domingo, 28 de abril de 2013

Hortus, hierbas y frutas en el jardín de la domus romana



 
Pintura de Casa de Livia en Prima Porta, Museo Nacional de Roma

El escritor Plinio describió el huerto como el campo del pobre porque tenía originalmente la función de proveer la despensa familiar con hortalizas e hierbas medicinales, y se ubicaba generalmente en la parte posterior de la domus. Pero después se convirtió en un jardín ornamental en la domus urbana, aunque en las villas del campo el terreno dedicado a la horticultura aumentó y un cultivo extensivo permitió vender los excedentes en los mercados cercanos y sacar beneficio a su producción.

" Era el primero en coger la rosa en primavera y en otoño las frutas. Y cuando el invierno triste hacía todavía estallar de frío las rocas y frenaba con el hielo el curso de las aguas, él ya estaba recortando las hojas del blando jacinto, maldiciendo el retraso del verano y la tardanza de los céfiros. De modo que era también el más abundante en abejas productivas y número de enjambres y el primero en sacar la miel espumosa de los panales escurridos. Tenía tilos y pinos riquísimos, y toda la fruta de que se había ataviado el fértil árbol con la flor nueva esa misma tenía maduras en otoño. El también trasplantó a las hileras olmos crecidos, el peral bien duro, endrinos que echaban ya prunas y el plátano que ya proporcionaba sombras a los bebedores". (Virgilio,  Geórgicas, IV)

Según Plinio, la jardinería ya la practicaron los reyes romanos con sus propias manos. En la ley de las XII tablas, del siglo V a. C. el jardín se llamaba heredium, mientras que la finca no se llamaba villa, sino hortus.



Para Catón la palabra hortus indicaba el huerto irrigado y él aconsejaba al que iba a comprar un terreno que prestase atención a la calidad de sus viñas y al lugar del huerto, que requería  tierra fértil y acceso al agua. Por ello se aconsejaba aprovechar las aguas procedentes de la casa para regar los huertos. Estos solían limitarse con un muro, una cerca o un seto, para evitar que el ganado echase a perder las plantas.

“Conviene también que pomares y huertos estén cercados por un seto, cercanos a la casería y en sitio adonde puedan ir a parar todas las aguas y desechos del corral y los baños, así como el viscoso alpechín de las olivas prensadas; que hortalizas y árboles se abonan también con nutrientes como éstos.”  (Columela, De Agricultura, I)

 Muchos textos romanos describen qué plantas se cultivaban en los huertos, ya fuera como alimento o como saborizante, para decorar retratos de los dioses, para deleitar a los huéspedes, proporcionar fragancias o alimentar las abejas – pero sobre todo para asegurar a los residentes de la casa un suministro de medicinas.

¿Qué dirías, si benignos zarzales llevaran rubicundas cerezas y ciruelas, si roble y encina surtieran de frutos al ganado, de sombra a su señor? Dirías que han traído Tarento con su verdor más cerca. Además, una fuente capaz de dar nombre a un arroyo, tan fría y tan pura que ni el Hebro, que atraviesa Tracia, lo es más, fluye eficaz para la cabeza enferma, eficaz para el vientre. Este refugio dulce y, si me crees, ameno, se me mantiene incólume en las horas septembrinas.” (Horacio, Epístolas, I,16)

Cesto con frutas, casa de los Ciervos, Herculano, Italia

El mirto y el laurel eran parte sustancial del huerto. Sus bayas y hojas eran condimentos populares, y sus ramas proporcionaban material para hacer coronas.
Antes de beber, los romanos solían filtrar el vino mediante un saco de lino empapado en aceite de mirto que, a la vez que retenía las impurezas, perfumaba el vino.

“Más aún, el aceite de mirto, cosa singular, tiene también un sabor de vino, es a la vez un líquido graso, de gran eficacia para corregir los vinos, regando previamente con él los coladores para filtrarlos. En efecto, retiene los posos, no deja pasar más que el vino purificado y acompaña el licor clarificado, cuyo sabor aumenta especialmente.” (Plinio, NH, XV, 125)

Los huertos proporcionaban  hierbas, originarias principalmente del Mediterráneo, con diferentes propósitos, como medicinas para aliviar dolores, como aditivos en cosméticos y condimentos en gastronomía.

“Las delicias y el lujo nos hacen la vida más deliciosa, ¿pero quién honra las hierbas que nos alivian el dolor y evitan la muerte? Consideramos que de nuestra salud deben ocuparse otros y esperamos que los médicos sean tan buenos para aliviarnos de la tarea.” (Plinio, Historia Natural, XXII, 7)

Las hierbas se troceaban, picaban, molían, secaban y mezclaban con líquidos, para hacer una pasta; la miel las hacía comestibles. Para bálsamos, plantas como camomila, mejorana y menta eran usadas. Tintes se confeccionaban  con malvas, clavos dulces y ruda.

“Observar las famosas hierbas que nuestra madre tierra Tellus produce solo para medicinas me llena de admiración por el buen sentido de nuestros padres, que no dejaron nada sin explorar, nada por probar, y así descubrieron cosas que benefician a sus descendientes.” (Plinio, Historia Natural, XXV, 1)

 El uso cosmético y aromático de hierbas era importante y muchas hierbas eran ingredientes de perfumes. Hierbas aromáticas eran parte de rituales en la adoración de los dioses – aromas de plantas en particular se creían consagradas a un dios. Se conseguía aire fragante quemando ramas o ramitas de hierbas o esparciendo hojas aromáticas y flores en un altar o templo, o en una habitación. En la antigüedad los malos olores eran frecuentes debido a los alimentos perecederos, orina, enfermedad y muerte. Para contrarrestarlo se utilizaban aromas frescos y agradables. Estas mismas hierbas se usaban para preparar los aceites corporales.


Detalle mosaico de Adonis, villa de Materno, Carranque, Toledo

El ajenjo aliviaba el dolor de las mujeres en el parto y Columela recomienda una bebida para tomar al final de las comidas, glechonites,  en la que esta hierba se mezcla con vino y tomillo.

El anís, procedente de Oriente,  se mezclaba con leche y cebada para recuperarse de los alumbramientos. Plinio da una receta de enjuague para la boca: 

“Al levantarse por las mañanas, en ayunas, deberías mezclar semillas de anís con un poco de miel, mastícalas, y enjuaga tu boca con vino.” (Plinio, Historia Natural, XX, 72)

Se empleaba como saborizante para panes y dulces. Sus hojas verdes se cocinaban como verduras y en sopas, y se consideraba que su jugo aliviaba el insomnio y las náuseas, además de actuar como digestivo.

Los romanos comían muchas verduras y hortalizas. Las recolectaban silvestres o las cultivaban. Plinio el Viejo comentó sobre el elevado precio de las verduras y citó que los espárragos cultivados no podían servirse en hogares humildes, pero, si podían recolectarse libremente los que crecían por el campo:

“Las tiernas espinas que crecen en la marítima Rávena no serán más agradables que los espárragos silvestres.” (Marcial, XIII, 21). 



Los ajos y los puerros se comían como hortalizas y condimentos y tenían propiedades terapéuticas.

Entre los vegetales que podían consumir los romanos estaban los nabos, zanahorias, acelgas coles, lechugas, berros, cardos y calabazas. Se cocinaban de muchas maneras, hervidas, aliñadas con vinagretas, en puré, con cereales y acompañando carnes y pescados.

“Cecilio, el Atreo de las calabazas, tal como a los hijos de Tiestes, las descuartiza y las corta en mil pedazos. Las comerás en seguida, en el mismo aperitivo, las servirá en el primero y en el segundo plato. Te las volverá a poner en el tercero; de ellas preparará los postres finales. De ellas hace el repostero unos pasteles insípidos; de ellas guarnece no solo piezas variadas sino también los dátiles conocidos en los teatros.” (Marcial, Epigramas, XI, 31)


Pintura con flores, casa de Livia en Prima Porta, Museo Nacional de Roma

Las flores se utilizaban como elemento decorativo para la realización de coronas y guirnaldas.  Se tomaban vinos a los que se añadían pétalos de flores. También se utilizaban en ritos domésticos, como matrimonios y funerales. Por ejemplo la violeta se depositaba sobre las tumbas de los difuntos en la fiesta de las Parentalia.
Los romanos también creían que la violeta prevenía la borrachera y por ello lucían coronas con esta flor en los banquetes.
La rosa y el mirto se consagraban a Venus y la hiedra y las uvas era atributos de Baco en las representaciones artísticas.


Detalle mosaico con figura adornada de corona con frutas y hojas.

La rosa se cultivaba en tiempos remotos en el valle del Nilo y en Mesopotamia, de donde fue importada a Grecia en época anterior a Homero y luego se introdujo en Roma.


Niño llevando centas con rosas. Mosaico Piazza Armerina, Sicilia

Con hierbas y flores se producían aceites  y cremas utilizados en cosmética. El famoso ceratum de Galeno era una crema fría elaborada a partir de cera de abejas, aceite de oliva y agua de rosas.
Durante las fiestas de Floralia, las casas se adornaban con flores y las figuras de los lares se coronaban con guirnaldas entrelazadas de flores.

Pintura con frutas, Museo Arqueológico de Nápoles

La fruta empezó siendo un símbolo de frugalidad derivado de la actividad originaria de las antiguas civilizaciones, la recolección de frutos y raíces para la alimentación. Luego se convirtió en signo de refinamiento y lujo entre los ricos cuando se consumía fresca. Se empleaba en las comidas como entrante, como ingrediente de platos principales y en la elaboración de salsas.


Cesto con frutas, pintura Museo Nacional de Roma

Para hacer conservas, sobre todo en el entorno rural, se introducía en miel, vino, vinagre, salmuera o una mezcla de todo. Dejadas secar al sol, se consumían como postre, junto a la fresca.

Las frutas se denominaban por el lugar de procedencia, higos de Siria, granada de Cartago, ciruela de Damasco, membrillo de Creta, albaricoque de Persia.


Detalle de Pintura con higos frescos, villa de Popea, Oplontis, Italia

“Hay algunos que ponen higos frescos poco maduros en un recipiente nuevo de barro, cogiéndolos con los rabos y separándolos unos de otros, y dejan flotando el recipiente en un tonel lleno de vino.” (Paladio, De Agricultura, IV, IX)

El higo era un fruto consumido por todos los pueblos del Mediterráneo, se tomaba fresco, seco, en conserva y añadido al vino. La higuera se consideraba un árbol sagrado porque la loba Luperca amamantó a Rómulo y Remo debajo de una.

Los higos tuvieron una importancia vital en la historia de Roma, según el historiador latino Floro que cuenta como el senador Catón, interesado en la guerra contra Cartago, mostró a los senadores un higo fresco y les preguntó.” ¿Cuándo creéis que ha sido arrancado del árbol?” Ellos respondieron que recientemente y Catón añadió: Hace tres días nada más y de un árbol en la propia Cartago. ¡Tan cerca se halla nuestro mortal enemigo!”. Y entonces declararon la que se convirtió en la tercera guerra púnica.

Pintura con membrillos, casa de Livia en Prima Porta, Museo Nacional de Roma

El membrillo, llamado manzana cidonia, era una fruta consagrada a Venus, que se representaba, a menudo, con uno en la mano. Columela aconseja conservarlo en miel.

“Los membrillos deben cogerse maduros y conservarse así: o bien metiéndolos entre dos tejas cerradas con barro por todas partes, o cocidos en arrope o vino de pasas… otros los introducen en tinajas de mosto y luego las cierran, lo que da aroma al vino.” (Paladio, De Agricultura, III, XXV)

El granado, procedente de Asia, se cultivaba en los países del norte de Africa; se tenía por fruto sagrado de la diosa Juno y simbolizaba la fertilidad.

Pintura con granado, casa de Livia en Prima Porta, Museo Nacional de Roma

Los vinos se mezclaban y aromatizaban con frutas en los banquetes, y algunos se consideraban remedios medicinales. Dependiendo de la época del año, se añadían al vino violetas, pétalos de rosa, o semillas de hinojo y comino. Con el postre se servía un dulce moscatel hecho con las uvas de la última vendimia.

“Se hacen también vinos de frutas, de dátiles,…de higos, de peras, de todas las variedades de manzanas, de serbas, de moras secas, de piñones de pino [estos últimos se ablandan en el mosto y se prensan]…” (Plinio, Historia Natural, XIX, 102)

Los árboles frutales se plantaban en hileras y, a veces, entre árboles sin fruta, para adornar los jardines.

Cesta de frutas, detalle de mosaico de la villa de Materno, Carranque, Toledo

Para proteger las plantas y acelerar su crecimiento se utilizaban invernaderos (specularia) hechos con láminas de lapis specularis, material transparente que dejaba pasar la luz y el calor. El emperador Tiberio comía pepinos todo el año, porque los cultivaban de forma que con el frío y por la noche los metían bajo estos vidrios.

“Para que tus vergeles de pálidas rosas de Cilicia (azafrán) no teman al invierno y el viento helado no perjudique a los tiernos planteles, unas cristaleras puestas cara a los vientos invernales del Sur dejan pasar uno rayos de sol limpios y una luz sin sombras.” (Marcial, Epig. VIII, 14)

Donde no se podía tener un huerto, se plantaban hierbas y flores en macetas que adornaban jardines y balcones, especialmente recipientes con agujeros para el drenaje (ollae perforatae) y que por encontrarse en grandes cantidades en algunos jardines, sugiere el cultivo de plantas para la venta.

En el poema Moretum, Virgilio cuenta como  un campesino recoge al amanecer alimentos de su huerto para su propio sustento, pero intenta dejar algo para vender.


"Allí col, la berza allí extendiéndose ancha
reverdecía y la acelga fecunda y achicorias y malvas,
allí chirivías y el que por su cabeza puerro lo llaman,
allí adormidera también, que el sentido daña,
y la lechuga, de nobles manjares alivio tan grato,
y abundante brota profundo el rábano y  también, vencida por su peso, la calabaza.
Pero no era él amo de su fruto (no hay mesa más escasa que la suya),  de la gente era;  en días de mercado manojos de verdura para vender se echaba al hombro, volvía de allí cargado con la bolsa, sin nada a la espalda, sin traerse de allí mercancía casi nunca."



Museo Palazzo Massimo, Roma

Príapo era una deidad protectora de huertos y jardines, que guardaba las puertas de las villas rústicas, vigilaba las lindes de los campos y participaba en la fertilidad de la tierra y en la fecundidad de hombres y animales. Se le ofrecían las primicias de las cosechas, entre ellas las espigas de trigo y los pámpanos,  leche y miel y sacrificios de animales. Se le representaba como una estatua de un hombre feo con un enorme falo y se colocaba en jardines y huertos para espantar pájaros y ladrones.

“Antaño era tronco de higuera, inútil leño, cuando
un artesano, dudoso si hacer un escabel o un Príapo,
eligió que fuese un dios. De ahí que fuera dios yo,
grandísimo espanto de ladrones y pájaros, 
pues a ladrones refrena mi diestra 
y el rojo palo obscenamente tieso de mi ingle; 
y a las molestas aves asusta la caña fija en mi cabeza 
e impide que se posen sobre los nuevos huertos.”
(Horacio, Sátiras, I, 8)



martes, 23 de abril de 2013

Casae, casa primitiva en la antigua Roma



Urna cinearia, en forma de cabaña latina, Museo Nacional de Roma

“Los humanos levantaron paredes entrelazando pequeñas ramas con barro y con la ayuda de puntales en forma de horquilla colocados en vertical. Otros levantaban las paredes, después de secar terrones de tierra arcillosa, uniéndolos con maderos atravesados que cubrían con cañas y hojas por encima, para protegerse de las lluvias y del calor. Posteriormente cuando los techos fueron incapaces de soportas las tormentas invernales, se sustituyeron por los de doble pendiente, y consiguieron que el agua de lluvia resbalase por los techos inclinados cubiertos de barro. Todavía se construye así en naciones como Galia, España, Lusitania y Aquitania, donde se utilizan tablillas de roble o paja para cubrir los techos.” (Vitruvio, II, 1)

Las casas latinas más rudimentarias serían pobres cabañas construidas hincando en tierra troncos flexibles de árbol, torciéndolos hasta atarlos formando una cúspide y recubriendo el rústico armazón con ramaje y tierra.  El suelo de tierra se apisonaba o se hacía de guijarros.
La cabaña de Rómulo en el Palatino se conservaba en memoria del humilde origen de la ciudad. Dionisio de Halicarnaso escribió sobre ella en el s. I a.c.: 

“… y vivían de su trabajo, generalmente en las montañas en chozas que construían con tejados de palos y cañas. Una de ellas, llamada la cabaña de Rómulo, se encuentra aún en la colina del Palatino en el lado que da al Circo, y es conservada por los que se encargan de las cosas sagradas; no la mejoran nada, pero si se estropea, por las tormentas o por el tiempo, arreglan el daño y restauran la cabaña tan parecida a su forma original en lo posible.” (Antigüedades Romanas, I, 79)

Los restos de antiguas casas latinas que se han encontrado muestran agujeros para postes que habrían sostenido la estructura y que marcarían un porche  una entrada; una zanja para la base de las paredes; trozos de arcilla de los muros y manchas de carbón y ceniza donde podría haber habido un hogar. Restos de cubiertas a doble vertiente con techumbres construidas a partir de la colocación de una viga central y tirantes laterales.

“Créeme: fue feliz aquel siglo antes que hubiese arquitectos y decoradores. Tales oficios surgieron cuando ya se introducía el lujo, a fin de cortar a escuadra las vigas y mediante la sierra dividir por el trazo señalado, con mano firme, el tronco, ya que los antiguos dividían con cuñas la madera fácil de hender. En efecto, en las casas no se disponía de un comedor idóneo para el banquete sagrado, ni para este fin se transportaba en hilera de carros, con gran temblor de las calles, el pino o el abeto de donde pendiesen artesonados de oro macizo. Horquillas, colgadas de uno y otro lado, sostenían la cabaña; espesura de ramaje y hacinamiento de hojas, colocadas en pendiente, facilitaban el desagüe de la lluvia, aunque fuese abundante. En estas moradas habitaron seguros, el techo de paja los protegía en libertad; la servidumbre habita ahora bajo mármol y oro.”(Séneca, Ep.)

Estas chozas podían tener formas  circulares, ovaladas o rectangulares y sus cubiertas eran cónicas, esféricas o piramidales.
En el siglo VII a.C. ya había edificios con base de piedra, paredes de tierra y techos de madera, cubiertos con tejas de cerámica.
Las urnas cinerarias de la cultura vilanoviana son un ejemplo de la construcción de estas cabañas o casas de los antiguos latinos.
Para los elitistas escritores del Imperio el término casa o tugurium designa la ancestral cabaña de la época de Rómulo o las viviendas de los pocos civilizados territorios de los confines del Imperio.

Choza de madera, pintura del Museo Nacional, Roma

Petronio describe el hogar de una vieja en la ciudad de Crotona:
"Todo alrededor, sobre la pared, un conglomerado improvisado de paja seca y barro en abundancia – había cantidad de ganchos rústicos, de ellos colgaba una fina escoba de juncos recién cortados. También colgaban de una viga ahumada las provisiones que almacenaba la humilde choza: dulces acerolas entrelazadas en aromáticas coronas, ajedreas añejas y racimos de uvas pasas.” (Satyr. 135)

Según las urnas cinerarias etruscas y sepulcros que se han encontrado, la forma de la casa mostraría una fachada lisa, en la que una puerta servía de entrada y dejaba paso a la luz y el aire. Tendrían una cubierta horizontal en forma de terraza construida con tierra sobre un espeso entramado de madera al estilo de las casas del Mediterráneo oriental.  Las casas más lujosas podían estar decoradas con columnas y frontones.

Urna etrusca, Museo Villa Giulia, Roma


En la antigua cabaña primitiva, el centro era el atrio, donde los primeros latinos dormían, comían, descansaban, sacrificaban a los dioses, conservaban el fuego y el agua, y cocinaban. Frente a la puerta se encontraba el tálamo nupcial y a su lado la mesa para comer. En el centro del tejado había un hueco para que saliese el humo del hogar.
Hacia el año 400 a.C. la vivienda etrusca evolucionaría desde la casa con tres habitaciones precedidas de un vestíbulo descubierto hasta la casa con un patio como centro del hogar. La casa  de una familia etrusca acomodada se organizaba a partir de un pasillo desde la entrada que llevaba hasta un amplio espacio rectangular, el atrio, con dos o tres dormitorios ubicados simétricamente a los lados. Al fondo se localizaban tres habitaciones adosadas por los costados, de las que la central, el tablinum, era más grande y servía como espacio de recepción y relación. Las dos salas laterales, más pequeñas, las alae, albergaban la cocina y los servicios, y dirigían al pequeño jardín que se disponía detrás de la casa. Toda la vivienda se ventilaba e iluminaba a partir del espacio central, para lo cual, se abría un gran hueco en la cubierta para que entrara la luz, el aire y el agua de lluvia que se recogía en un depósito (impluvium).
La cimentación se hacía de piedra o adobe, aunque la primera hilada era siempre de piedra tosca.

Vista de atrio con impluvium y estancias alrededor, Paestum, Italia

El núcleo primitivo de la típica casa romana, visible en Pompeya o Herculano, está constituido por la combinación de la casa con peristilo griega y la casa de atrium tuscanicum de los etruscos.
La parte más típica de la casa romana anterior a la influencia helénica es el atrio, cuyo origen está en la cabaña primitiva. Era el lugar de recepción y  reunión familiar, además de fuente de calor y luz. Se recibían las visitas, se cosía, se tejía, se velaba a los muertos, se instalaba el lararium. Por el compluvium, hueco en el techo, entraba la luz y el agua de lluvia, que se recogía en el impluvium. La primera adición al atrio primitivo fue el tablinum, que normalmente se extendía a todo lo ancho del lado del atrio opuesto a la entrada y que originalmente hacía de comedor, luego de recibidor, estudio o dormitorio.
A principios del siglo II a.C. se introduce el peristilo helenístico. Un segundo patio, rodeado total o parcialmente de columnas, que se ubica al otro lado del tablinum. Al otro extremo del peristilo se añade otra habitación que lo remata (oecus) y que correspondía al tablinum, aunque  más formal. El centro de la casa se desplaza. El atrio pasa ser una simple sala grande. Se multiplican las habitaciones, se añade un piso, con comedores adicionales (cenacula), pérgolas y balcones.

viernes, 1 de marzo de 2013

Villa rustica, casa de campo en la antigua Roma


“Esto era mi sueño: una parcela de campo no muy grande, con huerto y fuente perenne vecina a la casa y por encima un poco de bosque.” (Horacio, Epístolas, II, 6)

Así describe Horacio lo que él consideraba una hacienda ideal en el campo. Podríamos pensar que la mayoría de propietarios agrícolas romanos tendría algo similar donde trabajar y vivir.


Mosaico de Dominus Julius en Cartago, Museo del Bardo, Túnez

La villa rustica puede ser una modesta construcción o una mansión lujosa en el campo al servicio de una explotación agrícola (fundus).
La villa constituye un conjunto arquitectónico formado por una serie de estancias con una distribución y orientación condicionadas por el gusto del propietario y la propia situación de la finca de forma que pueda proporcionar a la familia una agradable estancia.
Para Catón, siglo II a.C.,  la villa se conforma en dos partes la rústica y la urbana y su función sería la de obtener beneficio económico a la vez que servir de vivienda temporal a los propietarios en sus visitas a la finca.

“Baso: la villa de Bayas de nuestro querido Faustino no ocupa amplias extensiones de terreno improductivo señaladas con inútiles hileras de mirtos, plátanos solitarios y bojes podados, sino que se regocija con la verdad y naturalidad del campo. Aquí, en todos los rincones, rebosan de grano los silos y enormidad de tinajas exhalan olores a otoños antiguos; aquí, tras noviembre, cuando ya el invierno está al caer, los greñudos podadores se llevan las últimas uvas. En la profundidad del valle mugen los bravos toros y el ternero siente la comezón del combate en su testuz sin armas.” (Marcial, Epigramas, III, 58)

Columela en el siglo I aconseja sobre cómo debe ser la finca para que sea rentable y hace una división en pars urbana, pars rustica y pars fructuraria.

Para la ubicación de una villa debía tenerse en cuenta, además de la fertilidad del suelo, su cercanía a ríos o manantiales y que disfrutase de una buena panorámica. Además para la comercialización de los productos debía estar cerca de vías de comunicación y mercados. Contar con la existencia de estructuras agrarias anteriores y con que la mentalidad de los indígenas vecinos fuera próxima a la romana era también un factor a considerar en el establecimiento de una villa.

“Cuando vayas a comprar una finca, visita repetidamente el lugar elegido, y mira bien a tu alrededor… Asegúrate de que tiene buen clima, no propenso a tormentas. El terreno ha de ser bueno y con fuerza natural. Si fuera posible, debería estar al pie de una colina, orientado al mediodía, en un lugar sano y donde sea fácil contratar peonaje. Debe tener agua abundante y hallarse cerca de una población floreciente, o del mar, o de un río navegable, o de una calzada buena y frecuentada…” (Catón, R.R.)

La finca debería estar próxima a la ciudad para facilitar la visita del dueño, en un lugar de  clima benigno. La casa debería edificarse en la zona más saludable, evitando los vientos desfavorables.

“Tranquilo, mi íntimo amigo, quiere comprar un pequeño terreno que ha puesto en venta una persona que dicen que es amiga tuya… Espero que el precio de ese terreno le convenga, pues mi querido amigo Tranquilo lo encuentra lleno de encantos: su proximidad a roma, la comodidad del viaje, las dimensiones de la casa, ni demasiado grande ni demasiado pequeña, o la extensión de sus campos de cultivo, que parece la adecuada para distraer a alguien de sus preocupaciones sin llegar a resultarle una carga. Ciertamente, a un propietario amante del estudio, como es éste, le es más que suficiente un terreno que le permita simplemente levantar de vez en cuando la cabeza de su trabajo, dar descanso a sus ojos, andar tranquilamente de un lado a otro de sus límites, recorrer una y otra vez un mismo sendero, conocer todas sus vides y el número exacto de sus árboles.” (Plinio, Epístola, I, 24)

La pars urbana es la destinada a acomodar al propietario y su familia y debe incluir una casa que les ofrezca todas las comodidades de las que disfrutan en la ciudad. Es por ello que su distribución en los primeros tiempos  se corresponde  a la de típica domus itálica, por lo que comparten la disposición  en torno a un patio con peristilo, alrededor del cual se organizan las diferentes estancias.  En el Bajo Imperio cuando los propietarios residen habitualmente en la villa, aparecen estancias más lujosas y se añaden galerías con columnas y jardines.

Detalle mosaico con peristilo, Carranque, Toledo


La pars urbana es el área residencial del señor o dominus y en su calidad constructiva y decoración se manifiesta el prestigio social y la riqueza de la familia. En esta zona el propietario se dedica al descanso, al ocio y a la administración de sus asuntos y propiedades.

“Permitirá la Providencia que nos encontremos una vez más, honorable señor, en tu finca de Octaviano… Lo llamo tuyo, pero parece pertenecer tanto a tus amigos como a ti mismo. Situada cerca de la ciudad, mar y ríos, ofrece continua hospitalidad a todos los que llegan, y a ti una habitual sucesión de invitados. Qué encantadora es también su primera vista, con sus muros tan bien diseñados en perfecta simetría arquitectónica. Cómo brillan la columnata y los baños visibles de cerca y de lejos. Destaca también la amenidad de sus campos y naturaleza, sus viñedos y olivos, su entorno, la belleza de sus colinas y valles. Bien equipada y llena de abundancia, posee además una copiosa biblioteca y cundo el dueño está allí, con sus intereses entre la pluma y el arado, uno dudaría si es la mente o la finca la que disfruta de una cultura más amplia.” (Sidonio Apolinar,  Carta a Consentius, VIII, 4)

Definida la vida del campo como antítesis de la vida urbana sus elementos fundamentales son la sencillez e informalidad de la vida del campo, lo saludable del aire y las ocasiones para el ejercicio, especialmente la caza y pesca – las posibilidades de actividades creativas e intelectuales sin interrupción, la conversación ociosa con los amigos y las delicias de contemplar el paisaje, cultivado o natural, en diferentes estaciones y condiciones.
 Columela indica que la casa debería contar con habitaciones de invierno  donde el aprovechamiento de la luz solar debería ser máximo, estancias frescas para el verano, baños con luz por las tardes, hora habitual del baño, y caminos de paseo con sol en invierno y sombra en verano.
La pars rustica es donde se ubica la cocina con techo alto para evitar el peligro de incendio. Se encuentran allí los cuartos de los esclavos y del vilicus, capataz de la finca. Este debería estar cerca de la puerta para controlar las salidas y las entradas. En esta parte se guardan las herramientas agrícolas y se construyen los corrales y establos de los animales.


Mosaico Iglesia de Lot y Procopio, Mount Nebo, Jordania


En la pars fructuaria se elaboran, conservan y almacenan los productos del campo. Columela menciona prensas y bodegas para el vino y el aceite, pajares, graneros y molinos.
Dentro del recinto de la finca se encuentran los huertos, frutales y jardines con flores. Fuera y repartidos según la condición del suelo, se hallan las viñas, olivares, arboledas, los campos de cultivo, los prados y las regiones boscosas para la caza.

“Una amplia y extensa llanura es rodeada de montañas, las montañas en su parte superior contienen bosques de gran altura y antigüedad, en ellos la caza es abundante y variada.Desde allí se extienden hasta el pie de las montañas, siguiendo la suave inclinación de las mismas, grandes sotos tallares. En medio de éstos se elevan colinas de una tierra muy rica , a las que no aventajan en fertilidad los campos de cultivo situados en las llanuras más regulares, y un poco más tarde de lo habitual, pero tan bien como en cualquier otro lugar. Por todos lados a sus pies se extienden numerosas viñas que proporcionan una apariencia uniforme a una extensa y amplia porción de terreno. Más allá de las viñas, o más bien, en lo que podría ser considerado el margen inferior de éstas, hay plantaciones de árboles. A continuación, encontramos prados y campos de cultivos, unos campos éstos que no pueden labrar sino enormes bueyes y los arados más resistentes.” (Plinio, Epístolas, V, 6)

El tamaño y riqueza de una villa va a depender en gran medida de la época y del estatus social y económico del propietario. Durante el periodo de la República se constituían pequeños y medianos centros de explotación en los que la mano de obra es mayoritariamente esclava, en un principio, pero va disminuyendo hacia el final de la época, estando a cargo del capataz o villicus.
Durante el Alto Imperio la villa se hace más confortable y acoge durante sus visitas al dueño, que es generalmente absentista, aunque a partir del siglo II empezará a convertirse en su residencia permanente. Los trabajadores son mayoritariamente libres e incluso algunos son colonos o arrendatarios, vinculados a la tierra, y con algunos derechos sometidos a los amos.
Ya en el Bajo Imperio las villas reflejan gran suntuosidad en su construcción y decoración, y a partir del siglo III se produce la concentración de la propiedad y el desarrollo de los latifundios. Los propietarios residen habitualmente en sus villas, ya que abandonan la ciudad por los problemas políticos y económicos que se producen en la misma.
En el siglo IV los grandes dominios se configuran como entidades autónomas con sus propias leyes y status, que establecen los derechos y deberes de los arrendatarios y del propietario. Estos grandes latifundios se logran con sucesivas compras y ventas, herencias y matrimonios, que llevan a la concentración de distintos fundi en una sola persona. Estos se pueden transmitir de un propietario particular a otro, pero siempre conservando su nombre original, que es el que se indicaba en los registros oficiales.

Mosaico de Tabarka, Museo del Bardo, Túnez
 
Te escribo para pedirte consejo, como acostumbro, sobre una posible inversión. Una finca contigua a mis tierras, y que incluso por un lado se adentra un poco en ellas, está en venta. Esta posee muchos encantos que me atraen. Sin embargo, otras consideraciones no menos importantes me echan para atrás. Me atrae, en primer lugar, el hecho de que es siempre algo hermoso unir un terreno a otro; y en segundo lugar, el que no será menos útil que cómodo poder visitar dos fincas de una sola vez y en un solo viaje, tenerlas bajo la dirección de un mismo administrador y a cargo prácticamente del mismo personal subalterno, habitar y embellecer una de ellas, y la otra tan sólo mantenerla en buen estado. En este cálculo incluyo ya los gastos de mobiliario, de los sirvientes de la casa, de los jardineros, de los artesanos, e incluso de los útiles de caza. Pues es muy importante tenerlos reunidos en un solo lugar, y preferible a que se hallen dispersos en varias fincas.” (Plinio, Epístolas,  III, 19)

Durante el Bajo Imperio, el dueño de las grandes villas rústicas era con frecuencia el patrono de varias pequeñas aldeas. El propietario ejerce la función de protección de sus colonos contra la avaricia de los recaudadores de impuestos, contra el rigor de las leyes, contra los ataques de bandidos; pero exige agradecimiento en forma de prestaciones y obligaciones.

La expansión de las villas por Hispania no fue igual en todas partes, ya que iban a ser factores influyentes en el proceso, el avance de la conquista, el grado de romanización de los territorios y la fertilidad del terreno. Es por ello que estas edificaciones rurales surgieron primero en el litoral mediterráneo y Andalucía, extendiéndose posteriormente al resto de la península.

Mosaico de Madaba, Jordania




domingo, 23 de diciembre de 2012

Ars venatoria, la caza en la antigua Roma

Mosaico de Halicarnaso, Turquía. Museo Británico, Londres

El ocio, otium, romano se concebía como un tiempo disponible para el esparcimiento, como alternativa de la ocupación, negotium. Este tiempo se utilizaba de acuerdo con las posibilidades económicas, capacidades y aspiraciones de cada ciudadano.
Los ciudadanos romanos se dedicaban, cuando estaban en la ciudad, a los placeres y la ostentación. Entre las actividades de ocio se encontraban las actividades culturales y artísticas, los espectáculos de masas y los baños y banquetes. Pero durante sus estancias en el campo, su tiempo se repartía entre la supervisión de las tareas agrícolas, los juegos de azar y la caza.
Lo que cada uno hacía en su tiempo libre se consideraba reflejo de su carácter moral. Un ocio de calidad era el dedicado a la lectura, escritura, la filosofía y el debate, más propio de las clases elitistas. Las clases más populares pasaban el tiempo en tabernas y carreras de carros. Una visión negativa la proporcionaba el ocio dedicado al placer corporal, especialmente para los jóvenes.

"Pues son los placeres, sí los placeres, los que mejor ponen del manifiesto la gravedad, la rectitud, y la moderación en una persona. ¿Quién hay, en efecto, tan depravado que no muestre una cierta apariencia de seriedad en sus ocupaciones cotidianas? Somos traicionados por nuestro reposo. ¿o acaso la mayor parte de los Prícipes no consagraban este tiempo a jugar a los dados, a abandonarse a la lujuria y a cometer todo tipo de excesos, pasando, así, de la indolencia en el desempeño de las responsabilidades serias a un intenso esfuerzo en el disfrute de los peores vicios." (Plinio, Panegírico de Trajano, 82)

Los recitales literarios, ya fueran programados por un autor para difundir su obra o los leídos en un ambiente relajado, como la sobremesa tras una sobria cena, conformaban el ideal de cómo ocupar las horas de ocio para los más elitistas.

La caza o ars venatoria era también una ocupación decente aunque no del gusto de todos. Sus raíces se remontan a los orígenes de la humanidad cuando la necesidad de supervivencia obligó a la obtención de alimentos en el entorno para acabar convirtiéndose en un pasatiempo de los ricos y poderosos en las sociedades antiguas. las actividades cinegéticas proporcionaban protección a los rebaños y ayudaban a fortalecer el carácter y el cuerpo en tiempos de paz.

Mosaico de la villa de las Tiendas, Museo Nacional Romano, Mérida

La práctica de la caza como actividad de placer para los reyes y aristócratas se desarrolló en las civilizaciones de Oriente Próximo y continuó en el periodo helenístico. En Roma es a partir de la dinastía Antonina cuando la caza se convierte en parte fundamental de la vida de una villa.

En una estela funeraria de la ciudad de Celti (actual Peñaflor) se describe como sería la vida de un joven propietario de una villa, y las distintas labores a la que se dedicaba, entre ellas, la caza y la pesca.

"A los Dioses Manes. Aquí yace Quintus Marius Optatus, natural de Celti y de edad de veinte años. ¡Ay, dolor! ¡Oh tú, caminante, que pasas por la acera de este camino!, entérate quién fue el joven, cuyos restos mortales se guardan dentro de esta tumba. Apiádate de él y ofrécele tu saludo. Era diestro en lanzar el arpón y el anzuelo al río, de donde sacaba abundante pesca; como buen cazador sabía clavar su jabalina en el corazón de las fieras bravas; sabía también apresar a las aves con varas untadas de liga. Además cuidaba del cultivo de los bosques sagrados, y a tí ¡ oh Diana!, nacida en Delos, casta, virgen y triforme luna, erigió un santuario tutelar en la sombreada floresta, cumpliendo lealmente el voto realizado. En el gran predio de su heredad dio feliz impulso a las tareas agrícolas, haciendo que con ellas se uniesen los extensos valles a los pintorescos paisajes y las ásperas cimas de la sierra, bien surcando los eriales con el arado, bien metiendo y protegiendo en hoyos hechos con cuidado, los tiernos sarmientos de la vid.

La caza formaba parte de la vida de los altos mandos militares que estaban destinados en tierras fronterizas y que con esta actividad deportiva se mantenían en forma ejercitándose en las armas en tiempo de paz, a la vez que imitaban a la nobleza romana en sus momentos de ocio.


Detalle mosaico de la caza menor, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

La diosa protectora de los bosques y los seres vivos que los habitan era Diana, a la que los cazadores solicitaban les protegiera del peligro. Le prometían ofrecerle las piezas de la caza para ganarse su favor.
El legado de Augusto Quinto Tulio Máximo, de la legión VII, Gémina Félix consagró un ara a Diana con unos versos a ella dedicados. 

"Acotó la planicie de un campo y se la consagró a los dioses; y a tí, Virgen Delia Triforme, te erigió un templo Tulio, natural de Libia, legado de la legión ibera, para poder atravesar a las corzas veloces, y a los ciervos, para cazar a los jabalíes de cerdas puntiagudas, y atrapar los caballos criados en los bosques; para poder competir a la carrera o con un arma de hierro, ya sea yendo a pie, o lanzando la jabalina desde un caballo ibero." 


Ofrenda a Diana, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

En los costados del ara se encuentran los textos con la consagración de las ofrendas conseguidas, colmillos de jabalí y cuernos de ciervos.

"Buscamos por los claros, los verdes terrenos, los llanos abiertos, corriendo con rapidez de aquí allá y por todos los campos, ansiosos por conseguir varias presas con dóciles perros. Disfrutamos traspasando la liebre nerviosa, la cierva que no se resiste, el lobo atrevido o capturando el astuto zorro; nuestro deseo es recorrer las riberas sombreadas, cazando la mangosta en las tranquilas orillas entre las espadañas, con la lanza para agujerear al amenazante turón en un tronco y traer a casa el puerco espín enrollado en su propio cuerpo de pinchos..."

El ritual de la caza empezaría muy probablemente con la ofrenda a Diana cazadora, protectora de los bosques y de los montes:

"Solo tú, Diana, gran gloria de Latona, que recorres los pacíficos claros y bosques, ven rápido, asume tu traje, arco en mano, y cuelga la aljaba coloreada de tu hombro; sean de oro tus armas y tus flechas; y deja que tus relucientes pies calcen botas púrpuras; deja que tu manto sea ricamente tejido con hilo de oro, y un cinturón con hebilla enjoyada ciña tu plegada túnica, sujeta tus trenzas enroscadas con una banda... Diosa, levanta, dirige a tu poeta por el bosque sin pisotear, a tí seguimos, muéstranos las guaridas de las bestias. Ven conmigo, que estoy aquejado de amor a la caza." (Nemesiano, Cynegetica,  s. III)


Mosaico con comida durante la caza, villa de Tellaro, Sicilia

Los criados portarían estacas, redes y demás aparejos. Después seguiría la caza propiamente dicha. Luego el descanso con la comida, reclinados los amos en lechos mientras los esclavos servían.

 La jornada terminaría con la vuelta a casa de los cazadores  y los esclavos cargando con las piezas conseguidas.


Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

La cacería a caballo de venados y jabalíes se realizaba haciendo huir a la pieza conduciéndola hacia la fornido, una cuerda con hojas para engañar a los animales y llevarlos hasta la red, donde quedaban atrapados.

"Algunos cazadores encuentran en las plumas arrancadas del sucio buitre un elemento de ayuda. A intervalos debe añadirse el plumón del blanco cisne, y eso es eficaz, pues las blancas plumas brillan a la luz del sol, con formidable apariencia para el gamo, mientras que el horrendo olor del negro buitre molesta a las criaturas del bosque... Esta forma de terror tiene más uso contra los ciervos; pero cuando las plumas se tiñen del rojo africano y la cuerda de lino reluce , es raro que escape ninguna bestia de estos horrores simulados." (Gratio, Cynegetica, s. I.)


Mosaico de caza, Museo del Bardo, Túnez

Para abatir los animales se usaban lanzas y flechas. En el equipo de los cazadores no podían faltar las redes, lanzas, ganchos. El poeta Nemesianus  del siglo III d. C., describe así las armas que se utilizaban:

"Y estas son las armas de la caza gloriosa que los robustos cazadores deberían llevar a los montes y bosques, redes, cestos de mimbre, lanzas, estacas y rápidas flechas aladas, espadas y hachas, tridentes para herir liebres, garfios y ganchos, cuerda de retorcida retama y trampas bien tejidas." (Nemesiano, Cynegetica)

"Un cuidado diligente de tus perros debe empezar al inicio del año, cuando Jano, abre la marcha del tiempo con la ronda de los doce meses. En ese momento debes elegir una perra obediente al correr y al andar a la zaga, que sea nativa de la tierra de los espartanos o de los molosos, y con buen pedigree." (Nemesiano, Cynegetica)



Grupo jabalí con perros en bronce.
Casa del Citarista en Pompeya

Los perros formaban parte de la persecución de los animales grandes o pequeños y eran muy apreciados por sus dueños, que ponían sus nombres en los mosaicos de sus residencias: 

"No para sí, sino para su amo caza el fogoso lebrel, que te traerá la liebre ilesa entre sus dientes." (Marcial, Epigramas, XIV, 200)

El fabulista Fedro recogió en su obra cómo empezó el hombre a utilizar el caballo salvaje para convertirlo en un animal manso que pudiese ayudarlo en distintas actividades, como el transporte, la guerra y la caza:

"Todos los días el caballo salvaje saciaba su sed en un río poco profundo. Allí también acudía un jabalí, que, al remover el barro del fondo con la trompa y las patas, enturbiaba el agua. El caballo le pidió que tuviera más cuidado, pero el jabalí se ofendió y lo trató de loco. Terminaron mirándose con odio, como los peores enemigos.

Mosaico de Caza, Villa Tellaro, Sicilia

Entonces el caballo salvaje, lleno de ira, fue a buscar al hombre y le pidió ayuda.
- Yo enfrentaré a esa bestia - dijo el hombre - pero debes permitirme montar sobre tu lomo.
El caballo estuvo de acuerdo y allá fueron, en busca del enemigo. Lo encontraron cerca del bosque y, antes de que pudiera ocultarse en la espesura, el hombre lanzó su jabalina y le dio muerte. Libre ya del jabalí, el caballo enfiló hacia el río para beber en sus aguas claras, seguro de que no volvería a ser molestado. Pero el hombre no pensaba desmontar.
- Me alegro de haberte ayudado - le dijo -. No solo maté a esa bestia, sino que capturé a un espléndido caballo. Y, aunque, el animal se resistió, lo obligó a hacer su voluntad y le puso rienda y montura. El, que siempre había sido libre como el viento, por primera vez en su vida tuvo que obedecer a un amo. Aunque su suerte estaba echada, desde entonces se lamentó noche y día.
- ¡ Tonto de mí! ¡ Las molestias que me causaba el jabalí no eran nada comparadas con esto! ¡ por magnificar un asunto sin importancia, terminé siendo esclavo!"

Los caballos eran altamente considerados y unas razas eran más apreciadas que otras y por eso algunos autores lo trataban en sus obras sobre la caza: 

"La moteada raza de caballos árabes es la mejor de todas para carreras largas y gran esfuerzo. Y cerca están los caballos libios, incluso los que habitan la empedrada Cyrene... Los caballos toscanos y los inmensos caballos cretenses son rápidos en la carrera y largos de cuerpo. Los sicilianos son más rápidos que los árabes, mientras que los partos son más rápidos que los sicilianos... (Cynegetica, Opiano de Apamea, s. III)

Del aprecio que los ricos señores tenían a sus caballos hay muestras en el arte, en mosaicos y relieves, pero hay un ejemplo evidente en el epitafio que el emperador Adriano escribió sobre su caballo Borysthenes:

"Borysthenes el Alano,
de Cesar
podía volar
por llanuras y montes etruscos
cazando jabalíes de Panonia".



Mosaico de Annaba (Hippo Regius), Argelia

Ricos aristócratas mantenían en sus posesiones parques donde se criaban animales en libertad. La finalidad real de los propietarios de conservar estos animales en sus propiedades no está del todo clara, posiblemente fuera para recrearse dándoles alimentos y, quizás, servir ellos mismos de alimentos en los banquetes. No se sabe con seguridad si se practicaba allí dentro la caza. Varrón escribe : 

"Yo sí que vi cómo se hacía, allí más bien al estilo tracio, dice aquel, "cuando estuve en casa de Quinto Hortensio en la región de Laurentum, pues había un bosque, como él decía, de más de 50 yugadas con cercado de piedra, al que llamaba reserva de caza (therotrophium). Había allí un lugar elevado, donde, puesta la mesa, cenábamos, adonde mandó llamar a Orfeo. 
Este, que había venido con estola y cítara, habiéndole pedido que cantara, tocó la trompeta, y tan grande cantidad de ciervos, jabalíes y otros cuadrúpedos nos rodeó que el espectáculo no me pareció menos hermoso que el de los ediles en el Circo Máximo cuando se hacen cacerías sin animales africanos. (De Agricultura, III)

Mosaico de caza de Cartago, Túnez

La caza de animales salvajes tan representada en los mosaicos romanos, estaba destinada a los grandes propietarios de tierras en lugares como el norte de África y Oriente o a los altos cargos militares que administraban las provincias de esos territorios. Hay datos que señalan cómo se cazaban, leones, panteras, elefantes, avestruces e incluso jirafas, destinados en muchas ocasiones a los juegos celebrados en el anfiteatro, con lo cual se atrapaban vivos. La intención que tenían los patrocinadores de estos juegos al traer estos animales exóticos para los romanos era constatar el poder de Roma sobre otros países mostrando la superioridad romana al abatir las bestias que los representaban. Cuantos más animales eran sacrificados, más celebridad conseguían los promotores, pretendiendo ser más populares que sus predecesores. Por supuesto el gasto de la captura, transporte y mantenimiento de los animales era cuantioso y conllevaba una organización de la caza de animales, que sería muy posiblemente llevada a cabo por nativos del lugar donde se encontraban por su conocimiento de la zona y de la fauna existente. Es posible que soldados y residentes romanos participaran en su captura. Las partidas de caza se organizarían con profesionales locales que se encargarían de preparar los aparejos, dirigir las operaciones, encerrar a los animales y transportarlos hasta su destino. Muchos morían en los largos viajes hasta los puertos de salida y durante las travesías marítimas.


Mosaico, Museo de Trípoli

El cazador era propietario de los animales cazados por él, en su propio terreno o ajeno. Sin embargo las cacerías de elefantes sólo se podían organizar con autorización del emperador. La posesión de esta fiera era un privilegio exclusivo del emperador. Este también se reservaba el privilegio de cazar leones o de autorizar su captura. El poeta alejandrino Pancrates escribió unos versos dedicados a Adriano y su favorito Antinoo durante la caza de un león: 

"Y más rápido que el caballo de Adrastus, que una vez salvó al rey huyendo de la batalla, tal era el corcel en el que Antinoo esperaba al letal león,sosteniendo en su mano izquierda las riendas y en su derecha una lanza revestida de diamantes. Primero Adriano hirió a la bestia con su lanza de bronce, pero no le mató, porque falló adrede, deseando probar la puntería de su hermoso Antinoo, hijo del asesino de Argo. Golpeado, la bestia estaba más enfadada, y rasgó en su ira el áspero suelo con sus garras, levantando una nube de polvo que oscureció la luz del sol...." (siglo II)

El emperador Adriano fue un gran aficionado de las cacerías, que compartía con sus amigos, y parece ser que llegó a romperse la clavícula y una costilla con esta actividad.


Mosaico de caza, El Djem (Thysdrus),  Túnez

En cuanto a las técnicas usadas en la caza se emplearían las mismas que para los animales como ciervos, jabalíes y otros que vivían en Europa. Opiano describe la utilización de un animal como cebo en un pozo.
Un cordero o cabrito se pondría en el centro de un profundo pozo que estaría rodeado por una valla. La idea era que al oír al animalito balar, el león saltaría por encima de la valla y caería en el pozo, donde los cazadores bajarían una jaula en la que por medio de un sabroso bocado harían que entrara el león. También menciona que por la zona del Eúfrates, los jinetes perseguirían a los leones con antorchas encendidas y haciendo sonar sus escudos, con la esperanza de que el león asustado por el fuego y el ruido correría voluntariamente en las anteriormente preparadas redes curvas.

Durante el Bajo Imperio se elaboraron ricos mosaicos y otras piezas artísticas con motivos de caza. Con ello el propietario de la villa deseaba mostrar el triunfo del Bien sobre el Mal, (la victoria del hombre sobre la bestia) y al mismo tiempo expresar su status social, pues solo los ricos podían dedicarse a esta actividad.


Mosaico Villa de las Tiendas, Museo Nacional Romano, Mérida

La aparición de animales salvajes en algunos mosaicos en lugares donde era imposible encontrarlos, puede significar que se copiaban los motivos de mosaicos africanos y asiáticos, además de la influencia de las venationes celebradas en los anfiteatros. La inclusión de la figura del propietario vestido de la época cazando  un león o una pantera con una lanza emulando a personajes míticos, en una villa situada en una zona donde esos animales no se encuentran podría deberse a la intención de identificarse con el emperador, pues solo los emperadores o altos cargos podrían tener la opción de cazar estos animales.


Mosaico de Adonis, Villa de Carranque, Toledo, Foto de Samuel López

La fusión entre el mito y lo cotidiano tiene un auténtico ejemplo en el mosaico de Adonis de la villa de Carranque, donde aparece el personaje intentando dar muerte al jabalí que luego lo mata a él, mientras Venus, su amante, asiste a la escena con Ares, que celoso de su relación con el joven podría haber sido el verdadero causante del final de su vida. En el mismo mosaico aparecen ejemplares de la fauna autóctona, como la liebre y la perdiz, junto a los perros del dueño de la villa, Leander y Titurus.


Sarcófago con la caza del jabalí de Calidón, Museos Capitolinos, Roma

El hecho de que las escenas de caza sean tan populares a partir del siglo III d.C., quizás se deba al deseo de los propietarios de reflejar en diversos ámbitos sus actividades favoritas, como la caza. Por ello también se reflejan estas escenas mitológicas de caza en las estelas funerarias y sarcófagos, donde los héroes vencen a las bestias simbolizando la victoria de los poderosos sobre la muerte. En un sarcófago romano actualmente en los Museos Capitolinos, se describe la escena en la que Meleagro abate al jabalí que tenía atemorizada a la región de Calidonia, después de que Atalanta lo hubiese herido.


Bibliografía:
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/1425085.pdf; La inscripción del praefectus equitum Arrius Constans Speratianus, de Petavonium, y otros testimonios del culto profesado a Diana por militares; Sabino Perea Yebenes
revistas.um.es › Inicio › Vol. 15 (2000) › Martínez; Los cynegetica fragmentarios y el fracaso del cazador; Sebastián Martínez
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=83861; Consideraciones sobre el animal en la Historia de los Animales de Claudio Eliano; Louis Medina Mínguez
https://digital.csic.es/handle/10261/16509; La caza en el mosaico romano. Iconografía y simbolismo; Guadalupe López Monteagudo
ABC-02.11.1955-página 017; Antonio García Bellido