sábado, 6 de septiembre de 2014

Mater familias, madre en la domus en la antigua Roma

Agripina, la Mayor, Museo Nacional, Roma


El vínculo matrimonial fue la institución jurídica y social que otorgó a las mujeres el estatus de materfamilias. A través del mismo se establecían y  creaban alianzas sociales, políticas y económicas entre diferentes familias.
 El dominio bajo el que se sometían las mujeres al casarse era conocido como manus, que daba al marido todos los derechos sobre su esposa, quien  dependía del estatus del marido y  quedaba bajo su potestad si este era paterfamilias.
Los casamientos los decidía el pater familias por motivos políticos o económicos, sin que los deseos de los contrayentes se tuvieran en cuenta. El novio y la novia apenas se conocían antes del matrimonio y el futuro esposo solía ser bastante mayor que su esposa en muchos de los enlaces de conveniencia. Es por ello que los matrimonios no siempre disfrutaban de una feliz convivencia  y permanecían unidos solo mientras las circunstancias sociales lo requirieran.

“Cualquier animal, cualquier esclavo, ropa, o útil de cocina, lo probamos antes de comprarlo, solo a la esposa no se le puede examinar para que no disguste al novio antes de llevarla a casa. Si tiene mal gusto, si es tonta, deforme, o le huele el aliento, o tiene cualquier otro defecto, solo después de la boda llegamos a conocerlo.” (Séneca)

Familia Romana, Alma-Tadema

La importancia social de la mater estaba fundamentada no solo en su papel de procrear hijos para su marido, sino también en formar a los niños, futuros cives, en los deberes cívicos y los valores romanos: pietas, fides, gravitas, virtus, frugalitas. Las niñas eran instruidas en las labores propias del hogar: bordar, hilar, preparar la lana y actividades afines con su futura función de materfamilias.
Las jóvenes usualmente contraían matrimonio entre los doce y dieciocho años, por esta razón debían prepararse desde edad temprana para llegar a ser compañeras de su esposo y administradoras del hogar, cuidar los bienes y velar por el buen funcionamiento de la domus.


La mujer romana pasaba de la autoridad paterna a la de su marido al contraer matrimonio. Aunque no tenía los mismos derechos que los varones, podía salir de casa para hacer visitas, asistir a actos públicos y espectáculos y participar en banquetes. Como madre se ocupaba de los hijos varones hasta los siete años, cuando pasaban a ser educados en su casa con la supervisión del padre o asistían a escuelas. Las hijas de las familias nobles recibían lecciones junto a sus hermanos varones. Las madres de familias ricas que no deseaban amamantar a sus hijos recién nacidos tenían una esclava que lo hacía en su lugar y que se convertía en su nodriza o contrataban una mujer durante el tiempo necesario.
Plinio el Joven relata la muerte de Minicia Marcella, en vísperas de su boda. La joven poseía todas las virtudes necesarias para convertirse en una materfamilias.

"No había cumplido aún trece años y ya mostraba la sabiduría de una anciana y la dignidad de una madre de familia, al tiempo que conservaba, no obstante, la dulzura de una niña y el pudor propio de una joven virgen." (Plinio, V, 16)

Un epitafio del siglo II a.C. de la época de los Gracos señala las virtudes femeninas ideales:
“Extranjero, no tengo mucho que decirte. Esta es la tumba no hermosa de una mujer que fue hermosa. Sus padres la llamaron Claudia. Amó a su marido con todo su corazón. Dio a luz dos hijos. Uno lo deja en la tierra, al otro lo ha enterrado. Amable en el hablar, honesta en su comportamiento, guardó la casa, hiló la lana…” (C.I.L. Berlín)

El estatus de una mujer dependía de su filiación como hija, esposa o madre de un cives romano. La posición social y la dignidad de una matrona estaban  íntimamente ligadas a su compañero. Si el varón era respetado en la sociedad, su consorte podría tener una consideración similar.
Aunque existió la posibilidad de la separación de la vida en común por el divorcio, la máxima aspiración de los latinos con respecto a sus mujeres fue la perpetuación de la fidelidad en la unión matrimonial.
Se consideraba algo virtuoso en una mujer que se casara una sola vez.
"Claudia Rufina, aunque sea oriunda de los cerúleos britanos, ¡qué alma de la raza latina tiene!  ¡Qué hermosura de porte! Romana pueden pensar que es las matronas itálicas, las áticas, que es suya. Demos gracias a los dioses porque, fecunda, le ha dado hijos a su virtuoso marido y porque espera tener yernos y nueras, siendo una niña. ¡Ojalá quieran los dioses que sea ella feliz con su único marido y que sea feliz siempre con sus tres hijos!" (Marcial, XI, 53)


El riesgo de una infidelidad que hiciera peligrar el honor y la legitimidad  de la estirpe sucesoria conllevaba en muchos hogares la preocupación del pater familias por proporcionar esclavos y criados que acompañaran a las mujeres en sus salidas. La confirmación de una infidelidad podía llevar al repudio de la esposa, pero no era causa de divorcio si el infiel era el marido.

Sira: “¡Pobres mujeres! ¡Qué dura es la ley a la que viven sometidas, y cuánto más injusta que la que se aplica a sus maridos! Porque, si un marido tiene una amiga a escondidas de su mujer y ésta se entera, nada le ocurre al marido. Pero si una mujer sale de casa a escondidas del marido, éste la lleva a juicio y la repudia. Si la mujer que es honrada se conforma con un solo marido, ¿por qué no ha de conformarse el marido con una sola mujer? (Plauto, Mercator)

El amor entre los contrayentes no era un aspecto a considerar entre los nobles romanos, pero hay pruebas de que algunos llegaban a alcanzar el amor o por lo menos la armonía conyugal. Plinio El Joven alaba las condiciones de su mujer Calpurnia, que la hace una esposa ideal:

“Es una mujer de una aguda inteligencia y una extraordinaria moderación, y me ama, lo que es una buena prueba de su honestidad. A todas estas cualidades hay que añadir su interés por la literatura, que ha nacido en ella por su afecto hacia mí… Todo ello me lleva a tener la más firme esperanza de que nuestra concordia durará siempre y será mayor de día en día, pues no ama en mí mi juventud o mi belleza física, atractivos que poco a poco se marchitan y envejecen, sino mi gloria.” (Plinio, Ep. IV, 19)

Este amor entre los esposos podía llevar al rechazo del divorcio a pesar de la falta de los hijos, aunque la procreación y la perpetuación de la familia era el objetivo principal del matrimonio. En la célebre Laudatio Turiae, elogio de un noble a su difunta esposa, éste rechaza el divorcio que ella le propone ante la imposibilidad de tener hijos:

“Para ti, realmente, ¿qué feliz recuerdo cuando intentaste serme de utilidad, para que al no poder tener hijos contigo, pudiera por lo menos obtener la fecundidad que no esperabas de ti con el matrimonio con otra mujer?

Plutarco justifica la infidelidad masculina como un comportamiento respetuoso hacia la esposa, siguiendo la mentalidad de la época en la que a la mujer se le exigía un comportamiento virtuoso dentro del matrimonio legalmente contraído.

“Por tanto, si algún hombre en su vida particular, licencioso y disoluto en relación con los placeres, comete alguna falta con alguna concubina o sirvienta joven, conviene que su mujer no se enoje ni irrite, considerando que su marido, porque siente respeto por ella, hace partícipe a la otra de su embriaguez, libertinaje y desenfreno”. (Coniug. Praec.  16)

El pudor sexual  en la alcoba matrimonial recaía en la mujer a la que se le vetaba la iniciativa en el acercamiento sexual, pues se consideraba socialmente inadmisible.

"Sin guardar, Lesbia, y abiertas siempre tus puertas, pecas y no ocultas tus devaneos y te causa más placer un mirón que un adúltero y no te son gratos los goces, si se quedan ocultos algunos". (Marcial, I, 34)


La consideración positiva de la educación femenina muestra una sociedad patriarcal, donde la instrucción de las mujeres patricias fue apreciada y considerada importante para preparar a las jóvenes en su función de madres.

“… se consagró a la educación con cuidado escrupuloso; halló a los mejores preceptores que había disponibles y ejerció sobre ellos una profunda influencia, pues era una mujer bien educada, excelente en el habla y conversación, y de una gran fortaleza de carácter.” (Plutarco, Vidas Paralelas, T. Graco I)

Numerosas mujeres de clase alta en Roma, aun careciendo incluso de derechos políticos y con los derechos civiles  bajo la tutela  del hombre, lograron obtener y gozar de ciertos niveles de influencia, aunque fuese indirectamente, en la vida pública, y alcanzaron una independencia económica que les permitió cierto grado de liberación y de privilegio. Pero con  la adquisición de mayor libertad durante el Imperio, algunos autores empezaron a asociar a las mujeres educadas con la moral licenciosa, el libertinaje sexual y la ostentación.

Museo Arqueológico de Nápoles

Las mujeres de la aristocracia romana no tenían la misma distinción de vestuario que sus maridos y excepto por alguna variación de color y tejido, el estilo de los vestidos femeninos era relativamente simple e invariable, así que tenían que incidir en los complejos estilos de peinado y en las joyas para sobresalir entre otras mujeres.
Las mujeres llevaban una cinta delgada para sujetar el pecho (strophium) y la túnica interior (subucula), una camisa, con o sin mangas, que bajaba hasta la rodilla.
Tras su matrimonio la mujer romana completaba su atuendo con la stola, especie de camisa rectangular, abierta en los dos lados superiores; los extremos abiertos se sujetaban a los hombros por medio de broches y fíbulas. Debajo del pecho se sujetaba al cuerpo por medio de un cinturón (zona). A veces se decoraba con una cenefa bordada unida al pie del traje, llamada instita.
A finales de la República todas las mujeres casadas según la ley romana tenían derecho a llevarla, lo que proclamaba su respetabilidad y adhesión a las tradiciones.
Las mujeres respetables se cubrían con un largo manto, la palla, encima de su túnica y stola cuando salían a la calle. Esta se confeccionaba principalmente de lana, aunque para el verano el lino, el algodón y la seda se utilizaron también. Envolvía el cuerpo desde los hombros a las rodillas, aunque podía caer hasta los tobillos. Se llevaba por encima de la cabeza como un velo; alrededor del cuerpo, echado por los hombros como un chal, o incluso alrededor de las caderas. No se abrochaba y se podía sujetar con la mano.

Mujer con palla, Museo Nacional Roma

Con la llegada del Imperio y la conquista de nuevos territorios se facilitó la entrada de telas y tintes hasta el momento desconocidos que proporcionaron gran variedad a la vestimenta de las matronas romanas y que en algunos casos alcanzaban precios desorbitados.  Su uso no era siempre bien visto en la sociedad romana.

“Veo vestidos de seda, si pueden llamarse vestidos a unos tejidos en los que no hay nada que pueda proteger el cuerpo, ni siquiera el pudor. Una vez puestos, una mujer jurará, sin que se le pueda dar crédito, que no está desnuda. Eso es lo que hacemos traer de oscuros países, con inmensos gastos, para que nuestras mujeres no enseñen más de sí mismas en sus habitaciones, que en público, ni siquiera ante sus amantes.” (Séneca, De Benef. VII,9)

La matrona romana dedicaba gran parte del día a su adorno personal, tenía esclavas que la maquillaban y peinaban, la ayudaban a vestirse y le preparaban las joyas y complementos que iba a ponerse cada día. Collares, pendientes, brazaletes y anillos se adornaban con piedras preciosas y perlas.

Tocador de Matrona romana, Juan Jiménez Martín 

Para adornar el cabello se recurría a  diademas de oro y gemas, redecillas tejidas con hilos de oro o perlas, coronas con flores y hojas entrelazadas y cintas de color púrpura.
Las críticas de los escritores romanos al uso excesivo de joyas, afeites y vestidos caros por parte de las matronas romanas fue constante y aumentó con la llegada de los valores cristianos. Durante la república y el Imperio se decretaron leyes para evitar el abuso del lujo, aunque algunas se abolieron o no llegaron a cumplirse.

“Pues como si la mano del Señor le hubiera dado un rostro imperfecto y necesitara perfeccionarlo, se ciñe la frente con diademas de margaritas y rodea su cuello con sartas de pedrería, o cuelga de sus orejas las pesadas esmeraldas. Entreteje las perlas con sus sedosos cabellos y moldea su peinada cabellera con cadenitas de oro.” (Prudencio, Hamartigenia)

Las ricas mujeres romanas llevaban la mappa, un pañuelo para limpiarse el polvo o el sudor de la cara. El flabellum, abanico de plumas, aliviaba del calor. Para protegerse del sol salían de casa con una sombrilla. Era costumbre sostener una bola de ámbar en la mano para proporcionar un olor agradable.

La fiesta de las  Matronalia, el 1 de Marzo, se convirtió en una celebración femenina, popular, que integraba elementos profanos y religiosos. Los primeros se desarrollaban en la domus, mientras los segundos lo hacían en el templo de la diosa, es decir en un lugar público.
La fiesta comenzaba con un acto social y familiar en la propia vivienda, en la que la dueña era honrada por su esposo, con lo que se pretendía una exaltación del matrimonio; la matrona también dirigía a su marido palabras de agradecimiento. Como mater familias recibía regalos de sus parientes y amigos, convirtiéndose en la protagonista de la jornada en el seno de su hogar.  La actividad continuaba con un banquete, en el que se modificaba el orden social, ya que la matrona servía la comida a sus esclavos y esclavas, al igual que el pater lo hacía durante las Saturnalia.

Juno, Petit Palais, París
Este acto privado se acompañaba de una celebración pública, consistente en visitas al templo de la diosa Juno Lucina a quien se realizaban ofrendas, que consistían en guirnaldas de flores, leche y miel. A la diosa se le pedía protección en el parto y se invocaban virtudes tales como el pudor y la castidad.

“Traed flores a la diosa; con plantas floridas se regocija esta diosa; ceñid vuestra cabeza con flores tiernas. Decid: “Tú, Lucina, nos diste la luz.” Decid: “Atiende tú las plegarias de la parturienta.” Y toda la que se halle embarazada, suéltese el pelo y rece para que ella resuelva su parto sin dolor.” (Ovidio, Fastos, III)



Bibliografía:

biblio.juridicas.unam.mx/libros/4/1855/18.pdf, La mujer romana a través de las fuentes literarias y jurídicas, Martha Patricia Irigoyen Troconis
emerita.revistas.csic.es/index.php/emerita/article/download/1050/1095, Contaminaciones entre la matrona ideal y la puella elegíaca, Eulogio Baeza Angulo y Valentina Buono
dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2531500, Imágenes y prácticas religiosas de la sumisión femenina en la antigua roma. El culto de «Juno Lucina» y la fiesta de «Matronalia, Rosa María Cid López
revistas.ucr.ac.cr/index.php/kanina/article/download/1222/1285, Una aproximación a los ideales educativos femeninos en Roma: Matrona docta/puella docta, Nazira Álvarez Espinoza
www.elcantodelamusa.com/docs/2011/abril/doc3_mujer.pdf, La mujer en la Antigüedad: su condición a través de la literatura
, Luis Pérez Sánchez
http://mobiroderic.uv.es/bitstream/handle/10550/36895/UXOR.pdf?sequence=1&isAllowed=y, Caracterización y función dramática de la uxor en las comedias de Terencio, Carmen Bernal Lavesa 


sábado, 21 de junio de 2014

Janua, la puerta de la casa en la antigua Roma

Portada de entrada a los almacenes, Ostia, Italia

La puerta de una casa particular era el paso por el que, desde el mundo exterior, se ingresaba en el ámbito privado de la familia que en ella habita y que ha encomendado el interior de la morada a la protección de sus propios dioses familiares.

La puerta romana  constaba del umbral (limen inferum),  las jambas (postes) y el dintel (limen superum). La puerta desde el exterior se denominaba foris y la hoja, valva. Las puertas solían constar de dos hojas y el espacio dejado al abrir una sola era suficiente para pasar una persona. El soporte de la puerta era en realidad un cilindro de madera maciza, algo más largo que la puerta y con un diámetro algo mayor que el grosor de la puerta, que terminaba con unos pivotes en la parte superior e inferior. Estos pivotes encajaban en dos agujeros arriba en el dintel y abajo en el umbral. La puerta se ajustaba a este cilindro, para que el peso combinado de la puerta con el cilindro recayera sobre el pivote de abajo.


Puerta de entrada con vestíbulo, Casa de Octavio Cuarto, Pompeya

La puerta de entrada se denominaba janua. El vano de acceso en la fachada se enmarcaba con frecuencia por medio de pilastras decoradas con capiteles corintios o cúbicos y rematadas con arquitrabes y hasta con frontones. En general se trata de puertas altas en madera, ocasionalmente bronce, tachonadas con clavos de hierro o bronce.
La puerta de entrada a una habitación solía llamarse ostium y en algunos casos una cortina (velum) la sustituía.
Las puertas se abrían hacia dentro, y las que daban acceso al exterior se aseguraban por la noche  con barras (serae) y cerrojos (pessuli). 

Fedromo: ¡Cerrojos, ay cerrojos! Con qué alegría os saludo, os amo, os quiero, os pido y os ruego, dad gusto, gratísimos amigos, a este enamorado, convertíos por mi bien en saltimbanquis extranjeros. Saltad, os lo ruego, y dejad que ella salga, la que ha apurado al triste enamorado que soy cada gota de su sangre. ¡Mira cómo duermen estos cerrojos cerriles! ¡No tienen prisa por hacerme el favor!


Puerta original, Casa del Tabique de madera, Herculano

El dios Jano (Ianus) es el protector de las entradas y por ello es también el dios tutelar de los comienzos, del principio y del fin, de los cambios que se producen en el tiempo, como el paso de joven a adulto. Su fiesta es el primero de enero. Se le representa con dos cabezas o dos caras mirando en sentido opuesto:

"Toda puerta posee dos frentes gemelas, a un lado y a otro, de las cuales, la una mira a la gente y la otra, en cambio, al lar. Y de igual modo que vuestro portero, sentado junto al umbral de la  entrada principal, ve las salidas y las entradas, así yo, portero de la corte celestial, alcanzo a ver a un tiempo la parte le Levante y la parte de poniente." (Ovidio, Fastos, I)

Los dioses de la puerta eran Forculus, Limentinus y Cardea. San Agustín proporciona información sobre ellos en el Libro IV de la Ciudad de Dios, criticando el hecho de que existieran tantísimas deidades protectoras incluso para las cosas más nimias: 

“Todo el mundo pone un único portero  en su casa, y porque es un hombre, es bastante. Pero los romanos tenían tres dioses para la tarea: Forculus para la puerta, Cardea para los goznes y Limentinus para el umbral. Forculus, sin duda, era incapaz de vigilar los goznes y el umbral al mismo tiempo que la puerta."

La puerta era el vehículo de comunicación entre dos mundos, exterior e interior, público y privado. Pero también se convierte en un símbolo de la imagen pública del individuo cuando se le quiere honrar con un reconocimiento. En el caso a continuación el honor es la concesión de abrir las puertas hacia fuera, cuando lo normal era que se abriesen hacia dentro.

“En verdad le asalta  a uno la reflexión de cuán pequeñas en proporción a estas mansiones (los palacios de Calígula y Nerón) eran las casas construidas por el estado para los generales invictos. El máximo signo de honor era éste: que, por una cláusula de un decreto público, las puertas de sus casas se abrieran hacia fuera y las hojas de la puerta giraran en dirección al público. Ese era el símbolo más insigne para distinguir las casas triunfales.” (Plinio, H.N. 36,249)

Para celebraciones y conmemoraciones se ponían  adornos en las puertas.
 “Allí aplacaré al Júpiter doméstico y echaré incienso a los Lares paternos y tiraré a puñados coloridas violetas. Todo reluce, la puerta sostiene largos ramos y la fiesta se oficia con lámparas mañaneras.” (Juvenal, Sat. 12)

Pintura con puerta, Villa Poppea, Oplontis, Italia

El cumpleaños del emperador debía ser celebrado por los ciudadanos colgando laurel de las puertas.
El senado concedió a Octavio el honor de adornar con laurel las jambas de su puerta y colgar una corona cívica, hecha de roble, por convertirse en libertador perpetuo y vencedor de los enemigos de la República:

“En virtud de ese acto meritorio fui llamado, por decisión del Senado, Augusto, y fueron revestidas públicamente con laureles las jambas de mi casa y se colocó la corona cívica sobre mi puerta.”  (Gestas de Augusto, 3.4.1)

Los eventos sociales domésticos también exigían el ritual de colocar símbolos en forma de coronas o ramas en las puertas para anunciarlos socialmente. Se colocaban coronas en las jambas en los nacimientos: 
“…adórnense las jambas y la puerta con laurel crecido, para que desde su cuna con dosel  y taraceas una noble criatura te recuerde, Léntulo, las facciones de Euríalo el mirmillón.” (Juvenal, 6)

Dar a conocer una defunción se hacía con ramas de ciprés o abeto delante de la puerta, mientras ésta permanecía cerrada en señal de duelo. En las ceremonias de boda se colgaban ramas de mirto en honor de la diosa Venus y la novia ataba las jambas de la puerta de su nuevo hogar con cintas de lana,  además de untar los goznes con grasa de lobo originariamente, con manteca de cerdo después y posteriormente con aceite.

“Masurio cuenta que los antepasados daban la palma a la grasa de lobo. Este era el motivo según él de que las recién casadas ungieran con ella las entradas de las puertas para que no pudiera entrar nada nocivo.” (Plinio, H.N. 28,142)

Siendo el pueblo romano tan supersticioso, la puerta de la casa se convirtió en el soporte de los remedios contra los maleficios y elementos sobrenaturales que provenían del exterior. De esta forma se colgaban los más extraños objetos que se creían con poderes benéficos. Plinio ha dejado algunos ejemplos en su obra: 

“Niegan que los remedios maléficos puedan entrar, o al menos que puedan provocar daño, si hay una estrella marina untada con sangre de zorro y clavada al dintel de la puerta con un clavo de bronce.” (Plinio, H.N. 32,44)

Puerta con relieves, Museos Vaticanos

El lamento del amante ante la puerta cerrada de la amada se convirtió en un tópico de la poesía amorosa, conocido como paraclausithyron. Muchos autores trataron este tema en sus obras:

“¡Puerta de un amo inaccesible que la lluvia te azote, que te alcancen los rayos enviados por mandato de Júpiter! Puerta, ojalá te abras ya para mí solo, vencida por mis lamentos, y no resuenes al abrirte girando furtivamente el  quicio. Y si mi locura lanzó contra ti insultos, perdónalos: pido que caigan sobre mi cabeza. Debes acordarte de todo lo que he perseguido con voz suplicante, cuando dejaba floridas guirnaldas a tu puerta.” (Tibulo, Elegías, I, 6)

El umbral estaba consagrado a Vesta, de ahí que se mantuviera la costumbre de que la novia no lo pisara porque podría ser signo de mal augurio. Algunos autores hacen derivar la palabra vestibulum, de Vesta, por ser ahí donde se consideraba que empezaba el hogar.

Detalle mosaico entrada Casa del oso herido, Pompeya.
(Foto Pompeiipictures)
El vestíbulo parece haber sido el espacio entre la calle y la puerta de entrada a la casa. Es el lugar donde los clientes y visitas esperaban a ser anunciados al señor. Allí se exponían, a veces. objetos que proclamaban la importancia del dueño e incluso su árbol genealógico. Se disponía a veces un banco para sentarse que podía ser de obra. Podía estar techado o no. Para dar la bienvenida se pavimentaba con un mosaico con un saludo como Have o Salus.

En la obra de Petronio, El Satiricón, encontramos una escena que muestra lo que un visitante podía ver nada más  llegar al vestíbulo de  la casa de un señor rico:

“En la jamba había un cartel con esta inscripción: Todo esclavo que salga fuera de esta puerta sin permiso del amo recibirá cien azotes. En la misma entrada había un portero vestido con una túnica verde, sujeta por un cinturón color cereza. Que mondaba guisantes en una fuente de plata. Del dintel colgaba una jaula de oro, desde la que una urraca pinta saludaba a los que entraban… Todos los que entraban podían ver a su izquierda y no lejos del cuarto del portero, un enorme perrazo pintado en la pared. Encima, en letras capitales, había un letrero con este aviso “Cave canem”.

Junto  a este lugar, en las casas acomodadas, se encontraba la cella ostiaria o cuarto del  janitor o portero, que en los primeros tiempos solía estar encadenado, para que no abandonase la vigilancia de la puerta. Posteriormente, ya sin cadenas,  cumplía la función de anunciar a los visitantes. Se le representa a veces como insolente y antipático en su función de custodio de la intimidad del hogar y consciente de su poder a la hora de admitir la entrada a determinados personajes no deseados. Si estos se presentaban con algún obsequio, serían mejor recibidos.

“¿No ha de llegar el sabio a las puertas guardadas por un áspero y desabrido portero?  Si se ve obligado por una necesidad, probará llegar a ellas, amansando primero con algún regalo al que las guarda como perro mordedor, sin reparar en hacer algún gasto, para que le dejen llegar a los umbrales; y considerando que hay muchos puentes donde se paga el tránsito, no se indignará por pagar algo, y perdonará al que se lo cobra, sea quien sea, pues vende lo que está expuesto a venderse. De corto ánimo es el que se ufana porque habló con libertad al portero y porque rompió la vara y entrando le pidió al dueño que lo castigara.” (Séneca, De la Constancia del Sabio, 14)

El portero vigilante aparece en la literatura como protector de la honra de la casa o como el que impide al amante acceder hasta su amada. Este suplica para ser admitido y espera que le ayude en su propósito de entrar en la casa para ver a la que ama.

“Portero amarrado, ¡oh indignidad! A la dura cadena, haz girar sobre sus goznes esa puerta tan difícil de abrir. Te pido poca cosa, entreabrirla solamente. Y por su media abertura penetraré de lado… Como lo deseas, las horas de la noche vuelan; corre el cerrojo del postigo, córrelo presto; así quedes por siempre libre de tu dura cadena, y en adelante no bebas jamás el agua de los esclavos… ¿Me engaño, o sus hojas resuenan al girar los goznes, y su ronco son me da la señal apetecida? (Ovidio, Amores, VI)


Mosaico de entrada, Casa del Poeta trágico, Pompeya

 Para ayudarle en su tarea estaba el perro guardián, que aparece reflejado en numerosos mosaicos atado con una cadena y con la inscripción Cave Canem (Cuidado con el perro). La imagen del portero se complementa con el bastón o virga para ahuyentar a los visitantes no deseados y la llave que abre y cierra la puerta.
Los ciudadanos nobles no solían salir de su casa con la llave encima. Si tenían un portero él la guardaba y si no era un esclavo el que la llevaba. Es por ello que Marcial cuenta la anécdota de cómo un individuo que pasa por rico se delata al caérsele una llave que él lleva consigo, cuando al menos podría haberla llevado un esclavo, si lo hubiera tenido.

“Mientras Euclides, vestido de púrpura, clama que sus fincas de Patras le rentan doscientos mil sestercios y más todavía las de los alrededores de Corinto; mientras hace remontar su árbol genealógico hasta la hermosa Leda y protesta ante Lato que quiere levantarlo, a nuestro caballero presumido, noble y rico, de pronto, se le cayó del seno una gran llave. Nunca una llave, Fabulo, fue más nefasta.” (Marcial, V, 35)

LLaves época romana

El posticum o puerta de servicio puede haber sido la que se utilizaba por los esclavos para entrar y salir de la casa. Situada en la parte posterior o en un lateral con salida a un callejón, serviría al señor en el momento que quisiera escabullirse de los visitantes a los que no deseaba encontrar, sin atravesar el atrio o el vestíbulo donde estos esperaban.

“Di tú con cuántos quieres cenar; déjalo todo y da esquinazo por la puerta de atrás al cliente que espera en el atrio. (Horacio, Epis. I, 5)


Posticum, Casa de los Jarrones de cristal, Pompeya, (Foto Pompeiipictures)

Bibliografía:

dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/2010894.pdf, Ritos y creencias de la antigua Roma relacionados con las puertas, Manuel Antonio Marcos Casquero
https://ia801702.us.archive.org/27/items/jstor-289473/289473.pdf, The Paraclausithyron as a Literary Theme, H. V. Canter.
http://www.jstor.org/stable/310454, The Fauces of the Roman House, J. B. Greenough
La casa romana, Pedro A. Fernández Vega, Akal ediciones

jueves, 22 de mayo de 2014

Gens togata, la toga romana en la antigua Roma

Togado, Memorial Art Gallery, Universidad de Rochester

"Marco Varrón nos informa, basándose en su propia autoridad, que la lana en la rueca y el huso de Tanaquil estaban guardados aún en su tiempo en el templo de Sanco; y asimismo en el santuario de Fortuna había una toga regia plisada confeccionada también por ella y que había sido usada por Servio Tulio." (Plinio, Historia Natural, 8, 194)

La toga la heredaron los romanos de los etruscos y  la convirtieron de un simple pedazo de tela de lana para cubrirse, en un símbolo de status y poder social. Fue utilizada por los reyes romanos y Virgilio llamó a los romanos gens togata, como símbolo de pueblo civilizado.

Era una prenda imprescindible en la magistratura y en las ceremonias religiosas. Durante el Alto Imperio  fue el atuendo de gala ineludible para todo ciudadano romano en cualquier manifestación de carácter cívico. Siempre que el romano estuviera fuera de su casa debía vestir la toga, en los juegos, los discursos y visitas importantes. Era muy normal que se estrenaran togas en los festivales. 

Cuando el emperador u otro personaje insigne oficiaban una ceremonia religiosa se cubrían la cabeza con la toga y eran así representados (capite velato).

Una vez entrada la República las togas empezaron a distinguir no solo a los ciudadanos romanos de los no romanos, que no podían llevarla, sino también a los patricios de  los plebeyos y a los  nobles entre ellos.

Los antiguos romanos luchaban con la toga pero la echaban para atrás y la ataban alrededor del cuerpo a la moda de los Gabino, lo que dio lugar a la denominación cinctus Gabinus. Por su incomodidad en la batalla se fue dejando de lado y se sustituyó por otros mantos o capas. El cónsul llevaba su toga praetexta en esta forma cuando abría el templo de Jano.
La toga, palabra derivada del verbo tegere (cubrir) era una pieza de tela semicircular de lana blanca de varios metros de diámetro. 
Se cree que en la época anterior a la república la toga podía ser una tela rectangular que con el tiempo iría haciéndose más redondeada  hasta llegar a ser un semicírculo que necesitaba de ayuda para colocarla.


Augusto capite velato, Museo Pío Clementino, Vaticano
Según Quintiliano la toga era redondeada, aunque ahora parece ser que la iconografía demuestra que podía ser trapezoidal. La toga podía medir de largo unas tres veces la altura de un hombre adulto excluyendo la cabeza y su anchura media era igual a dos veces la misma longitud. Al vestirla se doblaba primero la toga a lo largo, y el vestido doble que se originaba así se colocaba en pliegues sobre el borde recto y se echaba sobre el hombro izquierdo. La toga cubría todo el lado izquierdo e incluso arrastraba por el suelo considerablemente. Entonces se tiraba del otro lado de la espalda y del brazo derecho, echándose de nuevo los extremos sobre el hombro izquierdo hacia atrás. Se tiraba una vez más de la parte del traje que cubría la espalda hacia el hombro derecho para añadir riqueza a los pliegues. El sinus es la parte de tela frontal que nacía del pliegue que pasaba por debajo del brazo derecho y que colgaba del lado inferior.
Uno de sus pliegues formaba un nudo (umbo) que se formaba por los pliegues a la altura del estómago.

Figura con toga de bronce, Museo de Jaén

“Que las bandas caigan rectas indican poco cuidado, se observa negligencia. Los modales de los que tienen la banda ancha deben ser adecuados a la tradición. Es de mayor agrado que la toga quede con un volumen correcto y tenga una buena caída, ya que de otro modo resultará excesivamente redundante. Su parte anterior queda perfectamente si termina a media pierna, la posterior un poco más alta de la cintura. El sinus queda muy bien si está algo por encima del cinturón del cinturón de la túnica, y nunca por debajo. El que va en oblicuo desde debajo del hombro derecho al izquierdo como una banda que no se estrangule ni cuelgue. La parte de la toga que se pone detrás, que sea más corta: así, en efecto, se sienta uno mejor, y se mantiene sin desparramarse. También se debe levantar una parte de la túnica, de modo que no moleste en el brazo con el movimiento. Entonces el sinus hay que ajustarlo al hombro, cuyo borde exterior se ha de mantener alejado. No conviene que cubra el hombro y todo el cuello, pues entonces el vestido quedará ajustado y echará a perder la gracia que hay en la parte del pecho. El brazo izquierdo debe levantarse hasta donde haga un ángulo normal, sobre el que las dos aberturas de la toga afirmen con regularidad.” (Quintiliano)


La toga más sencilla de los primeros tiempos era más estrecha y se ceñía al cuerpo mucho más, por tanto era imposible un doblez ancho de la parte que llega hasta el hombro izquierdo desde el brazo derecho cruzando el pecho.

La toga de periodos posteriores con sus ricos pliegues cubriendo todo el cuerpo impedía cualquier movimiento rápido que pudiera haber desordenado su cuidadosa disposición y era incómoda para moverse entre la gente o a la hora de hacer discursos. Para producir estos pliegues y darles cierta consistencia, el esclavo encargado de la vestimenta (vestiplicus) usaba  trozos de madera entre los pliegues y pequeños pesos de plomo cosidos a la parte inferior para darles una forma más definida. Además conservar su blancura conllevaba muchos cuidados y procesos de blanqueado que en seguida la desgastaban y la dejaban inutilizable.


Mosaico de Virgilio y las Musas, Museo del Bardo, Túnez

Marcial describe en uno de sus epigramas cómo su toga blanca pierde el color y está ya desgastada:

“Ésta es la famosa toga tan cantada en sus libritos, la que mis lectores conocen muy bien y le tienen cariño. Antes fue de Partenio, regalo memorable de un poeta. Con ella iba yo como un caballero digno de ver, mientras era nueva, mientras resplandecía esplendorosa por la pureza de la lana y mientras hacía honor al nombre de su donante (Partenio significa virginal). Ahora, vieja y difícilmente aceptable para un pordiosero tiritando de frío, podría uno llamarla “nívea” con pleno derecho.” (Marcial, IX, 49)

Macrobio, un escritor de la baja antigüedad, al describir los trabajos de un dandy, Hortensio, nos ofrece una estampa divertida de lo complejo que resultaba el traje formal romano:

“Para salir bien vestido, comprobaba su aspecto en un espejo, y así colocaba la toga sobre su cuerpo reuniendo los pliegues con un grácil nudo, colocándolos no de cualquier manera, sino con cuidado, de modo que el sinus quedara dispuesto cayendo hacia abajo, subrayando su contorno. En una ocasión, después de haberlo colocado todo con especial cuidado, denunció a un colega que se había rozado con él en un paso estrecho, destruyendo la estructura de su toga. Consideró un crimen que los pliegues de su toga se hubieran movido de su lugar preciso sobre su hombro”. (Macrobio, Saturnales, 3, 13, 4)
En un principio la toga la utilizaban tanto los hombres como las mujeres, pero éstas más adelante la reemplazaron por la palla. Las mujeres que vestían una toga eran mujeres de poca moral, generalmente, prostitutas que comunicaban así su oficio. Las mujeres divorciadas por adulterio también eran obligadas a ponerse una toga.

Pintura etrusca de joven con toga
En los primeros tiempos se ponía sobre el cuerpo desnudo, sin túnica por debajo, posteriormente, entre algunas familias patricias se seguía esta tradición.
La toga como traje nacional romano solo les estaba permitido llevarla a los ciudadanos libres. Un extranjero que no tuviera plena posesión de los derechos de un ciudadano romano no podía atreverse a aparecer con ella. Incluso los romanos desterrados estaban excluidos de llevarla en tiempos imperiales. La aparición en público con un traje extranjero se consideraba un desprecio a la majestad del pueblo romano.
“El mismo vestía una clámide escarlata, pero cuando estaba en Roma y las ciudades de Italia siempre llevaba la toga.” (Hist. Aug. Alejandro Severo)

En la ceremonia matutina de la salutatio en la que el cliente iba a casa del patrón a presentar sus respetos y recibir algún obsequio, el cliente era obligado a vestir la toga y llevarla a todos los lugares a los que acudía con su patrón, foro, teatro, baños, como símbolo de la posición social e importancia del señor, que se hacía acompañar de varios togados en su séquito.

“Me invitas por tres denarios y me mandas que, bien de mañana, vestido con la toga, haga antesala, Baso, en tu atrio; después, que me pegue a tu lado, que abra paso a tu palanquín, que vaya contigo a visitar más o menos a diez viudas. Gastada está, desde luego, mi pobre toga y no vale nada y es vieja; pero no me compro una, Baso, por tres denarios." (Marcial, Ep. IX, 100)

Las togas diferían por el color, por su adorno y por las circunstancias en las que se llevaba:

Toga virilis o pura: Era la toga que todo ciudadano romano comenzaba a utilizar al llegar a la mayoría de edad. Era de su color natural, sin adornos ni tintura.




Toga candida: La toga alba era blanca y cuando se utilizaba por los candidatos a una oficina pública se le llamaba candida, ya que era tratada con tiza (creta)  para darle un color blanco que resaltase la pureza de sus intenciones.

Toga praetexta: se llamaba así por el borde púrpura que se le ponía. La llevaban los niños hasta alcanzar la mayoría de edad. El niño al llegar a los dieciséis años la cambiaba por la toga virilis. Las niñas la llevaban hasta que contraían matrimonio. También era el traje oficial de todos los magistrados que tenían derecho a la silla curul y a las bandas, los censores también la llevaban. Los sacerdotes y otros cargos la llevaban mientras desempeñaban su cargo oficial.

“Tulio Hostilio, el tercer rey de los romanos, una vez vencidos los etruscos, fue el primero que estableció que en Roma se tuvieran la silla curul y los lictores; la toga picta y la praetexta, que eran insignias de los magistrados etruscos. Ahora bien, en aquella época la praetexta no se utilizaba en edad infantil, pues, como lo demás que he enumerado, era un vestido de honor.”(Macrobio, Saturnales)

Toga picta, tumba etrusca de François, Vulci

Toga picta: Su nombre se debe al dibujo que llevaba bordado y la vestían los generales victoriosos durante sus desfiles triunfales; también en tiempos imperiales los cónsules que entraban en su cargo, los pretores en la pompa circensi y los tribunos del pueblo en la fiesta de la Augustalia. Se llamaba capitolina por ser el traje de fiesta del Júpiter Capitolino. El senado la regalaba a los nobles extranjeros. La toga purpura, se diferenciaba de la picta  por estar completamente teñida de púrpura, pero no llevar dibujos. Se utilizaba por los antiguos reyes y también por algunos emperadores.

Polibio describe las togas que llevaban los personajes insignes en las procesiones funerarias:


"Estos hombres llevan, además, toga bordada de púrpura (pratexta), si la máscara (del difunto) corresponde a un cónsul o pretor, toga púrpura (purpurea), si se trata de un censor y toga bordada de oro (picta), si se trata de alguno que obtuvo un triunfo." (VI,53)


Una toga sucia se llamaba sordida y al que la llevaba se le consideraba desaseado y desordenado (sordidati), aunque en los juicios el acusado y su familia llevaban sus togas oscurecidas para imitar la toga pulla, que estaba reservada a los ritos religiosos funerarios. Durante el servicio religioso los asistentes vestían una toga pulla (negra o gris), pero se la quitaban para asistir a la comida que se servía posteriormente.

“Me gustaría preguntarte qué tenías en mente cuando te presentaste en el banquete de mi amigo Quinto Arrio vestido con una toga pulla. Antes del banquete tú viste al señor y sus amigos vestidos con la toga pulla, pero no les viste así vestidos durante la comida.” (Cicerón, Contra Vatinio)

Toga contabulata, Maximino el Tracio, 
Museos Capitolinos, Roma
Toga contabulata: Se llevaba en forma de banda cruzada al pecho y se puso de moda durante el reinado de Filipo I y se llevó durante los siglos III y IV d.C.

 Es muy posible que muchos ciudadanos estrenaran una toga nueva durante los festivales más importantes y los más humildes podían blanquear las viejas. La toga de lana gruesa se llamaba pexa y la gastada o fina se conocía como trita o rasa, que se utilizaban más frecuentemente en verano. La toga de los más ricos y nobles era más fina y más larga (laxior) que la de los más pobres. La toga más basta se llamaba crassa o pinguis.

En el Bajo Imperio la toga, por su incomodidad, dio paso al pallium o palio, manto más cómodo y sencillo, incluso en ceremonias oficiales. El palio ya era la prenda típica de filósofos y otras profesiones.




Hombre con palio, Museos Capitolinos, Roma

"No hay nada más conveniente que el palio, incluso si es doble, como el de Crates. No se pierde tiempo al ponérselo, porque el único esfuerzo que requiere es cubrirse con algo suelto." (Tertuliano, De Palio) 

Ver entrada Vestitus sobre la vestimenta masculina en Roma

Bibliografía:


www.yorku.ca/.../cv/.../ch%201%20Edmondson.pdf, Public Dress and Social Control in Late Republican and Early Imperial Rome, Jonathan Edmondson.
dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/95275., APROXIMACIÓN AL ESTUDIO DE LAS ESCULTURAS DE TOGADOS EN HISPANIA. Luis Baena Alcázar.
museosorolla.mcu.es/pdf/piezames_junio2011.pdf, El togado romano del segundo jardín, Andrea López Azcona
La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, Jerome Carcopino

The world of Roman costume, Judith Lynn Sebesta y Larissa Bonfante, Google Libros


sábado, 3 de mayo de 2014

Lapis specularis, iluminación interior de la casa romana

Ventana romana, En mi estudio, Alma-Tadema

El lapis specularis o piedra especular es una variedad del mineral del yeso que se utilizó en época romana para permitir la iluminación de interiores con luz natural y proteger de las inclemencias atmosféricas.
Su gran resistencia hacía de la piedra especular un material muy resistente, superior incluso al vidrio, lo que permitía instalarlo en lugares expuestos a fuertes lluvias y granizo. Además se conocían sus propiedades como aislante acústico y térmico.

Lapis specularis de Ossa de la Vega, Cuenca

El lapis specularis se conoce como espejuelo porque cuando la luz natural o artificial incidía sobre el mismo, brillaba, literalmente, como en un espejo. Por este efecto se empleaba como ornamento para bóvedas, paredes y pavimentos en edificaciones públicas y privadas.
Según el historiador Plinio, en Hispania se desarrolló un complejo minero en la provincia de Cuenca para la extracción del lapis specularis, que conoció un gran auge y dio lugar a la ciudad de Segóbriga.

“Efectivamente, estas piedras se pueden cortar, en cambio, la especular, a la que también se califica como piedra, tiene unas características que permiten cortarla con mayor facilidad en láminas todo lo finas que se quiera. Antiguamente sólo se encontraba en la Hispania Citerior, y no en toda ella, sino exclusivamente en un área de cien mil pasos alrededor de la ciudad de Segóbriga.” (Plinio, H.N. XXXVI, 160)

Minas de lapis specularis, Torrejoncillo del Rey, Cuenca

El material, una vez extraído de la mina, se cortaba con sierras, se separaba en láminas y se embalaba para su distribución y exportación.
Las láminas se montaban en bastidores ajustables al tamaño de los vanos de las edificaciones. Los armazones se hacían principalmente en madera, aunque también se usaba cerámica y metal.
Con acristalamiento de yeso especular, se construyeron invernaderos para proteger las plantas y obtener cosechas fuera de temporada:

“Para que tus plantas de azafrán llenas de flores no teman al invierno o una recia brisa dañe el tierno bosque, unas vidrieras especulares evitan el cierzo invernal y dejan pasar el limpio sol y la luz sin sombra…” (Marcial, Epis. VIII, 14)

El emperador Tiberio cultivaba en la isla de Capri pepinos, a los que era muy aficionado. Los hortelanos del Emperador, en invierno, ponían la producción al amparo de vidrieras e invernaderos de lapis specularis.
Otras aplicaciones de esta piedra son las vidrieras en ventanales o celosías,  o ventanas de literas de transporte, además de elemento decorativo en espectáculos o banquetes.

“Después de un breve intervalo, Trimalción mandó servir los postres. Los esclavos retiraron todas las mesas y pusieron otras. Espolvorearon el suelo con serrín coloreado de azafrán y cinabrio, y – cosa nunca vista por mí – con piedra especular en polvo.” (Pet. Satyricon, 68)

Plinio describe la aplicación de piedra especular en los juegos circenses, extendiéndola en forma de virutas sobre el suelo del Circo Máximo, para conseguir una agradable blancura.
Otras piedras similares también se utilizaban con el propósito de proporcionar luminosidad a las construcciones. Suetonio cita la fengita o lapis penghites (variedad de mineral de silicio de color plateado y brillo nacarado) al escribir sobre la obsesión de Domiciano a ser asesinado:

“Cada vez más angustiado hizo revestir de brillante fengita las paredes de los pórticos por los que solía pasear para poder vigilar, mediante las imágenes reflejadas en su superficie pulida, lo que acontecía por detrás de él.” (Suetonio, Vida de los Doce Césares, Domiciano)

El alabastro, piedra de aspecto marmóreo, dúctil y translúcido se utilizó en la arquitectura paleocristiana y bizantina en lugar del vidrio para cubrir ventanas, pero es más delicado que la piedra especular. En el mausoleo de Gala Placidia, siglo V d.C. se pueden ver ventanas de alabastro.

Ventana de alabastro, Mausoleo de Gala Placidia, Rávena, Italia

Bibliografía

El comercio del lapis specularis y las vías romanas en Castilla-la Mancha; María José Bernárdez Gómez & Juan Carlos Guisado di Monti; Vías de comunicación romanas en Castilla-la Mancha; Gregorio Carrasco Serrano (Coord.)
www.lapisspecularis.org/PALLAS%202.pdf; Las referencias al lapis specularis en la Historia Natural de Plinio el Viejo, María José Bernárdez Gómez y Juan Carlos Guisado di Monti
http://www.lapisspecularis.org/pdf/LA%20MINER%C3%8DA%20DEL%20LAPIS%20SPECULARIS%20Y%20SU%20RELACI%C3%93N%20CON%20.pdf; La minería del lapis specularis y su relación con las ciudades romanas de Segóbriga, Ercávica y Valeria;  María José Bernárdez Gómez y Juan Carlos Guisado di Monti