lunes, 10 de octubre de 2016

Magna calamitas, inundaciones y sequías en la antigua Roma


Personificación de río, Museos Vaticanos

En la antigüedad los fenómenos sobrenaturales parecían percibirse como acciones propias de las divinidades. La población realizaba actos de devoción religiosa para contentar a todas las fuerzas de la naturaleza y ganarse el favor de los dioses que las representaban. Por ello existía la idea de que los desastres naturales eran una consecuencia directa del descontento de los dioses, al igual que la alteración del orden político se veía como el resultado de alguna negligencia en el desarrollo de las ceremonias rituales. La estrecha relación que se establece en el mundo romano entre religión y política implicaba el miedo a comprometer la seguridad del Estado si la pax deorum se alteraba. La ayuda de la divinidad garantizaba la seguridad y permanencia del Estado Romano.

“En el año 507 de la fundación de la ciudad (241 a. C.) un repentino desastre de la propia Roma evitó el triunfo de los romanos. Y yo no me hubiera atrevido temerariamente a decir esto, si los más gravísimos desastres llegados de repente no hubiesen hecho olvidar incluso la más pequeña alegría en Roma. Y es que durante el consulado de Quinto Lutacio Cátulo y Aulo Manlio diversos desastres producidos por el fuego y por el agua aniquilaron casi a Roma. Efectivamente, el río Tiber, crecido con insólitas lluvias y desbordado durante más tiempo y con más cantidad de agua de lo que se podía esperar arrasó todos los edificios romanos que estaban en el llano; distintos tipos de lugares coincidieron en la misma desgracia, ya que a aquellos por los que pasaron aguas más lentas, los destruyeron inundándolos, y a aquellos que sufrieron aguas torrenciales, los destrozaron arrasándolos.” (Orosio, Historias, IV, 11)

Las crecidas de los ríos se consideraban tradicionalmente como un prodigio nefasto. En Italia el Tíber, el Po y en general los grandes ríos advertían con sus desbordamientos o con sus súbitas decrecidas a los hombres. Pero durante la República, en época de Cicerón y César comenzó un enfrentamiento entre la vieja interpretación religiosa según la cual era la propia divinidad fluvial o la ira deorum la que provocaba la inesperada crecida, tanto de aviso como de castigo y una explicación natural o geográfica del fenómeno por la que César parece haber tomar partido de forma abierta.

“Y a ningún río es consentido menos, encerrado como está entre sus orillas; además, ni siquiera intenta luchar si bien está sometido a crecidas frecuentes y repentinas y las inundaciones no son en ningún punto de su curso mayores que en Roma el río es entendido sobre todo como un adivino advertidor y su crecida produce siempre más un temor sagrado que un cruel terror.”
(Plinio, NH, III, 55)



Río Sarno, Museo del Louvre, foto de Carole Raddato

Solo unos pocos pensaban que los desbordamientos del Tíber se debían a la acción de la naturaleza mientras, por el contrario, muchos los explicaban como un prodigio fruto del enfado de los dioses, una interpretación a la que se recurría, sobre todo, en momentos de crisis económica, política o militar.

“Por otra parte, cundía el terror por los prodigios atestiguados desde diversos lugares. Que la Victoria, situada a la entrada del Capitolio, había dejado caer las riendas de la biga que guiaba. Que una figura de estatura sobrehumana había salido del santuario del templo de Juno. Que la estatua del divino Julio erigida en la isla Tiberina, en un día sereno y tranquilo, de Occidente se había vuelto de cara a Oriente. Que en Etruria había hablado un buey. Que se habían dado partos insólitos en los animales. Y muchas otras cosas que en los siglos oscuros solían observarse incluso en tiempo de paz, de las que ahora solo se habla cuando hay una situación de miedo. Pero el peligro mayor, que trajo consigo no solo el miedo del ruinoso estado de cosas actual sino del futuro, fue el repentino desbordamiento del Tíber que, creciendo desmesuradamente su caudal, destruyó e puente Sublicio inundando todo al arrollar el obstáculo que se oponía a su furia, no solo las partes más bajas y llanas de la Ciudad, sino anegando incluso los lugares tenidos por más seguros en estos casos, arrastrando a mucha gente que se hallaba en lugares públicos y sorprendiendo a muchos en sus talleres y tabucos, e incluso en sus propios lechos.” (Tácito, Historias, I, 86)


Representación del diluvio universal

Horacio utiliza en su obra una inundación del Tiber, acaecida posiblemente tras la vuelta de Octavio Augusto de Oriente, que le sirve como excusa para hacer un recuento de los monumentos de Roma que merecieron la atención del emperador para ser restaurados e inaugurados de nuevo de forma que anunciasen su poder y gloria y su función como protector de la ciudad que evitaría la vuelta al mundo antiguo. Un buen gobernante debía ocuparse de remediar las desgracias que sufrían los habitantes de los lugares afectados por los desastres naturales y también de procurar la construcción de templos y altares dedicados a los dioses para evitar su ira o reconstruir los dañados por una catástrofe.

“Ya con exceso el Padre de los dioses
a la tierra envió nieve y granizo,
y, fulminando templos con su diestra,
aterró la ciudad, y temer hizo
a todo el orbe que volviese el tiempo
que a Pirra estremeció con sus prodigios:
cuando llevó proteo hacia las cumbres
sus rebaños marinos
y se posaron peces en los árboles
que antes prestaban a palomas nido,
y por el mar tendido sobre el llano
nadaron corzos tímidos.
Vimos al rojo Tíber, bruscamente
desde la orilla etrusca rebatido,
lanzarse a destruir templos de Vesta
y el monumento alzado al rey pacífico;
y, vengador de la quejosa Ilia,
por la izquierda irrumpir, contra el designio
del propio Jove, audaz alardeando
de enamorado rio.”
(Horacio, Odas, I, 2)

...

Entre las conocidas inundaciones del Tíber algunas se atribuían a que provenían del hecho que se hubiese cometido alguna falta en la celebración de los ritos dedicados a algún dios determinado y ésta se hubiese enfurecido. Sin embargo, a partir del desbordamiento del año 60 a.C. empiezan a aparecer los motivos políticos como causa. En efecto, en aquel año se había producido, como consecuencia de una violenta tempestad sobre la Ciudad, una excesiva crecida de las aguas del Tíber que acabaron por hundir, como recuerda Dión Casio, las embarcaciones ancladas en el río a su paso por Roma y en su desembocadura, destruyendo además el “puente de madera”, es decir, el puente Sublicio. Dión Casio lo definió como un prodigio, pero coincidió con la constitución del primer triunvirato (Pompeyo, César y Craso) y aunque el historiador griego señala que la divinidad “no ignoraba lo que ellos maquinaban” y mostraba con claridad lo que habría de venir, y lo que un día sucedería por tierra y por mar,el fenómeno se interpretaría más tarde como advertencia de tiranía, abuso de poder y amenaza de la libertad que podría llegar a producirse.

“De esta manera y por estas razones entablaron los tres la alianza, y tras prestarle juramentos de fidelidad asumieron la gestión del estado para, a raíz de ello, concederse, mediante mutuos repartos y recíprocos intercambios, cuanto apetecían y cuanto cuadraba a sus actuales conveniencias. Al estar aquellos de acuerdo, pactaron asimismo las respectivas facciones, de suerte que también éstas, al amparo en todo de sus líderes, se veían libres para actuar como querían; y en tales circunstancias la poca reserva de discreción que había pasó a ser patrimonio de Catón o de aquellos otros que quisiesen figurar como adeptos a sus ideas.

A tal punto llegaron entonces los asuntos de Roma bajo guía de aquellos hombres, que mantuvieron oculta su alianza cuanto tiempo pudieron. En efecto, realizaban todo lo que habían acordado, pero simulaban y aducían las excusas más contrarias a fin de pasar desapercibidos el mayor tiempo posible y culminar sus preparativos. Ahora bien, la divinidad no ignoraba lo que hacían, sino que entonces mismo desveló con gran claridad a los capaces de comprender ese tipo de cosas las futuras consecuencias que resultarían de ello. Pues súbitamente cayó sobre la ciudad toda y el conjunto del país tan gran temporal que de modo muchísimos árboles fueron derribados de raíz, muchas casas cayeron, las embarcaciones amarradas en el Tíber- ya anclasen junto a la ciudad, ya en la desembocadura- se hundieron, el puente de madera quedó destrozado, un teatro que había sido construido en madera con vistas a determinada concentración festiva se vino abajo, y en el curso de todo esto gran número de hombres pereció.

Semejantes sucesos, por tanto, constituyeron una anticipada demostración, cual imagen de lo que les iba a sobrevenir en tierra y por mar.”
(Dión Casio, XXXVII, 57-58)


Puente roto, Roma, foto de Patrick Denker

De nuevo en el 57 a. C. se produjo otra riada del Tíber al que también se dio una nueva interpretación política, ahora en relación con el rey Ptolomeo XII de Egipto. La inundación impidió la salida del cónsul Publio Cornelio Léntulo hacia Egipto para intentar reinstaurar a Ptolomeo XII Auletes en el trono de Egipto. Consultados los Libros Sibilinos, éstos se opusieron a que el ejército romano prestara su ayuda el monarca egipcio.

“Pues habiendo Publio Léntulo recibido en suerte la provincia de Egipto, y disponiéndose a partir, desbordado el Tíber, provocó una inundación tal que no se podía atravesar. Consultados por ello los libros de la Sibila, se encontró como expiación que el ejército no pasara a Egipto. Algunos lo interpretaron refiriéndolo a la batalla de Accio; otros, a lo que hubimos de sufrir bajo Aulo Gabinio; éste, por su parte, lo refiere a la muerte de Pompeyo”
. (Lucano, Farsalia, VIII, 824)


En el año 54 a. C. el Tíber se desbordó debido «a la voluntad de algún dios» —según indica Dión Casio— más que a causa de un fenómeno natural. Los romanos, convencidos de que la divinidad se había enfurecido con ellos porque habían apoyado al rey de Egipto Ptolomeo, decidieron que Gabinio, su principal colaborador, debía ser condenado a muerte. Ante la insistencia del pueblo, el Senado consultó los Libros Sibilinos, aunque no encontró ninguna recomendación para aquél suceso. Por tanto, una falta, en este caso política, había provocado la ira de los dioses y el pueblo, en este caso, buscó inmediatamente una expiación que restaurase la pax deorum mediante la actuación de los decenviros.

“En ese tiempo, el Tíber, ya fuera por la excesiva lluvia caída en algún lugar por encima de la ciudad, ya fuera porque algún viento impetuoso procedente del mar había taponado su desembocadura o, lo que es más probable, según se sospechaba, por iniciativa de algún dios, trajo de repente tal cantidad de agua que inundó las zonas bajas de la ciudad y llegó a muchas de las más altas. Las casas, construidas de adobe, se empaparon y se vinieron abajo. Todas las bestias murieron en la inundación. En cuanto a los hombres, aquellos que no lograron huir a las zonas más altas se vieron atrapados en los techos o en las calles, y perecieron. Las otras casas, debido a que el desastre se prolongó durante muchos días, se debilitaron e hirieron a muchos en aquel momento y también pasado el tiempo. Los romanos, afligidos por estas calamidades, y esperando cosas aún peores porque la divinidad se había enfurecido contra ellos por haber restaurado en el trono a Ptolomeo, ardían en deseos de matar a Gabinio, aunque estaba ausente, como si fueran a sufrir menos males si se adelantaban a éstos dándole muerte. Tanta fue su insistencia que, a pesar de que no se encontró nada parecido en los Oráculos Sibilinos, el Senado dio un decreto, según el cual los magistrados y el pueblo le aplicarían el castigo más duro y cruel posible”. (Dión Casio, XXXIX, 61)


Fuente con figura de río, Museo de Bellas Artes de Boston


La lex de Urbe augenda, promulgada en junio del 45 a. C. para ampliar la ciudad, llevó a Julio César a intervenir en grandes obras públicas, una de ellas, quizás la más grandiosa, era la desviación del Tíber desde el puente Milvio a lo largo de los montes vaticanos, con la intención de evitar los desastrosos efectos materiales y humanos de las crecidas pero que debió despertar muchos escrúpulos religiosos, pues cambiar o transformar su recorrido suponía un grave delito contra la tradición romana.

Afrontar las obras de desviación del río durante los años en que César se convirtió en el único gobernante de Roma y del Imperio implicaba además el riesgo de que el desbordamiento del río se fuera asociando en Roma a la tiranía o a un gobierno ilegítimo.


Ruinas inundadas

César no creía en el significado religioso del desbordamiento, ni que éste mereciera ser considerado como prodigio, lo que le valió la oposición de los quindecenviros, que eran abiertamente partidarios de la interpretación sagrada. Él también fue precursor de muchos emperadores romanos que siendo pontífices máximos como él tuvieron que optar entre identificar las crecidas del Tíber como prodigio y celebrar, por tanto, su correspondiente expiación o acometer las obras hidráulicas en su curso que evitaran sus catastróficos efectos a la población de Roma.

Medio siglo después de la muerte del dictador, tras el desbordamiento del Tíber en el año 15 d.C., enviados de algunas ciudades se desplazaron ante el Senado romano al conocer el propósito del emperador Tiberio de desviar el curso del río, retomando probablemente los planes de César. Los delegados se opusieron al proyecto alegando que “había que considerar las tradiciones religiosas …, que habían dedicado a los ríos patrios templos, bosques y aras; aún más, el propio Tíber no querría correr con menor gloria privado de sus afluentes” El proyecto fue finalmente cancelado ante las dificultades que presentaba la realización de la obra y la victoria de la superstición.

“Cuando el Tíber inundó gran parte de la ciudad convirtiéndola en navegable, algunos lo consideraron un presagio. Así también fueron considerados una serie de violentos terremotos, que hicieron que una parte de la muralla de la ciudad se derrumbara, y los numerosos rayos que provocaron que se derramara el vino de recipientes intactos. Pero Tiberio consideró que esto había sucedido por el gran número de manantiales que había y ordenó a cinco senadores, elegidos por sorteo, que establecieran una vigilancia permanente del río para que su caudal no fuera excesivo en invierno ni escaso en verano, sino que siempre, en la medida de lo posible, fluyera con un caudal estable.” (Dión Casio, LVII)


Pintura de Pompeya

El Tíber y, particularmente, sus crecidas fueron siempre atentamente observadas por las autoridades romanas y los colegios sacerdotales al tratarse de un río de 403 km de recorrido (el segundo de Italia) cuyo régimen de desbordamientos, descensos súbitos de sus aguas, y heladas afectaban tanto religiosa como políticamente a Roma y al Estado.

Habría que distinguir entre una simple crecida o incluso una inundación media, muy frecuente en los meses de primavera y de consecuencias muy limitadas, y un desbordamiento de las aguas del río a su paso por la ciudad, que causaba gravísimos daños humanos y materiales, al que se consideraba como un prodigio. Al igual que los vientos fuertes no constituían en Roma un prodigio, pero sí los huracanes, un desbordamiento excepcional del río y no una crecida abundante era lo que lo determinaba como prodigio.


Mosaico con río Pisón, Libia

En el año 103 d.C. tuvo lugar una desastrosa inundación del Tíber, narrada por Plinio, testigo de la catástrofe. Plinio parece atribuir el desbordamiento del Tíber solo a causas naturales; es posible que fuera bajo su gestión cuando el cuidado de las alcantarillas de la ciudad fue confiado a los curatores del Tíber, para así facilitar la lucha contra las inundaciones.

“¿Acaso ahí el tiempo esta tan desapacible y revuelto? Aquí las tormentas son continuas y las inundaciones frecuentes. El Tiber se ha desbordado y ha inundado en una amplia extensión las zonas más bajas de sus riberas. Aunque su caudal está siendo descargado por el canal que construyó nuestro emperador, siempre tan previsor, inunda los valles, cubre los campos, y en todas partes donde el terreno es llano, solo se ve agua en lugar del suelo. En consecuencia, las corrientes de agua que suele recibir y llevar hasta el mar mezcladas con las propias, las obliga a retroceder, por así decirlo, como si saliese a su encuentro, y de este modo cubre con esas aguas ajenas los campos que él no llega a alcanzar con las suyas solas. El Anio, el más delicioso de los ríos, y que por esta razón parece como si las villas diseminadas par sus orillas quisieran invitarle y retenerle, ha derribado y arrastrado en su mayor parte los bosques que le daban sombra; ha socavado los montes, y al haber sido interceptado su caudal en muchos lugares por la gran cantidad de materiales arrastrados, mientras busca su curso perdido, ha derribado los edificios y se ha precipitado sobre las ruinas llevándoselas consigo. Las personas a las que la tormenta sorprendió en lugares más elevados, vieron por aquí los muebles y la valiosa vajilla de los ricos propietarios, por allí los aparejos de labranza, aquí los bueyes, los arados, los carreteros, allí el ganado desatado y suelto, y en medio de toda esta confusión los troncos de los árboles o las vigas y los tejados de las villas flotando al azar por todas partes. Ni siquiera se libraron de la desgracia los lugares hasta los que no llegó el nivel del agua. Pues, en vez de la fuerza del rio, la continua lluvia y los remolinos de viento que surgen de las nubes han derribado las edificaciones que rodean las valiosas posesiones, e inc1uso los monumentos han sufrido graves daños y se han derrumbado. Muchas personas han sufrido mutilaciones, han sido aplastadas o sepultadas en accidentes de esta naturaleza, y estas desgracias humanas se han añadido a las pérdidas materiales. Temo, en proporción al peligro, que algo semejante haya ocurrido ahí, y te ruego que, si no ha sucedido nada igual, calmes mi inquietud más rápidamente posible; pero si ha ocurrido algo, te ruego que me comuniques igualmente. Pues la diferencia entre soportar la adversidad o esperarla es muy pequeña, excepto en que el sufrimiento tiene unos límites, y la ansiedad no.

Te lamentas, en efecto, cuando sabes que ha sucedido, te angustia que puede suceder. Adiós
. (Plinio Epis. VIII, 17)



Moneda de Trajano


 El emperador Trajano ordenó construir un canal artificial, la célebre Fossa Traiana (conocida hoy como el canal de Fiumicino), que comunicaba el Tíber con el mar, pero que permitía a los barcos llegar hasta el puerto fluvial de Roma por un canal de 20 m de ancho. Su objetivo era, entre otras cosas, que la nueva boca facilitase el desagüe de las crecidas y evitase las inundaciones de Roma. Sin embargo, las nuevas obras se mostraron ineficaces para contener las aguas, sin poder impedir las fatales consecuencias para la ciudad y sus habitantes.

«El emperador César Nerva Trajano Augusto Germánico Dácico, hijo del divino Nerva, investido de la potestad tribunicia por... vez, aclamado imperator por..., cónsul por..., padre de la patria, construyó esta fosa para evitar las inundaciones del Tíber que atacaban frecuentemente la ciudad, habiendo establecido un canal de agua permanente» (Inscripción anunciando la construcción de la fossa traiana, traducción de J. González y J. C. Saquete).

Es posible que Trajano, al igual que Tiberio, se decantase por soluciones técnicas, y rechazase todo sentido religioso al fenómeno de las inundaciones. La inscripción que celebra la construcción de la fossa pone de relieve cómo para el emperador y la administración se trataba de un fenómeno estrictamente natural al que solo la ingeniería hidráulica podía poner remedio. El nuevo desbordamiento en el año 103 y la idea de que Trajano sustraía las aguas de una venerada divinidad fluvial, Tiberinus Pater, haría dudar a los pontífices, decenviros y arúspices de la veracidad de esa afirmación.


Río Tíber, Roma, foto de Gualzu

El emperador Claudio ya emprendió la construcción de un puerto que conectara con el rio Tíber y que pudiera evitar las inundaciones provocadas por las crecidas del rio. Portus Augusti fue el nombre que se le dio. El puerto artificial estaba en Ostia y estaba unido con el Tíber por medio de canales artificiales.

“Consciente de esta situación, Claudio emprendió la construcción de un puerto. No desistió de aquella idea ni siquiera cuando los arquitectos a los que les había preguntado el coste de la obra le dijeron: “¡No querrás hacerlo!”. Tan confiados estaban de que se echaría atrás cuando fuera informado de su alto coste. Pero él había concebido una obra digna del espíritu y de la grandeza de Roma, y la llevó a cabo. Excavó un área nada pequeña en tierra firme, la cimentó toda alrededor y dejó que el mar invadiera su interior. A continuación, ya en mar abierto, levantó unos grandes malecones a ambos lados del puerto y ciñó allí una gran zona marina. Fue en aquella zona donde colocó una isla donde se levantaba una torre cuyos fuegos servían de faro. Este fue el puerto -así se le llama todavía hoy en la región- que él construyó.” (Dión Casio, Hist. LX, 11)


Moneda de Claudio


En la época se sabía de la relación existente entre deforestación e inundación, y de la necesidad de que debía haber suficientes árboles para retener el agua, para regularla y distribuirla, y así no llegar a corrimientos de tierra como consecuencia de no respetar el equilibrio entre flora y agua, que conducían a desastres naturales con graves consecuencias para el hábitat.

Los romanos pensaban en la destrucción de toda vegetación como un extraordinario instrumento de guerra, imprescindible para rendir a los adversarios por el hambre. La conocida estrategia de la «tierra quemada», utilizada por los romanos, provocó durante muchos años la devastación de grandes áreas por todos los confines del Imperio y fuera de él, en un intento de someter a los pueblos que aún se resistían al dominio romano.

La utilización desmedida de la madera para realizar obras públicas, o construir barcos en los astilleros, o para calentar los baños públicos condujeron a la deforestación en territorio romano, debiendo tomar medidas para frenar el deterioro medioambiental.

Como ejemplo del uso desproporcionado de los recursos naturales se conoce la deforestación provocada, en una iniciativa del estado, por el talado indiscriminado de los árboles de los bosques alrededor del lago Lucrino al querer Marco Vipsanio Agripa, lugarteniente de Augusto, transformarlo en una base naval en el año 37 a. C. construyendo el portus Iulius, para cobijar a los barcos que debían enfrentarse a la flota de Pompeyo.


Mosaico con escena marítima, Ostia

Como consecuencia de lo anterior, se produjo un fuerte desequilibrio en el ecosistema, que desembocó en numerosas inundaciones, como por ejemplo la acaecida en el Tíber, de consecuencias nefastas para la salud pública, ya que llevaban a la superficie cadáveres humanos, carroña y residuos de letrinas, que se quedaban después durante mucho tiempo en las calles de Roma, si el agua del río inundaba la parte baja de la ciudad.

En Italia el hambre de la población y la esterilidad de la tierra se consideraban también prodigios. La ausencia de lluvias producía sequía que traía graves consecuencias para la gente y para la prosperidad del país. Al igual que con las inundaciones el pueblo achacaba la escasez de agua a que los dioses se sentían ofendidos por las faltas cometidas por el Estado.

" Pero muchas circunstancias adversas contribuían a revolucionar los ánimos: las pocas pagas y la escasez de alimentos, el negarse las Galias a hacer nuevas levas y cobrar nuevos tributos; el que, debido a una pertinaz sequía desconocida en aquellas latitudes, el Rhin apenas podía mantener a flote las naves; la menor frecuencia de transportes de vituallas, los destacamentos dispuestos a lo largo de toda la ribera para impedir el paso a los germanos por los vados; todo lo cual tenía por resultado la menor cantidad de ración de grano y el mayor número de bocas que llenar. La escasez de agua era considerada por los ignorantes como un signo de mal agüero como si los propios ríos que antiguamente hacían de baluarte del imperio, nos hubieran abandonado. Lo que en tiempo de paz se hubiera considerado como un hecho fortuito, o se hubiera atribuido a la naturaleza, en aquellas circunstancias se veía como un triste sino, o como muestra de la ira de los dioses." (Tácito, Historias, IV, 26)

Año y medio después de la llegada de Trajano al poder, en el 99 d. C. tuvo lugar una crecida insuficiente del Nilo cuyos efectos recordaba Plinio en su Panegírico:

“Egipto se secó con una imprevista sequía, hasta sufrir grave daño por la esterilidad; el Nilo, en efecto, salió perezoso de su cauce, con tal indecisión y languidez, que, aunque todavía era un río de los grandes, podía, sin embargo, compararse con ellos. En consecuencia, gran parte del territorio, acostumbrado a regarse por la inundación del río, ardía bajo una espesa capa de polvo. En vano deseó entonces Egipto las nubes y se puso a mirar suplicante para el cielo, cuando el mismo autor de su fecundidad, reducido y sin fuerza, impuso a la abundancia del país la misma mezquindad que a su avenida. Y el río aquél, sin límites cuando se desborda, no sólo se había parado y quedado sin alcanzar los montículos que siempre solía invadir, sino escurrido en rápida huida, no con un descenso lento y suave, de las laderas bajas en que pudiera detenerse, y agregó así a las tierras totalmente áridas otras insuficientemente bañadas.” (Panegírico, 30, 2-4).


Pintura con paisaje egipcio de David Roberts


Se produjo, sin duda, una situación gravísima en Egipto mitigada sólo con la llegada de naves con grano procedentes de Roma. El autor habla de sequía, de esterilidad, de la tierra ardiendo bajo una capa de polvo, de tierras áridas o insuficientemente bañadas, efectos desastrosos en un país que, como él mismo dice, creía que podía producir y multiplicar sus siembras «como si nada debiera a la lluvia del cielo». Muchos textos en todas las épocas nos hablan de las consecuencias funestas que una crecida demasiado baja del río comportaba para un país, para la población y para el propio Estado:
sequía, hambre, miseria, desestabilización social, ruina fiscal... Cuando esto ocurría, el país se acercaba al colapso.

El Panegírico subraya que solo la rápida y generosa intervención del emperador romano pudo evitar que la catástrofe fuera mayor. Esta clase de intervención era las que todos los anteriores reyes del país y sus gobernadores territoriales, desde el mismo inicio del Estado, intentaron evitar con acciones preventivas y una política de vigilancia del régimen fluvial del río; el hombre podía hacer muy poco para evitar una crecida escasa o excesivamente copiosa, pero sí era posible que las autoridades se anticiparan a las consecuencias suministrando rápidamente al país las reservas alimenticias acumuladas y adoptando las medidas adecuadas para amparar a la población.


Mosaico con paisaje nilótico, Palestrina, Italia

Desde aquel año, Roma estuvo pendiente de la altura de las crecidas del Nilo consciente más que nunca de que del trigo egipcio que las naves alejandrinas traían a Roma vivía una parte importante de la población, la plebe frumentaria. Esa atención a la crecida durante los meses del verano se tradujo en súplicas y ofrendas a los dioses egipcios, por parte de los propios romanos, debido a un más que probable temor religioso a lo que pudieran hacer los dioses egipcios contra Roma.

El propio Plinio, de nuevo en su Panegírico a Trajano, ruega a los dioses egipcios que traigan la fecundidad a las tierras.

“Pero si las tierras poseen su propia divinidad, si los ríos poseen su propio genio tutelar, suplico al suelo de Egipto y al propio Nilo que, dándose por satisfechos con esta muestra de bondad de nuestro Príncipe, acojan en lo sucesivo la simiente en su dulce seno y la restituyan multiplicada.” (Plinio, Pan. 32, 3)

En Egipto se celebraban ritos y festivales para invocar y rogar al dios Hapy, divinidad favorecedora de las crecidas del Nilo, que proveyera al país con una inundación abundante y adecuada, lo que no solo quería decir que el volumen de agua de la crecida debía ser el suficiente, sino que también llegara a su debido tiempo y que se extendiera por la mayor cantidad posible de campos de cultivo (pero no más allá).


Río Nilo, Museos Vaticanos

Ante un prodigio había que actuar, primero identificando el dios del que procedía y después averiguando la ofensa de la que se quejaba. Por último, había que encontrar la satisfacción que solicitaba para aplacar su ira.

La procuratio prodigiorum era el conjunto de medidas que se tomaban ante un fenómeno prodigioso para contentar al dios y alejar su enemistad. Cada prodigio exigía una reparación o expiación adecuada a cada prodigio acontecido.

“Aquel año ocurrieron muchos hechos extraños y para conjurarlos el senado decretó dos días de rogativas: el vino y el incienso fueron proporcionados por el Estado; acudieron a las rogativas un buen número de hombres y mujeres.” (Tito Livio, X, 23)

Los paganos responsabilizaron a los cristianos de las catástrofes naturales y de las desgracias que se producían en el Imperio Romano como una consecuencia inmediata de su impiedad. El rechazo de los cristianos a reconocer la existencia de los dioses grecorromanos tradicionales suponía un delito, y conllevaba como efecto la venida de los desastres naturales, como demostración de la ruptura de la pax deorum.


Relieve con escena de sacrificio

Los dioses paganos elegían retirar su bendición hacia la sociedad romana, y despreocuparse de mantener el orden natural, porque una parte de la población, en este caso, los cristianos, se negaban a tomar parte en los honores que se les debían. Por tanto, eran doblemente culpables: por un lado, los desastres eran consecuencia inmediata del desprecio que los cristianos mostraban hacia las divinidades paganas; por otro lado, su negativa a participar en los ritos ofrecidos a los dioses para conjurar todas estas desgracias impedía recuperar el equilibrio original de la pax deorum.

Los escritores cristianos se dedicaron a defender su religión de tales acusaciones, como Tertuliano que recurre a la historia de Roma y a las numerosas catástrofes ocurridas antes del comienzo del cristianismo para demostrar que la nueva religión no podía ser responsable de todos los desastres que le atribuían.

Precisamente porque no me asombro, es necesario que lo exponga con detalle para que vosotros, al pasar revista, os asombréis de la gran necedad en que caéis cuando pretendéis consideramos causantes de todas las calamidades y desastres públicos. Si el Tiber se desborda, si el Nilo no se desborda, si el cielo se para, si la tierra tiembla, (si una epidemia) produce la ruina, si el hambre se abate, inmediatamente todos a una: «(muerte) a los cristianos!». Como si le dieran poca importancia o temieran otra cosa quienes (no temen) a Dios.
Supongo que provocamos estos ataques por despreciar a vuestros dioses. Como ya hemos dicho, todavía no tenemos doscientos años. ¿Cuántas calamidades antes de este espacio de tiempo han caído sobre el mundo entero, o sobre ciudades o provincias aisladas? ¿Cuántas guerras externas y civiles? ¿Cuántas pestes, hambres, incendios, corrimientos de tierra y terremotos ha soportado el mundo? ¿Dónde estaban los cristianos entonces, cuando Roma proporcionó tantas historias sobre sus desgracias?”
(Tertuliano, A los gentiles, I)



Cristianos en el anfiteatro, pintura de Leon-Francois Benouvillle

Bibliografía

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http://sedici.unlp.edu.ar/bitstream/handle/10915/10247/Documento_completo.pdf?sequence=1; TRAS LAS HUELLAS DE HORACIO: CARM., 1, 2 Y 4, 15; Joan Gómez Pallarès

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Ludi in palaestra, deportes y juegos en la antigua Roma


Mosaico con atletas, Túnez

Los romanos practicaron juegos y deportes porque consideraban que ejercitar el cuerpo al aire libre y en la naturaleza era fuente de salud y de bienestar físico, y lo tomaban como parte de la educación de los jóvenes.

“Por los dioses te pido
Que me confieses, Lidia, por qué con insaciables amores apresuras
De Síbaris la ruina.
¿Por qué odia el campo abierto,
si antes en él gozaba, y polvo y sol sufría?
¿Por qué ya no cabalga
en la marcial milicia,
Ni a los gálicos potros, con el dentado freno,
fogosidad les quita?
¿Por qué del padre Tíber
Las rojas aguas huye, y al jugo de la oliva
Teme más que al veneno
de la traidora víbora?
¿Por qué la señal cárdena de las armas no ostenta
su brazo, que solía
Arrojar siempre el disco
y el agudo venablo más allá de la línea?” (Horacio, Odas, I, 8)

En Grecia, desde los tiempos de Homero, la educación se fue alejando de su originaria finalidad militar para orientarse hacia el deporte competitivo. Entre los Romanos, pueblo de soldados – labradores, la educación de la juventud tenía un sentido práctico que no dejaba de lado el beneficio de la salud.

“El alma me duele cuando veo lo que soy ahora y me doy cuenta de lo que fui; en toda la juventud ática no había otro más hábil en el deporte: era feliz con el ejercicio del disco, la jabalina, la pelota, la carrera, las armas, la equitación, era un modelo para los otros por mi sobriedad y mi capacidad de resistencia, los mejores tomaban ejemplo de mí; ahora que ya no valgo nada, soy yo solo el responsable de haber llegado al estado en que me encuentro.” (Plauto, La comedia del fantasma, I, 2)


Niños jugando, Museo del Louvre, Foto de Marie Lan Nguyen

 El deporte griego se introdujo en Roma alrededor del 186 a. C. y a partir de entonces comenzaron los entrenamientos controlados y las dietas apropiadas para los atletas.  Los romanos admiraban a los atletas griegos, pero criticaba las pruebas atléticas porque incitaban al inmoralidad con su desnudez y creían que apartaban a los jóvenes del entrenamiento militar porque se preocupaban por cuidar el cuerpo.

En Roma ludus es un juego o adiestramiento con origen en los entretenimientos rústicos de pastores y campesinos. En la familia el padre adiestraba a los adolescentes en ejercicios que consistían en lanzamientos, luchas, equitación y natación.

Catón el Viejo hizo que su hijo se preparara con diversos ejercicios físicos para fortalecer su carácter:

“Por tanto, él mismo le enseñaba las letras, le daba a conocer las leyes y le hacía practicar la gimnasia, adiestrándole, no sólo a tirar con el arco, a manejar las armas y a llevar un caballo,  sino también a pegar con el puño, a soportar el calor y el frío y a vencer nadando contra las corrientes y los remolinos de los ríos.” (Plutarco, Catón, III, 20)

Con el paso del tiempo los deportes (ludi) se practicaron en ceremonias solemnes, como exhibición, más que como competición. Para los jóvenes nobles, la educación física no se centraba solo en la preparación militar. Durante el Alto Imperio algunos jóvenes se reunían en los collegia iuvenum consagrados a la práctica de ejercicios físicos, y sin finalidad militar precisa.

"Yo te aseguro que, en los primeros veinte años de tu vida, no te era posible apartarte un dedo de casa sin la compañía de tu preceptor. Si no estabas en el polideportivo antes de la salida del sol, no era chico el castigo que te imponía el prefecto, a lo cual se añadía aún, el que tanto el discípulo como el maestro quedaban entonces en mal lugar a los ojos de todos.
Allí se daban al ejercicio de la carrera, la lucha, la jabalina, el disco, el boxeo, la pelota, nada de golfas y de besuqueos. Allí era donde pasaban su tiempo y no en lugares sospechosos. A la vuelta del hipódromo y el polideportivo a casa, te sentabas en tu silla bien vestidito junto a tu maestro; cuando leías, si te equivocabas en una sola sílaba, te ponían los cueros con más manchas que el manto de una nodriza." (Plauto, Las dos Baquides, III, 3)


Mosaicos de atletas, Termas de Caracalla, Museos Vaticanos
  
Aunque los juegos atléticos no tuvieron la misma consideración que en Grecia, se practicaban carreras, lanzamiento de disco y jabalina y levantamiento de pesas, entre otros. Los nobles romanos que admiraban la cultura griega se dedicaban al boxeo y otros deportes de lucha, pero solo en privado, pues en público no estaba bien visto.

“Después de la lectura, dedicaba un tiempo a los ejercicios gimnásticos, al juego de pelota,
a las carreras o a luchas más suaves, y a continuación, tras darse una friega de aceite, se bañaba, pero nunca o casi nunca utilizaba el caldario, sino siempre una piscina, donde permanecía casi por espacio de una hora y, cuando aún estaba en ayunas, se bebía casi un sextario de agua fría del acueducto llamado Claudio.” (Historia Augusta, Alejandro Severo, 30)
  

Los juegos de pelota eran una actividad muy extendida y apreciada porque desarrollaban fuerza, resistencia y velocidad. En algunas villas se construía una pista especial para la práctica de estos juegos (sphaeristerium).

“Contigua a ellas se halla una maravillosa piscina de agua caliente desde la que los bañistas ven el mar. No lejos de allí hay un ala para jugar a la pelota, la cual durante las últimas horas del día recibe un sol muy cálido.” (Plinio, II, 17, 11)


Palestra, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

Algunos autores destacaban el efecto terapéutico que proporcionaba el ejercicio físico con pelota. Galeno defiende el ejercicio físico para la conservación de la salud; es la forma de ejercicio más completa para lograr un óptimo beneficio físico-corporal sus ventajas son la fácil adquisición del móvil de juego, la pelota; tiempo de dedicación limitado, y está al alcance de cualquier ciudadano, porque no necesita inversión económica.

“Y luego los esclavos de los señoritingos, que se ponen a jugar a la pelota aquí en mitad de la calle, los que la tiran y los que la devuelven, todos van a quedar aplastados bajo la suela de mis zapatos. O sea, que más les vale quedarse en casita y evitar su desgracia.” (Plauto, Curculio, II, 3)

Estos juegos se realizaban antes de entrar a los baños, aunque no todos eran partidarios de hacer tanto ejercicio físico durante su estancia en el recinto de las termas. Marcial dedicó un epigrama a un amigo filósofo que despreciaba tales actividades. 

"Ático, que revives los nombres de una familia elocuente y no dejas que una gran casa se quede en silencio, te hace de piadosa comitiva la secta de la cecropia Minerva, te aman los amigos de un sosegado retiro, te aman todos los filósofos. En cambio a otros jóvenes los corteja un entrenador con la oreja partida y un masajista sórdido les saca unos dineros que no se ha ganado. Ni el trinquete, ni el balón, ni la pelota rústica te preparan para el baño caliente, ni los golpes faltos de penetración de una simple espada de madera, ni abres estevados tus brazos llenos de un ungüento viscoso, ni yendo de una parte a otra robas balones llenos de polvo, sino que solamente corres en las cercanías de las aguas de la Virgen o bien donde el toro arde en el amor sidonio. Jugar a los más variados juegos, para los que sirve cualquier espacio libre, pudiendo correr, es un género de pereza." (Marcial, VII, 32)

Se consideraba un ejercicio global al permitir mover todos los miembros del cuerpo al mismo tiempo, con mayor o menor intensidad y por obligar a mantener atención constante durante el juego.

“Este ejercicio es el más suave de todos y, por tanto, muy útil para proporcionar descanso a los que lo necesitan, muy apropiado para recobrar la energía saludable, y el más idóneo para el anciano y para el adolescente.” (Galeno)

Aunque un ejercicio tan agotador podía acarrear consecuencias físicas si no se estaba bien preparado.

“El resto de nosotros jugó con un grupo de estudiantes, haciendo lo mejor que pudimos en tan saludable ejercicio con unos miembros que las ocupaciones sedentarias hacían demasiado rígidos para correr-. Y ahora el ilustre Filimatio se lanzó entre los jugadores, como el héroe de Virgilio “osando posar su mano en la tarea de la juventud,” él había sido un magnífico jugador en sus años jóvenes. Pero continuamente era sacado de su posición entre los jugadores quietos por el ataque de algún corredor desde el centro, y conducido al centro del campo donde la pelota le pasaba de largo, o por encima de su cabeza; y no conseguía interceptarla. Más de una vez se cayó de bruces, y tenía que levantarse lo mejor que podía; por supuesto fue el primero en retirarse del stress del juego, sin aliento por culpa del ejercicio y con agudos dolores en el costado por la inflamación del hígado.” (Sidonio Apolinar, V, 17)


Relieve con juego de pelota, Museo Arqueológico Nacional de Atenas

Entre los griegos se jugaba al episkyros en el que había doce jugadores por equipo que debían pasar la pelota al otro lado de la línea contraria tantas veces como fuera posible. Lo más importante era que todos los jugadores debían actuar unidos como un equipo para lograr el objetivo. La labor individual era muy criticada.

“Encima del vestidor se halla la sala destinada al juego de la pelota, lo suficientemente amplia como para que puedan practicarse en ella al mismo tiempo muchos tipos de juegos de pelota entre varios grupos de jugadores." (Plinio, V, 6)


Tumba dei Pinti, Museo Nacional Romano, foto de Sebastiá Giralt

El harpastum romano se jugaba con dos equipos, que podían variar en número de jugadores, en un terreno rectangular, delimitado con líneas y otra línea dividía el campo en dos mitades. La pelota tenía que ser lanzada detrás de la línea de meta del adversario. Se hacían pases, se esquivaba y los miembros de un equipo tenían ya diferentes tareas tácticas, mientras el público los animaba con gritos en transcurso del juego.
Cogiendo la pelota, disfrutaba pasándosela a uno, al tiempo que esquivaba a [otro; se apartaba de uno, y hacia levantarse de nuevo a otro, con sonoros gritos:
«¡Fuera! /Larga! /Junto a él! /Sobre él! /Abajo!
/Arriba! ¡Corta! /Pásala en picado!

Ateneo escribió lo siguiente sobre el juego de harpastum.

El harpastum, que solía llamarse phaininda, es el juego que más me gusta. Grandes son el esfuerzo y la fatiga que acompañan a las contiendas de las jugadas, y la violenta torcedura y viraje del cuello. De aquí que Antífanes diga, "¡Maldición!, qué dolor que tengo en el cuello". Él describe el juego de phaininda esta manera:

El llamado phoúlliklon (era, según parece, una especie de pelota) lo inventó Ático de Neápolis, entrenador de Pompeyo el Grande, para los ejercicios gimnásticos. El baile con pelota denominado harpastón se llamaba antes phaininda, que es el que yo prefiero de todos.


El juego de trigon se jugaba con tres jugadores parados en las esquinas de un triángulo, y se jugaba con una pelota dura (pila trigonalis), que parece ser que no rebotaba y que se pasaba de un jugador a otro.
Este juego le sirve a Marcial como excusa para criticar a un tal Menógenes, quien con tal de ser invitado a cenar llega a hacer trampas apuntando sus tantos ganados en la cuenta de un posible anfitrión.

“No es posible deshacerse de Menógenes en las termas y en los alrededores de los baños, por más que emplee uno toda su maña. Cogerá con su derecha y con su izquierda el tibio trigón, para apuntarte a ti en muchas ocasiones las pelotas ganadas. Recogerá y te traerá del polvo el balón fofo, aunque ya esté bañado y hasta calzado.” (Marcial, Epig.)

La pila paganica tenía origen campesino y se usaba en juegos sin violencia.

"Sin desvestimos, nos pusimos a caminar, o más bien a callejear. Comenzamos a errar loqueando, y llegamos a un círculo de histriones, en el que vimos a un viejo calvo, vestido de una túnica roja, y jugando a la pelota con jóvenes esclavos de cabellos largos y flotantes. Admirábamos la belleza de los esclavos y la agilidad del viejo, y vimos que en cuanto una pelota tocaba el suelo, era rechazada fuera del círculo; un siervo, con una cesta elegante llena de pelotas, proporcionaba las necesarias para el juego. Entre otras novedades, notamos dos eunucos colocados en los dos extremos del círculo, de los cuales, el uno tenía en la mano un vaso nocturno de plata y el otro contaba las pelotas, no las que los jugadores se lanzaban unos a otros, sino las que caían al suelo y eran desechadas." (Petronio, Satiricón, XXVII)




El follis era una pelota utilizada principalmente por niños y ancianos debido a su poco peso, que se elaboraba inflando la vejiga de un animal a la que se recubría con lana o piel.

“Marchaos lejos, jóvenes. A mí me cuadra una edad delicada: al balón está bien que jueguen los niños; al balón, los ancianos." (Marcial, Epig. 14, 47)


Pelota romana hecha con vejiga de cerdo

En la civilización grecorromana se conocían tres tipos de combate cuerpo a cuerpo: la lucta, el pugilatus y el pancratium. En la lucta los combatientes podían utilizar las piernas para hacer zancadillas y el objetivo era vencer al contrario haciendo que tocase tierra con cualquier parte del cuerpo por tres veces. El pugilatus es el precedente del actual boxeo, pero más brutal, donde casi todo estaba permitido: se podía golpear con el puño o con la mano. Los púgiles boxeaban sin descanso hasta que uno de ellos quedaba inconsciente o bien levantaba la mano derecha en señal de abandono.


Luchadores, Museo Británico

Para el antiguo pugilato se preparaban metiendo cuatro dedos en una especie de guante y lo enrollaban de forma que quedara como un puño cerrado, luego lo sujetaban por abajo con un cordel que, a modo de soporte, descendía hasta el codo. Los romanos introdujeron una novedad notable, permitiendo a los púgiles utilizar el caestus, una pieza de bronce que se ajustaba al puño, antes de envolverlo con las cintas de cuero. El caestus convertía al puño en una verdadera maza capaz de romper una mandíbula de un solo golpe, o provocar hematomas y heridas terribles. En este deporte, los romanos no demostraron la más mínima precaución para prevenir lesiones irreversibles en los púgiles.

Combatían desnudos, como los héroes, o apenas cubiertos con un faldellín atado a la cintura. Podían usar protectores para las orejas de lana cubierta de cuero y sujetos por el mentón. Estos luchadores solían quedar desfigurados después de un combate, y verles sangrar por la nariz era lo más habitual.

“Cuando al cabo de veinte años, sano y salvo, Odiseo volvió a su casa, fue reconocido por Argos, su perro, que le vio. Pero tú, Stratophon, tras haber combatido durante cuatro horas, ni siquiera has sido reconocido por los perros, sino por la ciudad que te vio nacer. Si te atreves a mirarte en un espejo, dirás tú mismo: «Yo no soy Stratophon», y te maldecirás.” 
(Lucilio, Antologia Palatina)

Y el pancratium era un combate a medio camino entre las dos modalidades anteriores, donde, con las manos desnudas, estaba permitido todo tipo de golpes, con puños y piernas, presas y dislocaciones, a excepción de meter el dedo en el ojo y de morder al contrincante.


Luchadores de pancracio, Galería de los Uffizi, Florencia, Italia

La palestra o patio porticado anexo a las termas era el lugar al que en la Antigüedad la gente acudía para realizar ejercicios gimnásticos y los atletas para entrenarse bajo la supervisión del paidotribes, entrenador. Séneca se quejaba de los ruidos que provenían de la palestra anexa a los baños sobre los que tenía su vivienda.

“He aquí que por doquier me rodea un griterío abigarrado; habito encima de una casa de baños. Imagínate ahora toda clase de gritos que pueden resultar odiosos a los oídos. Cuando los más vigorosos (atletas) se ejercitan y lanzan sus manos cargadas de plomo, cuando se fatigan o simulan al que está fatigado, oigo gemidos; cuantas veces dejaron escapar el aliento contenido, oigo silbidos y respiraciones muy penosas; cuando se trata de algún perezoso y que se contenta con esa unción plebeya, oigo el chasquido de la mano que choca con las espaldas, que llega bien llana o cóncava y cambia su ruido según sea. Pero si ha llegado un jugador de pelota y empieza a contar (los tantos de) las pelotas, es el acabose… añade a esos que saltan a la piscina con el ruido ingente del agua que ha sido agitada.” (Séneca, Epis. 56)

En las palestras practicaban con un saco de cuero relleno de harina o arena llamado follis pugillatorius y disponían de pesas para ejercitar los brazos, de cuya fuerza dependía la victoria en el combate.

Tracalión: ¡Por Hércules, en seguida te convertiré en una pelota de boxeo y, una vez colgado, te destrozaré a puñetazos, maldito perjuro! (Plauto, Rudens, III, 3)

Un famoso luchador de pancracio Marco Aurelio Asclepíades que vivió en Alejandría en el siglo II d.C.  dejó el relato de sus hazañas deportivas, que parecen haber sido numerosas y de éxito.

IG xiv "Yo, Marco Aurelio Asclepíades, también llamado Hermodoro, [...] fui guardián jefe del templo del gran Serapis, pontífice del xistos (asociación) de los atletas, xistarco vitalicio, jefe de las termas imperiales, ciudadano de Alejandría, de Hermópolis, de Puteoli y de Nápoles, concejal de Elis y de Atenas, e hijo adoptivo y concejal honorífico de muchas otras ciudades. Fui periodonikes, invicto en el pancracio. Nunca fui descalificado [...]

 No apelé nunca contra una infracción y no se atrevió nunca nadie a apelar contra una infracción cometida por mí [...] Nunca participé en una competición con el fin de ganar los favores reales [...] He luchado en tres países: Italia, Grecia y Asia y triunfé en los campeonatos siguientes, siempre en el pancracio: en la 240ª edición de los Juegos Olímpicos en Pisa, en los Juegos Píticos de Delfos, dos veces en los Juegos Ístmicos y dos veces en Nemea, en Argos en las Hereas, en Roma dos veces en las Capitolia, dos veces en Puteoli en las Eusebeia y dos veces en Nápoles en las Sebasta, además dos veces en Nicópolis en las Actia y cinco veces en las Panateneas de Atenas etc., etc. Después de seis años de competiciones, me retiré del atletismo, a la edad de veinticinco años, a causa de los riesgos y de la envidia que suscitaba. Transcurrido mucho tiempo desde mi retirada no pude resistir más la insistencia de otros y triunfé en el pancracio durante la sexta Olimpíada en mi patria, Alejandría". (IG, XIV)


Estatua de luchador, Museo Nacional Romano, Roma

Dión de Prusa escribió dos elogios de Melankomas, atleta de Caria, que falleció joven hacia el año 70 d.C. Proporcionó una imagen ideal del atleta perfecto, pues usando sus tácticas especiales, Melankomas consiguió conservar su belleza a lo largo de su carrera en el boxeo. Debido a su condición excepcional y su extraordinaria resistencia lograba mantener los brazos en alto para defenderse y no recibir golpes en la cara — hasta que sus rivales caían agotados. Defiende su muerte temprana como signo del aprecio de los dioses por los vencedores.

 “Era ―dice― un joven muy alto y hermoso, pero su cuerpo parecía más alto todavía, y hermoso, como es natural, por los ejercicios que practicaba pues realizaba unos ejercicios brillantísimos y muy inteligentes, tanto que más bien parecía un atleta en plena competición.”
“Y aunque combatía en boxeo, se mantenía sano como los corredores. Se entrenaba con tanto esfuerzo, que podía permanecer hasta dos días seguidos con las manos levantadas. Y nadie le veía ni bajar las manos ni descansar, como hacen normalmente los demás atletas. Obligaba a sus contrincantes a retirarse no sólo antes de que él recibiera ningún golpe, sino incluso antes de que él se los diera. Pues no creía que fuera valentía herir o recibir heridas, sino más bien propio de aquellos a los que faltaban reflejos o de los que pretenden terminar pronto el combate. Sin embargo, creía importante aguantar lo más posible sin dejarse vencer por el cansancio de los brazos, ni llegar a fatigarse o rendirse por el calor.
Tengo la impresión de que los dioses lo amaron muchísimo y de que lo honraron grandemente en su muerte, de modo que no probase ninguna de las pesadumbres de la vida. Pues de haber seguido envejeciendo, se hubiera hecho más feo después de ser tan hermoso, y más débil después de ser tan fuerte, y quizás hasta hubiera sido vencido. El que, después de realizar las mejores hazañas, muere en medio de los mayores éxitos, ese muere en plena felicidad. Hasta entre los antiguos se puede ver que los amados de los dioses mueren jóvenes." (Dión de Prusa, Orat. 28)


Mosaico de luchadores, Museo de Sfax, Túnez

Los atletas luchadores pertenecían a asociaciones, pues no podían combatir de forma particular y podían conseguir, una vez alcanzada la fama, la ciudadanía romana, si habían nacido fuera de Roma o podían librarse de pagar impuestos o de alistarse en el ejército.
Algunos luchadores parecen haberse ejercitado en todos los tipos de lucha conocidos y admitidos en las pruebas deportivas llegando incluso a participar en las competiciones en una a continuación de la otra.

“Como ves, extranjero, el broncíneo poder en la imagen de Clitómaco, vio la Hélade su fuerza.
De quitar de su mano termina los guantes sangrientos del púgil y hacia el fiero pancracio se encamina.
Ni en la prueba tercera manchó sus espaldas, y obtuvo sin morder el polvo los tres premios del Istmo.
Único Heleno así honrado, su triunfo es corona para Tebas la insigne y Hermócrates su padre”.
(Antología Palatina, 550)


Los escritores cristianos se pusieron en contra de los combates de lucha y criticaron el ansia de gloria y dinero de los luchadores, y la agresividad del juego.

Tertuliano, escandalizado, criticaba los Juegos Pitios de Cartago, pues no otorgaba ningún mérito al sufrimiento del atleta, sino que lo considera gratuito y desgraciado.

"En el momento presente vemos cómo cada una de las ciudades vecinas perturba la tranquilidad de Cartago, felicitándola porque ha sido beneficiada con los juegos píticos, envejecido ya el estadio. Así pues, al público le place muy bien comparar los ejercicios de las distintas disciplinas, juzgar sobre la habilidad de los cuerpos y de las voces, opinando sobre quién es el mejor que ha de recibir el premio, pues le ha producido mayor placer. Por este motivo los combatientes van desnudos; se producen algunas heridas; los puños golpean, los talones sacuden, los guantes de combate desgarran, los látigos destrozan. [...] se comercia allí con las contusiones, los golpes que producen sangre y moratones: [...] todo esto para obtener a cambio coronas, gloria, dinero, privilegios públicos, sueldos cívicos, imágenes, estatuas y, en la medida que el público puede darla, la eternidad por la fama y el recuerdo de la memoria." (Scorpiace, 6)


Detalle de mosaico con luchadores, Museo Gettty, foto de Mary Harrsch

Los griegos y después los romanos utilizaron objetos como discos, jabalinas y pesas o halteras para aumentar la fuerza y mejorar la salud. El médico Galeno recomendaba ejercicios con pesas para combinar la fuerza con la velocidad. Según él los ejercicios eran rápidos si se hacían sin las halteras y violentos los realizados con ellas. A pesar de su aparente efecto positivo, el epigramista Marcial consideraba más práctico cavar una viña que levantar pesas.

“¿Por qué se pierden tus fuertes brazos con estúpidas pesas? Entrena mejor a los hombres la cava de una viña.” (Epigramas, XIV, 49)


Pintura de discóbolo, Stabbia, Italia

Las carreras atléticas no eran tan populares para los romanos, sin embargo, César ordenó la construcción de un estadio de madera para la celebración de carreras durante tres días y Domiciano mandó construir el Stadium Domitiani para celebrar competiciones.
Durante el siglo I d. C. se hacían carreras pedestres en el circo Máximo y según Plinio hasta los niños participaban en ellas.

“Y ahora mismo sabemos perfectamente que algunos en el circo resisten ciento sesenta mil pasos y que hace poco, durante el consulado de Fonteyo y Vipstano, (año 59 d. C.) un niño de ocho años recorrió setenta y cinco mil pasos desde el mediodía hasta el atardecer.” (Plinio, Historia Natural, VII, 84)

La especialidad deportiva, quinquertium, ya practicada entre los griegos, se componía de salto de longitud, lanzamiento de jabalina y disco, carrera en el estadio y lucha.
 Aunque las carreras deportivas no eran muy apreciadas por el público, la carrera era un ejercicio físico accesible para muchos ciudadanos, sobre todo, los que poseían una propiedad donde disponían de recorridos y en los que con ayuda de algún esclavo podían correr hasta cansarse e incluso medir y comparar sus fuerzas.
Seneca dejó en sus cartas la experiencia de correr junto a un esclavo, probablemente un niño y señaló cómo sus fuerzas iban mermando con el tiempo.

¿Preguntas por mis compañeros de ejercicios? Uno solo me basta: Fario, joven, como sabes, amable; pero lo cambiaré: ya busco alguien más joven… apenas puedo tú ves qué útil es el ejercicio diario. En seguida llega a haber gran distancia entre dos personas que van en dirección opuesta: al mismo tiempo, él sube, yo bajo, y no ignoras con cuánta más velocidad va una cosa que otra. ¿preguntas cómo ha resultado nuestro certamen de hoy? Como pocas veces sucede a los corredores, hemos llegado a los dos a la vez. (Epístola 83)


Estatuas de corredores, Villa de los Papiros, Herculano, Museo Arqueológico de Nápoles

Aunque la práctica del deporte entre las mujeres no estuvo muy extendida en el mundo grecorromano y las competiciones atléticas femeninas no fueron muy abundantes ni llegaron a atraer la atención de los espectadores de forma masiva, si hay constancia de que algunas se dedicaron a participar en actividades deportivas, como la inscripción dedicada por un padre a sus tres hijas.

Inscripción de Delfos (SIG III 802):

Hermesianacte, hijo de Dionisio, ciudadano de Cesarea Trales, y también de Corinto, lo dedica a sus hijas, que tienen también ellas las mismas ciudadanías,

a Trifosa, que venció en los Juegos Píticos cuando eran agonotetas Antígono y Cleomáquidas, y en los Juegos Ístmicos cuando era agonoteta Juvencio Proclo, en la carrera del estadio de manera sucesiva, la primera entre las doncellas,

a Hedea, que venció en los Juegos Ístmicos cuando era agonoteta Cornelio Pulcro en la carrera de carros armados, y en los Juegos Nemeos en la carrera del estadio cuando era agonoteta Antígono, y en Sición cuando era agonoteta Menetas; y venció también en la competición de niños citaredos en los ‘Sebastia’ de Atenas cuando era agonoteta Novio, hijo de Filino, …

 a Dionisia, que venció [ ] cuando era agonoteta Antígono, y en los Juegos de Asclepio en la sacra Epidauro cuando era agonoteta Nicótelo, en la carrera del estadio.

Dedicado a Apolo Pitio


Mujer espartana corriendo, Museo Británico

En Roma, como en Grecia, las disciplinas deportivas más características de las mujeres siguieron siendo las carreras pedestres y los juegos de pelota, a pesar de que algunos autores no consideraban adecuados a la naturaleza de las puellae ciertas prácticas deportivas, como Marcial, que critica ferozmente a algunas mujeres en sus epigramas por dedicarse a ellas.

“Juega también al harpastum en sujetador y se pone amarilla de albero y las halteras pesadas para los culturistas las voltea con fácil brazo y, llena del barro de la cenagosa palestra, recibe una paliza con el látigo de un entrenador lleno de aceite.” (VII, 67)



Mosaico con atletas, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

Juvenal deja claro que las mujeres se ejercitaban en la palestra y recibían masajes al igual que los hombres.

“De noche se encamina a los baños, de noche ordena movilizar  los frascos de ungüento y su logística; disfruta sudando en medio de un gran jaleo.
Cuando se le caen los brazos agotados por las macizas pesas, el hábil masajista presiona con sus dedos en el pubis y obliga a la nalga de la señora a dar un quejido.” (Sátira VI)


 Bibliografía:

www.academia.edu/3740334/Eros-Tánatos. El_amor_de_por_la_muerte_en_los_combates_pugilísticos_en época romana. Ἔρως θανάτου. El amor de/por la muerte en los combates pugilísticos en época romana. Sabino Perea Yébenes
http://www.raco.cat/index.php/FairPlay/article/view/291719; El deporte atlético en Roma. Un estudio acerca de la idea de Bien en el deporte, Fair Play. Revista de Filosofía, Ética y Derecho del Deporte, vol. 3 n.1, 2015; Adolfo J. Sánchez Hidalgo
http://forodeeducacion.com/ojs/index.php/fde/article/view/160/117; LOS DEPORTES Y ESPECTÁCULOS DEL IMPERIO ROMANO VISTOS POR LA LITERATURA CRISTIANA; Pablo Arredondo López
http://pendientedemigracion.ucm.es/centros/cont/descargas/documento8399.pdf; EL DEPORTE FEMENINO EN LA ANTIGUA GRECIA; Fernando García Romero
www.cafyd.com › Inicio › núm. 18 › Paredes Ortiz; El deporte como juego: un análisis cultural; Jesús Paredes Ortiz
www.ucm.es/centros/cont/descargas/documento17575.pdf; Deportes y juegos de pelota en la antigua Grecia; Fernando García Romero
La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio; Jerome Carcopino, Temas de Hoy
Sport in the Cultures of the Ancient World: New Perspectives; Zinon Papakonstantinou(ed.); Google Books