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lunes, 23 de junio de 2025

Convivium, cena con espectáculo en la antigua Roma

En casa de Lúculo, pintura de Gustave Boulanger

“Que manteles más blancos que la nieve se extiendan sobre la mesa redonda y que esta se cubra con laurel, hiedra y pámpanos. Apilad grandes cestos con codeso y azafrán, crisantemo salvaje y casia, aligustre y caléndula; adornad el aparador y el lecho con guirnaldas de dulce aroma. Que perfumen tu desordenado cabello con suave bálsamo; que el incienso de Arabia humee hasta el alto techo. Con la noche, que muchas luces cuelguen del brillante techo, que cada lámpara arroje solo llama de bálsamo de Oriente. Que los sirvientes carguen sobre sus hombros viandas dignas de reyes, con sus cuellos doblados por la plata ricamente cincelada. Que se mezcle nardo con vino de Falerno en tazas, copas y jarras; que coronas de rosas cubran trípodes y copas. Pisaremos donde se balancean guirnaldas de muchas jarritas de ungüentos; en círculos laberínticos nuestros miembros lánguidos conocerán el entretenimiento; Por el paso, por la vestimenta, por la voz, cada uno interpretará la temblorosa Ménade. Que Corinto, la que se asienta entre dos mares envíe sus citaristas entrenados en las mejores escuelas para el canto y la danza. Que sus armoniosos dedos acompañen sus melodiosas voces, dejado el plectro a un lado, y hábilmente recorran las cuerdas que recobran vida con su toque.

Danos, también, la flauta de bronce amada del desnudo sátiro; danos tocadores de flauta de sonido profundo para nuestro coro, los cuales soplarán aire a los tubos desde sus carrillos hinchados.

Danos canciones para el trágico coturno y para el cómico zueco; danos la elocuencia de retores y la melodía de poetas, de cada uno lo mejor.”  (Sidonio Apolinar, Epístolas, IX, 13)

En el texto anterior Sidonio Apolinar describe de forma lírica un banquete celebrado entre las élites romanas en el que se incluyen entretenimientos musicales y poéticos.

Fiesta de cumpleaños de Herodes, Pintura de Edward Armitage

En la antigua Roma la hora de la cena llegaba a la caída de la tarde cuando se cerraban los negocios, las actividades laborales, y las estancias en las termas, a la hora octava en invierno y a la hora nona en verano. En un principio para que una cena se considerase decente debía darse por terminada antes de que fuese noche cerrada, aunque la hora en que se terminaba de cenar dependía de que se tratara de una cena sencilla o de un banquete.

“Pues el rico, cuando cena solo con su mujer o con sus allegados, no pone cuidado en mesas de limonero ni en copas de oro, sino que usa lo que tiene a mano, su mujer no lleva oro ni púrpura, se presenta sencilla. Pero cuando se celebra un banquete, esto es, cortejo y teatro, se introduce también el drama de la riqueza:

Saca de las naves lebrillos y trípodes

se agotan los estantes de las luces, se cambian las copas, se cambian las vestimentas de los coperos, todo se mueve, oro, plata, vajilla incrustada de piedras preciosas, confesando que se es rico para otros. Pero se necesita templanza, ya se cene solo, ya se dé una gran fiesta.” (Plutarco, Sobre la riqueza, Moralia, 528b)

Foto Stefano Bianchetti

En las cenas de la mayor parte de la población los comensales serían los miembros de la familia y quizás algún allegado o amigo cercano, pero con la relajación de costumbres en la sociedad romana favorecida por la prosperidad económica, los ciudadanos más acomodados se convertirían en anfitriones de convites en los que se pretendía disfrutar de una diversión amena y renovar lazos sociales con los invitados.

“El comensal viene a participar no sólo de manjares, vino y golosinas, sino también de conversaciones, esparcimientos y afabilidad que acaban en estima.” (Plutarco, Moralia, 660B)

Ya entre las civilizaciones más antiguas era habitual celebrar una comida principal al día en la que los comensales se reunían para compartir los alimentos, relacionarse socialmente mientras mantenían animadas conversaciones y disfrutar de entretenimientos variados. A este momento los griegos lo llamaban symposion (beber en común), porque lo esencial era el consumo del vino, pero los romanos lo llamaron convivium, porque lo relevante de la cena era la convivencia, el acto de reunirse los comensales para comer y hablar de temas literarios, políticos o filosóficos de forma civilizada, y, a veces, disfrutar de entretenimientos ligeros.


Así, por ejemplo, en las cenas ofrecidas por el emperador Trajano se podía tener una cena frugal con conversaciones y entretenimientos tranquilos como la descrita por Plinio.

“Ya ves en qué honrosas y en qué dignas ocupaciones empleábamos estos días. Las sesiones del Consejo venían seguidas de las distracciones más encantadoras. Todos los días éramos invitados a cenar. Los platos eran frugales, teniendo en cuenta que nuestro huésped era el Príncipe. En ocasiones éramos deleitados con actuaciones de todo tipo, otras veces la noche transcurría en medio de las más deliciosas conversaciones. El último día, cuando ya nos íbamos, se nos entregaron diversos presentes, tan atento y bondadoso es nuestro César." (Plinio, Epístolas, VI, 31)

El convivium se convirtió en una parte importante de la vida social y cultural en la antigua Roma que proporcionaba la oportunidad de socializar, conversar sobre temas de interés común y participar como espectadores de diversos entretenimientos como actuaciones musicales o recitales poéticos. Pero, según la forma de ser del anfitrión, su estatus o su riqueza, la cena podía convertirse en una voluptuosa comilona o en un ejemplo de afectividad y sosiego.

Banquete romano, pintura de Pierre Olivier Joseph Coomans

Plinio relata la relajada vida del anciano Espurina en su villa disfrutando de la compañía de sus amigos y cómo una cena entre gente de igual condición se desarrollaba de forma cordial y sin gran derroche:

“Inmediatamente después de bañarse, se acuesta, dejando la cena para un poco más tarde… Durante todo ese tiempo sus invitados tienen entera libertad para hacer lo mismo o cualquier otra cosa, si así lo prefieren. La cena es tan exquisita como sencilla, y se sirve en una vajilla de plata sin grabados y de gran antigüedad. Los comensales tienen también a su disposición copas de bronce de Corinto, que son muy apreciadas por Espurina, sin que se deje llevar por una pasión excesiva por ellas. Con frecuencia, entre plato y plato se intercala alguna pieza cómica a fin de que también los placeres puramente físicos se vean aderezados por el ejercicio intelectual. La cena se prolonga siempre un poco después del anochecer, incluso en verano. Sin embargo, a nadie le resulta larga en exceso, pues transcurre en todo momento en medio de una gran afabilidad.” (Plinio, Epístolas, III, 1)

Mosaico de Tzipori, Israel

Para que un banquete convivial se considerase aceptable se prefería que los convidados fueran amigos o conocidos que compartiesen intereses comunes, que la hora y el lugar en el que se celebrase fueran adecuados, que no se diese a una hora intempestiva, que el lugar fuese agradable y cómodo, que la comida estuviese bien cocinada, pero sin extravagancias y los entretenimientos hiciesen disfrutar a los convidados, sin causar disgusto o aburrimiento.

“No sé si Febo huyó de la mesa y de la cena de Tiestes, pero nosotros Ligurino, huimos de la tuya. Es ella abundante y abastecida de exquisitos manjares, pero nada en absoluto me gusta cuando tú estás recitando. No quiero que me pongas rodaballo ni un salmonete de dos libras, tampoco quiero hongos boletos, no quiero ostras: ¡cállate!” (Marcial, Epigramas, III, 45)

Ilustración Sedeslav

Con el tiempo la propia presentación de los platos de la cena llegó a convertirse en una forma de entretenimiento más, pues aparecía ante los convidados como un espectáculo gastronómico, en el que los platos llegaban a la mesa de forma llamativa con el objeto de impresionar a los invitados y mostrar el poder económico y social del anfitrión.

El ejemplo más característico es la sucesión de platos relacionados con los doce signos del zodiaco que ofrece Trimalción a sus invitados, y, que pese a representar una cena ficticia, deja constancia de la extravagancia que algunos anfitriones podían exhibir durante las cenas de la época.

“A la oración fúnebre siguió una bandeja cuyo tamaño no respondía a nuestra expectación; su originalidad atrajo, no obstante, todas las miradas. Era una bandeja circular y tenía representados a su alrededor los doce signos del zodíaco; sobre cada uno de ellos, el artista había colocado el especial y adecuado manjar: sobre Aries, garbanzos, cuya forma recuerda la testuz del borrego; sobre Tauro, carne de ternera; sobre Géminis, testículos y riñones; sobre Cáncer, una diadema; sobre el León, un higo chumbo; sobre Virgo, la ubre de una cerda que no había criado; sobre la Libra, una balanza que de un lado tenía una torta y del otro una tarta; sobre Escorpión, un pescadito de mar; sobre Sagitario, una liebre, sobre Capricornio, una langosta; sobre Acuario, una oca; sobre Piscis, dos barbos.” (Petronio, Satiricón, 35)

Simposio, pintura de Anton von Werner

El momento de la cena llegó a considerarse en la sociedad romana un acto social, en el que ofrecer platos exóticos y sofisticados y proporcionar entretenimientos variados implicaba para el anfitrión ser diferente y estar bien considerado por su interés en complacer a sus invitados. Esto llevaba a una excesiva ostentación y falta de moderación, por lo que en las cenas donde la intención era aparentar y derrochar, no solo los platos servidos constituían un espectáculo, sino que la calidad del vino ofrecido, las vajillas en que se servían los alimento y bebidas, los perfumes con los que se rociaban a los comensales y las coronas de flores que estos lucían resaltaban un ambiente de suntuosidad y sensualidad que convertían la cena en un espectáculo placentero.

"Sirvieron en vajilla de oro como manjares lo que había producido la tierra, el aire, el piélago y el Nilo, lo que un lujo frenético por una vana ambición había buscado en todo el mundo, sin que lo ordenase el hambre. Pusieron gran cantidad de aves y fieras, que son divinidades en Egipto, y el cristal ofrece aguas del Nilo para las manos y grandes copas adornadas con piedras preciosas reciben el vino, pero no de uva mareótide, sino un generoso falerno al que, a pesar de su aspereza, en pocos años Méroe proporcionó vejez, obligándolo a fermentar. Reciben coronas entretejidas con flores de nardo y con rosas que nunca faltan y derramaron sobre sus cabelleras humedeciéndolas abundante cinamomo, que todavía no se había evaporado en el aire de aquel país extranjero y no había perdido el aroma de su tierra, y amomo recién traído de una mies vecina." (Lucano, Farsalia, 10)

Pintura pompeyana, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

Sin el néctar de Baco y Dionisos no se podría entender la institución de la comissatio, final del convivium romano, cuando se realizaban libaciones para obtener el favor de los dioses. En ese momento las mesas se apartaban tras la finalización de la cena y teniendo los comensales puestas sus coronas de flores, lanzaban los dados y el que obtenía la mayor puntuación era nombrado magister bibendi, el cual decidía cómo mezclar el vino y el agua, fijaba las normas para beber y debía contener los excesos en lo concerniente a la bebida para que la celebración discurriera con normalidad y no se ofendiera la hospitalidad del anfitrión, por lo que decidía las penas por no cumplir con las normas establecidas, pues para disfrutar del convivium, había que beber solo lo suficiente para perder la inhibición y estimular una conversación relajada.

“Mas, por la tarde, a la hora de cenar, debe tomarse vino, ya que no nos dedicamos a la lectura de ciertos pasajes que requieren una especial sobriedad. En este momento, la atmosfera es más fresca que durante el día, de suerte que es preciso suplir el calor natural que disminuye por uno de fuera, es decir, tomando vino en escasa cantidad; pues no conviene ir "hasta la copa del exceso.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo)


El magister era el único cualificado para señalar el número de copas que habían de beberse, la cantidad de vino que había que escanciar en cada copa, y, sobre todo, el modo de beberlas: haciendo rondas que comenzaban por el invitado de honor, bebiendo todos al tiempo y pasando llena la copa que cada cual acababa de vaciar con un deseo de buen augurio o brindando a la salud de uno de ellos con tantas copas como letras tenía en su tria nomina de ciudadano romano o el nombre de su amante.

“Levia celébrese con seis ciatos, con siete Justina, con cinco Licas, Lide con cuatro, Ida con tres. Que todas las amigas sean enumeradas por el falerno escanciado, y puesto que no viene ninguna, llégate tú a mí, Sueño.”  (Marcial, Epigramas, I, 71)

No siempre se cumplían estas normas, como describe Horacio en una sátira, ya que, encontrándose en su finca sabina, se siente más relajado y a gusto por no tener que las reglas en cuanto a la comida y la bebida en otros hogares, por ejemplo, de la misma ciudad de Roma.

“¡Oh noches y cenas divinas, en las que como con los míos ante mi propio hogar, y a los traviesos esclavos nacidos en casa les doy un bocado de cuanto yo pruebo! Al gusto de cada cual, vacían los comensales copas dispares, libres de leyes absurdas: el que es un valiente, las toma bien fuertes, y otro gusta más de remojarse con tragos ligeros.” (Horacio, Sátiras, II, 6, 65)

Imagen Look and Learn

También en esta parte de la cena se hacía entrega, según una costumbre de las clases más altas, de los regalos a los invitados o apophoreta, nombre de la etiqueta que llevarían los obsequios ofrecidos por el anfitrión, y cuyo valor variaba en función de la suerte de cada uno.

“Este bloque, que está formado por múltiples hojas, contiene para ti los quince libros de poemas de Nasón.” (Marcial, Epigramas, XIV, 192 Las “Metamorfosis” de Ovidio en pergamino)

Augusto organizaba subastas de objetos que podían ser de poco valor o piezas de colección, como entretenimiento durante la comissatio.

“Solía también poner a la venta, en el transcurso del banquete, lotes de objetos de lo más dispar, así como cuadros vueltos del revés, y frustrar o colmar las esperanzas de los compradores según el capricho del azar, haciendo que en cada lecho se organizara una subasta y que se comunicaran las perdidas o las ganancias.” (Suetonio, Augusto, 75)

Fiesta de Saturnalia, pintura de Roberto Bompiani

Entre las clases acomodadas era frecuente ofrecer a los invitados espectáculos variados como representaciones teatrales (mimos y atelanas), actuaciones de acróbatas o músicos y danzas de todo tipo.

“Exhibió durante sus banquetes tragedias, comedias, atelanas; a tañedores de sambucas, a lectores y poetas, de acuerdo siempre con las circunstancias.” (Historia Augusta, Adriano, 26. 4)

Arpista. Museo del Louvre. Foto Samuel López
(Exposición Músicas en la Antigüedad, CaixaForum, Madrid)

Los anfitriones más austeros y moderados recurrían a lecturas, narraciones históricas, recitales poéticos o musicales, e, incluso, pequeñas piezas teatrales, entretenimientos en los que solían intervenir los propios esclavos de la casa.

“Mientras ceno, si estoy acompañado de mi esposa o de algunos amigos, me hago leer un libro; y después escuchamos una comedia o algo de música; después doy un paseo con los míos, en cuyo número hay algunos bien instruidos. De este modo la tarde se prolonga en variadas conversaciones y, aunque los días son los más largos del año, la jornada se consume rápidamente.” (Plinio, Epístolas, IX, 36, 4)

Ilustración de Angus McBride

Sin embargo, era frecuente que las actuaciones fueran de mimos, bufones o bailarinas que se contoneaban sensualmente, lo que no era del gusto de todos, aunque se recomendaba tolerancia y respeto por los gustos de todos.

“He recibido tu carta, en la que te quejas del aburrimiento que has pasado en una cena, aunque era ciertamente suntuosa, porque entre las mesas deambulaban mimos, danzarines y bufones. ¿Quieres desarrugar un poco el entrecejo? Ciertamente, yo no tengo nada semejante en mi casa, pero soporto a los que lo tienen. ¿Por qué no los tengo? Porque no me deleitan en modo alguno, como si se tratase de una cosa sorprendente o alegre, las obscenidades de un afeminado, ni las desvergüenzas de un bufón, ni las estupideces de un tonto. Pero no te estoy exponiendo una conducta a seguir, sino mis preferencias. Por otra parte, piensa cuántos son los que consideran los entretenimientos que a ti y a mi nos cautivan y atraen, unos ridículos, otros muy aburridos; cuántos, cuando se introduce un recitador, un tocador de lira o un actor piden sus zapatos para irse o se recuestan con un aburrimiento no menor que aquel con el que tú has soportado estas monstruosidades (pues así las llamas). Seamos, pues, tolerantes con las diversiones de los demás, para que ellos lo sean con las nuestras. Adiós.” (Plinio, Epístolas, IX, 17)

Detalle de mosaico de Germanicia, Turquía

Las famosas puellae gaditanae eran unas jóvenes, originalmente procedentes de Gades (Cádiz) que bailaban contoneando su cuerpo al son de ritmos extranjeros y tocando las castañuelas, vestidas con sedas y transparencias proporcionando un espectáculo sensual y sugerente, en el que destacaba la interacción con los asistentes a los que se animaba a acompañar con sus aplausos.

“A lo mejor esperas que las Gaditanas empiecen a excitarte con su armoniosa danza y que, animadas por el aplauso, las jóvenes bajen al suelo sus trémulas nalgas; junto al marido echado, las esposas ven un espectáculo que cualquiera se avergonzaría de describírselo a ellas." (Juvenal, sátira XI)

Detalle de mosaico del Aventino, Museos Vaticanos

Algunos bailes de los que se podía disfrutar durante los banquetes tenían antecedentes griegos, como la danza jonia, que habría tenido en un principio un significado religioso y que acabó como espectáculo de entretenimiento. Lo mismo bailaban hombres y mujeres y consistía en saber moverse haciendo subir la túnica cada vez más arriba del cuerpo, lo que acabó convirtiéndolo en una representación de tipo lascivo y provocativo, muy habitual en las actuaciones de los cinaedi, hombres afeminados que se dedicaban a hacer distintas actuaciones artísticas.

El personaje de Pseudolo hace una parodia de sí mismo al explicar cómo intentó realizar una danza jonia ante algunos comensales durante una cena estando demasiado borracho.

“Los dejé en sus lechos, bebiendo, besándose con sus rameras, y a mi ramera también; los dejé disfrutando con toda su alma. Pero cuando me puse en pie, todos me piden que baile. [Bailando ridículamente] Me adelanté de este modo para complacerlos con gracia, porque aprendí la danza jonia mejor que nadie y, cubierto con el manto, comencé así unos pasos como diversión. Me aplauden sin cesar y gritan «otra», para que lo vuelva a hacer. Empecé de nuevo, de esta manera: no quise repetir lo mismo; me acerqué a mi amiga para que me besase y, al volverme, me caigo: este fue el final de mi espectáculo.” (Plauto, Pseudolo, 1271-1278)

Museo Arqueológico Nacional de Atenas

La aparición de grupos de acróbatas o danzarines hace suponer que estos actuarían en espacios lo suficientemente amplios para que pudiese llevarse a cabo su representación, lo que implica que se haría en triclinia de grandes casas o villas o en jardines.

“Entraron varios bailarines; uno de ellos, insípido y ridículo, enderezó una escalera de mano y ordenó a un muchacho que subiera por ella hasta el último escalón danzando y cantando; le hizo saltar a través de aros encendidos, y le obligó a sostener un ánfora con sus dientes. Trimalcio sólo admiraba esas habilidades, lamentándose que un arte tan hermoso estuviese tan mal retribuido. Para el sólo había dos espectáculos dignos de verse en todo el mundo: el acrobático y el de las luchas de codornices; los demás, bufones inclusive, son verdaderos engañabobos.

—Compré una vez una compañía de comediantes, pero he querido que se limitasen a representar farsas romanas y di orden a mi jefe del coro de que no cantasen más que canciones latinas.” (Petronio, Satiricón, LIII)

Acróbatas. Izda. Colección particular. Drcha. The Walters Art Museum, Baltimore

En las casas de algunos ricos ciudadanos romanos se celebraban a veces espectáculos de combates entre gladiadores, al igual que se hacían representaciones teatrales o recitales musicales. La agresividad tanto del anfitrión como de los invitados se muestra en la avidez por ver sangre y desear la muerte del vencido.

“Los romanos presentaban los juegos de gladiadores, una práctica que les fue dada por los etruscos, no solo en los festivales y en los teatros, sino también en sus banquetes. Es decir, algunas personas a menudo invitaban a sus amigos a comer y a otros pasatiempos agradables, pero además podía haber dos o tres parejas de gladiadores. Cuando todos habían comido y bebido lo suficiente, llamaban a los gladiadores. En el instante en que la garganta de alguno era cortada, aplaudían con placer.” (Nicolás de Damasco, Atlética, 4.153)

Pintura de Francesco Netti

Los siervos del banquete, los ministri, eran escogidos por su buen aspecto y sus rasgos exóticos, pues generalmente procedían de lugares remotos, y los anfitriones los vestían con ropas lujosas, joyas y los ponían a servir las mesas y escanciar el vino para lucirse con vistosidad y permitir al propietario exhibir el lujo que su riqueza le otorgaba.

“Al día siguiente, Aquémenes vino a buscarle siguiendo instrucciones de Ársace para que fuera a servir su mesa. Se puso Teágenes un lujoso vestido persa que ésta le había enviado y se adornó, entre el gusto y la repugnancia a la vez, con brazaletes y gargantillas de oro incrustados de pedrería. Aquémenes intentó mostrarle y enseñarle cómo había que escanciar, pero Teágenes se dirigió a una trébede donde estaban puestas las copas y cogiendo una de las más valiosas dijo:

— No me hacen ninguna falta maestros; sin que nadie me enseñe voy a servir la copa a la señora, y no me daré ninguna importancia por hacer una operación tan fácil. A ti, buen amigo, es la fortuna lo que te ha obligado a aprender esto, pero a mí, son mi naturaleza y mi instinto los que me indican lo oportuno en lo que tengo que hacer.” (Heliodoro, Las Etiópicas, VII, 27, 1-2)

Sirviente de banquete. Casa del Celio, Roma.
Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

El espacio físico donde se llevaba a cabo la cena formaba parte también del espectáculo ofrecido por un ambicioso anfitrión, al igual que lo hacía la lujosa vajilla, el suntuoso mobiliario, y la elección de los esclavos que se ocupaban del servicio de mesa. Entre los personajes más notables y ricos se impuso decorar los comedores y salones con los materiales más caros, como mármoles y otras piedras que combinando sus colores añadían vistosidad al entorno.

“Un monumento augusto, ingente, no marcado por cien columnas, sino por tantas cuantas podrían sustentar a los dioses y al cielo si Atlante remitiera sus esfuerzos. La morada vecina del Tonante se halla asombrada, y se gozan los dioses de verte a ti instalado en mansión semejante. Pero no te apresures a exceder las alturas de los cielos. Es tan vasto el palacio, y más libre el impulso ascendente de su área, que abarcan muchas tierras y otro tanto de aéreos espacios, mas es menor tan solo que su amo: él llena la morada y con su genio ingente le da la vida. Rivalizan allí con sus fulgores los mármoles de Libia y del Ilión, y compiten las piedras numerosas de Siene y de Quíos y las que rivalizan con la glauca Dóride, y la piedra de Luna, usada solamente para servir de base a las columnas. La vista se eleva a lo lejos: con ojos cansados apenas podrías vislumbrar los techos y los tomarías por artesonados dorados del cielo.” (Estacio, Silvas, IV, 2)

Domus Flavia en el Palatino, Gran Triclinio. Ilustración Jean-Claude Golvin

Séneca describe algunos de los artilugios que se empleaban para sorprender a los invitados, tuberías para dejar salir perfumes con los que enmascarar los posibles desagradables olores procedentes del sudor y vómitos de los asistentes a estas cenas, mecanismos que permitían la entrada y salida de agua para abastecer los canales y cascadas que servían para refrescar el ambiente y la construcción de diferentes techumbres que permitían su intercambio según el momento de la cena.

¿En la actualidad, pues, juzgas acaso más sabio al que inventó el modo de hacer saltar a inmensa altura, por ocultas cañerías, el perfume del azafrán; que inunda los canales con súbita acometida de las aguas o los vacía; que ensambla los artesonados giratorios de los comedores de tal suerte que un panel suceda sin interrupción a otro distinto, y así los techos se muden tantas veces como los servicios de mesa...?  (Séneca, Epístolas a Lucilio, XC, 15)

La decoración del triclinium debía proporcionar a su propietario un entorno estéticamente agradable donde poder celebrar cenas con sus invitados. La mitología estaba presente en pinturas murales y mosaicos y podía hacer referencia a la vasta cultura del anfitrión o al deseo de alardear de su riqueza que le permitía costearse artistas capaces de representar los episodios mitológicos más conocidos, especialmente los que evocaban la cultura griega.

Triclinio de la villa de la Verrerie, Arlés.
Ilustración de Jean-Claude Golvin

Una escena ampliamente usada, sobre todo en mosaicos, fue la de Orfeo tocando su cítara para amansar a las fieras, que recuerda a una cena espectáculo descrita por Varrón en la que se celebra un banquete en una reserva de caza, donde los animales son atraídos por la música de un esclavo disfrazado de Orfeo.

“Yo sí que vi cómo se hacía, allí más bien al estilo tracio”, dice aquél, “cuando estuve en casa de Quinto Hortensio en la región de Laurentum, pues había un bosque, como él decía, de más de cincuenta yugadas con cercado de piedra, al que no llamaba lebrera, sino “reserva de caza”. Había allí un lugar elevado, donde, puesta la mesa, cenábamos, adonde mandó llamar a Orfeo.

Éste, que había venido con estola y cítara, habiéndole pedido que cantara, tocó la trompeta, y tan grande cantidad de ciervos, jabalíes y otros cuadrúpedos nos rodeó que el espectáculo no me pareció menos hermoso que el de los ediles en el Circo Máximo cuando se hacen cacerías sin animales africanos.” (Varrón, Res Rustica, III, 13, 2-3)

Mosaico de Orfeo. Museo Arqueológico Regional de Palermo, Sicilia

Un anfitrión deseoso de impresionar a sus invitados podía buscar un entorno arquitectónico que los impactara y que hablara de su gusto y refinamiento. De esta forma, en el Imperio se puso de moda hacer comedores al aire libre con un triclinium o un stibadium (lecho semicircular) en los que los comensales podían comer rodeados por fuentes o ninfeos en los que cascadas de aguas se precipitarían en estanques rodeados por esculturas y vegetación.

“En la cabecera del hipódromo está el stibadium de blanquísimo mármol, cubierto por una pérgola que está sostenida por cuatro columnas de mármol caristio. Debajo del stibadium el agua sale a chorros, casi como expulsada por los que están sentados encima; el agua se recoge en un canal y pasa a rellenar una pila de fino mármol, regulada de modo invisible para que esté siempre llena y nunca se desborde. Las viandas de mayor peso, si las hay, se apoyan en el borde de la pila, mientras que las más ligeras se llevan flotando en barquitos o aves simuladas. Enfrente hay una fuente que lanza y recoge el agua mediante un juego de cañerías que primero la echa hacia arriba y luego la traga abajo para volver a elevarla después.” (Plinio, Epístolas, V, 6)

Ilustración de J. Williamson

A la hora de disfrutar de lugares originales en donde poder disfrutar del placer de la gastronomía en entornos agradables a la vista, se escogían entornos naturales que podían, en sí mismos, constituir un espectáculo para disfrute de los invitados. Así, por ejemplo, el emperador Tiberio mandó habilitar una gruta en Sperlonga para disfrutar del entorno y del agua marina junto a la que se sitúa la cueva. En su interior había numerosas estatuas para amenizar el lugar. Aquí es donde pudo ocurrir el accidente en el que mientras el emperador cenaba con sus invitados se cayeron varias piedras del techo que causaron la muerte a varios de los comensales y sirvientes, aunque Tiberio salió ileso.

“Comiendo en la Espelunca, quinta así llamada entre el mar de Amicla y los montes de Fundi, dentro de una caverna natural, despegándose de improviso las piedras que formaban la boca o entrada, cogieron debajo algunos miembros del banquete y espantaron a todos, poniendo en huida la mayor parte de los convidados.” (Tácito, Anales, IV, 59)

Gruta de la villa de Sperlonga, Italia. Ilustración de Jean- Claude Golvin

Es posible que algunos encontraran más placentero cenar en un ambiente más rustico y sencillo que en un lugar cerrado y profusamente decorado a la moda del momento. Según Plinio, en Licia había un árbol tan grande junto a un arroyo que el legado de la provincia lo utilizó para hacer un banquete con sus invitados.

“Actualmente hay en Licia un plátano famoso, al que va asociado la amenidad de una fuente fresca; colocado cerca del camino, está horadado por una profunda cueva de 81 pies, formando una especie de casa, cuyo tejado es una selva frondosa, ya que está rodeado por vastas ramas tan gruesas como árboles y cubre la campiña con sus largas sombras. Y para que nada falte para asemejarse a una gruta, el interior de su oquedad está tapizado de un revestimiento circular de piedras pómez cubiertas de musgo. La cosa es tan maravillosa que Licinius Mucianus, cónsul por tercera vez y últimamente legado de esta provincia, ha creído deber transmitir a la posteridad que había cenado en su tronco con 17 convidados, sobre lechos de follaje proporcionados generosamente por el propio árbol al abrigo de todos los vientos, sin oír el ruido de la lluvia sobre las hojas; y que él se había recostado más a gusto que entre el brillo de los mármoles, la variedad de las pinturas y el oro de los artesonados.” (Plinio, Historia natural, XII, 9)

Mosaico romano. Colección particular

Con el deseo de ofrecer a sus invitados el espacio más sofisticado y poco común donde relajarse y comer en compañía, el anfitrión podía buscar el lugar más inédito en sus posesiones, aunque el efecto conseguido podía ser contrario al pretendido, impresionar al convidado y que la cena fuera un éxito. Este es el caso del comedor-aviario de Lúculo, cuya pretensión de agradar a los comensales cenando entre aves que entran y salen volando, se ve defraudada porque los invitados no parecen contentos por tener que cenar entre el olor producido por las aves.

“Lúculo deseó tener un aviario diferente, pero que se pareciese a otros, que se hizo en Túsculo; que pudiese tener el triclinium bajo el mismo techo que el aviario, donde pudiese cenar con estilo, y donde pudiese ver algunas aves servidas, y otras volando por las ventanas, pero que no encontró útil, porque las aves volando por las ventanas no son agradables de ver y que el desagradable olor es ofensivo a la nariz.” (Varrón, De Re Rustica, III, 1)

Pintura del triclinium de verano, casa del Brazalete Dorado, Pompeya

En algunas cenas el espectáculo podía llegar por la elección de un tema en el que los protagonistas eran los comensales, que se convertían en parte de la representación. Así ocurrió en una ocasión en la que el joven Octavio ofreció un banquete en el que los comensales asumieron las funciones de los doce dioses olímpicos, siendo él mismo el dios Apolo. Un director escénico los dirigía. Esta cena fue polémica porque se produjo durante una época de escasez de trigo en Roma.

“Se hablo mucho también de una cena muy secreta que dio, y que todo el mundo llamaba de los doce dioses; en ella los convidados se sentaron a la mesa disfrazados de dioses y diosas y el propio Augusto ataviado como Apolo, como le reprochan no solo las cartas de Antonio, que enumera con la mayor mordacidad los nombres de todos ellos, sino también estos versos anónimos y muy conocidos:

Tan pronto como la mesa de esos desaprensivos contrató a un director escénico y Malia vio a seis dioses y a seis diosas, mientras Cesar representaba su impía imitación de Febo, mientras se banqueteaba con! nuevos adulterios de los dioses, todas las divinidades se alejaron de la tierra y el mismo Júpiter abandonó su dorado trono.

 La extrema escasez y el hambre que por entonces padecía Roma aumentaron las murmuraciones sobre esta cena, y al día siguiente se elevaron gritos de protesta de que los dioses se habían comido todo el trigo y de que Cesar era realmente Apolo, pero Apolo el Verdugo, sobrenombre con el que era venerado este dios en una parte de la ciudad.” (Suetonio, Augusto, 70)

Versión coloreada de una ilustración de W. Friedrich

Los esclavos son también usados como parte del espectáculo, esta vez porque su indumentaria recuerda a la de los dioses del Olimpo, como es el caso de la cena de Domiciano, descrita por Estacio en sus Silvas.

“Allí, cuando César invita a los próceres hijos de Rómulo, legión purpurada, a que se acomoden en torno a mil mesas, Ceres en persona, su veste ceñida, y con ella Baco, se afana en prestar sus servicios.” (Estacio, Silvas, IV, 2)


Mosaico romano con coperos, Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Foto Samuel López

La cena o el banquete podía llegar a ser un evento estrafalario e inquietante si el anfitrión tenía un carácter autoritario e imprevisible. Tal es el caso de la cena en la que Domiciano reunió a importantes senadores y caballeros para conmemorar a los muertos en las guerras de la Dacia y decidió atemorizarlos y mantenerlos en vilo durante toda la velada, convirtiendo a los invitados en parte del espectáculo, cuya verdadera intención es resaltar la humillación y la sensación de miedo que experimentan. El decorado, la servidumbre, las viandas, los regalos, todo hace referencia a la muerte que los invitados llegan a pensar que no evitarán.

“En otra ocasión invitó a los más notables de entre los senadores y caballeros del modo siguiente: Dispuso una sala completamente negra por todas sus partes, techo, paredes y suelo, y preparó sofás del mismo color colocados sobre el suelo descubierto; a continuación, invitó a sus huéspedes solos, por la noche, sin sus sirvientes. 2 Y dispuso primero junto a cada uno de ellos una losa con forma de lápida, conteniendo el nombre del invitado, así como una pequeña lámpara, como las que cuelgan en las tumbas. Entonces llegaron muchachos desnudos, igualmente pintados de negro; entraron como fantasmas y, tras rodear a los invitados con una especie de danza terrorífica, ocuparon sus lugares a sus pies. 3 Tras esto, se dispuso frente a los invitados todas aquellas cosas que habitualmente se ofrecen en los sacrificios a los espíritus que parten y de la misma manera, todas ellas negras y colocadas en platos del mismo color. Así pues, todos y cada uno de los invitados temieron y temblaron, siendo mantenidos en la expectación constante de ver cortadas sus gargantas al momento siguiente; y tanto más cuanto, por parte de todos excepto Domiciano, se mantenía un silencio de muerte, como si ya se encontrasen en el reino de los muertos, con el propio emperador conversando únicamente sobre asuntos relativos a la muerte y las matanzas. 4 Finalmente los despidió; pero hizo retirar primero a sus esclavos, que habían quedado en el vestíbulo, e hizo acompañar a sus invitados por otros esclavos, a los que no conocían, para que los llevaran en carruajes o literas, llenándoles mediante esto con el mayor de los miedos. Y apenas había llegado cada invitado a su casa y empezaba a recuperar el resuello nuevamente, como se suele decir, cuando le llegaba aviso de la llegada de un mensajero del Augusto. 5 Mientras esperaban a continuación perecer ya en aquel momento, una persona entraba la lápida, que era de plata, y luego otros por turno, llevando diversos artículos, incluyendo los platos que se les habían ofrecido durante la cena, que estaban hechos del más caro material; y, al final del todo, llegaba aquel preciso muchacho que había sido como el espíritu familiar del invitado, ahora lavado y adornado. Así, habiendo pasado toda la noche aterrorizados, recibieron los regalos.” (Dión Casio, Epítomes, LXVII, 9)

Ilustración de Midjourney

En algunos banquetes la parte de espectáculo podía tener un final trágico debido al exceso con un tinte sádico de algún personaje excéntrico, como el emperador Heliogábalo, que, aunque exagerado su carácter por algunos historiadores, es descrito como una persona que se deja llevar por sus instintos más bajos y por las ideas más estrambóticas con las que pretendía causar la mayor impresión sobre sus invitados. En una ocasión construyó un comedor con un falso techo que al abrirse dejó caer un torrente de pétalos de flores sobre sus invitados, en tal cantidad que algunos de los comensales, se asfixiaron antes de poder salir del manto floreado que les había caído encima sin esperarlo.

“En sus triclinios de artesonado giratorio cubría a sus invitados de violetas y flores, hasta el punto de que algunos de ellos murieron al no poder salir al exterior.” (Historia Augusta, Heliogábalo, 21, 5)

Las rosas de Heliogábalo, pintura de Alma-Tadema

Aunque la crueldad se manifiesta de forma más extrema en el caso de los emperadores más viles, como, por ejemplo, Calígula, que presenciaba ejecuciones mientras se desarrollaban cenas ofrecidas por él mismo. Es posible que su idea de espectáculo como forma de impresionar a sus invitados consistiese en demostrar su poder mediante la tortura y la muerte.

“Incluso cuando daba expansión a su espíritu y se entregaba al juego y a los banquetes mostraba la misma crueldad en sus actos y en sus palabras. Muchas veces, mientras almorzaba o se entregaba al placer, se celebraban en su presencia severos interrogatorios recurriendo a la tortura, y un soldado, especialista en decapitaciones, cortaba la cabeza de los prisioneros que fueran.” (Suetonio, Calígula, 32, 1)

Ilustración de Heinrich  Leutemann

Bibliografía


Performing Culture: Roman Spectacle and the Banquets of the Powerful, John H. D´Arms
A Spectacular Feast: Silvae 4.2, Martha Malamud
The Greco-Roman Banquet as a Social Institution, Dennis E. Smith
Changing Places: The Archaeology of the Roman Convivium, Nicholas F. Hudson
Dazzling dining: banquets as an expression of imperial legitimacy, Simon Malmberg
Dining as Spectacle in Late Roman Houses, John Stephenson
Dining in a Classical Context, William J. Slater, ed.
Plutarch’s Septem sapientium convivium: An Example of Greco-Roman Sympotic Literature, Matthias Becker
The Roman Banquet: Images of Conviviality, Katherine M. D. Dunbabin
Comida, ética y estructura social entre Romanos y Germanos: de la Germania de Tácito a la Antigüedad tardía, Guillermo Alvar Nuño










viernes, 28 de diciembre de 2018

Epula, banquetes públicos en la antigua Roma



La realización de banquetes fue una costumbre social muy extendida en la Antigüedad, con fuertes connotaciones religiosas y funerarias. En la Grecia Arcaica los banquetes adquieren gran importancia como actos de carácter religioso, donde se reúne y participa la comunidad cívica. El banquete es el lugar donde se reparte y consume en común la carne procedente de los sacrificios realizados en honor de los dioses. También grandes acontecimientos como victorias bélicas o triunfos en los juegos eran ocasión para celebrar multitudinarios banquetes.

"Hízose muy célebre por los caballos que mantenía y por el número de sus carros; porque en los Juegos Olímpicos ni particular ni rey alguno presentó jamás siete, sino él sólo; y el haber sido a un tiempo vencedor en primero, segundo y cuarto lugar, según Tucídides, y aun en tercero, según Eurípides, excede en brillantez y en gloria a lo que puede conseguirse en este género de ambición. Eurípides en su canto dice así: A ti te cantaré, oh hijo de Clinias; bellísima cosa es la victoria; pero más bello lo que ninguno de los griegos alcanzó jamás: ganar con carroza el primero, segundo y tercer premio y marchar coronado de oliva dos veces sin trabajo alguno, pregonado vencedor por el heraldo.

A este brillante vencimiento lo hizo todavía más glorioso el empeño de los contendientes en honrarle, porque los de Éfeso le armaron una tienda guarnecida riquísimamente, la capital de Quíos dio la provisión para los caballos y gran número de víctimas, y los de Lesbos el vino y demás prevenciones para un suntuoso banquete de muchos convidados."
(Plutarco, Vidas Paralelas, Alcíbiades, XI-XII)




Detalle de cáliz con symposium, Berlín State Museum

Las ciudades griegas de época helenística continuaron realizando banquetes cívico-religiosos, pero cada vez fue más frecuente que miembros destacados de la comunidad realizasen banquetes de carácter funerario, o con el fin de festejar el acceso a una magistratura. El carácter colectivo de los banquetes los convirtió en uno de los medios más eficaces para mantener viva en la comunidad la memoria de los difuntos, así como, para marcar la preeminencia social de los evergetas (personas pertenecientes generalmente a la aristocracia local con suficientes recursos para realizar actos generosos con sus conciudadanos mejorando sus condiciones de vida).

La costumbre de celebrar epula, o banquetes públicos, con las connotaciones cívicas y sagradas que tenían en el mundo griego, se difundió por las ciudades del Occidente Romano, consiguiendo un fuerte arraigo en las provincias del Norte de Africa y en la Bética.



En Roma durante la época de la monarquía se celebraban banquetes comunales principalmente durante fiestas religiosas en las que se celebraban sacrificios para honrar a los dioses y parecen haber estado regulados desde muy antiguo.

“Tras establecer estas medidas acerca de los encargados de honrar a los dioses, (Rómulo) asignó a su vez, como dije, los sacrificios a las curias de la manera más adecuada, distribuyendo a cada una de ellas los dioses y genios que debían honrar siempre, y fijó los gastos para los sacrificios, que debían pagarse del fondo público. Los miembros de las curias concelebraban con los sacerdotes sus sacrificios correspondientes y en las fiestas comían juntos en las mesas curiales. Cada curia tenía construida una sala de banquetes y en ella estaba consagrada, como en los pritaneos griegos, una mesa común de los miembros de la curia. El nombre de estas salas era también curias, y hasta nuestros días se llaman así.” (Dionisio de Halicarnaso, Historia antigua de Roma, II, 23, 1)


Relieve con escena de banquete, Museos Vaticanos

Las fiestas públicas abundaban en la sociedad romana y eran ocasión para organizar banquetes comunales en los que participaban toda la población o parte de ella. Tenían lugar por diversos motivos: celebraciones sagradas, triunfos, aniversarios imperiales, toma de la toga virilis, etc. En época republicana tales ágapes estuvieron principalmente vinculados a fiestas religiosas, como las organizadas por algunos colegios (Pontífices, Lupercos, Arvales, Salios) en honor de los dioses o con motivo de elección de los nuevos oficiantes.

“Doy el relato de una comida pontifical, celebrada hace muchísimo tiempo, que se encuentra descrita en el cuarto registro de aquel Metelo que fue pontífice máximo, con estas palabras: «El día noveno antes de las calendas de septiembre, el día en que Léntulo fue consagrado flamen de Marte, la mansión fue engalanada, los salones se cubrieron de triclinios de marfil: en dos salones se acomodaron los pontífices Quinto Cátulo, Marco Emilio Lépido, Décimo Silano, Gayo César, rey de los sacrificios, Publio Escévola, Sexto [César flamen de Quirino], Quinto Cornelio, Publio Volumnio, Publio Albinovano y Lucio Julio César, augur que consagró a Léntulo; en el tercer salón, las vírgenes vestales Popilia, Perpennia, Licinia y Arrancia, y la esposa del nuevo flamen, Publicia, y Sempronia, suegra de Léntulo. He aquí el menú: como entrantes, erizos de mar, ostras crudas a voluntad, ostiones, cañadillas, tordo sobre fondo de espárragos, pollo cebado, pastel de ostiones, mejillones negros y blancos; de nuevo cañadillas, vieiras, ortiguillas de mar, becafigos, lomos de corzo y de jabalí, pollo cebado rebozado en harina, becafigos, múrices y pórfidos; como platos, ubres de cerda, sesos de jabalí, pastel de pescado, pastel de ubre de cerda, patos, cercetas hervidas, liebres, pollo asado, crema y pan del Piceno." (Macrobio, Saturnales)

Mosaico con banquete, Château de Boudry en Suiza

Los septemviri epulones formaban el último de los cuatro colegios sacerdotales de la Antigua Roma. Los epulones fueron originalmente ciertos magistrados atenienses que en determinadas fiestas públicas daban a sus expensas unos grandes convites a todos los ciudadanos de sus tribus. En el momento de su fundación contaba únicamente con tres miembros y en tiempo de Lucio Cornelio Sila creció el número hasta siete, y Julio César aumentó su número hasta los diez, siendo él mismo epulón en el 46 a. C., aunque a su muerte se redujeron de nuevo a siete.

“Pues como (Cesar) debía favores a muchos, se los devolvía con esa clase de nombramientos y también con sacerdocios de modo que añadió un hombre a los quince y a los llamados siete otros tres.” (Dion Casio, Historia Romana, LIII, 51)

Dirigían los epula o convites, de carácter público y ritual, y a expensas del estado, que se hacían para honrar a Júpiter capitolino y otras divinidades y eran los encargados de anunciar las fechas de celebración, recoger donativos y legados de particulares, obligar a los herederos a satisfacer los legados testamentarios y proveer lo necesario para los banquetes. Tenían cuidado de advertir los defectos o faltas ceremoniales que se cometían en los sacrificios y gozaban de ciertos privilegios como estar exentos del servicio militar o que sus hijas no fueran elegibles para convertirse en vestales. En algunas ocasiones las comidas estaban presididos por las estatuas de las divinidades, a las que se ofrecían alimentos y bebidas (lectisternium).

“Por último, y ya en el mes de diciembre, se ofreció en Roma un sacrificio en el templo de Saturno y se celebró un lectisternio —cuyos lechos además habilitaron los senadores— y un banquete público, y a través de la ciudad se dieron día y noche los gritos saturnales, y se invitó al pueblo a tener y mantener como festivo para siempre aquel día.” (Tito Livio, Ab urbe condita, XXII, 1, 19)

Triada Capitolina, Museo de la Civilización Romana

Las grandes festividades de la religión oficial romana no fueron la única ocasión para que las ciudades organizaran epula y cenae a expensas públicas. Las ciudades organizaban frecuentemente banquetes comunales sufragados con la pecunia publica (a cargo del presupuesto municipal) con ocasión de fiestas (feriae publicae), o actos culminantes de la vida cívica con fechas fijas en el calendario, que solían coincidir con otras ceremonias colectivas como sacra (ceremonias sagradas) y ludi (juegos).

Esas celebraciones formaban parte del calendario festivo local, que los duunviros (magistrados locales) debían actualizar periódicamente en los primeros días tras tomar posesión de su cargo.

Las instituciones municipales eran dos: un órgano colectivo o senado que actuaba como consejo de gobierno, cuyos miembros, denominados decuriones, discutían y adoptaban las principales decisiones que afectaban al interés de la ciudad y eran elegidos por los miembros del ordo; y un equipo de magistrados, dos cuestores, dos ediles y dos duunviros, encargados de ejecutar tales resoluciones, todos los cuales solían proceder de la aristocracia. Los duunviros constituían la máxima autoridad municipal, el cargo más apreciado al que un notable podía aspirar junto a los principales sacerdocios. Al igual que los magistrados inferiores tenían unas competencias definidas en el estatuto municipal y permanecían un año en el cargo. Los magistrados eran elegidos en unos comicios abiertos donde participaban todos los habitantes de la ciudad que gozaban de la ciudadanía local, al margen de diferencias sociales, económicas, culturales o de otra índole.

“En el año en que haya en este municipio menos de 63 decuriones y conscriptos como había por derecho y costumbre de este municipio antes de hacerse la presente ley, si no se ha hecho ya en ese año la elección de decuriones y conscriptos titulares y, suplentes, los duunviros que presidan la jurisdicción ese año, uno de ellos o los dos, tan pronto consideren conveniente hacerlo, propongan a los decuriones y conscriptos, estando estos presentes no menos de las dos terceras partes, que decidan en ese día elegir como titulares o suplentes y sustituir aquellos con cuya agregación al número de decuriones y conscriptos haya los 63 que había por derecho y costumbre de este municipio antes de hacerse la presente ley.” (Ley Irnitana 31)

Decuriones, Landesmuseum Württemberg, Stuttgart

Los calendarios incluirían fiestas en honor de deidades especialmente arraigadas en el sentimiento cívico local, como el culto al genio de la ciudad, o la conmemoración de hechos históricos relevantes para la vida de la comunidad, por ejemplo, la visita de personajes importantes, o la dedicación de estatuas imperiales.

La fundación de una urbe, por ejemplo, era una fecha histórica digna de ser celebrada, como se hacía en Roma con ocasión de las Parilia el 21 de abril.

«Mañana es día grande para esta ciudad, el aniversario ininterrumpidamente celebrado de su fundación. En este día, es típico y exclusivo de nuestro pueblo el invocar al augusto dios de la Risa con un ritual alegre y divertido.” (Apuleyo, Metamorfosis, II, 31)

La fecha elegida para la dedicación de una estatua se tenía muy en cuenta por los donantes y podía aprovechar varios acontecimientos que celebrar al mismo tiempo, como se puede ver en la inscripción de Eutychion al dedicar una estatuilla el día 4 de abril en la que coincidía el cumpleaños del emperador Caracalla con el inicio de los Ludi Megalenses que conmemoraban a la diosa Cibeles de la que el propio Eutychion era devoto.

“Al emperador M. Aurelio Antonino Pío Félix Augusto, hijo de Severo, C. Cesio Eutychion, immune (exento de pago) de los canóforos (portadores de cañas) de Ostia dio como regalo (una estatuilla) de una libra y ocho scripula de plata. Por la dedicación de este regalo repartió pan, vino y un denario. Dedicado el 4 de abril del año de los cónsules Aspri (212 d.C). (CIL XIV 119)

En los estatutos municipales se establecían partidas de gastos públicos destinados a la organización de sacra, ludi y cenae. Los duunviros debían presentar anualmente a los decuriones una propuesta sobre la cantidad de dinero a gastar en ceremonias religiosas, juegos y banquetes.

“Los duunviros que presidan la jurisdicción en ese municipio harán tan pronto sea posible, una propuesta a los decuriones y conscriptos sobre cuánto hay que destinar a los gastos de ceremonias religiosas, cuánto a las cenas que se den a munícipes y decuriones y conscriptos del municipio, y, lo que la mayoría de ellos hubieran decidido, tanto gasten ellos como consideren justo hacerlo.” (Ley Irnitana 77)

Magistrados togados, J. Paul Getty Museum, Los Ángeles

La organización de banquetes cívicos y la asignación de dinero de los fondos públicos para costearlos, eran competencia de los decuriones, que debían aprobar tales asuntos por decreto, evaluando con anterioridad las características de tales banquetes, como son la cantidad de invitados, calidad de los alimentos a consumir, mobiliario y ajuar necesarios, etc.

Una vez decidida por los decuriones la celebración de un epulum o cena a expensas públicas, su organización práctica pasaba a ser responsabilidad de los duunviros.

La cena era un banquete que solía estar restringido a los decuriones, aunque en determinadas ocasiones podían participar los Augustales.

“A la Loba Romana. Marco Valerio Febo, seviro augustal, a quien el ordo del municipio eporense concedió por sus méritos estar entre los decuriones en las cenas públicas y además decretó otros honores…”. (CIL II, 2156 = ILS 6913)

Que los decuriones pudieran celebrar cenae sufragadas con fondos comunales, y, exclusivamente, reservadas a ellos, no sería raro teniendo en cuenta cómo funcionaba la vida municipal romana. Durante la cena se podían tratar las cuestiones políticas o administrativas de forma más relajada que en las sesiones del senado municipal, contribuyendo además dichas reuniones a consolidar su espíritu corporativo y realzar su status. Reunirse periódicamente en tales cenae publicae sería uno de los privilegios de que disfrutaban.

Mosaico de Cartago, Museo del Bardo, Túnez, Photo by DeAgostini/Getty Images

En el capítulo 79 de la Ley irnitana, reservado a los gastos públicos del municipio, se recogen también como un concepto específico las cenae a las que debían ser convidados los decuriones o los munícipes.

“Sobre las cantidades que se deban gastar en ceremonial religiosas, fiestas y cenas en las que se diviertan los decuriones y conscriptos, así como los munícipes, sobre sueldos de los subalternos, embajadas, construcción y reparación de obras del municipio, vigilancia de los templos y sepulturas, alimentos y vestido de los esclavos (públicos), compra de los que han de servir a los munícipes, así como, sobre aquellas cosas que deben concederse a los duunviros, ediles y cuestores, en nombre de los munícipes, para la atención de las ceremonias religiosas, y también de los deberes que deben cumplirse, en razón del cargo que alguien hubiera recibido, o deben darse a causa de esa atención, sobre todo esto, si se hace propuesta a los decuriones y conscriptos, con tal de que no se haga la propuesta solo una minoría esté presente, pueden los decuriones y conscriptos gestionar esas cantidades en tales cosas, conforme a la presente ley, después de haberse dado esta, aunque lo hubieran decidido sin previo juramento y sin votación por tablilla.”

Otros convites públicos fueron los epula y cenae ofrecidos a sus expensas por los evergetas a los grupos sociales más destacados de la comunidad, como los decuriones y los seviros augustales, a quienes gozaban de la ciudadanía local (cives) o a toda la población. Los miembros de las aristocracias municipales costearon banquetes para realzar la inauguración de estatuas o construcciones que ellos mismos sufragaban, a fin de atraer más público a tales actos; para conmemorar festividades imperiales; o para que se les recordara en su dies natalis (cumpleaños), dejando legados para tal fin.

“Muy cerca de mi propiedad hay un pueblo cuyo nombre es Tifernio Tiberino, que me nombro patrono suyo cuando yo era poco más que un niño pequeño, con un afecto tanto mayor cuanto menor era la reflexión. La población celebra mis llegadas, se entristece con mis partidas, y se regocija con los honores que recibo. Por ello, al objeto de mostrarles mi agradecimiento (pues resulta muy torpe ser vencido en el afecto), he levantado a mis expensas un templo, cuya dedicación seria sacrílego demorar más tiempo, puesto que su construcción está ya terminada. Así, pues, permaneceremos alIí el día de la dedicación, que he decidido festejar con un banquete público.” (Plinio, Epístolas, IV, 1)



Quienes más sobresalieron a la hora de correr con los gastos de edificar construcciones para el beneficio de la comunidad, repartir cantidades de dinero y proporcionar un banquete fueron los decuriones, los magistrados municipales, los seviros augustales y los sacerdotes y sacerdotisas de los diferentes cultos extendidos por el imperio.

“Lucio Emilio Dafno, seviro, dio enteramente a su costa a los munícipes de Murgi unas termas y en el día de la inauguración donó sendos denarios a los ciudadanos y habitantes, obsequiándoles con un espléndido banquete; les prometió que mientras él viviese había de darles igual cantidad el mismo día y que para el cuidado o conservación de las propias termas donaría, también de por vida, ciento cincuenta denarios anuales.” (CIL 11, 5489, siglo I)

Personaje togado, Museo de Liverpool

Obsequiando así a la población los evergetas liberaban de ciertos gastos al presupuesto municipal, brindaban a sus conciudadanos ocasiones de disfrute, y a los menos pudientes un extra alimentario.

Los grandes convivia y cenae publicae de César, preludio de los fastuosos y multitudinarios que hubo durante el Principado, dejaron un memorable recuerdo en la sociedad romana.

“Prometió al pueblo espectáculos y un festín (epulum) en memoria de su hija, un hecho sin precedentes, y para crear mayor expectación, utilizó a sus esclavos domésticos en los preparativos de aquel banquete, aunque se lo había encomendado a los carniceros.” (Suetonio, César, 26)

“¿Y qué? El dictador César, ¿no repartió también en el banquete de su triunfo ánforas de vino de Falerno y cados de Quíos? Igualmente, por su triunfo de Hispania ofreció Quíos y Falerno, y en calidad de epulón, en su tercer consulado, Falerno, Quíos, Lesbos y Mamertino, momento en que consta que por primera vez se sirvieron cuatro variedades de vino.” (Plinio, Historia natural, XIV, 97)

La organización de epula permitía a los evergetas obtener de un modo rápido gran popularidad y por el gran efecto propagandístico que podían producir sobre la masa de ciudadanos con derecho a voto, se decidió por parte de algunas ciudades que los estatutos prohibiesen celebrar banquetes a aquellas personas que pensasen presentarse a una magistratura.


“De fecha posterior, la ley Antia, además de fijar la cantidad de dinero, prescribió que quien fuera magistrado, o candidato a una magistratura, no asistiese a banquete alguno, salvo en casa de determinadas personas.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, II, 13)



La sportula parece estar vinculada en sus orígenes a los epula publica organizados por particulares en la Roma republicana. La dificultad de organizar tales banquetes pudo llegar a imponer en determinadas ocasiones una simplificación de las costumbres, pasando a distribuir la comida en cestitas que se llevarían los invitados. Posteriormente, los alimentos fueron reemplazados por la distribución de una suma de dinero que permitiese a cada beneficiario comprarse su propia comida.

“Pudentila había gastado de su hacienda cincuenta mil sestercios en distribuciones al pueblo, el día que se casó Ponciano y este muchachito vistió por vez primera la toga viril.” (Apuleyo, Apología, 87, 10)

Las sportulae o distribuciones de dinero realizadas por particulares responden a las mismas motivaciones que los epula. Plinio el Joven señala que en Bitinia las distribuciones de dinero (uno o dos denarios), a los miembros de la curia y a buena parte de los ciudadanos, eran hechas regularmente en las bodas, al tomar la toga viril, al acceder a una magistratura y en la inauguración de edificios públicos.

“Los que toman la toga viril o se casan o toman posesión de una magistratura o dedican una obra pública tienen la costumbre de invitar a toda la curia e incluso a veces a un número no pequeño de personas de la plebe y de regalarles dos o un denario a cada uno. Te ruego que me indiques si piensas que estas invitaciones deben celebrarse y con qué límite.” (Plinio, Epístolas, X, 116)

Foro, Ilustración de Jean-Claude Golvin

Las distribuciones se efectuaban en momentos concretos del día y sólo los presentes tenían derecho a ellas, lo cual no se hacía realmente para limitar el gasto, sino para que la población acudiese a ceremonias donde el donante y su familia adquirían prestigio (inauguraciones), o en las que se recordaba a miembros destacados de la comunidad. Banquetes y sportulae servían para destacar la posición social que ocupaban los evergetas y legitimar el orden social existente, permitiendo constituir un recuerdo colectivo en la comunidad que revertía política o socialmente en la familia del evergeta y contribuía a perpetuarla en el poder.

“Conviene anteponer los intereses públicos a los privados, las acciones inmortales a las perecederas, y tener más consideración del beneficio que uno pretende que de los propios bienes.” (Plinio, Epístolas, VII, 18)

En el siglo II Fabio Hermógenes de Ostia, caballero público y sacerdote del divino Adriano, recibió a su muerte un funeral público y una estatua ecuestre en el foro. Su padre, reconfortado por los honores concedidos a su hijo, donó 50.000 sestercios a la ciudad. De los intereses de este regalo se debería repartir una sportula anual en el cumpleaños del difunto delante de su estatua a los que estuvieran presentes.

“La orden de los decuriones reunida en el templo de Roma y Augusto decidió, en presencia de su padre, añadir la promesa de que el dinero se distribuiría en el cumpleaños de Hermógenes, el hijo, en el foro, delante de su estatua, a los presentes.” (CIL XIV, 353)

Magistrado joven, Central Montemartini, Roma

Los miembros del ordo decurionum aparecen recibiendo las cantidades de dinero más altas y participando en la mayoría de las sportulae. Los Augustales son el segundo grupo social más beneficiado en los repartos. Tras los decuriones ellos recibían cantidades superiores a las del resto de la población.

“Manius Megonius Leo, hijo de Manius, nieto de Manius y bisnieto de Manius de la tribu Cornelia, edil, cuatorviro de la ley Cornelia, cuestor de los fondos públicos, patrón de la municipalidad, cuatorviro quinquenal. Los decuriones, augustales y el pueblo erigieron esta estatua de bronce por sus méritos.” (Inscripción de estatua)

De su testamento: “Si una estatua mía de pie con cimiento de piedra y base de mármol, como la que los augustales me dedicaron, cerca de la que dedicaron mis conciudadanos, es erigida en el foro superior prometo dar 100.000 sestercios al municipio. A condición de que el interés se use como se indica abajo. Cada año en la fecha de mi cumpleaños, el 23 de marzo, se distribuirá 300 denarios para un banquete de los decuriones, lo que reste se dividirá entre los que estén presentes. En las mismas condiciones en la misma fecha cada año deseo dar 150 denarios a los augustales y un denario a los ciudadanos, …” (ILS 6468)

Relieve con banquete, Museos Vaticanos

Además de la participación en cenas oficiales, considerada un privilegio reservado a los miembros del orden decurional, los decuriones y algunas otras autoridades tenían como prerrogativa la comodidad de comer reclinados en los triclinia, mientras que otros ciudadanos debían contentarse con hacerlo sentados o de pie.

“… en el triclinio a cada decurión le será entregado vino mulso, bollos y 10 sestercios. Igualmente, a aquellos jóvenes que participarán en la curia y a los seviros augustales se les dará bollos, mulso y 8 sestercios y en mi triclinio además un sestercio a cada hombre…” (inscripción en la estatua pública de Aulo Quintilio Prisco CIL X 5853)


Los grupos que se marginaban de las sportulae variaban según los deseos e intereses de los evergetas. A veces se incluía tanto a los cives (ciudadanos romanos) como a los incolae (residentes sin ciudadanía local, pero con cargas cívicas), aunque estos no siempre eran invitados a las distribuciones.


“Lucio Elio Eliano, de la tribu Quirina, duunviro del municipio flavio nevense, junto con su esposa Egnacia Lupercilla, hija de Marco, lo concedió (al municipio) como un don, una vez añadidos specularis y toldos y después de dar un banquete a los munícipes e incolae de uno y otro sexo con motivo de la dedicación de todas las estatuas que fueron dadas por ellos en estos pórticos y colocadas al lado de la inscripción (que los homenajeaba) a ellos." (CILA-02-1, 0271 = AE 1958. 0039).


La carencia de derechos políticos de las mujeres no les impidió realizar actos evergéticos que mantuviesen y acrecentasen el status de sus familias, pues tales actos serían usufructuados en política por sus hijos, esposos o descendientes. Cualquiera que fuese su condición social las mujeres pagaban banquetes por la misma razón que los hombres, ayudar a sus conciudadanos, pero sobre todo destacar su rango entre ellos y mantener una exposición social, como resultado de su magnanimidad, que de otra forma no tendrían. El ascenso a un sacerdocio o la dedicación de una estatua o edificio serían motivos que llevarían a las mujeres a destinar un legado perpetuo para beneficio de su comunidad.

“Junia Rustica, hija de Decio, sacerdotisa vitalicia y la primera (en ser designada como tal) en la ciudad de Cartima, rehabilitó los pórticos públicos deteriorados por el tiempo, regaló una parcela de terreno para los baños, pagó los impuestos públicos de la ciudad, erigió una estatua de Marte en el foro, costeó los pórticos en los baños de su propiedad pagando un estanque de peces y una estatua de Cupido y corrió con los gastos de un festín público y juegos. Después de remitir su coste, también dedicó las estatuas que habían sido decretados por el consejo local para ella y su hijo C. Fabio Juniano, e hizo lo mismo con la estatua de su marido, C. Fabio Fabiano.” (CIL II 1956 = ILS 5512)



Banquete de vestales, Central Montemartini, Roma

En la época del Alto imperio la presencia femenina en los banquetes tanto públicos como privados era algo normal en Roma y en las ciudades italianas, bien compartiendo mesa con los varones o en comidas exclusivamente dedicadas a ellas.

“Las más devotas hermanas de Cesia Sabina, hija de Cn. Cesio Athicto, erigieron esta estatua. Ella sola dio un banquete a las madres de los centunviros y a sus hermanas e hijas y a las mujeres del municipio sin distinción de rango. Y en los días de los juegos y de la fiesta de su propio marido, ofreció un baño con aceite gratis.” (CIL XI 381)

La visceratio era simplemente una distribución pública de carne, que en Roma tenía lugar en diferentes ocasiones sociales, por ejemplo, funerales de personajes importantes o triunfos. Su origen puede encontrarse en el reparto de la carne de las víctimas inmoladas en los sacrificios rituales del que se beneficiaría parte de la población.

La primera distribución de carne de la que hay noticia data del 328 a. C, cuando M. Flavius distribuyó una ración de carne (visceratio) a todos aquellos que asistieron a la procesión del funeral de su madre. Tito Livio dice que este reparto de comida fue lo que hizo a Flavius ganar las elecciones para tribuno de la plebe.

“Vino a continuación un año no señalado por ningún acontecimiento en el exterior ni en el interior, …. si exceptuamos el reparto de carne al pueblo efectuado por Marco Flavio en los funerales de su madre. Había quien interpretaba que, con el pretexto de honrar a su madre, pagaba al pueblo una recompensa que se había ganado porque lo había absuelto del delito de violación de una madre de familia por el que los ediles habían presentado demanda contra él. La distribución de carne concedida como agradecimiento por el pasado favor del juicio fue incluso motivo de honor para él, y en las siguientes elecciones al tribunado de la plebe, aun estando ausente, fue preferido a los candidatos presentados.” (Tito Livio, Ab Urbe Condita, VIII, 22, 2-4)



Gran triclinio de Domiciano, Ilustración de Jean-Claude Golvin

Los emperadores ofrecieron banquetes en diversos espacios públicos o en sus palacios, invitando a senadores y caballeros, incluso con sus esposas e hijos, y también a la plebe, convirtiéndose en los mayores evergetas de sus reinados.

“En la fiesta de las Siete Colinas hizo distribuir a los senadores y caballeros raciones de pan y al pueblo canastillos llenos de viandas, de las que empezó a comer el primero. Al siguiente día hizo arrojar entre los espectadores regalos de toda clase; como la mayor parte de aquellos obsequios cayeron en los bancos del pueblo, señaló otros cincuenta lotes para cada banco de senadores y caballeros.” (Suetonio, Domiciano, 4)

Durante los grandes juegos de la época imperial también se daban, como parte del espectáculo, grandes raciones de dulces, fruta y bebida. El poeta Estacio descubre la impresión causada por el reparto de golosinas durante una serie de juegos ofrecidos en el anfiteatro Flavio y presididos por Domiciano durante las Saturnalia:

"Apenas estaba rompiendo el nuevo día, cuando ya llovían los dulces, tal era el rocío que esparcía el viento del este. Cae con generosa profusión la famosa fruta de la nuez de los bosques del Ponto o de las fértiles laderas de Idume, todo lo que la devota Damasco cría en sus ramas o el sediento Catmus [tipo de viento] hace madurar. Desde invisibles palmeras llovían galletas y pastas dulces, fruta ameria en su punto, pasteles de fábula y dátiles rellenos.

El tormentoso Hyades no inunda la tierra con tales torrentes ni las pléyades con tales lluvias, como el granizo que desde un cielo soleado azota a la gente en los asientos de los espectáculos latinos ... contempla otra multitud, bien parecidos y bien vestidos, se abren camino entre las filas. Algunos llevan cestas de pan y servilletas blancas y comida más lujosa; otros sirven vino lánguido en abundante medida. Podría creerse que son otros tantos coperos del Ida. Vosotros saciáis por igual al círculo de los nobles y austeros, así como al pueblo que viste la toga y, desde que tú, ¡oh generoso señor!, alimentas a tantas multitudes, la alta Annona no sabe nada de este festival... una misma mesa sirve a todas las clases por igual: niños, mujeres, pueblo, equites y senadores; la libertad ha aflojado las ataduras de la separación reverencial. E incluso tú también viniste y participaste de nuestro banquete, ¿Qué dios podría ofrecer tanto lujo o prometer tanto? Y ahora cada cual, sea rico o pobre, se jacta de ser el invitado del emperador" ...

Después del banquete siguió un espectáculo que incluyó mujeres gladiadoras y que continuó hasta casi el anochecer, cuando tuvo lugar una segunda sparsio [lanzamiento de regalos]; de pronto, comenzaron a caer sobre las masas de espectadores densas nubes de flamencos, faisanes, pavos, que revoloteaban lentamente en su caída hasta llegar a las manos de la gente ... exultante por haber atrapado este botín". (Estacio, Silvas, I, 6)



Caracalla y Geta, Pintura de Alma-Tadema

La ubicación de las distintas capas sociales en las caveae (gradas) marcaba claramente las diferencias de estatus, aunque los manjares parecen ser los mismos para todos.

Dar comida mediante sparsiones era una manifestación muy antigua de la idea profundamente arraigada que tenían los romanos de en qué debía consistir la generosidad del líder del pueblo. El Emperador asumía el papel de padre, cuyo deber es alimentar a sus hijos.

Los miembros pertenecientes a las capas sociales urbanas con menos recursos tenían la posibilidad de organizarse en collegia o agrupaciones de diferente carácter que, controladas por el Estado o por la administración local, permitían a sus integrantes cumplir una serie de funciones o disfrutar de ciertos beneficios. Estas asociaciones, puestas bajo la advocación de una divinidad protectora, se regían por un estatuto o lex collegii establecido por sus miembros reunidos en asamblea plenaria teniendo siempre como punto de referencia las leyes vigentes que no podían ser contravenidas. 



Catacumbas de San Calixto

El colegio constituía para los asociados una gran familia o una especie de “familia de sustitución” que se reunía de forma periódica para rendir culto a sus divinidades tutelares, celebrar asambleas y disfrutar de banquetes. Algunos colegios contaban con sede propia (schola) donde desarrollar sus actividades.

En las normas del collegium de Diana y Antinoo en Lanuvium se especifica lo que cada asociado debe traer al entrar como miembro:

“Todo el que quiera entrar en este colegio proveerá 100 sestercios y un ánfora de buen vino, además de 5 ases por mes.
Cada esclavo liberado de este colegio deberá aportar un ánfora de buen vino.
Los maestros de ceremonias de las comidas deberán suministrar un ánfora de buen vino cada uno, y pan con valor de dos ases para cada miembro del colegio, cuatro sardinas, la preparación de los lechos, además de agua caliente y el servicio de mesa.”
(CIL XIV 2112)



Pan y pez eucarísticos, catacumbas de San Calixto

En una inscripción hallada en el colegio de Esculapio e Higia fundado en el 153 d.C. en Roma por Salvia Marcelina en memoria de su esposo y su patrono se detallan las distribuciones de comida, monetarias y los banquetes que han de celebrarse con los fondos, cuánto le corresponde a cada uno de los beneficiarios y las fechas en que deben realizarse.

“… se distribuirá el 19 de septiembre, el sagrado cumpleaños de nuestro santo Antonino Pío, padre de nuestro país en el templo de los divinos (emperadores) en el santuario del divino Tito, 12 sestercios para Cayo Ofilio Hermes, presidente del colegio, o para quien ostente el cargo en su momento, 12 sestercios para Elio Zeno, patrón del colegio (hermano del difunto esposo de Salvia Marcelina), 12 sestercios para Salvia Marceliana, patrona del colegio; ocho sestercios para los immunes (exentos de tasas), ocho sestercios para cada guardián, cuatro sestercios para cada miembro regular. Se decreta que el ocho de noviembre, fecha de la fundación del colegio se distribuya a los presentes del interés anteriormente mencionado en la colina de marte en nuestra sede 24 sestercios para el presidente, 24 para el patrón, 24 para la patrona, 16 para cada uno de los immunes, 16 para cada uno de los guardianes y bollos (crustulum) por valor de tres ases; nueve medidas de vino para el presidente, seis para los immunes… También se distribuirá el 9 de enero un aguinaldo como lo descrito para el 19 de septiembre. También el 22 de febrero, día de la Cara Cognatio, en la colina de Marte en el mismo lugar se distribuirá pan y vino como descrito para el 8 de noviembre. También el 14 de marzo en el mismo lugar una cena, que Ofilio Hermes, el presidente prometió que se daría cada año a los presentes, o una sportula, como él estaba acostumbrado a repartir. (Para el día de las Violaria y Rosalia se especifica una sportula de pan y vino)” (CIL VI 10214)

Los miembros adinerados de los collegia o sus patronos regalaban a las asociaciones objetos para embellecer sus sedes (scholae) o para disfrutar de los banquetes más cómodamente o, incluso, pagaban la construcción de templos, sedes y edificaciones anexas.



Colegio de los Augustales, Herculano, Foto de Peter and Michael Clements, Creative Commons

Salvia Marcelina donó "una capilla con pérgola y una estatua de mármol de Esculapio y una terraza cubierta anexa en la cual los miembros de la asociación puedan reunirse para comer en la vía Apia cerca del templo de Marte..." (CIL VI 10234 = ILS 7213)

Petronia Pelagia regaló una mesa redonda de mármol a los decuriones y miembros de la plebe de una asociación (desconocida). [CIL VI 10353]



Mesa de mármol, Museos Vaticanos

Cuando se trataba de grandes comidas públicas ofrecidas no sólo a los miembros de las élites, sino a la plebe romana en general, era preciso acondicionar amplios espacios al aire libre, donde poder acomodar una multitudinaria asistencia, por ejemplo, los foros, las vías y jardines públicos. El más grande banquete público nunca visto en Roma fue ofrecido por César con ocasión de los triunfos celebrados en septiembre del 46 a.C. En él se dispusieron 22 000 triclinia de tres lechos cada uno, para acoger un total de 198.000 personas.

“Él (Nerón), pues, para ganar crédito de que en ninguna parte estaba tan alegre y con tanto gusto como en Roma, hacía banquetes en los lugares públicos, y se servía de toda la ciudad como de su propia casa. Referiré aquí uno de sus más celebrados y espléndidos banquetes que hizo aparejar por Tigelino, lleno de mil viciosas superfluidades y abominables lujurias, el cual nos podrá servir de ejemplo para excusarnos de contar muchas veces semejantes prodigalidades. Hizo, pues, fabricar en el estanque de Agripa una balsa con gran capacidad de vigas, sobre cuya plaza se hiciese el banquete, y ella fuese remolcada por bajeles de remo. Eran estos bajeles barreados de oro y marfil, de encaje, y los remeros mozos deshonestos y lascivos, compuestos y repartidos según su edad y abominables cursos de lujuria. Había hecho traer aves y fieras de diferentes tierras, y peces hasta del mar Océano. A las orillas y puntas del estanque había burdeles llenos de mujeres ilustres, y por otra parte se veían públicas rameras desnudas que hacían gestos y movimientos deshonestos; y llegada la noche, el bosque, las casas y cuanto había alrededor del lago comenzó a resonar y a responder con ecos de infinitas músicas, y voces, resplandeciendo todo con hachas.” (Tácito, Anales, XXXVII)



Villa de los Pisones, ilustración de Jean-Claude Golvin

La desaparición de los actos evergéticos en el siglo III debido a los cambios de mentalidad que experimentaron las élites municipales desde finales del siglo II, así como la decadencia de la autonomía municipal en favor del Estado, pudieron suponer un endurecimiento de las condiciones de vida de la plebe urbana, que perdió una serie de ayudas o subvenciones para la alimentación y la higiene. El evergetismo no sólo financió buena parte de los costes de la vida municipal, sino que también se preocupó de hacer más agradable la vida en la ciudad organizando espectáculos, banquetes, repartos de dinero, comida y aceite, etc.

“Q. Avelius Priscus Severius Severus Annanus Rufus, hijo de Quintus, de la tribu Sergia, sacerdote del divino Augusto, patrón de la ciudad, primer cuestor de Corfinium, edil cuatorviro, cuatorviro para la administración de justicia, cuatorviro censor, pontífice de Laurentum y Lavinium. Al acceder al quinquenalato dedicó juegos gladiatorios y al ser nombrado cuatorviro dedicó juegos escénicos y al convertirse en edil dio juegos para la diosa Vetidina y para subvencionar el reparto de grano entregó 50.000 sestercios a la ciudad de Corfinium. También dio 30.000 sestercios para las termas Avelianas de mujeres. Corrió frecuentemente con los gastos de banquetes públicos y repartió sportulae monetarias a todos los ciudadanos de Corfinium, y ayudó con frecuencia a los gastos públicos con donaciones. El pueblo de Corfinium (erigió este monumento) con fondos públicos por su destacado afecto a la ciudad. Avelius Priscus, durante su cargo, remitió el coste (de este monumento).” (AE 1961.109)

Cuando las manifestaciones evergéticas decayeron, el municipio fue incapaz de mantener el sistema de bienestar, que anteriormente habían desarrollado los notables locales, y los estratos sociales inferiores fueron los más perjudicados, aunque la finalidad de las sportulae nunca fue mejorar las condiciones alimenticias de los más pobres, pues eran los grupos sociales inferiores los que recibían las menores cantidades de dinero.




Ya en época del Bajo Imperio los cristianos siguieron la costumbre de reunirse en un banquete con carácter fraternal (ágape) para compartir una cena frugal y adorar a Dios todos juntos cumpliendo ciertos ritos como leer las sagradas escrituras y cantar himnos religiosos. En principio las diferencias sociales y económicas se dejaban aparte y todos tenían los mismos derechos y obligaciones. 

"Nuestra cena da razón de sí por su nombre: se llama lo mismo que el amor entre los griegos. Sea cual fuere el gasto que produce, es una ganancia hacer un gasto por motivos de piedad, ya que los pobres y los que se benefician de este refrigerio no se asemejan a los parásitos de vuestra sociedad, que aspiran a la gloria de esclavizar su libertad a instancias del vientre, en medio de gracias groseras, sino porque ante Dios tiene más valor la consideración de los que tienen pocos medios. Si es honroso el motivo del banquete, valorad, ateniéndoos a la causa, el modo en que se desarrolla: lo que se hace por obligación religiosa no admite ni vileza ni inmoderación. No se sientan a la mesa antes de gustar previamente la oración a Dios; se come lo que toman los que tienen hambre; se bebe en la medida en que es beneficioso a los de buenas costumbres. Se sacian como quienes tienen presente que también a lo largo de la noche deben adorar a Dios; charlan como quienes saben que Dios oye. Después de lavarse las manos y encender las velas, cada cual según sus posibilidades, tomando inspiración en la Sagrada Escritura o en su propio talento, se pone en medio para cantar a Dios: de ahí puede deducirse de qué modo había bebido. Igualmente, la oración pone fin al banquete. Entonces se marchan agrupados, no en catervas de malhechores, ni en pandillas de libertinos, sino con tenor modesto e intachable, como es propio no de quienes han tomado un banquete, sino una enseñanza." (Tertuliano, Apologético, 39, 16)



Refrigerium, Honolulu Academy of Art

Las normas para integrarse en estas comunidades fraternales no seguían los modelos de los collegia o asociaciones profesionales del mundo romano pagano. No había cuotas obligatorias y los fondos se dedicaban prioritariamente a actos caritativos hacia los perseguidos por profesar su religión. Por esa persecución las reuniones y comidas se realizaban en la casa particular de un anfitrión con espacio suficiente y los participantes en algunos casos serían los proveedores de los alimentos y bebidas según sus recursos.

“Presiden ancianos que gozan de consideración, y que han conseguido ese honor no por dinero sino por su ejemplo, porque las cosas de Dios no tienen precio. E incluso si existe una especie de caja común, no se reúne ese dinero mediante el pago de una suma honoraria, como si la religión se comprara. Cada uno aporta una contribución en la medida de sus posibilidades: un día al mes, o cuando quiere, si es que quiere y si es que puede; porque a nadie se obliga, sino que se entrega voluntariamente. Estas cajas son como depósitos de misericordia, puesto que no se gasta en banquetes, ni en bebidas, ni en inútiles tabernas, sino en alimentar y enterrar a los necesitados, y ayudar a los niños y niñas huérfanos y sin hacienda, y también a los sirvientes ancianos, e igualmente a los náufragos, y a los que son maltratados en las minas, en las islas o en prisión, con tal de que eso ocurra por causa del seguimiento de Dios; se convierten en protegidos de la religión que confiesan.” (Tertuliano, Apologético, 39, 5)



Pintura de Constanza, Rumanía



Bibliografía:

http://revistas.uned.es/index.php/ETFII/article/viewFile/1771/1650; El ágape y los banquetes rituales en el cristianismo antiguo; RAÚL GONZÁLEZ SALINERO
https://www.academia.edu/1195899/Epigrafía_y_labor_colegial_de_la_Augustalidad_en_la_Peninsula_Ibérica; EPIGRAFÍA Y LABOR COLEGIAL DE LA AUGUSTALIDAD EN LA PENÍNSULA IBÉRICAÁngel A. Jordán
https://repositorio.unican.es/xmlui/handle/10902/1444; El sevirato augustal en la Bética romana: selección y estudio preliminar de las fuentes epigráficas; Alberto Barrón Ruiz de la Cuesta
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/134461.pdf; LA LEY FLAVIA MUNICIPAL;  A.O. Pérez-Peix
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=302879; SECTORES POPULARES Y VIDA MUNICIPAL EN LAS CIUDADES DE HISPANIA ROMANA; Juan Francisco Rodríguez Neila
https://www.persee.fr/doc/ccgg_1016-9008_2006_num_17_1_904; Epula y cenae públicos financiados por las ciudades romanas; Juan Francisco Rodríguez Neila
http://revistaseug.ugr.es/index.php/florentia/article/viewFile/4556/4448; Evergetismo y distribuciones en la Hispania romana; Enrique Melchor Gil
https://www.academia.edu/9928870/In_publicum_vescere._El_banquete_municipal_romano; IN PUBLICUM VESCERE. EL BANQUETE MUNICIPAL ROMANO; JUAN FRANCISCO RODRIGUEZ NEILA
http://sites.middlebury.edu/feastsandfestivals/files/2015/09/roman-public-feasting.pdf; TOWARD A TYPOLOGY OF ROMAN PUBLIC FEASTING; JOHN F. DONAHUE
https://www.academia.edu/8449979/_Un_aspecto_socioeconómico_de_la_Bética_los_epula; Un aspecto socioeconómico de la Bética: los epula; Javier del Hoyo
https://www.academia.edu/245390/_The_Economy_of_Endowments_the_case_of_Roman_associations_Studia_Hellenistica_44_2008; The Economy of Endowments: The case of the Roman collegia; Jinyu Liu
Food and Drink in Antiquity: A Sourcebook: Readings from the Graeco-Roman World; John F. Donahue; Google Books
Roman Portraits in Context; Jane Fejfer; Google Books
Illustrated Introduction to Latin Epigraphy; Arthur Ernest Gordon; Google Books
The Greco-Roman World of the New Testament Era: Exploring the Background of Early Christianity; James S,. Jeffers; Google Books