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miércoles, 15 de noviembre de 2017

Augurium, adivinación en la Roma antigua I




La adivinación en la Antigüedad era parte integrante del mundo de la religión, existiendo dos maneras de aproximarse al futuro y comprender lo desconocido. Por una parte, se encontraba la llamada adivinación natural o inspirada, y, por la otra, la llamada inductiva o basada en señales. En el primer caso, el sacerdote recibía el influjo divino después de entrar en un estado favorable para ello, y, aunque, tal adivinación escapaba a la comprensión de la mayoría, logró imponerse en ciertas culturas como la judía o la griega.

"Es una vieja creencia, sostenida ya desde los tiempos de los héroes y ratificada, además, por el asentimiento del pueblo romano y de todas las gentes, la de que hay entre los seres humanos una especie de poder adivinatorio al que los griegos llaman mantiké, esto es, la capacidad de intuir y de llegar a saber lo que va a pasar. Se trata de una capacidad extraordinaria y salvadora, caso de existir, en virtud de la cual la naturaleza mortal podría acercarse en muy gran medida a la condición de los dioses ". (Cicerón, Sobre la adivinación, I, 1)



La segunda forma de adivinación, basada en la interpretación de señales, era propia de la civilización babilónica, de los etruscos y los romanos.

“Los dioses auguran cosas ciertas, las entrañas, examinadas por los varones etruscos, auguran certeros presagios de la suerte futura.” (Tibulo, Elegías, III, 4)

Los griegos tenían cierta reserva con respecto a la adivinación por señales, pero estuvieron conformes con la adivinación natural, sobre todo con la derivada de Apolo y Delfos, en la que el adivino parecía “ser preso del delirio al estar poseído por un dios”.

“Por tanto, es en el espíritu donde reside la capacidad de presagiar, la cual se infunde desde el exterior y se recibe por voluntad divina. Si esta capacidad llega a prender con mayor viveza, se llama ‘delirio’, cuando el espíritu, una vez desligado del cuerpo, cae en trance bajo la instigación divina.” (Cicerón, Sobre la adivinación, I, 66)


Los romanos, por el contrario, desconfiaron de todos aquellos que pretendían entrar en contacto directo con la divinidad y decían que eran capaces de transmitir sus decisiones y desconfiaban de los oráculos y profecías. En cambio, el estudio de ciertas señales y la atenta observación de los fenómenos que la divinidad había producido para indicar el porvenir les permitió establecer un sistema de adivinación oficial basado en reglas claras y seguras.

“Ahora bien, los tipos de adivinación que se se explican mediante una interpretación, o bien mediante la constatación y anotación de aquello que sucede, no se llaman ‘naturales’, sino ‘artificiales’; dentro de este tipo se hallan incluidos los arúspices, los augures y los pronosticadores (coniectores, es decir, intérpretes de tablillas y de sueños) … Algunas de ellas se basan en testimonios y doctrinas — como manifiestan aquellos libros etruscos referentes a la observación de entrañas, a los rayos y a las ceremonias, así como vuestros libros augurales, pero otras se explican mediante una interpretación, realizada de manera inmediata y acorde con la situación.” (Cicerón, Sobre la adivinación, I, 72)

Ansiosos de conservar su antigua alianza con los dioses, la pax deorum, sin la cual la ciudad no podía seguir su destino, la adivinación en Roma, como el conjunto de su religión, siguió las huellas de un espíritu práctico, que garantizaba la vida del ciudadano y de la ciudad, intentando conservar el favor divino sin comprometer el desarrollo normal y necesario de toda actividad.

“Rómulo … aprobó una ley para que todos los sacerdotes y ministros de los dioses fueran elegidos por las curias y que su elección fuera confirmada por aquellos que interpretan la voluntad de los dioses por el arte de la adivinación.” (Dionisio de Halicarnaso, Antigüedades romanas, XXII)



Los romanos eran muy sensibles a la gran cantidad de señales que los dioses les enviaban para manifestar su presencia y expresar su voluntad.

Auspicia eran las señales procedentes de la observación de las aves, su vuelo y sus gritos cuya interpretación no permitía, en verdad, adivinar el futuro, sino tan sólo dejar constancia del acuerdo o desacuerdo de la divinidad respecto al emprendimiento de una determinada acción y en un día determinado (a diferencia de los auguria, ejercidos tan sólo por los augures y cuya aplicación carecía de esa limitación temporal). Los auspicia se percibieron, generalmente, como privilegio de los patricios y una labor a cargo de los magistrados.

“Se os acusa de locuaces y los dioses opinan que vosotras descubrís sus intenciones. Esta acusación no es, sin embargo, falsa, pues, cuanto más cerca estáis de los dioses, más verídicos son los signos que proporcionáis, bien sea con el vuelo bien sea con el canto”. (Ovidio, Fastos, I, 458)

La adivinación hizo surgir un nutrido grupo de sacerdotes, los augures, encargados de plantear preguntas a los dioses para conocer si estaban de acuerdo o no con la actividad proyectada y con la ceremonia que iba a iniciarse. La pregunta adivinatoria se reducía al mínimo, a un sí o a un no. Entre los numerosos sacerdotes, el augur era, sin duda, el más notable y sagrado.




Los augures de Roma constituyeron un colegio que agrupaba a los expertos en la disciplina augural, que gobernaba la observación y aplicación de los auspicios en la vida pública romana. Emitían responsa, no vinculantes, sobre esa materia generalmente en respuesta a consultas de magistrados o del senado; a menudo las consultas estaban relacionadas con faltas rituales que podían paralizar la vida pública.

Se consideraba derecho de auspicium la capacidad jurídica de poder consultar las advertencias o signos celestiales que manifiestan la voluntad de los dioses. Este derecho se dividía en spectio que consistía en la contemplación de las aves, relámpagos, etc. y la valoración de los signos contemplados, para ver si impiden o no la realización del acto propuesto. La primera parte corresponde a los augures, la segunda a los magistrados. En la segunda parte del derecho se producía la nuntiatio por la que primero el augur comunicaba al magistrado lo que había visto; y segundo el magistrado, después de examinado el signo visto u observado, comunicaba que los dioses se oponían o no se oponían a que se celebrasen, por ejemplo, unos comicios, y se pudiesen realizar. En caso negativo se llamaba propiamente obnuntiatio.

Individualmente los augures romanos estaban capacitados para emitir responsa, celebrar diversos ritos conocidos como auguria, inaugurar y templos y asistir a los magistrados en la toma de auspicios. Igualmente tenían el derecho de anunciar, con carácter vinculante, la presencia de auspicios desfavorables, lo que automáticamente interrumpía un acto público.

En un principio los augures fueron tres (pues tres eran las tribus originarias y cada una debió tener su propio augur) y su número -siempre impar- fue creciendo hasta diecisiete en tiempos de César, y ya a partir de Augusto, el senado tuvo la facultad de nombrar tantos como creyera necesarios.

“Se cuenta que, en un principio, Rómulo, el padre de esta ciudad, no sólo la fundó contando con los auspicios, sino que incluso fue un excelente augur él mismo. Después, también los demás reyes se sirvieron de augures, y, tras la expulsión de los reyes, no se hacía nada de interés público sin contar con los auspicios, tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra.” (Cicerón, De Adivinación, I, 2) 


El colegio se reunía en las nonas de cada mes. El cargo era vitalicio y no era incompatible con las magistraturas. Sus insignias eran la trabea - toga blanca adornada con bandas horizontales de púrpura y azafrán- el lituo (lituus) o bastón corto y curvo con el cual se practicaba la captación de los auspicios y que se guardaba en palacio y el aguamanil o capis.

“Ese báculo vuestro, que es el distintivo más ilustre de la función augural, ¿de dónde lo sacasteis? Con él, como se sabe, delineó Romulo las regiones en el momento de fundar la ciudad. Ese báculo de Rómulo (esto es, el bastoncito curvo y ligeramente torcido por la parte superior, que recibió este nombre por su parecido con un clarín de marcha) es, por cierto, el que, hallándose depositado en la Curia de los Salios, que está en el Palatino, fue encontrado intacto tras incendiarse ésta.”



Los libros augurales agrupaban reglas, reglamentos, formularios y decisiones ya falladas. La captación de los auspicios constituía el más alto privilegio concedido a los magistrados romanos, quienes, según su dignidad y clase, disponían de los auspicia maiora (magistraturas más importantes) o minora (magistraturas de menor categoría).

Los auspicios mayores son los que disfrutan los magistrados revestidos de imperium, que son entre los magistrados ordinarios: los cónsules y los pretores; y entre los extraordinarios: los dictadores y los magistri equitum. Y los auspicios menores, los magistrados que tienen únicamente la potestas, como la edilidad curul y la cuestura. Los censores ocupan una categoría intermediaria.

“Por ello, voy a transcribir del citado libro las palabras textuales de Mésala: “Los auspicios de los patricios están divididos en dos categorías. Los mayores corresponden a cónsules, pretores y censores. Empero, los de todos ellos tampoco son iguales entre sí, ni de la misma categoría, precisamente porque los censores no son colegas de los cónsules ni de los pretores, mientras que los pretores sí lo son de los cónsules. Por esta razón, ni cónsules ni pretores interfieren ni dejan en suspenso los auspicios de los censores, ni los censores los de los cónsules o pretores. En cambio, los censores entre sí y, a su vez, los pretores y cónsules entre sí, pueden oponerse y dejar en suspenso los auspicios. Aunque es colega del cónsul, el pretor no puede, según la ley, solicitar la elección de un pretor o de un cónsul, … En los tiempos actuales, cuando un pretor designa otros pretores, estamos ateniéndonos a la antigua tradición, y en tales comicios no intervenimos en la toma de los auspicios. No puede solicitarse la elección de los censores con los mismos auspicios que para los cónsules y los pretores. Los auspicios de los restantes magistrados son auspicios menores.” (Aulo Gelo, Noches Áticas, XIII, 15)



La clasificación, de los auspicios era de suma importancia en la práctica, porque regulaban los derechos respectivos de los diversos magistrados, cuando surgían conflictos de prevalencia entre ellos. Los auspicios menores cedían a los mayores y quedaban sin eficacia, aunque se hubiesen tomado primero.



Según las necesidades políticas, tantos los augures como los magistrados podían anunciar un resultado negativo, que bien podía significar aplazar el día destinado a los comicios, intentando aplazar lo más posible su celebración, o bien rechazar el nombramiento de un candidato no deseado. Por ejemplo, Cicerón cita la ocasión en que Marco Antonio se había opuesto a la elección consular de Dolabela, alegando auspicios contrarios y se negó a reconocerlo; pero, una vez muerto César, cambió de opinión y lo aceptó como colega.

"¡Qué discurso aquel sobre la concordia! ¡De qué gran miedo libraste al Senado y de cuánto sobresalto a la ciudad en aquel día, el primero en que quisiste, deponiendo toda enemistad y olvidando los auspicios que tú mismo como augur habías anunciado, que tu colega lo fuera realmente y además enviaste en rehenes y como prenda de paz a tu hijo menor al Capitolio!" (Cicerón, Filípicas, I, 31)

Por lo que respecta a los auspicia se distinguían dos tipos: los auspicia impetrativa (presagios solicitados) y los auspicia oblativa (presagios espontáneos). En cuanto a los segundos, el romano tomaba toda clase de precauciones para salvaguardar su libertad personal.

Tanto unos como otros podían ser de varias especies: signa ex caelo: el rayo o el trueno; signa ex avibus: comportamientos de distintos tipos de aves, signa ex tripudiis: forma de alimentación de los pollos sagrados, signa ex diris: presagios amenazadores, fortuitos y desfavorables, signa ex quadrupedibus: de diversos animales como el perro, el lobo, el caballo o el zorro.

En la época más antigua mayoritariamente se recurrió a los signa ex avibus, y los augures disponían de un catálogo de aves sobre las que observar los signos a tener en cuenta. Si solo se observaba el vuelo, las especies se llamaban alites y entre otras eran el buitre, el águila y el halcón. Si se atendía únicamente al canto, las especies se denominaban oscines y contaban entre ellas el cuervo y el búho. En caso de tener en cuenta el vuelo y el canto a la vez se observaba, por ejemplo, la oropéndola.



Si se trataba de alites, el augur debía prestar atención a la mayor o menor altura del vuelo, la dirección del vuelo y el lugar del cielo por donde aparecían.

En cuanto a las oscines, el augur atendía al tono de la voz, a la frecuencia del canto, a la mayor o menor intensidad o a la dirección (pues para que un canto fuera interpretado como un signo favorable debía venir de derecha a izquierda, aunque podía haber excepciones.

En los presagios deducidos del modo de comer de los pollos sagrados (que estaban bajo el cuidado especial de un pullarius en una jaula especial), se utilizaba al principio cualquier ave, pero con el paso del tiempo se limitó a la observación de estos pollos, traídos de Eubea, a los que daba para comer una torta especial (offa) y se observaba el apetito de los pollos y el sonido de los restos de comida al caer en el suelo. Si las aves se negaban a comer se consideraba nefasto, aunque por lo demás, cualquier animal con apetito era considerado, entre los romanos, signo de buen augurio.

“Porque es cosa necesaria que, cuando se le ofrece pienso a un pollo, se le caigan del pico unas miguitas al comer; sin embargo, decís que también es un tripudio pleno el que — según tenéis escrito — se produce cuando parte del bocado cae a tierra.”




La consulta se tenía en cuenta, pero si el resultado era negativo, la autoridad que había propiciado el auspicio podía decidir no aceptarlo y actuar en contra de lo aconsejado.

“Cuando Publio Claudio se disponía a emprender un combate naval durante las Guerras Púnicas, consultó los auspicios según la costumbre de sus mayores y, cuando el augur le anunció que los pollos no salían de su jaula, ordenó que fueran arrojados al mar diciendo: Puesto que no quieren comer, que beban.” (Valerio Máximo, Dichos y hechos memorables, Epítome, de Julio Paris, I, 4, 3)


Las acusaciones de engaño por parte de los augures venían por su capacidad de tener hambrientos o hartos a los pollos según el resultado perseguido.


"Durante el tercer relevo de la guardia, Papirio, recibida ya la carta de su colega, se levanta en silencio y manda al pulario a consultar los auspicios. No había en el campamento nadie, fuera quien fuese, a quien no embargase el afán de pelear; los más altos mandos y los soldados rasos estaban igualmente tensos; el jefe era testigo de la fiebre de los soldados, y éstos de la del jefe. Este enardecimiento general afectó también a los que asistían a la toma de los auspicios, pues como los pollos no comían, el pulario tuvo la osadía de falsear el auspicio y comunicar al cónsul un augurio de lo más favorable. El cónsul lleno de alegría hace saber a todos que el auspicio es excelente y que entrarán en acción con la aprobación de los dioses, y ordena que se dé la señal de combate. Casualmente, cuando salía ya al campo de batalla, un desertor le da la noticia de que veinte cohortes de los samnitas —eran alrededor de cuarenta— habían salido para Cominio. Con el fin de que su colega no desconociese este hecho envía al instante un mensajero y da orden de acelerar la marcha. A las tropas auxiliares les había asignado sus puestos y sus prefectos; puso al mando del ala derecha a Lucio Volumnio, al de la izquierda a Lucio Escipión, y al de la caballería a otros legados: Gayo Cedicio y Tito Trebonio; a Espurio Naucio le ordena que lleve los mulos, una vez quitadas las albardas, con tres cohortes auxiliares bordeando una elevación del terreno que estaba al alcance de la vista, y que desde allí aparezca en pleno combate levantando la mayor polvareda que le sea posible. Mientras el general se ocupaba de estas instrucciones, surgió un altercado entre los pularios a propósito del auspicio de aquel día y fue oído por unos jinetes romanos; éstos, persuadidos de que se trataba de algo que no debía ser tomado a la ligera, comunicaron al hijo de un hermano del cónsul que había dudas acerca de los auspicios. El joven, nacido antes de que se enseñara el menosprecio de los dioses, comprobó el hecho para no dar una información no contrastada y dio parte al cónsul.



Éste le replicó: «¡Muy bien, francamente, por tu valor y escrupulosidad! Ahora bien, el que asiste a una toma de auspicios atrae sobre sí el sacrilegio si informa en falso; a mí, la verdad, se me anunció el tripudium el auspicio más favorable para el pueblo romano y para el ejército.» Ordenó luego a los centuriones que colocasen a los pularios en primera línea. También los samnitas hacen avanzar a su vanguardia; detrás vienen las formaciones con sus armas decoradas, de suerte que el espectáculo es magnífico incluso para los enemigos. Antes de que se lanzara el grito de guerra y se produjera el choque, el pulario, alcanzado por una jabalina lanzada al azar, cayó delante de las enseñas. El cónsul, cuando se le informó de ello, dijo: «Los dioses asisten al combate; el culpable tiene su merecido.» Mientras el cónsul pronunciaba estas palabras, delante de él graznó con toda claridad un cuervo; el cónsul, satisfecho con este augurio, asegurando que nunca los dioses habían estado más presentes en una empresa humana, ordenó dar la señal de ataque y lanzar el grito de guerra". (Tito Livio, Ab urbe condita, X, 40)




El procedimiento habitual seguido por el augur para consultar los auspicios estaba establecido con unas normas en la que el oficiante se subía, si estaba dentro de la ciudad, a uno de los auguráculos que estaban en la parte más alta y desde allí sentado, con la cabeza cubierta y el lituo o bastón curvo sin nudos en su mano derecha, miraba hacia el sur; allí invocaba a los dioses y mentalmente trazaba una región de cielo en la que iba a hacer la observación (templum). Primero el augur dibujaba sobre el suelo un diagrama con su bastón curvo delimitando así las regiones y nombrando los hitos que la circundaban, tales como los árboles. Después la mirada del augur seguía la dirección que marcaban sus propios gestos abarcando con un golpe de vista la ciudad y el territorio situado más allá, lo contemplaba todo y de este modo unía los cuatro templa distintos en un gran templo único mediante la mirada y el gesto, que posteriormente encerraba en un cuadrado en el que señalaba un punto de referencia (la idea era siempre subdividir en dos el espacio que se tenía que escudriñar, cosa que se podía hacer hasta el infinito). Entonces pronunciaba la norma que anunciaba el asunto sobre el que se disponía a decidir e indicaba los incidentes que deberían interpretarse como prodigios. Por último, valoraba la aparición de signos conforme a las reglas de su ciencia: pedía a la divinidad que ofreciera claramente señales precisas dentro de los límites que había trazado para seguidamente enumerar los auspicios que se querían obtener.


Se consideraba de buen agüero que las aves aparecieran por la izquierda y todo lo contrario si aparecían por la derecha. Según Dionisio de Halicarnaso esto se debe sencillamente a un factor de comodidad, pues es más útil para los que están sentados mirar al este, que es por donde se produce la salida del sol, la luna, las estrellas y los demás planetas, y cuya izquierda es la parte que mira al norte.




El augurium salutis consistía en una ceremonia en la que se preguntaba a la divinidad si permitía que se rogase por la salud del pueblo romano. Constaba de dos partes: el augurium, propiamente dicho, que tenía por objeto conocer si los dioses autorizaban a que se pidiera por la salud del pueblo romano y la precatio o plegaria por la salud del pueblo romano.

“Es una forma de adivinación con la cual se busca si Dios quiere que se pregunte por la salud del pueblo, como si fuese una impiedad dirigir tal plegaria sin haber tenido antes el permiso”. (Dión Casio, Historia romana, XXXVII, 24, 1).

El augurium salutis se podía cumplir sólo si no existían en curso guerras, ni civiles ni internas.

“El augurium salutis no se celebraba: en efecto, aparte del hecho de que era muy difícil para ellos fijar con precisión un día exento de peligros de todo tipo, hubiese sido absurdo, expuestos a procurarse en las guerras civiles enormes daños y destinados, sea como victoriosos o como derrotados, a sufrir, que hiciesen al dios una petición de bienestar.” (Dión Casio, Historia romana, XXXVII 24, 2-3).

La celebración del augurium fue haciéndose cada vez más rara dado que a las guerras externas afrontadas por Roma se sumaron desde el inicio del siglo I a.C. a las guerras civiles. En el año 63 a.C., meses antes de que la célebre conjura de Catilina fuera descubierta (siendo Cicerón cónsul, pero no todavía augur), el augurium salutis tuvo un sentido desfavorable —y probablemente la plegaria no llegó a pronunciarse — como testimonia el texto de Dión Casio:



"En aquel tiempo los romanos tuvieron, en aquella parte del año, una pausa en las guerras, tanto que pudieron celebrar el llamado augurio de la salud abandonado durante largo tiempo... Ellos, de todas formas, pudieron celebrar aquella fiesta del augurio: no fue, sin embargo, regular, porque volaron ciertas aves infaustas. Por este motivo la repitieron. Y fueron observados otros infaustos presagios: cayeron del cielo sereno muchos rayos, la tierra tembló fuertemente. Aparecieron en muchos lugares espectros de hombres y antorchas de fuego se elevaron hacia el cielo desde el Occidente, de forma que cualquiera, incluso un profano, habría podido entender con anticipación qué tipos de acontecimientos anunciaban estos signos." (Historia romana XXXVII, 24, 1-25, 2).

Los auspicia salutis se celebran repetidamente sólo bajo el principado de Augusto (y de su sucesor Tiberio), cuando la celebración de este particular rito augural (rescatándola del olvido) formaba parte de la propaganda oficial de la célebre pax augustea.



El silencio impuesto en la toma de auspicios, es decir, durante la observación del vuelo de las aves del que se desprendían la voluntad de Júpiter se conocía como el silencio augural. Se trataba de un estado de absoluta e impeturbada tranquilidad, necesaria para el cumplimiento del acto y constituía una condición indispensable para la validez de la observación de los signos. Es, pues, un silentium absoluto, un verdadero silencio.

Silentio surgere, dice [Verrio Flaco], se usa hablando de un hombre que, después de medianoche, se ha levantado silenciosamente del lecho para tomar los auspicios y, abandonando el lecho, se ha puesto y está sentado sobre una silla maciza, cuidando bien (?) hasta que haya regresado al lecho, de no arruinar nada durante todo este tiempo: porque silentium es la ausencia de todo aquello que pueda viciarlos.” (Fest. 438 L)

En caso de que el silencio no hubiera sido observado, como prescribía la doctrina augural, se incurría en un vitium y, como cualquier otra transgresión de una norma ritual, en un pésimo presagio que los dioses no dejaban de advertir mediante graves prodigios. Se debía, pues, constatar el silentium prestando atención a todo hecho imprevisto que anulara la observación augural.

Los actos de la vida pública romana no podían considerarse legítimos si antes de su realización no se habían consultado los auspicios. El imperator buscaba el beneplácito de los dioses, también fuera de los límites sagrados del pomerium, donde se hallaba en posesión del imperium militiae, inseparable del derecho de auspicios, por el que tenía capacidad para solicitar que se interpretase la voluntad de los dioses.


“¿Qué puede haber más profético que aquel auspicio que se encuentra en tu Mario (por servirme preferentemente de tu autoridad)?
Entonces, de pronto, la alada compañera de Júpiter altisonante,
lastimada por la mordedura de una serpiente, se yergue
sobre el tronco del árbol y atraviesa con fieras garras a la culebra,
que, casi exánime, cimbrea poderosamente su cuello multicolor,
desgarrándola, mientras se retuerce, y haciendo brotarla sangre con su pico;
ya saciado su espíritu y habiendo ya vengado el duro dolor,
arroja a la exhalante culebra, deja caer sus trozos sobre el agua,
y toma, desde donde el sol se pone, hasta el brillante orto.
Cuando a ésta, que con raudas alas se deslizaba volando,
divisó Mario, augur del divino numen,
y hubo advertido éste los faustos signos de su ensalzamiento y regreso,
el propio padre del cielo resonó por el lado izquierdo.

Así es como Júpiter refrendó el ilustre presagio del águila.” (Cicerón, De Adivinación, I, 46)


Las practicas adivinatorias tenían una estrecha relación en la antigua Roma con la vida y las decisiones políticas en las que el derecho augural cumplía un papel fundamental en la constitución de las leyes y las funciones del gobernante. Antes de las Guerras Civiles, las leyes se ajustaban a la vida religiosa de la ciudad y eran respetadas por tradición.

“Al oír el nombre de Numa, los senadores romanos, a pesar de estimar que el poder basculaba hacia los sabinos si el rey era elegido de entre ellos, no se atrevieron, sin embargo, a anteponerse a sí mismos ni a otro de su partido ni a nadie, en fin, de los senadores o de los ciudadanos a un hombre semejante; todos unánimemente deciden que la monarquía debe recaer en Numa Pompilio. Reclamada su presencia, lo mismo que Rómulo, se hizo cargo del poder previa toma de los augurios para fundar la ciudad, y dispuso que, también, acerca de su persona, se consultara a los dioses. A continuación, conducido a la ciudadela por un augur, cargo que, en adelante, tuvo oficialmente de modo permanente esta función honorífica—, se sentó en una piedra de cara al mediodía. Tomó asiento a su izquierda el augur con la cabeza cubierta, sosteniendo con la mano derecha un bastón curvo sin nudos al que llamaron lituus. Acto seguido, después de abarcar con la mirada la ciudad y el campo y de invocar a los dioses, trazó mentalmente una línea que separaba el espacio de Oriente a Occidente y declaró que la parte de la derecha correspondía al Sur y la parte de la izquierda al Norte; enfrente, todo lo lejos que podía alcanzar la vista, fijó mentalmente un punto de referencia. Entonces, cambiando el lituus a la mano izquierda e imponiendo la derecha sobre la cabeza de Numa, hizo esta súplica: «Padre Júpiter, si las leyes divinas permiten que Numa Pompilio, aquí presente, cuya cabeza yo estoy tocando, sea rey de Roma, danos claramente señalo les precisas dentro de los límites que he trazado.» Seguidamente enumeró los auspicios que quería obtener. Conseguidos éstos, Numa fue declarado rey y descendió del recinto augural.” (Tito Livio, Ab urbe condita, I, 18)




La adivinación estuvo presente en Roma desde su fundación por Rómulo, quien también era un excelente augur, siéndolo también sus sucesores, aun expulsados los reyes. Se consideraba un arte enseñado por sabios, transmitido para la posterioridad y fundamental para el bienestar de la ciudad, y no se emprendía negocio público relativo a la paz o a la guerra sin observar los auspicios.

Los augures del Estado interpretaban los designios de Júpiter Optimo Máximo, observando sus anuncios en el cielo y en la tierra. Igualmente se interpretaban los acontecimientos que habían de suceder por medio de presagios y auspicios, ligados a las consultas de carácter agrario (plantación y viñedos en favor del pueblo), político (decisiones de Estado), bélico (acciones de guerra), entre otras.

“Los augures del Estado, intérpretes de Júpiter Optimo Máximo, que vean los acontecimientos que han de suceder en los presagios y en los auspicios; ellos deben conservar la disciplina tradicional, que los sacerdotes observen los augurios en relación a los viñedos y las plantaciones de mimbre para el bien del pueblo. Que los que vayan a emprender acciones de guerra o asuntos de Estado sean informados previamente por los auspicios, y a ellos obedezcan. Que prevean el enojo de los dioses y obedezcan sus deseos, que distingan en qué parte del cielo ha estallado el rayo. Que la ciudad, los campos y los pueblos mantengan libres y consagrados. Y que todo lo que el augur declare injusto, nefasto, defectuoso y abominable sea nulo y como no sucedido, y quien no obedezca a los augures sea culpado de delito capital.” (Cicerón, De las leyes, 2, 21)



En el periodo Augustal como veremos a continuación se consolidó la tendencia que en el siglo I a.C. había comenzado con Mario de resaltar los prodigios individuales, que estaban asociados al culto a la personalidad y al caudillismo que intentaron imponer quienes detentaron el poder, encontrando con Augusto la máxima expresión de síntesis entre propaganda que legitimaba y revitalizaba las e tradiciones republicanas casi perdidas, ya que Augusto buscaba ser considerado un restaurador y un refundador de la propia Roma.


“Cierto día que estaba comiendo en un bosque situado a cuatro millas de Roma, en el camino de Campania, un águila le arrebató el pan, remontó el vuelo hasta perderse de vista, y descendió luego suavemente a devolvérselo”. (Suetonio, Augusto, XCIV)

Este prodigio contado por Suetonio y datado hacia el año 55 a.C., en el que un águila toma y después devuelve un trozo de pan de la mano del joven Octavio, simboliza la representación de Augusto, como un soberano que sustenta a su pueblo.



En la ciudad, eran pocas las acciones y hazañas emprendidas sin antes consultar a los augures, aun cuando su utilización se fue perdiendo con el tiempo, consultándose las entrañas o el vuelo de aves, siendo incluso llevadas a cabo entre los antiguos por quienes ejercían negocios públicos, llegando a ser durante el periodo republicano, desempeñado por sus gobernantes:

“Generalmente, los mismos que ostentaban el poder entre los antiguos ejercían los augurios, pues, del mismo modo que consideraban la sabiduría como algo propio de reyes, así también el poder de adivinar. Da testimonio de ello nuestra ciudad, en la que los reyes fueron augures, y en la que, después, particulares revestidos de esa misma función sacerdotal dirigieron el Estado, gracias a la autoridad que les confería la religión.” (Cicerón, I, 40)

Plinio recuerda el respeto de Trajano hacia la forma más importante de adivinación oficial: los auspicia. Plinio dice que, cuando salía de su palacio no le obstaculizaba el paso el aparato que rodea a un príncipe ni el alboroto de guardias personales, “tan sólo se detenía en la puerta para consultar los auspicios de las aves y respetar las advertencias de los númenes”. (Panegírico, 76, 7)

Trajano, a pesar de su carácter y pensamiento estoico, se vio obligado a cumplir con los viejos ritos etruscos y latinos dado, sobre todo, que quienes los practicaban públicamente trataban de que el emperador quedara sometido al mos maiorum.

Columna de Trajano

 El nombramiento de Plinio el joven como augur demuestra que Trajano primaba la lealtad en un nuevo augur, sobre todo teniendo en cuenta que dicho sacerdocio debía determinar si existían las condiciones necesarias para el ejercicio de los asuntos públicos, pues un augur podía llegar a paralizar la justicia, los negocios públicos o la acción política. 

El príncipe no otorgaba directamente ni las magistraturas ni los sacerdocios, sino que proponía al Senado y a los colegios sacerdotales a los candidatos que consideraba más dignos de ser elegidos. Ello no aseguraba el nombramiento, pero los elogios dedicados por el príncipe a cada uno de los candidatos permitían conocer cuál era su preferido.

“Me has felicitado por haber recibido el honor del augurado; con razón me has felicitado, en primer lugar, porque es hermoso merecer la opinión favorable de un príncipe tan digno incluso en los temas más insignificantes; en segundo, porque el propio sacerdocio no solo es antiguo y venerable, sino el más sagrado y distinguido, porque se conserva durante toda la vida.” (Plinio, Epístolas, IV, 8)



Se consideraba que las mujeres no eran capaces de interpretar los presagios por lo que no se les permitía acceder al colegio de augures, ni tener parte en la toma de auspicios. Sin embargo, en el caso de la emperatriz Livia, se le dejó hacer la interpretación de un augurium.

“En Nerón se extinguió la dinastía de los césares; este acontecimiento lo habían anunciado varios presagios, y especialmente dos, con mucha más evidencia que los otros. En efecto, poco después de su boda con Augusto iba Livia a su casa de Veyes, cuando un águila, que volaba por encima de ella, dejó caer sobre sus rodillas una gallina blanca que acababa de apresar, la cual tenía todavía en su pico una rama de laurel. Dio esta gallina tantos pollos, que la casa recibió el nombre, que conserva aún, de las gallinas, y la planta se desarrolló tan prósperamente que en lo sucesivo cogieron de ella los césares los laureles para sus triunfos, aunque cuidando siempre, una vez terminada la ceremonia, de volver a plantarlos en el mismo sitio.

Poco antes de la muerte de cada emperador, el arbusto plantado por él se marchitaba y durante el último año del reinado de Nerón la planta se secó hasta las raíces y perecieron todas las gallinas. Poco después cayó un rayo sobre el palacio de los césares, cayeron a la vez las cabezas de todas las estatuas y a la de Augusto le fue arrancado el cetro de los romanos.” (Suetonio, Galba, I)



Del texto de Suetonio se desprende que Livia interpretó el signo favorablemente, por lo cual ordenó criar la gallina y cultivar el laurel. Según Dión Casio, Livia estaba destinada a tener en su regazo el poder de César y a dominarlo todo. El incidente debería ser, entonces, considerado como un augurium, es decir, una manifestación de la voluntad divina, esta vez a través de las aves.

Sin embargo, no fue Livia la primera mujer en Roma que interpretó una señal de los dioses tan venturosa. En el caso del rey Tarquinio Prisco es su esposa, de origen etrusco, la encargada de pronosticar el futuro de su esposo. 

La historia de este rey comienza previamente a su acceso al trono. Hijo de un exiliado griego, Tarquinio se sintió despreciado por sus conciudadanos, por lo que abandonó su patria etrusca y se dirigió a Roma llevando consigo familia y riquezas. Cuando ya tenía la ciudad a la vista, en el monte Janículo, un águila descendió sobre su cabeza y le arrebató el sombrero, y tras revolotear por encima emitiendo gritos, lo devolvió a su lugar. Su esposa, Tanaquil, experta en cuestiones de adivinación, interpretó tan extraño suceso como un presagio de realeza en el que Tarquinio estaba destinado por los dioses al cumplimiento de grandes empresas. Al ser la divinidad la que envía las señales, el hombre no puede eludir su designio, es decir, la voluntad divina justifica la entronización posterior de Tarquinio.

“Como los etruscos despreciaban a Lucumón por ser hijo de un exiliado, de un forastero, ella no pudo soportar la humillación y, dando de lado a la innata querencia a la patria con tal de ver a su marido cubierto de honores, tomó la determinación de emigrar de Tarquinios. Roma le pareció lo más indicado para su objetivo: «en un pueblo nuevo donde toda la nobleza es reciente y, por méritos, habrá un sitio para un hombre de arrestos y de empuje; fue rey Tacio, un sabino; a Numa se le hizo venir de Cures para hacerlo rey, y Anco es hijo de madre sabina y no posee más nobleza que la imagen de Numa». Convence fácilmente a aquél, ambicioso y para el que Tarquinios era sólo la patria de su madre, y tomando sus bártulos emigran a Roma. Casualmente, al llegar al Janículo, un águila desciende suavemente planeando con las alas extendidas y le quita el gorro a Lucumón, que iba sentado en el carro al lado de su esposa, y, revoloteando por encima del carro con agudos chillidos, lo vuelve a colocar como es debido en su cabeza, como si cumpliese una misión divina; después se perdió en las alturas. Dicen que Tánaquil recibió el presagio con alegría, por ser mujer entendida en agüeros celestes, como lo son en general los etruscos. Abrazando a su marido, lo anima a concebir grandes y profundas esperanzas, basándose en la clase de ave que ha venido, en la región del cielo y en el dios del que es mensajera; en que ha hecho el presagio sobre la parte más elevada del cuerpo; en que ha tomado en vilo el adorno de la cabeza de un hombre, para volvérselo a colocar por mandato divino. Abrigando tales esperanzas y pensamientos entraron en Roma, adquirieron una vivienda y dieron como nombre de Lucumón el de Lucio Tarquinio el Antiguo”. (Tito Livio, Ab urbe condita I, 34)



Los propietarios romanos intentaron mantener a sus esclavos alejados de la adivinación para que no alimentasen vanas esperanzas en cuanto a su posibilidad de libertad. Catón prohibió al vilicus o capataz de su hacienda consultar a los arúspices, augures, y astrólogos. Y Columela advierte que el esclavo no debería hacer sacrificios sin orden del amo, quizás para apartarle de las prácticas adivinatorias.

Los dueños de esclavos nunca aprobaron las dotes adivinatorias de sus esclavos, a las que se consideraban defectos del espíritu, sin duda por considerarlas peligrosas. Los esclavos vivieron al margen de la adivinación que podríamos llamar “oficial”, es decir, de la de augures, decenviros y arúspices. En cambio, en los estamentos sociales más altos, incluido el emperador, las artes adivinatorias formaban parte del bagaje cultural del hombre de la época.

Algunos autores afirmaban que la participación de esclavos en ciertos ritos constituía un escándalo que era necesario expiar y la única relación que había de los siervos públicos con los augures era su presencia como auxiliares.



Un texto de Suetonio manifiesta que el emperador Claudio, restableciendo una práctica caída en desuso, decretó que si se veía en el Capitolio un ave de mal augurio se efectuase una obsecratio cuyo texto sería leído por él mismo (como pontífice máximo) no sin antes haber ordenado que se alejasen todos los trabajadores y esclavos.

“En Roma y fuera de ella, reformó Claudio, o restableció o instituyó, muchos usos relativos a las ceremonias religiosas, a las costumbres civiles o militares, a los derechos de los diferentes órdenes del Estado; nunca añadió un miembro nuevo al Colegio de los pontificios sin prestar al mismo el juramento acostumbrado. Cuando ocurría en Roma algún terremoto, se preocupaba siempre de hacer anunciar por el pretor, a la multitud reunida, fiestas expiatorias: si aparecía en la ciudad o en el Capitolio un ave de mal agüero, ordenaba preces públicas, como pontífice máximo, desde lo alto de los Rostros y en presencia de todo el pueblo convocado, después de haber hecho alejar a los esclavos y operarios, pronunciaba él la primera fórmula.” (Suetonio, Claudio, XXII)


En tiempo de Catón el Censor se recurría a los auspicios en las casas particulares. Y en Ia época imperial existían aún los nuptiarum auspices, que intervenían con sus presagios en las bodas. Los textos en general no dicen de qué clase de signos se trataba. Entre estos signos se encontraba la observación de las aves, mencionada por Cicerón, que conoce la antigua costumbre de recurrir a las aves.
"Antaño, casi ningún asunto importante se emprendía sin contar con los auspicios, ni aunque fuera de carácter privado, como incluso hoy reflejan los augures en las bodas, quienes, una vez perdida ya su función, se limitan a conservar su nombre. Pues, así como hoy suele impetrarse por los asuntos importantes mediante las entrañas (aunque también esto bastante menos que en otros tiempos), así solía hacerse por entonces a través de las aves. Y, de esta manera, al no buscar aquello que nos es favorable, vamos incurriendo en lo malo e infausto." (Cicerón, De Adivinación, I, 6)



En la época de Plauto los prodigios y augurios parecen haber formado parte de la vida cotidiana y tenido gran influencia al ser tenidos en cuenta a la hora de emprender un negocio o participar en cualquier actividad, incluso si esta consistía en un engaño o en un delito con un escarmiento para los implicados.

Líbano ¡Caray!, de verdad, Líbano, ahora es mejor despabilarse e inventar alguna estratagema para hacerse con el dinero. Ya hace mucho que dejaste al amo y te fuiste a la plaza, para urdir algún engaño para encontrar el dinero. Allí te has pasado todo el rato hasta ahora dormitando sin dar golpe; venga, sacude esa indolencia, fuera con esa dejadez, vuelve otra vez a tu ladina condición de siempre; ayuda a tu amo, no hagas como suelen la mayoría de los esclavos, que no son listos más que para engañarle. Pero, ¿de dónde lo voy a sacar?, ¿a quién birlárselo?, ¿a dónde dirigir mi embarcación! (Mirando al cielo.) Ya tengo los augurios y los presagios: las aves permiten cualquier dirección: el pájaro carpintero y la corneja por la izquierda, el cuervo y el quebrantahuesos por la derecha me alientan de consuno; desde luego que estoy dispuesto a haceros caso. Pero, ¿qué significa eso de que el picoverde golpea el olmo? Seguro que no es una casualidad. Por lo menos, según lo que yo deduzco del augurio del picoverde, hay vergajos preparados o para mí o para Sáurea, el mayordomo. Pero, ¿por qué vendrá ahí Leónidas corre que corre jadeando de esa forma? Eso me inquieta, viene por la izquierda, mal agüero para mis proyectos de engaño". (Plauto, Asinaria, II, 1)



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Mitología universal: historia y explicación de las ideas religiosas y teológicas; Gaspar y Roig, ed. Google Books
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http://scholarcommons.usf.edu/etd/537/; Electoral abuse in the late Roman Republic; Howard Troxler

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