Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

martes, 21 de agosto de 2018

Oecus, exedra, diaeta, salones de recepción en la domus romana



Ulises devuelve Briseida a Aquiles, villa romana de Carranque, Toledo. Foto de Samuel López

Las dependencias de la domus romana que estaban pensadas para ensalzar el prestigio del dominus solían tener grandes proporciones, a veces terminadas en exedras semicirculares, rectangulares o pentagonales, y estaban lujosamente decoradas. En ellas se desarrollaban las ceremonias y actos sociales de los nobles y nuevos ricos romanos durante la época del Imperio, a los que los grandes potentados rurales de los siglos III-V imitaron en su forma de vida y en sus actos públicos trasladando el lujo y suntuosidad de las mansiones urbanas a las villas rústicas.

Villa romana de la Olmeda, Palencia. Foto de Samuel López


La decoración de las salas dedicadas a actos o ceremonias de representación reflejaba el deseo de los propietarios de que todos los que posasen la vista en dichas estancias quedasen impresionados por el lujo y la vistosidad de las paredes, suelos y elementos arquitectónicos, además de por su conocimiento del mundo clásico o por las referencias a sus aficiones. De ahí que hayan quedado representaciones de escenas mitológicas y literarias relativas al mundo griego, de escenas cinegéticas o motivos paisajísticos.

“A ellos los deleitan los guijarros lisos de variado color, hallados en la playa, a nosotros, en cambio, ingentes columnas jaspeadas, traídas de las arenas de Egipto o de los desiertos de África, que sostienen un pórtico o un comedor capaz de contener una multitud de invitados.” (Séneca, Epístolas a Lucilio, 115)

Pintura mural de villa Poppea, Oplontis, Italia. Foto de Samuel López

La palabra oecus de origen griego designa un salón de grandes proporciones utilizado para recibir a invitados o visitantes importantes, pero es un vocablo que apenas aparece en la literatura latina, aunque sí lo cita Vitrubio.


“Los griegos llaman andronas a las salas (oeci) donde se celebran banquetes exclusivamente para hombres, pues las mujeres tienen prohibido su acceso.” (Vitruvio, De Arquitectura, VI, 7)

Vitrubio describe cuatro tipos de oecus, el cual se diferenciaba de otras salas por contener columnas. Solían construirse con vistas a los jardines, para poder deleitarse la vista desde los lechos.

“La longitud de los triclinios deberá ser el doble de su propia anchura. La altura de las habitaciones que sean alargadas guardará la siguiente proporción: sumaremos su longitud y su anchura; tomando la mitad de la suma total, se la daremos a su altura. Pero si se trata de exedras o bien de salas cuadradas de reuniones, su altura medirá lo mismo que su anchura más la mitad.” (Vitruvio, VI, 3, 8)

El oecus tetrástilo era una sala rectangular con una zona central que podía dedicarse a comedor, que se delimitaba por cuatro columnas, sobre un zócalo, y que sostenía una bóveda que se apoyaba sobre arquitrabes y cornisas, que podían ser de madera o yeso. Las columnas creaban un espacio entre las paredes laterales y la parte central, que podrían ser utilizados por los esclavos para atender tanto a sus amos mientras comían, como para presentar los platos que se iban a degustar.

Oecus tetrástilo, casa de las Bodas de Plata, Pompeya. Fotos pinterest

El oecus corintio era similar al tetrástilo, pero con la diferencia de que tres de los lados se delimitaban por una fila de columnas apoyadas en el suelo, aunque también se cubría con una bóveda rebajada.

“He aquí la diferencia entre las salas corintias y las salas egipcias: las corintias tienen una sola hilera de columnas, que se apoya en un podio, o bien directamente sobre el suelo; sobre las columnas, los arquitrabes y las cornisas de madera tallada o de estuco, y, encima de las cornisas, un artesonado abovedado semicircular (rebajado). En las salas egipcias, los arquitrabes están colocados sobre las columnas y desde los arquitrabes hasta las paredes, que rodean toda la sala, se tiende un entramado; sobre el entramado se coloca el pavimento al aire libre, ocupando todo su contorno. En perpendicular a las columnas inferiores y sobre el arquitrabe se levanta otra hilera de columnas, una cuarta parte más pequeñas. Encima de su arquitrabe y de los elementos ornamentales se tiende el artesonado y se dejan unas ventanas entre las columnas superiores; de esta forma, las salas egipcias se parecen más a las basílicas que a los triclinios corintios.” (Vitruvio, De arquitectura, VI, 3, 9)

Oeci corintios, Casa de Meleagro (izda), casa del Laberinto (drcha)

El oecus egipcio tenía la apariencia de una basílica. Las columnas sustentaban una galería con suelo pavimentado, que formaba un paseo alrededor de la sala; por encima había otra fila de columnas, de altura una cuarta parte menor que la inferior, que rodeaba el techo. En los espacios entre columnas se ubicaban las ventanas que dejaban pasar la luz.

Casa del mosaico en el atrio, Herculano

El oecus cyziceno, aunque poco utilizado en Italia, solían ser para el verano, por lo que miraba hacia el norte y se abría a los jardines con puertas plegables. El escritor Plinio tenía este tipo de sala en sus villas.

“También hay otro tipo de salas que no siguen el uso y la costumbre de Italia, que los griegos llaman cyzicenos. Estas salas están orientadas hacia el norte y, sobre todo, hacia zonas ajardinadas; en su parte central poseen unas puertas de dos hojas. Su longitud y su anchura deben permitir que se puedan ubicar dos triclinios, uno en frente de otro y un espacio suficientemente amplio a su alrededor; a derecha y a izquierda se abren unas ventanas de doble hoja, para poder contemplar los jardines desde los mismos lechos del triclinio. Su altura será equivalente a su propia anchura más la mitad.” (Vitruvio, De arquitectura, VI, 3, 10)

Casa del fauno, Pompeya, foto de Carole Raddato

En la casa griega y romana la exedra se define como una sala con asientos alrededor, que se destina a la conversación. Tenía una cuidada decoración y sus dimensiones variaban. La cultura, el arte y el ocio se unían en estas estancias aptas para la recepción de visitas. Se celebraban veladas de música o recitales de poesía. Cicerón hablaba de exedras (exedrae) destinadas al plácido reposo de la siesta, y sobre todo a la conversación. El mismo decoró una con cuadros.

“En los pórticos de mi casa de Túsculo me he construido unos rincones de lectura y quisiera adornarlos con pinturas: es más, si hay algo de este tipo de decoraciones que me guste es la pintura.” (Cicerón, Cartas a familiares, VII, 23)

Pintura de Edward John Poynter

Las exedrae, en plural, se identifican no con un gran salón pleno de exuberancia, sino con varios ámbitos más pequeños, salitas de estar que con frecuencia dan a dormitorios, creando a veces dentro de la casa pequeños departamentos en que sus moradores gozan de cierta independencia.

“Y así todo esto lo ordenan de este modo: el primer pensamiento o pasaje del discurso lo destinan en cierto modo a la entrada de la casa, el segundo al portal de ella, después dan vuelta a los patios, y no sólo ponen señales a todos los aposentos por su orden o salas llenas de sillas, sino también a los estrados y cosas semejantes.” (Quintiliano, XI, 2)

La diaeta parece que podía referirse a un pabellón pequeño, formado comúnmente por sala y dormitorio, accesible desde los pasillos o los deambulatorios de un patio.

"Al final de la terraza, después de la galería y del jardín, hay un pabellón que es mi favorito, verdaderamente mi favorito: yo mismo lo he construido; en él hay una habitación soleada que mira por un lado a la terraza, por otro al mar, y por ambos al sol; hay también un dormitorio que se asoma a la galería por una doble puerta, y al mar por una ventana. Hacia la mitad de la pared posterior hay un gabinete elegantemente diseñado, que se puede incluir en la habitación, si se abren sus puertas de cristales y sus cortinas, o independizarlo, si se cierran.
Caben en su interior un lecho y dos sillones; tiene el mar a sus pies, las villas próximas a su espalda, los bosques en frente; se pueden contemplar gran número de vistas panorámicas separada o simultáneamente por otras tantas ventanas. Unido a este gabinete hay un dormitorio para el descanso nocturno, que ni las voces de mis esclavos, ni el murmullo del mar, ni el estruendo de las tormentas ni el fulgor de los relámpagos, ni siquiera la luz del día, pueden penetrar, a no ser que las ventanas estén abiertas." (Plinio, Epístolas, II, 17)



Las diaetae amoenae estaban dotadas de baños y eran unos pabellones atractivos que incitaban al deleite, por su elegancia y armonía constructiva, en muchos casos con ornamentación ostentosa, y, sobre todo, por el entorno ajardinado en el que solían ubicarse.

“Pero hay, sin embargo, una estancia, una que sobrepasa con mucho a todas las demás y que, en línea recta sobre el mar, te trae la vista de Parténope; en ella, los mármoles escogidos de lo hondo de las canteras griegas, la piedra que alumbran los filones de la oriental Siene, la que los picos frigios han arrancado de la afligida Sínada en los campos de Cíbele doliente, mármol coloreado en que brillan los círculos púrpureos  sobre su fondo cándido; aquí también el que ha sido cortado de la montaña del amicleo Licurgo, que verdea imitando las hierbas que se doblan sobre las rocas, y aquí brillan los amarillos mármoles de Numidia con los de Tasos, Quíos y Caristo, que al contemplar las olas se recrean; todos ellos, vueltos hacia las torres de Calcis, envían su saludo.” (Estacio, Silvas, II, 2)

Tenía la función de uso personal de un miembro de la familia para apartarse del bullicio generado por la actividad cotidiana en la casa; para recibir una visita de forma más privada o íntima, o para alojar invitados. En el Digesto se encuentra el caso de una novia que reside en casa de su prometido en un apartamento separado (diaeta).

“Una muchacha fue llevada a la hacienda de su prometido tres días antes de que tuviese lugar la ceremonia del matrimonio, residiendo en un apartamento separado de las habitaciones de su futuro esposo hasta el día en que ella pasase a depender de él, y antes de que fuese recibida con el rito del agua y el fuego, es decir, antes de que se celebrasen las nupcias…” (Digesto, XXIV, 1, 66)

Pintura de AlmaTadema

Al final del imperio la sala llamada diaeta podía destinarse a sala de estar o pequeño comedor, posiblemente un lugar más íntimo y privado para acoger visitantes y amigos más cercanos.

“Desde este comedor (triclinium) se pasa a un cuarto de estar o pequeño comedor (diaeta), que tiene una amplia vista al lago. En esta sala hay un lecho semi-circular (stibadium) y un reluciente aparador a los que se asciende desde el pórtico por unos escalones que ni son bajos ni estrechos. Reclinado en este lugar, te ves envuelto por el placer de la vista cuando no estás ocupado con la comida.” (Sidonio Apolinar, Epístolas, II, 2)

La adopción de estos nuevos espacios de recepción, oeci, exedrae y diaetae acabarán relegando al tradicional atrium y tablinum a un segundo plano a finales del siglo II a. C. El atrio quedará convertido en un simple vestíbulo, donde recibir a los clientes, y terminará por casi desaparecer cuando el peristilo se imponga como centro de la casa romana y el tablinum perderá su función de recepción para los amigos y relaciones de negocio para acabar dando paso al oecus como sala principal donde el señor recibiría la salutatio matutina de los clientes más señalados y acogería a sus visitas más notables.  Algunos autores criticaron la ostentación y el lujo de las mansiones que algunos se construían para manifestar su poder económico y social en detrimento de la comodidad y habitabilidad de la vivienda para la familia y las visitas.

“Plantaciones de laureles, platanares, pinares que llegan al cielo y baños para más de uno los tienes tú solo, y para ti se alza un elevado pórtico de cien columnas, y pisado por tus pies reluce el ónice, y tu hipódromo polvoriento cascos veloces lo hacen resonar, y el flujo del agua al pasar canta por doquier; tus atrios se extienden a lo lejos. Pero ni para cenar ni para dormir hay sitio por ningún lado. ¡Qué bien malvives!” (Marcial, Epigramas, XII, 50)

Arriba: Pintura de atrio romano de Gustave Boulanger
Abajo: pintura con sala abierta al peristilo de Ettore Forti

Bibliografía:

La casa romana, Pedro Ángel Fernández Vega, Ed. Akal
Arte romano, Susan Walker, E. Akal

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