero
https://mefra.revues.org/184; Las tábulas de hospitalidad y patronato del Norte de África; Borja Díaz Ariño
La casa romana, Pedro A. Fernández Vega, ed. Akal





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