viernes, 30 de octubre de 2015

Funus romanorum, ritos funerarios de la antigua Roma

Desde los tiempos más antiguos los romanos desearon tener una muerte digna y un lugar donde sus restos pudiesen descansar en paz. El miedo a que su alma estuviera destinada a volver para atormentar a los vivos por no haber seguido el ceremonial tradicional en el momento del duelo y del entierro llevaba a todo romano pudiente a dejar dispuesto antes de morir los ritos funerarios que sus familiares y herederos debían dedicarle y también el lugar en el que debía ubicarse su tumba.

Mosaico romano de Pompeya, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

Los romanos pensaron de forma mayoritaria que sus muertos seguían viviendo en la tumba, donde el alma, en forma de sombra, se mantenía en relación directa con el cuerpo, habitando para siempre su eterna morada. De ahí la importancia de la sepultura, del ajuar funerario y por supuesto de las ofrendas periódicas realizadas por los parientes más próximos.

Adriano escribió, según la Historia Augusta, un pequeño poema sobre el destino de su alma, lo que podría servir para ver la importancia que los romanos daban a lo que acontecería a su alma tras la muerte.

“Pequeña alma blanda y tierna,
Huésped y compañera de mi cuerpo,
A qué regiones te dirigirás ahora
Paliducha, rígida y desnudita.
Ya no bromearás, como de costumbre.” (Adriano, Historia Augusta, XXV, 9)

También la familia poseída por el temor de que los espíritus de sus antepasados viniesen a atormentarles tras su fallecimiento entendía como una obligación celebrar el ritual funerario necesario y encontrar una sepultura digna, dotada del ajuar que el difunto necesitaba para su vida en el más allá.

Relieve funerario, Museo Nacional Romano

El poeta Propercio dejó escritas disposiciones para su propio funeral en una de sus elegías en las que no faltan los elementos más características de un típico funus romano, como el cortejo, el lamento, la urna con las cenizas, el epitafio y la visita de una persona cercana a la tumba.

“Cuando llegue, pues, la hora en que la muerte cierre mis ojos, escucha como debes disponer mi funeral: no se alargue entonces el cortejo fúnebre con gran desfile de imágenes, ni la trompeta se lamente inútilmente por mi muerte, ni se me extienda entonces un lecho de pies de marfil, ni descanse mi cadáver sobre un catafalco digno de Atalo. Que me falte una hilera de bandejas con esencias y tenga las exequias insignificantes de un funeral plebeyo. Suficiente es mi cortejo, si hay tres libritos, que ofrecer a Perséfone como regalo especial. Tú, en cambio, me seguirás arañándote el pecho desnudo, y no te cansarás de invocar mi nombre, pondrás el último beso en mis labios helados, cuando se me ofrende una caja de ónice llena de perfumes sirios. Después, cuando la llama prenda debajo y me convierta en ceniza, una pequeña urna reciba mis restos, póngase un laurel sobre mi exigua tumba, cuya sombra cubra el lugar de mi cadáver quemado, y haya dos versos:
EL HOMBRE QUE AHORA YACE COMO EL POLVO DESAGRADABLE, ESE FUE EN OTRO TIEMPO ESCLAVO DE UN SOLO AMOR.
La fama de mi sepulcro no será menos conocida que lo fue la tumba cruenta del héroe de Ptía. También tú, si alguna vez se cumple tu destino, acuérdate, recorre este camino, ya encanecida, hacia la lápida que te recuerde. Entre tanto, no desprecies mi sepultura, la tierra no es enteramente inconsciente de la verdad.”
 (Propercio, Elegías, II, 13)

Tapa de sarcófago, Museos Vaticanos, foto Samuel López

La tradición exigía que un familiar recogiera el último aliento del fallecido con un beso para que su alma no fuera atrapada por malos espíritus o fuera víctima de encantamientos o maldiciones. El mismo familiar que lo recogía, cerraba los ojos del difunto, tras lo cual los parientes llamaban al muerto por su nombre para hacerle volver del mundo de los muertos  y lloraban  por él, lo que se volvía a repetir varias veces hasta que el cuerpo era enterrado o incinerado (conclamatio).  Continuaban los lamentos y se depositaba el cuerpo en el suelo como  símbolo de su regreso a la tierra. El cuerpo se lavaba, amortajaba y perfumaba con ungüentos, se le vestía con una toga si era un importante ciudadano y se le cubría con un sudario blanco. Los pobres solo vestían un túnica oscura.


Jarrita para ungüentos, Museo Nacional de Nápoles, 
foto Samuel López
“Y ahora, Estico, tráeme la mortaja en que quiero me lleven envuelto a la tumba. Trae también el perfume y un poco de ungüento de aquella ánfora con el que mando que laven mis huesos.

Sin hacerse esperar, Estico trajo al comedor la mortaja blanca y la praetexta. Palpad- nos ordenó Trimalción- y ved de qué buena lana están hechas.” (Petronio, Satyricon, 77-78)

 Al difunto se le colocaba una corona en la cabeza, si había merecido llevar una en su vida y se le ponía una moneda en la boca para pagar al barquero  Caronte su trayecto al más allá y después era expuesto con los pies dirigidos hacia la puerta, como símbolo de su salida de este mundo, en el atrio o en otra habitación en caso de no haberlo.

"Tan arraigado está todo esto entre la mayoría, que, cuando muere algún miembro de la familia, lo primero de todo exponen su cadáver poniéndole un óbolo en la boca, destinado a ser el pago para el barquero por la travesía, sin pararse a pensar antes qué moneda es la que se cotiza y se maneja en el mundo subterráneo, y a ver si tiene validez allí el óbolo ático o macedonio o egineo, o si no sería mucho más práctico no tener que pagar el pasaje; así, si el barquero no lo recibiera, llegarían o podrían ser enviados de nuevo arriba a la vida. Después los lavan -como si para bañarlos allí abajo no hubiera suficiente agua en la laguna-, perfuman con la mejor mirra su cuerpo, que inicia ya una descomposición forzosa, los coronan con flores lozanas y los exponen primorosamente vestidos: está claro para que no tiriten de frío en el camino y para que no los vea desnudos Cerbero. Lamentos por ellos, quejidos de mujeres, llanto por doquier, pechos golpeados, cabelleras desgarradas y mejillas enrojecidas; vestidos que se rasgan de arriba abajo, polvo que se esparce por la cabeza y unos vivos que mueven más a compasión que el muerto. Ellos se retuercen por la tierra muchas veces y arañan sus cabezas contra el suelo; el muerto, en cambio, guapo y bien arreglado, coronado hasta la exageración, está allí expuesto engalanado y solemne, ataviado como para ir a una procesión." (Luciano, Del Luto)

Sarcófago romano, Museo Británico, Londres

Cuando se trataba de una familia pudiente, la preparación del cuerpo para su exposición y los preparativos para el funeral eran generalmente confiados a los empresarios  de pompas fúnebres (libitinarii). En la ciudad de Roma el templo de Libitina, diosa de los entierros, proporcionaba los enseres necesarios para celebrar un funeral digno. Los pollinctores eran los encargados de embalsamar o ungir con aceites los cuerpos y  por su contacto permanente con la muerte y los cadáveres  no eran  hombres libres, ya que su oficio se consideraba funesto.

“Mientras se preparaba la pira de Libitina con papiro para que ardiera ligera, mientras la esposa compraba llorosa la mirra y la canela, ya preparada la fosa, ya el lecho, ya el embalsamador, Numa me nombró su heredero: se ha curado.”  (Marcial, Epi. X, 97)

Si el difunto había desempeñado una magistratura se le podía hacer una máscara de cera en la que se reflejaba de forma muy realista su rostro y que se guardaba como un bien preciado en la familia.
Para anunciar la defunción se colgaba de las jambas de la puerta una rama de ciprés, árbol consagrado a Plutón, dios de los muertos, o ramas de otros árboles. La puerta se mantenía cerrada para comunicar que no se debería solicitar la atención de la familia para ningún negocio y que ésta, junto a la casa, permanecería impura hasta que se celebrara la ceremonia de purificación tras las exequias.

"Para colmo de todo eso, llega el banquete ritual. Asisten los parientes y se dedican a consolar a los padres del difunto; los persuaden para que prueben la comida, y la toman no sin apetito, por Zeus, ni porque los fuercen ellos, sino porque están desfallecidos después de tres días ininterrumpidos sin probar bocado.
Y van diciendo: «¿Hasta cuándo, oye tú, nos lamentaremos? Deja ya descansar a los espíritus del bienaventurado difunto. Y si has decidido llorar y llorar, por eso precisamente te conviene no estar sin comer, para que tengas fuerzas para hacer frente a un dolor tan fuerte." (Luciano, Del luto)

A continuación comenzaba el velatorio, cuya duración podía oscilar entre uno y siete días, pues los romanos temían que el difunto despertase de lo que habría sido una muerte aparente. El cuerpo se disponía sobre un lecho fúnebre, vestido lujosamente si la familia del difunto tenía dinero para ello, y era velado por sus parientes, mientras plañideras profesionales lloraban al desaparecido con expresiones repetitivas, que incluían cánticos alabando sus méritos y virtudes, y se mesaban los cabellos, golpeándose el pecho con gritos desgarradores. Guirnaldas y coronas de flores rodeaban el lecho, junto a antorchas, velas, lucernas  y quemadores de perfumes, para alejar el olor de la muerte y de la gente,  y algún músico tocando la flauta.

Relieve del sepulcro de los Haterii, Museos Vaticanos

Fue costumbre romana en los primeros tiempos que los funerales se realizaran por la noche a la luz de las antorchas que los encabezaban, y los de los niños y los pobres siguieron siendo nocturnos.
La música  de trompas y flautas acompañaban junto a las plañideras al cortejo fúnebre, según la costumbre tomada de los etruscos.

“Luego suena la trompeta, se encienden las candelas y, en fin, nuestro señorito, bien compuesto en el elevado lecho y empapado de ungüentos aceitosos extiende sus pies rígidos hacia la puerta, y los que desde ayer son quirites se cubren la cabeza y se llevan el cadáver.”(Persio, Sat. III)

El feretrum solía ser portado por los hijos, los familiares más próximos, los amigos o los libertos, mientras los más pobres  eran llevados  hasta su última morada por los vespilliones en una caja de bajo coste (sandapila).

Se iniciaba el traslado hasta el lugar de enterramiento, la llamada pompa funebris, con  un pregonero que anunciaba públicamente la ceremonia cuando el difunto era importante, y a partir de este momento se organizaba la procesión más o menos lujosa, según los medios de cada familia, la cual vestía con ropas negras. Las mujeres además de llevar vestiduras oscuras, iban sin joyas y habitualmente con el cabello suelto. Durante el Imperio algunas mujeres vistieron de color blanco durante el funeral.

“Y aunque la mente se conserve vigorosa, tendrá con todo que sacar los entierros de sus hijos, ver la pira de la esposa amada, o la del hermano, y urnas llenas con sus hermanas, ese es el castigo que le cae a los que viven demasiado: por culpa de las muertes sin cesar repetidas van haciéndose viejos entre muchas lamentaciones y revestidos de negro luto entre penas inacabables.” (Juvenal, sat. X)

En caso de personajes notables podían desfilar la imágenes en cera de los antepasados, que se guardaban en lugar visible de la casa, llevadas por actores vestidos apropiadamente para la ocasión.


Máscara romana, Egipto, Museo Universitario de Pensilvania

En las exequias de los patricios romanos de mediados del siglo II a.C. descritas por Polibio si el difunto era importante su cuerpo se disponía en los rostra en el foro, en posición erguida o reclinada, y allí se hacía un elogio del difunto (laudatio funebris), en la que se describía la historia de la familia y se alababa su vida pública y privada, con más o menos exageraciones delante de los ciudadanos.

“El cónsul Antonio hizo que, en vez del elogio fúnebre, fuesen leídos por un heraldo los senadoconsultos que otorgaban a César todos los honores divinos y humanos, y el juramento, además, que obligaba  a todos por la salud de uno, por su parte añadió muy pocas palabras a esta lectura.” (Suetonio, Vida de Julio César, LXXXIV)


Discurso de Antonio en el funeral de Julio César, William Holmes Sullivan,
crédito foto Royal Shakespeare Company Collection

Hacia el final de la República surgió una alternativa a la máscara funeraria, se esculpía un busto en la tumba. En algunos funerales se describen las imágenes rodeando el lecho funerario.

Tapa de sarcófago romano con efigie del difunto y busto, Museo Nacional Romano, 
foto Samuel López

Cuando el cortejo fúnebre llegaba al lugar de la inhumación o incineración se realizaba el rito de arrojar un poco de tierra sobre el cuerpo y en caso de haber cremación se cortaba una parte del cuerpo, normalmente un dedo, para ser enterrado (os resectum). En cuanto a la inhumación los pobres eran depositados directamente en la tierra, generalmente  extendidos totalmente, y pocas veces doblados, en simples fosas, o en baldas excavadas en la pared (loculi) en las catacumbas.

Los ricos eran metidos en sarcófagos de mármol, piedra, arcilla, plomo o madera, ricamente esculpidos. Los de plomo se introducían normalmente en otros de madera o piedra. Con frecuencia se echaba yeso (gypsum)  sobre el cuerpo, formando un molde y a veces  conservando fragmentos de la tela en la que había sido envuelto. Los sarcófagos se podían ubicar en cámaras funerarias, bajo túmulos o ser enterrados.
La cremación del cuerpo y del lecho en el que reposaba tenía lugar, bien donde se iban a enterrar las cenizas (bustum) o bien en un lugar reservado especialmente para las incineraciones (ustrinum). La pira era un montón rectangular de leña, a veces mezclado con papiro para que ardiese más fácilmente. Luego se depositaba el cuerpo en la pira junto a regalos y pertenencias personales del difunto que le servían para hacerle sentirse como en casa en su vida en el más allá, así como objetos relativos a su rango, insignias y armas para los militares, herramientas para los artesanos, husos para las matronas y juguetes para los niños.

Piezas de ajuar infantil, Museo Nacional Romano, foto Samuel López

Se abrían los ojos del difunto porque se consideraba nefasto  no mostrarlos al cielo y sus familiares le llamaban por su nombre por última vez. Se encendía la pira con la llama de las antorchas y cuando el fuego había ya consumido el cuerpo, los familiares recogían las cenizas, que solían ser regados con vino antes de guardarlas en urnas de diferentes formas y materiales, más sencillas para los que no tenían recursos y muy elaboradas y decoradas para los más poderosos. Las de los primeros se guardaban en casa o se enterraban en tumbas en el suelo cubiertas con losas de piedra o tejas (tegulas) colocadas formando un tejadillo a dos aguas y las de los segundos se ponían en altares en la casa o en cámaras funerarias, aunque los menos pudientes las dejarían en columbarios.

“Antistio Rústico ha muerto en las crueles tierras de los capadocios. ¡Oh tierra culpable de un crimen detestable! Nigrina ha repatriado en su regazo las cenizas de su amado marido y se ha quejado de que los caminos no hayan sido suficientemente largos. Y al dar la urna sagrada a la tumba —de la que siente envidia—, luego de haberle arrebatado a su marido, le parece que ha enviudado dos veces.” (Marcial, Epi. IX, 30)


Urna funeraria, Museo de Linares, Jaén, foto Samuel López

La cremación propiamente dicha era por regla efectuada por los ustores, mientras la excavación de la fosa correspondía a los fossores. Los dessignatores eran probablemente maestros de ceremonias para las exequias de los ricos, tanto hombres como mujeres que dirigían todo el ceremonial.

"Porque también acompañé contigo la solemnidad de su cortejo fúnebre: el féretro del niño, esa abominación que vio nuestra ciudad. Y he contemplado los dolorosos cúmulos de incienso consagrado al difunto y su alma llorosa sobrevolando su propio funeral, y a tí, que superabas los gritos de los padres y el plañir de las madres cuando, asido a su pira, te proponías aspirar sus llamas: a duras penas pude retenerte y, reteniéndote, participé igualado con tu duelo, te lastimé." (Estacio, II, 1)

Cicerón y Plinio indican que el rito habitual en la Roma primitiva era la inhumación. En el siglo V a.C., sin embargo, se alternan las inhumaciones e incineraciones y a fines de la República e inicio del Imperio se podía hablar de que la incineración era el rito más empleado. 

Escena de cremación en tapa de sarcófago, Museos Capitolinos, Roma, crédito foto Raia 2005

Los romanos recurrieron al rito de la incineración preferentemente debido quizás al gran incremento demográfico que sufrió Roma, al tiempo, de que este rito resultaba menos costoso que la inhumación, por lo que se hizo rápidamente más popular entre las clases más desfavorecidas. Cada familia sepultaba a sus muertos según sus posibilidades y la forma empleada, cremación o inhumación podía depender de una  elección  personal,  la tradición familiar o la costumbre local. Las sepulturas que guardaban los cuerpos inhumados solían tener más espacio para depositar los ajuares funerarios con los objetos que recordarían al difunto su vida terrenal, además de proporcionarle los utensilios domésticos que le ayudarían a alimentarse en el más allá, como platillos y vasijas.

Algunos ciudadanos ricos o de familias aristocráticas se mantuvieron fieles a la antigua costumbre funeraria de la inhumación, conocida desde la época etrusca. Desde el siglo III a.C. la ilustre familia de los Escipiones solía enterrar a sus muertos hasta que el dictador Cornelio Sila exigió que su cuerpo fuera incinerado ante el temor de que sus enemigos desenterraran y deshonraran sus restos, igual que él había hecho con su adversario político Mario. En época de Augusto casi todos los cadáveres se incineraban, y Tácito indica que en el funeral de Nerón el año 65 d.C. se usó la incineración que era una costumbre romana.

A comienzos del siglo II d.C., especialmente desde el reinado de Adriano, comenzó a extenderse de nuevo la inhumación,  debido quizás a la predicación en Roma del cristianismo que propugnaba la resurrección de la carne y por la propagación de algunos cultos semitas, que preferían garantizar la integridad del cuerpo para una supuesta vida en el más allá.

 Precisamente a este periodo se corresponden la mayor parte de los sarcófagos conocidos del mundo romano, en los que hay diferencias entre los paganos y  los cristianos. Los sarcófagos cristianos se suelen identificar bien, puesto que utilizan una iconografía relacionada con las sagradas escrituras.

El embalsamamiento se reservó para algunos personajes notables y con dinero, por el alto coste que suponía el proceso y los productos utilizados.

“No fue quemado su cuerpo según la costumbre romana,sino como usan los reyes extranjeros, embalsamándolo con sustancias olorosas, y se puso en el sepulcro de los Julios. Se le hicieron aún así exequias públicas, y en ellas el mismo Nerón, en la plaza llamada de los Rostros, que es donde se suelen hacer semejantes oraciones, alabó su gran hermosura, que había merecido ser madre de una niña divina, y de otros dones de fortuna en lugar de virtudes.” (Tácito, Anales, XVI, 6)

Elaborado sarcófago romano, Museo Nacional Romano, foto Samuel López

Los niños de menos de cuarenta días eran siempre sepultados, y en los primeros tiempos los más pequeños  solían ser enterrados en las propias casas. También eran inhumados los esclavos, cuyo entierro era costeado por su señor.

“Por Hércules, que lo pasamos muy bien. Escisa dio un espléndido banquete de novena en honor de un pobrecito esclavo suyo a quien había hecho liberto en la agonía. Y creo que tendrá que añadir un respetable tanto por ciento a los recaudadores, pues el muerto ha sido valorado en cincuenta mil sestercios. De todos modos, fue muy agradable, si bien nos vimos obligados a derramar la mitad de las libaciones sobre sus pobres huesos.”

Durante la República era costumbre sepultar solo una parte del cuerpo incinerado, por ejemplo un dedo. Esto se debía a que no se consideraba sagrado el lugar de la incineración hasta que se hubiera echada la tierra por encima.

“Antes de que se eche la tierra sobre los huesos, aquel lugar donde ha sido incinerado el cuerpo no tiene carácter religioso; una vez echada la tierra, entonces queda inhumado según derecho y el sepulcro recibe tal nombre y entonces adquiere finalmente muchas prerrogativas de carácter sagrado.” (Cicerón, De Las Leyes, L. II)

Tumbas en el entorno de la villa romana de Puente Genil, Córdoba, foto Samuel López

El obvio  peligro  de incendios obligó a realizar las quemas y enterramientos en campo abierto. Los emperadores Diocleciano y Maximiano continuaron con la prohibición en la ley XII del Código sobre los lugares sagrados.  Los emperadores cristianos como Teodosio dictaron normas  para evitar los perjuicios que suponían para los cultivos en los campos los enterramientos y las incineraciones sin control.

“Hay además dos leyes acerca de los sepulcros, de las cuales una cuida de los edificios de particulares, otra de los sepulcros en sí. En efecto, la prohibición de que “una pira u hoguera incineratoria se construya a menos de sesenta pies de una casa ajena contra la voluntad de su dueño”, parece ser por temor a un incendio del edificio; igualmente prohíbe el pebetero de incienso. A su vez el prohibir que el fórum, esto es, el vestíbulo de la tumba, y la pira sean objeto de usucapión, mira por el derecho de los sepulcros.” (Cicerón, De Las Leyes, L. II)

Todos los entierros debían celebrarse fuera de la ciudad. Esta norma establecida en la Ley de las XII tablas se observó hasta el final del Imperio, aunque había excepciones para algunas personas, como los emperadores. La precaución sanitaria y el temor a la contaminación explicaban esta ley.
Durante la República la zona este del Esquilino era el lugar donde se tiraban todos aquellos desperdicios que no eran arrastrados por las cloacas. Allí también estaban las fosas (puticuli) donde eran enterrados los pobres. Sólo eran agujeros en el suelo, sin ningún revestimiento. Allí se arrojaban los cadáveres de los pobres sin familia ni amigos, y sobre ellos se tiraban los cuerpos de los animales muertos, junto con la porquería y basura de las calles.

Las fosas se dejaban abiertas, sin cubrirlas incluso cuando estaban llenas, y el hedor y la contaminación ocasionada convertían la colina en un lugar absolutamente inhabitable. En época de Augusto el peligro sanitario de infecciones para la ciudad se hizo tan grande que los basureros fueron trasladados más lejos. Entonces el Esquilino, con sus fosas y su suelo de una profundidad de unos ocho metros, fue convertido en un parque llamado Horti Maecenatis.

“Aquí es donde antes traían desde sus estrechas celdas cadáveres de esclavos que un consiervo hacía poner en modesto ataúd. Era fosa común para mísera plebe, para el gorrón de Arrambla y el manirroto de Nomentano. Un mojón asignaba aquí mil pies de frente y trescientos de fondo: 
ESTE MONUMENTO NO PASARÁ A LOS HEREDEROS.
Ahora se puede vivir en un Esquilino salubre y pasear al solecito por la terraza desde donde poco ha triste se veía un campo desfigurado por huesos blancos.” (Horacio, Sat. I, 8)

Los miles de cuerpos que eran enterrados en el vertedero de Roma pertenecían a los extranjeros, esclavos abandonados, las víctimas que morían en la arena, criminales proscritos y los cuerpos sin identificar. Los condenados a muerte no eran enterrados y sus cuerpos eran abandonados a los buitres y otros animales carroñeros en el mismo lugar de la ejecución cerca de la Puerta Esquilina.
Brigadas de esclavos recogían por la noche los cadáveres de los desvalidos que se encontraban en las calles y los llevaban a enterrar, previa cremación, en esas fosas comunes.

"Cuatro siervos marcados transportaban el cadáver de un pobre, como los que recibe a millares la pira de los desvalidos."(Marcial, VIII, 75)

Monumento funerario, Via Appia, Roma, foto Samuel López

Las familias patricias romanas adoptaron la práctica de enterramiento a lo largo de los caminos que confluían en Roma y algunos de estos conservan los nombres correspondientes a aquellas: Vía Appia, Vía Aurelia, .... Los emperadores Domiciano y Septimio Severo fueron enterrados en las Vías Autina y Appia respectivamente y el propio emperador Adriano tuvo que volver a prohibir los enterramientos dentro de Roma ante la reincidencia de esta práctica. Mientras, el pueblo llano tenía hogueras públicas y sepulturas comunes en fosas o pozos profundos. El emperador Antonino reguló el abuso de los enterramientos en todo el Imperio.

Los ricos propietarios  se hacían enterrar con frecuencia en sus propias fincas, donde podían elegir el emplazamiento y rodear la tumba con huertos y jardines que alegraran la vista de los visitantes y sirvieran de gozo al fallecido mientras descansaba en la vida eterna.

¿Qué dices de todo esto, amigo carísimo? – dijo Trimalción, dirigiéndose a Habinas-. ¿Sigues en erigirme el mausoleo tal y como te lo encargué? Te ruego encarecidamente que a los pies de mi estatua aparezca mi perrita, unas coronas, perfumes y todas las peleas de Petraites. ¡Que por tu parte pueda yo seguir viviendo para la posteridad! Ítem más: que la fachada sea de cien pies de largo y doscientos de fondo, pues quiero que rodeen mis cenizas toda clase de frutales y grandes viñedos. Es totalmente absurdo estar preocupado por tener en vida casas elegantes y cómodas, sin ocuparnos de aquellas que hemos de habitar más tiempo...” (Petronio, Satyricon, 71)

Retrato funerario, El Fayum, Egipto
Algunas leyes y normas regulaban el gasto realizado al celebrar funerales privados, principalmente en cuanto a la ostentación en los cortejos fúnebres. También se estableció la lista de personas que tenían la obligación de celebrar los ritos funerarios: en primer lugar, el amigo, a quien el muerto hubiera designado en su testamento como encargado para hacerlo, en caso de no existir tal caso sería una persona designada por los amigos del difunto, y en caso de no darse ninguno de los casos anteriores, el heredero, si el fallecido había sido el cabeza de familia, y, de no ser así, el propio cabeza de familia sería el encargado.  También se regulaba en quien debía recaer el gasto de las exequias, el heredero, principalmente, y, en caso de no haber sido designado, el cabeza de familia; el padre de una mujer casada si ella no tenía dote para pagarlo; y, en su heredero o su esposo si ella se había emancipado de su padre.

“Con razón, pues, derramo lágrimas en honor de la muerte de Celso, lágrimas que él derramó por mí estando vivo, cuando partí para el destierro: con razón te dedico estos versos, que atestiguan tu singular modo de comportarte, para que quienes vivan en un futuro lean tu nombre, Celso.  Esto es lo que puedo enviarte desde los campos géticos: aquí solo esto es lo que me es lícito tener. No pude asistir a tus funerales ni ungir tu cuerpo, y de tu pira me separa todo el orbe. Quien pudo, Máximo, a quien tú en vida considerabas como un dios, cumplió todos sus deberes para contigo. Él te hizo unas exequias y un funeral de gran distinción y derramó el amomo sobre tu frío pecho y afligido diluyó ungüentos con sus abundantes lágrimas y enterrando tus huesos los cubrió con tierra próxima.” (Ovidio. Pónticas,  I, 9)

Como un entierro podía conllevar grandes gastos,  si alguien, sin ser el heredero, se hacía cargo del entierro podía exigir ser resarcido por su coste. Se consideran gastos del entierro todo lo que se invertía  en la preparación del cuerpo: ungüentos, precio de la sepultura, impuestos, si existían, etc.,  y estos gastos se deducían siempre de la herencia. Si alguien recibía un legado con la condición de construir una tumba, le era reducido parte de su legado en la cuantía fijada para la tumba.

La muerte era tenida por algo funesto, y  tras la inhumación o incineración se sacrificaba un cerdo  y se celebraba  el banquete funerario (silicernium) junto a la tumba para honrar al muerto, y después se hacía necesaria una profunda purificación (suffitio), con agua y fuego, de todo aquello que se había visto afectado por la misma, incluidos la familia, quienes habían tenido algún tipo de contacto con el cadáver y el hogar. 


Pintura funeraria de Ammonius, Villa Getty, crédito foto Mary Harrasch

Cada persona era rociada con una rama de laurel o de olivo (ambos árboles de fuerte contenido simbólico, relacionado entre otros aspectos con la inmortalidad) y debía saltar un fuego en el que se habrían quemado previamente sustancias diversas de carácter depurador. Hasta que terminaban los ritos de purificación comprendidos en las llamadas feriae denicales, hasta nueve días después del sepelio, la familia entera se mantenía bajo un luto riguroso, vistiendo ropajes negros (lugubria), símbolo de su carácter funesto. Las mujeres solían guardar el luto por un periodo comprendido entre diez meses y un año. Un año les fue decretado por el senado a las mujeres de Roma tras la muerte de Augusto y otro tras la de Livia.

“Nuestros antepasados establecieron un año de luto para la mujer, no para que no se lamentaran por ese tiempo, sino para que no lo hicieran ya más; para los hombres no hay ningún tiempo determinado por la ley, porque no hay nada de deshonesto. Sin embargo, ¿cuál de aquellas mujercitas me presentarás que apenas separadas de la pira, apenas arrancadas del cadáver, al que le duraron las lágrimas todo un mes? Ninguna cosa se hace repulsiva más pronto que el dolor, el cual estando reciente, encuentra un confortador y atrae hacia sí a algunos, pero haciéndose por hábito, mueve a risa, y no sin razón, pues es o simulado o necio.” (Séneca, LXIII, 13)

Para terminar de purificar el hogar se sacrificaba un carnero al Lar familiar, se volvía a abrir la casa a la comunidad y se hacía una nueva comida, la cena novendialis, junto a la tumba, en la que se renovaban las ofrendas con la sangre de los animales inmolados, vino, miel, leche y otros alimentos que a veces podían ser aprovechados por los hambrientos que merodeaban por las tumbas. Se dejaban flores, rosas o violetas, y además se vertía una libación a los Manes sobre el lugar de enterramiento.

“Toda la organización de esta parte del derecho de los pontífices manifiesta profundo sentido religioso y respeto por las ceremonias. Y no es necesario que expliquemos cuál es el límite del duelo de la familia, que clase de sacrificio se ha de hacer al Lar con carneros, de qué forma debe cubrirse de tierra el hueso extraído y cuáles son las normas que rigen el sacrificio obligado de la cerda, en qué momento una sepultura empieza a serlo y entra en el ámbito de la religión.” (Cicerón, De Las Leyes, L.II)

Para la  celebración de estas comidas se equipaban los cementerios con lechos y mesas que se cubrían con mosaicos que representaban los alimentos a consumir y con cisternas y tubos para conducir la comida y la bebida a las tumbas. 

Tabla de mesa funeraria de mosaico, foto de Panoramio

Otras tumbas más sencillas muestran unas lápidas con repisas para depositar los alimentos que podían ser auténticos o representados por figuras en piedra o arcilla. Se han hallado epitafios que hacen referencia a estas ofrendas alimenticias que siguieron haciéndose cuando el Cristianismo ya se había implantado en el Imperio, a pesar de las críticas de autores cristianos como Tertuliano que advertía contra estas prácticas propias de paganos que festejaban con los dioses. A continuación hay un epitafio encontrado en la provincia de la Mauritania Sitifense (actual Argelia) que hace alusión a esta costumbre.

“A la memoria de Aelia Secundula
Todos enviamos muchas cosas dignas para su funeral.
Muy cerca del altar dedicado a la Madre Secundula.
Nos complace colocar una mesa de piedra en la que al poner comida y copas, recordamos sus muchos grandes actos para aliviar la pena que corroe nuestro pecho, libremente contamos historias hasta tarde,y elogiamos a la buena y casta madre, que descansa en su vejez.
Ella, que nos alimentó, descansa para siempre.
Vivió hasta los setenta y cinco años y murió en el año 260 de la provincia.
Hecho por Statulenia Julia."

Durante el periodo de duelo no se encendía el fuego del hogar que se mantenía apagado hasta que no se consumiese la pira funeraria. Además la familia mantenía un ayuno que terminaba con el banquete fúnebre.

Relieve con comida funeraria, Palmira, crédito foto Mary Harrasch

Si el cuerpo del difunto no podía ser enterrado por no haberse encontrado, como en el caso de naufragios o muerte en batalla, se construía un cenotafio para proporcionar al alma del difunto de un lugar en el que habitar tras la muerte y a la que se invitaba a entrar llamándola por el nombre del fallecido tres veces. Un monumento llamado honorarium sepulcrum se podía erigir para recordar a alguien, cuyos restos se habían enterrados en otro lugar.

A comienzos del Imperio se formaron asociaciones toleradas por el estado con la finalidad de afrontar los gastos funerarios de sus miembros, ya fuera para inhumación o incineración, o para construir columbarios. Estas asociaciones  (collegia funeraticia) comenzaron originalmente entre personas que desempeñaban el mismo oficio, pero también entre esclavos. Hacían una provisión para sus gastos funerarios necesarios en el futuro pagando una cuota común cada cierto tiempo. Cuando moría un miembro se sacaba del tesoro una cantidad establecida para su funeral, un comité se encargaba de que las ceremonias se realizaran correctamente y en los momentos del año fijados la sociedad presentaba ofrendas corporativas a los muertos y se reunía para celebrar una comida juntos. Los restos de los miembros de un mismo collegium solían descansar en un columbario común.

Ser recordado una vez muerto era un deseo de muchos romanos que dejaban escritas las últimas voluntades en cuanto a cómo debía ser su tumba para ser reconocida y admirada y como debía  procederse a su mantenimiento. Había que destacar principalmente que el difunto había alcanzado gran prestigio social  y poseía grandes riquezas con magníficos relieves o grupos escultóricos y un digno y aparentemente merecido epitafio.

 “Te recomiendo asimismo que en mi tumba hagas representar barcos navegando a velas desplegadas. Te pido también que no te olvides de ponerme sentado en el tribunal y vestido con la praetexta, con mis cinco anillos de oro y repartiendo un saco de dinero al pueblo. Por lo demás, sabes muy bien que di un banquete espléndido al pueblo y dos denarios por comensal. Puedes representar, si te parece, el comedor y la gente banqueteando a placer...En el centro, un reloj para que todo el que vea la hora, quiéralo o no, pueda ver también mi nombre.”

Lápida con busto femenino, Museo Nacional Romano, foto Samuel López

Muchas lápidas fueron erigidas por los familiares o amigos del difunto que cumplían con el deseo de todo romano de que su recuerdo no se perdiese en el tiempo. Pagaban la tumba y mandaban escribir el nombre del fallecido, su edad, su ocupación, la causa de su muerte y la pena que su muerte había provocado, además de pedir a los que por allí pasaban alguna ofrenda para el difunto. En Tarraco hay un epitafio dedicado al joven auriga Eutyches que murió por enfermedad en vez de hacerlo corriendo en las carreras del circo.

“A los dioses Manes
A Eutyches
Auriga de 22 años
Flavio Rufino y Sempronio Diofano rindieron tributo
A esta memoria a sus servicios beneméritos.
En este sepulcro descansan los huesos de un fuerte auriga nada ignorante en coger las riendas aunque fueran de dos caballerías sujetaba o dirigía los caballos. La cruel fatalidad tuvo envidia de mis años, la fatalidad a la que hubiera querido oponerme.
No me fue concedido morir con gloria en el circo
Y la turba o multitud no piadosa lloraría por mí.
Las enfermedades ardientes en el interior de mis entrañas me hicieron morir, a las que no pudieron poner remedios las manos de los médicos.
Viajero esparce tiernas flores sobre mi busto, que quizás estando yo vivo hubieras hecho.

Relieve funerario, Museo de Córdoba

Algunos epitafios literarios ofrecen una visión más suave de la tragedia que suponía una muerte. Como ejemplo Ausonio deja unas líneas no tan tristes en un epitafio dedicado a un hombre feliz:

“Vierte vino y aceite de fragante nardo sobre mis cenizas, trae bálsamo, también, extranjero, con rosas carmesí.
Sin lágrimas, mi urna disfruta de una eterna primavera.
No he muerto, solo he cambiado de estado.” (Ausonio, Epitafio XXXI)

Urna funeraria, Museos Capitolinos, Roma, foto Samuel López

Los soldados muertos en el campo de batalla eran inhumados o incinerados de forma colectiva. Los gastos de los funerales de los que morían en acto de servicio eran pagados por los propios compañeros, que aportaban parte de su paga para ello. A los generales y emperadores se les podía honrar con una marcha o cabalgada alrededor de la pira o el cenotafio.

A los benefactores del Estado se les dedicaba un funus publicum que se pagaba con dinero del tesoro. Se les dedicaba un elogio y un canto fúnebre. También los prisioneros extranjeros célebres tenían derecho a esta ceremonia. Asimismo en las provincias los ciudadanos que habían prestado un importante servicio a otras ciudades podían recibir un funeral público. En época de la República durante los funerales de un personaje público podían realizarse combates de gladiadores, además de otros juegos y festejos que pagaban las familias de los difuntos para todos los ciudadanos. En el año 183 a.C. en el funeral de Publio Licinio lucharon ciento veinte hombres.

Algún personaje podía tener un funeral digno de un emperador a pesar de no haberlo sido nunca, como en el caso de Druso que murió en el año 9 a. C. que fue traído por Tiberio, que hizo el camino a pie, y a cuyo encuentro salió el propio Augusto para acompañarlo hasta la capital. Las imágenes de los antepasados del fallecido rodeaban su lecho fúnebre en el cortejo. El cuerpo fue llevado al Foro, donde se le lloró y Tiberio le dedicó un elogio.  Augusto le dedicó otro en el Circo Máximo. Equites trasladaron su cadáver al Campo de Marte, donde fue incinerado, y sus cenizas se depositaron en el Mausoleo de Augusto.

Urna cineraria, Museo Nacional Romano, foto Samuel López

El funus imperatorum se dedicaba a los emperadores, aunque no todos recibieron los mismos honores. Suetonio relata el funeral de Octavio Augusto que murió en Nola y hubo de ser transportado a Roma.

“Trasladaron su cuerpo de Nola a Boville, llevándole los decuriones de los municipios y de las colonias y viajando de noche a causa de la estación (Agosto). En Boville fue entregado a los caballeros, que lo condujeron a Roma, depositándolo en el vestíbulo de su casa. El Senado quiso honrar su memoria, celebrando sus funerales con pompa extraordinaria; se presentaron al objeto numerosas proposiciones, unos querían que el cortejo pasara por el arco de triunfo,... Se pusieron, sin embargo, límites a tales proposiciones. Sobre sus restos  fueron pronunciados dos elogios fúnebres: uno por Tiberio, delante del templo de Julio César, y otro por Druso, hijo de Tiberio, cerca de la antigua tribuna de arengas; fue llevado en hombros por los senadores hasta el campo de Marte, donde le colocaron sobre la pira... Los más distinguidos del orden ecuestre, descalzos y vistiendo sencillas túnicas, recogieron sus cenizas, depositándolas en el mausoleo hecho construir por él durante su sexto consulado entre el Tíber y la Vía Flaminia; lo había rodeado de bosque, quedando desde aquella época convertido en paseo público.” (Suetonio, Vida de Augusto, C)


Camafeo con apoteosis de Claudio, Museo del Louvre

Se estableció la costumbre entre los romanos  de hacer dioses  a los emperadores en una ceremonia que se denominaba apoteosis. Se enterraba el cuerpo del emperador muerto igual que el  resto de los hombres, aunque con un funeral mucho más fastuoso. Herodiano describe la ceremonia que se dedicó al emperador Septimio Severo.

“Esparcen entonces todo tipo de inciensos y perfumes de la tierra y vuelcan montones de frutos, hierbas y jugos aromáticos. No es posible encontrar ningún pueblo ni ciudad ni particular de cierta alcurnia y categoría que no envíe con afán de distinguirse estos dones postreros en honor del emperador. Cuando se ha apilado un enorme montón de productos aromáticos y todo el lugar se ha llenado de perfumes, tiene lugar una cabalgata en torno de la pira, y todo el orden ecuestre cabalga en círculo, en una formación que evoluciona siguiendo el ritmo de una danza pírrica. También giran unos carros en una formación  semejante, con sus aurigas vestidos con togas bordadas en púrpura. En los carros van imágenes con las máscaras de ilustres generales y emperadores romanos. Cumplidas estas ceremonias, el sucesor del imperio coge una antorcha y la aplica a la torre, y los restantes encienden el fuego por todo el derredor de la pira. El fuego prende fácilmente y todo arde sin dificultad por la gran cantidad de leña y de productos aromáticos acumulados. Luego, desde el más pequeño y último de los pisos, como desde una almena, un águila es soltada para que se remonte hacia el cielo con el fuego. Los romanos creen que lleva el alma del emperador desde la tierra hasta el cielo y a partir de esta ceremonia es venerado con el resto de los dioses.” (Herodiano, Historia del Imperio romano, IV)

Pedestal con apoteosis de Antonino Pío y Faustina, Museos Capitolinos, Roma

Ver entrada: Dis Manibus, el descanso de los difuntos en la antigua Roma
Ver entrada: Parentalia, días de los difuntos en Roma

Bibliografía: 

Death and Burial in the Roman World, J.M.C. Toynbee, Google Libros
Las Prácticas Funerarias en la Hispania Romana. Síntesis de su ritual. María Luisa Ramos Sáinz. Actas de los XIII Cursos Mono gráficos sobre el patrimonio histórico, Google Libros
http://ceipac.gh.ub.es/biblio/Data/A/0276.pdf, Aspectos legales del mundo funerario romano. José Remesal Rodríguez
oppidum.es/numeros/oppidum_01/pdfs/op01.03_perea.pdf, Imago Imperatoris, Ad Sidera! El funeral de los emperadores romanos, la apoteosis y el “cuerpo doble, Sabino Perea Yébenes
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viernes, 11 de septiembre de 2015

Puer et puella, la niñez en la época de los antiguos romanos


Cerámica romana, Museo John Hopkins, Baltimore, Maryland

La edad infantil se consideraba en la época romana un simple paso a la etapa en la que se entraba a una vida de servicio a la sociedad.
Comenzaba en el momento del parto, cuando la partera que había asistido a la madre en el alumbramiento depositaba al recién nacido en el suelo para que el padre, que ostentaba en solitario la patria potestad, o un representante decidiera aceptar al bebé como legítimo y lo reconociera como su hijo. Si era un niño, éste era levantado y mostrado a los presentes, si era niña podía simplemente dar la orden de que se la alimentase.

Si el padre no reconocía al niño, bien por su origen bastardo, por deformidad, por tener un número excesivo de hijas  o por carecer de medios para su sustento, se abandonaba en un basurero para dejarlo morir de hambre o para que fuera recogido por alguien que quisiese hacer cargo de él o para ser criado como esclavo. Esta práctica era seguida por todas las clases sociales y correspondía al derecho sobre la vida y la muerte de los hijos que la Ley de las Doce Tablas otorgaba al padre.

“Destruimos los fetos monstruosos, también a nuestros hijos, si nacen enfermos o con malformaciones, los ahogamos; pero no es la ira, sino la razón, la que separa a los inútiles de los elementos sanos.” (Seneca,  De Ira, I, XV, 2)


Los padres que eran pobres y no abandonaban a sus hijos los consideraban como una inversión para el futuro, cuando serían un apoyo para la vejez y podrían aportar un ingreso económico.

En una carta de la época de Tiberio encontrada en Oxirrinco, el egipcio Hilarión, un padre preocupado por el próximo parto de su esposa, le escribe en estos términos: 

“Te pido y te ruego que cuides del niño y, si recibo pronto mi paga, te la enviaré. Si tienes el niño antes de mi regreso y es varón, déjalo vivir; si es una niña, exponla” (Papiro de Oxirrinco, 744)

Niña en bronce, Museo Getty, Estados Unidos

La propia fundación de Roma se asocia al nacimiento de unos niños y su posterior abandono. Rómulo y Remo, fruto del amor adulterino o ilícito de la vestal Rea Silvia con Marte fueron expuestos precisamente para ocultar el desliz de la joven.  Condenados a morir ahogados, los amamantó una loba, y los recogió el pastor Fáustulo.

Algunos emperadores impulsaron decretos para eliminar  esta costumbre considerándola un infanticidio y estableciendo ciertas penas para los culpables, pero no fue hasta el año 374 d. C. que los emperadores Valente y Graciano dictaron pena de muerte para los responsables de tal práctica.
El niño, una vez aceptado,  era llevado al lararium para ser presentado a los dioses como nuevo miembro del hogar. Hasta el día en que el recién nacido era dado un nombre se le denominaba pupus, y pupa si era niña. Entretanto se empezaba la celebración por el natalicio colgando coronas u hojas de laurel en las jambas de las puertas para anunciarlo a todos:

“Levantemos largos palcos por estrechos callejones, adórnense las jambas y la puerta con laurel crecido, para que desde su cuna con dosel y taraceas una noble criatura te recuerde, Léntulo, las facciones de Euríalo  el mirmilón.” (Juvenal, Sátiras, VI)


Pintura de Guglielmo Zocchi

Entre las familias acomodadas y ricas el niño era alimentado por una nodriza, una esclava o una mujer contratada, aunque los médicos de la época recomendaban a las madres alimentar a sus propios hijos. Los primeros días se daba a los niños un poco de miel con agua, por que se consideraba que el primer calostro no era bueno para el bebé. En los casos que no se podía amamantar al recién nacido se le alimentaba con un recipiente de cerámica o vidrio (guttus), provisto de una parte ancha donde se recogía la leche y un extremo alargado y en punta perforada para facilitar la salida de leche hacia la boca del niño, antecedente del moderno biberón.

Antiguo biberón romano, Museo Británico

 A los recién nacidos se les lavaba y se les envolvía en mantas sujetadas con vendas que evitaban que los niños se arañaran y sufrieran golpes. Los niños alimentados por esclavas se criaban como hermanos de leche de los hijos de sus nodrizas. Los nacidos libres se llamaban liberi y los esclavos criados en casa verna.

“Habiéndole nacido un hijo, nada había para él de mayor importancia, como no fuese algún negocio público, que el hallarse presente cuando la mujer lavaba y fajaba al niño. Ésta lo criaba  con su propia leche, y aun muchas veces, poniéndose al pecho los niños de sus esclavos, preparaba así para su propio hijo la benevolencia y amor que produce el ser hermanos de leche.” (Plutarco, Catón, III, 20)


Mosaico de Nacimiento de Alejandro, Baalbeck, Líbano, foto de Gloria Rodríguez Leal

Para entretener a los recién nacidos y que empezasen a desarrollar sus capacidades sensoriales se elaboraban sonajeros o crepitacula, unos objetos de madera, cerámica o metal en los que se metían piedrecitas o semillas secas para que sonaran al moverlos y atrajesen su atención.

Sonajero de bronce, Museo de Tarragona, foto de Samuel López


Los niños eran a veces atendidos por un esclavo que se ocupaba de cuidarle y dirigirle en sus tareas cotidianas y de acompañarle cuando salía a la calle. Este esclavo al igual que la nodriza podía permanecer junto al niño hasta su edad adulta, recibiendo el cariño de su pupilo o quizás siendo una molestia para él si se entrometía demasiado en su vida.

“Fuiste, Caridemo, el mecedor de mi cuna y el guardián y compañero asiduo de mi infancia. Ya se ennegrecen los paños del barbero con la barba que me corta y mi chica se queja porque se pincha con mis labios. Pero para ti no he crecido.” (Marcial, Epigramas, XI, 39)

Las enfermedades y accidentes que podían afectar a los más pequeños y débiles eran una preocupación para la familia con un recién nacido en el hogar, por lo que los romanos, supersticiosos por naturaleza invocaban a una gran cantidad de deidades protectoras que velaban por cada una de las actividades cotidianas en las que el bebé se veía envuelto.


Pintura de Guglielmo Zocchi

Vitumnus le daba vida al niño en el momento de nacer, Vaticanus le enseñaba a iniciar el llanto, Rumina le cuidaba cuando era amamantado, Cunina le mecía en la cuna, Fabulinus y  Locutius le enseñaban a hablar y Statilinus le ayudaba a mantenerse en pie… y así con todo lo que iniciaba el niño.
Esa misma influencia de la superstición llevaba a los miembros de la familia a realizar ciertas prácticas que creían podrían proteger la vida del recién nacido del mal de ojo.

“Mira cómo una abuela o una tía materna llena de supersticiones levanta de su cuna a un niño y con el dedo infame y saliva lustral empieza por purificarle la frente y los húmedos labios, pues es experta en conjuros contra el aojamiento. Luego sacude al lactante con sus manos,  y su voto ferviente osa empujar la frágil esperanza hacia los latifundios de Licino y los grandes palacios de Craso: «Que el rey y la reina le deseen como yerno, que las jóvenes se lo arrebaten, que allí donde haya pisado nazcan rosas». Pero yo estos votos, no se los confío a una nodriza. ¡Niégaselos, Júpiter, aunque te los haga vestida de  blanco!” (Persio, Sátiras, II)

El dies lustricus era el día en que el niño se honraba públicamente con ofrendas a los dioses, se le presentaba oficialmente a los Lares para recibirle como nuevo miembro de la familia y de la sociedad, se le obsequiaba con  regalos y el padre ofrecía un banquete para los invitados.  Se esperaba unos días tras el nacimiento para ver si el recién nacido salía adelante y no había que lamentar su pérdida.

 “¿Por qué a los niños varones les dan nombre a los nueve días y a las niñas a los ocho?
¿Acaso el hecho de que a las niñas se les dé primero tiene por motivo su naturaleza? Pues lo femenino crece, madura y llega a su perfección antes que lo masculino.
De los días toman los que siguen al séptimo; pues el séptimo es peligroso para los recién nacidos, entre otras razones, también por la del cordón umbilical. Pues en la mayoría de los casos se separan el séptimo día, y hasta que queda libre, el recién nacido se asemeja más a una planta que a un niño.” (Plutarco, Cuestiones  Romanas, 102)

En ese día, el octavo para las niñas y el noveno para los niños,  se les otorgaba su praenomen, nombre con el que serían  conocidos en su entorno, y se les colocaba la bulla al cuello, una cápsula o saquito conteniendo amuletos que les protegerían durante su infancia. Las niñas podían lucir un objeto en forma de media luna llamado lunula con la misma función protectora. 

Niño con bulla, Museos Vaticanos, foto de Samuel López

“Pero- ¡oh el más preclaro de los jóvenes! Te dirijo un reproche nada fácil y hasta me irrito, en tanto en cuanto pueden irritarse a aquellos que se quieren: ¿he merecido yo conocer una nueva tan gozosa por lo que cuenta el vulgo? Y, cuando profería sus berridos tu tercer hijo, no vino a darme cuenta sin demora una noticia escrita a toda prisa para invitarme a encender en mis aras fuegos festivos, a engalanar mi lira, a coronar mis puertas, a sacar una jarra ennegrecida por el humo de Alba y a marcar con un canto esta jornada, en lugar de, tardío y perezoso, cantar hoy, al final, mi buen deseo? Es culpa tuya, y tuya la vergüenza.
Mas no debo alargar por más tiempo mis reproches: he aquí que te rodea la multitud alegre de los tuyos y a su padre defiende. ¿A quién no vencerás con tales huestes?” (Estacio, Silvas, IV, 8)

Se invocaban en estas ceremonias a los dioses para que protegiesen al  niño y se rogaba por la familia para que proporcionasen al niño las directrices que le permitiese un próspero  futuro en el que pudiese servir a Roma según la función que cada uno tenía asignada: las niñas como honradas matronas y los niños como ciudadanos ejemplares al servicio del Estado.


“Guardad, patrios penates, con sus vástagos, a esta familia: formen parte de aquellos que prestando su voz y sus recuerdos, sostengan nuestra urbe, agobiada del paso de los años y de sus avatares numerosos, y la conserven con su verde nombre.”
Que su padre les muestre su talante amble y su abuelo su generosa esplendidez, y uno y otro su amor por la belleza de la virtud. Sin duda sus recursos y su cuna permiten a la niña, en sus primeras nupcias, trasponer unas puertas patricias, y a sus hermanos en el umbral apenas de sus años viriles, a poco que los guarde la deidad, favorable a los buenos, del invencible César, trasponer los umbrales del Senado romuleo.”
 (Estacio, Silvas, IV, 8)

Pintura de Guglielmo Zocchi

Además de la bulla a los niños se les podía poner una cadenita con colgantes que representaban distintas figuras hechas de metal y que sonaban al golpearse entre sí, además de ser un talismán contra los maleficios. Este objeto se llamaba crepundia y servía para identificar al niño en caso de pérdida, secuestro o exposición, ya que algunos de los colgantes podían indicar el nombre del bebé o el de uno o ambos padres.

Hay unos dijes. …
DÉ.— ¿Cómo son? ve describiéndolos en detalle.
PA.— Hay primero una espadita de oro con una inscripción.
DÉ.— Di, pues, qué es lo que pone la inscripción.
PA.— El nombre de mi padre. Después, al lado, hay un hacha pequeña de doble filo, también de oro y con inscripción; ahí en el hacha, va el nombre de mi madre.
 DÉ.— Un momento. Di en la espada cuál es el nombre de tu padre.
PA.— Démones. …
DÉ.— Di ahora cuál es el nombre de tu madre que está aquí en el hachita.
PA.— Dedálide. …
PA.— Después hay una pequeña hoz de plata  y dos manitas entrelazadas y una cerdita. …
PA.— También hay una bolita de oro que me regaló mi padre un día de mi cumpleaños.
DÉ.— Ella es, seguro. No puedo contenerme de abrazarla. Hija mía, salud: yo soy tu padre, yo
soy Démones, y Dedálide, tu madre, está ahí dentro, en casa.
PA.— ¡Salud, padre, que no esperaba volver a ver!
 DÉ.— ¡Salud, hija, qué alegría poder abrazarte!
(Plauto, La Maroma)

Crepundia, Museo John Hopkins, Baltimore, Maryland

Para el pater familias preocupado por su honor  la mayor prueba de la legitimidad de su descendencia era que sus hijos se pareciesen a él. El parecido físico y moral al padre daba testimonio de la castidad de la madre, pero esa ideología tan conservadora se criticaba en la literatura satírica.

“Quiero que un Torcuato pequeñito, desde el regazo de su madre alargando sus tiernas manos, dulce ría a su padre con su labio entreabierto; que sea semejante a su padre, Manlio, y fácilmente por todos los ajenos sea reconocido, y el pudor de su madre indique en su rostro”. (Catulo, Poemas, LXI)

La obsesión por el parecido con el padre delataba  el miedo al adulterio porque debía ser una  práctica habitual, al menos en algunos estamentos sociales.

Pintura de Guglielmo Zocchi
El periodo de la infancia, que se prolongaba hasta más o menos la caída de los primeros dientes,  era considerado como una etapa difícil y triste en la que el niño nada más nacer era abandonado en un mundo lleno de peligros tras haber estado protegido en el vientre de la madre, por lo que lo primero que hacía era ponerse a llorar.

“Y también aquí, el niño, como marinero echado a tierra por olas implacables, se queda tirado
en el suelo, desnudo y sin habla, necesitado de toda ayuda para vivir, en cuanto en las orillas de la luz a empellones la naturaleza lo descarga del vientre materno, y llena la estancia de tristes lamentos, lo propio de uno al que en la vida le queda por recorrer un trecho tan largo de males.” (Lucrecio, De Rerum Natura, 222)

De acuerdo a los médicos de la antigüedad los niños pequeños eran propensos a tener accesos de ira, por lo que sus mentes, todavía moldeables, debían acostumbrarse a obedecer y conformarse y si protestaban debían ser reprendidos e, incluso, golpeados. Galeno recomendaba que se les bañara antes del desayuno. Los primeros alimentos sólidos eran cereales o pan mojados en miel, agua o vino. Para el dolor de dientes, cuando los pequeños los están echando, uno de los momentos más dolorosos de la infancia, Plinio tiene varias recetas: 

“Las encías frotadas con leche de cabra y sesos de liebre hacen denticiones más fáciles” (Historia natural, XXVIII, 259).

Los malos cuidados, la nutrición inadecuada, las infecciones  y, también, la poca exposición al sol provocaban una alta mortalidad entre los niños durante sus primeros meses de vida, por tanto muchos padres intentaban no encariñarse demasiado con sus hijos recién nacidos. Algunos mostraban indiferencia ante la frecuencia  de su pérdida o extremaban sus atenciones con el objeto de evitar lo irremediable.

Retrato infantil, El Fayum

En el caso de la muerte de los niños de días o pocos meses los enterramientos se producían sin que apenas se enterase nadie y a unas horas en las que pasaban inadvertidos, además de no dedicar ningún epitafio a su recuerdo, porque se pensaba que por su corta edad no habían entrado a formar parte de la sociedad.
En el caso de niños que ya habían superado un año  estos suponían una alegría para la familia, pero  una pena al morir para sus padres que se reflejaba en los recordatorios que se pueden encontrar en las obras literarias y en las inscripciones funerarias que les dedicaban a sus pequeños.

El escritor Quintiliano expresa su tristeza ante la pérdida de uno de sus hijos:

Escultura romana, County Art Museum, 
Los Angeles
 “No quiero recrearme en mis desgracias ni quiero aumentar las causas de mi dolor, ¡ojalá hubiera razones para disminuirlo! Pero, ¿cómo puedo olvidar la gracia de su rostro, la alegría de su charla, la pizca de ingenio que brillaba en sus ojitos, la solidez de su plácido y ya entonces profundo pensamiento? Sé que es difícil de creer: un niño como él, como cualquier otro así, merece nuestro amor. ” (Institución oratoria VI,  7).


Los niños hasta la edad de siete años permanecían al cuidado de la madre y los sirvientes, dedicados al juego y a aprender a relacionarse con los suyos. A partir de esa edad los niños pasaban a ser tutelados por el padre, quien se encargaba de enseñarles sus primeras nociones y les adoctrinaban sobre las costumbres y tradiciones familiares y sociales. Se aconsejaba poner  grandes esperanzas sobre los hijos porque así los padres se esforzarían en su educación.

Detalle de mosaico de la caza, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

“Cuando ya empezaba a comprender, él mismo (Catón) se encargó de enseñarle las primeras letras, aunque tenía un esclavo llamado Quilón, bien educado y que enseñaba a muchos niños; porque no quería que a su hijo, como escribe él mismo, le reprendiese o le tirase de las orejas un esclavo, si lento en aprender, ni tampoco quería agradecer a un esclavo tal enseñanza. Por tanto, él mismo le enseñaba las letras, le daba a conocer las leyes y le hacía practicar la gimnasia, adiestrándole, no sólo a tirar con el arco, a manejar las armas y a llevar un caballo, sino también a pegar con el puño, a soportar el calor y el frío y a vencer nadando contra  las corrientes y los remolinos de los ríos. Dice, además, que le escribió la historia de su propia mano, y con letras grandes, para que el hijo pudiera aprovecharse de los medios de su casa para el uso de la vida, de los hechos de la antigüedad y de los de su patria.” (Plutarco, Vida de Catón, III, 20)

Durante la infancia se intentaba potenciar la obediencia a la autoridad del padre y el cariño y respeto por la madre que debía prolongarse hasta la edad adulta. Como muchos niños quedaban huérfanos de madre por la muerte en los partos y de padre por las guerras ese respeto se derivaba a veces a las nodrizas y esclavos encargados de su crianza y educación, aunque el futuro de esos huérfanos a veces era motivo de preocupación para el entorno de los niños.

“¡Qué triste y cruel ha sido el destino de las hermanas Helvidias! Ambas murieron como consecuencia de sus partos, ambas después de haber dado a luz una hija. Estoy abatido por el dolor, y sin embargo, no creo que mi sentimiento sea exagerado… Me preocupa vivamente la suerte de esas niñas que han quedado huérfanas de sus madres nada más nacer.” (Plinio, Epístolas, IV, 21)



Los niños se consideraban los herederos naturales  del patrimonio de la familia y transmisores de la virtud heredada de los antepasados. La familia atendía su educación para que posteriormente pudiera servir al Estado con su carrera política o militar o con su trabajo en el sector agrícola y artesanal. Tanto los ricos como los pobres esperaban que sus descendientes se encargasen de prepararles un enterramiento y ritual funerario digno y por ello en las lápidas se encuentra a menudo la dolorida queja de unos padres que han enterrado a unos hijos que debían haberse ocupado de sus tumbas:

“Y quienes debían preparar la sepultura de sus padres, esos han muerto y se ornan con las imágenes que han elegido sus dolidos padres.”


Pintura de Oliver Rhys
 En los orígenes de Roma la educación de los niños en la familia  se basaba en el respeto hacia los mayores y la modestia en sus acciones ante ellos. Muchos pensaban en ellos como  charlatanes y atrevidos, que no muestran respeto y  juegan y se pelean con gran ruido, por lo que debía reprimirse este comportamiento con severidad y disciplina.

“Se escogía alguna pariente de edad avanzada, a cuya probidad y acreditada conducta se encargaba el gobierno de toda la familia, en cuya presencia, ni se permitía hablar con torpeza, ni hacer nada indecoroso, y no solo moderaba con cierto respeto los estudios y tareas, sino también los momentos de ocio y los juegos de los más jóvenes.” (Tácito, Diálogo de los Oradores, XXVIII)


Pero con el tiempo y el olvido de las viejas tradiciones las quejas se derivaban hacia las consecuencias que una vida demasiado cómoda podía suponer para los niños en su vida adulta y existía la creencia de que permanecer mucho tiempo bajo el cuidado de la madre podía enternecer o afeminar el espíritu de los niños varones, por lo que se recomendaba evitar los mimos, los regalos y los lujos para acostumbrar a los pequeños a las dificultades de la vida. La idea era que las malas costumbres se aprendían en casa durante la niñez  y se mostraban en los actos públicos durante la edad adulta.

“¡Ojalá no corrompiéramos nosotros las costumbres de nuestros hijos! Desde el principio hacemos muelle la infancia con regalos. Aquella educación afeminada, que llamamos condescendencia, debilita el alma y el cuerpo. ¿Qué mal deseo no tendrá cuando grande, el que no sabe aún andar y se ve ya vestido de púrpura? Aún no comienza a hablar, y ya entiende lo que es gala y pide vestido de grana. Les enseñamos el buen gusto del paladar antes de enseñarlos a hablar. Crecen en sillas de manos, y si tocan en tierra, por ambos lados hay criados que los levanten en los brazos. Si prorrumpen en alguna desenvoltura mostramos contento de ello. Aprobamos con nuestra risa, y aun besándolos, varias expresiones que se les sueltan, que aun en medio de la licencia de Alejandría serían intolerables. No es extraño: nosotros se las enseñamos y a nosotros nos las oyeron.” (Quintiliano, Inst. Oratoria, I, 2, 1)

Mosaico romano, Museo Palacio de Estambul

De la infancia se pasaba a una etapa en la que los niños se denominaban pueri, puer el niño y puella la niña. Si durante la anterior edad el niño (infans), de hasta siete años,  no era responsable de sus acciones, al puer se le consideraba capaz de ir tomando poco a poco responsabilidades hasta asumir las del matrimonio con doce años las niñas y catorce los niños, como edades legales.

Niña romana, Museo Nacional Romano, Palazzo Massimo, Roma, foto de Samuel López

Las niñas a partir de los diez u once años se dedicaban junto con las madres a realizar las tareas propias de las matronas, que deberían desempeñar tras su casamiento, como aprender a hilar y tejer y dirigir a los esclavos en sus tareas domésticas.  Todavía en época cristiana San Jeronimo en su carta 107 a Leta da consejos de cómo educar a su hija entre los que incluye la dedicación a tareas propias de su sexo, como saber utilizar el huso y la rueca.
Se intentaba que las niñas aprendiesen desde muy temprano a comportarse como lo hacía una mujer casada y se valoraba que adquiriese las virtudes propias de una matrona digna de la más alta consideración. Cuando llegaba el momento de su matrimonio, si este se realizaba cuando aún era una adolescente, alrededor de los doce a catorce años, abandonaba sus juguetes y los presentaba como ofrenda a los lares. La sociedad sabía apreciar la educación que los padres proporcionaban a las hijas resaltando las cualidades que la llevarían a conseguir un buen casamiento.


Retrato de niña, El Fayum
Plinio expresa la pena que le produce la muerte de la jovencísima hija de un amigo cuando iba a casarse y exalta las virtudes que la caracterizaban:

“No había cumplido aún trece años y ya mostraba la sabiduría de una anciana y la dignidad de una madre de familia, al mismo  tiempo que conservaba, no obstante, la dulzura de una niña y el pudor propio de una joven virgen. ¡Qué muerte tan cruel y prematura! ¡Y aún más desgraciado que la propia muerte fue el momento en el que ésta le sobrevino! Estaba ya comprometida con un excelente joven, se había elegido ya la fecha de la boda, los familiares y amigos habíamos sido ya invitados. ¡En qué tristeza se trocó esa alegría! (Plinio, Epístolas, V, 16)

Algunos de los niños nacidos de padres esclavos en la domus de un noble patricio o un adinerado miembro de la sociedad  se criaban como los propios hijos del dominus y algunos gozaban de un trato  y cariño especial.

 “Aún están recientes las cenizas de Eroción, a quien la dura ley de los peores hados arrebató en su sexto invierno, pero no cumplido, a ella que era mi ternura, mi gozo, mis delicias. Y mi amigo Peto me prohíbe estar triste y, al par que se da golpes de pecho y se mesa los cabellos, me dice: “¿No te da vergüenza de llorar así la muerte de una esclavita, nacida en tu casa?” (Marcial, Epigramas, V, 37)

Los niños varones de clase alta podían acompañar a sus padres  cuando salían a cumplir con sus obligaciones sociales en el foro, la basílica o el senado, e, incluso, a visitar patronos o clientes,  para aprender a tener en cuenta los valores propios de su clase social.

“¿Ves cómo el pequeño Régulo, con tres años todavía no cumplidos, elogia también él a su padre al oírlo y deja el regazo materno cuando ve a su progenitor y entiende como suyas las alabanzas a su padre? Al nene le gusta ya el clamor y el tribunal de los centunviros y la gente apiñada haciendo corro y la basílica Julia.” (Marcial, Epigramas, VI, 38)

Joven romano, Museo Metropolitan, Nueva York
Tanto los niños como las niñas asistían a las fiestas religiosas públicas y participaban en los ritos domésticos celebrados ante el lararium. Los niños comían con los padres en las cenas familiares y en casos de banquetes o celebraciones a veces se sentaban a los pies de los lechos de los padres en el triclinium, siguiendo una tradición que venía desde antiguo.

“Sus hijos asistían a todas sus comidas, y con ellos, los nobles jóvenes de ambos sexos, según antigua costumbre, comían sentados al pie de los lechos.” (Suetonio, Claudio, XXXII)

Los niños y niñas vestían la toga praetexta hasta que los primeros empezaban a vestir la toga virilis en su mayoría de edad alrededor de los diecisiete años. Las niñas lo hacían hasta el momento de su matrimonio en que cambiaban sus vestidos por los de la mujer casada.

“Cuando estuve recientemente en mi ciudad natal, acudió a presentarme sus respetos el hijo de uno de mis paisanos, vestido con la toga praetexta. Le pregunté si estaba estudiando. Me respondió que sí.” (Plinio, Epístolas, IV, 13)

Los hijos de los artesanos aprendían el oficio familiar y ayudaban en el negocio y los hijos de los campesinos trabajaban en el campo para contribuir a la economía de la familia.

 En el siglo I d. C. surgieron en Roma fundaciones benéficas dedicadas a proporcionar alimentos  a niños y niñas de familias pobres. Tuvieron su punto culminante en el siglo II y empezó a decaer en el III d. C. para desaparecer en el IV con la creación de otras fundaciones cristianas.
En cuanto al modo de funcionamiento de las fundaciones alimentarias (alimenta)  habría que hacer una distinción entre las privadas y las públicas, como la de Trajano, que son las mejor documentadas.  En éstas el emperador entregaba de su patrimonio, parece ser que del Tesoro, unos préstamos en metálico al 5% o 6% anual –su cantidad podría depender de cada ciudad- a propietarios de tierras que entregaban en garantía hipotecaria éstas, para que con los intereses que se ingresaban directamente en la caja de la ciudad, se distribuyeran, periódicamente,  alimentos o dinero a los niños y niñas de la localidad, hasta los 18 años para los varones y los 14 años para las niñas. Estas ayudas se destinaban a los niños nacidos libres y principalmente eran los varones los destinatarios mayoritarios.
La distribución de estos alimentos parece haber debido al intento de fomentar la estancia de las familias campesinas en el campo en vez de emigrar a la ciudad, y al pensamiento ético de los dirigentes  de ser reconocidos y agradecidos por sus compatriotas, ya  que serían así eternamente recordados por su labor solidaria. El que los varones fueran más beneficiados  respondía con toda probabilidad a  la necesidad de los emperadores de aumentar la población para poder tener soldados que reclutar para las continuas campañas bélicas que emprendían.

“Fueron casi cinco mil niños, nacidos libres, padres conscriptos, a los que buscó, encontró e incluyó en la lista de los beneficiarios de la munificencia pública la liberalidad de nuestro Príncipe. Estos a los que el Estado cría a sus propias expensas se convierten en su más firme sostén en tiempo de guerra y en su ornamento más preciado en la paz, y aprenden, así a amar la patria, y no sólo como su patria, sino también como su nodriza.”  (Plinio, Panegírico de Trajano, XXVIII)

Relieve con reparto de alimentos de Trajano, Museo de la Civilización Romana

 La beneficencia privada que intentaba ayudar económicamente a los niños más desfavorecidos también estaba implantada en la sociedad romana. Se hacían aportaciones a comunidades o municipios para que repartieran alimentos a los niños necesitados buscando quizás un reconocimiento social en vida, o bien se destinaba una parte del legado testamentario a la distribución de dinero entre los niños de un lugar durante unos días o tiempo determinado.
Plinio el Joven aconseja a un amigo como legar una cantidad de dinero a los residentes de su municipio al igual que él hizo con los niños y niñas nacidos de padres libres del mismo municipio.

 “Me pides mi opinión sobre la mejor manera de conseguir que también después de tu muerte los habitantes de nuestro querido municipio continúen disponiendo de una suma de dinero como la que tú ahora les has donado para la celebración de banquetes públicos… No encuentro, ciertamente, nada más adecuado que lo que yo mismo hice: con el deseo de  asegurar los quinientos mil sestercios que había prometido destinar a la alimentación de los niños y niñas de nuestro municipio nacidos de padres libres, mediante una venta ficticia por esa cantidad cedí al agente del tesoro municipal uno de mis terrenos allí valorado en mucho más que ese dinero, y seguidamente lo arrendé por una suma anual de treinta mil sestercios.” (Plinio, Epístolas, VII, 18)


Niño, Museo de Trípoli,  Líbano
Foto de Sebastiá Giralt
En el caso de Fabia Hadrianilla, de Hispalis, ella deja un legado de 50.000 sestercios para que se efectuase una distribución de dinero entre un conjunto de niños llamados iuncini y de niñas, los días 1 de Mayo y 25 de Abril,  día de su natalicio.
Algunos niños nacidos libres eran introducidos en el mercado laboral mediante un contrato de aprendizaje en el que el propietario de un taller o negocio firmaba junto a los padres o tutores del niño o niña un contrato por el que el menor trabajará y aprenderá el oficio del patrón a cambio de un salario y la manutención.

“ En el año 13 d. C.  en Tebtynis, nomo de Arsinoite, provincia de Egypto:
Orsenouphis (también llamado) Psosneus, hijo de Kalales, tejedor, reconozco que estoy en la obligación de enseñar a Helena, la esclava de Herakleon, hijo de Eirenoios, el oficio de tejedora, como yo lo conozco, durante dos años y seis meses a partir de Phamouthi del presente año de César, para que Helena sea alimentada y vestida durante el tiempo dicho. Yo daré una túnica de ocho dracmas de plata. Y si no la enseño, o se considera que no sabe lo que se le ha enseñado, se le enseñará a mi costa. Herodes, hijo de Herodes, lo escribió porque se lo pidió ya que no sabe escribir; (de otra mano) Yo, Herakleon, hijo de Eirenaios ha dejado como aprendiza la mencionada esclava como se citó anteriormente.” ( Papiro de Oxirrinco, Apis record: Michigan. Apis.3178)

Niño con cucullus, Museo Nacional
Romano, Foto Carole Raddato
Los campesinos optaban en caso de necesidad  por vender a sus hijos a algún señor de la ciudad para evitarles la miseria y las fatigosas tareas del campo, además de recibir ellos algún dinero para subsistir. Casiodoro describe la feria de San Cipriano en Lucania donde los padres vendían a sus hijos en el mercado.

“Allí de pie estaban los chicos y chicas con los atributos propios de su sexo y edad, para los que su libertad y no cautividad impone el precio. Son vendidos por sus padres por una buena razón, ya que ellos mismos ganan se benefician de su servidumbre. Porque no se puede dudar de que ganan incluso como esclavos, al pasar de los esfuerzos de los campos al servicio en la ciudad.” (Casiodoro, Variae, VIII, 33)

De los papiros de Oxirrinco también se conoce la existencia de instituciones (gymnasia)  que acogían a jóvenes procedentes de las élites urbanas en las que aprendían a convertirse en buenos ciudadanos al tiempo que conservaban los valores de su grupo social. El entrenamiento en actividades deportivas y la enseñanza de los principios de la educación grecorromana les ayudaban a perpetuar su identidad social y mostrar su aptitud para convertirse en ciudadanos ejemplares cuando llegasen a adultos. Las relaciones establecidas durante su estancia en el gymnasium podrían ayudarles a tener éxito en sus carreras profesionales.  
Los juguetes de los niños romanos se hacían de distintos materiales, cerámica, madera, tela y otros y algunos estaban hechos de forma tosca y otros finamente elaborados según el nivel social de sus propietarios.


Muñeca articulada,Museo Arqueológico
 de Tarragona
Los niños tenían juguetes relacionados con las actividades que deberían desempeñar en el futuro, como armas, carros o animales como el caballo. Las niñas jugaban con muñecas  de trapo o articuladas hechas en terracota o marfil, además de con cacharros en miniatura a imitación de los usados en la cocina o comedores.

“Para que acabe con rapidez  sus tareas recompénsala con un ramito de flores, una pieza de bisutería o una bonita muñeca.” (San Jerónimo, Epístolas, 128)

Los niños de ambos sexos usaban para su diversión aros que empujaban con una vara, yo-yos, peonzas, o carritos atados a animales. Juegos con más actividad como hacer carreras, tirar la pelota o el escondite parecen haber formado parte de los momentos de ocio de estos niños. Incluso imitar a los adultos con juegos de guerra y saltar y hacer acrobacias sobre los toros hacían las delicias de los niños y jóvenes romanos.

“Mira cómo salta estos chiquillos sobre unos mansos novillos y cómo un toro se complace dócilmente con su carga. Éste se cuelga de la punta de los cuernos, aquél corretea por sus lomos y blande sus armas de cabeza a cola del buey.” (Marcial, Epigramas, V, 31)

Detalle de mosaico, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

Los animales como ponies, perros y aves de colores o parlanchinas formaban parte de los entretenimientos de los niños ricos.
Plinio relata como al morir un jovencito su padre manda quemar todos los animales de su propiedad en la pira funeraria de su hijo.

“El joven poseía muchos caballitos galos tanto de tiro como de silla; poseía también perros, grandes y pequeños; poseía ruiseñores, papagayos y mirlos. A todos estos animales Régulo los ha hecho sacrificar alrededor de la pira funeraria.” (Plinio, Epístolas, IV, 2)

Aunque no eran juegos específicamente infantiles el de las nueces, las tabas y los juegos de mesa servían para entretener a los más pequeños.

“Al niño, triste ya por dejar sus nueces, vuelve a llamarlo el maestro chillón…” (Marcial, Epigramas, V, 84)


Relieve de niños jugando con nueces, Museos Vaticanos

Los juegos de los niños en las ciudades se desarrollaban en el ámbito doméstico, principalmente los atrios y jardines, o por las calles. 


"Que el atrio gira y alrededor corren las columnas, hasta tal punto es así que lo creen los niños, cuando dejan de dar vueltas, que apenas se creen entonces que el edificio entero no se les caerá encima". (Lucrecio, De Rerum Natura 4,401)

Los niños  que jugaban en la calle no estaban exentos de riesgos que podían ser peligrosos.

Cerca de las Cien columnas, por donde unas esculturas de fieras adornan el paseo de los plátanos, llama la atención una osa. Jugando con ella, el hermoso Hilas le tocaba sus fauces abiertas e introducía en la boca su tiernecita mano. Pero en el interior del muerto bronce se escondía una rabiosa víbora, con un alma peor que la de la fiera. No advirtió el niño que era una trampa hasta que sintió la mordedura y murió. ¡Qué pena que no era una osa de verdad! (Marcial, Epig. III, 19)

En algunos hogares acomodados el dominus tenía un niño esclavo favorito el puer delicatus, que podía haberse criado en la casa, y  al que, gracias a su belleza y sus gracias,  podía tratar como alguien a quien mimar y permitir un comportamiento atrevido y libre, que no se autorizaba a los propios hijos. Se le mimaba y se le hacía regalos y  también podía conseguir la manumisión.  Podía dedicarse al servicio de los banquetes, como copero y hacer compañía al señor. Algunos eran destinados a satisfacer sexualmente a su dueño y  solo cuando se convertían en adultos abandonaban esta función. Este tipo de relación estaba implantada en la sociedad y el límite se encontraba en los niños nacidos libres, porque la ley los hacía intocables sexualmente, aunque algunos podían verse tentado por algún adulto, para lo que se les sometía a vigilancia por parte de padres o cuidadores.

Retrato de Eustyches, Museo
 Metropolitan, Nueva York
Algunos señores lamentaban enormemente la pérdida de estos pueri  dedicándoles elegías y epitafios  de los que han quedado variados ejemplos.

“Aquel conocido liberto de Mélior, que murió entre el dolor de Roma entera, breve deleite de su querido patrón, Glaucias, yace inhumado bajo esta losa en un sepulcro junto a la vía Flaminia. Casto por sus costumbres, íntegro por su pudor, rápido de ingenio, afortunado por su hermosura. A sus doce mieses recién cumplidas, apenas añadía el muchacho un solo año. Caminante que lloras estas pérdidas, ojalá no llores nada.” (Marcial, Epig., VI, 28)


Bibliografía:

Children´s play as social ritual, chapter 4, Cornelia B. Horn, Late Ancient Christianity, Virginia Burns (ed),  Google Libros.
Children in the Roman Empire: Outsiders Within, Christian Laes, Google Libros.
Historia de la Infancia. Itinerarios educativos, Paloma Pernil Alarcón, Aurora Gutiérrez Gutiérrez, Google Libros.
Vida religiosa en la Antigua Roma, Xavier Espluga, Mónica Miró i Vinaixa, Google Libros.
Morir ante suum diem, Alberto Sevilla Conde, Niños en la Antigüedad: estudio sobre la infancia en el Mediterráneo antiguo. Daniel Justel Vicente (ed.), Google Libros.
La casa romana, Pedro A. Fernández Vega, Akal ediciones.
La infancia en Roma.“Mientras viví, jugué” Rosario López Gregoris, Las edades del hombre, Rosa Hernández Crespo y Adolfo J. Domínguez Monedero ( eds).
servicios.educarm.es/templates/portal/ficheros/websDinamicas/134/Aetateshominis.pdf
paidesblog.wordpress.com/2014/11/25/being-a-girl-in-roman-oxyrhynchos/
paidesblog.wordpress.com/2014/11/08/its-worth-a-stay-at-the-gymnasium/
http://local.droit.ulg.ac.be/sa/rida/file/2010/22.Tamayo.pdf, 'Alimenta', una institución a caballo entre la munificencia y la propaganda,  José Ángel Tamayo Errazquin