sábado, 2 de septiembre de 2017

Tonsores, cortar el pelo y la barba en la antigua Roma

No solo era el cuidado del cabello parte del aseo matinal del romano, sino también el arreglo de la barba y la aplicación de distintos productos que les hiciera presentar el mejor aspecto durante sus actividades cotidianas. Los romanos que podían permitirse el lujo de tener uno o más tonsores (barberos y peluqueros) a su servicio delegaban en ellos esta función y, si llegaba el caso, se ponían en sus manos varias veces al día. Los que no podían permitirse el lujo de tener un tonsor doméstico entraban en una de las incontables tonstrinae (barberías) establecidas en las tabernae (tiendas) de la ciudad, y para los clientes más pobres había tonsores instalados en la vía pública.


Barbero griego


Séneca deja un testimonio de lo que podía ser el paso de un ciudadano por una barbería criticando el hecho de que uno se preocupe más por su aspecto físico, que por lo que acontece en la sociedad en la que vive.

¿Por qué llamas descansados a aquellos que pasan muchas horas con el barbero mientras les corta el pelo que creció la noche pasada, y mientras se hace la consulta sobre cualquiera cabello, y mientras las esparcidas guedejas se vuelven a componer, o se compele a los desviados pelos que de una y otra parte se junten para formar copete? Por cualquier descuido del barbero se enojan como si fueran varones; se enfurecen si se les cortó un átomo de sus crines, o si quedó algún cabello fuera de orden, y si no entraron todos en los rizos. ¿Cuál de éstos no quieres más que se descomponga la paz de la república que la compostura de su cabello? ¿Cuál no anda más solícito en el adorno de su cabeza que en la salud del Imperio, preciándose más de lindo que de honesto? ¿A éstos llamas tú desocupados, estando tan ocupados entre el peine y el espejo? (Séneca, De la brevedad de la vida, V, 13)




El local ocupado por una barbería pública estaría rodeado de bancos en los que esperaban su turno los clientes. Dentro el cliente se sentaba en un taburete, mientras el tonsor y los ayudantes (circitores) iban cortándole el cabello o arreglándoselo según la moda del momento, que venía determinada por la imagen del emperador reinante.

Tynd.: “Ahora está el tipo en la barbería; ahora, en este mismo momento, está Filocrates manipulando la cuchilla. No se ha preocupado, siquiera, de poner el paño del barbero, para así no mancharse la ropa. Pero no se decir si va a afeitarle o recortarle un poco con el peine”. (Plauto, Los Cautivos, II, 2)


Navaja romana


Los cortes de pelo se hacían con unas tijeras de hierro (forfex) de hojas separadas, con tenían unos anillos de presión en su base. Su uso provocaba los llamados “trasquilones”. Para conseguir el cabello rizado artificialmente se ayudaban del calamistrum, que los ciniflones ponían a calentar en los rescoldos dentro de una funda de metal para que luego el tonsor lograra los rizos que el cliente deseaba.

"El hierro para rizar el cabello (calamistrum) tiene su denominación porque con estos objetos, calentados en ceniza, se adorna el cabello. Quien los manejaba, a partir de cinis (ceniza) fue denominado cinerarius (peluquero)." (Varron, De la Lengua Latina, V, 29)

Otra tarea cotidiana del tonsor era la de afeitar o recortar la barba. Desde la Magna Grecia se introdujo el hábito del afeitado en Roma hacia el año 296 a.C. con la llegada de los primeros tonsores, y se sabe que ya Escipión Emiliano se hacía afeitar todos los días, y que en la época de la dictadura este hábito ya se había extendido.

“Se da por cierto que los barberos vinieron a Italia primero de Sicilia en el año 453 de la fundación de Roma, como todavía se lo ve escrito en documentos públicos en Ardea, y que los había traído Publio Titinio Maena. Que anteriormente no había habido barberos lo muestran las estatuas de los antiguos, porque la mayoría tienen mucho pelo y gran barba.” (Varrón, De Re Rustica, II, 11, 10)



Retrato etrusco, Museo Británico, Londres

De la época imperial tenemos el testimonio de Suetonio sobre Augusto: “...ningún cuidado se tomaba por el cabello, que hacía le cortasen apresuradamente varios barberos a la vez; en cuanto a la barba, unas veces se la hacía cortar muy poco, otras mucho, y mientras lo hacían leía o escribía.” (Augusto, LXXIX)

Ningún romano se afeitaba solo, ya que el tosco material y la poca experiencia condenaba a todos a ponerse en manos del "experto" tonsor. No se tiene conocimiento de que se utilizara ninguna loción o jabón, solo agua, por lo que se hacía imprescindible que el tonsor estuviera dotado de una destreza poco común. Tras un aprendizaje, obtenía permiso para abrir su propia tonstrina.

Las navajas barberas (novaculae) y los cuchillos que también usaban para afeitarse y cortarse las uñas eran de hierro, y se afilaban en una piedra, laminitana, originaria de Hispania, del Campo de Montiel.

“En cuarto lugar están las que se afilan con la ayuda de saliva humana; se utilizan en las barberías. Las mejores en su género son las laminitanae de la Hispania Citerior (Laminium). (Plinio, Historia Natural)

Navaja romana de bronce


Los más experimentados tonsores gozaban de cierta fama, como demuestra el epitafio que Marcial dedica a Pantagathus:

“En esta tumba yace Pantagathus –capricho y pena de su amo-, arrebatado en la flor de la edad, diestro en cortar cabellos greñudos y en arreglar mejillas híspidas con imperceptibles toques de navaja. Aunque le seas, tierra, como debes, propicia y liviana, no puedes ser más liviana que su mano.” (Epigramas, VI, 52)

Pero la mayoría no tenían tanta habilidad y algunos clientes podían exponerse a desagradables accidentes: 

“Quién no pretende aún bajar a las sombras de la Estigia, que huya del peluquero Antíoco, si es inteligente. Estas cicatrices que podéis contar en mi barbilla, tantas como las que hay en la frente de un viejo púgil, no me las ha hecho mi mujer, enfadada, con sus terribles uñas: es el hierro y la mano asesina de Antíoco.” (Marcial, Epigramas, XI, 84)

Los barberos más renombrados eran a veces excesivamente lentos:

“Mientras el barbero Eutrapelo repasa la cara de Luperco y le depila las mejillas, le crece una segunda barba.” (Marcial, VII, 83)




La primera vez que un joven se ponía en manos del tonsor se celebraba una ceremonia religiosa: la depositio barbae, que se realizaba alrededor de los veinte años. El día de la depositio barbae, el tonsor cortaba con unas tijeras la barba primera (lanugo) que posteriormente se ofrendaba a los dioses, Apolo, Júpiter o Venus, o a los dioses domésticos, y se guardaban en recipientes de cristal o de oro incluso, y este ritual marcaba el paso definitivo a la madurez. De Nerón cuenta Suetonio:

“En los juegos gímnicos que dio en el campo de Marte, y en el transcurso de los preparativos del sacrificio, se hizo cortar la primera barba guardándola en un cofrecillo de oro adornado con pedrería, y consagrándola a Júpiter Capitolino.

Nerón joven

Este acto de cortar la barba por primera vez significaba el abandono de la niñez y el acceso a la edad adulto. El siguiente epigrama se refiere al momento en que Marcelo, hijo de Octavia, hermana de Octavio Augusto, hace su primer afeitado.

“Cuando regresaba de la guerra del oeste con el botín a la frontera de la rocosa Italia, Marcelo se afeitó por primera vez su rubia barba. Ése fue el deseo de su patria:enviar a un niño, recibir a un hombre.” (Antología Palatina, Epigrama, 319)

Durante los tiempos de Juvenal, ricos y pobres festejaban esta fecha solemne según sus medios, preparando una gran fiesta a la que se invitaba a todos los amigos de la familia:

“Ya te amanece el día tercero después de los idus de mayo, Marcelino, en que debes celebrar una doble fiesta familiar: el aniversario del nacimiento de tu padre, y el día en que te afeitaste por primera vez. Aunque le ha dado el gran don de una vida feliz, nunca este día estuvo más generoso con tu padre.” (Marcial, III, 6)



"Los jóvenes elegantes solían llevar una barba cuidada (barbula) hasta los cuarenta años como señal de juventud; llevar barba a partir de esa edad era signo de desaliño, de duelo o de calamidad, como Augusto, al conocer la derrota de Varo, quien “se dejó crecer la barba y los cabello durante meses” (Suetonio, Augusto, 23)

Otra labor del tonsor era satisfacer a sus clientes aplicando tintes: “Te haces el joven, Letino, con tus cabellos teñidos, tan pronto cuervo, si hace un momento eras cisne. No puedes engañar a todos, Proserpina sabe que lo tienes blanco, ella le quitará el disfraz a tu cabeza.” (Marcial, Epigramas III, 43); untando aceites perfumados; maquillando el rostro; disimulando imperfecciones de la piel con lunares o parches de tela: “y un cuero de escarlata pinta su pie sin lastimarlo, y numerosos lunares revisten su frente de estrellas. ¿No sabes qué es? Quita esos lunares y lo verás.” (Marcial, Epigramas, II, 29)


Algunos romanos antes de someterse a la tortura del tensor preferían ponerse en manos del dropacista, especialista en depilar con dropax, un ungüento depilatorio compuesto de resina y pez.

“Te depilas la cara con ungüentos y la calva con mejunjes; ¿tanto miedo tienes, Gargiliano, al peluquero? ¿Qué harán tus uñas? Porque ciertamente no puedes recortarlas con resina, ni con lodo véneto. Si tienes algún pudor, deja de hacer de tu cabeza un espectáculo”. (Marcial, Epigramas, III, 74)

También se les frotaba con psilotrum, un ungüento hecho a base de arsénico calentado y de cal viva, que utilizaban las personas de costumbres afeminadas para eliminar los pelos de la piel:

“Se bañaba siempre acompañado de mujeres, de tal suerte que las depilaba él personalmente con psilotro, cuidando también su barba, vergüenza da decirlo, con el mismo psilotro con el que depilaba a las mujeres, y a la misma hora.” (Historia Augusta, Heliogábalo, 31)

Heliogábalo, Museo Metropolitan, Nueva York

Otros preparados también podían ser eficaces:

“Se encuentran casos, también, donde se ha utilizado castoreum con miel, durante varios días, como depilatorio, sin embargo. En el caso de depilatorio diario, los pelos deberían arrancarse antes de aplicarse.” (Plinio, Historia Natural, XXXII, 47)

Remedios muy caseros podían servir para evitar la salida de la barba, como el empleado por Otón. 

"Afeitábase todos los días con sumo cuidado y se frotaba con pan mojado, costumbre que había adquirido desde jovencito, con objeto de no tener nunca barba."(Suetonio, Otón, XII)

Moneda con retrato de Otón

Los hombres romanos también se sometían a la depilación en otras partes del cuerpo, para mostrar una piel suave. En los baños se podía contratar el servicio de un dropacista o depilador como describe Séneca en su epístola 56: imagina al depilador con su penetrante voz chillona, dando rienda suelta a su lengua, excepto cuando está depilando las axilas y haciendo gritar a su víctima en su lugar.”

Augusto acostumbraba a quemarse el vello de las piernas con cáscara de nuez para que estuvieran más suaves, según Suetonio. También se usaban diversas sustancias como resina y brea: “… y ollas Samnitas para calentar la resina y la brea usadas para depilar a los hombres y suavizar su piel.” (Historia Augusta, Pertinax, 89), además de usar piedra pómez para alisar la piel.


Retrato época Flavia, Museo Metropolitan, Nueva York

Los hombres dedicaban parte de su tiempo a mejorar su aspecto y seguir las tendencias de la moda en cuanto al peinado y el uso de perfumes:

"Estás viendo, Rufo, a aquel que ocupa los primeros asientos, cuya mano enjoyada reluce hasta desde aquí, cuyos mantos han absorbido tantas veces la púrpura de Tiro, y cuya toga tiene orden de ganar [en blancura] a las nieves intactas, cuya grasienta cabellera llena de perfume todo el teatro de Marcelo, y cuyos brazos resplandecen lisos una vez depilados..." (Marcial, Epigramas, II, 29)

Ovidio aconseja a los jóvenes cómo deben cuidarse para atraer a sus amadas, despreocupándose de lo superficial, como es rizarse el pelo y quitarse el vello, pero recomendando buscar un buen barbero:

“Tampoco te detengas demasiado en rizarte el cabello con el hierro o en alisarte la piel con la piedra pómez; deja tus vanos aliños para los sacerdotes que aúllan sus cantos frigios en honor de la madre Cibeles. Que no se te ericen los pelos mal cortados y tanto éstos como la barba entrégalos a una mano hábil.” (Ovidio, Arte de Amar, L. I)

Retrato de época Severa

Algunos autores, como Tertuliano, criticaron la dedicación que los hombres dedicaban al cuidado de su cabello, barba y cuerpo:

“Y si nuestro propio sexo admite trucos engañosos tales como cortarse la barba en demasía; arrancarla por aquí y por allí; afeitarse alrededor de la boca; arreglarse el pelo y disfrazar su blancura con tintes; depilarse por todo el cuerpo; colocar cada pelo en su lugar con pigmentos femeninos; suavizarse el resto del cuerpo con la ayuda de algún áspero polvo; y, además, aprovechar cualquier oportunidad para mirarse en el espejo y contemplarse con ansiedad.” (Tertuliano)

De nuevo los autores cristianos aconsejan sobre cuándo y cómo cortar el pelo y la barba.

“Así, pues, el corte de pelo debe hacerse no en aras de la belleza, sino por circunstancias, el de la cabeza, para que, cuando crezca, no descienda, hasta impedir la vista y, asimismo, también conviene cortar los pelos del bigote, pues se ensucian al comer; no con navaja de afeitar —pues es una acción baja—, sino con las tijeras de barbero; deben dejarse en paz los pelos de la barba, ya que, lejos de causar alguna molestia, contribuyen a dar un aspecto solemne que produce admiración.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, III)



El carácter supersticioso del pueblo romano se manifiesta también en las actividades más cotidianas, como la de cortarse el pelo y afeitarse la barba, que se asimilan a la protección de distintos dioses, y que, incluso en época cristiana todavía se relacionan con divinidades paganas. En la Antología Latina se encuentra un corto epigrama que aconseja cuando realizar esas pequeñas actividades cotidianas, que luego es refutado por otro epigrama más largo del poeta Ausonio, autor cristiano.

En qué día conviene eliminar cada excrescencia del cuerpo

“El miércoles (día de Mercurio) las uñas, el jueves (día de Júpiter) la barba, los cabellos el día de Cipris (viernes, día de Venus).” (Antología Latina, 643)

Esto así se refuta.

“Mercurio con sus robos siempre requiere uñas largas
y no permite que a los dedos se le achiquen sus armas.
La barba es ornato de Júpiter y la melena de Venus:
luego es forzoso que no quieran que se corte,
aquello de lo que tanto cada cual se ufana.
Mavorte, amabas a imberbes y tú, Luna a calvos:
no impiden, pues, que asomen la cabeza y las mejillas.
El Sol y Saturno no se oponen a las uñas. Por consiguiente borra ese verso que a los dioses no gusta.”
(Ausonio, Égloga, XXVI)


Cabeza de Zeus-Júpiter

De los objetos utilizados por el tonsor (instrumenta tonsorae) hay varias descripciones en la literatura. Como ejemplo, el siguiente epigrama describe los objetos depositados como ofrenda por un barbero griego que quiso dejar su profesión y convertirse en filósofo, pero tuvo que volver a su anterior trabajo. Estos incluyen útiles para cortar el pelo, afeitar la barba y limpiar las uñas.

“El lienzo que el pelo recoge, el espejo y el trozo
de fieltro en que secaba sus chismes, el lapitano
Eugates dejó con el peine de caña y tijeras
sin mango y los punzones para limpiar las uñas,
cuchillas, navaja y sillón y al jardín de Epicuro
saltó como hortelano desde su barbería.
Allí, como el que oye llover, escuchaba y se hubiera
muerto de hambre si no llega a volver a su arte.”
(Antología Palatina, 593)



El espejo era un elemento imprescindible para los tonsores, ya que permitía a los señores ver el aspecto final que tenían tras pasar por sus manos. Se depositaba junto al pelo cortado en las ofrendas que se hacían a los dioses al comenzar la edad adulta. En el siguiente epigrama de Marcial es el favorito de Domiciano, Earino, el que realiza su ofrenda a Esculapio.

“Este espejo, consejero de su hermosura, y estos suaves cabellos los ha depositado como sagrados presentes para el dios de Pérgamo aquel niño más grato a su dueño en todo el palacio, el que con su nombre señala la época de la primavera. ¡Dichosa la tierra que cuenta con tal presente! No preferiría tener ni la cabellera de Ganímedes.” (Marcial, Epigramas, IX, 16)




Esta entrada actualiza y amplía la anterior Tonsor, el aseo del hombre romano


Bibliografía:


http://www.mac.cat/Media/Files/Flequillos-barbas-y-trenzas.-Notas-sobre-moda-y-peinado-en-la-Roma-antigua; Flequillos, barbas y trenzas. Notas sobre moda y peinado en la Roma antigua; Bruno Ruiz-Nicoli
http://www.dermatologiaterrassa.com/wp-content/uploads/2014/11/Alopecia-en-Roma.pdf; La alopecia en Roma, Xavier Sierra Valentí
http://latijn.pbworks.com/f/The+Portraits+of+Nero.pdf; The Portraits of Nero; Ulrich W. Hiesinger
https://www.academia.edu/4756692/Barbula_tonsa_e_coma_in_gradus_formata._Su_un_ritratto_aquileiese_del_II_secolo_d.C._in_Quaderni_Friulani_di_Archeologia_2005; Barbula tonsa e coma in gradus formata. Su un ritratto aquileiese del II secolo d.C., in: «Quaderni Friulani di Archeologia» 2005; Ludovico Rebaudo
http://www.lavanguardia.com/de-moda/h-hombre-de- vanguardia/20170512/422454106796/hombres-con-historia-tupe-alejandro-magno.html; Fèlix Badía; La Vanguardia, 12/05/2017
Roman Clothing and Fashion, Alexandra Croom, Google Books
La vida cotidiana en Roma en el apogeo del imperio; Jerome Carcopino, Ed. Temas de Hoy

https://ia801704.us.archive.org/12/items/jstor-310326/310326.pdf; Greek and Roman Barbers, Frank W. Nicolson
                                               

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