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domingo, 24 de abril de 2022

Dioniso/Baco, su mitología e iconografía en la antigua Roma

Museo Arqueológico Nacional, Sarsina, Italia


Para entender el éxito del culto a Dioniso/ Baco en la cultura grecorromana es imprescindible conocer algunos de los episodios mitológicos de su paso entre los humanos que se recogen en la literatura de la antigüedad con múltiples versiones sobre su origen y sus hechos con respecto a la introducción del vino en la sociedad, su elaboración y las fiestas relacionadas con el proceso, así como la aceptación y rechazo de su culto y sus misterios. Tanto los mitos como la iconografía del dios y su séquito de acompañantes sufrirá transformaciones y asimilaciones en la literatura y las representaciones artísticas a lo largo de los siglos, por lo que es difícil tener una versión  unitaria del dios y su entorno.

“Cantaré yo el parto de tu madre entre los rayos del Etna,
las armas de India puestas en fuga por los coros de Nisa,
y a Licurgo en vano enfurecido contra la nueva planta de la vid,
la muerte de Penteo grata a la triple grey de Bacantes,
y a los marinos tirrenos, cuerpos recurvos de delfines,
que saltaron a las aguas desde la nave adornada de pámpanos,
y los ríos perfumados que por ti corren a través de Naxos,
donde la muchedumbre de Naxos bebe tu vino.”
(Propercio, Elegías, III, 17)

Dioniso/Baco es un dios perturbador que no atiende a las leyes y costumbres establecidas. Considerado un dios de origen extranjero, su culto no siempre es bien acogido y, a veces, es reprimido. Sus seguidores se ven poseídos por éxtasis místicos y recorren lugares agrestes mientras danzan frenéticamente y consumen vino en exceso. En su iconografía mitológica se le representa de muy diversas maneras, acompañado de silenos, sátiros y ménades tocando instrumentos musicales, además de animales como leones y panteras.

Su descubrimiento del vino le lleva a ser un dios viajero que visita territorios donde enseñar su elaboración, animar a su consumo y propagar su culto como dios de la vegetación y naturaleza.

Casa de Dioniso, Paphos, Chipre


Dioniso nace de la relación de Zeus y Sémele, hija de Cadmo y Harmonía, reyes de Tebas en Grecia. La diosa Hera, enfurecida por la relación extramarital de su esposo Zeus, convence a Sémele, ya encinta, para que pida a su amante que se muestre se muestre en todo su esplendor, pero al ser incapaz de soportar el fulgor de los rayos de Zeus, muere calcinada, y el dios tiene el tiempo justo para arrancar al hijo que lleva en sus entrañas. Lo introduce en su muslo y permanece allí hasta el noveno mes, y Dioniso sale completamente formado. 

“Cadmo tuvo las siguientes hijas: Autónoe, Ino, Sémele y Agave, y un hiio, Polidoro. Con Ino casó Atamante con Autónoe Aristeo y con Ágave Equión. Pero de Sémele se enamoró Zeus y se unió a ella a escondidas de Hera. Pero engañada por Hera, como Zeus había consentido en hacer todo lo que le pidiera, le pidió que se presentase tal como iba cuando deseaba a Hera. Zeus, no pudiendo rehusar, se presentó en su habitación en un carro de relámpagos y truenos y lanzó un rayo; entonces Sémele murió de miedo y Zeus arrebató del fuego a la criatura de seis meses, que había sido abortada, y se la cosió en un muslo. Muerta Sémele, las restantes hijas de Cadmo difundieron el rumor de que Sémele se había unido a un mortal; y había acusado falsamente a Zeus y que por eso había sido fulminada. Cuando llegó el momento oportuno Zeus dio a luz a Dioniso y luego de desatar las costuras, se lo confió a Hermes.” (Biblioteca Mitológica, Apolodoro, III, 26-29)

Nacimiento de Dioniso. Vaso griego

Zeus para protegerlo convierte a Dionisio en cabrito y lo entrega a Hermes quien lo deja al cuidado de nodrizas divinas, las ninfas de la montaña Nisa. Ellas cuidaron a Dioniso en una cueva, lo mimaron y lo alimentaron con miel, servicio por el cual Zeus colocó luego sus imágenes entre las estrellas con los nombres de las Híades. Las ninfas lo criaron fielmente y se convirtieron en las compañeras y seguidoras del dios; posteriormente, Dionisio les recompensó sus desvelos renovándoles la juventud cuando envejecían.

“A Dioniso Zeus lo transformó en un cabrito y engañó así el mal humor de Hera; Hermes lo tomó y se lo llevó a las ninfas que habitan en Nisa, de Asia, a las que más tarde Zeus situó entre los astros y llamó Híades.” (Biblioteca Mitológica, Apolodoro, III, 26-29)

Baño de Dioniso, Casa de Aion, Paphos, Chipre


Pero la celosa Hera busca venganza y enloquece a las ninfas. Entonces, el niño es entregado a Hermes quien lo lleva con Ino, hermana de Sémele y Atamante. Ella y su criada Mistis —nombre que hace alusión a los Misterios que Mistis transmite a Dioniso— crían a Dioniso.

“Luego, entregó la criatura a Mistis, su joven sierva. Cadmo había criado, para la ayuda de cámara de su hija Ino, a esta Sidonia de hermosa cabellera cuando todavía era una muchacha. Ella apartó, entonces, a Baco de las divinas nutrientes de los pechos, y lo ocultó en una sombría morada, no expuesto a las miradas… Así, después del pecho de su ama, Mistis cuidaba al dios, sentada junto a Lieo con ojos insomnes. Esta sabia sierva lo instruyó en el arte que lleva su nombre, en los místicos ritos del nocturno Dioniso; y equipó a Lieo de sus celebraciones insomnes. Ella fue la primera en sacudir el báculo; y saludó ruidosamente a Baco, haciendo sonar los címbalos de doble bronce. Ella encendió por primera vez la llama que danza en la noche, y entonó el evohé para Dioniso que no duerme. Y fue la primera en arrancar la arqueada flor de los racimos, para coronarse la lacia cabellera con lazos de vid. Ella misma trenzó en una sola pieza el tirso con vinosa hiedra; y encastró en la punta de los racimos el hierro, cubierto de pétalos, para no lastimar a Dioniso; y colgó sobre el pecho desnudo páteras de bronce, y en el talle pieles de cervato. Mientras el niño Dioniso jugaba con la mística cesta, llena de instrumentos de culto, ella la primera, vistió su cuerpo con una túnica de enlazadas serpientes; y enroscó en torno se su bifronte mitra una espiralada víbora, cerrando los nudos con ofídico tiento.” (Nono de Panópolis, Dionisiacas, IX, 100)

Dioniso y las ninfas del Monte Nysa, Villa Farnesina,
Museo Arqueológico Nacional, Roma


Sin embargo, la cólera de Hera provoca que enloquezcan con lo cual Hermes debe encontrar un nuevo destino para Dioniso. En esta oportunidad es transportado a la morada de Rea, madre de su padre Zeus, con quien transcurrirá su última infancia.

"¡Muchas gracias al resentimiento de Hera! Pues no corresponde a un hijo del Crónida tener por nodriza a Ino. Que la progenitora de Zeus sea el aya de Dioniso, madre de Zeus y nodriza de su nieto…
Y la diosa tomó cuidado de él; cuando era aún un niño lo puso a conducir un carro de carnívoros leones. Los andariegos Coribantes, en las cercanías del palacio que albergaba al dios, rodeaban a Dioniso con su danza protectora; entrechocaban sus espadas y con movimientos alternantes golpeaban los escudos con revoltoso hierro, para ocultar la infancia y el crecimiento de Dioniso. Así, al son de la crianza de los escudos, creció, como su padre, bajo el cuidado de los Coribantes.”
(Nono de Panópolis, Dionisiacas, IX, 150- 160)

Dioniso niño


“Ni bien hubo pasado la primera niñez, Evio vistió su cuerpo con velludas túnicas, y se echó a los hombros la adornada piel de cervatillo, imitación de la jaspeada figura del estrellado éter; y condujo a los linces a sus guaridas bajo las planicies de Frigia; unció al carro moteadas panteras, a modo de imágenes que honraran las tierras paternas. A menudo conducía el carro de la inmortal Rea; y, mientras sostenía con pequeña y delicada mano las riendas del bocado, dominaba el brioso vehículo de presurosos leones. El coraje de Zeus, que mora en las alturas, crecía en su corazón.”
(Nono de Panópolis, Dionisiacas IX, 190)

Museo del El Djem, Túnez. Foto Paul Williams


Durante su estancia con Rea Dioniso juega y compite en destreza con sus compañeros. Entre ellos destaca Ámpelo, del que Dioniso se enamora y que acabará muerto por un toro. El desconsuelo de Dioniso es profundo y su llanto no cesa hasta que las Moiras le anuncian que su amado será transformado en vid como un don para la humanidad. Tras la metamorfosis del joven, el dios extrae el juego de la uva y descubre el vino, todos beben para celebrarlo y acaban embriagados. 

“Entonces, Dioniso triunfante cubrió su sien con la sombra de este querido follaje y adornó sus cabellos con las hojas de las puntas. Y se puso a recolectar el fruto de la vid, recién maduro, surgido del muchacho que creció como una planta.
El dios, autodidacta, sin trapiche ni cuba, apartó los racimos con poderosa palma y con entrelazadas manos asistió al parto de la embriaguez, hasta sacar el zumo que fluía por primera vez del purpúreo fruto. Así fue como descubrió la placentera bebida. Los blancos dedos de Dioniso, con sus empapadas manos, enrojecieron libando vino.”
(Nono de Panópolis, Dionisiacas, XII, 195)



Cuando Dioniso llegó a la edad viril, Hera lo reconoció nuevamente como hijo de Zeus, a pesar del afeminamiento a que lo había reducido su educación, y lo enloqueció. Fue a recorrer el mundo entero acompañado por su preceptor Sileno y un ejército salvaje de sátiros, ménades e, incluso, centauros, bailando y tocando instrumentos musicales, formando un séquito.


 “Yo he visto a Baco enseñando sus cantos en remotos riscos
—creedme, hombres de los tiempos venideros—, y a las ninfas
aprendiendo, y a los sátiros de caprinos pies con las orejas tiesas.
¡Évoe!, mi ánimo tiembla por el reciente susto, y dentro
de mi pecho, de Baco rebosante, siento un gozo turbulento.
¡Évoe!, ten piedad, oh Líber; ten piedad, tú que eres temible por
tu tremendo tirso.”
(Horacio, Odas, II, 19)

Pintura de la casa de Marco Lucrecio Fronto, Pompeya


Zeus encomienda a Dioniso la conquista de la India con el propósito de exterminar a un cierto tipo de hombres y preparar al mundo para un nuevo orden. Por lo tanto, la campaña de Dioniso en la India no es sólo militar, sino que se propone llevar el vino, la justicia y la religión por todo el Oriente con un efecto civilizador.

“Zeus Padre envió en aquel momento a Iris hacia el celestial palacio de Rea para anunciar a Dioniso, que preparaba ya la guerra, que debía expulsar del Asia la estirpe de los soberbios indios, que ignoraban la idea de la justicia, empuñando su tirso vengador y trabando batalla naval contra el astado hijo de un río, el rey Deriades, pues había de enseñar a todas las razas los sagrados misterios nocturnos y el fruto purpúreo de la vendimia.” (Nono de Panópolis, Dionisiacas, XIII, 1) 

En la India después de encontrar mucha resistencia en el camino, conquistó todo el país, al que enseñó el arte de la vinicultura, dotándolo además de leyes y fundando grandes ciudades.

Dioniso luchando contra los indios, Museo Arqueológico Nacional, Roma.
Foto Samuel López

Tras la victoria del dios sobre los indios sus seguidores la celebran entre gritos y bailes iniciando la vuelta a casa.

“Los soldados de infantería de Bromio danzaron a la par con sus escudos, y empujaban tumultuosamente los círculos armados de la danza en redondo, imitando el paso de los Coribantes, portadores de escudos. Entre tanto, una división de caballería se puso a pie para el baile de movientes cimeras, celebrando la victoria todopoderosa de Dioniso. Nadie permanecía en silencio y con un griterío en común desde todas las gargantas ascendían los ecos del ¡evohé! hasta la bóveda celeste de siete zonas… Celebrando un cortejo en su recorrido de vuelta al hogar en honor del invencible Dioniso, todos bailaron extáticos tras abandonar de aquella guerra de enormes fatigas todo recuerdo, que se disipó como compañero de camino del viento del norte.” (Nono de Panópolis, Dionisiacas, XL, 245-275)

Cortejo dionisiaco, Galería de arte de la universidad de Yale


Luego Dioniso volvió a Europa pasando por Frigia, donde su abuela Rea le purificó de los muchos asesinatos que había cometido durante su locura y le inició en sus misterios.

“Dioniso, el hijo de Zeus y Sémele, que se hallaba en Cibelos de Frigia purificándose con Rea, iniciándose en las ceremonias religiosas y aprendiendo de la diosa todo lo que se necesitaba para ellas, recorrió toda la tierra y, hallando coros y honras, guiaba a todos los hombres.” (Eumelo, Fragmentos, 10)

De regreso, entonces, el dios visita en compañía de Sátiros y Bacantes por segunda vez Arabia, donde enseña al pueblo sus Misterios. Después recorrerá Asiria y Fenicia, donde admirará la púrpura de Tiro.

“Baco marchó de nuevo sobre Arabia en compañía de sus Sátiros y Bacantes matadores de indios después de la contienda en el Cáucaso, junto al río amazonio. Y como se detuviera allí, enseñó al pueblo de los árabes, ignorantes de bacanales, a blandir la férula de los misterios; coronó con un ramo lleno de pámpanos las montañas de Nisa, de fecunda espesura.” (Nono de Panópolis, XL, 291)

Museo de El Djem, Túnez


De vuelta en Grecia, el dios va a encontrarse con la hostilidad de muchos reyes y sus familias que no desean participar de su culto, ya que este favorece el desenfreno, lo que hace difícil mantener la autoridad sobre ciudadanos que pierden la razón y el dominio de sí.

En Tebas el pueblo se entrega a la embriaguez propiciada por la participación en los misterios del culto a Dioniso, mientras su gobernante Penteo injuria al dios insolentemente. Dioniso invoca a la diosa lunar Selene para manifestar su indignación por la soberbia del rey y con su consentimiento, enloquece a Ágave y a su hermana Autónoe, que, transformadas en Ménades, se entregan al delirio báquico danzando entre las montañas. Intenta Penteo librar a las mujeres de su delirio, sin éxito, por lo que muere despedazado por ellas, dirigidas por su propia madre, Ágave, que lo confunde con un jabalí.

“Se presenta Líber, y los campos resuenan con aullidos de fiesta; una multitud acude corriendo, matronas y jóvenes casadas mezcladas con hombres, y el vulgo con la nobleza se dejan arrastrar a una celebración desconocida. “¿Qué locura, hijos de la serpiente, descendientes de marte, ha confundido vuestra razón?, dice Penteo.
El Equiónida insiste, y ya no ordena que vayan, va él mismo al Citerón, elegido para celebrar los misterios, que resonaba con los cánticos y el grito penetrante de las bacantes. Como piafa fogoso el caballo cuando el que toca la trompa de guerra da la señal con el bronce resonante, y se acrecientan sus ansias de luchar, de la misma forma el aire sacudido por prolongados aullidos conmueve a Penteo y su cólera se enciende de nuevo al oír el griterío. Aproximadamente en el centro de la montaña, rodeado de bosque por los extremos, hay un llano libre de árboles, que la vista abarca en toda su extensión; allí, mientras él observa el ritual con sus ojos profanadores, su madre es la primera en verlo, la primera en acudir en loca carrera, la primera en golpear a su Penteo, arrojándole el tirso, y en gritar: «¡Venid, mis dos hermanas! ¡A ese jabalí enorme que vaga por nuestros campos, hay que matar a ese jabalí!». Corren, todas contra uno, la furiosa muchedumbre; se juntan todas y persiguen con sus gritos a Penteo, que ya tiembla, ya profiere palabras menos violentas, ya se echa la culpa, ya confiesa haber cometido un error. Aun herido dijo: «¡Ayúdame, tía!; ¡que la sombra de Acteón conmueva el ánimo de Autónoe!». Ella ignora quién es Acteón, y arranca la mano del suplicante; la otra mano es destrozada a tirones por Ino. El desdichado no tiene brazos que tender a su madre, pero mostrando los muñones de sus miembros arrancados dice: «Mira, madre». Agave aulló al verlos, agitó el cuello, movió su cabellera por el aire y, agarrando con dedos ensangrentados la cabeza arrancada, grita: «¡Compañeras, esta victoria es obra mía!». No es más rápido el viento al arrancar las hojas dañadas por el frío otoñal, y que resisten a duras penas adheridas en lo alto de un árbol, que las manos nefastas al desgarrar los miembros de Penteo. Instruidas por tales ejemplos, las Isménides frecuentan los nuevos misterios, ofrecen incienso y cuidan de los altares sagrados.” (Ovidio, Metamorfosis, III, 700)

Penteo y las Bacantes, Casa de los Vetii, Pompeya. Foto Wolfgang Rieger


Otra muestra del poder vengativo y destructor del dios y de su cortejo junto con su relación con el cultivo de la vid es su enfrentamiento con Licurgo. Este era rey de Tracia y se había negado a dar hospitalidad al dios, que pasaba por la región con su alegre y bullicioso cortejo, porque se negaba a aceptar que se instituyese su culto en su reino. Había, incluso, tratado de capturar a Dioniso, que había tenido que refugiarse en el mar junto a Tetis. Atacó entonces Licurgo a las ménades, que acompañaban al dios, y una de ellas Ambrosía, ninfa que había sido su nodriza, intentó defenderse pidiendo ayuda a los dioses que hicieron que la tierra la tragase convirtiéndose en una planta de vid que envolvió y aprisionó al malvado rey.

“Y atando la cintura de Ambrosía con un lazo, intentó estrangular a la ninfa con sus propias manos. Quiso cargarla de grilletes y llevarla a su palacio como emigrante extranjera, presa en la guerra, para que aquella ninfa nodriza de Bromio le sirviera bajo los azotes de su vara de boyero.

Mas ella se puso en pie, y Licurgo no pudo apresarla, ni teñir con sangre recién derramada su cabeza herida. No, pues Ambrosía, la de túnica azafranada, logró escapar de aquel hombre impío gracias a las plegarias a su madre la Tierra, para que le librara de Licurgo. En efecto, la Tierra, dispensadora de frutos, se abrió en dos y se tragó viva a Ambrosía, sierva de Bromio, en su amoroso regazo. La ninfa se hizo así invisible, transformando su cuerpo en el de una planta, pues se convirtió en una cepa de vid. Aun así, seguía hiriendo a Licurgo al enroscarse a su cuello, apretando con un nudo asfixiante su garganta. De esta manera combatía con sus letales racimos, tras haber usado el tirso.” (Nono de Panópolis, Dionisiacas, XXI)

Licurgo y Ambrosía, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

En otras versiones del mito, Licurgo enloquece y muere, dándose la contradicción de que el rey que quería evitar al dios que consideraba loco, por la influencia que ejercía sobre el pueblo, acaba enloqueciendo él mismo, actuando con la violencia de la que acusaba a Dioniso.

“Licurgo, hijo de Driante, expulsó a Líber de su reino. Tras haber dicho que él no era un dios y después de haber bebido vino, estando ya ebrio, quiso violar a su propia madre. Entonces intentó arrancar las vides, porque decía que aquél era un brebaje nocivo que trastornaba las mentes. Él, víctima a su vez de un ataque de locura infundido por Líber, mató a su esposa y a su hijo. Al propio Licurgo Líber lo arrojó a unas panteras en Ródope, que es un monte de Tracia, tierra sobre la que reinaba. Dice la tradición que aquí Licurgo se amputó un pie en lugar de cortar las vides.” (Higinio, Fábulas, CXXXII)

Licurgo, Museo Galorromano, Saint Romain-en-Gal, Francia

Estos mitos pueden servir como explicación de que los gobernantes deben permitir que haya cierta relajación de las normas sociales y que los ciudadanos pierdan de vez en cuando el control, para que luego pueda reinstaurarse el orden enseguida. La celebración de las fiestas de Dioniso constituiría ese momento de desenfreno durante unos días, tras los cuales, la normalidad volvería a imponerse.

En Ática Dioniso es recibido en la casa de Icaro. Éste, como mensajero del dios, es el encargado de presentar el vino a sus conciudadanos, pero muere a manos de sus propios compañeros, quienes, al sentirse embriagados, lo asesinan por creer que han sido envenenados por el vino. Erígone, su hija, se entera de su desgracia en un sueño y tras encontrar su cadáver se ahorca. Zeus, compadecido, transforma a Ícaro, su hija y su perra en astros.

“Cuando Líber Pater se dirigió hacia los hombres para mostrarles la suavidad y dulzura de sus frutos, fue acogido en casa de Icario y Erígone con generosa hospitalidad. Les dio un odre lleno de vino como regalo, y mandó que lo difundieran por todas las regiones.
Cargado un carro, llegó Icario con su hija Erígone y la perra Mera a la tierra del Ática y mostró a unos pastores tal género de dulzura. Como los pastores bebieron sin ninguna moderación, cayeron embriagados. Pensando ellos que Icario les había propinado una pócima nociva, lo mataron a palos. La perra Mera, por su parte, mostró a Erígone con sus ladridos que Icario había sido asesinado y dónde yacía su padre insepulto. Cuando llegó allí, se ahorcó en un árbol sobre el cuerpo de su padre. Por este hecho Líber Pater, airado, afligió a las hijas de los atenienses con un castigo semejante. Solicitaron entonces de Apolo un oráculo sobre este hecho, y se les respondió que habían desdeñado la muerte de Icario y de Erígone. Una vez dada esta respuesta, castigaron a los pastores e instituyeron en honor de Erígone la Fiesta de los Columpios por motivo de la peste, y una libación con las primicias de los frutos durante la vendimia, en honor de Icario y de Erígone.

Por voluntad de los dioses, fueron inscritos en el número de los astros: Erígone es el signo de Virgo, a la que nosotros llamamos Justicia; Icario fue llamado Arturo entre las estrellas; y la perra Mera, Canícula.” (Higino, Fábulas, CXXX)

Dioniso e Icario, Casa de Dioniso, Paphos, Chipre

En Naxos tiene lugar el encuentro de Dioniso y Ariadna. Esta ha sido abandonada por el héroe Teseo, Dioniso llega con su cortejo y al contemplar la imagen de la joven dormida en la arena se enamora de ella. Ariadna despierta y se lamenta ante el dios de que Teseo la haya abandonado. Dioniso, inflamado por el deseo, le declara su amor y le promete una estrellada corona celestial.

“Entonces Dioniso, consolando a la llorosa Ariadna, despechada en su amor, le dijo estas palabras con voz que hechiza el corazón: Doncella, ¿por qué te afliges a causa del embaucador ateniense? Abandona el recuerdo de Teseo. Tienes como amante a Dioniso, un marido eterno en vez de otro que se marchitará. Si te agrada el cuerpo mortal de un joven de tu edad, ni siquiera Teseo puede rivalizar en belleza con Dioniso. Pero me replicarás: “Aquél enrojeció con sangre al habitante del laberinto excavado en el suelo, al hombre de doble naturaleza, semejante a un toro”. Tú sabes que tu hilo le salvó la vida, pues no se habría hallado triunfador el ateniense portando su maza de no haberle protegido una muchacha de piel rosada. Y no te pondré el ejemplo de la de Pafos, de Eros ni de la rueca de Ariadna. No me irás a decir que Atenea es más gloriosa que el propio cielo. No fue Minos, tu padre, en absoluto equiparable a Zeus, el que todo lo gobierna. Ni es Cnosos igual al Olimpo, ni en vano esa flota ha abandonado mi Naxos, no, sino que el Deseo te guardó para unas bodas de mayor dignidad. Eres afortunada, porque tras abandonar la cama inferior de Teseo contemplas el lecho del encantador Dioniso. ¿Qué mayor voto puedes desear? Pues tendrás dos moradas, y una de ellas celeste, ya que tu suegro es el Cronión. Ni siquiera Casiopea se te puede comparar, a causa del olímpico adorno de su hija, ya que incluso entre los astros ha ofrecido Perseo unas cadenas celestes a Andrómeda. Pero, ea, yo te haré una corona constelada para que seas llamada la reluciente amante de Dioniso, que adora las coronas.” (Nono de Panópolis, Dionisiacas, XLVII, 425)

Dioniso encuentra a Ariadna dormida, Casa del poeta trágico, Pompeya.
Museo Arqueológico Nacional de Nápoles


El despertar de Ariadna simboliza el poder del dios para otorgar a los mortales una nueva vida, concediéndoles una experiencia extraordinaria, abriendo sus ojos a través de sus misterios. La unión del dios con una mortal le garantiza la inmortalidad, por lo que el tema de su unión se ve frecuentemente representado en el arte funerario antiguo. El difunto despertará de su sueño (la muerte) y su alma alcanzará la inmortalidad.

Las bodas de Ariadna y Dioniso, o el culto relacionado con su unión, se encuentran también vinculadas con los ritos báquicos donde los ritmos de la música, acompañados de la ingestión de vino, invitan al baile, al éxtasis y al contacto amoroso. Asimismo, la celebración del matrimonio era un tema buscado en la decoración de salas domésticas dedicadas a los banquetes, como reflejo de la felicidad y el amor que reinaba entre los divinos esposos.

“Y la cámara nupcial adornaba Eros para Baco; y el coro de la danza de la boda atronó con sus pasos; alrededor de la cámara todas las flores brotaron; y de brotes primaverales llenaron Naxo las Gracias, danzantes orcomenias. Y las bodas cantaba dulcemente una Hamadríade, y en torno a las fuentes una Náyade, una Ninfa sin velo y sin sandalias, alabóla unión de Ariadna al dios de los racimos. Ortigia gritaba de alegría, al hermano de Febo dueño de la ciudad, al Lieo, comenzó a cantarle un himno nupcial y saltó para unirse al coro, a pesar de su inmovilidad. Con purpúreas rosas enrollando la flor circularel brillante profeta Eros tejía una corona del mismo color que los astros, preanunciadora de la Corona celeste; alrededor de las ninfas de Naxo saltaba el rebaño de erotes nupcial. Y en las cámaras matrimoniales consumando su matrimonio el esposo, nacido del dorado Padre, sembró una descendencia numerosa.” (Nono de Panópolis, Dionisiacas, XLVII, 456-71)

Boda de Dioniso y Ariadna


Otro episodio tratado en la literatura es el que describe cómo Dionisio se alejó un tiempo de su cortejo y viajó solitario hasta Etruria. Al divisar el barco de unos piratas tirrenos, se les presentó bajo el aspecto de un hermoso joven, afeminado e indefenso, y se paró en un promontorio de la orilla del mar, cerca de la embarcación, desde la cual podían divisarlo. No obstante, los piratas se apoderaron de él y lo amarraron como si fuese un esclavo codiciable y así pudiera ser vendido en Asia. Cuando estuvo a bordo, inmediatamente cayeron las ataduras. Entonces el piloto advirtió a los piratas que se trataba de un dios a quien habían capturado; ellos no hicieron caso y continuaron su viaje, pero el barco comenzó a llenarse de vino, los remos y los cabos se transformaron en serpientes, una vid creció hasta lo alto del mástil, cubriéndolo todo como un emparrado. El mismo Dionisio se transformó en un león, el cual infundió tal terror en la tripulación, que todos se arrojaron al mar y fueron convertidos en delfines, menos el piloto, al que Dionisio perdonó. Por esto los delfines, que son aquellos piratas arrepentidos, siempre escoltan y asisten a los navegantes.

 “Los tirrenos, que más tarde fueron llamados etruscos, practicaban la piratería. Líber Pater, siendo un muchacho, se embarcó en una nave de ellos, y les rogó que lo llevaran a Naxos. Ellos lo tomaron y quisieron violarlo a causa de su belleza, pero el timonel Acetes se lo impidió y sufrió injurias de su parte.
Al ver Líber que ellos permanecían en su propósito, convirtió los remos en tirsos, las velas en pámpanos, las maromas en yedra; después surgieron leones y panteras.
Ellos, cuando lo vieron, aterrados, se precipitaron al mar, y todavía en el mar los transformó en otro prodigio, pues cada uno de los que se había arrojado al agua fue metamorfoseado en delfín, por lo que los delfines fueron llamados «tirrenos» y aquel mar es conocido como «Tirreno».”
(Higino, Fábulas, 134)

Dioniso y los piratas, Dougga, Museo del Bardo, Túnez


El culto de Dioniso, posiblemente ya desde su organización en Frigia y Tracia, tuvo un carácter orgiástico, que se caracterizaba por el enthousiasmós -introducción del dios en la mente de sus adeptos— y la manifestación de este fenómeno sobrenatural a través de bailes frenéticos, al son de una música ensordecedora y de un ritmo excitante (oreibasía); incluso se llegaba al descuartizamiento de animales (sparagmós) y al consumo de su carne cruda (omophagía): esta carne era vista como la del propio dios, que se incorporaba así al cuerpo mismo del creyente.

Eurípides transmitió este ritual dionisíaco en el monte, cuando entre danzas, el cortejo festivo exclamaba con entusiasmo el grito ritual báquico ¡Evohé!

"Dulce es él en los montes cuando
de la comitiva rápida
se arroja hacia el llano, de pellejo de corzo llevando
el sagrado vestido a cazar
la sangre del macho cabrío muerto, para devorarle crudo
con ansia en los montes de Frigia o de Lidia.
Y Bromio el guiador grita ¡evohé!,
y el suelo mana leche, mana vino, mana de abejas
néctar como humo de incienso de Siria.
Y Baco, llevando
la llama roja de la tea
en su vara, se lanza
a la carrera y con sus coros irrita a los viajeros
y los sacude con sus gritos,
suelta al viento su cabellera ornada.
Y con sus cantos hace tronar
esto: Id, bacantes,
id, bacantes,
y con la gala del Tmolo de doradas fuentes
adulad a Dioniso,
con los panderos de grave son,
al dios del ¡evohé! festejadle con ¡evohé!,
con voces y gritos frigios,
cuando la sagrada flauta de buen sonido,
canciones sagradas
haga sonar, invitando a las posesas
al monte, al monte. Y con placer,
como un potro que pace junto a su madre,
bacante, mueve tu pierna con rápido pie en las danzas."


Sparagmos, vaso griego


En el arte griego arcaico, Dioniso aparecía como un dios dignísimo con luenga barba, coronado de hiedra o de vid, a veces con una cinta en torno a su abundante cabellera, vestido con la túnica larga y el manto de los magnates de esa época, que en su caso era de color azafrán. Portaba en la mano derecha una copa de vino y, a veces, sostenía con la izquierda una gran rama de parra o de hiedra. Esta imagen, a la que se añadiría un moño en la nuca durante el siglo v a.C., se mantendría, siglo tras siglo, hasta época romana, como divinidad relacionada con la tragedia.

Cortejo de Dioniso, Vaso griego, Museo del Louvre. Foto de Marie Lan Nguyen


Sin embargo, Dioniso cambia radicalmente su imagen en el Clasicismo griego: en la segunda mitad del siglo v a.C., por obra de Fidias y de otros artistas de su generación, le vemos adquirir un aspecto juvenil, imberbe y distendido. Sobre esta base alcanzará, en el siglo IV a.C., su imagen definitiva: la de un joven bello, que ciñe su larga cabellera con una cinta o la cubre con una corona vegetal.

“Dicen que el Dioniso nacido de Sémele en tiempos más recientes era físicamente afeminado y de rasgos muy delicados, pero se distinguía mucho de los otros por su belleza y sintió inclinación por los placeres amorosos y en sus expediciones se rodeó de una multitud de mujeres armadas con lanzas en forma de tirso. Dicen asimismo que en sus viajes le acompañaban las Musas, muchachas que habían recibido una educación fuera de lo común; estas jóvenes deleitaban al dios con sus cantos y bailes y también con las demás habilidades que habían cultivado en el curso de su educación. Añaden que en sus expediciones le acompañaba un pedagogo y preceptor, Sileno, que era su consejero e instructor en las más hermosas actividades y contribuyó en gran manera a la excelencia y fama de Dioniso. Para las batallas, en tiempos de guerra, se revestía con armas de combate y con pieles de pantera, mientras que, para las grandes reuniones y festividades, en tiempos de paz, llevaba vestidos bordados y delicados en consonancia con su afeminamiento. Contra los dolores de cabeza causados por el abuso de vino, que afectan a quienes beben, se ciñó, dicen, la cabeza con una mitra, y por esta razón recibe también el nombre de Mitráforo.” (Diodoro Sículo, Biblioteca Histórica, IV, 25)

Triunfo de Dioniso, Zeugma, Turquía. Foto Dosseman


El tiasos dionisíaco muestra su desenfrenada animación desde principios del siglo VI a.C., en las representaciones artísticas. El tíasos es la asociación cúltica, el cortejo que, conducido por el dios, está conformado por un coro de danzantes que celebran a Dioniso en su estado entusiástico. Durante todo el Arcaísmo y principios del Clasicismo, se compone de la figura del barbado Dioniso, a veces acompañado por Ariadna, junto a los sátiros y a las ménades, es decir, a los genios campestres masculinos, y a las ninfas de Nisa, o a las mujeres presas de enajenación que las fueron sustituyendo a medida que el dios fue conquistando la tierra: ellos y ellas constituirán el núcleo central del cortejo hasta el final del arte antiguo.


“Tú, eterno niño, tú, el más hermoso que se puede ver en el alto cielo; cuando te alzas sin cuernos, tienes una cabeza virginal; por ti el Oriente ha sido vencido hasta donde la India de color oscuro ve sus aguas teñidas por el Ganges en su desembocadura; tú sacrificas, venerable, a los sacrílegos Penteo y Licurgo, el de la doble hacha, y arrojas al mar los cuerpos tirrenos; tú aplastas los cuellos adornados por riendas de colores de los dos linces uncidos al yugo; te siguen las bacantes y los sátiros y el viejo borracho que apuntala con un bastón sus temblorosos miembros y apenas puede sostenerse sobre el corvo lomo de un asno.” (Ovidio, Metamorfosis, IV, 20)

Museo de El Djem, Túnez. Foto h_savill


La figura del sátiro original es la de un hombre desnudo, con larga barba y generalmente despeinado, aunque a menudo coronado por una guirnalda, con orejas alargadas, nariz respingona y aplastada, un falo muy evidente y cola de caballo. Raramente pueden ser sustituidos sus pies por pezuñas, o aparecer con las piernas enteras de caballo o de cabra. Este esquema, al que se añadirá, desde fines del siglo vi a.C., una creciente calvicie, será su imagen hasta bien avanzado el clasicismo.

“¡Qué encantador es el ímpetu de los Sátiros cuando bailan, qué encantadora su sonrisa burlona! Son nobles criaturas hechas para el amor que someten a las mujeres lidias adulándolas como ellos saben. Hay otra cosa que es típica de ellos: los artistas suelen pintarlos robustos y de sangre pura, con orejas puntiagudas y curvos lomos, de cuerpo arrogante y con rabo de caballo.” (Filostrato, Descripciones de cuadros, I, 22)

Sátiros danzando, vaso griego


La tradición clásica indicaba que las compañeras más idóneas para los sátiros, desde las épocas más remotas del Arcaísmo griego, eran las ménades [mujeres posesas] o bacantes, conocidas también como lenas o, en Roma, como bacchae. Eran éstas las mujeres que acompañaban a Baco dominadas por la manía o pasión dionisíaca y que se agrupaban, por lo general en campos y bosques, para celebrar su culto orgiástico. Entraban en trance a través de la borrachera, la música y la danza, y, en tal estado, podían mezclarse sin temor con animales salvajes, o incluso destrozarlos con sus manos y comérselos crudos:

“¡Vestida con la moteada piel del corzo, cíñete las cuerdas trenzadas en lana de blanco vellón! ¡Consagra la vara de tu terrible tirso! Pronto danzará la comarca entera cuando Baco conduzca sus cortejos al monte, donde aguarda el femenino tropel aguijoneado por su furor” (Eurípides, Bacantes, 111-117).

Ménade, Museo Estatal de Antigüedades, Munich, Alemania


Las ménades constituyen el elemento femenino del tíasos dionisíaco desde sus primeras representaciones, allá en el siglo vi a.C., y suelen aparecer con el siguiente aspecto: visten túnica larga, a veces completada con un manto o con una piel de cervatillo o de pantera sobre el torso; sin embargo, es común que estas prendas, agitadas por el viento y las danzas empiecen a desaparecer desde el siglo IV a.C., dejando al descubierto su cuerpo.



Por lo demás, sus cabelleras alborotadas se cubren en ocasiones con coronas de hiedra o de pámpanos. En sus manos pueden llevar, además del consabido tirso, los instrumentos musicales báquicos, vasijas para vino, una antorcha si el festejo es nocturno y un gran cuchillo para despiezar a sus víctimas. En cuanto a sus animales preferidos, son muy variados: a menudo matan jabalíes, cabras, cervatillos o lobeznos; a veces agarran con sus manos serpientes y, muy a menudo, junto a ellas danza una pantera. Su frenesí es agotador: recorren los campos para cazar y para buscar agua de las fuentes creyendo que es leche o miel; por tanto, es lógico que caigan rendidas y se duerman entre las rocas.

“Pero en otro recuadro de la colcha, Yaco, en la flor de su juventud, corría veloz con su cortejo de sátiros y de silenos de Nisa, buscándote, Ariadna, y enardecido por tu amor*** Éstas, entonces, alegres por doquier, con su mente borracha se enfurecían; evoé, gritaban las bacantes, evoé, sacudiendo sus cabezas. Unas agitaban sus tirsos de punta cubierta de hojas; otras arrojaban los miembros de un ternero descuartizado; otras se ceñían de serpientes enroscadas; otras veneraban sagrados objetos en cestos profundos, objetos que en vano desean conocer los profanos; otras con las palmas abiertas batían los tímpanos o sacaban del bronce redondeado agudos chirridos; muchas soplaban cuernos que producían roncos zumbidos y la bárbara flauta resonaba con terrible canto.” (Catulo, Poemas, 64, 251)

Dioniso y bacantes, vaso griego


A mediados del siglo V a.C., coincidiendo con las primeras apariciones del Dioniso imberbe, se independiza la figura de Sileno, que aparece como un sátiro viejo y más gordo que los demás, y se incorpora la figura de Pan, fácil de reconocer, en principio, por sus cuernos y pezuñas de cabra. Este dios campestre, señor de los pastores y sus rebaños, hijo de Hermes y de una ninfa local es conocido a partir de principios del siglo VI a.C. Era un dios temible: espiaba a las ninfas y podía irritarse si se le despertaba de su siesta. En tal caso, reaccionaba en ocasiones provocando el pánico, miedo irracional que afectaba a personas aisladas e incluso a ejércitos enteros.

“Ven, bienaventurado, saltarín, corredor, que compartes el trono con las Horas, de miembros de cabra, báquico, amante de la inspiración, que vives al aire libre, que celebras la armonía del cosmos con tu canto amigo de juegos, que acudes en las visiones, causa del terror en los mortales.” (Himno órfico a Pan)

Museo Romano-Germánico de Colonia, Alemania


“Sileno, ya poseído del dios que fue su alumno, enseña a cantar a basáridas, sátiros, panes y faunos; sin embargo, mantiene la cabeza adornada, pues, con su cráneo desnudo, intenta compensar con guirnaldas la pérdida de los cabellos.” (Sidonio Apolinar, Poemas, 22)

Además, empiezan a multiplicarse los animales, imponiéndose sobre todo el chivo, y se introducen los primeros Erotes, que suelen propiciar el amor de Dioniso y Ariadna.

La siguiente etapa, que podemos situar entre el 400 a.C. y el Helenismo Pleno se incorporan los animales exóticos (la pantera, el tigre), los genios báquicos evolucionan. Sileno estabiliza sus formas gruesas de genio borracho, cobra una personalidad marcada y se apropia de un asno; en cambio, los demás sátiros se diversifican: se extiende una oleada de jóvenes imberbes al lado de los maduros. Por lo demás, pasan a animar el tíaso otros representantes de la naturaleza salvaje, como los centauros que tenían la cabeza y el torso de hombre y el resto del cuerpo de caballo.

“Y entonces, por vez primera, el viejo Sileno tazas llenas de rosado mosto sin proporción a sus fuerzas ávidamente las apuró. Desde entonces, hinchadas las venas de dulce néctar y cargado del Jaco de la víspera, es siempre objeto de irrisión.” (Nemesiano, Bucólicas III)

Sileno ebrio, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles


Entre los atributos más comunes de estos personajes se encuentran los tirsos y las coronas de hiedra, pámpanos o pino, pero, sobre todo, los instrumentos musicales, los cuales suelen ser de viento, como los auloi [dobles flautas] y siringas [flautas de Pan]— y, sobre todo, de percusión, pues son los más apropiados para provocar el éxtasis, como los címbalos [pequeños platillos], los crótalos [castañuelas] y los sonoros tímpanos [panderos].

“Allá en las cuevas, los Coribantes de triple penacho (seguidores de Cibeles) inventaron el tímpano redondo de piel tensada, y en báquica exaltación lo combinaron con el melodioso silbido de las flautas frigias para acompañar los cánticos de las ménades. Cuando los delirantes sátiros recibieron estos instrumentos, enseguida los introdujeron en los bailes que regocijan a Dioniso” (Eurípides, Bacantes, 120-134).

Relieve romano, Museo Nacional del Prado, Madrid


La representación del tíasos dionisíaco aún tenía que alcanzar su máxima expresión y diversidad en Roma. Se exhibían procesiones báquicas en las que podía aparecer la figura del dios o no, donde los distintos personajes bailaban y tocaban instrumentos en un auténtico frenesí. Por otra parte, tomó su forma más reconocida el desfile llamado el Triunfo de Baco, símbolo de la conquista del orbe. Aunque ya se había visto a Dioniso y Ariadna en un carro tirado por leones y ciervos a fines del Arcaísmo; la contemplación de los triunfos militares que atravesaban el Foro llevaría a su asimilación con las cabalgatas llenas de animación y júbilo que acompañaban como séquito al dios, y que sería motivo principal en sarcófagos y mosaicos.

Triunfo de Dioniso, Museo de Sétif, Argelia


Por lo demás, cabe señalar desde el principio que la desenfrenada vitalidad del culto dionisíaco tiene una proyección funeraria muy profunda: Dioniso, como todas las deidades de la naturaleza, está íntimamente vinculado a los ciclos de muerte y resurrección, y por tanto fue consustancial a su culto la práctica de unos misterios, también orgiásticos, que aseguraban una existencia feliz en el Más Allá.

Museo Arqueológico de Nápoles



Bibliografía

Dioniso. Mito y culto, Walter F. Otto, Ediciones Siruela
Arte y mito. Manual de iconografía clásica, Miguel Ángel Elvira Barba, Ed. Sílex
SECUENCIAS ICONOGRÁFICAS DE UNA INICIACIÓN DIONISÍACA: LA VILLA DE LOS MISTERIOS DE POMPEYA. Pilar González Serrano, XIV Seminario de Iconografía Clásica
LA TRADICIÓN ÓRFICA EN LA LITERATURA APOLOGÉTICA CRISTIANA, Miguel Herrero Jaúregui, UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID
Brill’s Companion to Nonnus of Panopolis, editado por Domenico Accorinti, Brill
THE GOD WHO COMES. Dionysian Mysteries Revisited, Rosemarie Taylor-Perry, Algora Publishing
Masks of Dionysus, editado por THOMAS H. CARPENTER y CHRISTOPHER A. FARAONE, Cornell University Press
The Art and Artifacts Associated with the Cult of Dionysus, Alana Koontz



sábado, 7 de marzo de 2015

Vocatio ad cenam, cortesía y compromiso social en la antigua Roma

Vaso griego con symposium

"Mañana a su humilde casa, queridísimo Pisón,
te invita a las nueve tu camarada caro a las Musas
para el banquete anual de la vigésima. Si dejas exquisiteces y vinos de Quíos, en cambio verás amigos sinceros y escucharás discursos mucho más dulces que aquellos del palacio de los feacios.
Si, por tanto, Pisón, quieres volver la mirada hacia nosotros, celebraremos, en lugar de una modesta fiesta de la vigésima una más opulenta." (Filodemo de Gádara, el Epicúreo (I a. C.)

La celebración de una comida principal al día en la que los comensales se reunían para compartir los alimentos, relacionarse socialmente con animadas conversaciones y disfrutar de entretenimientos variados ya era costumbre entre las civilizaciones más antiguas, y los griegos la mantuvieron en el llamado symposium.

Symposium, pintura griega,  Paestum, Italia

Cuando a la caída de la tarde cesaban los negocios, se cerraban los tribunales o terminaban su paseo o sus estancias en las termas, los romanos eran invitados a cenas o se convertían en anfitriones de convites tan elaborados como permitieran sus posibilidades económicas, por el hecho de poder permanecer juntos más rato por el grandísimo placer de reunirse y hablar de temas literarios, filosóficos o políticos. La invitación se debía en otros casos a motivos familiares como aniversarios, bodas, natalicios, y llegadas o despedidas de amigos.
Las celebraciones nupciales parece que reunían a muchos invitados debido a que se juntaban familias, amigos y convidados que respondían a compromisos sociales.

“Tales fiestas son no solo amistosas, sino también familiares, al mezclar con la familia otra casa; y lo que es más importante que esto, al unirse dos casas en una sola, ya que tanto el que acepta como el que da piensan que hay que acoger con bondad a los familiares y amigos de uno y otro, duplican el número de invitados…se recibe e invita a los demás, la gente, por temor a olvidarse de alguien, invita a todos los íntimos, familiares y los que de alguna manera están emparentados con ellos.” (Plutarco, Moralia, IV, 3)



 En las villas del campo los invitados llegaban de las villas vecinas o los amigos paraban inesperadamente para descansar y disfrutar de la diversión durante la noche de viaje. También había estancias de varios días en las que los amigos invitados disfrutaban de la exquisita hospitalidad del  propietario.

Plinio relata la relajada vida del anciano Espurina en su villa disfrutando de la compañía de sus amigos y cómo una cena entre gente de igual condición se desarrollaba de forma cordial y sin gran derroche: 

“Inmediatamente después de bañarse, se acuesta, dejando la cena para un poco más tarde… Durante todo ese tiempo sus invitados tienen entera libertad para hacer lo mismo o cualquier otra cosa, si así lo prefieren. La cena es tan exquisita como sencilla, y se sirve en una vajilla de plata sin grabados y de gran antigüedad. Los comensales tienen también a su disposición copas de bronce de Corinto, que son muy apreciadas por Espurina, sin que se deje llevar por una pasión excesiva por ellas. Con frecuencia, entre plato y plato se intercala alguna pieza cómica a fin de que también los placeres puramente físicos se vean aderezados por el ejercicio intelectual. La cena se prolonga siempre un poco después del anochecer, incluso en verano. Sin embargo, a nadie le resulta larga en exceso, pues transcurre en todo momento en medio de una gran afabilidad.” (Plinio, Epístolas, III, 1)

Pintura romana, Catacumba de San pedro y San Marcelino, Roma

La mayoría de cenas eran parecidas a reuniones familiares cotidianas con un número limitado de invitados, en las que participaban la esposa y los hijos del anfitrión, algunos parientes y amigos cercanos  y sólo se buscaba la diversión sana y las relaciones sociales.

Tabla con invitación, Vindolandia, Gran Bretaña

"Claudia Severa a su Lepidina saludos. El 11 de Septiembre, hermana, por la celebración de mi cumpleaños, te envío una cordial invitación para asegurarnos de que vienes, para alegrarme por tu llegada, si estás presente. Saluda a tu Cerial. Mi Aelio y mi hijo pequeño le Mandan sus saludos. (segunda caligrafía) Te espero hermana. Adiós, mi querida hermana, Salud". 

En las tablas de Vindolandia se ha recuperado la invitación a un cumpleaños, que una matrona envía a otra, esposa de un prefecto.

La invitación por parte del anfitrión podía deberse a diversos motivos, desde la simple relación de amistad, al más puro interés en obtener beneficios políticos o económicos, pasando por el mantenimiento de los vínculos de clientelismo, o la responsabilidad contraída con libertos y parásitos. La cena se convierte así en un acto de renovación de lazos sociales en medio de un relajado ocio.

“Yo nunca digo que no cuando me invitan a comer. Es una desgracia que no se use ya la forma de invitar que había, en mi opinión.  !Hércules!, pero que estupenda y sabia en grado sumo  que era antes:  Ven a tal y tal sitio a cenar, venga, acepta, no te niegues, ¿Te viene bien? Anda, ven, digo, no consentiré que dejes de venir. Hoy en día, en cambio, se ha puesto de moda en su lugar otra forma de hacer la invitación, necia, Hércules, e inepta por demás: Te invitaría a cenar, si no  cenara yo fuera hoy !Mal rayo parta a la dichosa frasecita y ojalá que reviente el embustero que la dice, si es que cena en casa! Esta nueva manera de expresarse me obliga a coger usos barbaros, y a ahorrarme el pregonero y anunciar yo mismo la subasta de mi venta”. (Plauto, Estico, acto II, esc.II)

En época muy lejana la hospitalidad, o acogida que una comunidad dispensaba a un extranjero, a un mendigo o a un suplicante, tenía un importante valor jurídico- diplomático y al mismo tiempo un significado religioso. El vínculo de amistad con un extraño se sellaba con un banquete ritual, donde el vino tenía un importante papel.

“Nieto de Etruscos reyes, ¡oh Mecenas!:
Ha días ya que un delicioso vino
Te reservo en tonel nunca tocado,
Y rosas y perfumes exquisitos
Con que te unjas el cabello. Acude.” (Horacio, odas, III, 29)

Mosaico de la casa de la Ménade, Zeugma. Museo de Gaziantep, Turquía

Las cenae romanas podían ser muy diferentes según las circunstancias, el temperamento de cada anfitrión o su calidad moral; según el romano que la ofreciera, la cena podía convertirse en una grosera comilona o en un ejemplo de distinción y delicadeza. La costumbre era cenar después del baño, al término de la hora octava en invierno y de la nona en verano.  La hora en que se terminaba de cenar difería según se tratara de una cena sencilla o de un banquete de gala. En principio una cena decente debía terminar antes de que se hubiera hecho noche cerrada. Un invitado podía decidir no asistir a la cena a la que había sido invitado si no iban a guardarse las normas sociales establecidas o si lo que se ofrecía no correspondía a su gusto:
“Acepto tu invitación a cenar en tu casa. Pero desde ahora te pongo esta condición: que sea sencilla, que sea frugal, que abunde únicamente en conversaciones filosóficas y que también por lo que a éstas se refiere observe la medida justa… No obstante, por lo que a nuestra cena se refiere, ésta debe caracterizarse por la moderación, tanto en su suntuosidad y en su coste, como en duración.” (Plinio, Epístolas, III, 12)

Convivium, Pintura romana, Palacio Massimo, Museo Nacional Romano

El anfitrión debía demostrar la espléndida situación económica de la que disfrutaba, pero al mismo tiempo tenía que evitar que su patrimonio se viese dañado por el gasto excesivo. Tanto el  derroche irresponsable como la tacañería eran criticados con severidad por los moralistas.

“Ayer, lo confieso, diste un perfume exquisito a tus convidados, pero no trinchaste nada. ¡Es cosa curiosa oler bien y morirse de hambre! El que no cena y lo perfuman, Fabulo, creo en verdad que está muerto.” (Marcial, Epigramas, III, 12)

El anfitrión en su papel de patrón debía extender su generosidad a sus clientes y a sus benefactores, así como a los denostados gorrones, siempre en busca de la deseada cena con la que aliviar su hambre. Estos se dejaban ver por lugares públicos, como el foro, mercados, termas y pórticos a la caza de un posible anfitrión.

“Selio no deja nada sin probar, nada a lo que no se atreva, cuando se ve al fin en la necesidad de tener que cenar en casa. Corre al pórtico de Europa y alaba sin cesar tu persona, Paulino, y tus pies dignos de Aquiles. Si en el pórtico de Europa no ha resuelto nada, marcha a los Septa, por si el hijo de Filira o el de Esón le proporcionan algo. Decepcionado también aquí, se hace asiduo de los templos de la diosa de Menfis y se sienta, oh ternera triste, junto a las cátedras de tus devotos. De aquí se dirige hacia el techo sostenido por cien columnas y desde allí al monumento donación de Pompeyo y a sus dos arboledas. Y no desdeña ni los baños de
Fortunato ni los de Fausto, ni las tinieblas de Grilo o el antro eólico de Lupo; porque en las termas públicas se baña una vez y otra y otra. Después de haberlo probado todo, pero sin la anuencia de los dioses, una vez bañado, corre de nuevo a los bujedos de la templada Europa, para ver si anda por allí algún amigo retrasado. Por ti y por tu hermosa joven, lascivo portador, te lo suplico, toro, invita a Selio a cenar.”

Para  ser admitido como comensal  en una cena, el gorrón utilizaba todo tipo de artimañas: ofrecer sus habilidades para ser exhibidas durante la cena, como contar chistes, alabar al potencial anfitrión de forma exagerada, o  arrimarse como una sombra a alguna persona anteriormente invitada.

“Oye a Selio alabarte, cuando le echa las redes a una cena, tanto si recitas como si defiendes un pleito:
¡Así se hace!, ¡fenómeno!, ¡vamos!, ¡bravo!, ¡magnífico!, ¡así me gusta!, “ya has conseguido la cena: cállate.” (Marcial, Epigramas, II, 27)

Mosaico de orfeo, Zippori, Israel

La figura social y jurídica del patrón y cliente, unidos por lazos religiosos y de parentesco,  se había mantenido con fuerza hasta los últimos años de la república, pero a finales del siglo I d.C. se había convertido en una relación carente de sentido y, sin apenas obligación. La salutatio o saludo matutino había sido el deber más importante del cliente y la sportula, una aportación económica, era la principal obligación del patrón. La invitación a la cena ofrecida por el patrón era uno de los favores esperados por el cliente para seguir manteniendo un cierto nivel de aceptación social. El gasto de la invitación a ciertos clientes que nada aportaban  era algo que muchos patrones no soportaban de buen grado.

“Métete bien en la cabeza que cuando te invitan a comer estás recibiendo la entera paga de antiguos servicios prestados. El producto de tu amistad con un grande es una comida, tu patrón te la echa en cara y, aunque te la dé pocas veces, te la echa en cara sin embargo. Conque si después de dos meses le parece bien incluir a su cliente olvidado, no vaya a ser que le quede libre una de las tres colchonetas en el lecho incompleto, te dice “Ven a casa”. Es el colmo de tus deseos. ¿Qué más pretendes? … Tú te crees un hombre libre y el invitado de tu patrón: él te considera prisionero del olor de su cocina.” (Juvenal, sat. V)

 El vínculo que el señor contraía con el liberto incluía la invitación a cenar, que a veces podía suponer un compromiso desagradable para el que fuera esclavo con anterioridad porque le podía hacer recordar su origen y dependencia del patrón. Ya en el transcurso de la comida, los ciudadanos libres y los libertos podían llegar a enfrentarse y llegar a rudas peleas.

Mosaico con escena de banquete, Museo del Bardo, Túnez

Al considerarse el acto de la cena como una especie de rito social, muchos anfitriones consideraban que ofrecer una comida sofisticada y un entretenimiento original  les haría diferenciarse de los demás y ser mejor vistos. Por tanto la ostentación y el exceso eran elementos a tener en cuenta en los convites en los que faltaba la moderación e imperaba  el desorden.

“… aparecieron cuatro danzarines, quienes al son de la música retiraron la tapa superior del repositorio. Esto nos permitió ver debajo, es decir, en otro plato, pollos suculentos y ubres de puerca, y en el centro una liebre, adornada con alas para que se asemejase a Pegaso.
En los lados del repositorio pudimos ver también cuatro  Marsias. De sus odrecillos escurría garo con pimienta sobre unos pescaditos que parecían nadar en un canalillo. Aplaudimos todos, siguiendo el ejemplo de la servidumbre, y a grandes carcajadas nos lanzamos a tan exquisitos manjares.” (Petronio, Satiricón, 36)


 Aún así, en la mayoría de cenas y banquetes se guardaban las convenciones sociales que exigían la moderación en el gasto de los alimentos, el buen gusto en los divertimentos y una actitud adecuada en lo referente al consumo de bebidas, puesto que la embriaguez era considerada como una falta de moral en la antigüedad.
Para que un banquete convivial se considerase aceptable se prefería que  los convidados fueran amigos o conocidos que compartiesen intereses comunes, que la  hora y el lugar en el que se celebrase fueran adecuados, una hora no intempestiva y un triclinium lo suficientemente amplio para acomodar a todos los invitados con comodidad. Por último, se deseaba una comida bien cocinada y abundante, pero sin artificios.

“Le anuncian sus devotos a la ternera de Faros la hora octava y la cohorte de lanceros ya se retira y recibe el relevo. Esta hora templa las termas, la anterior exhala excesivos vapores y la sexta da calor en las desmesuradas termas de Nerón. Estela, Nepote, Canio, Cerial, Flaco, ¿venís? Mi sigma tiene siete plazas; somos seis, añade a Lupo. Mi cortijera me ha traído malvas, para aligerar el vientre, y los variados productos que tiene mi huerto, entre los cuales está la lechuga de asiento y el puerro de corte; y no falta la menta, que hace eructar, ni la hierba afrodisíaca; huevos cortados coronarán el pez lagarto  aderezado con ruda y habrá tetas de cerda maceradas en salmuera de atún. Con esto, los entrantes. La pequeña cena se servirá en un solo servicio: un cabrito arrancado de las fauces del lobo feroz y bocaditos que no necesiten el cuchillo del trinchante y habas, comida de artesanos, y berzas vulgares. A esto se añadirá un pollo y un pernil superviviente ya a tres cenas. Una vez hartos, os daré fruta en sazón y vino sin zurrapas de una cántara nomentana que cumplió dos trienios en el consulado de Frontino. Vendrán después bromas sin malicia y una libertad que mañana no será de temer y nada que quisieras haberte callado: Que mis invitados hablen de los verdes y los azules y mis copas no sentarán a nadie en el banquillo.” (Marcial, Epigr. 10,48)

Mosaico romano, Museo Nacional Romano

Resultaba altamente indelicado rehusar la invitación de un amigo, y se habría faltado gravemente a la cortesía aceptando una invitación a la que no se acudiese ulteriormente, pues si en tal caso no se aducían excusas suficientemente convincentes el desairado quedaba convencido de que se había dejado de ir a su casa por culpa de otro convivium mejor.

“Pero, ¿qué te ocurre? ¡Me prometes acudir a una cena en mi casa, y no te presentas! Esta es mi sentencia: has de pagarme una multa equivalente al dinero que me ha costado la cena hasta el último as, y no es una cifra pequeña. Había preparado una lechuga por persona, tres caracoles y dos huevos; había además gachas de espelta aderezadas con vino mulso y nieve (pues también este gasto lo añadirás a tu lista y es más, lo incluirás entre los primeros, pues se echó completamente a perder sobre tu plato), aceitunas, acelgas, calabazas, cebollas y muchos otros manjares, no menos de mil ni menos deliciosos. Habrías visto además actuar a un cómico, o quizás habrías escuchado a un recitador, o puede que hubieses asistido a un recital de lira, o incluso habrías disfrutado de los tres espectáculos, pues a tanto alcanza mi magnificencia. Y sin embargo, preferiste ostras, vientre de cerda, erizos de mar y bailarinas en casa de algún otro. ¡Me las pagarás!, no te digo cómo de momento. Tu comportamiento no tiene excusa. Te has portado muy mal, no se si también contigo mismo, pero desde luego conmigo, y sí también contigo. ¡Cuánto nos habríamos divertido juntos!, ¡cómo nos habríamos reído!, ¡qué conversaciones tan interesantes habríamos mantenido! Puedes cenar más suntuosamente en casa de muchos otros, pero en ninguna de ellas disfrutarás de tanta alegría ni cordialidad, ni te sentirás tan libre de preocupaciones como en la mía. En fin, te ruego que hagas la prueba, y si a continuación sigues prefiriendo aceptar las invitaciones de los demás antes que las mías, lo mejor es que me hagas llegar tu renuncia definitiva a asistir a mis convites.” (Plinio, Epístolas, I, 15)

En el caso de los anfitriones con poco dinero podía darse el caso de que hicieran una invitación pidiendo al propio invitado que corriese con los gastos del banquete por no poder hacerse cargo. A lo sumo se ofrecía algún regalo, como un perfume.

“Cenarás bien, querido Fabulo, en mi casa
Dentro de unos días, Dios mediante,
Si traes contigo buena y magnífica
Cena, sin olvidar a una linda muchacha,
Vino, sal y todo el humor que puedas.” (Catulo, 13)

Pintura romana, Casa de los Castos Amantes, Pompeya

En las cenas ofrecidas por el emperador podía tener lugar una cena frugal con conversaciones y entretenimientos tranquilos como la descrita por Plinio en la casa de Trajano.

“Ya ves en qué honrosas y en qué dignas ocupaciones empleábamos estos días. Las sesiones del Consejo venían seguidas de las distracciones más encantadoras. Todos los días éramos invitados a cenar. Los platos eran frugales, teniendo en cuenta que nuestro huésped era el Príncipe. En ocasiones éramos deleitados con actuaciones de todo tipo, otras veces la noche transcurría en medio de las más deliciosas conversaciones. El último día, cuando ya nos íbamos, se nos entregaron diversos presentes, tan atento y bondadoso es nuestro César." (Plinio, Epístolas, VI, 31)

 La tendencia a la  moderación en las costumbres se propugnaba desde el círculo de Trajano, y se reflejaba en las obras literarias de la época, en las que se animaba a tener una vida feliz alejada de los excesos.

“Si me pones boletos y jabalí como si no valieran nada y crees que no es ése mi deseo, lo acepto; si crees hacerme feliz y pretendes ser inscrito como heredero gracias a cinco lucrinas, adiós. Espléndida, sin embargo, es tu cena, lo confieso, muy espléndida; pero no será nada mañana, más aún, hoy, más aún, en este mismo instante, nada que no conozca la desgraciada esponja de un palo asqueroso, o un perro cualquiera y un urinario al borde de la calle. De los salmonetes y de las liebres y de las tetas de cerda éste es el final: un color de azufre y un dolor insoportable de pies. No tenga yo a tan alto precio ni los festines albanos  ni los banquetes del Capitolio y de los pontífices. Que un dios en persona me haga partícipe del néctar: se volverá vinagre y vino picado y aguado de una tinaja vaticana. Busca otros invitados, maestro en cenas, a los que conquiste la regia suntuosidad de tu mesa. A mí invíteme un amigo a unos filetillos improvisados: una a la que puedo corresponder es la cena que me gusta.”(Marcial, Epigramas, XII,48)

Cuando el anfitrión era un patrón egoísta o avaro que solo invitaba por compromiso social y no sentía aprecio por sus clientes solía servir unos alimentos y bebidas para sí mismo y sus invitados especiales que eran diferentes a los que proporcionaba a sus clientes o invitados libertos.  Este hecho es frecuentemente criticado por los literatos, poniéndose en el lugar bien del anfitrión que no está de acuerdo con ello o en el cliente que se siente humillado por tal actitud.


“Siendo invitado a la cena ya no como antes, en calidad de cliente pagado, ¿por qué no me sirven la misma cena que a ti? Tú tomas ostras engordadas en el lago Lucrino, yo sorbo un mejillón habiéndome cortado la boca. Tú tienes hongos boletos, yo tomo hongos de los cerdos; tú te peleas con un rodaballo, en cambio yo, con un sargo. A ti te llena una dorada tórtola de enormes muslos; a mí me ponen una picaza muerta en su jaula. ¿Por qué ceno sin ti, Póntico, cenando contigo? Que sirva de algo la desaparición de la espórtula: cenemos lo mismo”. (Marcial, Epigramas, III, 60)

En algunos convites  el anfitrión obsequiaba a los comensales con algunos regalos de mayor o menor valor, pero algunos invitados mostraban un comportamiento indecoroso, como robar enseres de la vajilla o servilletas. Suetonio cita una ocasión en la que el emperador Claudio descubrió que uno de sus invitados había robado una copa de oro, y cuando volvió a tenerlo a su mesa le ofreció el vino en copas de arcilla para que se diese cuenta que sabía lo que había hecho.

“Asinio Marrucino, no empleas bien
Tu mano izquierda entre las bromas y el vino:
Robas las servilletas de los más despistados.” (Catulo, Poemas, 12)

Pintura catacumba San Calixto, Roma

Ciertos invitados faltaban a las buenas maneras porque además de llevarse comida de sobra para comer otro día, la guardaban para venderla.

"No hay nada más miserable ni más glotón que Santra. Cuando llega corriendo invitado a una cena en toda regla, que ha estado buscando tantos días y noches, pide tres veces criadillas de jabalí, cuatro veces lomo, y ambos muslos de una liebre y sus dos brazuelos, y no se ruboriza por jurar en falso acerca de un tordo y arramblar con las descoloridas mollas de las ostras...  Pero cuando la servilleta ya revienta con sus mil y un hurtos, esconde al calor de su seno unas costillas mordisqueadas y una tórtola trinchada, luego de devorar su cabeza. Y no considera vergonzoso el recoger con su larga diestra cualquier sobra que hasta los perros han dejado. Y no le basta a su gula un botín comestible: por detrás de la mesa rellena de vino aguado una damajuana. Cuando cargó con esto hasta su casa por doscientas escaleras y, angustiado, se encerró en su buhardilla bien atrancada, el glotón aquél, al día siguiente, lo vendió." (Marcial, Epigramas, VII; 20)

Algunos invitados se quejaban de tener que soportar soporíferos recitales de poesías o larguísimas lecturas de libros a pesar de recibir una buena cena:

“No sé si Febo huyó de la mesa y de la cena de Tiestes, pero nosotros Ligurino, huimos de la tuya. Es ella abundante y abastecida de exquisitos manjares, pero nada en absoluto me gusta cuando tú estás recitando. No quiero que me pongas rodaballo ni un salmonete de dos libras, tampoco quiero hongos boletos, no quiero ostras: ¡cállate!” (Marcial, Epigramas, III, 45)

La invitación a cenar podía llegar a veces solo por parte del anfitrión para corresponder a los regalos que un posible invitado estaría obligado a enviarle. Si esto no se producía, no habría la invitación esperada. Por tanto en algunos casos el egoísmo estaría por encima de la amistad o el compromiso social.

“Me invitabas a tu banquete de cumpleaños a pesar de no ser, Sexto, amigo tuyo. ¿Qué ha sucedido, me pregunto, qué ha sucedido de repente, después de tantas prendas entre nosotros, después de tantos años, que he sido preterido yo, tu viejo camarada? Pero sé la causa. No te ha llegado de mi parte ni una libra de plata hispana depurada ni una toga ligera ni un manto nuevo. No es la espórtula la que es objeto de negocio: alimentas regalos, no amigos. Ya,  vas a decirme: “Que azoten al encargado de las invitaciones” (Marcial, VII, 86)

Pintura de Catacumba de San Pedro y San Marcelino, Roma

Las cenas que seguían los convencionalismos de una forma rígida no permitían que los invitados se sintieran cómodos. Corresponder a los favores recibidos podía provocar el odio hacia la persona a la que se los debía.  Los más humildes criticaban el trato desigual por parte del anfitrión y éste ante la obligación de convidar se sentiría más rodeado  de gente solo guiada por el interés que por amigos de verdad.

“Debes examinar con quiénes comes y bebes antes de conocer qué vas a comer y beber, porque llenarse de carne sin un amigo es vivir la vida del león o del lobo. Esto no lo conseguirás si no te retiras; de otra suerte, tendrás los comensales que el nomenclátor haya seleccionado entre la multitud de los clientes. Se equivoca, en efecto, quien anda buscando un amigo en el vestíbulo y lo pone a prueba en el banquete.” (Séneca, Epístolas, 19)

El exceso de halagos por parte de los invitados podía ser mal visto por el anfitrión que consideraría al convidado excesivamente adulador y como una persona interesada al que no podía llamar amigo de verdad, ya que no sabía lo que realmente pensaba su comensal de él y de su convite.

“Sabido es que el orador Celio era muy irascible. Dícese que una noche cenaba con un cliente suyo, hombre de rara paciencia; pero era muy difícil a éste, estando solo con el orador, evitar una discusión con él. Consideró, por tanto, que lo mejor sería aplaudir cuanto dijese, y desempeñar el papel de lisonjero. No pudiendo Celio soportar la aprobación, exclamó: Hazme la contra, para que seamos dos. Pero aquel hombre que se encolerizaba porque no se irritaba el otro, se calmó en seguida careciendo de adversario.” (Séneca, De Ira, III, 8)

Esos invitados, de todas formas, pagaban su convite con el saludo matutino, acompañando al patrón en sus paseos y cuidando de su seguridad, con sus halagos.

¿Ese  a quien han convertido en amigo tuyo la mesa y la comida, crees que es un corazón de amistad leal? Aprecia el jabalí y los mújoles y la ubre de cerda y las ostras, no a ti? (Marcial, Epigramas, IX, 14)

La invitación a cenar se convirtió en un tópico literario en la literatura griega y latina. En el poema convencional de invitación el poeta rechaza o se confiesa incapaz de proporcionar los platos más lujosos, típicos de los banquetes suntuosos, pero se citan los elementos de la cena con los que se intentará satisfacer al invitado para que este se encuentre a gusto y que cumplan las convenciones sociales establecidas. Se tratará de evitar los vicios tan criticados del lujo excesivo y avaricia.

“Cenarás bien, Julio Cerial, en mi casa; si no tienes ninguna invitación mejor, ven. Podrás estar al tanto de la hora octava; nos bañaremos juntos: ya sabes qué cerca están de mi casa los baños de Estéfano. De entrada se te servirá lechuga, útil para mover el vientre, y ajetes cortados a sus propios porros; luego conserva de atún joven y mayor que un delgado pez lagarto, pero con guarnición de huevos sobre hojas de ruda. No faltarán los otros huevos, cocidos por unas delicadas brasas, ni queso curado al fuego del Velabro  y olivas que han sentido los fríos del Piceno. Esto bastará para el aperitivo. ¿Quieres conocer el resto? Te mentiré, para que vengas: pescados, moluscos, tetas de cerda y unas aves cebadas, de corral y de las marismas, que ni Estela  acostumbra a ponerlas sino en contadas cenas. Más te prometo yo: no te recitaré nada, aunque tú nos vuelvas a leer de punta a cabo tus Gigantes o tus Geórgicas, próximas al inmortal Virgilio.” (Marcial, Epigramas, XI, 52)

En el epigrama 11, 52, Marcial empieza por la invitación propiamente dicha con la posibilidad de acudir a los baños antes de comer. Su propuesta para la cena es modesta, por lo que le excusa de aceptarla si recibe otra proposición mejor.
La segunda parte del epigrama incluye la descripción detallada de la cena que  piensa ofrecer a su amigo, con platos indispensables en cualquier banquete caracteri­zado por la sencillez.
En lo relativo a los entretenimientos, Marcial propone a su amigo recitaciones poéticas, aunque promete no  intervenir en ellas para que su huésped  acceda a ir a su casa y pueda leer sus Gigantes y sus Geórgicas. El principal objetivo de estos banquetes entre literatos era presentar ante los amigos las obras escritas para que dieran su opinión,  por lo que la cena suponía un agradable preludio, durante el que se conversaba animadamente, a las discusiones literarias. El hecho de que Marcial ofrezca como único entretenimiento lecturas poéticas implica que el objetivo principal del banquete era revisar y corregir los poemas de Julio Cerial, motivo por el que éste accede encantado a la propuesta. Sin embargo, entre las clases acomodadas era frecuente ofrecer a los invitados espectáculos como representaciones teatrales (mimos y atelanas), actuaciones de acróbatas o músicos  y danzas de las famosas bailarinas gaditanas.

En casa de Lúculo, Gustave Boulanger

Los nuevos ricos de la época romana son retratados como personajes fatuos que hacen ostentación de su inmensa riqueza ante sus invitados y que no saben comportarse según las normas sociales de los aristócratas y moralistas romanos. En el Satiricón de Petronio hay varios episodios donde se refleja esta nueva forma de conducta social, por ejemplo la llegada de un nuevo comensal, cuando ya se ha iniciado el banquete.

“En este momento golpeó las puertas del comedor un lictor y entró un nuevo comensal, todo vestido de blanco y acompañado de un gran séquito. Cómo sería mi miedo ante tan impresionante majestad que creí había entrado el pretor en persona. Mi reacción in mediata fue levantarme poniendo los pies descalzos en el suelo. Agamenón, riéndose de mi temblor, me dijo:
Calma, idiota, calma. Es el séviro Habinas, un marmolista, por cierto, que pasa por el mejor creador de lápidas funerarias.
Confortado con estas palabras, volví a recostarme para poder contemplar lleno de asombro la entrada de Habinas. Avanzaba ya borracho y tambaleándose, puesta ambas manos en los hombros de su mujer. Llevaba varias coronas y el ungüento le chorreaba desde la frente  los ojos. Se aposentó en el lugar del pretor, pidiendo a continuación vino y agua caliente.” (Petronio, Satiricón, 65)

Otra crítica a la conducta de estos nuevos ricos se debe a que alardean de lo mucho que poseen, sacando a relucir las joyas que han comprado a sus mujeres.

“Faltó tiempo para que Fortunata encontrara un pretexto para quitarse las pulseras de sus amorcillados brazos y las exhibiese a la admiración de Cintila. Terminó quitándose también las ajorcas del tobillo, y la redecilla de oro puro contrastado. Trimalción seguía la escena con los ojos fijos y mandó que le llevaran todas las joyas…
Para no ser menos, Cintila se quitó una bolsita dorada que llevaba al cuello y que ella llamaba su Felición. Sacó dos pendientes y los dio a contemplar a Fortunata.
Ya lo ves- dijo-. Te aseguro que nadie tiene regalos tan valiosos como los que me ha hecho mi marido.”  (Petronio, Satiricón, 67)

Simposio funerario, Necrópolis de Antioquía, Worcester Art Museum, Massachusetts

La tradición establecía un protocolo de colocación en los lechos según el afecto o amistad del anfitrión, o bien la posición social del invitado. Se imponía la voluntad del dominus de la casa y su preferencia, al igual que en la elección de alimentos y trato durante la comida, dependiendo del nivel social de cada uno. Un trato desigual reforzaba la idea de jerarquías diversas y dominio. Un trato más equitativo conllevaba un sentimiento de gratitud y amistad. Ofrecer un comedor amplio con un número justo de invitados se consideraba un signo de hospitalidad y consideración hacia ellos, en caso contrario el anfitrión podía ser el blanco de todas las críticas.

“Se da, en efecto, creo, un exceso de hospitalidad cuando ésta no omite a ningún comensal, sino que los arrastra a todos como a un espectáculo o audición. A mí, al menos, me parece que, aunque faltara pan o vino a los invitados, nada deja tan en ridículo al que los invita como la falta de espacio y sitio, que siempre hay que tener de más para forasteros y extraños que se presenten no invitados, sino espontáneamente.” (Plutarco, Moralia, V, 5)

 Una invitación a cenar exigía por tanto guardar una conducta decorosa, demostrar buen humor, no entrar en disputas  y beber en la medida adecuada, asumiendo las consecuencias de la embriaguez. El anfitrión podía temer el comportamiento de algunos convidados que bebieran demasiado y manifestaran un comportamiento bochornoso con maliciosos comentarios o disputas entre unos y otros que acabaran en verdaderas peleas con lanzamientos de cacharros.

“Entonces Vibidio dijo a Balatrón: 

Si no bebemos a mogollón, moriremos sin venganza.
Pidió copas mayores y la palidez empezó a mudar
La cara del patrón, que nada temía tanto como a bebedores agudos, porque se les libera demasiado la lengua, o porque hirvientes vinos ensordecen el sutil paladar.
Vuelcan jarras enteras de vino en copas de Alifas
Vibidio y Balatrón; les imitaron todos los comensales
Salvo el grupo del anfitrión, que no le dio al vidrio.” (Horacio, Sátiras, II, 8)



Escena de banquete, Mosaico de Cartago, Túnez

Un pasaje de Luciano describió cómo un nuevo cliente podía sentirse al ser recibido como invitado de honor en un festín donde se va  a convertir en el centro de atención, mientras se siente desconcertado por si su comportamiento es el correcto, o qué impresión causará entre los demás convidados si el anfitrión le dedica alguna atención. Refleja el temor del individuo de  clase inferior que desconoce el protocolo de este tipo de cenas y el miedo al ridículo ante los demás.

 “Empezaré, si te parece, por el primer banquete, al cual es de suponer que seas invitado, como en prenda de tus futuras relaciones. Por de pronto, viene a invitarte a la cena un esclavo no del todo grosero, y para tenerlo propicio, y no parecerle incivil, tienes que ponerle en la mano lo menos cinco dracmas… Te pones el mejor vestido, y lavado y compuesto cuanto te es posible, acudes, no sin temor de llegar el primero, lo cual parecería poco elegante, así como se te tacharía de soberbia si llegases el último. Eliges, pues, un término medio, y entras. Te reciben con suma distinción y te hacen sentar un poco más arriba del rico, cerca de dos de sus antiguos amigos… todo es para tí desconocido y extraño y todos los convidados observan tus acciones… de los diversos manjares, colocados ante ti con cierto orden, no sabes a cuál alargar primero la mano. Tienes, pues, que mirar a hurtadillas a tu vecino, imitarle y aprender así el orden del banquete… el brindis del rico te granjea la animadversión de muchos de los antiguos amigos: sólo por el sitio que ocupaste en el banquete, ofendiste a algunos, irritados de la preferencia dada a un advenedizo sobre las personas sometidas a una esclavitud de largos años. En seguida dirán de ti los tales: ¡Sólo nos faltaba vernos pospuestos a los recién llegados! ¡Sólo para estos Griegos se abre la ciudad de Roma! (Luciano, De los que viven a sueldo, 15-17)

Luciano exige la  libertad del invitado y respeto para él por parte de esclavos y comensales ante la arrogante actitud y los caprichosos deseos del anfitrión.

Banquete de Baco, Museo del Bardo, Túnez, foto de Giorces
       

Bibliografía:
www.academia.edu/2965917/Paideia_nutricia_las_artes_del_saber_y_del_comer_en_Luciano, Pilar Gómez Cardó
dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/3401707.pdf, Un ejemplo del nuevo concepto de otium en roma tras la caída de la dinastía julio-claudia: el epigrama 11, 52 de Marcial. Francisco Javier Mañas Viniegra
sedici.unlp.edu.ar/bitstream/handle/10915/.../Documento_completo.pdf?.. Horacio: Las cuatro cenas del Libro II de las Sátiras, Buisel, María Delia
www.convivialiteraria.net/repository/El banquete en la sátira romana, Jesús Muñoz Morcillo 1996.pdf
http://revistas.ucm.es/index.php/RFRM/article/viewFile/RFRM0707220021A/9748, Vino, banquete y hospitalidad en la épica griega y romana, Cristina Martín Puente