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miércoles, 20 de mayo de 2026

Luxus mensae, lujo en la mesa en la antigua Roma (I)

Mosaico con escena de banquete. Castillo de Boudry, Suiza

“Os doy un consejo: comamos. Es la ley del banquete.

 Después de estas palabras de Trimalción, acudieron al son de la música cuatro servidores danzando y retiraron la parte superior de la bandeja. Al quitarla, vemos debajo - es decir, en una segunda bandeja jugosos pollos, ubres, y en el centro una liebre a la que se habían aplicado unas alas, con lo que recordaba a Pegaso. También observamos junto a cada uno de los cuatro ángulos un Marsias con un pequeño odre de donde una salsa cargada de pimienta caía sobre el pescado, que ahora nadaba como en un nuevo criadero. Estalla un aplauso general, iniciado por la servidumbre de la casa, y, con la sonrisa en los labios, atacamos aquellos manjares selectos. (Petronio, Satiricón, 35-36)

El hombre se ha alimentado a lo largo de la historia con una gran variedad de productos tanto vegetales como animales, elaborados con mayor o menor sofisticación. Cuantos más productos existen, hay más posibilidades para elegir, por lo que en la sociedad romana las clases sociales más altas son las que, gracias a la abundancia de recursos, podían elegir más libremente su forma de alimentación.

Escena de banquete. Grabado de Heinrich Leutemann

En la evolución de la alimentación en la sociedad romana la época más antigua corresponde a la Monarquía, cuyo periodo comprende desde el 735 a.C. hasta el 510 a.C. En la etapa más primitiva la principal fuente de alimentación recae en los frutos de recolección, principalmente la bellota, aunque junto a otros frutos del bosque mediterráneo, como la castaña, el madroño y las bayas silvestres. Son productos que se pueden tomar crudos o elaborados en harinas y conservas.

“Con qué llama subyugó Amor a Dite, arrastrada mediante qué rapto poseyó la soberbia Prosérpina el Caos como dote, por cuántas regiones su angustiada madre anduvo errante en ansiosa carrera, de dónde se les dieron los cereales a los pueblos y cómo, abandonadas las bellotas, la encina de Dodona les cedió su puesto a las espigas recién descubiertas.” (Claudio Claudiano, El rapto de Proserpina, I, 27)

Bellota. Museo de Gales

Los cereales fueron desde los primeros tiempos el alimento romano más importante, que no solamente era la base de la dieta, sino con frecuencia el único alimento consumido, con los que se preparaba la puls, la comida básica de los pastores, el más antiguo grupo de pobladores romanos, que la tomaban sin acompañamiento de carne, salsa u otros productos. Tanto los frutos como los cereales calmaban el hambre y proporcionaban calorías al cuerpo.

“De la alimentación lo más antiguo son las gachas (puls): éstas se denominaron así o bien porque así las denominaban los griegos o bien a partir de donde dice en sus escritos Apolodoro, de que suenan así cuando se echan en agua hirviendo.” (Varrón, De la lengua latina, V, 105)

Estos alimentos componían la dieta básica de los campesinos y pastores que conformaban la mayoría de la población romana de la época. Otros productos como queso, huevos, uvas, miel y carnes de ganado o caza constituirían parte de la alimentación, al menos ocasional, de esa misma población, aunque los ciudadanos de mayor estatus tendrían un mayor acceso a dichos alimentos.

Pintura de la casa de Julia Felix. Pompeya. Museo Arqueológico de Nápoles. Foto de Samuel López

 La siguiente etapa en la evolución del sistema alimentario romano correspondería a la época comprendida entre los comienzos de la República, desde el s. VI a.C. hasta el s. II a.C., momento en el que comenzó la expansión romana en el Mediterráneo. En esta etapa la frugalidad impregnaba la vida cotidiana y estaba considerada una virtud fundamental.

“Si, por ventura, alguien ve la casa de Catón,
las vigas pintadas de minio,
y los huertecillos que Príapo guarda;
asombrado discurre con qué doctrinas
alcanzó tanto saber
un hombre a quien tres pequeñas coles,
media libra de trigo, un par de racimillos
a una teja colgados,
nutren casi hasta el fin de su vejez.”
(Suetonio, Gramáticos, Publio Valerio Catón, versos atribuidos al poeta del siglo I a.C. Bibáculo)

Pintura romana. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Foto de Samuel López

A principios de la República la economía romana era principalmente agrícola y la alimentación de la población se basaba en productos vegetales que los campesinos cultivaban, con una elaboración sencilla, sin refinamiento en la mesa y con comidas celebradas en un entorno doméstico y familiar. Los cereales y las legumbres siguieron conformando la dieta básica de la población y el consumo de las gachas (puls), hechas con harina y agua principalmente, era todavía habitual.

Catón el viejo (234 a. C.-149 a. C.), defensor de la vida campesina y las tradiciones, propuso en su obra De agricultura algunas recetas basadas en la alimentación tradicional del campo, como la harina, el queso, los huevos, la miel y el aceite de oliva, ingredientes que se empleaban para hacer elaboraciones sencillas y nutritivas, como la puls púnica.

“Cuece la papilla cartaginesa de la siguiente manera: echa en agua una libra de alica (harina de farro), haz que se empape bien. Viértela en un recipiente limpio y además tres libras de queso fresco, media libra de miel y un huevo: mézclalo bien todo junto. Échalo así en una olla nueva.” (Catón, De agricultura, 85, receta de puls púnica)

Pintura romana. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Foto de Samuel López

La harina fue parte esencial de la alimentación de la población romana ya que se podía consumir de muy diferentes formas. En primer lugar, las gachas ya mencionadas, en segundo lugar, en forma de tortas, pasteles o empanadas, a los que se añadían otros ingredientes. Algunos de estos productos se utilizaban en actos rituales.

“Haz el libum de la siguiente manera: macháquense bien en el mortero dos libras de queso. Cuando esté bien machacado, echa ahí mismo una libra de harina siligo (candeal) o, si quieres que sea más tierno, sólo media libra de harina similago y mézclala bien con el queso. Añade un huevo y mézclalo todo bien. Haz con ello un pan, ponle debajo unas hojas (de laurel) y cuécelo despacio bajo una teja con el horno caliente.” (Catón, De agricultura, 75)

El pan, aunque conocido de muy antiguo, se convirtió en el sucesor de la puls como alimento de la dieta básica para los romanos. La panificación, que fue uno de los grandes descubrimientos en la historia de la alimentación, permitió que el grano que se tomaba antes en los guisos, en forma de gachas, polenta y sopas, tanto entero o molido en forma de harina, se pudiera digerir mejor, se transportara con facilidad y por lo tanto se distribuyera más eficientemente, y finalmente adquiriera una mayor variedad de usos. Aunque la panificación se fue generalizando desde el siglo III a.C. en Roma, fue en el siglo II con la llegada de los panaderos de origen griego cuando se potenció la industria panadera y el oficio especializado de panadero llegó a un alto grado de perfección.

Pintura casa de Julia Felix, Pompeya. Museo Arqueológico nacional de Nápoles.
Foto de Samuel López

Las élites obtenían sus riquezas de la agricultura y en parte de la ganadería y, aunque sus recursos les permitían acceder a más variedad de alimentos, los autores elogian su apego a la vida en el campo y las tradiciones y son señalados como ejemplo de frugalidad.

“Vivid contentos con vuestras chozas y con vuestras colinas, hijos míos” -decían antaño los ancianos marsos, los hérnicos y los vestinos- “ganemos con el arado el pan que baste a nuestras mesas. Lo alaban los dioses campesinos, con la ayuda y la asistencia de los cuales, desde el don concedido de la agradable espiga el hombre puede despreciar los frutos de la encina añosa.” (Juvenal, Sátiras, 14, 165)

Mosaico con escena de faenas agrícolas. Museo Arqueológico de Trípoli, Libia

En cuanto a la vida urbana en esta época, los mercados romanos en los siglos VI-V a.C. eran lugares bien abastecidos y por tanto muy concurridos, que proporcionaban suministros a los habitantes de la ciudad y a los campesinos que acudían a vender los excedentes de sus cosechas, fruto de la recolección, caracterizada como hemos visto por la temporalidad, lo que traía abundancia en unas épocas y escasez en otras. Como el suministro que llevaba consigo la celebración de mercados no era suficiente, la producción alimentaria se completaba gracias al autoabastecimiento, que era posible gracias a la existencia de los huertos domésticos –rústicos o urbanos-, que proporcionaban sustento a las familias.

“Había junto a la choza un huerto al que protegían unos
pocos juncos y fina caña siempre renovada, pequeño, pero
rico en variadas plantas. Nada le faltaba de lo que exigen
las costumbres del pobre. A veces era el rico quien pedía
al pobre más productos. Su cultivo no [suponía] gasto de
nada sino norma de trabajo: cuando las lluvias o los días
festivos lo retenían libre en su choza, cuando el esfuerzo
del arado cesaba, estaba el trabajo del huerto. Sabía plantar
hortalizas diversas, enterrar las semillas y conducir
por todas partes el agua de los arroyos vecinos en el momento
adecuado. Aquí la berza, las acelgas que derraman
sus largos brazos, la fecunda acedera, las malvas y las énulas
verdeaban; aquí la chirivía, los puerros que deben el
nombre a su cabeza, la lechuga, grato descanso de manjares
nobles, (aquí serpentea el pepino) y se desarrolla en
punta su rastra y la pesada calabaza tendida en su ancho
vientre. Pero no del dueño (pues quién más parco que
él?), sino del pueblo era esta cosecha y cada nueve días
llevaba al hombro hasta la ciudad manojos para vender,
de allí volvía a casa ligero de cuello, pesado de monedas,
casi nunca acompañado de compra del mercado de la ciudad.
Una rojiza cebolla y el puerro que se arranca de su
plantación sacian el hambre, y lo mismo, el mastuerzo que
hace contraer el rostro al morderlo, la endibia y la oruga
que reanima a Venus Perezosa.”
(Apéndice Virgiliano, El almodrote, 60-84)

Mosaico del Gran Palacio de Estambul, Turquía. Foto de Samuel López

A partir de la Segunda Guerra Púnica, con las conquistas y la expansión por el Mediterráneo oriental, se inició un nuevo orden social que difería en gran medida del de la sociedad romana arcaica, con una aristocracia senatorial en lo más alto, seguida del orden ecuestre constituido por los caballeros. Además, se produjo la decadencia del campesinado en Italia, surgió una nueva clase, la de los nuevos ricos y los esclavos se convirtieron en la nueva mano de obra.

Las costumbres, que fueron evolucionando progresivamente, y la llegada de productos de territorios lejanos influyeron en la forma de vida y por tanto en la forma de comer. Los romanos empezaron a valorar productos que procedían de determinadas zonas del exterior, incluso cuando podían encontrarse como suministro local. Por ejemplo, el cerdo de la Galia y Galia Cisalpina era muy apreciado, aunque también se criaba en Italia.

“Se dice que el ganado de cerda lo ha ofrecido la naturaleza para el banquete, y que por ello se les dio la vida y de la misma manera la sal para conservar la carne. De ellos, los galos acostumbraron a hacer los mejores y mayores perniles. Señal de su excelencia es que incluso ahora cada año se importan en Roma de la Galia perniles y paletillas de los comacinos (Marsella) y cavaros (Narbona).” (Varrón, De Agricultura, II, 4, 10)

Lararium pintado. Museo de Terzigno, Italia. Foto de Samuel López

El conocimiento de las culturas orientales y helenísticas, mucho más sofisticadas y alejadas de las tradiciones romanas, influyeron enormemente en la gastronomía y en la celebración de banquetes en la antigua Roma. La alimentación de las élites romanas se hizo más variada, y su riqueza les permitía disfrutar los alimentos en cantidades más que suficientes, aunque la variedad y cantidad de comida en la mesa excedía por lo general los límites de la necesidad.

Macrobio describe el menú que degustaron los asistentes a una comida realizada para celebrar el pontificado de Metelo en el siglo I a.C. poniendo el foco en la cantidad y variedad de platos presentados.

“Entre los hombres de mayor prestigio, para que lo sepáis, tampoco faltó el lujo fastuoso. Doy el relato de una comida pontifical, celebrada hace muchísimo tiempo, que se encuentra descrita en el cuarto registro de aquel Metelo que fue pontífice máximo…

He aquí el menú: como entrantes, erizos de mar, ostras crudas a voluntad, ostiones, cañadillas, tordo sobre fondo de espárragos, pollo cebado, pastel de ostiones, mejillones negros y blancos; de nuevo cañadillas, vieiras, ortiguillas de mar, becafigos, lomos de corzo y de jabalí, pollo cebado rebozado en harina, becafigos, múrices y pórfidos; como platos, ubres de cerda, sesos de jabalí, pastel de pescado, pastel de ubre de cerda, patos, cercetas hervidas, liebres, pollo asado, crema y pan del Piceno». ¿Dónde se podía ya denunciar entonces el lujo excesivo, cuando una cena pontifical estuvo atiborrada de tantos platos? Por otro lado, en lo que se refiere a los tipos de manjares, ¡cuánto sonrojo causa sólo mencionarlos! (Macrobio, Saturnales, III, 13, 10-13)

Mosaico de la villa de Tor Marancia, cerca de Roma. Museos Vaticanos

Los nuevos sabores y alimentos necesitaban de un profesional que supiese acertar en la elección, la condimentación y presentación de los platos, por lo que un experto cocinero se convirtió en un bien codiciado y un lujo, y, a veces un artista, aunque para los antiguos romanos había sido el más vil de los esclavos.

“Así vea yo crecer, no mi cuerpo, sino mi patrimonio, como es cierto que mi cocinero ha hecho todo esto de carne de cerdo. No puede existir un hombre más precioso que él. Si quisierais os haría de la vulva de una cerda un pez; de la grasa, palomas; del jamón, tórtolas, de los intestinos, una gallina; por eso mi ingenio le ha adjudicado un nombre que le viene como anillo al dedo; le llamo Dédalo. Para recompensar su mérito le he hecho traer de Roma cuchillos magníficos de acero nórico.” (Petronio, Satiricón, 70)

Pintura con escena de cocina. Museo Getty, Los Ángeles. EEUU

En esta etapa de la evolución alimentaria en Roma que durará hasta pasados los tiempos de Augusto se introducirán productos que eran hasta entonces desconocidos por los romanos y que delataban un gusto por el exotismo de alimentos procedentes de territorios lejanos accesibles por las conquistas y también un excesivo deseo de ostentación y exhibición de riqueza por parte, sobre todo, de los miembros de las nuevas clases sociales.

“Los excesos en la mesa (luxus mensae) que, durante cien años, desde la batalla de Accio hasta los violentos sucesos en los que Servio Galba se apoderó del Imperio, se practicaron con desorbitados gastos, han ido remitiendo poco a poco. Interesa investigar las causas de este cambio. En otros tiempos las familias ricas de la nobleza y las más conocidas por su renombre se arruinaban en su afán de suntuosidad, ya que todavía entonces era lícito tratar de atraerse a la plebe, a los aliados y a los reyes y ser atraído por ellos. En la medida en que cada cual se hacía notar más por sus riquezas, su mansión o su forma de vivir, así, gracias a su renombre y a sus clientelas, era considerado más ilustre.” (Tácito, Anales, III, 55)

En la primera mitad del s. I d.C.  Persio censuró las costumbres griegas y las nuevas comodidades llegadas.

“Hete aquí lo que ocurre: desde que la sabiduría ajena llegó a nuestra ciudad junto con la pimienta y los dátiles y la nuestra no cruzó nunca el mar, nuestros segadores han emponzoñado las gachas con manteca espesa.” (Persio, Sátiras, 6, 36-39)

Mosaico de Bosra, Siria

Se importaban productos que no se cultivaban o producían localmente tal como el aceite de oliva en Britania o los dátiles en Italia. Este tipo de alimentos estaban menos disponibles o eran más difíciles de adquirir, haciendo improbable que fueran parte de la dieta diaria de la mayoría de la población, además en algunas provincias habría sido casi imposible conseguir el mismo sabor, olor y textura de ciertos productos que en su lugar de origen, como, por ejemplo, el dulzor de las pasas o higos secos en Britania o Germania.

“Estos que te han llegado envasados en un tarro redondo y cónico, pequeños higos (cottana) de Siria, si fueran más gordos, serían higos.” (Marcial, Epigramas, XIII, 28)

Pintura con higos. Villa de Cicerón, Pompeya. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.
Foto de Samuel López

A consecuencia de este cambio de costumbres surgieron durante la época de la República varias leyes conocidas como suntuarias que pretendían evitar los excesivos gastos que ciertos miembros de la sociedad tenían para satisfacer sus gustos. Con el pretexto de salvaguardar las costumbres tradicionales y volver a la austeridad y frugalidad de los antiguos romanos se promulgaron varias leyes con distintos contenidos o con correcciones de las anteriores, aunque por los hechos conocidos, sabemos que no lograron su objetivo, principalmente porque encontraron gran oposición y no llegaban a cumplirse.

Entre ellas destaca la ley Ley Fannia sumptuaria, del año 161 a.C., propuesta por el cónsul Cayo Fanio Estrabón, que consistía en limitar en ciento veinte ases la cantidad máxima que podía gastarse en cada cena (treinta ases por día durante diez días del mes y diez ases el resto), salvo que dicho gasto fuere en legumbres, harina y vino. Este último debía ser producido en Italia, no importado del extranjero. También prohibía utilizar en la mesa vajillas y objetos de menaje por un peso superior a cien libras de plata.

Pintura con mensa vasaria. Tumba de Vestorius Priscus. Foto de Samuel López

Excepcionalmente, la norma permitía el gasto de hasta cien ases en sumptus (centum assibus) diarios en caso de determinados festivos: los Ludi Romani, los Ludi Plebei, las Saturnalia y algunos otros no especificados. Además, añade la limitación de quince talentos anuales de carne ahumada, como la inexistencia de límite alguno para el consumo de productos de la tierra como hortalizas y legumbres. En materia de comensales e invitados, la ley prescribía que no se recibiese a más de tres personas en días ordinarios y a no más de cinco en día de Mercado (que se celebraba tres veces al mes).

“Después de este decreto senatorial, fue promulgada la Ley Fannia, según la cual, durante los Juegos Romanos, los Juegos Plebeyos, las Saturnales y algunos otros días, se permitía gastar cien ases diarios, al igual que hacer una inversión de treinta ases durante otros diez días de cada mes y de sólo diez ases diarios en los días restantes.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, II, 24, 3)

La ley también establecía la prohibición de consumir aves en los banquetes excepto gallinas no cebadas, ya que las cebadas, muy deseadas por los romanos, eran muy caras debido al cebado del animal. Esta limitación se mantuvo de igual manera en normas suntuarias posteriores. Por tanto, la norma defendía una economía natural, basada en la producción doméstica, propia de la tradición antigua romana, frente a una economía mercantil, asociada propiamente al lujo y a lo extranjero, que es el objeto de las restricciones legislativas.

“Ticio, en su discurso a favor de la ley Fannia, reprocha a sus contemporáneos que sirvan en la mesa «puerco a la troyana», así llamado porque estaba, por así decirlo, preñado de otros animales encerrados en su vientre, tal como el famoso «caballo de Troya preñado de guerreros.” (Macrobio, Saturnales, III, 17, 13)

Mosaico romano con cerdo y setas. Museos Vaticanos

La ley Cornelia suntuaria fue propuesta por Cornelio Sila en el 81 a.C. y establecía que en calendas, idus, nonas y otras festividades importantes, así como en días de juegos, el gasto en lujo no podía exceder de trescientos sestercios y en el resto de días, de treinta. No limitaba el fasto ni la gula, pero sí el precio de las viandas que se podían consumir durante los banquetes.

Es posible que Sila pretendiera restringir el lujo para evitar la competitividad entre nobles a la hora de ser el más ostentoso, pero no acabar con la extravagancia, que ya era un fenómeno social en la época.

“Sigue a éstas la ley Cornelia, igualmente una ley suntuaria, propuesta por el dictador Cornelio Sila. En ella no se prohibía el fasto en los banquetes ni se ponía límite a la gula, sino que se rebajaban los precios de las viandas. ¡Y qué viandas, buen dios! ¡Y qué géneros de delicias exquisitas y casi desconocidas! ¡Qué peces, qué manjares allí se mencionan! ¡Y, no obstante, la ley fijó precios rebajados! Osaría decir que el bajo precio de los alimentos estimularía el ánimo de los hombres a procurarse grandes provisiones de vituallas y que incluso aquellos que disponen de escasos recursos podrían dejarse dominar por la gula. Diré abiertamente lo que pienso. Ante todo, me parece entregado al lujo y a la prodigalidad aquel a quien sirven en su mesa tan gran abundancia de viandas, aunque no cuesten nada. Por consiguiente, nuestra generación es hasta tal punto más inclinada a toda moderación, que de la mayoría de las viandas mencionadas en la ley de Sila como conocidas por todo el mundo, ninguno de nosotros ha oído siquiera hablar de ellas.” (Macrobio, Saturnales, III, 17, 11-12)

Pintura de la casa de los Ciervos, Herculano. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

En los primeros tiempos de la República la presencia del pescado en la dieta de los romanos estaba prácticamente restringida a las poblaciones situadas en zonas cercanas al mar o a los ríos. Pero el cambio en la alimentación, motivado por la influencia griega, sufrirá un impulso en el siglo II a.C., y será más visible entre los ricos en la celebración de sus banquetes. Sin embargo, aunque la mayor parte de la población continuó alimentándose fundamentalmente con aquello que les era más accesible y asequible, comenzaron a tomar pescado, sobre todo, en salazón o conserva, gracias a su precio más barato, por su aporte de proteínas, al no poder adquirir la carne que era más cara.

“No te gusta, Bético, ni el salmonete ni el tordo y nunca te agrada la liebre ni el jabalí. Tampoco te petan los canapés ni los daditos de pastel. Ni Libia ni Fasis te envían sus aves. Los alcaparrones y las cebollas que nadan en una salmuera putrefacta y la magra de una paletilla rancia, eso lo devoras, y te chiflan las sardinas saladas y el atún de piel blanca en escabeche; bebes vino empegado y evitas el falerno. Sospecho que tu estómago tiene no sé qué vicio bien oculto, pues, ¿por qué, Bético, comes carroña?” (Marcial, Epigramas, III, 77)

Mosaico con peces, Museo Nacional Romano, Roma

Hacia finales de la República el pescado, principalmente, el de mar, se había convertido en un destacado símbolo de riqueza y estatus en Roma, donde, como en Grecia, se lo consideraba como una exquisitez que por su alto precio solo los muy acomodados podían permitirse con cierta regularidad.

La rareza y precio de ciertos pescados contribuyó a su clasificación como producto de lujo. Al final de la república y al principio del Imperio, el precio y el tamaño de un pescado tenía más valor que su sabor. La compra competitiva, era un pasatiempo favorito de los gastrónomos romanos, y se conseguía gran prestigio pagando un precio desorbitado en las subastas de pescado.

Mosaico con peces. Museo de Susa, Túnez

Séneca cuenta una anécdota sobre un caso de subasta de un salmonete.

“Tiberio César, a quien le fue enviado un salmonete de un tamaño descomunal, habiendo ordenado que lo llevaran a vender al mercado – mas ¿por qué no añado su peso e incito la gula de algunos?; decían que fue de cuatro libras y media de peso-: “Amigos – dijo-, mucho me equivoco si ese salmonete no lo llegan a comprar o Apicio o P. Octavio.” La conjetura sobrepasó a lo que esperaba. Se sacó a subasta, venció Octavio y entre los suyos consiguió la inmensa gloria de haber comprado por cinco mil sestercios el pescado que César había vendido y ni siquiera Apicio lo había comprado. Vergonzoso fue para Octavio el pujar en tan gran cantidad, no para aquel que lo había comprado para enviarlo a Tiberio, aunque yo también lo hubiese censurado, [ya que] se admiró de una cosa de la que creyó que César [era] digno.” (Séneca, Epístolas, XCV)

Los pescados y mariscos se convirtieron en uno de los productos más demandados por los anfitriones de grandes cenas que procuraban encontrar los mejores ejemplares del mercado para satisfacer a sus comensales. Se apreciaba su calidad según su procedencia, la cual a veces era señalada por los propios anfitriones.

“La comadreja marina de Clupea aventaja a todas; 
en Eno hay muchos mejillones; en Abido abundan las
rugosas ostras. Hay peines de mar en Mitilene y también
en Caradro, en la región de Ambracia. En Brindisi
es bueno el sargo; adquiérelo, si es de gran tamaño.
Has de saber que el mejor jabalí de mar es el de Tarento;
compra el esturión en Sorrento y en Cumas el escualo
azul. ¿Cómo he podido pasar por alto el escaro,
manjar casi digno del supremo Júpiter (el más grande
y sabroso se pesca cerca de la patria de Néstor), el
melanuro, el tordo, la mérula y la sombra de mar? En
Córcira, el pulpo, las suculentas cabezas de róbalo, los
caracolillos, los múrices, los mejillones y también los
sabrosos erizos de mar.”
(Apuleyo, Apología, 39, 3 citando los versos de Ennio)


Mosaico con Peces. Museo Arqueológico de Tarragona. Foto de Samuel López

La demanda de pescado fresco para satisfacer las necesidades del mercado generó un lucrativo negocio aprovechado por algunos romanos emprendedores que criaron varias especies en estanques llenos de agua dulce o salada.

En la costa al sur de Roma surgieron viveros de pescados en los que se criaban rodaballos, róbalos, morenas, mújoles y salmonetes, muy apreciados en los banquetes de las familias más adineradas de Roma, y, que a pesar de no tener la misma calidad que los criados en libertad servían para abastecer la creciente demanda de la capital. Además, los consumidores de pescados de piscifactoría, podían disfrutar en cualquier época del año de estas exquisiteces, que mantenían sus sabores característicos a pesar de su cautiverio.

“Si alguna vez Nereo siente la tiranía de Eolo, la mesa, segura con lo suyo, se ríe de las tempestades: una piscina cría los rodaballos y las lubinas en la propia casa, la delicada morena acude nadando hasta su cuidador, el nomenclátor cita a un mújol conocido y, a la orden de que se acerquen, acuden los viejos salmonetes.” (Marcial, Epigramas, X, 30)

Pintura de la casa de los Ciervos, Herculano.
Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

A Lucio Licinio Murena le concede Plinio el haber inventado los estanques para peces con agua salada, ya que los que tenían agua dulce ya estaban funcionando anteriormente. Estos los podían mantener cualquier persona, pero los de agua salada eran caros de construir y salía muy costoso mantenerlos y tener los peces en buen estado, por lo que solo los ricos podían permitírselos.

“El ejemplo de Murena, cuyo nombre se supone que provenía de la crianza de las morenas, fue seguido por otros nobles romanos como Quinto Hortensio, Gayo Hirrio y Lucio Licinio Luculo. A Lúculo se le conoce por haber hecho construir un canal que atravesaba una montaña para permitir la entrada del agua del mar a sus estanques y remover el agua para evitar la podredumbre, por lo cual se ganó el sobrenombre de Jerjes togado, ya que el general persa había mandado hacer un canal en el istmo del monte Atos para que pasara su flota.” (Varrón, De Agricultura, III, 17)

La degustación de ostras fue habitual en las refinadas mesas romanas y la demanda para abastecerlas se convirtió en un negocio lucrativo. Sergio Orata fue el primero en instalar lechos de ostras en Baia en la costa de Campania durante el siglo I a.C. Llevó a cabo una obra extensiva a alto coste para cercar el lago Lucrino para preservar la tranquilidad de sus aguas y proporcionar las mejores condiciones para criar las ostras. Su inversión parece haber sido muy provechosa porque tales ostras gozaban de fama por su excelente sabor. Por ello se llevaban a Baia desde otras regiones para que al ser alimentadas en el lago Lucrino, donde cogían su sabor único.

“Fue éste el primero que atribuyó a las ostras del Lucrino el sabor superior, ya que las mismas especies de animales acuáticos son mejores unas en un lugar y otras en otro, como las lubinas en el río Tiber, entre los dos puentes, el rodaballo en Ravena, la morena en Sicilia, el élope en Rodas e igualmente otras especies, para no hacer un repaso exhaustivo de cocina. Todavía no estaban sometidas las costas de Britania, cuando Orata ya estaba ensalzando las ostras del Lucrino. Después se consideró de igual interés ir a buscar las ostras a Brundisio, al último confín de Italia y recientemente, para zanjar la discusión entre los dos sabores, se ideó calmar en el Lucrino el hambre del largo trayecto desde Brundisio.” (Plinio, Historia Natural, IX, 54 [79])


Era bien conocida la capacidad de del molusco para provocar intoxicaciones, por lo que evitar esta mediante el uso del vinagre resultaba clave. La elaboración comenzaba con el lavado del recipiente que las iba a contener. Esto se realizaba con vinagre, o bien se lavaban las mismas ostras con vinagre. Si las ostras se sumergían en vinagre a modo de escabeche, la duración del molusco en buenas condiciones se prolongaba algo con respecto a su duración sin el ácido. También se sabía que el frío ayudaba a su conservación por lo que se mantenían en hielo hasta el momento de su consumo.

“Estando el emperador Trajano en Partia y a una distancia de muchas jornadas del mar, Apicio le envió ostras frescas conservadas por medio de un ingenio propio.” (Ateneo, El Banquete de los eruditos, 1, 7D)

Otro producto considerado de lujo, aunque no tan costoso y que también se criaba en vivero fue el de los caracoles. Varrón ofrece unos cuantos consejos sobre su cuidado en la granja y Plinio explica que los viveros de caracoles se crearon para abastecer la creciente demanda y da indicaciones sobre su origen y calidad. Evidencia de su consumo hay en las cucharas diseñadas especialmente para su degustación, las ligulae.

“Los viveros de caracoles los instituyó Fulvio Lipino en el territorio de Tarquinios, poco antes de la guerra civil que se entabló contra Pompeyo Magno, distinguiendo desde luego sus distintas clases, de modo que estuviesen por separado los blancos, que nacen en tierras de Reate y, también por separado, los ilíricos, que tienen más tamaño, los africanos, que tienen más fertilidad y los solitanos426, que tienen más categoría. Y, además, se le ocurrió engordarlos con arrope, farro y otros productos con la idea de que los caracoles cebados hicieran llenar, de paso, las tabernas; por la excelencia de esta técnica testimonia Marco Varrón que las conchas de cada especie alcanzaron tal tamaño que tenían ochenta cuadrantes de capacidad.” (Plinio, Historia Natural, IX, 173)

Mosaico con caracoles, Basílica de Santa María Assunta, Aquileia, Italia. Foto Carole Raddato

Los lirones se criaban también en viveros, metidos en tinajas donde se les hacía engordar. Su consumo se hizo habitual en los banquetes más sofisticados, como puede verse en el de Trimalción que presenta lirones con miel y espolvoreados de semillas de adormidera.

“Se ceban en tinajas, que muchos tienen incluso en sus casas; los alfareros las hacen muy diferentes de otras, porque en sus paredes hacen canales y un agujero para poner el pienso. En estas tinajas se echan bellotas, nueces o castañas. Cuando se coloca la tapadera en la tinaja, engordan en la oscuridad.” (Varrón, De agricultura, III, 15, 2 lirones)

Glirarium, Museo Británico, Londres

En la antigüedad la carne fresca era una rareza, que estaba disponible solo para los más ricos. El sacrificio de animales implicaba una gran cantidad de carne que debía ser conservada, lo que, en algunas zonas, como la zona cálida del Mediterráneo era complicado, por lo que se recurrió a salarla. Así, se hacía con la carne de cerdo, especialmente la pierna, que para conservarla más tiempo y darle más sabor se curaba o ahumaba, dando lugar al jamón, que se convirtió para los romanos en un manjar que se servía en ocasiones especiales. También se cocinaba con frutas, miel o vino.

“Del propio Pirene, la vertiente ibérica es rica en árboles de toda especie y en particular de hoja   perenne, pero la céltica está desnuda, y en cuanto a la zona central, configura valles con buenas condiciones de habitabilidad. Los ocupan en su mayor parte los cerretanos, de raza ibérica, entre los cuales se preparan excelentes jamones que rivalizan con los de Cibira y proporcionan no pocos ingresos a sus gentes.” (Estrabón, Geografía, III, 4, 11)

Reloj solar en forma de jamón, villa de los Papiros, Herculano.
Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Foto de Samuel López

Para que la población urbana más humilde consumiera carne debía esperar a una distribución pública de carne, visceratio, que en Roma tenía lugar en diferentes ocasiones sociales, por ejemplo, funerales de personajes importantes o triunfos. Su origen puede encontrarse en el reparto de la carne de las víctimas inmoladas en los sacrificios rituales del que se beneficiaría parte de la población.

La primera distribución de carne de la que hay noticia data del 328 a. C, cuando M. Flavius distribuyó una ración de carne (visceratio) a todos aquellos que asistieron a la procesión del funeral de su madre. Tito Livio dice que este reparto de comida fue lo que hizo a Flavius ganar las elecciones para tribuno de la plebe.

“Vino a continuación un año no señalado por ningún acontecimiento en el exterior ni en el interior, …. si exceptuamos el reparto de carne al pueblo efectuado por Marco Flavio en los funerales de su madre. Había quien interpretaba que, con el pretexto de honrar a su madre, pagaba al pueblo una recompensa que se había ganado porque lo había absuelto del delito de violación de una madre de familia por el que los ediles habían presentado demanda contra él. La distribución de carne concedida como agradecimiento por el pasado favor del juicio fue incluso motivo de honor para él, y en las siguientes elecciones al tribunado de la plebe, aun estando ausente, fue preferido a los candidatos presentados.” (Tito Livio, Ab Urbe Condita, VIII, 22, 2-4)

Mausoleo de Claudio Ermete, Catacumbas de San Sebastián, Roma

En la Roma de Augusto, gracias a la Pax Augusta, se extendió la moda de importar aves de países lejanos, desconocidas para los romanos hasta entonces, y que empezaron a servirse en las mesas que exhibían el nuevo lujo que se estaba implantando en los banquetes.

El pavo real, por ejemplo, pasó de ser una mascota exótica tras su introducción en Roma con la conquista de Grecia a ser servido como alimento de lujo en las más ostentosas cenas romanas.

Sin embargo, algunos escritores satíricos criticaron que se sirviese en las mesas más por la vistosidad de su plumaje que por la exquisitez de su carne, que no sobrepasaba a la de otras aves.

“Y, sin embargo, a duras penas podré disuadirte de que, si te
sirven un pavo, prefieras mimarte el gusto con él mejor que con una
gallina, corrompido como estás por las vanidades, porque aquella
ave rara se vende a precio de oro y despliega el colorido espectacular
de su cola; como si eso tuviera que ver con lo que
nos importa. ¿Te comes acaso esas plumas que tanto encareces?
¿Es que una vez guisado conserva la misma belleza? Con todo,
aunque en la carne no hay diferencia ninguna, admitamos que
prefieras ésta que aquélla, engañado por la distinta apariencia.”
(Horacio, Sátiras, II, 2)



Pintura de Alfred Scheverell

Entre las quejas por el consumo de aves exóticas los autores expresaban su malestar por no apreciar en la mesa las aves que están al alcance y sí deleitarse con las que vienen de fuera.

“Aves como el faisán –importado de Fasia, en Cólquide– o la pintada africana son sabrosas a nuestro paladar porque no es nada fácil conseguirlas. En cambio, la oca blanca o el pato, con las variables tonalidades de sus abigarradas plumas, saben a plebeyo... Lo que escasea es siempre lo mejor” (Petronio, Satiricón, 93, 2)

En la época de los Severos el faisán se servía en las mesas durante las celebraciones festivas como un alimento apreciado y posiblemente costoso.

“En los días de fiesta se servía un ganso, pero en las calendas de enero, en las fiestas de Cibeles, madre de los dioses, en los juegos en honor de Apolo, en el banquete sagrado en honor de Júpiter, en las Saturnales y en otras solemnidades similares ofrecían en su mesa un faisán, pero en alguna ocasión la invitación incluía dos faisanes, a los que se añadían dos pollos.” (Historia Augusta, Alejandro Severo, 37, 6)

Mosaico con faisanes

Apicio en su recetario explica cómo preparar las recetas para aves, incluidas las más exóticas como el avestruz, la grulla o el flamenco.

“Desplomar un flamenco, lavarlo y preparar para echar en la cacerola. Poner agua, sal, eneldo y un poco de vinagre. A media cocción, atar un manojo de puerro y de coriandro, dejando que hierva junto. Antes de llegar al punto de cocción, añadir defrito para que coja color. Machacar en un mortero pimienta, comino, coriandro, raíz de benjuí, menta, ruda, rociar con vinagre, añadir dátiles y rociar con el propio jugo. Vaciarlo en la cacerola y envolver con almidón. Derramar la salsa, y servir. Lo mismo se hará con el papagayo.” (Apicio, Cocina romana, VI, 6, 1)

Mosaico con flamenco. Museo del Bardo, Túnez


Bibliografía


Ars cibaria: cultura y alimentación en la sociedad romana, Almudena Villegas Becerril
Las leyes suntuarias y la regulación del lujo en el Derecho Romano, Carlos Crespo Pérez
Cenas de pobres, cenas de ricos: la comida como marcador de categorías sociales en los epigramas de Marcial, Amalia Lejavitzer
El consumo de aves en la Roma de Augusto: luxus y nefas, Santiago Montero Herrero
Juvenal, Horacio y el uso de contenidos culinarios en la sátira: el tópico del tenuis victus, Adolfo Egea
Moderation, refined luxury, or extravagance? Fattened animals and ancient Roman norms and Values, Kim Beerden
Same Taste, Different Place: Looking at the Consciousness of Food Origins in the Roman World, Erica Rowan
What Romans ate and how much they ate of it. Old and new research on eating habits and dietary proportions in classical antiquity, Dimitri van Limbergen
A Conspicuous Meal: Fattening Dormice, Snails, and Thrushes in the Roman World, Kim Beerden
Discourse 18A-B: On Food, William O. Stephens
‘The reinterpretation of luxuria during the reign of Tiberius: From Sallust and Livy to Tacitus.’, Iliana Androutsopoulou









viernes, 28 de diciembre de 2018

Epula, banquetes públicos en la antigua Roma



La realización de banquetes fue una costumbre social muy extendida en la Antigüedad, con fuertes connotaciones religiosas y funerarias. En la Grecia Arcaica los banquetes adquieren gran importancia como actos de carácter religioso, donde se reúne y participa la comunidad cívica. El banquete es el lugar donde se reparte y consume en común la carne procedente de los sacrificios realizados en honor de los dioses. También grandes acontecimientos como victorias bélicas o triunfos en los juegos eran ocasión para celebrar multitudinarios banquetes.

"Hízose muy célebre por los caballos que mantenía y por el número de sus carros; porque en los Juegos Olímpicos ni particular ni rey alguno presentó jamás siete, sino él sólo; y el haber sido a un tiempo vencedor en primero, segundo y cuarto lugar, según Tucídides, y aun en tercero, según Eurípides, excede en brillantez y en gloria a lo que puede conseguirse en este género de ambición. Eurípides en su canto dice así: A ti te cantaré, oh hijo de Clinias; bellísima cosa es la victoria; pero más bello lo que ninguno de los griegos alcanzó jamás: ganar con carroza el primero, segundo y tercer premio y marchar coronado de oliva dos veces sin trabajo alguno, pregonado vencedor por el heraldo.

A este brillante vencimiento lo hizo todavía más glorioso el empeño de los contendientes en honrarle, porque los de Éfeso le armaron una tienda guarnecida riquísimamente, la capital de Quíos dio la provisión para los caballos y gran número de víctimas, y los de Lesbos el vino y demás prevenciones para un suntuoso banquete de muchos convidados."
(Plutarco, Vidas Paralelas, Alcíbiades, XI-XII)




Detalle de cáliz con symposium, Berlín State Museum

Las ciudades griegas de época helenística continuaron realizando banquetes cívico-religiosos, pero cada vez fue más frecuente que miembros destacados de la comunidad realizasen banquetes de carácter funerario, o con el fin de festejar el acceso a una magistratura. El carácter colectivo de los banquetes los convirtió en uno de los medios más eficaces para mantener viva en la comunidad la memoria de los difuntos, así como, para marcar la preeminencia social de los evergetas (personas pertenecientes generalmente a la aristocracia local con suficientes recursos para realizar actos generosos con sus conciudadanos mejorando sus condiciones de vida).

La costumbre de celebrar epula, o banquetes públicos, con las connotaciones cívicas y sagradas que tenían en el mundo griego, se difundió por las ciudades del Occidente Romano, consiguiendo un fuerte arraigo en las provincias del Norte de Africa y en la Bética.



En Roma durante la época de la monarquía se celebraban banquetes comunales principalmente durante fiestas religiosas en las que se celebraban sacrificios para honrar a los dioses y parecen haber estado regulados desde muy antiguo.

“Tras establecer estas medidas acerca de los encargados de honrar a los dioses, (Rómulo) asignó a su vez, como dije, los sacrificios a las curias de la manera más adecuada, distribuyendo a cada una de ellas los dioses y genios que debían honrar siempre, y fijó los gastos para los sacrificios, que debían pagarse del fondo público. Los miembros de las curias concelebraban con los sacerdotes sus sacrificios correspondientes y en las fiestas comían juntos en las mesas curiales. Cada curia tenía construida una sala de banquetes y en ella estaba consagrada, como en los pritaneos griegos, una mesa común de los miembros de la curia. El nombre de estas salas era también curias, y hasta nuestros días se llaman así.” (Dionisio de Halicarnaso, Historia antigua de Roma, II, 23, 1)


Relieve con escena de banquete, Museos Vaticanos

Las fiestas públicas abundaban en la sociedad romana y eran ocasión para organizar banquetes comunales en los que participaban toda la población o parte de ella. Tenían lugar por diversos motivos: celebraciones sagradas, triunfos, aniversarios imperiales, toma de la toga virilis, etc. En época republicana tales ágapes estuvieron principalmente vinculados a fiestas religiosas, como las organizadas por algunos colegios (Pontífices, Lupercos, Arvales, Salios) en honor de los dioses o con motivo de elección de los nuevos oficiantes.

“Doy el relato de una comida pontifical, celebrada hace muchísimo tiempo, que se encuentra descrita en el cuarto registro de aquel Metelo que fue pontífice máximo, con estas palabras: «El día noveno antes de las calendas de septiembre, el día en que Léntulo fue consagrado flamen de Marte, la mansión fue engalanada, los salones se cubrieron de triclinios de marfil: en dos salones se acomodaron los pontífices Quinto Cátulo, Marco Emilio Lépido, Décimo Silano, Gayo César, rey de los sacrificios, Publio Escévola, Sexto [César flamen de Quirino], Quinto Cornelio, Publio Volumnio, Publio Albinovano y Lucio Julio César, augur que consagró a Léntulo; en el tercer salón, las vírgenes vestales Popilia, Perpennia, Licinia y Arrancia, y la esposa del nuevo flamen, Publicia, y Sempronia, suegra de Léntulo. He aquí el menú: como entrantes, erizos de mar, ostras crudas a voluntad, ostiones, cañadillas, tordo sobre fondo de espárragos, pollo cebado, pastel de ostiones, mejillones negros y blancos; de nuevo cañadillas, vieiras, ortiguillas de mar, becafigos, lomos de corzo y de jabalí, pollo cebado rebozado en harina, becafigos, múrices y pórfidos; como platos, ubres de cerda, sesos de jabalí, pastel de pescado, pastel de ubre de cerda, patos, cercetas hervidas, liebres, pollo asado, crema y pan del Piceno." (Macrobio, Saturnales)

Mosaico con banquete, Château de Boudry en Suiza

Los septemviri epulones formaban el último de los cuatro colegios sacerdotales de la Antigua Roma. Los epulones fueron originalmente ciertos magistrados atenienses que en determinadas fiestas públicas daban a sus expensas unos grandes convites a todos los ciudadanos de sus tribus. En el momento de su fundación contaba únicamente con tres miembros y en tiempo de Lucio Cornelio Sila creció el número hasta siete, y Julio César aumentó su número hasta los diez, siendo él mismo epulón en el 46 a. C., aunque a su muerte se redujeron de nuevo a siete.

“Pues como (Cesar) debía favores a muchos, se los devolvía con esa clase de nombramientos y también con sacerdocios de modo que añadió un hombre a los quince y a los llamados siete otros tres.” (Dion Casio, Historia Romana, LIII, 51)

Dirigían los epula o convites, de carácter público y ritual, y a expensas del estado, que se hacían para honrar a Júpiter capitolino y otras divinidades y eran los encargados de anunciar las fechas de celebración, recoger donativos y legados de particulares, obligar a los herederos a satisfacer los legados testamentarios y proveer lo necesario para los banquetes. Tenían cuidado de advertir los defectos o faltas ceremoniales que se cometían en los sacrificios y gozaban de ciertos privilegios como estar exentos del servicio militar o que sus hijas no fueran elegibles para convertirse en vestales. En algunas ocasiones las comidas estaban presididos por las estatuas de las divinidades, a las que se ofrecían alimentos y bebidas (lectisternium).

“Por último, y ya en el mes de diciembre, se ofreció en Roma un sacrificio en el templo de Saturno y se celebró un lectisternio —cuyos lechos además habilitaron los senadores— y un banquete público, y a través de la ciudad se dieron día y noche los gritos saturnales, y se invitó al pueblo a tener y mantener como festivo para siempre aquel día.” (Tito Livio, Ab urbe condita, XXII, 1, 19)

Triada Capitolina, Museo de la Civilización Romana

Las grandes festividades de la religión oficial romana no fueron la única ocasión para que las ciudades organizaran epula y cenae a expensas públicas. Las ciudades organizaban frecuentemente banquetes comunales sufragados con la pecunia publica (a cargo del presupuesto municipal) con ocasión de fiestas (feriae publicae), o actos culminantes de la vida cívica con fechas fijas en el calendario, que solían coincidir con otras ceremonias colectivas como sacra (ceremonias sagradas) y ludi (juegos).

Esas celebraciones formaban parte del calendario festivo local, que los duunviros (magistrados locales) debían actualizar periódicamente en los primeros días tras tomar posesión de su cargo.

Las instituciones municipales eran dos: un órgano colectivo o senado que actuaba como consejo de gobierno, cuyos miembros, denominados decuriones, discutían y adoptaban las principales decisiones que afectaban al interés de la ciudad y eran elegidos por los miembros del ordo; y un equipo de magistrados, dos cuestores, dos ediles y dos duunviros, encargados de ejecutar tales resoluciones, todos los cuales solían proceder de la aristocracia. Los duunviros constituían la máxima autoridad municipal, el cargo más apreciado al que un notable podía aspirar junto a los principales sacerdocios. Al igual que los magistrados inferiores tenían unas competencias definidas en el estatuto municipal y permanecían un año en el cargo. Los magistrados eran elegidos en unos comicios abiertos donde participaban todos los habitantes de la ciudad que gozaban de la ciudadanía local, al margen de diferencias sociales, económicas, culturales o de otra índole.

“En el año en que haya en este municipio menos de 63 decuriones y conscriptos como había por derecho y costumbre de este municipio antes de hacerse la presente ley, si no se ha hecho ya en ese año la elección de decuriones y conscriptos titulares y, suplentes, los duunviros que presidan la jurisdicción ese año, uno de ellos o los dos, tan pronto consideren conveniente hacerlo, propongan a los decuriones y conscriptos, estando estos presentes no menos de las dos terceras partes, que decidan en ese día elegir como titulares o suplentes y sustituir aquellos con cuya agregación al número de decuriones y conscriptos haya los 63 que había por derecho y costumbre de este municipio antes de hacerse la presente ley.” (Ley Irnitana 31)

Decuriones, Landesmuseum Württemberg, Stuttgart

Los calendarios incluirían fiestas en honor de deidades especialmente arraigadas en el sentimiento cívico local, como el culto al genio de la ciudad, o la conmemoración de hechos históricos relevantes para la vida de la comunidad, por ejemplo, la visita de personajes importantes, o la dedicación de estatuas imperiales.

La fundación de una urbe, por ejemplo, era una fecha histórica digna de ser celebrada, como se hacía en Roma con ocasión de las Parilia el 21 de abril.

«Mañana es día grande para esta ciudad, el aniversario ininterrumpidamente celebrado de su fundación. En este día, es típico y exclusivo de nuestro pueblo el invocar al augusto dios de la Risa con un ritual alegre y divertido.” (Apuleyo, Metamorfosis, II, 31)

La fecha elegida para la dedicación de una estatua se tenía muy en cuenta por los donantes y podía aprovechar varios acontecimientos que celebrar al mismo tiempo, como se puede ver en la inscripción de Eutychion al dedicar una estatuilla el día 4 de abril en la que coincidía el cumpleaños del emperador Caracalla con el inicio de los Ludi Megalenses que conmemoraban a la diosa Cibeles de la que el propio Eutychion era devoto.

“Al emperador M. Aurelio Antonino Pío Félix Augusto, hijo de Severo, C. Cesio Eutychion, immune (exento de pago) de los canóforos (portadores de cañas) de Ostia dio como regalo (una estatuilla) de una libra y ocho scripula de plata. Por la dedicación de este regalo repartió pan, vino y un denario. Dedicado el 4 de abril del año de los cónsules Aspri (212 d.C). (CIL XIV 119)

En los estatutos municipales se establecían partidas de gastos públicos destinados a la organización de sacra, ludi y cenae. Los duunviros debían presentar anualmente a los decuriones una propuesta sobre la cantidad de dinero a gastar en ceremonias religiosas, juegos y banquetes.

“Los duunviros que presidan la jurisdicción en ese municipio harán tan pronto sea posible, una propuesta a los decuriones y conscriptos sobre cuánto hay que destinar a los gastos de ceremonias religiosas, cuánto a las cenas que se den a munícipes y decuriones y conscriptos del municipio, y, lo que la mayoría de ellos hubieran decidido, tanto gasten ellos como consideren justo hacerlo.” (Ley Irnitana 77)

Magistrados togados, J. Paul Getty Museum, Los Ángeles

La organización de banquetes cívicos y la asignación de dinero de los fondos públicos para costearlos, eran competencia de los decuriones, que debían aprobar tales asuntos por decreto, evaluando con anterioridad las características de tales banquetes, como son la cantidad de invitados, calidad de los alimentos a consumir, mobiliario y ajuar necesarios, etc.

Una vez decidida por los decuriones la celebración de un epulum o cena a expensas públicas, su organización práctica pasaba a ser responsabilidad de los duunviros.

La cena era un banquete que solía estar restringido a los decuriones, aunque en determinadas ocasiones podían participar los Augustales.

“A la Loba Romana. Marco Valerio Febo, seviro augustal, a quien el ordo del municipio eporense concedió por sus méritos estar entre los decuriones en las cenas públicas y además decretó otros honores…”. (CIL II, 2156 = ILS 6913)

Que los decuriones pudieran celebrar cenae sufragadas con fondos comunales, y, exclusivamente, reservadas a ellos, no sería raro teniendo en cuenta cómo funcionaba la vida municipal romana. Durante la cena se podían tratar las cuestiones políticas o administrativas de forma más relajada que en las sesiones del senado municipal, contribuyendo además dichas reuniones a consolidar su espíritu corporativo y realzar su status. Reunirse periódicamente en tales cenae publicae sería uno de los privilegios de que disfrutaban.

Mosaico de Cartago, Museo del Bardo, Túnez, Photo by DeAgostini/Getty Images

En el capítulo 79 de la Ley irnitana, reservado a los gastos públicos del municipio, se recogen también como un concepto específico las cenae a las que debían ser convidados los decuriones o los munícipes.

“Sobre las cantidades que se deban gastar en ceremonial religiosas, fiestas y cenas en las que se diviertan los decuriones y conscriptos, así como los munícipes, sobre sueldos de los subalternos, embajadas, construcción y reparación de obras del municipio, vigilancia de los templos y sepulturas, alimentos y vestido de los esclavos (públicos), compra de los que han de servir a los munícipes, así como, sobre aquellas cosas que deben concederse a los duunviros, ediles y cuestores, en nombre de los munícipes, para la atención de las ceremonias religiosas, y también de los deberes que deben cumplirse, en razón del cargo que alguien hubiera recibido, o deben darse a causa de esa atención, sobre todo esto, si se hace propuesta a los decuriones y conscriptos, con tal de que no se haga la propuesta solo una minoría esté presente, pueden los decuriones y conscriptos gestionar esas cantidades en tales cosas, conforme a la presente ley, después de haberse dado esta, aunque lo hubieran decidido sin previo juramento y sin votación por tablilla.”

Otros convites públicos fueron los epula y cenae ofrecidos a sus expensas por los evergetas a los grupos sociales más destacados de la comunidad, como los decuriones y los seviros augustales, a quienes gozaban de la ciudadanía local (cives) o a toda la población. Los miembros de las aristocracias municipales costearon banquetes para realzar la inauguración de estatuas o construcciones que ellos mismos sufragaban, a fin de atraer más público a tales actos; para conmemorar festividades imperiales; o para que se les recordara en su dies natalis (cumpleaños), dejando legados para tal fin.

“Muy cerca de mi propiedad hay un pueblo cuyo nombre es Tifernio Tiberino, que me nombro patrono suyo cuando yo era poco más que un niño pequeño, con un afecto tanto mayor cuanto menor era la reflexión. La población celebra mis llegadas, se entristece con mis partidas, y se regocija con los honores que recibo. Por ello, al objeto de mostrarles mi agradecimiento (pues resulta muy torpe ser vencido en el afecto), he levantado a mis expensas un templo, cuya dedicación seria sacrílego demorar más tiempo, puesto que su construcción está ya terminada. Así, pues, permaneceremos alIí el día de la dedicación, que he decidido festejar con un banquete público.” (Plinio, Epístolas, IV, 1)



Quienes más sobresalieron a la hora de correr con los gastos de edificar construcciones para el beneficio de la comunidad, repartir cantidades de dinero y proporcionar un banquete fueron los decuriones, los magistrados municipales, los seviros augustales y los sacerdotes y sacerdotisas de los diferentes cultos extendidos por el imperio.

“Lucio Emilio Dafno, seviro, dio enteramente a su costa a los munícipes de Murgi unas termas y en el día de la inauguración donó sendos denarios a los ciudadanos y habitantes, obsequiándoles con un espléndido banquete; les prometió que mientras él viviese había de darles igual cantidad el mismo día y que para el cuidado o conservación de las propias termas donaría, también de por vida, ciento cincuenta denarios anuales.” (CIL 11, 5489, siglo I)

Personaje togado, Museo de Liverpool

Obsequiando así a la población los evergetas liberaban de ciertos gastos al presupuesto municipal, brindaban a sus conciudadanos ocasiones de disfrute, y a los menos pudientes un extra alimentario.

Los grandes convivia y cenae publicae de César, preludio de los fastuosos y multitudinarios que hubo durante el Principado, dejaron un memorable recuerdo en la sociedad romana.

“Prometió al pueblo espectáculos y un festín (epulum) en memoria de su hija, un hecho sin precedentes, y para crear mayor expectación, utilizó a sus esclavos domésticos en los preparativos de aquel banquete, aunque se lo había encomendado a los carniceros.” (Suetonio, César, 26)

“¿Y qué? El dictador César, ¿no repartió también en el banquete de su triunfo ánforas de vino de Falerno y cados de Quíos? Igualmente, por su triunfo de Hispania ofreció Quíos y Falerno, y en calidad de epulón, en su tercer consulado, Falerno, Quíos, Lesbos y Mamertino, momento en que consta que por primera vez se sirvieron cuatro variedades de vino.” (Plinio, Historia natural, XIV, 97)

La organización de epula permitía a los evergetas obtener de un modo rápido gran popularidad y por el gran efecto propagandístico que podían producir sobre la masa de ciudadanos con derecho a voto, se decidió por parte de algunas ciudades que los estatutos prohibiesen celebrar banquetes a aquellas personas que pensasen presentarse a una magistratura.


“De fecha posterior, la ley Antia, además de fijar la cantidad de dinero, prescribió que quien fuera magistrado, o candidato a una magistratura, no asistiese a banquete alguno, salvo en casa de determinadas personas.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, II, 13)



La sportula parece estar vinculada en sus orígenes a los epula publica organizados por particulares en la Roma republicana. La dificultad de organizar tales banquetes pudo llegar a imponer en determinadas ocasiones una simplificación de las costumbres, pasando a distribuir la comida en cestitas que se llevarían los invitados. Posteriormente, los alimentos fueron reemplazados por la distribución de una suma de dinero que permitiese a cada beneficiario comprarse su propia comida.

“Pudentila había gastado de su hacienda cincuenta mil sestercios en distribuciones al pueblo, el día que se casó Ponciano y este muchachito vistió por vez primera la toga viril.” (Apuleyo, Apología, 87, 10)

Las sportulae o distribuciones de dinero realizadas por particulares responden a las mismas motivaciones que los epula. Plinio el Joven señala que en Bitinia las distribuciones de dinero (uno o dos denarios), a los miembros de la curia y a buena parte de los ciudadanos, eran hechas regularmente en las bodas, al tomar la toga viril, al acceder a una magistratura y en la inauguración de edificios públicos.

“Los que toman la toga viril o se casan o toman posesión de una magistratura o dedican una obra pública tienen la costumbre de invitar a toda la curia e incluso a veces a un número no pequeño de personas de la plebe y de regalarles dos o un denario a cada uno. Te ruego que me indiques si piensas que estas invitaciones deben celebrarse y con qué límite.” (Plinio, Epístolas, X, 116)

Foro, Ilustración de Jean-Claude Golvin

Las distribuciones se efectuaban en momentos concretos del día y sólo los presentes tenían derecho a ellas, lo cual no se hacía realmente para limitar el gasto, sino para que la población acudiese a ceremonias donde el donante y su familia adquirían prestigio (inauguraciones), o en las que se recordaba a miembros destacados de la comunidad. Banquetes y sportulae servían para destacar la posición social que ocupaban los evergetas y legitimar el orden social existente, permitiendo constituir un recuerdo colectivo en la comunidad que revertía política o socialmente en la familia del evergeta y contribuía a perpetuarla en el poder.

“Conviene anteponer los intereses públicos a los privados, las acciones inmortales a las perecederas, y tener más consideración del beneficio que uno pretende que de los propios bienes.” (Plinio, Epístolas, VII, 18)

En el siglo II Fabio Hermógenes de Ostia, caballero público y sacerdote del divino Adriano, recibió a su muerte un funeral público y una estatua ecuestre en el foro. Su padre, reconfortado por los honores concedidos a su hijo, donó 50.000 sestercios a la ciudad. De los intereses de este regalo se debería repartir una sportula anual en el cumpleaños del difunto delante de su estatua a los que estuvieran presentes.

“La orden de los decuriones reunida en el templo de Roma y Augusto decidió, en presencia de su padre, añadir la promesa de que el dinero se distribuiría en el cumpleaños de Hermógenes, el hijo, en el foro, delante de su estatua, a los presentes.” (CIL XIV, 353)

Magistrado joven, Central Montemartini, Roma

Los miembros del ordo decurionum aparecen recibiendo las cantidades de dinero más altas y participando en la mayoría de las sportulae. Los Augustales son el segundo grupo social más beneficiado en los repartos. Tras los decuriones ellos recibían cantidades superiores a las del resto de la población.

“Manius Megonius Leo, hijo de Manius, nieto de Manius y bisnieto de Manius de la tribu Cornelia, edil, cuatorviro de la ley Cornelia, cuestor de los fondos públicos, patrón de la municipalidad, cuatorviro quinquenal. Los decuriones, augustales y el pueblo erigieron esta estatua de bronce por sus méritos.” (Inscripción de estatua)

De su testamento: “Si una estatua mía de pie con cimiento de piedra y base de mármol, como la que los augustales me dedicaron, cerca de la que dedicaron mis conciudadanos, es erigida en el foro superior prometo dar 100.000 sestercios al municipio. A condición de que el interés se use como se indica abajo. Cada año en la fecha de mi cumpleaños, el 23 de marzo, se distribuirá 300 denarios para un banquete de los decuriones, lo que reste se dividirá entre los que estén presentes. En las mismas condiciones en la misma fecha cada año deseo dar 150 denarios a los augustales y un denario a los ciudadanos, …” (ILS 6468)

Relieve con banquete, Museos Vaticanos

Además de la participación en cenas oficiales, considerada un privilegio reservado a los miembros del orden decurional, los decuriones y algunas otras autoridades tenían como prerrogativa la comodidad de comer reclinados en los triclinia, mientras que otros ciudadanos debían contentarse con hacerlo sentados o de pie.

“… en el triclinio a cada decurión le será entregado vino mulso, bollos y 10 sestercios. Igualmente, a aquellos jóvenes que participarán en la curia y a los seviros augustales se les dará bollos, mulso y 8 sestercios y en mi triclinio además un sestercio a cada hombre…” (inscripción en la estatua pública de Aulo Quintilio Prisco CIL X 5853)


Los grupos que se marginaban de las sportulae variaban según los deseos e intereses de los evergetas. A veces se incluía tanto a los cives (ciudadanos romanos) como a los incolae (residentes sin ciudadanía local, pero con cargas cívicas), aunque estos no siempre eran invitados a las distribuciones.


“Lucio Elio Eliano, de la tribu Quirina, duunviro del municipio flavio nevense, junto con su esposa Egnacia Lupercilla, hija de Marco, lo concedió (al municipio) como un don, una vez añadidos specularis y toldos y después de dar un banquete a los munícipes e incolae de uno y otro sexo con motivo de la dedicación de todas las estatuas que fueron dadas por ellos en estos pórticos y colocadas al lado de la inscripción (que los homenajeaba) a ellos." (CILA-02-1, 0271 = AE 1958. 0039).


La carencia de derechos políticos de las mujeres no les impidió realizar actos evergéticos que mantuviesen y acrecentasen el status de sus familias, pues tales actos serían usufructuados en política por sus hijos, esposos o descendientes. Cualquiera que fuese su condición social las mujeres pagaban banquetes por la misma razón que los hombres, ayudar a sus conciudadanos, pero sobre todo destacar su rango entre ellos y mantener una exposición social, como resultado de su magnanimidad, que de otra forma no tendrían. El ascenso a un sacerdocio o la dedicación de una estatua o edificio serían motivos que llevarían a las mujeres a destinar un legado perpetuo para beneficio de su comunidad.

“Junia Rustica, hija de Decio, sacerdotisa vitalicia y la primera (en ser designada como tal) en la ciudad de Cartima, rehabilitó los pórticos públicos deteriorados por el tiempo, regaló una parcela de terreno para los baños, pagó los impuestos públicos de la ciudad, erigió una estatua de Marte en el foro, costeó los pórticos en los baños de su propiedad pagando un estanque de peces y una estatua de Cupido y corrió con los gastos de un festín público y juegos. Después de remitir su coste, también dedicó las estatuas que habían sido decretados por el consejo local para ella y su hijo C. Fabio Juniano, e hizo lo mismo con la estatua de su marido, C. Fabio Fabiano.” (CIL II 1956 = ILS 5512)



Banquete de vestales, Central Montemartini, Roma

En la época del Alto imperio la presencia femenina en los banquetes tanto públicos como privados era algo normal en Roma y en las ciudades italianas, bien compartiendo mesa con los varones o en comidas exclusivamente dedicadas a ellas.

“Las más devotas hermanas de Cesia Sabina, hija de Cn. Cesio Athicto, erigieron esta estatua. Ella sola dio un banquete a las madres de los centunviros y a sus hermanas e hijas y a las mujeres del municipio sin distinción de rango. Y en los días de los juegos y de la fiesta de su propio marido, ofreció un baño con aceite gratis.” (CIL XI 381)

La visceratio era simplemente una distribución pública de carne, que en Roma tenía lugar en diferentes ocasiones sociales, por ejemplo, funerales de personajes importantes o triunfos. Su origen puede encontrarse en el reparto de la carne de las víctimas inmoladas en los sacrificios rituales del que se beneficiaría parte de la población.

La primera distribución de carne de la que hay noticia data del 328 a. C, cuando M. Flavius distribuyó una ración de carne (visceratio) a todos aquellos que asistieron a la procesión del funeral de su madre. Tito Livio dice que este reparto de comida fue lo que hizo a Flavius ganar las elecciones para tribuno de la plebe.

“Vino a continuación un año no señalado por ningún acontecimiento en el exterior ni en el interior, …. si exceptuamos el reparto de carne al pueblo efectuado por Marco Flavio en los funerales de su madre. Había quien interpretaba que, con el pretexto de honrar a su madre, pagaba al pueblo una recompensa que se había ganado porque lo había absuelto del delito de violación de una madre de familia por el que los ediles habían presentado demanda contra él. La distribución de carne concedida como agradecimiento por el pasado favor del juicio fue incluso motivo de honor para él, y en las siguientes elecciones al tribunado de la plebe, aun estando ausente, fue preferido a los candidatos presentados.” (Tito Livio, Ab Urbe Condita, VIII, 22, 2-4)



Gran triclinio de Domiciano, Ilustración de Jean-Claude Golvin

Los emperadores ofrecieron banquetes en diversos espacios públicos o en sus palacios, invitando a senadores y caballeros, incluso con sus esposas e hijos, y también a la plebe, convirtiéndose en los mayores evergetas de sus reinados.

“En la fiesta de las Siete Colinas hizo distribuir a los senadores y caballeros raciones de pan y al pueblo canastillos llenos de viandas, de las que empezó a comer el primero. Al siguiente día hizo arrojar entre los espectadores regalos de toda clase; como la mayor parte de aquellos obsequios cayeron en los bancos del pueblo, señaló otros cincuenta lotes para cada banco de senadores y caballeros.” (Suetonio, Domiciano, 4)

Durante los grandes juegos de la época imperial también se daban, como parte del espectáculo, grandes raciones de dulces, fruta y bebida. El poeta Estacio descubre la impresión causada por el reparto de golosinas durante una serie de juegos ofrecidos en el anfiteatro Flavio y presididos por Domiciano durante las Saturnalia:

"Apenas estaba rompiendo el nuevo día, cuando ya llovían los dulces, tal era el rocío que esparcía el viento del este. Cae con generosa profusión la famosa fruta de la nuez de los bosques del Ponto o de las fértiles laderas de Idume, todo lo que la devota Damasco cría en sus ramas o el sediento Catmus [tipo de viento] hace madurar. Desde invisibles palmeras llovían galletas y pastas dulces, fruta ameria en su punto, pasteles de fábula y dátiles rellenos.

El tormentoso Hyades no inunda la tierra con tales torrentes ni las pléyades con tales lluvias, como el granizo que desde un cielo soleado azota a la gente en los asientos de los espectáculos latinos ... contempla otra multitud, bien parecidos y bien vestidos, se abren camino entre las filas. Algunos llevan cestas de pan y servilletas blancas y comida más lujosa; otros sirven vino lánguido en abundante medida. Podría creerse que son otros tantos coperos del Ida. Vosotros saciáis por igual al círculo de los nobles y austeros, así como al pueblo que viste la toga y, desde que tú, ¡oh generoso señor!, alimentas a tantas multitudes, la alta Annona no sabe nada de este festival... una misma mesa sirve a todas las clases por igual: niños, mujeres, pueblo, equites y senadores; la libertad ha aflojado las ataduras de la separación reverencial. E incluso tú también viniste y participaste de nuestro banquete, ¿Qué dios podría ofrecer tanto lujo o prometer tanto? Y ahora cada cual, sea rico o pobre, se jacta de ser el invitado del emperador" ...

Después del banquete siguió un espectáculo que incluyó mujeres gladiadoras y que continuó hasta casi el anochecer, cuando tuvo lugar una segunda sparsio [lanzamiento de regalos]; de pronto, comenzaron a caer sobre las masas de espectadores densas nubes de flamencos, faisanes, pavos, que revoloteaban lentamente en su caída hasta llegar a las manos de la gente ... exultante por haber atrapado este botín". (Estacio, Silvas, I, 6)



Caracalla y Geta, Pintura de Alma-Tadema

La ubicación de las distintas capas sociales en las caveae (gradas) marcaba claramente las diferencias de estatus, aunque los manjares parecen ser los mismos para todos.

Dar comida mediante sparsiones era una manifestación muy antigua de la idea profundamente arraigada que tenían los romanos de en qué debía consistir la generosidad del líder del pueblo. El Emperador asumía el papel de padre, cuyo deber es alimentar a sus hijos.

Los miembros pertenecientes a las capas sociales urbanas con menos recursos tenían la posibilidad de organizarse en collegia o agrupaciones de diferente carácter que, controladas por el Estado o por la administración local, permitían a sus integrantes cumplir una serie de funciones o disfrutar de ciertos beneficios. Estas asociaciones, puestas bajo la advocación de una divinidad protectora, se regían por un estatuto o lex collegii establecido por sus miembros reunidos en asamblea plenaria teniendo siempre como punto de referencia las leyes vigentes que no podían ser contravenidas. 



Catacumbas de San Calixto

El colegio constituía para los asociados una gran familia o una especie de “familia de sustitución” que se reunía de forma periódica para rendir culto a sus divinidades tutelares, celebrar asambleas y disfrutar de banquetes. Algunos colegios contaban con sede propia (schola) donde desarrollar sus actividades.

En las normas del collegium de Diana y Antinoo en Lanuvium se especifica lo que cada asociado debe traer al entrar como miembro:

“Todo el que quiera entrar en este colegio proveerá 100 sestercios y un ánfora de buen vino, además de 5 ases por mes.
Cada esclavo liberado de este colegio deberá aportar un ánfora de buen vino.
Los maestros de ceremonias de las comidas deberán suministrar un ánfora de buen vino cada uno, y pan con valor de dos ases para cada miembro del colegio, cuatro sardinas, la preparación de los lechos, además de agua caliente y el servicio de mesa.”
(CIL XIV 2112)



Pan y pez eucarísticos, catacumbas de San Calixto

En una inscripción hallada en el colegio de Esculapio e Higia fundado en el 153 d.C. en Roma por Salvia Marcelina en memoria de su esposo y su patrono se detallan las distribuciones de comida, monetarias y los banquetes que han de celebrarse con los fondos, cuánto le corresponde a cada uno de los beneficiarios y las fechas en que deben realizarse.

“… se distribuirá el 19 de septiembre, el sagrado cumpleaños de nuestro santo Antonino Pío, padre de nuestro país en el templo de los divinos (emperadores) en el santuario del divino Tito, 12 sestercios para Cayo Ofilio Hermes, presidente del colegio, o para quien ostente el cargo en su momento, 12 sestercios para Elio Zeno, patrón del colegio (hermano del difunto esposo de Salvia Marcelina), 12 sestercios para Salvia Marceliana, patrona del colegio; ocho sestercios para los immunes (exentos de tasas), ocho sestercios para cada guardián, cuatro sestercios para cada miembro regular. Se decreta que el ocho de noviembre, fecha de la fundación del colegio se distribuya a los presentes del interés anteriormente mencionado en la colina de marte en nuestra sede 24 sestercios para el presidente, 24 para el patrón, 24 para la patrona, 16 para cada uno de los immunes, 16 para cada uno de los guardianes y bollos (crustulum) por valor de tres ases; nueve medidas de vino para el presidente, seis para los immunes… También se distribuirá el 9 de enero un aguinaldo como lo descrito para el 19 de septiembre. También el 22 de febrero, día de la Cara Cognatio, en la colina de Marte en el mismo lugar se distribuirá pan y vino como descrito para el 8 de noviembre. También el 14 de marzo en el mismo lugar una cena, que Ofilio Hermes, el presidente prometió que se daría cada año a los presentes, o una sportula, como él estaba acostumbrado a repartir. (Para el día de las Violaria y Rosalia se especifica una sportula de pan y vino)” (CIL VI 10214)

Los miembros adinerados de los collegia o sus patronos regalaban a las asociaciones objetos para embellecer sus sedes (scholae) o para disfrutar de los banquetes más cómodamente o, incluso, pagaban la construcción de templos, sedes y edificaciones anexas.



Colegio de los Augustales, Herculano, Foto de Peter and Michael Clements, Creative Commons

Salvia Marcelina donó "una capilla con pérgola y una estatua de mármol de Esculapio y una terraza cubierta anexa en la cual los miembros de la asociación puedan reunirse para comer en la vía Apia cerca del templo de Marte..." (CIL VI 10234 = ILS 7213)

Petronia Pelagia regaló una mesa redonda de mármol a los decuriones y miembros de la plebe de una asociación (desconocida). [CIL VI 10353]



Mesa de mármol, Museos Vaticanos

Cuando se trataba de grandes comidas públicas ofrecidas no sólo a los miembros de las élites, sino a la plebe romana en general, era preciso acondicionar amplios espacios al aire libre, donde poder acomodar una multitudinaria asistencia, por ejemplo, los foros, las vías y jardines públicos. El más grande banquete público nunca visto en Roma fue ofrecido por César con ocasión de los triunfos celebrados en septiembre del 46 a.C. En él se dispusieron 22 000 triclinia de tres lechos cada uno, para acoger un total de 198.000 personas.

“Él (Nerón), pues, para ganar crédito de que en ninguna parte estaba tan alegre y con tanto gusto como en Roma, hacía banquetes en los lugares públicos, y se servía de toda la ciudad como de su propia casa. Referiré aquí uno de sus más celebrados y espléndidos banquetes que hizo aparejar por Tigelino, lleno de mil viciosas superfluidades y abominables lujurias, el cual nos podrá servir de ejemplo para excusarnos de contar muchas veces semejantes prodigalidades. Hizo, pues, fabricar en el estanque de Agripa una balsa con gran capacidad de vigas, sobre cuya plaza se hiciese el banquete, y ella fuese remolcada por bajeles de remo. Eran estos bajeles barreados de oro y marfil, de encaje, y los remeros mozos deshonestos y lascivos, compuestos y repartidos según su edad y abominables cursos de lujuria. Había hecho traer aves y fieras de diferentes tierras, y peces hasta del mar Océano. A las orillas y puntas del estanque había burdeles llenos de mujeres ilustres, y por otra parte se veían públicas rameras desnudas que hacían gestos y movimientos deshonestos; y llegada la noche, el bosque, las casas y cuanto había alrededor del lago comenzó a resonar y a responder con ecos de infinitas músicas, y voces, resplandeciendo todo con hachas.” (Tácito, Anales, XXXVII)



Villa de los Pisones, ilustración de Jean-Claude Golvin

La desaparición de los actos evergéticos en el siglo III debido a los cambios de mentalidad que experimentaron las élites municipales desde finales del siglo II, así como la decadencia de la autonomía municipal en favor del Estado, pudieron suponer un endurecimiento de las condiciones de vida de la plebe urbana, que perdió una serie de ayudas o subvenciones para la alimentación y la higiene. El evergetismo no sólo financió buena parte de los costes de la vida municipal, sino que también se preocupó de hacer más agradable la vida en la ciudad organizando espectáculos, banquetes, repartos de dinero, comida y aceite, etc.

“Q. Avelius Priscus Severius Severus Annanus Rufus, hijo de Quintus, de la tribu Sergia, sacerdote del divino Augusto, patrón de la ciudad, primer cuestor de Corfinium, edil cuatorviro, cuatorviro para la administración de justicia, cuatorviro censor, pontífice de Laurentum y Lavinium. Al acceder al quinquenalato dedicó juegos gladiatorios y al ser nombrado cuatorviro dedicó juegos escénicos y al convertirse en edil dio juegos para la diosa Vetidina y para subvencionar el reparto de grano entregó 50.000 sestercios a la ciudad de Corfinium. También dio 30.000 sestercios para las termas Avelianas de mujeres. Corrió frecuentemente con los gastos de banquetes públicos y repartió sportulae monetarias a todos los ciudadanos de Corfinium, y ayudó con frecuencia a los gastos públicos con donaciones. El pueblo de Corfinium (erigió este monumento) con fondos públicos por su destacado afecto a la ciudad. Avelius Priscus, durante su cargo, remitió el coste (de este monumento).” (AE 1961.109)

Cuando las manifestaciones evergéticas decayeron, el municipio fue incapaz de mantener el sistema de bienestar, que anteriormente habían desarrollado los notables locales, y los estratos sociales inferiores fueron los más perjudicados, aunque la finalidad de las sportulae nunca fue mejorar las condiciones alimenticias de los más pobres, pues eran los grupos sociales inferiores los que recibían las menores cantidades de dinero.




Ya en época del Bajo Imperio los cristianos siguieron la costumbre de reunirse en un banquete con carácter fraternal (ágape) para compartir una cena frugal y adorar a Dios todos juntos cumpliendo ciertos ritos como leer las sagradas escrituras y cantar himnos religiosos. En principio las diferencias sociales y económicas se dejaban aparte y todos tenían los mismos derechos y obligaciones. 

"Nuestra cena da razón de sí por su nombre: se llama lo mismo que el amor entre los griegos. Sea cual fuere el gasto que produce, es una ganancia hacer un gasto por motivos de piedad, ya que los pobres y los que se benefician de este refrigerio no se asemejan a los parásitos de vuestra sociedad, que aspiran a la gloria de esclavizar su libertad a instancias del vientre, en medio de gracias groseras, sino porque ante Dios tiene más valor la consideración de los que tienen pocos medios. Si es honroso el motivo del banquete, valorad, ateniéndoos a la causa, el modo en que se desarrolla: lo que se hace por obligación religiosa no admite ni vileza ni inmoderación. No se sientan a la mesa antes de gustar previamente la oración a Dios; se come lo que toman los que tienen hambre; se bebe en la medida en que es beneficioso a los de buenas costumbres. Se sacian como quienes tienen presente que también a lo largo de la noche deben adorar a Dios; charlan como quienes saben que Dios oye. Después de lavarse las manos y encender las velas, cada cual según sus posibilidades, tomando inspiración en la Sagrada Escritura o en su propio talento, se pone en medio para cantar a Dios: de ahí puede deducirse de qué modo había bebido. Igualmente, la oración pone fin al banquete. Entonces se marchan agrupados, no en catervas de malhechores, ni en pandillas de libertinos, sino con tenor modesto e intachable, como es propio no de quienes han tomado un banquete, sino una enseñanza." (Tertuliano, Apologético, 39, 16)



Refrigerium, Honolulu Academy of Art

Las normas para integrarse en estas comunidades fraternales no seguían los modelos de los collegia o asociaciones profesionales del mundo romano pagano. No había cuotas obligatorias y los fondos se dedicaban prioritariamente a actos caritativos hacia los perseguidos por profesar su religión. Por esa persecución las reuniones y comidas se realizaban en la casa particular de un anfitrión con espacio suficiente y los participantes en algunos casos serían los proveedores de los alimentos y bebidas según sus recursos.

“Presiden ancianos que gozan de consideración, y que han conseguido ese honor no por dinero sino por su ejemplo, porque las cosas de Dios no tienen precio. E incluso si existe una especie de caja común, no se reúne ese dinero mediante el pago de una suma honoraria, como si la religión se comprara. Cada uno aporta una contribución en la medida de sus posibilidades: un día al mes, o cuando quiere, si es que quiere y si es que puede; porque a nadie se obliga, sino que se entrega voluntariamente. Estas cajas son como depósitos de misericordia, puesto que no se gasta en banquetes, ni en bebidas, ni en inútiles tabernas, sino en alimentar y enterrar a los necesitados, y ayudar a los niños y niñas huérfanos y sin hacienda, y también a los sirvientes ancianos, e igualmente a los náufragos, y a los que son maltratados en las minas, en las islas o en prisión, con tal de que eso ocurra por causa del seguimiento de Dios; se convierten en protegidos de la religión que confiesan.” (Tertuliano, Apologético, 39, 5)



Pintura de Constanza, Rumanía



Bibliografía:

http://revistas.uned.es/index.php/ETFII/article/viewFile/1771/1650; El ágape y los banquetes rituales en el cristianismo antiguo; RAÚL GONZÁLEZ SALINERO
https://www.academia.edu/1195899/Epigrafía_y_labor_colegial_de_la_Augustalidad_en_la_Peninsula_Ibérica; EPIGRAFÍA Y LABOR COLEGIAL DE LA AUGUSTALIDAD EN LA PENÍNSULA IBÉRICAÁngel A. Jordán
https://repositorio.unican.es/xmlui/handle/10902/1444; El sevirato augustal en la Bética romana: selección y estudio preliminar de las fuentes epigráficas; Alberto Barrón Ruiz de la Cuesta
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/134461.pdf; LA LEY FLAVIA MUNICIPAL;  A.O. Pérez-Peix
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=302879; SECTORES POPULARES Y VIDA MUNICIPAL EN LAS CIUDADES DE HISPANIA ROMANA; Juan Francisco Rodríguez Neila
https://www.persee.fr/doc/ccgg_1016-9008_2006_num_17_1_904; Epula y cenae públicos financiados por las ciudades romanas; Juan Francisco Rodríguez Neila
http://revistaseug.ugr.es/index.php/florentia/article/viewFile/4556/4448; Evergetismo y distribuciones en la Hispania romana; Enrique Melchor Gil
https://www.academia.edu/9928870/In_publicum_vescere._El_banquete_municipal_romano; IN PUBLICUM VESCERE. EL BANQUETE MUNICIPAL ROMANO; JUAN FRANCISCO RODRIGUEZ NEILA
http://sites.middlebury.edu/feastsandfestivals/files/2015/09/roman-public-feasting.pdf; TOWARD A TYPOLOGY OF ROMAN PUBLIC FEASTING; JOHN F. DONAHUE
https://www.academia.edu/8449979/_Un_aspecto_socioeconómico_de_la_Bética_los_epula; Un aspecto socioeconómico de la Bética: los epula; Javier del Hoyo
https://www.academia.edu/245390/_The_Economy_of_Endowments_the_case_of_Roman_associations_Studia_Hellenistica_44_2008; The Economy of Endowments: The case of the Roman collegia; Jinyu Liu
Food and Drink in Antiquity: A Sourcebook: Readings from the Graeco-Roman World; John F. Donahue; Google Books
Roman Portraits in Context; Jane Fejfer; Google Books
Illustrated Introduction to Latin Epigraphy; Arthur Ernest Gordon; Google Books
The Greco-Roman World of the New Testament Era: Exploring the Background of Early Christianity; James S,. Jeffers; Google Books