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domingo, 29 de diciembre de 2024

Corona, diademas y coronas en la antigua Roma

Adriano con corona, Perge, Museo de Antalya, Turquía. Foto Samuel López

En la antigüedad una corona era un ornamento circular de metal, hojas o flores, usado alrededor de la cabeza o el cuello, y utilizado como decoración festiva y funeraria, y como recompensa de talento artístico y deportivo, de destreza militar o naval, o del valor civil.

“A este punto el emperador ecuánime manda que a las
palmas de vencedor se añadan bandas de seda; a los collares de oro, coronas y que se recompense el mérito, ordenando que se adjudiquen a los vencidos, que ya han sido suficientemente avergonzados, alfombras de hilos multicolores.”
(Sidonio Apolinar, Poema 23)

Aurigas vencedores, Pinturas de Ostia Antica, Italia. Fotos Samuel López

Anteriormente a la corona se utilizaba la diadema, una cinta decorada que se ataba alrededor de la cabeza como símbolo de dignidad y poder real, que estaba presente en Grecia, Macedonia, Persia, Egipto y otros lugares.

“¿Desde que estáis empurpurados y envueltos en oro y con piedras preciosas de montes y mares extranjeros os coronáis, os calzáis, os revestís, os hacéis colgaduras, os abrocháis y tapizáis vuestros sitiales?” (Sinesio de Cirene, De la realeza, 15)

Detalle de relieve asirio, Nimrud, Museo Metropolitan, Nueva York.

En la antigua Grecia se otorgaba a los ganadores de los juegos una corona por su victoria. En cada uno de los juegos la corona era diferente. En los juegos de Olimpia se hacía de hojas de olivo, en los juegos Píticos de Delfos se utilizaba el laurel, en los de Nemea el apio, y en los de Isthmia originalmente las hojas de pino y luego el apio.

“ANACARSIS. ¿Y en qué consisten vuestros trofeos?
SOLÓN-. En los Juegos de Olimpia, una corona de olivo silvestre; en los Juegos de Corinto de pino; en Nemea, de apio; en Delfos, manzanas consagradas de Apolo, y entre nosotros en las Panateneas, el aceite que se extrae del olivo sagrado.”
(Luciano, Anacarsis, 9)


En época romana, en los juegos que se celebraban en Grecia tenían lugar competiciones artísticas y musicales en los que se incluía la concesión de coronas a los vencedores.

“Sin embargo, uno de los reyes de nuestros días (Nerón) deseaba ser sabio en esta clase de sabiduría, como si ya conociera la mayoría de las cosas. Pero no en las cosas que no suscitan admiración entre los hombres, sino en aquellas por las que es posible conseguir coronas, como actuar de heraldo, cantar a la cítara, recitar tragedias, practicar la lucha y el pancracio.” (Dión de Prusia, Sobre el filósofo, 9)

En la estela dedicada a L. Kornelios Korinthos, flautista de aulos, por sus hijos aparecen grabadas las coronas que ganó con el nombre del lugar donde obtuvo la victoria.

"L. Kornelios Korinthos, flautista de aulos pitio, periodonikes (ganador en los cuatro juegos panhelénicos), ganador del escudo de Argos con un nomos (melodía tradicional), mientras su oponente tocó dos. Sus hijos … se lo dedicaron." (SEG 29-340)

Museo Arqueológico de Isthmia, Grecia.
Foto Dan Diffendale 

Aunque la República romana rechazaba el uso de diademas y coronas por representar la etapa de monarquía a la que no deseaban volver, Julio César pretendió reintroducir el uso de la diadema como símbolo de su derecho a gobernar, pero debido a la reacción desfavorable del pueblo romano se conformó con la corona de laurel.

“Era César espectador de estos regocijos (fiestas de las Lupercales), sentado en la tribuna en silla de oro y adornado con ropas triunfales, y como a Antonio, por hallarse de cónsul, le tocaba ser uno de los que ejecutaban la carrera sagrada, cuando llegó a la plaza y la muchedumbre le abrió calle, llevando dispuesta una diadema enredada en una corona de laurel, la alargó a César, a lo que se siguió el aplauso de muy pocos, que se supo estaban preparados; mas,  cuando César la apartó de sí, aplaudió todo el pueblo. Vuelve a presentarla: aplauden pocos; la rechaza: otra vez todos. Desaprobada así esta tentativa, se levanta César, y manda que aquella corona la lleven al Capitolio.” (Plutarco, Julio César, 61)

Antonio ofreciendo la diadema a César.
Ilustración de Edward Frederick Brewtnall

En la Antigua Roma se hizo costumbre condecorar con coronas (coronas honorarias) a los vencedores de batallas y a los soldados que se hubieran destacado por su valor o hazañas. La composición de la corona variaba según el hecho que se quisiese premiar.

La más alta de todas las condecoraciones romanas, y al mismo tiempo también la más antigua y rara, pues se otorgó en contadas ocasiones, era la llamada corona gramínea (literalmente corona de hierba, también conocida como corona obsidionalis). Esta corona no se otorgaba por el Senado o los oficiales a la tropa, sino que lo hacían los soldados a los superiores que lo merecían cuando sus acciones tenían como resultado la salvación de todo un ejército o una legión, tras la ruptura de un cerco o un asedio.

“De todas las coronas con las que el pueblo recompensaba el valor de sus ciudadanos no había ninguna que tuviera mayor gloria que la corona gramínea (…) Nunca fue conferida sino en una crisis de extrema desesperación, nunca fue votada sino otorgada por aclamación de todo el ejército, y nunca a nadie más que a aquel que había sido su salvador (…) Otras coronas eran entregadas por los generales a los soldados, solo ésta por los soldados al general.” (Plinio, Historia Natural, XXII, 4)

Denario con corona de adormidera y espigas

El liberador podía ser el imperator que dirigía la campaña, o en su ausencia el legado que lideraba el ejército en la toma de la ciudad o el militar más destacado que hubiese impulsado la acción, como ocurre con el primipilo Lucio Siccio Dentato, por ejemplo.

“De L. Sicinio Dentato, tribuno de la plebe durante el consulado de Espurio Tarpeyo y A. Atemio, se ha escrito en los Anales que fue un soldado más valiente de lo que uno se imagina, que se ganó tal reputación por su gran fortaleza y que fue llamado el Aquiles romano. Se dice que combatió contra el enemigo en ciento veinte batallas, tenía cincuenta y cuatro cicatrices en la parte frontal del cuerpo y ninguna en la espalda, obtuvo ocho coronas de oro, una de asedio, tres murales, catorce cívicas, ochenta y tres collares, más de ciento sesenta brazaletes, dieciocho lanzas; fue obsequiado con faleras veinticinco veces; 3 obtuvo numerosos botines militares, entre ellos muchos correspondientes a desafíos; celebró con sus generales nueve triunfos.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, II, 11, 1-2)

Publio Decio Mus (cónsul en 340 a.C.) es el único que recibió dos coronas gramíneas. En el año 343 a.C. durante la guerra contra los samnitas logró romper el cerco manteniendo la posición en una altura elevada sobre un valle. Una de las coronas le fue concedida por sus propias tropas, y la otra por aquellas que logró rescatar del cerco.

Publio Decio Mus, pintura de Jacob Matthias Schmutzer

Cuando la ciudad liberada es la propia Urbs (Roma), son el Senado y el pueblo de Roma quienes decretan la concesión de esta corona para su liberador. Es el caso de la corona gramínea ofrecida a Quinto Fabio Máximo por la liberación de Roma durante la Segunda Guerra Púnica.

“La corona de asedio es la que los liberados de un asedio conceden al comandante de las tropas que los ha liberado. Es una corona de hierba y siempre se ha procurado hacerla con la nacida dentro de la plaza en la que estuvieron encerrados los asediados. Esta corona de hierba el Senado y el Pueblo Romano la concedieron a Q. Fabio Máximo durante la Segunda Guerra Púnica por haber liberado a la ciudad de Roma del asedio de los enemigos.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, II, 11, 8-10)

El nombre de gramínea proviene por su elaboración con hierbas recogidas en el propio campo de batalla, siguiendo, posiblemente, una antigua costumbre en el que el equipo vencido en una competición de fuerza o agilidad arrancaba un puñado de hierba del prado donde la lucha tenía lugar, y se lo daba a su oponente como testimonio de su victoria.


La corona triunfal, sin embargo, es exclusiva de los imperatores, puesto que se concede como un honor más dentro de la celebración del triunfo y sólo el imperator bajo cuyos auspicia e imperium ha luchado el ejército romano puede recibir el triunfo. Al estar incluida entre los honores propios del triunfo, su concesión debería especificarse en la sentencia mediante la cual el Senado respondía al imperator a propósito de la concesión de esta celebración y sólo el Senado podía concederla. La corona era, en un principio de laurel –con el que se adornaba también la tienda del imperator e, incluso, sus armas– y cumplía una función purificadora. En la ceremonia del triunfo el general victorioso vestía una toga picta de oro y púrpura, y un esclavo que se erguía tras él en el carro y sostenía una corona de laurel sobre su cabeza le susurraba al oído: Mira hacia atrás. Recuerda que eres hombre.

“Precedían al general lictores con túnicas de color púrpura, y un coro de citaristas y flautistas, a imitación de una procesión etrusca, con cinturones y una corona de oro, marchaban al compás de la música y la danza. Los llaman lidios, porque, según creo, los etruscos fueron una corona lidia. Uno de ellos, en el centro, revestido de un manto color púrpura que le llegaba hasta los pies y con brazaletes y collares de oro, provocaba la hilaridad con gesticulaciones variadas, como si estuviera danzando en triunfo sobre sus enemigos. A continuación, marchaba un grupo de turiferarios (portadores de incienso)y, tras ellos, el general sobre un carro decorado con profusión llevaba una corona de oro y piedras preciosas, vestía una toga de púrpura, a la usanza patria, tachonada con estrellas de oro y portaba un cetro de marfil y una rama de laurel que es el símbolo romano de la victoria.” (Apiano, Historia romana, Sobre África, 66)

Triunfo de Tiberio, copa del tesoro de Boscoreale. Foto Gareth Harney, via Twitter

La corona triunfal podía ser fundida en oro como signo de mayor dignidad y durante la celebración del triunfo un esclavo público sujetaba la corona, que solía ser grande y pesada, por encima de la cabeza del imperator. El senado otorgaba el permiso para llevar la del laurel o de oro en según qué ocasión, como ocurrió con Pompeyo.

"En ausencia de Gneo Pompeyo, Tito Ampio y Tito Labieno, tribunos de la plebe, propusieron una ley para que en los juegos circenses éste llevara una corona de oro y el atuendo de triunfo, mientras que en el teatro, toga pretexta y corona de laurel. Él no se atrevió a llevarlo más que una vez –y esto ya fue demasiado–." (Veleyo Patérculo, Historia romana, II, 40, 4)

Julio César con corona de laurel. Pintura de Peter Paul Rubens

Sobre la concesión de la corona triunfal a Julio César, Suetonio escribe: "De todos los honores que le fueron decretados por el Senado y el pueblo, ninguno recibió o utilizó con más gusto que el derecho a llevar continuamente una corona de laurel.” (Suetonio, Julio César, 45)

Las coronas de oro que el imperator llevaba en el triunfo junto con el botín para ofrecer a Júpiter Capitolino eran las que previamente le habían concedido las ciudades liberadas y los aliados. Servían para sellar su pacto de amistad con Roma. Lo relevante en esta ofrenda coronaria era la cantidad que se pudiera aportar, que proporcionaba una imagen pública de la riqueza de las ciudades conquistadas o incorporadas a la esfera de acción política romana. Así, Emilio Paulo destacó por aportar en su triunfo unas cuatrocientas coronas de oro.

"Seguían inmediatamente cuatrocientas coronas de oro, que las ciudades habían enviado con embajadas a Emilio por prez de la victoria." (Plutarco, Emilio, 34)

Coronas helenísticas de oro con hojas de roble o encina

La costumbre de obsequiar coronas de oro por parte de las provincias a los generales victoriosos procedía de los griegos quienes agasajaron profusamente a Alejandro Magno por su triunfo sobre Darío.

Estas coronas que podían llamarse provinciales eran un obsequio en los inicios de la República, pero pasaron a ser exigidas como un tributo con el nombre de aurum coronarium, que solo se entregaban a quien se le había concedido un triunfo por decreto.

“Por razones de estado, a los ciudadanos se les conceden coronas de laurel, pero a los magistrados, además, coronas de oro, como en Atenas, y en Roma. Incluso a esas se prefieren las etruscas. Así se llaman las coronas, que, adornadas con joyas y hojas de roble de oro, se ponen, con mantos bordados con hojas de palma, para conducir los carros que contienen las imágenes de los dioses al circo. Hay también las llamadas coronas de oro provinciales, que necesitan las cabezas más grandes de las imágenes en vez de las de los hombres.” (Tertuliano, De Corona, 13)

Corona de oro etrusca, Vulci, Museo Vaticanos

Si, a pesar de la victoria, el triunfo no llegaba a celebrarse porque no se cumplían todas las condiciones necesarias para alcanzar este honor máximo (la guerra no se había declarado apropiadamente o se hacía contra una fuerza inferior, o contra enemigos que no tenían la consideración legal como tales, por ejemplo, esclavos o piratas, o bien la victoria se obtenía sin peligro, dificultad o derramamiento de sangre), el Senado distinguía al imperator a su ejército con la celebración de la ovación (ovatio), ceremonia triunfal de carácter menor, en la que el imperator portaba la corona trenzada con mirto, planta dedicada a Venus, que simbolizaría la paz y la unión.

“La corona oval es de mirto. La llevaban los generales que entraban en Roma en medio de ovaciones. La razón por la que se celebra una ovatio y no un triunfo es que, o bien la guerra no había sido declarada ateniéndose al ritual, o bien había sido llevada a cabo contra un enemigo injustamente calificado de tal, o la categoría del enemigo era humilde y sin relevancia, como esclavos o piratas, o su rendición fue inmediata y ‘sin polvo’, como suele decirse, y la victoria ha resultado incruenta. Para estas victorias fáciles consideraron que era adecuada la fronda del árbol de Venus, puesto que se trataba de una especie de triunfo de Venus y no de Marte.  Cuando M. Craso regresó aclamado tras concluir la guerra de los esclavos fugitivos, despreció orgullosamente la corona de mirto y procuró mediante influencias que se promulgara un senadoconsulto autorizando su coronación con laurel, en lugar de mirto.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, II, 11, 20-23)

Corona de oro con hojas y flores de mirto. Museo Nacional de Crotona, foto Rjdeadly

La corona cívica, segunda en honor e importancia, se otorgaba al soldado que había salvado la vida de un soldado romano en batalla. Se hacía con variedades del árbol Quercus o árboles de bellota, primero de encina, después de hojas de ésculo y finalmente del roble.

¿Por qué dan una corona de encina, a quien haya salvado a un ciudadano en la guerra? 'Acaso porque en campaña es fácil encontrar por todas partes abundantes encinas? ¿O porque la corona está consagrada a Júpiter y a Juno, a quienes consideran defensores de la ciudad?

'0 es una costumbre antigua de los arcadios para quienes existe una cierta relación con la encina? Pues tienen fama de haber sido los primeros hombres de la tierra, así como la encina fue el primer árbol. (Plutarco, Cuestiones Romanas, 92)

Emperador Claudio con corona cívica

Como la posesión de esta corona era un honor tan grande, su obtención se guiaba por severas reglas, por las que la concesión solo se permitía en determinadas situaciones: haber salvado la vida de un ciudadano romano en la batalla, haber matado al oponente, y haber ocupado el lugar en el que ocurrió la acción. No se admitía el testimonio de un tercero, sino que el propio rescatado debía exponer lo ocurrido, lo que dificultaba el logro, ya que el soldado romano se mostraba reticente a reconocer el valor de un camarada, y mostrar la deferencia que se debería obligado a prestar a su salvador si la reclamación se reconocía. En los inicios, por tanto, la corona cívica era entregada por el soldado rescatado, después de que la reclamación se había investigado por el tribuno que llamaba a una parte reticente a que presentase su propia evidencia, pero durante el imperio, cuando era el príncipe el que otorgaba todos los honores, la corona cívica ya no se recibía de las manos de la persona cuya salvación se recompensaba, sino del propio príncipe, o un delegado suyo. Proteger la vida de un aliado, incluso si era un rey, no confería ningún mérito para la corona cívica.

“La corona cívica fue primeramente de encina, después se prefirió la del ésculo, consagrado a Júpiter, y también se varió con el roble pedunculado y se utilizó el árbol que había en cualquier parte, preservándose solamente el honor de la bellota. Se añadieron condiciones estrictas y, por lo tanto, imponentes, y que gustaría comparar con aquella suprema corona de los griegos que se concede bajo la protección de Júpiter mismo y por la que la patria del vencedor, en su júbilo, hace una brecha en sus murallas: hay que salvar a un conciudadano, matar a un enemigo, y que el lugar donde ha ocurrido lo ocupe el enemigo el mismo día, que la persona salvada lo confiese —de lo contrario no sirven de nada los testigos—, y que haya sido un ciudadano. Prestar ayuda, aunque sea un rey el salvado no da derecho a esta distinción, y no aumenta el mismo honor si es salvado un general, porque sus creadores quisieron que fuese el honor más alto en cualquier ciudadano.” (Plinio, Historia Natural, XVI, 11-12)

Tiberio con corona cívica, Museos Vaticanos. Foto Sergey Sosnovskiy

Una vez se obtenía, se podía llevar siempre. El soldado que la conseguía tenía un lugar reservado en todos los espectáculos públicos cerca de los senadores quienes se levantaban cuando él entraba. Él, su padre y su abuelo paterno estaban liberados de las cargas públicas; además, la persona que le debía la vida estaba obligado a considerar a su salvador como un padre, y servirle como un hijo a su padre.

“Una vez recibida esta corona, se puede llevarla siempre. Cuando el galardonado se presenta en los juegos públicos, es costumbre, incluso por parte del senado, levantarse siempre ante él, que tiene derecho a sentarse cerca de los senadores; él mismo, su padre y su abuelo paterno gozan de la exención de todas las obligaciones. Sicio Dentado, como hemos relatado en el pasaje correspondiente, recibió catorce coronas cívicas, y seis Capitolino, en un caso por haber salvado a su jefe Servilio. Escipión Africano no quiso recibirla por salvar a su padre en el Trebia. ¡Oh, costumbres eternas que premiaron tan grandes hazañas sólo con el honor y que, mientras que las demás coronas eran más valiosas por su oro, no quisieron que la salvación de un ciudadano tuviese precio, manifestando claramente que no es lícito ni siquiera salvar a un hombre por amor al lucro!” (Plinio, Historia Natural, XVI, 14)


La corona oleagina o de olivo era también una corona honoraria que se concedía tanto a los soldados como a sus comandantes por cuya intervención se había obtenido una victoria, aunque ellos no estuvieran presentes en la acción.

“César, aparentando estar de acuerdo con ellos en que reclamaban cosas razonables y que sus peticiones estaban dentro de lo humano, licenció primero a los que habían combatido a su lado en Módena contra Antonio; y después, como también los demás seguían con sus demandas, licenció, de entre estos, a los que llevaban diez años en el ejército; y para contener a los demás, añadió que ya no volvería a emplear a ninguno de los soldados licenciados, aunque lo pidiera insistentemente. Cuando oyeron esto, no pronunciaron una palabra, sino que comenzaron a escuchar lo que decía con mucha atención, porque anunció que no a todos los licenciados les iba a dar todo cuanto les había prometido y a repartirles tierras, sino solo a los primeros y, de los restantes, únicamente a los que más méritos habían hecho; y porque a todos ellos les dio dos mil sestercios, y a los que habían combatido en la batalla naval les concedió además una corona de olivo.” (Dión Casio, Historia romana, XLIX, 14)

Corona de olivo hecha de oro

La corona navalis parece ser la que se concedía al soldado que saltaba primero armado en la nave enemiga, mientras que la llamada rostrata puede corresponder a la que se otorgaba al comandante que destruía una flota enemiga entera u obtenía una victoria naval muy señalada. Las dos se hacían de oro y la rostrata se decoraba con la proa de los barcos, como se puede ver en la moneda con el rostro de Agripa.

“A Agripa le regaló una corona de oro labrada con espolones de naves, algo que no se concedió nunca a nadie ni antes ni después. Y para que cada vez que Agripa, por celebrar un triunfo, llevara siempre en vez de la corona de laurel la corona de «vencedor en una batalla naval», sancionó más tarde la concesión con un decreto.” (Dión Casio, Historia romana, XLIX, 14)

As de Agripa con corona rostrata. Museo Británico, Londres

La corona mural (corona muralis) era la que se daba al soldado que escalaba primero el muro y entraba donde estaban los enemigos, y se decoraba con almenas. La corona vallar, valar o castrense (corona vallaris o castrensis), de oro, se concedía al que primero entraba en el campo enemigo, venciendo los obstáculos de fosos, trincheras y estacadas.

“La corona mural es aquella con la que un general condecora al primero que escala una muralla y a viva fuerza trepa por ella para penetrar en una ciudad enemiga; por eso está decorada con una especie de almenas de murallas. La corona castrense es aquella con la que un general condecora a quien, combatiendo, es el primero en penetrar en el campamento enemigo. Esta corona tiene como distintivo una empalizada.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, II, 11, 16-17)

Estela dedicada a  Quinto Sulpicio Celso con corona mural.
Galería Lapidaria, Museos Capitolinos, Roma 

Agripa aparece en algunas monedas llevando una combinación de la corona mural en reconocimiento por su victoria en la guerra Perusina en 40 a.C., y la corona rostral (adornada por espolones de nave) obtenida por sus victorias navales sobre Sexto Pompeyo en Miles y Naulos, frente a las costas sicilianas, en 36 a.C., y ampliamente revalidada en Actium frente a Marco Antonio cinco años más tarde. Es una distinción que sólo Agrippa recibió.

“Agripa se hizo merecedor de una corona de la armada que nunca había recibido ningún romano, por su singular valentía en combate.” (Veleyo Patérculo, Historia romana, II, 81, 3)

Áureo con Agripa con la corona mural y rostral juntas

La media corona llamada por su nombre griego, stephanos, era un privilegio de las diosas de época griega y helenística, y empezó a utilizarse en los retratos de las damas fallecidas de la familia imperial y en tiempos de Nerón aparece en las imágenes de damas aún vivas. Consistía generalmente en un arco metálico más elevado en la parte central que en los laterales.

A finales del siglo I d.C. se incorpora a las representaciones de mujeres que no pertenecen a la casa imperial y, con frecuencia, dentro del entorno funerario. Si bien en el caso de las emperatrices y princesas el uso de la diadema podía significar autoridad y privilegio, después al ser su uso más amplio entre la población femenina, habría perdido tales connotaciones para mostrar un aire de respetabilidad y piedad.

Agripina la menor con diadema. Museo de la ciudad de Barcelona.
Foto de Samuel López

En el siglo IV se produjo una evolución desde la diadema original, una sencilla cinta, a una diadema adornada con joyas, símbolo de dignidad imperial, con la que los emperadores de esa época aparecen en sus retratos.

“Y, si quieres conocer el milagro en su integridad y cuidadosamente, no te quedes en las simples palabras, sino pesa en tu interior el acompañamiento de guardias, los soldados de escudo, los tribunos, los jefes que son alimentados en el palacio, los que están al frente de las ciudades, el fausto de los que van delante del rey, la multitud de los que le siguen y de los que van abriendo paso, y finalmente todo el conjunto de siervos. Y luego, en medio de todos, considera al emperador que va entrando con inmensa pompa y que por sus vestiduras parece aún más digno de honra, lo mismo que por la púrpura y las piedras preciosas de que lleva salpicada la diestra hasta el arranque del manto, y finalmente, por la diadema en donde ellas resplandecen también desde su cabeza.” (Juan Crisóstomo, Discurso acerca del bienaventurado Babilas)

Cabeza de Justiniano con diadema en pórfido rojo, Venecia

Los emperadores que más exaltaron su vanidad adoptaron, siguiendo la moda oriental, el uso de coronas de oro u piedras preciosas en cualquier tipo de ceremonia, religiosa o social, e incluso en el ámbito privado.

 “Después de salir de Siria, Antonino llegó a Nicomedia, donde se dispuso a pasar el invierno ya que así lo exigía la estación. Y al punto cayó en éxtasis y empezó a ejecutar las desenfrenadas danzas rituales del dios de Emesa, a cuyo culto había sido consagrado. Se vestía con los más costosos modelos tejidos en púrpura y oro y se adornaba con collares y brazaletes; en su cabeza llevaba una corona en forma de tiara cubierta de oro y piedras preciosas. Su atuendo estaba entre las vestiduras de los sacerdotes fenicios y la lujosa indumentaria de los medos. Detestaba los vestidos romanos y griegos porque, decía, estaban hechos de lana, una pobre materia prima. Sólo le gustaban los tejidos de seda Aparecía en público al son de flautas y tambores, sin duda en honor de su dios.” (Herodiano, Historia del imperio romano después de Marco Aurelio, V, 5, 3)

Detalle del retrato de Septimio Severo, Altes Museum, Berlín

Los emperadores a partir de Constantino introdujeron el uso de la diadema oriental adornada con piedras preciosas y perlas. Estas últimas, que representaban riqueza, lujo y rareza, se habían hecho muy populares en la sociedad romana. Todos los emperadores a partir del siglo IV aparecieron retratados con diademas o coronas de pelas y gemas.

 “Fue el primero en contemplar el espectáculo allí, y llevó por primera vez en su cabeza una diadema con perlas y piedras preciosas, ya que deseaba cumplir las palabras proféticas que decían: Tú pusiste en su cabeza una corona de piedras preciosas (Salmo 20.4); ninguno de los emperadores anteriores había llevado una así.” (Juan Malalas, Crónica, XIII, 8, Constantino)


Emperador Arcadio con diadema perlada.
Museo Arqueológico de Estambul, Turquía

La diadema perlada no fue una insignia de autoridad en las emperatrices romanas, pero sí un distintivo de su elevada situación social y un “signo de poder”. Se desarrolló a partir de modelos helenísticos, combinados con elementos de adorno personal como la sarta de perlas, empleadas por las mujeres distinguidas desde época tardorrepublicana, en principio, para mostrar su condición de matronas. En parte era una exhibición de lujo, pero, ante todo, las perlas manifestaban la perfección moral de sus portadoras. Como consortes, al igual que las reinas helenísticas, eran perpetuadoras de la continuidad del principado, pero también eficaces intermediarias entre los ciudadanos y los príncipes.

Es sobre todo a partir del siglo IV cuando las emperatrices hacen mayor uso de las diademas enjoyadas sobre sus tocados.

“Cimótoe traía un ceñidor, Gálatea un extraordinario collar y Espátale una diadema engastada con pesadas perlas que ella misma había cogido en las rojas profundidades. Doto se sumerge repentinamente y arranca corales: era una rama flexible mientras asciende por el agua. Había salido de las olas: fue piedra preciosa. Esta desnuda multitud rodeó a Venus y aplaudiendo la siguen al mismo tiempo con tales palabras: «Te suplicamos que tú, nuestra reina, le lleves estos adornos, estos regalos nuestros a la emperatriz María.” (Claudio Claudiano, Epitalamio de Honorio y María, 160-175)

Emperatriz con diadema. Museo Cívico Paolo Giovio, Como, Italia

La corona radiata fue la que se entregaba a los dioses y héroes deificados. Era de uso emblemático y no honorario, por lo menos para la persona que las usaba, y su adopción no estaba regulada por la ley, sino por la costumbre.

La corona radiada es uno de los atributos propios de Sol Invictus, deidad solar, de gran influencia oriental. Desde época de Augusto los emperadores asumieron su uso, no tanto por deferencia al dios solar, sino como representación de su autoridad espiritual y, quizás de perfección corporal, ya que Apolo se asimilaba al Sol.

Dupondio de Trajano con corona radiata

No fue hasta el siglo III cuando se hizo habitual que los emperadores usasen la corona radiata en sus imágenes de representación, como es el caso de Aureliano, devoto del Sol Invictus, cuyo culto fue declarado oficial en Roma en el año 274 d.C.

“Rociaba con polvo de oro sus propios cabellos. A menudo se paseaba con la corona radiada.” (Historia Augusta, Los dos Galienos, 16)

Antoniniano de Aureliano con corona radiata y el dios Sol

El emperador Constantino presentaba en sus imágenes los atributos que lo mostraban ante sus súbditos como la manifestación visible del Sol (Febo o Apolo), su dios tutelar, apareciendo el monarca como una entidad luminosa y benefactora con sus súbditos.

“Porque tú viste, creo, Constantino, tu propio Apolo acompañado de Victoria, ofreciéndote coronas de laurel, cada una de las cuales te traen un presagio de treinta años.” (Panegíricos Latinos, VII, 21, 4)

Follis de Constantino y el dios Sol con corona radiata

Entre las coronas no honorarias destacan las sacerdotales. La corona spicea, compuesta de espigas de trigo, la llevaban los miembros de los Frates Arvales, hermandad de doce sacerdotes, cuyo origen se remonta a la fundación de la ciudad de Roma, dedicados al culto de la diosa Dea Dia, diosa arcaica protectora de la agricultura y las cosechas, que posteriormente se asimiló a la diosa Ceres. Los sacerdotes hacían sacrificios durante el festival de Ambarvalia para asegurar una buena cosecha.

“En el libro I de sus Memoriales, Masurio Sabino, siguiendo a algunos historiadores, dice que Acca Larentia fue la nodriza de Rómulo: “A esta mujer -dice- se le murió uno de sus doce hijos varones. Y Rómulo se ofreció a Acca Larentia como hijo para ocupar el lugar de aquél, llamándose a sí mismo y a los otros hijos de ella ‘hermanos arvales’. Desde entonces perduró el colegio de los Hermanos Arvales, cuyo número es doce, siendo el emblema de este sacerdocio una corona de espigas y cintas blancas”. (Aulo Gelio, Noches Áticas, VII, 7, 8)

Antonino Pio como arval. Museo del Louvre, París

Durante la República el culto decayó, pero con la llegada del Imperio, Augusto reorganizó la hermandad aumentando el número de sus miembros y convirtiéndose él mismo en uno de sus miembros. En el quinto miliario de la via Campana o Via Salaria, antes de hacer la ofrenda, los sacerdotes rodeaban tres veces el campo donde un grupo de campesinos y pastores danzaban y rezaban en honor de la diosa Ceres. La corona spicea era característica de dicha Diosa, y con la misma aparece representada Livia, la esposa de Augusto.

“Rubia Ceres, sea para ti de mis tierras una corona de espigas que cuelgue ante las puertas de tu templo, y un rojo Príapo en mis huertos frutales eríjase en guardián, para que con su terrible hoz asuste a los pájaros.” (Tibulo, Elegías, I, 1)

Augusto y Livia con coronas de espigas. Izda, Museo Pio Clementino, Vaticano.
Drcha, Museo del Hermitage, San Petersburgo

Cuando el general griego Ptolomeo se convirtió en el rey de Egipto tras la muerte de Alejandro Magno, quiso unificar a los nativos egipcios y a la creciente población griega, creando un nuevo dios que fuera atrayente tanto para unos como otros. Así surgió el culto a Serapis, deidad que combinaba elementos griegos y egipcios. Cuando los romanos se apoderaron de Egipto en el año 31 a.C., Serapis ya era un dios popular con un culto creciente.

Sus sacerdotes aparecen frecuentemente representados con una diadema en la que destaca en su parte central una estrella de siete puntas.

“Dikaios de Ionidai, hijo de Dikaios, sacerdote de Serapis, consagró este lugar en nombre del pueblo de Atenas y el pueblo de Roma y el rey Mitrídates Eupator Dionysus y de su propio padre Dikaios, hijo de [ …] del demos de Ionidai y de su madre […], en honor de Serapis, Isis, Anubis, Harpócrates,….” (ID 2039)

Posibles sacerdotes del culto a Serapis. Izda Museo Getty, Los Ángeles. Drcha, Retrato funerario del Fayum, Museo Británico, Londres

Los romanos copiaron de los griegos la idea de coronar a los difuntos con guirnaldas de flores y según la ley de las Doce Tablas, cualquier persona que hubiera obtenido el derecho a llevar una corona, podía tenerla puesta en su cortejo funerario.

“Hay aquella señal de que pertenecen a los muertos los ornamentos de la gloria, porque manda la ley que la corona ganada por la virtud sea impuesta sin fraude, tanto a aquel que la hubiera ganado, como al padre de él.” (Cicerón, Las Leyes, II, 24)

Retratos funerario del Fayum. Izda, Art Institute de Chicago.
Drcha, Museo Metropolitan de Nueva York

La corona nupcial (corona nuptialis) tenía origen griego y se hacía con flores recogidas por la propia novia, y no debían ser compradas porque era signo de mal augurio. Entre los romanos, una corona de flores de mejorana y verbena trenzadas adornaba la cabeza bajo el velo nupcial en época de César y Augusto; posteriormente se utilizarían mirto y flores de azahar.

“Tú que habitas en el monte Helicón, hijo de Urania,
Tú que arrebatas a la tierna doncella
Para su esposo, ¡oh Himen Himeneo,
Oh Himen Himeneo!,
Ciñe tus sienes con la flor
De la fragante mejorana
Toma el velo nupcial, ven
Aquí, alegre, calzado tu pie de nieve
Con sandalia de jalde,
Y, exultante en este gozoso día,
Canta con clara voz esta
Canción nupcial, golpea
La tierra con los pies y agita
En tu mano la tea de pino.”

(Canción de boda en honor de Manlio y Junia, Catulo, 61)

Boda de Belerofonte y Filónoe, Museo de Nabeul, Túnez

La corona convivial (corona convivialis), era la corona que se utilizaba en las reuniones festivas y surgió en Grecia por la práctica de atar una cinta de lana alrededor de la cabeza para mitigar los efectos de la embriaguez. Posteriormente se empezó a utilizar flores y plantas, que se suponía, podían evitan la borrachera, como las rosas, la más empleada, violetas, mirto, hiedra y otras. Las coronas conviviales no se podían llevar en público y hacerlo se castigaba con prisión.

“Ea, descansa aquí tu cansancio bajo la sombra de los pámpanos y anuda tu pesada cabeza a una corona de rosas mientras tomas los labios hermosos de una tierna joven. ¡Ah, muera quien tenga la severidad de antaño! ¿Por qué guardas las guirnaldas bienolientes para una ceniza ingrata? ¿O acaso quieres que una lápida coronada cubra tus huesos? Ponte vino y dados; muera quien se preocupe del mañana, pues la Muerte, tirándonos de la oreja, dice: "Vivid, que llego.” (Apéndice Virgiliano, Copa)

Las rosas de Heliogábalo, Pintura de Alma-Tadema, Colección de Pérez Simón

En el arte griego arcaico, Dioniso aparecía como un dios de larga barba, coronado de hiedra o de vid, a veces con una cinta en torno a su abundante cabellera, vestido con la túnica larga y el manto de los gobernantes de esa época, que en su caso era de color azafrán. En el siglo IV a.C., adquiere su imagen definitiva: la de un joven bello, que ciñe su larga cabellera con una cinta o la cubre con una corona vegetal.

Con él se relacionan los símbolos vegetales como la vid, bien como planta, racimo, corona o guirnalda de pámpanos; el mirto, especialmente vinculado al Dioniso funerario, y, sobre todo, la hiedra, que, según Ovidio, resulta muy agradable a Baco por el siguiente motivo:

“¿Por qué se ciñe de hiedra? La hiedra es lo más agradable a Baco; decir también por qué es esto así no lleva ningún tiempo. Cuentan que las ninfas de Nisa, en ocasión en que la madrastra (Hera) buscaba al niño, pusieron delante de la cuna ramas de hiedra.” (Ovidio, Fastos, III)


Dioniso coronado de hiedra

La hiedra está estrechamente asociada con Dioniso, dios griego del vino, fertilidad, y éxtasis religioso, entre otras cosas, quien aparece frecuentemente coronado con ella, en el arte y la literatura. La hiedra es una planta de hoja perenne y símbolo de inmortalidad; pero en el culto a Dioniso (o al Baco romano), mientras que el vino inspiraba pasiones ardientes, los poderes refrescantes de la hiedra, una planta de invierno, invitaba al razonamiento en vez de a los impulsos fugaces. El dios utilizaba la hiedra para hacer caer a las mujeres en un fervor místico y un delirio que las atraía a su culto y a unirse a su cortejo de ménades y sátiros.

“Los del cortejo de Baco no celebraban los misterios orgiásticos sin coronas, sino que, apenas se ceñían en sus sienes las flores, se sentían encendidos para la iniciación religiosa.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, II, 73)

Bacanal, pintura de Henryk Siemiradzki

La hiedra también aparece de forma figurada coronando a los poetas porque les aporta un estado de éxtasis y entusiasmo necesario para la inspiración y composición.

“A mí las hiedras, premio de las frentes doctas, me mezclan con los dioses del cielo; a mí el fresco bosque y los coros ligeros de ninfas y sátiros me separan del vulgo, si Euterpe no hace que callen sus flautas, ni Polimnia se niega a templar la cítara lesbia. Y si me cuentas entre los líricos vates, en las alturas tocaré con mi cabeza los astros.” (Horacio, Odas, I, 1)

El poeta Horacio, pintura de Giacomo di Chirico

La corona de pámpanos estaba dedicada a Dioniso y Baco y se consideraba un símbolo de madurez próximo a la decadencia y se relacionaba con los efectos embriagantes del vino.

“¡Oh Leneo!: dulce peligro es seguir al dios que se ciñe las sienes con el verde pámpano.” (Horacio, Odas, III, 25, 20)


Las coronas de flores se utilizaron en Roma en festividades religiosas, en las ofrendas a los lares, en competiciones deportivas, en sacrificios públicos y privados y en actos sociales, como banquetes públicos o de particulares. Cuando no era posible hacer uso de las flores, se empleaban coronas hechas de láminas metálicas o de materiales pintados de colores.

“Las coronas fueron siempre muy apreciadas, incluso las que se ganaron en los juegos públicos. Era costumbre de los ciudadanos participar en las competiciones del circo, y enviar a sus esclavos y caballos también. Por eso se dice en la ley de las Doce Tablas: Si alguien ha ganado una corona por sí mismo, o debido a su dinero, que se le de como recompensa a su valor. No hay duda que la ley se refiere a la corona ganada por sus esclavos o caballos.” (Plinio, Historia Natural, XXI, 5)



Bibliografía

*Ritual, espectáculo y poder: las procesiones en la antigua Roma, Francisco Marco Simón
*Constantino y las acuñaciones del Sol Invicto, Iván Muñoz Muñoz
*Horacio y la coronación del poeta, María Delia Buisel
*Corona gramínea, la máxima y más rara condecoración militar romana, Guillermo Carvajal
*La «corona radiata» de Helios-Sol como símbolo de poder en la cultura visual romana, Jorge Tomás García
*Isis (y Serapis), dioses de la navegación y del comercio marítimo. Vida cotidiana en un santuario egipcio, Joaquín Ruiz de Arbulo
*La evolución de la diadema perlada como ornamento distintivo de las augustas (305-360 d. c.), Esteban Moreno Resano
*Adorned in Divinity, Claire Smith, Rhodes College
*Crowns. Understanding crowns in Roman culture, Brent MacDonald
*Corona, A Dictionary of Greek and Roman Antiquities, John Murray, London, 1875.
*Symbol or jewellery? The stephane and its wearer in the Roman world (1st-3rd centuries AD), Anique Hamelink
*Pro-Mithridatic and Pro-Roman Tendencies in Delos in the Early First Century BC: the case of Dikaios of Ionidai (ID 2039 and 2040), Javier Verdejo Manchado y Borja Antela-Bernárdez
*Wreath - Its Use and Meaning in Ancient Visual Culture, Dragana Rogić, Jelena Anđelković Grašar, Emilija Nikolić


miércoles, 16 de diciembre de 2015

Ornamenta gemmarum, joyas con perlas y gemas en Roma antigua



Retrato Fayum, Liebieghaus, foto:FA2010

A lo largo de la historia los seres humanos se han visto fascinados por las perlas procedentes de las ostras marinas y por las gemas de brillantes y variados colores. Las clases más pudientes de distintas civilizaciones las han valorado siempre como piedras preciosas que complementaban su adorno personal y simbolizaban su status social y económico.

Tras las conquistas de Alejandro Magno (356 – 323 a.C.) enormes cantidades de perlas llegaron a los mercados de Occidente desde Oriente. Alejandría, capital del imperio Tolemaico desde el 304 a.C., se convirtió en una rica metrópolis donde incluso perlas de mejillones de Britania se ofrecían a la venta, traídas por los Fenicios que habían llegado hasta las costas británicas en el siglo VII a.C.


Mosaico con retrato femenino, Museo Arqueológico de Nápoles

Tanto Plinio como el Periplo del Mar Eritreo destacaban las perlas del Índico por su calidad y tamaño. Las perlas del Golfo Pérsico y del Mar rojo resaltaban por su blancura. Las del Bósforo eran rojizas y de menor tamaño. Las de la costa de Mauritania eran pequeñas y las perlas británicas sobresalían por ser más oscuras y con tonos áureos. Se decía que no existían dos perlas idénticas porque todas variaban en color, tamaño, forma y peso. Las que poseían mayor valor comercial eran las del Índico.


En efecto, la mejor (perla) es la del Mar Indio y la del Mar Rojo. Pero también las hay en el Océano occidental, donde está la isla de Bretaña. Pero parece que es más o menos dorada y tiene brillos más débiles y apagados. Dice Juba que también las hay en el Estrecho del Bósforo, que son inferiores a las de Britania y su origen no es inferior al de la India y del Mar Rojo. Pero sostiene que la perla de tierra firme india no tiene una naturaleza particular, sino que es el resultado del cristal formado no de los hielos sino del mineral.


Retrato de El Fayum, Museo de Bellas Artes
de Strasburgo
“Y la perla, celebrada por los estúpidos y admirada entre las mujeres, es también ella, por supuesto, una criatura del Mar Rojo, y se cuenta la fantástica historia de que ella es engendrada precisamente cuando los rayos solares refulgen sobre las conchas abiertas."
Por lo visto, estas conchas, que son las madres de las antes citadas, se cogen cuando hace buen día y el mar no se mueve. Los buscadores de perlas, una vez que las cogen, extraen de ellas nada más y nada menos que esa perla que hechiza el alma de las lujuriosas.


Y por lo visto, a los vendedores y compradores de estas joyas les parecen más bellas y más caras cuanto más blancas y más grandes son. Y con ellas se han hecho ricos de verdad, ¡os lo juro!, no pocos que viven de este negocio.

La perla tiene, por su propia condición, esa suavidad y perfecta redondez características de su envoltura. Y si uno, por procedimientos técnicos fruto de sus conocimientos, pretende, en forma distinta, a la contextura natural de la perla, redondear a una de ellas y hacer que adquiera otra suavidad, la perla deja malparada la insidia de que es objeto, porque no se doblega a ello, …” (Eliano, Historia de los Animales, L. X)


En el Imperio romano la perla fue asociada rápidamente con el lujo. Así, tanto en el mundo romano como en el bizantino, la posesión y ostentación de perlas se convirtió en distintivo de las élites sociales.

Plinio culpaba a la victoria de Pompeyo sobre Mitrídates y su triunfo en 61 a.C. del gusto de los romanos por las perlas y gemas durante los últimos años de la República, que continuó durante todo el Imperio. Bajo el gobierno de Octavio Augusto se volvieron a dar las condiciones que posibilitaron un comercio marítimo más seguro a Oriente, esta vez bajo la protección de una flota romana que permitía la reapertura de antiguas rutas o el hallazgo de nuevas.


Pendiente de perla, Museo Metropolitan de Nueva York
“En efecto, puesto que Antonio, considerando que cualquier cosa que se engendrara en el mar, en la tierra o incluso en el cielo había nacido para saciar su propia glotonería, lo dirigía a su boca y sus dientes y, cautivo por esta razón, quería hacer del Imperio romano un reino egipcio, su esposa Cleopatra, que no soportaba ser vencida por los romanos y ni siquiera en el lujo, le apostó que podía gastarse en una cena diez millones de sestercios. Aquello le pareció asombroso a Antonio y sin dilación aceptó la apuesta digna de un mediador como Munacio Planco, que fue elegido árbitro de tan honrada competición. Al día siguiente, sondeando a Antonio, Cleopatra preparó una cena fastuosa, pero no admirada por Antonio, puesto que ciertamente conocía sus lujos diarios todo lo que ofrecía. Entonces la reina, entre risas, reclamó una copa, a la que le añade algo de vinagre amargo, y seguidamente introduce una perla que se había quitado de una oreja, rápidamente se diluye – según es la naturaleza de esta piedra – y se la bebe; y, aunque había ganado en el acto la apuesta sin esfuerzo – había gastado en la propia perla diez millones de sestercios -, sin embargo, dirigió su mano de manera semejante también hacia la perla de su otra oreja; ahora bien, Munacio Planco, un juez severísimo, dictaminó rápidamente que Antonio había perdido. Se pudo observar luego de qué tamaño era aquella perla, puesto que la que quedó, después de vencida la reina y capturado Egipto, se transportó a Roma y se cortó, y se confeccionaron dos perlas de una sola y se le colocaron a una estatua de Venus, según se dice, de monstruoso tamaño en el templo que se denomina Panteón." (Macrobio, Saturnales, Libro III)


Cleopatra, pintura de Frank Dicksee

Los productos lujosos procedentes de China e India tenían numerosos clientes en Roma que podían pagar altos precios en oro y plata por ciertos objetos por simple placer. Este intercambio comercial provocaba, según lamentaba Plinio, la salida de grandes riquezas de Roma a principios del Imperio, aunque no es posible saber el coste real que el comercio de perlas supuso para Roma.
                                                                                                                          
“no es de ahora que la India obtiene menos de cincuenta millones de sestercios de nuestro imperio a cambio de mercancías vendidas entre nosotros por un precio cien veces superior” (Plinio, HN 6.26), a lo que añade posteriormente que “cien millones de sestercios, al cálculo más bajo, salen anualmente de nuestro Imperio por la India, Sérica y la península Arábica” (Plinio, HN 12.41)


Pendientes de perla Pompeya

El hecho de que el Mediterráneo careciera de caladeros propios contribuyó a que además de como un bien de importación adquiriera valor como un bien de prestigio. Por otro lado, la legislación romana trató desde muy pronto de limitar la fuga de capitales por la compra de productos de lujo a pueblos extranjeros, y aunque en muchos casos no se hace mención expresa de las perlas, se vio afectado su comercio como el de otros bienes de lujo. De esta manera, desde muy temprano se instituyeron en Roma una serie de leyes suntuarias destinadas a limitar el número de personas que podían hacer ostentación de joyas, y por tanto de perlas.

“Gelia no jura por los misterios sagrados de Dindimene, ni por el buey de la novilla del Nilo ni, en una palabra, por ningún dios o diosa jura Gelia, sino por sus perlas. A éstas abraza, a éstas cubre de besos, a éstas las llama sus hermanos, a éstas las llama sus hermanas, a éstas quiere más ardientemente que a sus dos hijos. Si por alguna desgracia la pobrecilla se quedara sin ellas, dice que no viviría ni una hora. ¡Ay, qué bien vendría ahora, Papiriano, la mano de Anneo Sereno!” (Marcial, 8, 81)

Ya en época de Julio César se llegó a prohibir a las mujeres, bajo una serie de medidas austeras, el uso de literas, púrpuras y perlas, exceptuando a ciertas personas según su edad, o bien por tratarse de un día festivo.

Pero la aplicación de estas leyes suntuarias al final de la República no fue del todo efectiva, un ejemplo de ello es que Julio Cesar regaló a su amante Servilia, en el año 59 a. C., “una perla que le había costado seis millones de sestercios” (Suetonio, Julio Cesar, 50)





Las perlas formaban parte del patrimonio familiar y la posesión de joyas se equiparaba a tener tierras en propiedad y se apreciaba más que gastarse el dinero en perfumes y vestidos lujosos, por ser estos perecederos. Las joyas se dejaban en herencia, se podían vender o incluso retocar para extraer una pieza y venderla en solitario. Los nuevos ricos presumían de las joyas que regalaban a sus esposas como símbolo de su riqueza y éstas disfrutaban de estos adornos que les hacía “brillar” en la sociedad romana luciéndolas en banquetes y festividades religiosas.

“Para no ser menos, Cintila se quitó una bolsita dorada que llevaba al cuello y que ella llamaba su Felición. Sacó dos pendientes y los dio a contemplar a Fortunata.



Pendientes de oro y perlas, Victoria and Albert Museum

Ya lo ves- dijo-. Te aseguro que nadie tiene regalos tan valiosos como los que me ha hecho mi marido.
Claro – dijo Habinas -, como que me has desplumado para poderte comprar estas habas de cristal. ¡Seguro que si tuviera una hija le cortaría las orejas! De no existir las mujeres, los precios estarían por los suelos.” (Petronio, Satyricon, 67)




Estas joyas dentro de las mansiones romanas solían ponerse a buen recaudo por los esclavos de confianza, los atrienses, encargados de guardar las joyas y perlas de la casa, conociéndose incluso en las inscripciones a través de la formula ad margarita.

 Las leyes suntuarias a lo largo del imperio cayeron en desuso de mano de los propios emperadores y los miembros de su familia, siendo las perlas uno de los elementos más visibles de su ostentación.

«Yo he visto a Lolia Paulina, esposa del príncipe Cayo Calígula, cubierta de esmeraldas y de perlas, no en alguna ceremonia de aparato severa y solemne, sino incluso en un banquete corriente de esponsales; entrelazadas alternadamente, las joyas resplandecían por toda la cabeza, en la cabellera trenzada, las orejas, el cuello y los dedos, sumando en conjunto cuarenta millones de sestercios. [...] Y no se trataba de regalos de un generoso príncipe, sino del patrimonio de sus antepasados, es decir, del producto del despojo de las provincias». (Plin. NH 9.58.117)


Retrato de El Fayum

El comercio de las perlas se concentró en manos de los “margaritarii”, nombre dado a los buscadores de perlas y a los comerciantes y joyeros también, quienes establecieron sus “officinae margaritariorum” en el Foro Romano. La “margarita” se convirtió en uno de los productos más lujosos, y pasó a denominar objetos queridos o incluso personas amadas, especialmente niños.

Las gemas, valiosos indicadores de cultura y estatus, eran buscadas por las élites griegas y romanas. Una gema es una piedra preciosa o semipreciosa que ha sido cortada, pulida, grabada o alterada de alguna otra forma para ser utilizada como insignia personal para hacer sellos o como decoración. A menudo importadas desde lejos, las gemas antiguas eran verdaderamente exóticas, y sus colores brillantes y luminiscencia incrementaban su valor.

“No mencionaré tus costosos pendientes, tus brillantes perlas de las profundidades del Mar Rojo, tus vistosas esmeraldas verdes, tus resplandecientes ónices, tus líquidos zafiros,—tonos que hacen volverse a las matronas, y les hace desear su posesión.” (S. Jerónimo, CXXX, 7)

Las gemas utilizadas en joyería ornamental eran tasadas no solo por su grabado distintivo, sino también por la belleza de sus piedras, pero se les concedía propiedades medicinales y curativas basadas en el color de cada piedra. Los médicos las prescribían molidas en un fino polvo mezclado con líquido para remediar algunos males.


Pintura de John William Godward

El cristal de roca procedía según Plinio de la India y los Alpes entre otros lugares. Era símbolo de pureza por su trasparencia y se creía que ayudaba a encontrar el equilibrio del cuerpo. Las piedras rojas como el granate aliviaban enfermedades relacionadas con la sangre. La amatista por su colorido similar al vino se utilizaba para aminorar los efectos de la borrachera. Las de color verde como la esmeralda proporcionaban cura a los problemas estomacales y las azules, como el zafiro reducían las hinchazones asociadas con hematomas. El ópalo por su concentración de colores proporcionaba tratamiento para una gran variedad de enfermedades.



Collar con cristal de roca, Museo Metropolitan de Nueva York

Según Plinio se mejoraba el brillo de las piedras hirviéndolas en miel, especialmente la de Córcega. 

La popularidad del ámbar se debía a las propiedades terapéuticas se le otorgaban y a sus cualidades estéticas. Así, Plinio el Viejo ya refiere el empleo de collares de ámbar contra las enfermedades de la garganta y el pecho, y utilizado frente a fiebres y diversos males (Historia Natural, XXXVII, 44-51). Mientras, en el ámbito funerario parecen pesar también las creencias de que se trata de un material favorecedor del descanso de los difuntos, un ejemplo más del valor mágico-religioso que se le supone ya desde antiguo, en época romana ligado especialmente a los momentos de tránsito.
Con todo, en determinados círculos, a pesar de lo relativamente extendido de su uso, la sucina gemma, como así la llama Isidoro (Etimologías, XX, 5), es vista como símbolo de lujo, a evitar por parte de aquellos que quieren guiarse por la virtud, como podemos ver, por ejemplo, en el Peristephanon de Prudencio a finales del siglo IV.


Sortija de ámbar

Los etruscos y los romanos disfrutaron de joyas y adornos elaborados por artistas especializados en ámbar que transformaban los pedazos que venían del Báltico en bruto en verdaderas joyas de arte. Se hacían camafeos y objetos de lujo finamente tallados. La sociedad romana consideraba el ámbar como símbolo de fertilidad y buena suerte, de ahí que los gladiadores lo llevaran entre sus ropas, como un talismán, cuando salían a luchar.

Otra piedra considerada semipreciosa muy utilizada en diversas épocas desde la edad de Bronce es el azabache, una variedad dura y negra del lignito de alto valor económico y artesanal que, una vez pulida, adquiere un brillo aterciopelado. Este mineral orgánico procede de la madera de árboles fosilizados. En la época romana extraían este material en grandes cantidades, y se utilizaba con frecuencia en amuletos y colgantes, debido a sus supuestas cualidades protectoras y la capacidad de desviar la mirada del mal de ojo. Se le confirió un uso "mágico" a este material britano. Cayo Julio Solino escribió cómo este azabache era muy apreciado para joyas ornamentales y se elaboraba en gran parte en el asentamiento de Eburacum (actual ciudad de York); y el escritor y naturalista Plinio el Viejo sugería algunas propiedades médicas.



Camafeo de azabache, Museo Británico

Según una antigua leyenda, Amatista era el nombre de una bella ninfa que tuvo la desgracia de despertar la admiración de Baco, el rey del vino, en una de sus orgías. Horrorizada ante la idea de tener que compartir la pasión de tal amante rogó con tanta fuerza a la diosa de la castidad que esta la transformó en un cristal puro y frío cuando Baco se acercó a abrazarla. Sorprendido y humillado, Baco vertió su copa de vino sobre el cristal, confiriéndole así un color violeta. Cuando volvió a entrar en razón, Baco le concedió la capacidad de proteger al portador de la embriaguez. De hecho, en una copa color violeta, el agua representa el color del vino, de modo que cualquiera que bebiera de esta copa parecería estar bebiendo vino… así, evitarían emborracharse, virtud atribuida a la amatista.

Amatista con Bacante
Se trata de una amatista tallada con una figura de la diosa Embriaguez personificada y puesta en un anillo que perteneció a la reina Cleopatra (no se sabe cuál, de las muchas que llevaron este nombre en la dinastía macedonia, pero tal vez la hermana de Alejandro Magno, mujer de Alejandro del Epiro, que fue asesinada hacia el 308). La piedra era considerada como amuleto que impedía la ebriedad en quien la llevara, así la diosa, tiene que mantenerse serena por el material en que está tallada y también por la majestad de quien la ostenta.

“Soy Embriaguez y hábil mano talló mi figura
en amatista, piedra con el tema no acorde;
pero, siendo sagrado joyel de Cleopatra, serena,
tiene, aun ebria, que estar la diosa en su mano.”
(Antología Palatina IX, 752)


La esmeralda, del latín smaragdus es una variedad de berilo noble, de color verde a causa del óxido de cromo que contiene. Es una piedra preciosa que una vez tallada presenta un intenso brillo y que es inatacable por los ácidos. Las esmeraldas utilizadas en época romana parece que provenían de las minas egipcias de Marsa Alam, las cuales ya se explotaban en la era Ptolemaica. Plinio describe la esmeralda como una de las piedras preciosas más valoradas, resaltando su agradable color a la vista y su efecto sobre ella, que permitía descansar los ojos cuando se miraba a través de la preciada gema. Explica que cuando la superficie de la esmeralda es plana podía reflejar los objetos como en un espejo y añade que Nerón solía ver los combates de los gladiadores con una esmeralda. En época romana las esmeraldas más consideradas venían de Escitia.


Pendiente con perlas y esmeralda, Museo Metropolitan

Estas piedras tan valiosas eran a menudo dignas de ser regaladas como cuenta Marcial en el caso de una mujer que se las regala a su amante entre otras cosas:

“Has regalado, Cloe, al joven Luperco mantos de escarlata de Hispania y de Tiro y una toga lavada por las aguas tibias del Galeso, sardónices de la India, esmeraldas de Escitia y cien monedas de nuestro nuevo señor: pida lo que pida tú le das más y más.” (Marcial, IV, 28)



El ópalo fue una de las piedras más estimadas en época romana. Los comerciantes hicieron creer a los romanos que estas piedras venían de la India, cuando en verdad ellos las adquirían en las minas de los Cárpatos y las hacían llegar a los grandes mercados como provenientes de Oriente, pues en Roma se creía que las gemas maduraban mejor en climas templados y por ello las procedentes de la India se consideraban las más puras. Este engaño pudo deberse a que los mercaderes de ópalos posiblemente tenían la certeza de que de saberse que estas piedras eran originarias de los Cárpatos, especialmente de Hungría y Eslovaquia, los romanos irían y confiscarían las minas.

A partir del año 5. d.C. al ópalo se le llamó ophthalmis lapis, la piedra que ve todo, lo sabe todo y concede a su poseedor la capacidad de predecir el futuro, por lo que se convirtió en una de las gemas más estimadas del Imperio Romano.

Plinio describe el ópalo afirmando “el fuego resplandece en él más que en el carbunclo, la púrpura brilla más que en la amatista, destaca el verde mar de la esmeralda, todo unido para brillar en común”.

Del valor que los romanos daban a esta piedra queda el ejemplo del senador Nonnio que poseía un ópalo valorado en unos dos millones de sestercios y que cuando Marco Antonio le ofreció comprarlo para regalárselo a Cleopatra, se negó, y cuando fue amenazado con perder su riqueza e, incluso, su vida, huyó de Roma, con su preciada posesión, dejando todo lo demás detrás.

Entre las piedras azules que los romanos gustaron lucir podemos ver que el zafiro, procedente mayormente de Sri Lanka y Birmania, era una piedra preciosa que se engarzaba en oro, anillos, pendientes, collares. 

Entalle de aguamarina, con retrato
de Julia Domna
Aguamarinas, piedras protectoras de los marineros, por su tono semejante al agua del mar y piedras de lapislázuli, originarias de Afganistán, fueron utilizadas en lujosas piezas de joyería y ornamentación.

Los cuarzos opacos y translúcidos y las calcedonias, conocidas popularmente como cornalina, el jaspe, el ónice y la sardónica vienen en una variedad de colores. También se pueden realzar artificialmente sus tonalidades mediante una variedad de métodos. La piedra sardónica fue usada por Escipión Africano como sello.

“Severo, mi querido Estela da vueltas en un solo dedo a sardónicas, esmeraldas, diamantes y jaspes. Encontrarás muchas perlas en sus dedos, pero aún más en sus poemas. Por eso, creo, es culta su mano.” (Marcial, V, 11)



Camafeo con sardónices, Christie's Images Ltd. 2010


El diamante procedía de la India y por su especial dureza ya se utilizaba en época romana para cortar otras gemas como el zafiro. Juvenal atribuye a Berenice, princesa de Judea, amante de Tito, antes de ser emperador, la posesión de un anillo de diamante, regalado por su hermano Agripa, y que era objeto de deseo de las mujeres ricas. Juvenal lo pone como ejemplo de ostentoso adorno personal en contraposición al ideal de la virtuosa matrona que no exhibe joyas, al menos en público.


Anillo con cristal de diamante

La referencia de la emperatriz Livia, esposa de Augusto, puede servir para mostrar como una respetable matrona no se mostraba con sus joyas ante los ciudadanos, para seguir la costumbre de la austeridad y sobriedad romanas, como se puede ver en sus retratos, en los que siempre aparece sin joyas y sin embargo mantenía entre sus sirvientes al menos a un orfebre y un engarzador de perlas.



Mosaico, Museo Metropolitan

Algunos emperadores intentaron impedir el gasto excesivo de algunas mujeres de la casa imperial haciendo vender joyas y vestidos e imponiendo medidas para evitar el derroche.

“Vendió todas las piedras preciosas que tenía y el oro de la venta lo ingresó en el tesoro público, diciendo que los hombres no debían hacer uso de ellas y que las matronas reales debían contentarse con una redecilla, unos pendientes, un collar adornado con perlas y una corona para utilizarla cuando ofrecieran sacrificios, un solo manto salpicado de oro y una ciclada que no tuviera más de seis onzas de oro.” (Historia Augusta, Alex. Severo, 41)






Las piedras preciosas también adornaban el cabello, la ropa y el calzado de las damas romanas. Los retratos egipcios del Fayum y los bustos sirios de Palmira nos enseñan cómo lucían diversas joyas de forma exagerada.

“Porqué la mujer, no satisfecha con su encanto natural, finge una hermosura exterior, como si la mano del Señor, su creador, le hubiera concedido un rostro sin terminar, que exige todavía algún otro detalle, ya sea embelleciendo su altiva frente coronada de amatistas engarzadas, ya sea ciñendo su cándido cuello de brillantes collares, o bien colgando de sus orejas pendientes de verdes esmeraldas.” (Prudencio, Hamartigenia)

Las perlas y gemas formaban parte de los regalos del novio a la novia en los esponsales y de la dote que la novia aportaba al matrimonio.



Retrato de mujer con pendientes y collares de esmeraldas

“Su prometida era Junia Fadila, bisnieta de Antonino, que más tarde se casó con Toxocio, un senador de la misma familia que pereció después de la pretura y del que aún se conservan obras en verso. Ella guardó las arras reales, que, según cuenta Junio Cordo —investigador de tales hechos—, dicen que fueron estas: un collar de nueve perlas, una redecilla con once esmeraldas, un brazalete con un engarce de cuatro zafiros, además de los vestidos, todos regios y bordados en oro, y los demás adornos propios de los esponsales”. (Maximino, Historia Augusta)


Retrato de mujer con pendientes de perlas y
collar con perlas y esmeraldas


El ajuar que la novia aportaba como dote al matrimonio incluía dinero, joyas, ropa y algunos enseres domésticos. Todo ello se devolvía a la esposa en caso de divorcio, pero en algunos casos se utilizaba en caso de necesidad económica de la familia. Algunos documentos encontrados muestran que los objetos se listaban en un contrato firmado. En el papiro X 1273 de Oxirrinco se enumeran las joyas que Aurelia Tauseiris lleva al matrimonio y que incluyen piedras preciosas: un collar con una gema, un broche con cinco gemas, un par de pendientes con diez perlas y un anillo.


Collar con esmeraldas, cornalinas, granate y ónice, Museo Metropolitan

“Había comprado, pues, para la joven el ajuar: un collar de piedras de colores y un vestido enteramente de púrpura, que en las partes en que los demás vestidos tienen púrpura tenía adornos de oro. Las piedras competían entre sí. Un jacinto era una rosa en piedra y una amatista una mancha morada cerca del oro. Y entre ambas piedras había otras tres, con una secuencia ordenada de colores. Las tres estaban engastadas juntas, de modo que el extremo de la piedra era negro, el cuerpo central blanco veteado de negro y, a continuación del blanco, el resto remataba en el color del fuego. Y esta piedra, con una guirnalda dorada, imitaba un ojo de oro.” (Aquiles Tacio, Leucipa y Clitofonte, II)

Algunas damas romanas de la Bética y otras provincias legaron sus joyas o dinero para adornar estatuas de divinidades femeninas, esperando tener su intercesión en la vida eterna que esperaban. Ello se debía a la devoción que siguiendo los cultos orientales les hacía creer que las estatuas conservaban a la diosa en su interior y a dejar recuerdo de su generosidad y alto status económico que les permitía gastar gran cantidad de dinero en joyas y de su preeminencia social que por ser mujer no podía exhibir de otra forma. En el Museo Arqueológico de Sevilla existe un pedestal de mármol dedicado a Isis por Fabia Fabiana en honor de su nieta.

Retrato de mujer con joyas de oro y perlas

(A la joven Isis, por mandato del dios Netón. Fabia Fabiana, hija de Lucio, su abuela, en honor de su piadosa nieta, Avita, entrega gustosamente un peso de plata de ciento doce libras y media, dos onzas y media y cinco escrúpulos (para la estatua de la diosa). Además, estos ornamentos: para la diadema, una perla excepcional y seis perlas (de unio y margarita). Dos esmeraldas, siete cilindros, una gema de carbunclo, otra de jacinto y dos gemas ceraunias. Para los pendientes de las orejas, dos esmeraldas y dos margaritas; para el collar, una gargantilla de cuatro sartas de treinta y seis perlas y dieciséis esmeraldas y dos más para el broche; para las pulseras de los tobillos, dos esmeraldas y once cilindros; para el dedo pequeño dos anillos de diamante; para el dedo siguiente (anular), un anillo engarzado con mucha pedrería de esmeraldas y una margarita; para el dedo mayor (corazón), un anillo con esmeralda; y para las sandalias, ocho cilindros)

La superstición de los romanos hacía que frente a los malos presagios estuvieran dispuestos a hacer ofrendas con joyas a una divinidad que le propiciara buena suerte.

“Prodigios tan elocuentes como numerosos, habían anunciado a Galba desde el principio de su principado cuál debía ser su fin... Había elegido en el tesoro imperial un collar de perlas y piedras preciosas con el que quería adornar su estatua de la Fortuna, en Túsculo, mas creyéndole digno de una divinidad más augusta lo dedicó a la Venus del Capitolio. A la siguiente noche se le apareció en sueños la Fortuna, se quejó de la ofensa que le había inferido y lo amenazó con quitarle en seguida todo lo que le había dado.” (Suet. Galba, 18)





Los reyes de los países Orientales solían engalanarse con las piedras preciosas que se hallaban en sus territorios o que adquirían de los comerciantes que las traían de los lugares más lejanos. Ni siquiera tras perder su trono renunciaban a adornarse con sus joyas. En la Historia Augusta se relata como la reina Zenobia de Palmira desfiló como prisionera en el triunfo de Aureliano en Roma cargada con sus joyas.


“Desfilaba también Zenobia, adornada con sus piedras preciosas y maniatada con cadenas de oro que otros la ayudaban a llevar.” (Historia Augusta, Aureliano, 34)



Busto de mujer ricamente enjoyada, Palmira

El regalo de piedras preciosas era un signo de hospitalidad. Ya en la época de la República era normal que los reyes hicieran regalos de joyas con gemas a sus invitados para demostrar su riqueza e importancia.

“Abandonó Tolomeo la alianza con Roma, temeroso del resultado de la guerra; no obstante, le dio naves que le acompañasen hasta Chipre, y, saludándole y obsequiándole en él mismo puerto, le regaló una esmeralda engastada en oro; y aunque al principio se negó a admitirla, haciéndole ver el Rey que estaba grabado en ella su retrato, temió rehusarla, no se creyera que se marchaba enemistado y se intentase algo contra él durante su viaje en el mar.” (Plutarco, V. Paralelas, Lúculo, III)

La avidez por las piedras preciosas provocó la aparición de gemas falsas por lo que el historiador Plinio proporcionó algunos consejos para diferenciar las verdaderas de sus imitaciones: examinar las piezas a la luz del día, tener en cuenta que las verdaderas eran más pesadas y frías, las falsas solían ser más ásperas. El polvo de obsidiana dejaba una marca en las imitaciones.


(Del ópalo) “No hay piedra que sea imitada por los falsificadores con más exactitud que ésta, en vidrio, siendo la luz solar la única forma de detectarlo.



Sortija con ópalo

Porque cuando un ópalo falso se sujeta entre el dedo y el pulgar y se expone a los rayos del Sol, presenta un único color transparente por todas partes, mientras que el auténtico ofrece varios tonos que se reflejan uno tras otro, como si derramase su brillo luminoso por los dedos.” (Plinio, H. N. XXXVII, 22)

La pasta vítrea se usaba con frecuencia para imitar las gemas coloreándolas de acuerdo a la piedra que se quería copiar; resultaba barato, y las clases menos pudientes podían tener sus propias piedras talladas hechas a molde o con la impronta de una gema grabada.



Collar con cuentas de pasta vítrea

Las piedras preciosas se empleaban además de para el adorno personal para la ornamentación de los vasos de bebida, algo que ya hacían los griegos. Estos recipientes (gemmata potaria) los enviaban los reyes extranjeros al pueblo romano y con ellos los emperadores recompensaban los servicios de sus generales o de sus jefes de tribus germánicas.

“Sopesó unas viejas copas dedaleras y, si es que había alguna, las copas ennoblecidas por la mano de Méntor, y contó las esmeraldas engastadas en oro cincelado y todo cuanto tintinea más que orgullosamente desde una oreja blanca como la nieve. Las sardónicas, en cambio, las buscó por todas las mesas y puso precio a unos jaspes grandes. Cuando a la hora undécima, cansado, ya se marchaba, compró dos cálices por un as, y se los llevó él mismo.” (Marcial, IX, 59)

Los materiales preciosos y gemas servían para realzar la belleza y el lujo de las mansiones romanas. Varios ejemplos en la literatura latina muestran que estaban presentes en las vidas de los más ricos.



Copa de los Ptolomeos, en sardónice


“El fulgor amarillo del topacio hace brillar las jambas de las puertas, cuyas dos batientes, montadas sobre goznes de plata, están decoradas con porcelana, sardónice, amatista del Caucaso, jaspe indio, piedra de Calcis, esmeralda de Escitia, aguamarina, ágata; al otro lado de las puertas, la sombría entrada refleja el brillo de las esmeraldas del interior. Un espeso revestimiento de ónice recubre el suelo y gracias al tono azulado del jacinto prestan ambos a la laguna un color que armoniza con ella.” (Sidonio Apolinar, Poema 11, Epitalamio de Ruricio e Iberia)

El comercio de joyas entre joyero y cliente se podía hacer de varias formas. El cliente encargaba una pieza a su joyero proporcionando a veces sus propios materiales. También existía la producción de cada joyero para el mercado en la que se exponían los productos en los puestos o se iba de casa en casa para ofrecer sus mercancías. Y por último estaban los fabricantes joyeros que trabajaban para las grandes familias, como la Imperial, ejecutando sus obras según el gusto de sus clientes. En la ciudad de Roma el barrio de los joyeros estaba en la Via Sacra.


Pintura de Ettore Forti

Las gemas mágicas servían como amuletos, cuya posesión aseguraría a sus dueños bienestar alejando las enfermedades y las desgracias, y no se consideraban un bien de lujo por lo que era normal poseer más de uno. Empezaron a tener ese uso a partir del siglo II d. C. a causa del sincretismo religiosos que se produce en esa época con la llegada de religiones orientales y el Cristianismo.
Funcionalmente servían para diferentes propósitos, desde la simple protección piadosa de alguna divinidad, al uso médico para diferentes afecciones y enfermedades, entre las que destacan las dolencias estomacales, oculares, o las hemorragias. De la misma manera, podían tener propósitos más agresivos, como sucede en las gemas mágicas de tipo amoroso, aunque lo cierto es que este tipo de amuletos se caracterizan más por su carácter «defensivo» y «preventivo».

Estas piedras solían estar grabadas por ambos lados y tenían influencia greco-oriental. Por una cara se representaba un tema figurativo y por la otra una inscripción.


Gema mágica, trustees British museum

La inscripción que acompañaba a la imagen solía realizarse en la parte anterior de la gema, de tal forma que al engastarse en un anillo o colgante ―los soportes más comunes― el texto quedara oculto a la vista de los demás. Evidentemente no siempre era así, y observamos en muchos casos cómo la inscripción cubre ambas caras de la piedra e incluso el borde de la misma.


Sus virtudes se ocultaban tanto en las palabras mágicas como en los emblemas grabados. La inscripción, normalmente en caracteres griegos, correspondía palabras o fórmulas mágicas. Entre los emblemas más usados se encontraban las divinidades egipcias como Horus-Harpócrates, divinidades griegas y romanas y formas demoniacas a las que se atribuían la propiedad de evitar el mal de ojo.

En el Papiro Mágico XII se describe cómo se debe hacer un anillo con su correspondiente fórmula mágica: “Tomar un jaspe y gravar una serpiente en un círculo en medio del cual se representará a Selene con dos estrellas en los cuernos, y encima a Helios, junto a Abraxas; y en el otro lado el mismo nombre Abraxas y en el borde escribirás el santo y omnipotente encantamiento, el nombre IAO SABAOTH. Y cuando hayas consagrado la piedra, llévala en un anillo de oro, y cuando lo necesites, siempre que seas puro en ese momento y tendrás éxito en lo que puedas desear.”



Gema mágica de jaspe, Museo Thorvaldsen

Abraxas era una divinidad gnóstica del siglo II que se representaba con una cabeza de gallo y unas piernas simulando serpientes y armado con un látigo y un escudo.

Las piedras que se empleaban y que ya gozaban de poderes mágicos por sí mismas son el jaspe rojo, verde y amarillo, el heliotropo, un jaspe rojo con manchas verdes, la cornalina y la calcedonia.

Lucir costosas joyas fue costumbre que se mantuvo incluso tras la conversión al Cristianismo del Imperio Romano, como se puede constatar en los escritos de los autores cristianos, que suelen criticar el abuso que hacían hombres y mujeres de las joyas, pero demuestran que las mismas piedras preciosas que siglos atrás habían apetecido los acaudalados miembros de la sociedad romana seguían gustando a los ciudadanos ricos del Bajo Imperio.



Detalle de mosaico de la villa romana
de la Olmeda, Palencia
“Es propio de chiquillos quedarse absorto ante las piedras preciosas, ya sean opacas o verdes, ante Ios desechos del mar y las raeduras de la tierra. Lanzarse precipitadamente sobre el resplandor de las piedrecillas, sobre sus múltiples colores, y las baratijas de vidrio, es propio de insensatos que se dejan arrastrar por lo que sólo es apariencia impresionante. Es como cuando los niños, después de observar el fuego, se lanzan sobre él, inducidos por su fulgor, sin darse cuenta — por su inconsciencia— del grave riesgo que representa tocarlo. Lo mismo les ocurre a las mujeres necias con las piedras preciosas de las cadenas que rodean el cuello: las amatistas engastadas en los collares, las keraunitas, el jaspe, el topacio y la esmeralda de Mileto el objeto más preciado.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, II)

Pendiente con perla y zafiro
Los últimos años del Imperio Romano no trajeron una disminución del uso de perlas y piedras preciosas entre los ciudadanos. Las representaciones artísticas nos muestran que tanto los hombres como las mujeres recargaban de forma ostentosa su cuerpo e indumentaria.

“Cuando estabas en el mundo amabas las cosas mundanas. Usabas colorete para las mejillas y albayalde para blanquear tu tez. Te peinabas con un tocado alto y trenzas postizas. No mencionaré tus caros pendientes, tus perlas relucientes de las profundidades del Mar Rojo, tus brillantes esmeraldas, tus resplandecientes ónices, tus líquidos zafiros, - colores que hacen volverse a las matronas que desean poseerlos.” (San Jerónimo, Epis. CXXX, 7)

Los nobles bizantinos adornaban sus ropas con gemas y los retratos de los emperadores y sus esposas reflejan el lujo propio de los príncipes de Oriente, como se puede ver en los mosaicos de Justiniano y Teodora en Rávena, donde la emperatriz luce en la cabeza la corona llamada stemma y alrededor del cuello el maniakis, prenda incrustada de joyas de origen persa y que ya aparece en las pinturas egipcias.

“Las piedras indias adornan en relieve tu vestimenta y preciosas hileras de esmeraldas verdean prolongadas. Se encuentra allí la amatista y el resplandor del oro ibero modera el azul del zafiro con sus fuegos misteriosos. Y no fue suficiente en tal tejido la simple hermosura; la aguja aumenta su mérito y tiene vida la obra bordada con hilos de metal. Abundante jaspe vivifica los adornos y las perlas de las Nereidas respiran en variadas figuras.” (Claudiano, IV Consulado de Honorio)



Retrato de la emperatriz Teodora, Rávena, Italia

Bibliografía:

www.academia.edu/11647695/La_venta_de_perlas_en_la_ciudad_de_Roma_durante_el_Alto_Imperio, Jordi Pérez González
www.igme.es/boletin/2012/123_2/5_ARTICULO%204.pdf, Comercio de perlas entre los siglos II a. C. y X d. C., D. Sevillano-López y D. Soutar Moroni
http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=fabia-fabiana
rodin.uca.es/xmlui/bitstream/handle/10498/11403/14086505.pdf?...1, Un aspecto de la magia en el mundo romano. Las gemas mágicas, Mª Dolores López de la Orden
grbs.library.duke.edu/article/viewFile/2981/5825, Cleopatra's Ring, Kathryn J. Gutzwiller
www.um.es/cepoat/.../wp-content/.../antiguedadycristianismo_24_19.pdf, ELEMENTOS DE INDUMENTARIA Y ADORNO PERSONAL, J. Vizcaíno Sánchez
https://openaccess.leidenuniv.nl/bitstream/handle/1887/20510/RMA%20Thesis%20Andrea%20Raat_repositorium.pdf?sequence=1, Diadems: a girl’s best friend? Jewellery finds and sculptural representations of jewellery from Rome and Palmyra in the first two centuries AD , Andrea Raat
https://www.britishmuseum.org/pdf/6%20Drauschke%20p%20rev-opt-sec.pdf,
Byzantine Jewellery? Amethyst Beads in East and West during the Early Byzantine Period, Jörg Drauschke
The world of Opals, Allan. W. Ecker, Google Books
Ancient Jewellery, Jack Ogden, Google Books