domingo, 23 de enero de 2022

Luces, luz e iluminación en la antigua Roma

Lampadario, Museo de la Academia Etrusca, Cortona, Italia

Uno de los avances más significativos acontecidos en la historia de la Humanidad fue el control de la iluminación, lo que permitió, especialmente, poder ampliar la vida cotidiana más allá de las horas solares.

“Una gran multitud de ambos sexos llevaban lámparas, antorchas, cirios y toda clase de luces artificiales para atraerse las bendiciones de la madre de los astros que brillan en el cielo.” (Apuleyo, Las Metamorfosis, XI, 9, 4)

Festival de la vendimia, pintura de Alma-Tadema

Uno de los principales medios de alumbrado para tener luz (lux) en la antigüedad fue la antorcha, que originalmente se elaboraba con un palo de madera en el que un extremo se empapaba con un material inflamable, aunque también podía consistir en un manojo de palos atados a los que se podía añadir ramitas de papiro o junco. Estas teas presentaban grandes inconvenientes como el humo, el mal olor y el riesgo de incendios.

“Los combustibles prenden más lentamente cuando el aire tiene partículas espesas y obstruye los poros. Por esto los que encienden las antorchas las frotan en ceniza, para eliminar cualquier resto de humedad y que el fuego prenda mejor la madera.” (Plutarco, Sobre los Pronósticos de Arato, 16)



Existían soportes para las antorchas con protectores para las manos que solían usarse para portar las antorchas en las carreras.



El material más común para elaborar la antorcha era el pino, pero hay referencias literarias al uso de otras maderas como, sarmiento, encina, hiedra y otras más.

“La antorcha es un palo de encina o roble común, que golpeada y partida, se prende fuego y se usa para dar luz a los viajeros.” (Ateneo, Banquete de los eruditos, 15, 57)



Si la madera de la que se hacía la antorcha era de naturaleza resinosa, no había que añadir nada para que prendiese, pero si no lo era, había que utilizar algún material inflamable, como la brea y un material de combustión lenta como la yesca, lana o cualquier fibra vegetal o paño empapado en una sustancia inflamable. Las antorchas eran principalmente para uso en el exterior, para alumbrar el camino de los que volvían a casa y hacer las patrullas nocturnas.

“Y es que Galo, rodeado de unos pocos hombres que escondían sus armas, merodeaba al atardecer por tabernas y encrucijadas, preguntando en griego, lengua que conocía perfectamente, qué pensaba cada cual acerca del César. Y esto lo hacía audazmente en una ciudad en la que el resplandor de las antorchas de los trasnochadores suele igualar a la luz del día.” (Amiano, Historia, XIV, 1.9)

ArtStation. Foto Faraz Shanyar

Las antorchas se identificaban a menudo con los dioses, especialmente los que buscaban a sus familiares desaparecidos, como en el caso de Deméter buscando a su hija Perséfone, para la que la antorcha se convirtió en uno de sus atributos, siendo habitual que los adeptos a su culto las portasen.

“El alto Etna se levanta sobre la boca del descomunal Tifoeo, por cuya respiración de fuego arde la tierra. Allí encendió la diosa dos pinos que hiciesen la vez de antorcha; por esto es por lo que también ahora se ofrece una tea en la ceremonia de Ceres.” (Ovidio, Fastos, IV, 493)

Ceres, Casa de los Dioscuros, Pompeya

Era habitual que en las procesiones religiosas dedicadas a los dioses y celebradas periódicamente los participantes llevasen luces, especialmente antorchas encendidas.

“Ya era el día en que humea el boscaje de Aricia consagrado a Trivia, propicio a los reyes prófugos, y, cómplice de Hipólito, brilla el lago con el fuego de antorchas sin número; Diana en persona corona de flores sus mejores canes y pule sus flechas y consiente que marchen sin daño las fieras; y toda la tierra de Italia, en sus castos hogares, celebra los idus de Hécate.” (Estacio, Silvas, III, 1, 55)

Procesión en honor de Diana, Ostia. Museos Vaticanos

Era una creencia común que el fuego concedía la inmortalidad por lo que las antorchas estaban particularmente enraizadas en el culto imperial, especialmente en la ceremonia de deificación del emperador, la consecratio. En el relieve de la apoteosis de Sabina, la esposa de Adriano, la difunta emperatriz es retratada sobre la figura alada de Eternidad, que la lleva hacia el cielo, mientras sujeta una antorcha llameante.

Apoteosis de Sabina, Arco di Portogallo, Museos Capitolinos

También se creía que una antorcha se encendía en el momento del nacimiento y se extinguía con la muerte.

En las ceremonias nupciales la llama de una antorcha iluminaba el camino de una joven que dejaba a sus padres y entraba en una nueva vida.

“¡Ay, qué desgracia la mía! El cuerpo me arde de fiebre y los cobertores pesan más de lo que deben. Veo a mis padres llorar sobre mi rostro, y en vez de la antorcha de boda me acompaña la antorcha de la muerte.” (Ovidio, Heroidas, XXI, 170)

Ilustración Stefano Bianchetti

Los funerales de personajes de alto status el uso de diversas fuentes de iluminación simbolizaba la importancia del individuo fallecido. El cuerpo se velaba entre antorchas mientras se exhibía durante el duelo.

“Los soldados levantaron el cadáver y lo depositaron en una urna de oro, que recubrieron con la púrpura imperial, transportándolo a la ciudad que lleva el nombre del emperador; a continuación lo colocaron sobre un alto catafalco en la más principal de las salas imperiales, y como encendieron hachones sobre candelabros de oro en círculo, ofrecieron a los que lo contemplaban un espectáculo tan fascinante como nunca desde los primeros tiempos, ha sido visto por nadie sobre la tierra bajo los rayos del sol.” (Eusebio, Vida de Constantino, IV, 66)

Relieve de la tumba de los Haterii, Museos Vaticanos


También se empleaban durante los desfiles en los triunfos de los generales vencedores y en ceremonias religiosas como los funerales. En las pompas fúnebres las antorchas formaban parte, junto con los músicos y las plañideras del cortejo que acompañaba al difunto hasta su lugar de enterramiento.

Ilustración Jean-Claude Golvin

Las velas de sebo no parece que fueran utilizadas por los antiguos griegos, pero las de cera ya eran conocidas en el periodo minoico. En época de los romanos las velas hechas de cera o sebo se obtenían envolviendo en una capa de cera o de sebo un pabilo formado de plantas palustres, como el papiro, al que llamaban scirpus. Las fuentes clásicas explican que la cera debía estar reservada a las clases más acomodadas y los más humildes deberían conformarse con velas de sebo.

Las velas de cera eran un regalo frecuente durante las fiestas de las Saturnales.

“Otros piensan que las velas de cera se envían precisamente porque, bajo el reinado de este dios (Saturno), fuimos elevados, por así decirlo, de una vida grosera y tenebrosa a la luz y al conocimiento de las artes liberales. Descubro también en las fuentes escritas el caso siguiente: como muchos, por codicia, con ocasión de las Saturnales, exigieran con insistencia regalos a sus clientes y esta carga abrumara a los más pobres, el tribuno de la plebe Publicio propuso que a los ricos se les enviara sólo velas de cera.” (Macrobio, I, 7, 32-33)

Se retorcían varias de ellas con forma de una soga y se formaban gruesos cirios en que el fuego resistía todo viento, y se llamaban funalia cerei, o cerei simplemente. Estas luminarias eran llevadas por un esclavo que acompañaba al señor, cuando salía de noche.

“Este cirio te prestará fuegos nocturnos, pues le han sustraído la lámpara a tu mozo.” (Marcial, Epigramas, XIV, 42, cereus)

Tumba de Aelia Arisuth, Trípoli, Libia

Las lámparas prehistóricas más rudimentarias se hacían con piedras a las que se les practicaba una hendidura, donde se depositaba grasa de animales como combustible.

Lámparas prehistóricas

Las lámparas de aceite, hechas normalmente de cerámica, aunque también en metales como el bronce y la plata, desde época creto-micénica en el Egeo, probablemente importadas de Egipto, estaban destinadas a poder transportar la luz de unos lugares a otros, constituyendo un notable progreso tecnológico que permitía contar con múltiples puntos de luz en una estancia y desarrollar una vida nocturna.

“Atribuyen a los dioses sensaciones, no divinas, sino más bien humanas y, por ello, piensan que los dioses necesitan y gustan las mismas cosas que nosotros, que, cuando tenemos hambre, necesitamos comida; cuando tenemos sed, bebida; cuando tenemos frío, vestidos; cuando el sol se pone, luz para ver.” (Lactancio, Instituciones Divinas, VI, 5)

Lámpara de época minoica

Los fenicios fueron los primeros en explotar la producción y comercialización de lucernas desde comienzos del primer milenio. En esos momentos eran poco más que una simple cazoleta abierta y aplastada en uno de sus extremos, en la cual se colocaba el combustible –aceite o grasa- con la mecha en su parte central.

Lámpara fenicia

Los primeros ejemplares encontrados en el Ática son de comienzos del siglo VII, probablemente importaciones fenicias. Pronto se vio la necesidad de dotarlas de un pico lateral para garantizar la estabilidad del pábilo; y posteriormente se colocó un asa en la parte opuesta al orificio de luz, para permitir al usuario el transporte del objeto sin quemarse; para evitar que se derramase el combustible por el transporte y para garantizar la estabilidad del punto de luz las paredes del recipiente fueron elevándose y curvándose para al final prácticamente cerrarse.

“La vieja madre me plasmó nuevecita de su germen y formada en ninguno tomo la figura de mi padre. Los ojos no me pueden mostrar la luz, pero por ancha boca saco llamas chispeantes. No quiero que la lluvia me toque ni soplos de viento. Soy amiga de la luz, me recreo en la oscuridad en casa.” (Antología Latina, La lucerna)

Lámpara helenística

A través de los Etruscos y de las producciones griegas del sur de Italia los romanos conocieron su existencia y su uso entre ellos está determinado por la existencia de una materia prima fundamental: el aceite. La producción de esta sustancia en grandes cantidades gracias a la expansión del cultivo del olivo abrió la puerta a la fabricación artesanal de lucernas a gran escala. El aceite de menor calidad se empleaba para la iluminación.

“Ya entrada la tarde, con mis criados a mi disposición, después de bañarme allí mismo bajo la luz de las lámparas y tras una corta cena, nos acostamos a descansar.” (Elio Arístides, Discurso sagrado V, 28)

Ilustración del stibadium de la villa de Lullingston, Inglaterra

Aunque el combustible prioritario para la iluminación artificial en la época grecorromana fue el aceite de oliva, otros aceites vegetales, como el de ricino o de colza, junto a grasas animales se emplearon como aditivos o principal fuente de combustible. Las lámparas de aceite consumían grandes cantidades de aceite y producían mucho humo, (debido al bajo nivel de aporte de oxígeno), para producir poca cantidad de luz. Herodoto cuenta que se añadía sal para reducir el parpadeo de la llama.

“Cuando se reúnen en la ciudad de Sais para las celebraciones, en una noche determinada todos encienden al raso muchas lámparas dispuestas en círculo alrededor de sus casas. Esas lámparas son unas páteras llenas de sal y aceite y en su superficie emerge la mecha propiamente dicha, que arde durante toda la noche. Esta festividad recibe el nombre de «Fiesta de las Luminarias». Por su parte, los egipcios que no acuden a esa celebración religiosa también observan la noche del sacrificio encendiendo, asimismo, todos ellos sus lámparas; así que no sólo se encienden en Sais, sino en todo Egipto.” (Herodoto, Historias, II, 62)

Pintura de Gabriel Cornelius von Max

A pesar de que los objetos utilizados en la iluminación no eran muy caros, la provisión de aceite de oliva en las provincias alejadas de grandes centros de producción requería una fuerte inversión económica, aun cuando el aceite utilizado era el de peor calidad. Por lo tanto, solo la élite tendría acceso a un combustible que permitía extender las actividades comerciales y de ocio hasta después de haberse puesto el sol.

“Es una buena señal soñar que se tiene una lámpara encendida durante la noche, sobre todo para los jóvenes: en la mayoría de los casos pronostica placenteras relaciones amorosas y anuncia también negocios por el hecho de poder ver lo que uno tiene delante.” (Artemidoro, Interpretación de los sueños, II, 9)

La antigua lucerna romana consistía en un depósito (infundibulum) destinado a contener el aceite empleado como combustible, con una base plana o anular, y una boquilla o (rostrum) prolongación del depósito de aceite en el que se acomodaba la mecha, y que era utilizado también para introducirla cuando la lucerna aún no había sido recargada con aceite. Las mechas se hacían comúnmente de lino, linaza o papiro.

"(Símilo) la cabeza agacha, coge la lámpara, saca con una aguja la mecha reseca y con mil soplidos aviva la tenue llama." (Apéndice Virgiliano, Moretum)



Para apagar la mecha y sacarla se utilizaban unas pinzas o agujas y para rellenar la lámpara con aceite se utilizaban unos recipientes que facilitaban la operación sin tener que derramar aceite o mancharse.



El rostrum o pico cuenta con el orificio de luz u oculus. Los picos podían ser más de uno, con lo que se incluían más mechas y la posibilidad de obtener una mayor iluminación.

“Aunque doy luz a convites enteros con mis llamas y teniendo tantas mechas, me llaman una sola lámpara.” (Marcial Epigramas, Lucerna Polymixos, XIV, 41)



Uno de las características particulares de la lucerna romana es la presencia de una cubierta superior plana o cóncava tapando el depósito, denominada disco (discus), con un orificio central, denominado orificio de alimentación, para llenar el depósito con aceite.



A veces puede aparecer un pequeño agujero entre el disco y el pico, denominado orificio de aireación, destinado a dejar pasar el aire durante el proceso de llenado del depósito y evitar el efecto de vacío y que desbordara el aceite.



El disco podía estar rodeado de varias molduras y una banda u orla exterior (margo). Los ejemplares pueden presentar asimismo un asa (ansa), una cinta de arcilla adherida en la parte trasera del depósito, aunque a veces alcanzan una gran envergadura, actuando como contrapeso al rostrum.



Las lucernas griegas y helenísticas se fabricaron a torno, pero durante el primer cuarto del siglo III a.C. se introduce la técnica del molde, que se hizo inmensamente popular, ya que podía usarse para elaborar un gran número de lámparas que podían ser fácilmente reproducidas. Este método también aseguraba que la fabricación podía ser muy eficiente, organizada y lucrativa, puesto que permitía multiplicar rápidamente el número de piezas fabricado en cada taller, convirtiendo las lucernas en objetos baratos y cotidianos, con una demanda siempre creciente.

“Praxágora: Brillante resplandor de mi lámpara de arcilla, que desde esta altura atraes todas las miradas; ¡tú, cuyo nacimiento y aventuras quiero celebrar, hija de la rápida rueda del alfarero, émula del sol por el fulgor radiante de tu pábilo, haz con los movimientos de tu llama la convenida señal! Tú eres la única confidente de nuestros secretos, y lo eres con motivo, pues cuando en nuestros dormitorios ensayamos las diferentes posiciones del amor, sola nos asistes y nadie te rechaza por testigo de sus voluptuosos movimientos.” (Aristófanes, Asamblea de las mujeres, I)

Pintura de la Villa Farnesina, Museo Nacional, Roma

La adopción de la técnica del moldeado desembocó en el desarrollo de un concepto de lucerna genuinamente romano, que se aparta cada vez más de las formas helenísticas, y cuyas primeras manifestaciones son las variantes conocidas como tardorrepublicanas, cuyas innovaciones más revolucionarias son el cierre del disco casi por completo y la posibilidad de introducir decoraciones más o menos complejas sobre el mismo.



Los moldes se hacían de arcilla o escayola. Los fabricantes romanos preferían el uso de escayola, pero tanto unos como otros tenían ventajas y desventajas. El de arcilla requería ser cocido al fuego mientras que el de escayola podía dejarse secar al aire. Sin embargo, los moldes de escayola se gastaban rápidamente, pues la superficie se deterioraba por el repetido uso.

Algunas lámparas muestran inscripciones sobre sus bases, grabadas en relieve, indicando el nombre del alfarero, el taller, el propietario o el reinado del emperador. A veces se pueden hallar también marcas comerciales.



Si bien la mayor parte de las lucernas se fabricaban con arcilla, se utilizaron otros materiales, principalmente bronce, pero también plomo, oro y cristal.



Las lámparas de aceite o lucernas podían denominarse cubiculares (para los dormitorios), balneares (para los baños), triclinares (para los salones y comedores), sepulcrales (para las tumbas), por lo tanto, recibían el nombre por la función que tenían, sin importar su forma, tamaño, o material de fabricación. Las lucernae cubiculares podían quedar encendidas toda la noche en los dormitorios.

“De tu gozoso lecho lámpara confidente, aunque hagas todo lo que te apetezca, callaré.” (Marcial, Epigramas, XIV, 39 Lucerna cubicularis)

Al comprar una lámpara de aceite, muchos clientes elegirían representaciones de escenas sexuales antes que otros motivos decorativos porque para los romanos, de las élites, sobre todo, que vivían rodeados de objetos que mostraban imágenes eróticas en pinturas, esculturas y menaje doméstico, estas escenas evocaban placer y no culpa, pecado o vergüenza. El acto sexual representado se consideraba un regalo de la diosa Venus. Este motivo iconográfico fue ampliamente difundido por todo el imperio.



Algunos artesanos dieron formas muy diversas a las lámparas que elaboraron buscando una creación más artística y sofisticada que fuera atrayente para sus clientes, usando tanto arcilla como bronce.




Entre otros motivos preferidos para la decoración figuran los temas mitológicos, los espectáculos, animales y ya en plena propagación del cristianismo, símbolos religiosos.



Las lámparas de mecha flotante o kandelai fueron usadas en Grecia y se impusieron a finales del Imperio, ya con el cristianismo ampliamente extendido, para iluminar y adornar las iglesias. Las lamparillas, hechas a veces de vidrio, se colgaban de soportes colgados de cadenas.

“En la parte central colgaban incluso, sujetas a los altos artesonados por cadenas de bronce, cóncavas lámparas que, a la manera de los árboles, como si fueran vides de flexibles ramas, mueven sus brazos. En lo alto de su cima las varas llevan copitas de cristal como si fueran su fruto y cual si estuvieran en primavera dan la impresión de que empiezan a florecer cuando encienden su luz, al tiempo que imitan las apretadas estrellas merced a su espesa cabellera de llamas. Con sus numerosas luces apartan las pesadas tinieblas y pintan una delicada atmósfera de llamitas en floración, y en su temblor hacen destellar su transparente cabellera; con las llamas siempre encendidas en la difusa neblina de la noche dan un aire ambiguo entre luz y sombra, y con sus reflejos temblorosos turban ese inestable ambiente.” (Paulino de Nola, Poemas, 19, 411)

Lámpara colgante, Corning Museum


El uso de luz artificial era una parte integrante de las ceremonias rituales, junto a quemar incienso y la música. Los santuarios domésticos y públicos solían mantener lámparas encendidas como un elemento de iluminación y como ofrenda a los dioses. Los participantes de las procesiones religiosas podían llevar lámparas encendidas o antorchas como ya se ha visto.

"Cuando llegamos al lugar donde se encuentran las imágenes de la Buena Fortuna y del Buen Genio, nos detuvimos mientras continuábamos nuestra conversación. Y al ver a uno de los asistentes del templo le pregunté dónde estaba el sacerdote. Éste contestó: «detrás del templo». En efecto se ocupaba del encendido de las lámparas sagradas y el sacristán estaba recogiendo las llaves.” (Elio Arístides, Discurso sagrado V, 11)

Pintura del Templo de Isis, Pompeya. Museo Arqueológico
de Nápoles. Foto Carlo Raso

Los desfiles organizados con ocasión de conmemoraciones, festivales civiles o juegos deportivos también incluían la iluminación con antorchas o lámparas. Así ocurría, por ejemplo, en los juegos decenales, cuya organización se remontaba a Augusto, quien los celebraba cada vez que se producía la prórroga de sus poderes por diez años. Los decennalia a los que se refiere el siguiente texto parecen haber tenido lugar en el 262, diez años después de que Galieno y Valeriano fueran nombrados emperadores. 

“Tras masacrar a los soldados de Bizancio, Galieno, como si hubiese realizado algo grande, voló a Roma en rápida carrera y, después de convocar al senado, celebró las decennalia , con nuevos tipos de espectáculos, con un esplendor inusitado y con una muestra escogida de toda clase de diversiones: Tan pronto como llegó, marchó hacia el Capitolio entre los senadores, vestidos con la toga, los miembros del orden ecuestre, y los oficiales vestidos de blanco; precediéndoles avanza todo el pueblo, y abren la marcha casi todos los siervos y las mujeres con lámparas y antorchas de cera.” (Historia Augusta, Los dos Galienos, 8)

Detalle de mosaico, Villa del Casale, Piazza Armerina, Italia

La gran cantidad de lámparas de aceite encontradas en las tumbas romanas indica la importancia que tenían en los entierros y funerales. Por la creencia de que la tumba iba a ser la eterna morada del difunto, las lámparas podían ser depositadas allí para guiarlo en su vida eterna, aunque también se puede sugerir que habían servido para la vigilia del cuerpo entre el momento de la muerte y el entierro. En algunos epitafios se pide encender una lámpara en honor del difunto.

“Adiós Septimia, que la tierra te sea leve. A quienquiera que deje una lámpara encendida ante su tumba, cubra la tierra dorada sus cenizas.” (CIL X 633)



Algunas lámparas se llenaban con aceite perfumado y podían considerarse un regalo para el fallecido o una ofrenda conmemorativa que se depositaba en los aniversarios o fiestas de los difuntos.

“…y, aunque excelente en su belleza ella cautivó a muchos, unida a su amante esposo permaneció casta, una lealtad rara entre parejas casadas. Su esposo ahora por sus buenas acciones con devoción honra el cuerpo de la benefactora como una divinidad, ese cuerpo que él fue capaz de negar a las llamas y llenar con ungüentos y perfumes y pétalos de rosa. Mantén vivo, te ruego, a tu esposo, para que durante años pueda ofrecerte las guirnaldas y ofrendas que él ha prometido, y para que la lámpara pueda mantenerse encendida con el nardo.” (CLE 01508)

Por el carácter supersticioso del pueblo romano las lámparas pudieron haberse depositado en las tumbas con la intención de alejar a los malos espíritus y proteger a los difuntos del mal de ojo, para lo cual se representaban motivos iconográficos destinados a tal fin, como la cabeza de Medusa.



Los santuarios domésticos o lararia acogerían lamparillas como ofrendas a los dioses protectores del hogar y algunos ciudadanos particulares hacían donaciones o dejaban legados para sufragar los gastos de mantener encendida una lámpara con la que honrar a su deidad favorita.

“Ahora bien, vamos primero a encender el candil y a hacer la última libación —la de la hora de acostarse— en honor de los dioses de la noche.” (Heliodoro, Etiópicas, III, 4, 11)



En Montalcino, Italia, una inscripción recuerda a un veterano, L. Granius Pudens, quien deja un legado de 8.000 denarios con el objeto de que se repusiese aceite a una lámpara que había dedicado a Mitra, cada año en conmemoración de un día, probablemente su dies natalis (o del de Mitra).

L(ucius) Granius Pudens, veter(anus) / ex coh(orte) VII pr(aetoria), d(at) ((denarios)) VIII (milia) d(e) p(roprio), / ut gens eos ((denarios)) in usu/ris dent et die n(atali) festo / sollemne oleum in / lucerna, quem dedi / d(e) p(roprio) ex usuris praes/tetur d(eo) I(nvicto) M(ithrae) (CIL XI 2596; ILS 8368)

Pintura de Wladyslaw Bakalowicz

La iluminación de áreas públicas, tales como calles urbanas, espacios públicos y edificios, era una fuente de orgullo cívico para aquellas ciudades donde la había, lo que ocurría en ciudades de provincias, como Antioquía y Constantinopla. La capacidad de la administración de extender el día con luz artificial ayudaba a incrementar el intercambio social y comercial y proporcionaba mayor seguridad a los residentes y visitantes de la ciudad.

“Los revoltosos estaban más interesados en causar destrozos que en asesinar al gobernador. Primero se dedicaron a cortar las cuerdas que sostenían las lámparas de aceite de los baños públicos de las cercanías.” (Libanio, Discursos sobre las revueltas)

El empleo de las lámparas de aceite permitió la realización de tareas llevadas a cabo en lugares sin luz natural ni siquiera durante el día, como minas o catacumbas.

“La tercera forma de obtener oro sobrepasa los trabajos de los Gigantes incluso. Con ayuda de galerías que cubren largas distancias, se excavan montañas a la luz de las lucernas, cuya duración establece los turnos de trabajo, sin que los obreros vean la luz del día durante meses.” (Plinio, Historia Natural, XXXIII, 21)

Catacumba de Pedro y Marcelino, Roma

La linterna (laterna) utilizaba materiales transparentes como el cuerno, lona impregnada de aceite o vejigas de animal para proteger la lamparita en su interior. Posteriormente se fabricarían de metal y cristal o de cerámica. Se colgaba de una cadena y se utilizaba para alumbrarse en los desplazamientos.

“Como linterna guía del camino me llevan, dorada por las llamas que encierro, y segura está en mi seno la pequeña lámpara.” (Marcial Epigramas, XIV, 61, Laterna cornea)

Tumba de Silistra, Bulgaria

Los candelabros surgieron como soportes de pie para sujetar las velas (candelae). Se colocaban los candelabros en puntos estratégicos de la casa, donde pudiera soplar el aire, cuando se la quería tener bien alumbrada.

“El candelabro (candelabrum) tiene su denominación por la candela (candela): en efecto, en éstos se fijaban hachas ardiendo.” (Varrón, De la lengua latina, V, 119)

Los etruscos, que eran productores de cera, utilizaban candelabros de bronce con forma de trípode y con varias púas en las cuales se clavaban las velas.

Banquete de Hades y Perséfone. Tumba Golini, Orvieto, Italia

Cuando el uso de las lucernas se extendió los soportes en los que se depositaban o colgaban las lamparillas pasaron a llamarse igualmente candelabros. Aunque algunos estaban hechos de madera, los que han llegado hasta nuestros días son mayoritariamente de bronce. Llegaron a hacerse de materiales preciosos y adornarse de gemas, como el que el rey Antíoco intento regalar a Júpiter Capitolino.

“El príncipe, ante una gran afluencia, en el foro de Siracusa (para que nadie piense quizá que estoy actuando en una acusación oscura y que imagino algo basado en las sospechas de la gente), en el foro de Siracusa, insisto, llorando y poniendo por testigos a los dioses y a los hombres, comenzó a gritar que el candelabro, hecho de piedras preciosas, que iba a enviar al Capitolio, que había querido que figurara en el templo más excelso como testimonio para el pueblo romano de su alianza y amistad, se lo había quitado Gayo Verres; que no sufría por las demás alhajas de oro y pedrería que, siendo suyas, estaban en poder de aquél; que era una desgracia y una indignidad que le arrebatase tal objeto; que, aunque ya antes estaba consagrado en su mente y pensamiento y en los de su hermano, aun así él, en aquella reunión de ciudadanos romanos, lo entregaba, regalaba, dedicaba, consagraba a Júpiter Óptimo Máximo y ponía al mismo Júpiter como testigo de su voluntad y de su voto.” (Cicerón, Verrinas, IV, 29, 67)

En los templos de los dioses y en los palacios había frecuentemente grandes candelabros hechos de mármol.

Candelabros de mármol

La forma más común del candelabro consistía en un pie o base, un tronco y una parte superior o bandeja donde apoyar la lámpara o con un hueco para introducir una vela. La base podía tener forma de garra animal, el tronco podía ser liso, aflautado o figurativo.

“Las candelas me dieron mi nombre antiguo. La lámpara de aceite no había conocido a nuestros ahorrativos antepasados.” (Marcial, Epigramas, XIV, 43 Candelabro corintio)



Se hacían candelabros de menor tamaño para poner encima de una mesa o mueble que constaban de un soporte más o menos decorado o con una figura que llevaba una bandeja donde dejar la lucerna, que también parecen haberse conocido con el nombre de lampadaria.



Para colgar varias lámparas a la vez se utilizaban candelabros con forma de árbol o con una figura humana (efebo) al que se hacía llevar un soporte del que se colgaban las lámparas con una cadena.

“La naturaleza como tal protesta, si por las estancias no hay doradas estatuas de gente joven sosteniendo lámparas flamígeras en sus diestras para servir de alumbrado en banquetes nocturnos.” (Lucrecio, De la naturaleza de las cosas, II, 20)



También existe evidencia de que se hacían candelabros en los que su altura se podía ajustar.



En época paleocristiana el uso de luces artificiales en relación a la muerte ya no se corresponde con el culto a los difuntos, sino que las fuentes de iluminación que los acompañan, velas, antorchas o lámparas, simbolizan la luz del Paraíso, la lux perpetua de la liturgia católica. Los primeros escritores cristianos criticaron el uso de las luces en el culto por recordar la tradición pagana, pero al no poder la Iglesia erradicar su uso por completo, se reservó para la veneración de Dios y los santos.

“Los cristianos que profesaban la fe ortodoxa, tras llegar al templo de Cipriano, encendieron todas las lámparas y celebraron la solemnidad religiosa tal como precisamente acostumbran ellos a prestar estos servicios.” (Procopio de Cesarea, Historia de las guerras, III, 21, 25)

En muchas representaciones iconográficas de sepulcros y tumbas cristianas aparecen candelabros con velas enmarcando una figura en actitud de orante ensalzando la gloria de Dios, que simboliza el alma del difunto asistida por las velas que representan la luz y la gloria del Paraíso.


Catacumba de San Gennaro, Nápoles



Bibliografía

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martes, 14 de diciembre de 2021

Naumachia, espectáculo y poder en la antigua Roma

La Naumaquia, Ulpiano Checa, Museo Ulpiano Checa, Colmenar de Oreja, Madrid

En la antigua Roma, los espectáculos de masas eran eventos que atraían a miles de personas de todas las clases sociales y servían no solo para entretener y distraer al pueblo de los problemas que les afectaban, sino para demostrar la fuerza y esplendor de la civilización romana frente a los bárbaros extranjeros. Asimismo, servían para mostrar los valores más admirados por los romanos: el coraje, la resistencia, la valentía…

Las naumaquias (en latín, naumachiae) fueron  ejemplo de la complejidad y violencia que entrañaban  los espectáculos públicos llevados a cabo en la antigua Roma. Consistían en la representación teatral de una gran batalla naval que había tenido lugar realmente en el pasado, con un grado de realismo tal que los participantes (los llamados naumachiarii) se vestían con los uniformes de los dos pueblos enfrentados para matarse entre ellos.

“Fue empresa de Augusto el enfrentar aquí las escuadras y poner en movimiento los mares con la trompeta naval. ¿Qué parte corresponde a nuestro César? Tetis y Galatea han visto en las aguas fieras desconocidas, Tritón ha visto sobre las espumas del mar carros [con ruedas] chispeantes y ha pensado que pasaban los caballos de su señor; y mientras Nereo prepara los enconados combates con los navíos enfurecidos, se ha horrorizado al ir a pie por las limpias aguas. Todo lo que se contempla en el circo y en el anfiteatro, esto lo ha presentado en tu honor, oh César, el agua rica [en portentos]. Que no se hable ya de Fucino ni de los estanques del †siniestro† Nerón: que los siglos venideros no conozcan más que esta naumaquia.” (Marcial, Libro de los Espectáculos, XXVIII)


En el año 46 a.C., para celebrar su victoria sobre los seguidores de Pompeyo en la Segunda Guerra Civil de la República Romana, Julio César volvió a Roma y organizó una serie de diversas y fastuosas celebraciones. Durante de más de un mes hubo carreras de caballos, espectáculos de música y teatro, batallas de soldados, luchas de fieras, aunque el momento culminante se produjo con la primera naumaquia conocida de la Historia. Celebrada en un enorme estanque (stagnum) construido en el Campo de Marte y llenado con las aguas del río Tíber, la naumaquia de Julio César enfrentó a dos flotas formadas por birremes, trirremes y cuatrirremes, con 4000 remeros y 2000 tripulantes a bordo.

“Para la batalla naval se excavó un lago en la Codeta menor y allí se enfrentaron birremes, trirremes y cuadrirremes de la flota tiria y egipcia con gran número de combatientes. Para asistir a todos estos espectáculos fue tan grande la afluencia de público procedente de todas partes, que muchos forasteros dormían en tiendas colocadas en medio de las calles o de las calzadas, y con frecuencia, debido a la multitud, se produjeron muchas víctimas por aplastamiento y asfixia, entre ellas dos senadores.” (Suetonio, Cesar, 39)



Estas batallas solían estar basadas en la historia de Grecia, por lo que, a lo largo de los más de dos siglos,  se representaron episodios como la victoria de los atenienses sobre los persas en la batalla de Salamina (480 a.C.), o el triunfo de Córcira sobre su metrópolis, Corinto (635 a.C.). Para reflejar la mayor verosimilitud,  la naumaquia debía seguir el mismo desarrollo que había tenido la batalla real, de modo que se construía escenografía de la época, se usaban los remos para mover las naves, se empleaba maquinaría de guerra…

Las naumaquias constituían un espectáculo extravagante cuya celebración requería una gran planificación, además de una enorme infraestructura  y extraordinariamente cara, que no estaba al alcance de los magistrados que solían financiar divertimentos públicos para promocionar su carrera, por lo que quedaba en mano de los emperadores costear dichos eventos, lo que explica que solo se conozcan una decena a lo largo de la Historia de la antigua Roma.

Vestíbulo Casa de los Vettii, Pompeya

Para que pudieran realizarse había que cumplir con unas condiciones previas: tener un gran botín para gastar, obtenido habitualmente gracias a un importante triunfo militar; construir los barcos que participarían, por lo general de tamaño algo inferior al de las naves reales; disponer de un lugar apropiado donde llevarla a cabo y, puesto que se trataba de verdaderos combates donde la violencia, las mutilaciones, la sangre y los ahogamientos eran una constante, los combatientes eran prisioneros de guerra y condenados a muerte, lo que no impedía que estos  hicieran todo lo posible por no perecer en los duros enfrentamientos de las naumaquias.

“Los que iban a tomar parte en la batalla naval eran criminales condenados y había cincuenta buques por cada parte; la una llamada de "rodios" y la otra de "sicilianos". Al principio formaron todos en conjunto y se dirigieron a Claudio de esta manera: "Salve, Emperador", los que vamos a morir te saludamos" Cuando esto en modo alguno les valió para salvarles y se les ordenó que libraran el combate naval, simplemente trataron de navegar a través de las líneas de sus oponentes hiriéndose lo menos posible. Continuaron así hasta que se les obligó a masacrarse unos a otros.” (Dión Casio, Historia romana, LXI, 33)

Pintura de Giovanni di Stephano Lanfranco, Museo del Prado, Madrid

Como espectáculo portentoso era esencial mantener un cierto grado de realismo y evitar que una representación nefasta o problemas técnicos hicieran fracasar el principal cometido: proporcionar diversión. Para conseguirlo había que conseguir una coordinación perfecta entre todos los participantes y ello solo podía hacerse haciendo practicar a los cautivos y esclavos antes de iniciar la batalla real. Es posible que, a pesar de la dificultad de controlar a un número tan alto de prisioneros, estos acudieran a las instalaciones habilitadas en el puerto de Nápoles, donde permanecía la flota en tiempo de paz. Para mantener la seguridad de los espectadores se evitaría utilizar armas de largo alcance y se entrenaría como combatir y vencer al enemigo presentando batalla real y no eludiendo la lucha. Lo más común en estas celebraciones era que ninguno de los participantes, que podían ser cientos o miles de hombres, saliera con vida.

“Estaban sobre las calzadas las cohortes pretorias y la gente de a caballo, y tenían delante de sí grandes torres y plataformas, desde donde podían descargar las balistas y catapultas. Lo restante del lago ocupaban las dos armadas que habían de pelear, con las galeras empavesadas y a punto de guerra; y como si fuera todo aquello un teatro, se hinchieron de innumerable cantidad de gente, venida de las tierras comarcanas y de la misma Roma a ver aquel espectáculo y dar gusto al príncipe, no sólo las riberas y los collados, sino las cumbres más altas de los montes. Estaba Claudio con el vestido imperial, llamado paludamento, y no lejos de él Agripina con un manto de brocado de oro corto a lo soldadesco, ambos en soberbios tronos. Se peleó, aunque entre malhechores, con ánimo de hombres valerosos, y después de largo combate y muchas heridas, mandando poner fin a la batalla, fueron los combatientes librados del último trance.” (Tácito, Anales, XII, 56)


En raras ocasiones llegó a utilizarse el mar o un lago natural. Parece que la única conocida que se desarrolló en el mar fue la que celebró el hijo menor de Pompeyo, Sexto, en el estrecho de Mesina en el año 40 a.C.

“Celebró espectáculos por el triunfo, y con los que habían sido hechos prisioneros organizó una naumaquia en el Estrecho, frente a la misma Regio, para que la vieran los que estaban en la costa de enfrente, haciendo que unos barcos de madera chocaran contra otros de pieles para mofarse de Rufo.” (Dión Casio, Historia romana, XLVIII, 19)


En el año 2 a.C., el emperador Augusto organizó una de las naumaquias más conocidas, descrita con detalle en su autobiografía, Res Gestae Divi Augusti. Se realizó en un gigantesco lago artificial que el emperador mandó construir, del cual no hay restos de su estructura, y solo se sabe que estaba en la orilla izquierda del río Tíber. Según los datos proporcionados por Augusto, este recinto medía 533×355 metros y tenía una profundidad de 1.5 metros, por lo que en total habría albergado más de 200.000 metros cúbicos de agua. El motivo para su celebración pudo ser la inauguración del templo dedicado al dios Marte vengador, la cual se produjo en el año 2 a.C. Gracias a las fuentes se sabe que participaron treinta naves, entre las que estaban incluidas las birremes y las trirremes, y más de 3000 hombres sin contar a los remeros. Asimismo, como temática Augusto eligió representar la batalla naval que enfrentó a persas y atenienses en el año 480 a.C., la batalla de Salamina.

“Ofrecí al pueblo un espectáculo de combate naval al otro lado del Tíber, en el lugar que ahora ocupa el bosque de los Césares. Para lo que hubo que cavar el terreno mil ochocientos pies a lo largo y mil doscientos a lo ancho. En él se enfrentaron treinta naves con espolones, trirremes o birremes. y aún más de menor tamaño. En esas escuadras lucharon, sin contar los remeros, cerca de tres mil hombres.” (Augusto, Res gestae, 23)

Naumaquia de Augusto, Ilustraión Jean-Claude Golvin

La mayor naumaquia fue la celebrada por el emperador Claudio en el año 52 en el lago Fucino para conmemorar la inauguración de los drenajes de agua para su desecación, el espectáculo recreó el enfrentamiento entre las flotas de los sicilianos y los rodios, cada una de las cuales tenía doce trirremes y un total de 19.000 combatientes, según Tácito.

“Hizo Claudio poner en orden cien galeras de tres y de cuatro órdenes de remos por banco y guarnecerlas con diecinueve mil hombres, ciñendo en torno las orillas del lago con una calzada, como si fuera tierra firme, fundada sobre gruesas estacas trabadas y reforzadas entre sí, para quitar a los combatientes la esperanza de la huida. Abrazaba con todo eso el circuito bastante espacio para el uso de los remos, y para conocer el arte de los pilotos en el divertir o procurar el encuentro y en las demás cosas que se acostumbran en batalla de mar. (Tácito, Anales, XII, 56)

Vestíbulo Casa de los Vettii, Pompeya

El primer ejemplo de naumaquia en un anfiteatro, realizada gracias a un amplio y complejo sistema de canales, colectores y compuertas, se dio durante el gobierno del emperador Nerón.

“Ofreció asimismo una naumaquia con monstruos marinos nadando en agua salada, y unas danzas pírricas ejecutadas por efebos, que recibieron individualmente, al término de su actuación, el diploma de la ciudadanía romana.” (Suetonio, Nerón, XII, 1)

En el año 57 organizó uno de estos espectáculos en un anfiteatro de piedra y madera que había hecho construir en el Campo de Marte, y unos años después, en el 64, poco tiempo antes de quemarse en el gran incendio de Roma, organizó otra.

“En el curso de un espectáculo que ofrecía en uno de los teatros llenó repentinamente el sitio con agua del mar, para que los peces y los monstruos marinos pudieran nadar en ella, exhibiendo una batalla naval entre hombres que representaban a persas y atenienses. Tras esto, inmediatamente hizo drenar el agua, secar la superficie y ofreció de nuevo combates entre fuerzas terrestres, que lucharon no solo en peleas singulares, sino en grupos mayores igualados en número.” (Dión Casio, Historia romana, LXI, 9, 5)

Ilustración Rick Jacobson

El emperador Tito organizó en el año 80 unas fiestas que duraron 100 días por la inauguración del anfiteatro Flavio y no faltaron en ellas los espectáculos acuáticos. Para conmemorarlo, se celebraron dos naumaquias: una en el lago artificial creado por Augusto, y otra en el propio Coliseo, donde aún no se habían construido las enormes estructuras de piedra debajo de la arena, mandadas hacer por el emperador Domiciano posteriormente, y que imposibilitaron la celebración de más naumaquias.

El tercer día hubo un simulacro de batalla naval entre atenienses y siracusanos, que recordaba el ataque de Atenas a Siracusa, durante la Guerra del Peloponeso, en los años 415-413 a.C.

“En el segundo día hubo una carrera de caballos y al tercero una batalla naval entre tres mil hombres, a la que siguió un combate de infantería. Los "atenienses" vencieron a los " siracusanos" (esos fueron los nombres usados por los combatientes), ejecutaron un desembarco sobre el islote y asaltaron y capturaron una muralla que había sido construida alrededor del monumento.” (Dión Casio, Historia romana, LXVI, 25)

Naumaquia de Tito, Ilustración Jean-Claude Golvin

Las estimaciones más actuales han observado que los más de 4200 metros cúbicos de capacidad del Coliseo se podrían llenar en poco más de una hora, gracias al gran número de canales y compuertas que hacían caer el agua dentro de la arena. El vaciado también se realizaría rápidamente, a través de dieciocho colectores distribuidos en la arena.

Domiciano utilizó el anfiteatro para las batallas navales como había hecho su hermano.

“Dio continuamente espectáculos magníficos sin reparar en los gastos, tanto en el anfiteatro como en el circo, donde, además de las acostumbradas carreras de bigas y cuadrigas, presentó también dos combates, uno entre infantes y el otro entre jinetes; en el anfiteatro dio incluso una batalla naval.” (Suetonio, Domiciano, IV, 1)



El emperador Domiciano intentó eclipsar las fiestas acuáticas organizadas por su hermano, e hizo construir un nuevo y grandioso lago artificial donde organizó un gigantesco combate naval.

“Dio batallas navales en las que se enfrentaron casi auténticas escuadras, después de haber cavado junto al Tiber un lago que rodeó de asientos.” (Suetonio, Domiciano, IV, 2)

Durante esta representación cayó una gran tormenta sobre los espectadores, a los que no se permitió abandonar sus puestos, lo que motivó que muchos enfermasen.

“En el Circo, por ejemplo, ofreció combates de infantería contra infantería y luego entre caballería, así como una batalla naval en un lugar nuevo. En este último evento perecieron prácticamente todos los combatientes, así como muchos de los espectadores. Pues, aunque cayó una gran lluvia y se desató de repente una violenta tormenta, no permitió que nadie abandonase el espectáculo; y aunque él mismo cambió sus vestiduras por unas capas de gruesa lana, no permitió que los demás mudaran su atuendo, de manera que no pocos cayeron enfermos y murieron.” (Dión Casio, Historia romana, LXVII, 8)


Con el paso del tiempo, las naumaquias se hicieron cada vez menos frecuentes, debido a sus desproporcionados gastos. No obstante, en los Fasti Ostiensi (calendario de efemérides de la historia de Roma) se menciona que el emperador Trajano llevó a cabo una en un estanque próximo a la colina del Vaticano en el año 109, con una duración de seis días el contexto de las celebraciones por sus victorias sobre los dacios.

I] mp. Trajanus naumachiam suam dedicavit.

Templo de Isis, Pompeya. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles

La última referencia a estas celebraciones data del año 248, cuando el emperador Filipo el Árabe festejó el milenario de la fundación de Roma con una naumaquia llevada a cabo donde estuvo más de doscientos años antes el lago artificial de Augusto.

“Así pues, Marco Julio Filipo, árabe de la Traconítida, después de haber asociado en el poder a su hijo Filipo, tras apaciguar los asuntos en Oriente y fundar la ciudad de Filipópolis en Arabia, vino a Roma. Una vez construido un lago artificial más allá del Tiber, porque esta zona sufría de escasez de agua, celebraron con juegos de todo tipo el milenario de la ciudad de Roma.” (Aurelio Víctor, Vida de los Césares, 28)

Ilustración flaviobolla, Deviant Art

Con frecuencia se realizaban en estanques de las villas de recreo romanas excavadas a propósito y rodeados de gradas para los espectadores, en lagos artificiales creados con la intención de realizar pequeñas batallas navales, o en anfiteatros que se inundaban para la ocasión.

“Aunque procuras no hacer cosa alguna que se salga de la cuenta y medida, te diviertes de vez en cuando en las fincas paternas: se reparten barcas entre los ejércitos; bajo tu mando se repite la batalla de Accio, con esclavos que hacen como si combatieran; el adversario es tu hermano, un estanque es el Adriático, hasta que la Victoria veloz al uno o al otro con su fronda corone. Quien crea que así te acomodas a sus aficiones, entusiasmado elogiará tu juego con ambos pulgares.” (Horacio Epístolas, I, 18, 60)

Mary Evans Picture Library

Algunas naumaquias celebradas con motivo de juegos fundados en honor de las victorias de Augusto, como los 
ludi Actiati, que conmemoraban su triunfo en Accio, podían llevarse a cabo de una forma lúdica o deportiva sin violencia y muertes como parece reflejar la referencia de Ausonio en su obra Mosela, escrita mucho después de que las naumaquias dejaran de ser habituales.

“Juegos de ese tipo son los que contempla Líber en la bahía de Cumas, cuando avanza a través de los collados sembrados del sulfúreo Gauro y por los viñedos del vaporífero Vesubio mientras Venus, alegre por los triunfos de Accio conseguidos por Augusto, manda a los desenfrenados Amores jugar fieros combates, iguales a los que llevaron a cabo las escuadras del Nilo y las trirremes del Lacio bajo los acantilados de Léucade, morada de Apolo; o bien las naves de Eubea vuelven a contar los peligros de Mila en la guerra contra Pompeyo en el sonoro Averno; combates de navíos sin daño y luchas de naumaquias festivas, cual se ve en el Péloro siciliano, refleja el mar brillante bajo verde imagen; no es otro el espectáculo que inspira a los jóvenes descarados el floreciente río y los esquifes de rostros pintados.” (Ausonio, Mosela, 205-220)



Durante los últimos siglos del imperio con motivo de conmemoraciones y homenajes a personajes notables de la sociedad se celebraron juegos escénicos que podían incluir batallas navales con un tono mucho más lúdico que las celebradas durante los primeros siglos.

“Que las naves entablen alegres un combate en un mar improvisado y que las aguas, dejándose penetrar, espumeen con los melodiosos remeros.” (Claudiano, Consulado de Manlio Teodoro, 332)

Ilustración de acuarela y tinta, Wayne Ferrebee, 2021


En las provincias del imperio parece probable que se desarrollaran las naumaquias en ciudades con las infraestructuras suficientes y el aporte necesario de agua, proporcionado por los acueductos, para poder llevar a cabo un evento de tal magnitud. Hay evidencias de que zonas de la orchestra de algunos teatros podían inundarse para ofrecer al menos juegos acuáticos  los espectadores.

Los juegos acuáticos siguieron teniendo cierta permanencia en la sociedad romana más tardía, pero estaban mayormente dedicados a escenificar representaciones teatrales en las que los actores vestían como personajes mitológicos y desarrollaban su actuación sobre el agua.

“Un entrenado coro de Nereidas se puso a jugar por toda la superficie del mar y decoró las plácidas aguas con variadas tablas. Hubo un amenazador tridente de dientes rectos y un áncora de diente curvo: nos imaginamos los remos y nos imaginamos una barca y que brillaba la constelación de los Laconios, grata a los navegantes, y que se henchían las amplias velas con un seno bien visible. ¿Quién vio jamás tantas maravillas en las aguas transparentes? O Tetis enseñó estos juegos o los aprendió.” (Marcial, Libro de los Espectáculos, XXVI)



Las naumaquias se convirtieron en unos de los mayores espectáculos de masas creados por el imperio romano, que recurrió a la grandiosidad y al efectismo, para impresionar a los ciudadanos con una combinación de realismo histórico y triunfalismo que atraía e impresionaba a la plebe que acudía entusiasmada a contemplar tan magna demostración de poder.



Bibliografía
https://www.academia.edu/24722066/Naval_Battle_Shows_and_Aquacades; Naval Battle Shows and Aquacades; Rabun Taylor
https://is.muni.cz/th/lspnx/Theatricality_of_Naumachiae.pdf; Theatricality of Naumachiae; Lucia Steltenpohlová
https://www.academia.edu/14152201/Venues_for_Spectacle_and_Sport_other_than_Amphitheaters_in_the_Roman_World; Venues for Spectacle and Sport (other than Amphitheaters in the Roman World; Hazel Dodge
https://docplayer.es/31983821-Circo-y-fieras-en-la-roma-antigua-pantomimas-y-naumaquias.html; Circo y fieras en la Roma antigua. Pantomimas y naumaquias; José María Blázquez Martínez
https://www.centronaval.org.ar/boletin/BCN822/822calandra.pdf; Naumaquias, el mayor espectáculo de Roma; Oscar J. Calandra