Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

martes, 11 de agosto de 2020

In vino sano, el vino medicinal en la antigua Roma




“Primero me vino a la mente lo que hacen los médicos; en efecto, a los que están desfallecidos y precisan algún tónico por debilidad del estómago no les suministran nada caliente, sino que dándoles vino los alivian.” (Plutarco, Moralia, III, 652C)

Desde antes de los tiempos de Homero en la sociedad griega antigua se tenía al vino por un alimento beneficioso que proporcionaba fuerza y vigor al cuerpo y que tenía poderes curativos. También se consideraba su valor terapéutico para la salud del alma porque hacía olvidar las preocupaciones y aliviaba las penas. Pero todo ello ocurría solo si se tomaba en las cantidades adecuadas y se administraba con las debidas precauciones, como manifestaron la gran mayoría de las fuentes médicas antiguas, pues en caso contrario podía ser causa de problemas y enfermedades.

“En Atenas ofrendan el vino nuevo el once del mes Antesterión, por lo que llaman a ese día Pitegia. Y antiguamente, incluso, según parece, suplicaban, haciendo una libación con el vino antes de beberlo, que el uso del «fármaco» les fuera inofensivo y saludable.” (Plutarco, Moralia, III, 655E)


Fresco de Pompeya con Dioniso


Mnesiteo de Atenas, advertía de que, si bien el vino podía ser el mayor bien para los hombres, también podía convertirse en el peor si se cometían excesos.

Mnesiteo afirma que los dioses dieron a conocer el vino a los mortales como el mayor bien para quienes lo toman con sensatez, y para los que lo hacen desordenadamente, lo contrario.

En efecto, a quienes lo consumen les proporciona alimento,
y vigor a sus almas y sus cuerpos.
Asi mismo, como cosa utilísima en medicina,
pues se mezcla con los fármacos bebibles,
y proporciona socorro a los heridos;
en las reuniones de todos los días,
a quienes lo beben con moderación y mezclado,
buen humor; en cambio, si te excedes, insolencia.
Si te lo tomas mitad y mitad, provoca delirio;
si puro, parálisis de los cuerpos.
Por eso también se llama a Dioniso por doquier (Médico).
(Banquete de los eruditos, II, 36 A-B)

En su doble acción como fármaco y veneno el vino era tanto apreciado como odiado, y por ello su descubridor, Dioniso (o Baco), también. La embriaguez se consideraba una enfermedad, pero no una lacra social, por lo que el dios era principalmente venerado como benefactor y como “doctor” que proporcionaba alivio a los males del cuerpo y del espíritu.

“Y Dioniso no sólo por haber inventado el vino, fármaco muy eficaz y agradable, fue considerado un médico excelente, sino también por haber elevado a lugar de honor la yedra, lo más contrapuesto en su acción al vino, y por haber enseñado a quienes le festejan a coronarse con ella, para que sean molestados menos por el vino, ya que la yedra con su frescura apaga la borrachera.” (Plutarco, Moralia, III, 647 A)


Pintura de Dioniso, Museo Arqueológico de Nápoles

Médicos griegos de todas las épocas compartieron por lo general esa opinión sobre las bondades (y perjuicios) del vino y lo consideraron como un auténtico fármaco tanto por su efecto beneficioso como perjudicial. Ellos conocían bien tanto las virtudes terapéuticas del vino como los daños que podía causar bebido en exceso y lo usaron ampliamente en medicina para prevenir o curar gran número de enfermedades.

Hipócrates (siglo V a.C.) afirmó que el vino era, además de un alimento, un excelente tratamiento para el alma y el cuerpo, tanto en el interior al tomarlo, como en el exterior al aplicarlo con otros ingredientes. Basándose en la teoría de los humores, consideraba al vino caliente y seco, en comparación al agua que era fría y húmeda. Además, hizo hincapié en que se debía tener en cuenta la calidad, características y cantidad del vino para prescribir un tratamiento en razón además de la enfermedad, temperamento, constitución y hábitos alimenticios del paciente.

“El beber, sin tener costumbre y de repente, vino rebajado va a causar en la región intestinal superior un estado de humedad, y en la región inferior, flato. Y el beber vino puro, palpitaciones en las venas, dolor de cabeza y sed. El vino blanco y el tinto, aun siendo fuertes los dos, producen a los que alteran su uso habitual muchos trastornos en el cuerpo, de manera que uno diría que es menos extraño que el vino dulce y el fuerte, si se cambian de repente, no causen el mismo efecto.” (Hipócrates, Sobre la dieta en las enfermedades agudas, 37)



Según un catálogo de vinos contenido en los tratados médicos de la escuela hipocrática se puede hablar de una diferenciación basada en el color (blanco, claro, tinto, pajizo, ambarino), en la consistencia al degustarlo (ligero, concentrado, suave o intenso), en su sabor (dulce, seco, ácido) en el olor (oloroso, con olor a miel, sin aroma), en la edad (joven o añejo). Los médicos de la época asociaron vinos específicos con diferentes procedimientos terapéuticos.

“De los vinos, los tintos y ásperos son más secos, y no son ni laxantes ni diuréticos ni expectorantes. Resecan por su calor, al consumir la humedad del cuerpo. Los tintos suaves son más húmedos, y producen gases y son más laxantes. Los tintos dulces son más húmedos y más débiles, y producen gases al introducir humedad. Los blancos ásperos calientan, pero no resecan, y son más diuréticos que laxantes. Los vinos jóvenes son más laxantes que los otros, por estar más cerca del mosto y son más nutritivos, y también los aromáticos más que los que no tienen aroma, por ser más maduros, y más los gruesos que los ligeros. Los ligeros son más diuréticos. Y los blancos y los ligeros dulces son más diuréticos que laxantes, y refrescan, adelgazan y humedecen el cuerpo, y debilitan la sangre, desarrollando en el cuerpo el principio rival a la sangre.”
(Hipócrates, Sobre la dieta, 52)

De acuerdo con la tradición las propiedades terapéuticas y farmacológicas del vino se podían resumir en que el vino tinto se consideraba, en general, fuerte y difícil de digerir, malo para el estómago, flatulento, que perturbaba el intestino y que emborrachaba y engendraba carnes, sobre todo el espeso o denso, aunque, en cualquier caso, el vino tinto se consideraba muy alimenticio, reconstituyente y calorífico, cualidades que destacaban la casi totalidad de los médicos, pues, como decía Galeno, estando próximo a los alimentos sólidos por su consistencia, poseía de forma natural las dos cualidades elementales para ser un buen alimento (humedad y calor). Se le veía también como el más adecuado para la generación de sangre, sobre todo el rojo, dulce y espeso, asimismo se le tenía por un buen generador de bilis negra y en consecuencia del humor melancólico por lo que no era conveniente para los pacientes que sufrían de melancolía. 

Detalle de mosaico de Lillebonne, Museo de Antigüedades de Rouen, Francia. foto de Gerard

El vino blanco se consideraba, en general, débil, ligero por naturaleza y de consistencia similar al agua. Y, quizá por eso (y sobre todo el seco), se creía que era un buen diurético, mejor que el tinto, y capaz, por lo tanto, de limpiar la sangre a través de la orina, aunque tendía a subirse a la cabeza. Dioscórides lo consideraba un buen digestivo. Pero, por el contrario, se le tenía como el menos alimenticio de los vinos y desde luego menos que el tinto. La variedad dulce sería, en todo caso, la más nutritiva. En cualquier caso, era un vino muy recomendado por los médicos en general, tanto del Corpus Hippocraticum como de los posteriores, y tanto para las dietas como para la vida cotidiana. Dioscórides afirmaba que el vino blanco, seco y sin agua de mar era el preferente para cualquier persona en la salud y en la enfermedad. 


Además el blanco es sutil, se asimila bien y sienta bien al estómago. El negro es grueso y difícil de digerir y provoca embriaguez y aumento de carnes. El rojizo, al ser intermedio, tiene virtud intermedia con relación a cada uno de los otros. No obstante, debe elegirse el blanco tanto en caso de salud como de enfermedad.” (Dioscórides, De Materia Médica, V, 6, 2)

El pajizo se consideraba intermedio entre el tinto y el blanco en cuanto a propiedades y efectos sobre la salud, era alimenticio y moderador de los humores y los más ligeros y secos eran buenos diuréticos, mientras que los dulces y espesos eran más nutritivos que los ligeros y eran buenos generadores de sangre. Los médicos, generalmente, lo consideraban más calorífico que el tinto, por lo que producía más dolores de cabeza y alteraba la razón.

“De los vinos, uno es blanco, otro pajizo, otro tinto. El blanco es por naturaleza más ligero, diurético y cálido, y aunque es digestivo, hace arder la cabeza, pues es un vino que tiende a subir. En cuanto al tinto, el que no es dulce es muy nutritivo y astringente. En cambio, de los blancos y los pajizos la variedad dulce es la más nutritiva. En efecto, suaviza a su paso, y al espesar mucho los humores, afecta menos a la cabeza.” (Ateneo, Banquete de los Eruditos, I, 32, D)

En cuanto al aroma, se consideraba que tenía cierta influencia en la salud y solía recomendarse el empleo de sustancias aromáticas y perfumes en diversos tratamientos terapéuticos. El aroma de un vino podía depender no solo de la uva y el envejecimiento sino también de las varias sustancias aromáticas que se le solían añadir en el momento de la elaboración.

“Hay un tipo de aderezo y preparación de vinos salutíferos que curan diversas enfermedades y que muchos de los autores antiguos elogian por su experiencia. La preparación no lleva ninguna droga, sino que es sumamente simple, por ejemplo, con ajenjo, rosas, eneldo, poleo y sustancias de este tipo.” (Geopónica, VIII)

Pintura de Alma Tadema

Existía la creencia común de que los vinos dulces eran poco olorosos y menos aromáticos que los secos. Los médicos solían recomendar vino de buen olor en numerosas recetas (seco y/o añejo, habitualmente), y en muchas de ellas se añadían distintos ingredientes aromáticos, quizá por la necesidad de contrarrestar el mal olor de algún alimento o el que podía producirse en la boca o porque necesitaban prescribir fármacos que contenían componentes de olor fuerte o desagradable, y el vino, que podía emplearse como excipiente, servía entonces para neutralizar ese olor.

Así, por ejemplo, Columela explica la elaboración del vino de romero, que preparaba metiendo ramos de romero seco, atados con una cuerda de lino, en ánforas llenas del mosto obtenido tras los últimos prensados. Debían mantenerse así durante siete días de fermentación y retirarlos después. Después debía trasvasarse el vino a vasijas nuevas y tratarlo posteriormente con yeso. Se podía tomar al cabo de dos meses. Los autores antiguos decían que el romero tenía virtud calorífica y estimulante y se añadía a los fármacos que se utilizaban para evitar el cansancio. También se usaba para tratar los problemas de oídos y oculares, además de los cólicos y las diarreas.

“El mosto de recorte es el que se exprime del pie cortado en redondo después del primer estrujón. Este mosto lo echarás en un ánfora nueva, y la llenarás hasta lo alto; después echarás unas ramillas de romero seco liadas con hilo, y se dejarán hervir con el vino siete días: enseguida sacarás el manojo de ramillas, y lodarás exactamente el ánfora en que está el vino después de clarificado. Pero será bastante echar libra y media de romero en dos urnas de mosto. Se podrá emplear este vino como remedio al cabo de dos meses.” (Columela, De Agricultura, II, 36)

Fresco de Pompeya

En el Corpus Hippocraticum se dice que el vino dulce es más laxante y más expectorante que el seco y también que provocaba hinchazón del bazo y del hígado. Se consideraba, además, espeso y medianamente calorífico, no conveniente para bajar la fiebre. Se mezclaba con algunos fármacos para hacerlos más agradables de beber. El seco, en cambio, se tenía por más digestivo y diurético que el dulce, y más conveniente para la salud, sobre todo si era ligero y blanco o pajizo, aunque se creía que afectaba más a la cabeza.

“Es preciso establecer cómo hay que usar en las enfermedades agudas el vino dulce y el seco, el tinto y el blanco, la hidromiel, el agua y la oximiel, señalando lo siguiente: el vino dulce es menos pesado y se sube menos a la cabeza que el seco, es más laxante para el intestino que el otro, y provoca hinchazón del bazo e hígado. No es recomendable más que para los que sufren de bilis amarga, pues les da sed. Produce también flato en el intestino superior, aunque desde luego al inferior no le perjudica en proporción a los gases. Sin embargo, el flato que produce el vino dulce no tiene casi tendencia a salir, sino que se queda detenido alrededor del hipocondrio. Este vino dulce es también, por lo general, menos diurético que el blanco seco, pero, en cambio, favorece más que el otro la salida de esputos. Cuando da sed al beberlo, su acción expectorante es de mayor eficacia que la del blanco seco, y si no da sed, mayor.” (Tratados Hipocráticos, Sobre la dieta en las enfermedades agudas, 50)


Dioscórides, Wellcome Images

Los vinos más densos, en general dulces, y la mayoría de ellos tal vez tintos, se consideraban, por lo general, como muy nutritivos, y medianamente o muy caloríficos, pero también de digestión lenta, lo que podía provocar trastornos en el estómago e intestinos. Los médicos los introducían en sus recetas de diversos fármacos para usar tanto en el interior como en el exterior del cuerpo.

Los vinos más flojos y sin apenas consistencia alguna se consideraban muy poco alimenticios, nada caloríficos, los más diuréticos y los más indicados para los que tuvieran fiebre. Ayudaban, según Galeno a limpiar los pulmones, nunca producían dolores de cabeza y eliminaban las molestias producidas por los humores en el estómago.

"{4} El vino dulce que se hace de uva secada al sol, o tostada en los sarmientos y luego exprimida, se llama ‘crético’ (Krētikós) o ‘sin pisar’ (prótropos) o ‘pramnio’ (Prámneios) o ‘cocido’ (síraios), por obtenerse a base de mosto cocido, o se llama ‘cocción’ hépsēma. El negro, llamado melampsíthios, es grueso y muy alimenticio, mientras que el blanco es más delgado y el de color intermedio tiene también la virtud intermedia. Cualquiera de ellos es astringente, hace recuperar el pulso, es eficaz contra todos aquellos venenos mortales que aniquilan por ulceración, si se bebe mezclado con aceite y luego se vomita; también para el envenenamiento por meconio, por pharikón, por veneno de flechas, cicuta y la leche coagulada; también lo es para la vejiga y para los riñones afectados de mordicación y úlceras. {5} Pero son los más flatulentos y sientan mal al estómago. El melampsíthios, particularmente, es apropiado para los flujos del vientre. El blanco es más molificativo del vientre que los demás. El que contiene yeso es dañino para los nervios, produce pesadez de cabeza, es ardiente, inadecuado para la vejiga, pero es más apto que los demás contra los venenos mortales. Los que contienen pez o resina de pino son caloríferos y digestivos, pero inapropiados con eméticos." (Dioscórides, De Materia Médica, V, 6, 4-5)



Los médicos, en general, pensaban que el vino, con el paso del tiempo, iba ganando en fuerza y calor. Ateneo, por su parte, decía que el vino añejo ponía la sangre roja y fluida, que infundía vigor a los cuerpos, que era ligero y digestivo y, por lo tanto, que ayudaba a asimilar mejor los alimentos, y que se volvía más calorífico a la vez que envejecía.

“El vino añejo no sólo es más apropiado para la degustación, sino también para la salud, pues ayuda a asimilar mejor los alimentos y, al ser más ligero, es digestivo; infunde vigor a los cuerpos, pone la sangre roja y fluida, y procura sueños tranquilos.”
(Ateneo, Banquete de los eruditos, I, 26 A)

Sin embargo, advertía de que algunos vinos, pasados los años de maduración, producían dolor de cabeza y atacaban el sistema nervioso.

“Sobre los vinos itálicos dice el Galeno de la obra de nuestro erudito: El vino de Falemo está listo para beber pasados diez años, y (en su plenitud) desde los quince hasta los veinte; el que sobrepasa este tiempo produce dolor de cabeza y ataca el sistema nervioso." (Ateneo, Banquete de los eruditos, I, 26 C)



Los vinos nuevos eran flatulentos e indigestos, aunque diuréticos, por lo que los médicos solían preferir vinos de una edad intermedia. Dioscórides, por ejemplo, decía que el vino de tiempo medio (de unos siete años más o menos) era el que escapaba a las desventajas de unos y otros y el que había que elegir en la salud y en la enfermedad.

“El vino nuevo es flatulento, indigesto, provocador de malos sueños, diurético. El vino de edad mediana ha escapado a las desventajas de los otros dos, por lo que se ha de elegir en los casos de empleo tanto en estado de salud como en la enfermedad.” (Dioscórides, De Materia Médica, V, 6, 1)

A los vinos tratados con abundante agua de mar, como el de Cos, solía atribuírseles efectos laxantes. Dioscórides decía de ellos que, además de ser laxantes y producir sed, eran perjudiciales para la salud, sobre todo para el estómago y los nervios. Ateneo, en cambio, opinaba que, si estaban adecuadamente tratados con agua de mar, ni emborrachaban ni provocaban resaca, además ayudaban a asimilar la comida y estimulaban el estómago, aunque soltaban los intestinos.

“Los vinos mezclados muy cuidadosamente con agua de mar no producen resaca, aflojan los intestinos, estimulan el estómago, provocan flatulencias y ayudan a la asimilación de la comida.”
(Ateneo, Banquete de los eruditos, I, 32 E)



Los vinos tratados con yeso, decía Ateneo que producían dolor de cabeza, y Dioscórides que eran astringentes, nocivos para los nervios, producían pesadez de cabeza, sofocación y ahogo y dañaban la vejiga, aunque eran muy aptos contra los venenos mortales. Ocurría algo similar con los vinos tratados con cal o con mármol, sustitutos a veces del yeso en el tratamiento de los mostos. Los vinos que se trataban con resina podían producir vértigo y dolor de cabeza, pero eran buenos diuréticos y estomacales, muy adecuados para los que sufrían catarros y tos de forma habitual. Y los tratados con pez se tenían por caloríficos y purgantes, útiles para el hígado y el bazo, contra la tos, las digestiones pesadas, las flatulencias y el asma, entre otras cosas, aunque no era conveniente para los que tuvieran fiebre.

También se especifican las cualidades de los vinos según su procedencia geográfica. Ateneo describe las propiedades de vinos de la época.

De Italia

“El de Calesia es ligero, más digestivo que el de Falerno. De buena crianza es también el cécubo, fuerte, recio, envejece al cabo de bastantes años. El vino de Fundi es recio, muy sustancioso, ataca a la cabeza y al estómago, por eso no se bebe mucho en los banquetes.” (Ateneo, Banquete de los Eruditos, I, 27 A)

De Grecia

“El de Cnido es generador de sangre, nutritivo, y suelta el intestino. Pero bebido en exceso descompone el estómago. El de Lesbos tiene menor astringencia y se orina mejor. Riquísimo es el vino Quíos y, dentro del de Quíos, el llamado ariusio. Sus variedades son tres: uno es seco, otro, dulzón, y el intermedio entre ellos en sabor se llama autókratos (mezclado de por sí). Pues bien, el seco es agradable al paladar, nutritivo, y diurético; el dulzón es nutritivo, produce saciedad, ablanda el intestino; y el mezclado de por sí es intermedio en cuanto a su efecto. En general, el vino de Quíos es digestivo, nutritivo, generador de sangre buena, agradabilísimo, y produce saciedad por ser fuerte de graduación.” (Ateneo, Banquete de los Eruditos, I, 32 F-33 A)

De Egipto

“El vino de la Tebaida, y sobre todo el de la ciudad de Copto, es tan suave, tan fácil de asimilar y tan digestivo, que incluso si se les da a los enfermos con fiebre no les hace daño.” (Ateneo, Banquete de los Eruditos, I, 33 F)


Ánforas de distintas procedencias

Los médicos de finales del imperio y bizantinos recomendaban los vinos cuyo origen estaba en Fenicia y Palestina.

“Se pueden recomendar (a la hora de los postres) los vinos de Tiro y Ascalon, especialmente si están envejecidos porque estimulan la orina.” (Alejandro de Tralles)

No solo los médicos, sino también los agrónomos recomendaban el vino como ingrediente en los remedios utilizados para aliviar dolencias.

“Para los retortijones, para el vientre que no deja de fluir y para las tenias y lombrices que resulten molestas, coge treinta granadas en agraz, machácalas, échalas en una orza, y tres congios de vino tinto áspero. Tapa con pez el recipiente: ábrelo al cabo de treinta días y haz uso de él: bebe una hemina en ayunas.” (Catón, De Agricultura, 126)

Los médicos que apoyaban los principios griegos de terapia y recomendaban el vino para sanar eran conocidos como physikos oinodotes (filósofos naturales que recomendaban el vino como curación). 

En el siguiente epitafio se menciona a un médico, Menecrates, al que se denomina de tal manera.

“Menecrates, hijo de Demetrius, nacido en Tralles, cuyo nombre romano era Lucius Manneius, hijo de Quintus, fue médico y curaba con vino. Hizo su propio sepulcro. A Máxima Sadria, hija de Spurius, una esposa virtuosa y de principios.” (Museo Arqueológico Nacional de Volcei, Buccino, Salerno, Italia 130 b.C.)

Estela con epitafio. Museo Arqueológico de Volcei, Buccino, Salerno. Italia

Asclepíades de Prusia, nacido el año 124 a. C., y que ejerció la medicina en Roma y fue amigo de Cicerón, fue también considerado como tal por recomendar el uso terapéutico del vino.

“El famoso Asclepíades, el más importante -si se exceptúa a Hipócrates-, entre los médicos de primera fila, fue también el primero que descubrió que el vino constituye un eficaz remedio para los enfermos, pero que hay que administrarlo, desde luego, con prudencia y en el momento oportuno. Era un consumado experto en este tema, gracias a su agudo espíritu de observación, ya que había notado, con celo minucioso, el ritmo irregular o demasiado rápido de las pulsaciones de las venas.” (Apuleyo, Florida, 19)

Celso (siglo I a.C-I d.C.) escribió sobre los usos terapéuticos del vino, discutiendo los valores medicinales de los vinos de diferentes regiones, y para que enfermedades deberían recetarse. Para indigestión recomendaba:

“Aquellos que tienen una digestión lenta y por ello tienen un abdomen distendido, o a causa de alguna clase de fiebre sienten sed por la noche, deberían, antes de acostarse, beber tres o cuatro copas de vino con una pajita.” (De Medicina, I, 8, 36)




Dióscórides (siglo I d.C.) para quien en general el vino calienta el cuerpo, es digestivo, aumenta el apetito, ayuda a dormir y tiene propiedades vivificantes, dejó innumerables recetas para diversas afecciones entre cuyos ingredientes estaba el vino.

“Se prepara un vino contra el catarro, contra toses, indigestiones, flatulencias, exceso de humores de estómago: 2 dracmas de mirra, 1 dracma de pimienta blanca, 6 dracmas de lirio, 3 dracmas de eneldo, todo majado, átalo dentro de un lienzo a modo de envoltorio, échalo en 6 sextarios de vino. Después de tres días, cuélalo, almacénalo en una botella y haz que se beba después de un paseo, adminístralo puro y en cantidad de 1 ciato.” (Dioscórides, De Materia Medica, V, 55)

Rufus de Éfeso (I d.C.-II d.C.) escribió sobre el efecto del vino en los melancólicos.

“Rufo dijo al final de su libro: un melancólico que fue invitado a una boda bebió mucho vino, pero poco a poco. Cuando el vino se había extendido por todo el cuerpo, animó su espíritu y curó sus sentimientos de tristeza sobre lo que le había pasado. Cuando vio la alegría que este tipo de vino provocaba, lo empezó a usar cuando la enfermedad le llegaba, hasta que se curó completamente.” (Constantino el Africano, Sobre la melancolía, F.65)


La Convaleciente, pintura de Alma Tadema

Sorano de Éfeso (II d.C.) aconsejaba al hombre y la mujer evitar la borrachera de cara a la concepción y durante los primeros días de embarazo en los que aconsejaba no tomar nada de vino para evitar un posible aborto, pero pasados unos días podía empezar ya a beberlo según su costumbre, para que su dieta no se viera debilitada.

“Una vez que el esperma se ha asentado ha de alimentarse y se nutre a partir de las sustancias que contienen sangre y hálito vital, pero durante la ebriedad y la indigestión todo el vapor se echa a perder y el hálito vital se enturbia. Existe, por lo tanto, el riesgo de que el esperma se estropee a causa de las materias nocivas que le son suministradas. Además, el exceso de sangre provocado por la ebriedad supone un obstáculo para la fijación del esperma en el útero.” (Ginecología, I, 38)

También hace recomendaciones sobre la dieta y el consumo de vino que debe seguir una nodriza amamantando un recién nacido. Debería beber vino de forma progresiva para ir pasando al bebé las cualidades nutritivas del vino, pero evitando el riesgo de sufrir, por ejemplo, ataques epilépticos.

"La nodriza beberá agua los cuarenta primeros días al menos, después cierta cantidad de agua mielada durante dos o tres días. Cuando el niño se haya fortalecido y un régimen alimenticio le haya dado buenos colores, la nodriza beberá un poco de vino claro, no mezclado con agua de mar, muy poco áspero y de cierta solera. Aumentará la cantidad del vino progresivamente. De esta forma, el niño se encontrará nutrido con una leche que ha tomado las propiedades del vino, mientras que antes no está preparado para soportar impunemente una sustancia de esta categoría." (Ginecología, II, 26)



Galeno (II d.C.), uno de los médicos más reconocidos tras Hipócrates, y seguidor de este en muchos casos, menciona la función generadora de sangre del vino. Los vinos tintos y espesos son los más apropiados para la formación de sangre. La dosis de vino prescrito depende del estado del paciente, de su edad, sus hábitos, la estación del año actual y el lugar de residencia. Había que mantener un equilibrio entre la cualidad calorífica del vino y la cualidad fría de la constitución del paciente (especialmente en los mayores) y el ambiente.

“Dado que Galeno desea sanar a los enfermos, dado que su constitución es débil, él piensa del vino que puede transformarse en un humor en el estómago y transformarse rápidamente en sangre en el hígado y nutrir todo el cuerpo. Para la dosificación, hay que tener en cuenta los elementos constitutivos, especialmente los dinámicos, si es débil, le damos menos vino, si es fuerte, le damos más, la cantidad que pueda digerir; pero hay que tener en cuenta también la edad, si el viejo, necesita más vino, si concierne a la constitución de una persona con la fuerza de la edad, necesita menos vino; también hay que considerar el hábito; si concierne a alguien que bebe vino cuando está sano, le daremos más vino; si no le daremos menos; y menos en verano, más en invierno, e incluso más en Escitia, menos en Etiopía y así sucesivamente.” (Estéfano, Comentario sobre Terapéutica para Glaucón de Galeno)

Galeno, quien no identificaba ancianidad con enfermedad y afirmaba que la vejez era la constitución seca y fría del cuerpo, resultado de una larga vida, recomendaba el consumo del vino a los más mayores porque proporcionaba calor, razón, asimismo, por la que no deberían beberlo los más jóvenes, al ser el temperamento de éstos ya de por si caliente.

“La naturaleza de los jóvenes es pasional y la de los ancianos áspera, descorazonada y dura, que no se debe a los años sino al temperamento del cuerpo propio de cada edad. En efecto, el temperamento de los jóvenes es caliente y sanguíneo; el de los ancianos, poco sanguíneo y frío. Ésta es la causa por la que el consumo de vino es provechoso para los ancianos, pues conduce el frío, característico de la edad, a la buena proporción de calor, mientras que es muy perjudicial para los que están en época de crecimiento.” (Galeno, De los temperamentos, 10, 810)



También recomendó que tipo de vino era el más adecuado en cada momento del día, como, por ejemplo, después del baño, o cual, según la dolencia padecida. 

“Yo no siquiera les prohíbo que usen los vinos que se preparan con miel, y sobre todo a aquellos ancianos de los cuales hay alguna sospecha de formación de piedras en los riñones, o que padecen alguna podagra o artritis. El mejor vino dotado de una composición tal es el sabino. A este se le echa perejil, y este solo es suficiente para los artríticos. Pero en los que padecen cálculos se le mezcla algo de hierba betónica y de cestrum que se cría entre los celtas… Y si hubiera comido algo antes de bañarse y su estómago no tuviera necesidad de ninguna ayuda, que beba de los vinos blancos y que contienen poca agua también después del baño. Pero conviene evitar los espesos, dulces y negros, puesto que tales vinos obstruyen las vísceras.”

Aecio de Amida, el primer médico cristiano conocido, aconsejaba vinos tintos algo astringentes para personas con buena salud y para los convalecientes de enfermedades y para las náuseas en mujeres embarazadas. Para las úlceras e inflamaciones de la vejiga, recomendaba un fármaco preparado a base de almidón, bayas de mirto negro maduras, semillas de adormidera y vino dulce protropos.

Detalle de mosaico. Museo Arqueológico de Madrid

El llamado vino protropos se consideraba bueno para el intestino y un buen estomacal. Y era recomendado como aperitivo antes de las comidas y los médicos lo incluían en numerosas recetas y fármacos, sobre todo para los que padecían del estómago.

“Debe también beberla (el agua) en proporción con la cantidad (de los alimentos) para que se absorba antes en el organismo, y así el efecto del vino no se distribuya sin mezcla, ni corroa las extremidades de las venas al llegar a ellas. Pero si alguno de nosotros lo hace a desgana, que tome antes de las comidas algo de vino dulce caliente diluido, preferentemente del denominado «prematuro» (protropos), que es bueno para el estómago.” (Ateneo, Banquete de los Eruditos, II, 45 E)

El empleo más usual del vino solo, por vía externa, quizá fuese como remedio antiséptico, antiinflamatorio y cicatrizante para tratar y curar heridas, llagas, úlceras y otras lesiones externas o para detener hemorragias, igualmente externas, empapando en todos estos casos algún lienzo o lana y aplicándolo sobre cualquier herida o contusión o sobre la inflamación ocasionada por estas.

“Por tanto, siempre que se vende, debería lavarse la cavidad del absceso con vino mezclado con agua de lluvia o con una decocción de lentejas, cuando haya que contener la supuración; con vino mielado cuando haya que limpiarla; tras lo cual se vendará como antes. Cuando la supuración parezca contenida, y la cavidad limpia, entonces es el momento de ayudar al crecimiento de carne, ya sea irrigando con vino y miel a partes iguales, como aplicando una esponja empapada en vino y aceite de rosas.” (Celso, De Medicina, VII, 3, 3)

Fresco de Pompeya, Museo Arqueológico de Nápoles

Galeno favoreció el uso del vino para prevenir infecciones, llegando incluso al extremo de empapar las vísceras intestinales en vino antes de meterlas de nuevo en la cavidad abdominal en caso de evisceración. Insistió en que cualquier herida infectada debería lavarse con vino o aplicar una esponja o un trozo de tela empapados en vino a la herida. 

“Yo curaba a los heridos más graves cubriendo las heridas con un paño mojado en un vino astringente que se mantenía húmedo día y noche pasando una esponja por encima.”

Aríbalos, Museo del Louvre, Foto Marie Lan Nguyen

Desde comienzos de nuestra era la triaca fue el antídoto de mayor difusión contra los venenos. Su fórmula, alterada según las épocas, fue adquiriendo progresiva complejidad al entrar en su composición mayor número de ingredientes, incluido el vino, al que se suponía un potente antídoto. 

“Se preparará una vid triacal, pues su eficacia es tal que el vino, vinagre, uva o la ceniza de sus sarmientos servirá de triacal antídoto contra las mordeduras de todos los animales.” (Paladio, De agricultura, III, 28)

Pero el vino, además, podía ser utilizado en farmacopea para conseguir efectos en el organismo humano distintos a la curación de enfermedades corporales, tanto internas como externas, ayudando, por ejemplo, a disminuir la sensación de cansancio o a incrementar la sensación de placer. Solía utilizarse en estos casos en combinación con otros ingredientes, generalmente obtenidos de las plantas, o haciendo de excipiente, aunque también podía utilizarse solo.

“Durante el presente mes se hace el vino de cebolla albarrana de la manera que sigue: se pone a secar cebolla albarrana de lugares montañosos o marítimos, lejos del sol, hacia la salida de la canícula. En un ánfora de vino se echa una libra de ésta, pero cortando previamente las hojas sobrantes y malas que rodean su punta. Hay personas que cuelgan estas mismas hojas trenzadas con un hilo, de modo que queden en infusión y al cabo de cuarenta días sacan las ristras que están colgadas sin que se hayan mezclado con la borra. Este tipo de vino combatirá la tos, purgará el vientre, hará desaparecer la mucosidad, convendrá a los enfermos de bazo, dará agudeza visual y coadyuvará la digestión.” (Paladio, De Agricultura, VIII, 6)

Los vinos artificiales o vina ficticia se obtenían por maceración de un producto, generalmente, en el mosto. En términos generales se preparaban machacando la planta o plantas (raíz, hojas, tallo, ramos y/o frutos), troceando la fruta o triturando la resina (si era seca) y macerando estos productos en vino ya hecho o en mosto que luego se reducía por cocción o se dejaba fermentar de forma usual exponiéndolo al sol. Estos “vinos” eran recomendados y utilizados por los médicos para tratar diversas dolencias, pero ya Dioscórides advertía de que todos los vinos “preparados” recibían la virtud de los elementos mezclados y que, por eso, para los que conocían la naturaleza de aquellos era fácil conjeturar las virtudes de los vinos. Dioscórides indicó también que “los vinos preparados son inadecuados para las personas sanas y todos ellos son caloríficos, diuréticos y un tanto astringentes, estando recomendado su uso solo para los que no tienen fiebre”. Las fórmulas para su elaboración variaban entre los autores y solo se producirían en cada casa y se guardarían en la bodega familiar los más usuales y aconsejados por la experiencia o los que resultaran más cómodos y sencillos de elaborar según la facilidad de acceso que se tuviese a las plantas, resinas o frutas con las que se preparaban. Eran productos reconfortantes y sus virtudes terapéuticas aliviaban las afecciones digestivas.

Fresco de Casa de Julia Félix, Pompeya

Los vinos frutales se obtenían con alcohol de las frutas cuyo jugo era posible fermentar y se preparaban, sobre todo, en las regiones donde el cultivo de la vid era difícil, eran apropiados para su consumo en el campo y tenían aplicaciones medicinales.

“El vino de membrillo, al que algunos llaman mēlítēs, se prepara así: saca la simiente de los membrillos y córtalos en rodajas, echa 12 minas de ellos en una metreta de mosto durante 30 días; luego, cuélalo y almacénalo. Se prepara también de otra manera: tras majar y exprimir los membrillos, hay que mezclar 10 sextarios de su jugo con uno de miel y almacenarlo así. Es astringente, estomacal, conveniente para las disenterías, para los que padecen del hígado, del riñón y de dificultades urinarias.” (Dioscórides, De Materia Médica, V, 20)

El vinum conditum era cocido y especiado, tenía un gusto dulce y resinoso e incluía en su composición resinas (mirra), especias (pimienta, azafrán), flores (mirto, violetas), y otras plantas aromáticas, además de miel. Se tomaban como aperitivo, por ejemplo, el rosatum, con miel y pétalos de rosa.

Estos vinos, muy dulces por la gran cantidad de miel que llevaban, servían como bebidas “energéticas”, que eran tomadas por los soldados, campesinos y viajeros. Se les suponía un efecto reconfortante, y según Apicio se llevaban en los viajes por su buena conservación. 

VINO AROMATICO CON MIEL PARA EL VIAJE, que se conserva siempre y pueden llevarse los que se van de viaje.

“Echar dentro de un barril pequeño pimienta molida con miel espumada en lugar del vino aromático, y cuando se quiera beber, mezclar miel y vino según la cantidad a tomar. Si en lugar de un barril fuese un recipiente de cuello estrecho, añadir al vino con miel un poco más de vino, para facilitar la salida de la miel." (Apicio, De Re Coquinaria, I, 1.2)


Cantimplora de peregrino

Galeno recomienda a Marco Aurelio beber vinum piperatum (vino especiado con pimienta) para aliviar su dolencia, lo que el emperador acabará haciendo.

“Yo le respondí lo que sabía y le dije que, si alguien se encontraba en estas condiciones, yo le daría de beber vino con pimienta esparcida encima, según era mi costumbre. Pero que, en el caso de los emperadores, como los médicos acostumbraban a utilizar los remedios más seguros, bastaba con poner en la boca del estómago un mechón de lana humedecido con un ungüento de nardo caliente. Él replicó que siempre que tenía molestias en el estómago tenía por costumbre aplicarse el ungüento de nardo caliente envuelto con lana con púrpura y dio órdenes a Pitolao de hacerlo y de despedirme. Cuando le fue aplicado el ungüento y sus pies entraron en calor gracias a los masajes que le dieron con manos calientes, pidió vino Sabino y le echó pimienta.” (Galeno, Sobre el pronóstico, 11)

Esta receta con vino y sustancias olorosas se destinaba a eliminar los restos que quedaban dentro del cuerpo tras los partos y abortos. Además de contener eléboro, altamente purgante, entre sus ingredientes se encuentran sustancias muy aromáticas que lo hacían más apetecibles al gusto sobre todo de las mujeres.

“Toma de mosto una metreta [la metreta son 10 congios] sacado de uvas secadas al sol sobre zarzos y echa al vino 20 dracmas de yeso y déjalo durante dos días; échale un atado que contenga 30 dracmas de eléboro negro, 30 dracmas de esquenanto y 30 dracmas de cálamo aromático, medio quénice y un cuarto de bayas de enebro, de mirra y de azafrán una dracma de cada uno, y, una vez envuelto en un paño cuélgalo dentro del mosto durante 40 días. Después cuélalo y administra dos o tres ciatos mezclados con agua. Purga después de los partos y de los abortos. Destruye también los fetos y es eficaz contra los sofocos de la matriz.” (Dioscórides, De Materia Médica, V, 72, 19)


Pintura de Stabia, Museo Británico, Londres

El cálamo y el azafrán estaban indicados para tratar enfermedades específicas de las mujeres, pero este último tenía un precio desorbitado, pues, aunque podía encontrarse en la zona mediterránea, el coste de su producción era muy elevado por la dificultad en su cosecha. La mirra, en cambio, tenía su producción limitada a la zona de Arabia, Etiopía y Somalia, muy lejos del ámbito territorial de la civilización grecorromana, con lo que su transporte elevaba su precio, a pesar de que conservaba su fragante aroma y brillo desde su cosecha hasta su venta.

Por tanto, este tipo de medicamento estaría reservado especialmente a las mujeres de las élites griegas y romanas que podían permitirse pagar un medicamento con un aroma atrayente y que, si se hacía con vinum passum (de pasas) de buena calidad, mantenía su sabor dulce, tras los cuarenta días de reposo. Tanto si se utilizaba como remedio tras un parto o aborto natural, como para finalizar un embarazo no deseado, se buscaba un resultado efectivo que no conllevara un efecto desagradable al tomarlo.

Mirra

El vino en Roma tenía una alta concentración de acetato de plomo, un potente fungicida que en pequeñas dosis diarias puede ser mortal. Los antiguos romanos cuando tenían que cocer el vino preferían utilizar una olla de plomo, o una recubierta de este metal, pues decían que en las de cobre cogía mal sabor. El vino cocinado en estas ollas adquiría un sabor más dulce debido al “azúcar de plomo”, es decir, el acetato de plomo. Algunos expertos cocineros romanos consiguieron elaborar la forma cristalina de este azúcar para utilizarlo como edulcorante artificial. 

“Algunas personas cuecen el mosto que han echado en vasijas de plomo, hasta que disminuya la cuarta parte; otros hasta que disminuya la tercera; y no hay duda que si alguno lo cociere hasta que quede en la mitad hará una sapa mejor, y por lo mismo más útil para los usos que se destina, de tal suerte que aún puede servir en lugar de arrope al mosto de las viñas viejas."
(Columella, De Agricultura, XII, 19)

El efecto de ingerir una gran cantidad de plomo podía provocar deterioro mental, falta de memoria, agresividad, fallos renales y, sobre todo, gota, sin olvidar un fatal desenlace. Marcial, Juvenal u Ovidio hacen mención de esta enfermedad que se daba principalmente en las clases altas y que en ocasiones se trataba como una epidemia. 

La enfermedad era llamada saturnismo por la demencia que el dios Saturno demostró al devorar a sus hijos.

Relieve de Cronos (Saturno) dispuesto a devorar a su hijo

Debido a que la salubridad del agua en la época no ofrecía garantías, era costumbre social prescindir totalmente de ella, o mezclarla con el vino, cuya graduación alcohólica servía como antiséptico. 

“Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo soporté bebiendo sólo agua, pero sí que lo hice complacido y cómodo, aunque antes siempre había sentido aversión por el agua y me había dado náuseas. Cuando cumplí con este mandato me liberó de beber sólo agua y me fijó la medida de vino; la expresión con la que lo hizo fue hemina real. Era evidente que me estaba indicando medio cotilo. Me limité a beber esta cantidad y me bastaba como antes no lo habría hecho el doble. Había veces, incluso, que me sobraba porque escatimaba el vino no fuera a ser que me causara algún mal.”
(Elio Arístides, Discurso Sagrado III) 

Museo del Bardo, Túnez

Aunque los médicos de la antigüedad recetaban habitualmente el vino como un remedio saludable, también había recomendaciones para no tomar vino en casos contraindicados, aunque algunos pacientes no hicieran caso de las advertencias.

“Bebedor notorio, Frige era, Aulo, tuerto de un ojo y legañoso del otro. A éste el médico Heras le tenía dicho: “Cuidado con beber; como bebas vino, no verás nada”. Entre risas, dijo Frige a su ojo: “¡Cuídate!”. Y sin pérdida de tiempo se hace preparar unos cuartillos, pero bien seguidos. ¿Preguntas por el resultado? Frige bebió vino; el ojo, veneno.” (Marcial, Epigramas, VI, 78)

Antioquía, Turquía


Bibliografía 

https://eprints.ucm.es/46855/1/T39705.pdf; Vides y vinos de la antigua Grecia; Salustiano Morala Fernández
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=163846; El vino como alimento y medicina en la sociedad romana; Carolina Real Torres
http://journals.mu-varna.bg/index.php/ssp/article/view/5610; WINE AS A MEDICINE IN ANCIENT TIMES; Piareta Nikolova, Zlatislav Stoyanov, Dobrinka Doncheva, Svetla Trendafilova
http://www.aascit.org/journal/health; Wine in Graeco-Roman Antiquity with Emphasis on Its Effect on Health; Francois P. Retief, Louise Cilliers
https://brill.com/view/title/20068; Greek Medicine from Hippocrates to Galen; Jacques Jouanna
https://www.researchgate.net/publication/16449292_Lead_and_wine_Eberhard_Gockel_and_the_Colica_Pictonum; LEAD AND WINE EBERHARD GOCKEL AND THE COLICA PICTONUM; JOSEF EISINGER
https://www.researchgate.net/publication/316427609_The_Influence_of_Ancient_Rome_on_Wine_History_Research_Paper; The Influence of Ancient Rome on Wine History; Yipaer Aierken
https://www.academia.edu/9302503/The_Roman_Vina_Condita_The_Origins_of_Absinthe_and_others_liquors; The Roman Vina Condita: The Origins of Absinthe and Other Liquors; Amalia Lejavitzer Lapoujade
The Alphabet of Galen, Pharmacy from Antiquity to the Middle Ages, Nicholas Everett (Critical Edition)
https://www.researchgate.net/publication/340393740_Wine_and_Myrrh_as_Medicaments_or_a_Commentary_on_Some_Aspects_of_Ancient_and_Byzantine_Mediterranean_Society; Wine and Myrrh as Medicaments or a Commentary on Some Aspects of Ancient and Byzantine Mediterranean Society; Zofia Rzeźnicka, Maciej Kokoszko
https://www.jstor.org/stable/27926305?seq=1; The Use of Ascalon Wine in the Medical Writers of the Fourth to the Seventh Centuries; Philip Mayerson

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