sábado, 16 de julio de 2022

Beatus Ille, vida campestre en la antigua Roma

Toledo Museum of Art, Estados Unidos


Febo, ayuda a estos intentos que no pretenden nada grande,
ni siquiera lo que de ti quiere sacar el vulgo malicioso.
Aleja las riquezas, que los cargos les caigan a esos otros
que los quieren, que a otros los ayude privanza grande;
que este haga de almirante en los navíos o alegre
mande en campamento ajeno con servicial esmero;
que una provincia tema los doce fasces de otro;
oiga el de más allá aplausos sin parar reiterados.
Que yo atienda a un campo de pobre suelo y a versos
despreocupados, y que no pase un día sin un hermano;
que a mi vida descansada le lleguen diversiones
limpias, que mi alma de nada se espante ni nada anhele;
que largo tiempo ignorado me acabe una vejez sin achaques
y mis dos hermanos recojan los huesos en mi sepelio.
 (Antología Latina, 804)

La ciudad en la antigua Roma, según algunos autores, era un espacio de corrupción moral, donde los excesos evitaban que sus habitantes pudieran llevar una vida adecuada y donde incluso los hombres buenos estaban siempre ocupados por las obligaciones profesionales o políticas. Por el contrario, en el campo se podía vivir feliz, despreocupado y dedicado a los placeres de la vida sencilla.

Los campesinos de los que hablan los literatos viven esa sencillez, contentos con sus recursos, aunque estos sean limitados, en un hogar apacible donde la familia juega un papel fundamental con ofrendas a los dioses, principalmente los relacionados con el entorno rústico, para atraer la prosperidad a sus hogares.

"Pero, ante todo, da culto a los dioses y cumple cada año el rito a la gran Ceres oficiando sobre la lozana hierba, cuando ha tocado a su fin el largo invierno, entrada ya la serena primavera. En esta época están gordos los corderos y los vinos entonces se enmollecen, entonces el sueño es dulce y en las montañas la sombra espesa. Que la campesina mocedad se te una a ti para adorar a Ceres, en cuyo honor exprime los panales de miel en leche y vino dulce y por tres veces que la víctima propicia vaya en procesión alrededor de las mieses nuevas, que la acompañen con regocijo la gente y el coro entero y con gritos llamen a Ceres a sus casas y que nadie meta la hoz en las espigas sazonadas, antes de que, en honor de Ceres ceñida la frente con corona de encina, dance en desordenados movimientos y pronuncie los himnos de ritual." (Virgilio, Geórgicas, I, 340)

Pintura de Alma-Tadema


La vida rural se desarrolla alrededor de la agricultura, que es la principal fuente de ingresos, y las necesidades de las cosechas y el ganado rigen la vida en base a las jornadas diarias y las estaciones del año.

La sociedad romana pre-imperial asociaba la pobreza con la virtud, ensalzando al virtuoso hombre pobre como alguien dedicado a su labor, ya fuera la agricultura o el ejército, que se conformaba con tener lo suficiente para subsistir.

"Si en algún tiempo la fría lluvia retiene en su casa al labrador, es ocasión de hacer holgadamente muchas cosas que tendrían luego que ser improvisadas bajo un cielo sereno. El labrador aguza la dura punta de la embotada reja, de troncos de árbol excava las barricas, o empega los ganados o numera sus montones. Otros afilan las estacas y las horcas de dos ganchos y preparan las ligaduras amerias para la flexible vid." (Virgilio, Geórgicas, I, 260)


La imagen tradicional del campesino feliz en la literatura Latina suele incluir a la familia como elemento relevante para conseguir una producción fructífera de la tierra o los animales. Tanto la esposa como los hijos ayudan en las labores del campo.

"¡Cuánto más digno de ser alabado es éste al que, dispuesta su descendencia, la perezosa vejez lo sorprende en su modesta casa! Él mismo sigue a sus ovejas, su hijo a los corderos y su mujer le prepara agua caliente cuando regresa cansado. Así sea yo, y me sea lícito blanquear mi cabeza con canas y, viejo, evocar los recuerdos de un tiempo pasado." (Tibulo, I, 10, 40)



Los intelectuales de la época veían la vida en el campo como un refugio donde olvidar las preocupaciones de la vida en la ciudad. Horacio describe su finca sabina, regalo de su patrono Mecenas, como un símbolo de la tranquilidad necesaria que el poeta necesita para componer su obra.

"En estas cosas pierdo el día de mala manera, no sin formular un deseo: «¡Oh campo!, ¿cuándo he de verte?; ¿cuándo me será permitido, ya con los libros de los antiguos, ya con el sueño y las horas de asueto, lograr el dulce olvido de esta vida agitada?" (Horacio, Sátiras, II, 6, 60)

En el campo la vida gira en torno a lo que realmente importa para llevar una vida sin complicaciones, sin dar importancia a banalidades y temas que solo interesan a los que quieren medrar en la vida social de la ciudad. Por eso el propietario que decide vivir en el campo se rodea de un círculo de amistades que comparte sus mismos intereses y que puede hablar de cualquier asunto con total libertad.

"¡Oh noches y cenas divinas, en las que como con los
míos ante mi propio hogar, y a los traviesos esclavos nacidos en
casa les doy un bocado de cuanto yo pruebo! A l gusto de cada
cual, vacían los comensales copas dispares, libres de leyes absurdas:
el que es un valiente las toma bien fuertes y otro gus-
ta más de remojarse con tragos ligeros. Y entonces empieza la
tertulia, no a cuento de las villas o casas ajenas, ni de si Lepor
sabe bailar o no sabe; sino que tratamos de lo que más nos interesa
a nosotros y es malo ignorar: de si los hombres son felices
por la riqueza o por la virtud; de qué nos arrastra hacia la amis-
tad: el interés o la honradez; y de cuál es la naturaleza del bien,
y cuál su máximo grado."
(Horacio, Sátiras, II, 6, 65)

Mosaico de El Bardo, Túnez

La idea general de los autores de la época es que la gente del campo lleva una vida más moderada y saludable que los que viven en la ciudad, más dependientes de caprichos extravagantes y distracciones mundanas que hacen más difícil su vida diaria.

"Mientras tú quizás andas de aquí para allá sin descanso, Juvenal, por la bulliciosa Subura o te pateas el monte de la soberana Diana; mientras de puerta en puerta de los poderosos te hace aire la toga que hace sudar y, en tu vagar, el Celio mayor y menor te fatigan, a mí, después de muchos diciembres reencontrada, me ha acogido y me ha hecho un campesino mi Bílbilis, orgullosa de su oro y de su hierro. Aquí cultivo perezoso con un trabajo agradable el Boterdo y la Plátea —las tierras celtíberas tienen estos nombres demasiado rudos—, disfruto de un sueño profundo e interminable, que a menudo no lo rompe ni la hora tercia, y ahora me recupero de todo lo que había velado durante tres decenios. No sé nada de la toga, sino que, cuando lo pido, me dan de un sillón roto el vestido más a mano. Al levantarme, me recibe un hogar alimentado por un buen montón de leña del vecino carrascal y al que mi cortijera rodea de multitud de ollas. Detrás llega el cazador, pero uno que tú querrías tener en un rincón del bosque. A los esclavos les da sus raciones y les ruega que se corten sus largos cabellos el cortijero, sin un pelo. Así me gusta vivir, así morir." (Marcial, Epigramas, XII, 18)

Mientras que los ricos habitantes de la ciudad disfrutan de especialidades culinarias presentadas de forma espectacular y de procedencia exótica, sin preocuparse por su calidad como sustento, los residentes en el campo se conforman con una dieta sencilla que comparten con sus invitados y que proviene de sus propias tierras. Horacio se refiere a un conocido suyo, Ofelo, anterior pequeño propietario reconvertido en colono a sueldo:

"Yo nunca me he permitido comer en día que no fuera de fiesta más que verdura con una punta de ahumado pernil; y si tras mucho tiempo un huésped llegaba a mi casa, o bien, si no teniendo trabajo que hacer, en tiempo de lluvias, me acompañaba a la mesa un vecino estimado, nos arreglábamos bien; no con pescado traído de la ciudad, sino con pollo y cabrito. Luego, las uvas que tenía colgadas y las nueces nos proporcionaban el postre, junto con unos higos abiertos. Tras esto, el juego consistía en beber sin otro juez que la culpa; y el vino de las libaciones a Ceres, para que se alzara con una espiga bien alta, distendía las frentes que la inquietud arrugaba." (Horacio, Sátiras, II, 2, 115)

Ilustración de Jean-Claude Golvin

Plinio el joven describe su villa en el campo como el lugar más propicio donde la aristocracia podía combinar el otium y el negotium fácilmente. Sus tierras son extensas y productivas, con pastos y agua y accesible para el transporte de mercancías a la ciudad y así poder ser de provecho al Imperio.

"El paisaje es hermosísimo. Imagínate un anfiteatro inmenso, como solo la naturaleza puede crear. Una extensa y abierta llanura rodeada por montañas que tienen sus cimas cubiertas por antiguos bosques de altos árboles. Allí la caza resulta abundante y variada. Desde las cumbres bajan por sus laderas bosquecillos de árboles maderables, en medio de los cuales hay colinas fértiles y cubiertas de una abundante capa de humus (pues no es fácil encontrar roca alguna, aunque la busques) que no ceden en riqueza a los campos más llanos, y donde madura una excelente cosecha de cereales, más tardía es cierto, pero no de inferior calidad. Al pie de estos sembrados, por todos lados, se extienden unos viñedos, que, al entrelazarse entre sí, presentan en una ancha y larga superficie una panorámica uniforme, en cuyo límite nacen unos arbustos, que forman, por así decirlo, el reborde inferior de la colina. A continuación, vienen prados y tierras de labor, tierras que no pueden ser roturadas a no ser con enormes bueyes y pesadísimos arados: el suelo es tan compacto que cuando se le abre por primera vez se levanta en grandes terrones, de modo que solo a la novena arada se lo domeña. Los prados, floridos y brillantes coma tachonados de gemas, crían tréboles y otras delicadas hierbas siempre tiernas coma si fuesen nuevos brotes. En efecto, todos estos prados se alimentan de caudales inagotables, pero en las zonas donde más agua fluye no se forma ninguna zona pantanosa, pues la tierra, al estar en pendiente, vierte en el Tíber toda el agua que recibe y no puede absorber. El río, navegable, corre a través de los campos y transporta hasta la ciudad todos los productos de la tierra, pero solo en invierno y primavera; en verano baja de nivel y abandona el nombre de gran rio en su lecho arenoso, que recupera en otoño." (Plinio, Epístolas, V, 6)

Ilustración Chris Mitchell

Al mismo tiempo proporciona caza para el divertimento de sus residentes y el propietario puede encontrar paz y tranquilidad para dedicarse a escribir y sentirse más sano y dispuesto a la actividad creativa.

"Allí el ocio es más profundo, más sosegado, y por ello más despreocupado: no hay necesidad alguna de ponerse la toga, nadie de la vecindad te molesta, todo es tranquilidad y descanso, circunstancias que añaden mucho a la salubridad de la región, tanto como un cielo sereno, como un aire puro. Es allí donde mi cuerpo, mi espíritu tienen más vigor. Pues ejercito mi espíritu con los estudios, mi cuerpo con las cacerías. Mis sirvientes están también aquí más sanos que en ninguna otra parte; hasta ahora ciertamente no he perdido a nadie de los que he traído aquí conmigo (que los dioses me perdonen por hablar así). ¡Qué los dioses me conserven en el futuro este gozo, y al lugar esta gloria! Adiós." (Plinio, Epístolas, V, 6)

Escena de caza, Museo Romano de Mérida

Aparte de la caza otra actividad al aire libre que podían practicar los ociosos habitantes de las villas rústicas era la pesca con caña y anzuelo. Plutarco cita una anécdota sobre Marco Antonio y Cleopatra ocurrida mientras él pescaba con la caña:

“Estaba una vez pescando con mala suerte, y enfadándose porque se hallaba presente Cleopatra, mandó a los pescadores que, metiéndose sin que se notara debajo del agua, pusieran en el anzuelo peces de los que ya tenían cogidos; y habiendo sacado dos o tres lances, no dejó la egipcia de comprender lo que aquello era. Fingió, pues, que se maravillaba, y haciendo conversación con sus amigos, les rogó que al día siguiente concurrieran a ser espectadores. Embarcáronse muchos en las lanchas, y luego que Antonio echó la caña, mandó a uno de los suyos que nadara por debajo del agua y adelantándose, colgara del anzuelo pescado salado del Ponto. Cuando Antonio creyó que había caído algún pez, tiró, y siendo el chasco y la risa tan grande como se puede pensar, “Deja – le dijo -, ¡Oh Emperador!, la caña para nosotros los que reinamos en el Faro y en Canopo; nuestros lances no son sino ciudades, reyes y provincias.” (Plutarco, Antonio, 29)

Mosaico con pescador, Kos, Grecia

En la Roma imperial de la época de Augusto la vida en la ciudad de Roma se había encarecido debido a los altos precios del mercado y a la escasez de algunos productos. Se necesitaban recursos para hacer frente al gasto de las necesidades básicas, como alimentos, o combustible para calentarse y para cumplir las demandas sociales a las que la pertenencia a la ciudadanía obligaba. Por tanto, muchos miraban en la ciudad miraban a sus lugares de origen enclavados en entornos rurales por la posibilidad de tener una mejor vida que en la ciudad, donde tenían que adular a los patronos que les ayudaban a sobrevivir.

"Te admiras frecuentemente, Avito, de que yo hable demasiado de pueblos remotos, habiéndome hecho viejo en la capital del Lacio, y de que tenga sed del aurífero Tajo y de mi patrio Jalón y de que añore los campos descuidados de una pequeña torre bien abastada. Me gusta aquella tierra en la que una pequeña hacienda me hace feliz y unos pocos recursos me hacen nadar en la opulencia. Aquí se le da de comer al campo, allí da de comer; el hogar se templa aquí con un fuego maligno, allí luce con una lumbre enorme. Aquí es costosa el hambre y ruinoso el mercado; allí la mesa queda enterrada por las riquezas de su propio campo. Aquí se gastan en un verano cuatro togas o más, allí una sola toga me abriga durante cuatro otoños. Anda, hazles ahora los honores a los patronos, siendo así que todo lo que no te proporciona un amigo puede proporcionártelo, Avito, un lugar." (Marcial, Epigramas, X, 58)


Algunos ciudadanos buscaban el amparo de un patrono que ayudara a cubrir sus necesidades más básicas y algunos soñaban con una propiedad en el campo que les facilitara ser autosuficientes y no incurrir en los gastos habituales de vivir en la ciudad. El poeta satírico Marcial se muestra encantado con la finca que su patrona le regala.

"Este bosque, estas fuentes, esta sombra entretejida de los pámpanos vueltos hacia arriba, esta corriente guiada de agua de riego, estos prados y rosales, que no ceden al Pesto de las dos cosechas, y todas las hortalizas que verdean y no se hielan ni en el mes de Jano, y la anguila doméstica, que nada en un estanque cerrado, y esta torre de un blanco resplandeciente que cría palomas de su mismo color, obsequios son de mi dueña. A mi vuelta después del séptimo lustro, Marcela me ha dado estas casas y estos pequeños reinos. Si Nausícaa me concediera los huertos de su padre, podría decirle yo a Alcínoo: Prefiero los míos."  (Marcial, Epigramas, XII, 31)

Ilustración de Jean-Claude Golvin

En algunas obras la descripción idílica de la vida y paisaje campestres son una mera representación de la visión que los residentes en la urbe tienen de lo que debería ser la vida rural. Así es en el caso del personaje Alfio quien aparentemente lleva una plácida vida en el campo, pero que resulta ser una fantasía, porque finalmente se revela que vuelve a su negocio en la ciudad.

“Feliz aquel que, de negocios alejado, cual los mortales de
los viejos tiempos, trabaja los paternos campos con sus bueyes,
de toda usura libre. A él no lo despierta, como al soldado, la
trompeta fiera ni teme al mar airado; y evita el Foro y las puertas
altivas de los ciudadanos poderosos,
Y así, o bien casa los altos chopos con los crecidos sarmientos
de las vides, o bien, en un valle recoleto, contempla
las errantes manadas de mugientes reses; y cortando con la po-
dadera las ramas que no sirven, otras más fértiles injerta; o exprime
mieles que guarda en limpias ánforas, o esquila a las débiles
ovejas. Y cuando el otoño asoma por los campos su cabeza,
de dulces frutas ataviada, ¡cómo goza recogiendo las
peras que ha injertado y uvas que rivalizan con la púrpura, para
ofrecértelas a ti, Priapo, y a ti, padre Silvano, que guardas los
linderos…………………………………………………………………………….
Mas cuando la invernal estación de Júpiter tenante apresta las
lluvias y las nieves, o bien a los fieros jabalíes acosa de aquí y
de allá, con machos perros, hacia las redes que les cortan la escapada,
o con la percha pulida tiende ralas mallas para engañar
a los voraces tordos; y caza con el lazo la tímida liebre y la
emigrante grulla, trofeos placenteros. ¿Quién no se olvida, en
medio de todo esto, de las malas cuitas que provoca Roma?
…………………………………………………………………………………………..
Ni el ave africana ni el jonio francolín bajarán
más gratos a mi panza que la oliva elegida de las ramas más
pingües de los árboles, o la hierba de la acedera, amante de los
prados, o las malvas saludables para el cuerpo enfermo, o la
cordera sacrificada en las fiestas Terminales, o el cabrito arrebatado
al lobo.
Entre estos festines, ¡cómo agrada ver a las ovejas corriendo
a casa ya pacidas, ver a los cansados bueyes arrastrando el
arado vuelto sobre el cuello lánguido; y a los siervos nacidos
en la casa, enjambre de una finca acaudalada, sentados en torno
a los lares relucientes!
Una vez que dijo todo esto, el usurero Alfio, que estaba a
punto, a punto de hacerse campesino, reembolsó todos sus cuartos
el día de las idus,... y ya busca dónde colocarlos en las calendas.”
(Horacio, Épodos, II, 2)

Villa romana, Ilustración de Jane Brayne

La mayor parte de los autores de la época de Augusto deseaban que con su llegada al poder se volviese a una época de moralidad y simplicidad que acabase con el vicio y la decadencia que se habían implantado en la sociedad romana a partir de la expansión de Roma debida a las conquistas de nuevos territorios. Ansiaban el regreso a una Edad Dorada, un pasado lejano en el que los antepasados vivían una apacible vida campesina antes de que existiesen las ciudades, las armas y las guerras y que se impusiesen los lujos y los excesos como la gula y la impiedad.

iDichoso aquel que llegó a conocer las causas de las
cosas y puso bajo sus pies los temores todos, la creencia
en un destino inexorable y el estrepitoso ruido del Aqueronte
avaro! ¡Pero también dichoso el que supo de los
dioses de los campos, y de Pan y del viejo Silvano y
de las hermanas Ninfas! A ese tal, ni las fasces con-
cedidas por el pueblo, ni la púrpura de los reyes le hicieron
doblegarse, ni la discordia que subleva a los hermanos
sin fe; o el dacio, que desciende desde el Istro conjurado,
ni los negocios de Roma, ni los reinos destinados
a perecer; ése no se dolió, compasivo, del pobre, ni envidió
al que tiene. Los frutos que las ramas, los que los
mismos campos, sin cultivo, generosos produjeron, no tuvo
más que cogerlos; ni vio las leyes inflexibles, la locura
del foro, ni los archivos del pueblo."
 (Virgilio, Geórgicas, II, 490)


Para que un propietario pueda dedicarse al otium necesita disponer de alguien en quien confiar para dirigir su hacienda. Esta labor solía recaer en el villicus, capataz que se encargaba de repartir las tareas y vigilar a los esclavos. En el caso de la finca sabina de Horacio, el villicus, que antes desarrollaba sus tareas como esclavo en la ciudad parece echar de menos su vida en la ciudad con sus diversiones urbanas. Horacio, quien antes disfrutaba de su estancia en la urbe, pero que se ha acostumbrado a la vida sencilla del campo, le reprocha sus quejas y le recuerda que otros esclavos le tendrán envidia por las ventajas que le reporta su puesto actual. El poeta concluye que cada uno debe dedicarse a la labor a la que está destinado.


"Yo llamo feliz al que vive en el campo, y tu al que
en la urbe. El que gusta de la suerte de otro, no es de extrañar
que aborrezca la suya. Igual de necios el uno y el otro, echan
la culpa al lugar, sin razón ni justicia: la culpa es del alma, que
nunca logra escapar de sí misma.
Tú, cuando eras un criado cualquiera, en tus calladas plegarias
ansiabas el campo; ahora que eres capataz añoras la urbe,
sus juegos y baños. Sabes que yo soy consecuente, y que a disgusto
me voy cada vez que los odiosos negocios a Roma me
llevan a rastras. No nos gustan las mismas cosas, y por eso no
estamos de acuerdo.
………………………………………………………………………………………
Vamos, pues, y escucha ahora qué es lo que impide que nos
entendamos. A aquel al que tan bien le caían las togas finas y
los cabellos brillantes; el que tú sabes que, sin dar nada a
cambio, gozó del favor de Cinara la avariciosa, y desde el
mediodía andaba bebido de claro falemo, le gustan las cenas
ligeras y la siesta a la orilla del río, sobre la hierba; y no se avergüenza
de cuanto se ha divertido, mas sí lo haría de no poner un
final a la juerga. Ahí nadie amarga mi bienestar con aviesa mirada,
no lo envenena con el oscuro mordisco del resentimiento;
eso sí, los vecinos se ríen al verme voltear terrones y piedras.
Tú prefieres roer con los siervos la diaria ración de la urbe, y
en tus deseos corres a convertirte en uno de ellos; mas el mozo
de cuadra, que es tan charlatán, te envidia el que puedas disfrutar
de la leña, el ganado y el huerto. El perezoso buey querría
gualdrapas, y arar querría el caballo; mi parecer será que el
uno y el otro hagan a gusto el oficio que saben."
 (Horacio, Epístolas, I, 14)

Museo Nacional Palazzo Massimo, Roma

El clima era un motivo importante para el retiro en el campo. Huir del calor sofocante del verano en la ciudad anima a los ricos hacendados romanos a trasladarse hasta sus villas rurales, donde el ambiente normalmente más fresco y la tranquilidad permite disfrutar del ocio y las actividades propias del campo.

"Te metes conmigo por quedarme en el campo, yo podría con más razón quejarme de que tú permanezcas en la ciudad. La primavera a deja paso al Verano; el sol ha completado su trayecto hasta el trópico de Cáncer y ahora avanza en su viaje hacia el polo. ¿Por qué debería desperdiciar palabras sobre el clima que tenemos aquí? El creador nos ha situado de tal forma que estamos expuestos a los calores vespertinos. Es decir, todo resplandece; la nieve se está derritiendo en los Alpes; la tierra está cosida a grietas. Los vados no son sino grava seca, las orillas duro barro, los llanos polvo; los arroyos languidecen y apenas pueden correr; en cuanto al agua, caliente no es la palabra; hierve. Todos sudamos en sedas ligeras y linos; pero allí estás en Ameria todo envuelto en tu amplia toga, hundido en un sillón, y diciendo entre bostezos: Mi madre era una Samia a alumnos más pálidos por el calor que por temor a ti. Puesto que amas tu salud, aléjate en seguida de tus sofocantes callejones, únete a nuestro hogar como el más bienvenido de todos los huéspedes, y en este, el más atemperado de los retiros evita al intemperado Sirio." (Sidonio Apolinar, Epístolas, II, 2)



Bibliografía

Rasgos de la vida hispanorromana en la Celtiberia, Miguel Dolç
Gaudia Verae Vitae y carpe diem en los Epigramas de Marcial, Aurelio González Ovies
All Country Roads Lead to Rome: Idealization of the Countryside in Augustan Poetry and American Country Music; Alice Lyons
Aristocracy and Agriculture: How Vergil’s "Georgics" Inspired a Wave of Agrarianism and Imperialism; Isabel M. Lickey
The Foliate Lyre: The Use of the Countryside In Horace's Odes; Andrew Michael Goldstei
Horace, Martial, and Rome: two Poetic Outsiders read the Ancient City; Stephen L. Dyson and Richard E. Prior
Otium as Luxuria: Economy of Status in the Younger Pliny´s Letters; Eleanor Winsor Leach
The Simple Life in Vergil's "Bucolics" and Minor Poems; Elizabeth F. Smiley
The Cambridge Companion to Horace, Town and country; Stephen Harrison

miércoles, 1 de junio de 2022

Gladiator, gladiadores en la antigua Roma (II)


Mosaico de Zliten, Libia

En las casas de los ricos ciudadanos romanos se celebraban a veces espectáculos de combates entre gladiadores, al igual que se hacían representaciones teatrales o recitales musicales. La agresividad tanto del anfitrión como de los invitados se muestra en la avidez por ver sangre y desear la muerte del vencido.

“Los romanos presentaban los juegos de gladiadores, una práctica que les fue dada por los etruscos, no solo en los festivales y en los teatros, sino también en sus banquetes. Es decir, algunas personas a menudo invitaban a sus amigos a comer y a otros pasatiempos agradables, pero además podía haber dos o tres parejas de gladiadores. Cuando todos habían comido y bebido lo suficiente, llamaban a los gladiadores. En el instante en que la garganta de alguno era cortada, aplaudían con placer.” (Nicolás de Damasco, Atlética, 4.153)

Pintura de Francesco Netti

En un primer momento los romanos adoptaron la costumbre de amenizar sus cenas con combates de gladiadores entre los campanos, aliados suyos, y los samnitas, sus enemigos.

“Ellos [los campanios] eran tan extravagantes que celebraban cenas con gladiadores, regulando el número de parejas según la importancia de los convidados.” (Estrabón, Geografía, 5.4.13)

Los campanos llegaron a odiar tanto a los samnitas durante las guerras en las que se enfrentaban que solían llamar a los gladiadores que usaban en sus fiestas samnitas. Esta costumbre de usar samnita como sinónimo de gladiador también la muestran los romanos en esa época, bien por tomarla de los campanos, bien porque sin duda muchos de los gladiadores que los romanos usaron en esa época fueron los samnitas que capturaban en el campo de batalla. Cuando esos prisioneros eran enfrentados como gladiadores los romanos los armaban con las mismas armas que llevaban cuando fueron capturados.

“Los campanos, por orgullo y por odio a los samnitas, con semejante ornato armaron a los gladiadores que servían de espectáculo en los banquetes y los denominaron con el nombre de samnitas.” (Tito Livio, Ab Urbe Condita, IX, 40, 17)

Guerrero Samnita, Campi Flegrei, Italia

Una vez muertos todos los presos samnitas solían aprovechar sus armas para el resto de combates gladiatorios, armando con ellas a otros gladiadores que no eran de origen samnita pero que, al ir equipados de ese modo, lo parecían igualmente. Así, el tipo gladiatorio samnita fue el primero en surgir.

“Cuenta Varrón, en su relato de portentos de fuerza, que Tritano, de cuerpo delgado, pero de fuerzas extraordinarias era famoso entre los gladiadores de armadura samnita.” (Plinio, Historia Natural, VII, 20)

El tipo samnita, mencionado frecuentemente durante la república, desapareció en el imperio, ya que para época de Augusto el pueblo samnita ya estaba perfectamente integrado dentro del imperio, por lo que podía resultar ofensivo que siguiese existiendo un tipo gladiatorio que llevase por nombre ese gentilicio y que se equipase con las armas de ese pueblo.

Lucha de guerreros o gladiadores samnitas.

Las campañas en la Galia del siglo II a. C. y en Tracia en el 80 a. C. provocaron la llegada a Roma de gran número de prisioneros galos y tracios, los cuales lucharon como gladiadores con sus armas características. Así surgieron el gallus (galo) y el thraex (tracio), otros dos tipos gladiatorios.

Las primeras campañas en Britannia (55-54 a.C.) supusieron la exhibición de los prisioneros britones luchando en la arena montados en sus típicos carros de combate lo que llegó a causar gran sensación y motivó la aparición del essedarius, luchador que montaba el típico carro de guerra de Britannia, el essedum. Julio César relata cómo actuaba en la batalla.

“Su modo de pelear en tales vehículos es éste: corren primero por todas partes, arrojando dardos; con el espanto de los caballos y estruendo de las ruedas desordenan las filas, y si llegan a meterse entre escuadrones de caballería, desmontan y pelean a pie. Los conductores del carro, en tanto, se retiran algunos pasos del campo de batalla y se apostan de suerte que los combatientes, si se ven apretados por el enemigo, tienen a mano el asilo del carro.” (Julio César, Guerra de las Galias, IV, 33)

Carro britón, ilustración de Wayne Reynolds

Los organizadores de los juegos en Roma advirtieron que era mucho más atrayente enfrentar a tipos distintos de luchadores que asistir al combate entre dos gladiadores del mismo tipo (pues ambos hombres luchaban con la misma técnica de combate), por lo que aumentó el interés por introducir y crear aún más tipos gladiatorios denominados no con el gentilicio de la nación de origen, sino a partir del arma tan espectacular con la que combatía, como la rete (red), a partir de la cual crearon al retiarius.

“Viajero, ves muerto al que fue valiente en los anfiteatros, un reciario de segundo rango de Tarsis, de nombre Melanippus. Ya no escucho el sonido de las trompetas de bronce, ni provoco el estruendo de las flautas. Dicen que Heracles realizó doce trabajos, pero yo completé los mismos y terminé en el décimotercero. Thallus y Zoe lo hicieron en memoria de Melanippus con su dinero.”

Detalle del mosaico de los gladiadores. Villa Borghese, Roma

Se inventaron tipos gladiatorios creados específicamente para hacer frente a alguno de los ya existentes, como el secutor, que fue creado para ser el rival ideal del retiarius y se desarrollaron tipos derivados de los ya existentes, como el laquearius, que era un derivado del retiarius, pero que usaba un lazo en vez de una red.

“El combate de los laquearios consistía en hacer caer, persiguiéndolos y trabándolos con un lazo que les arrojaban, a hombres que huían durante el desarrollo del juego y que se protegían con un escudo de piel.” (Isidoro de Sevilla, Etimologías, XVIII, 56)

Los tipos gladiatorios se englobaban en dos grupos generales; los que llevaban armamento pesado, llamados scutarii, por el escudo grande (scutum) que portaban y el grupo de los que llevaban armamento ligero, parmularii, por el escudo redondo y pequeño (parma) con el que se defendían. Esta división se usaba principalmente para hacer las parejas de gladiadores, pues la regla principal establecía que había que enfrentar siempre a un ligero contra un pesado, el enfrentamiento no podía ser de dos gladiadores del mismo grupo, aunque había excepciones.

“Aunque a toda velocidad hagas, Agatino, los juegos más expuestos, sin embargo, no conseguirás que se te caiga el escudo (parma). Te sigue, aunque tú no quieras y, revolviéndose por los aires transparentes, se posa ora en tu pie ora en tu espalda, en la cabeza o en una uña. Aunque el estrado esté escurridizo por la lluvia de azafrán y huracanados vientos del sur arranquen los toldos plegados, [el escudo], sin hacerle ni caso, recorre de punta a cabo los miembros seguros del mozo y ni el viento ni el agua perjudican en nada al artista. Aunque quieras errar, por más que pongas todo de tu parte, no puedes fallar: te hace falta técnica para que se te caiga el escudo.” (Marcial, Epigramas, IX, 38)

Hoplomacus contra tracio, Museo Británico

Al grupo de los scutarii pertenecían tipos gladiatorios tales como el murmillo, el secutor, o el hoplomachus, mientras que al grupo de los parmularii pertenecían tipos como el thraex, el retiarius o el laquearius.

El tipo samnita acabó desapareciendo a partir de la llegada del Imperio y se escindió en tres: el secutor, el hoplomachus y el murmillo, que eran también de armas pesadas

El gallus (galo), que usaba la spatha (espada) y un gran escudo rectangular, e iba probablemente sin protección en la cabeza (ni casco ni yelmo), tras la reforma augusta, se fusionó con el murmillo y el hoplomachus, con los cuales guardaba un gran parecido.

El thraex (tracio) usaba las armas típicas del pueblo tracio y fue introducido en Roma en los años 80 a.C., cuando Sila trajo prisioneros de guerra tracios. Este gladiador llevaba pequeño escudo rectangular o redondo (parma) en la mano izquierda, por lo que el resto de ese brazo iba protegido con la manica, (protector de brazo de hierro o bronce, con segmentos o placas metálicas curvadas y superpuestas, sujetas a correas de cuero), y ocreae (grebas) que cubrían hasta la rodilla –bastante arriba, para compensar el pequeño escudo–. Con la mano derecha empuñaba su arma ofensiva, la sica –puñal corto de hoja curva, en forma de L.

“Para el tracio Quintus Vettius Gracilis
que ganó tres coronas
y vivió 25 años.
Nacido en Hispania
Lucius Sestius Latinus, su entrenador lo dedicó
.” (CIL, XII, 3332)

Gladiador tracio, Museo Saint Remi, Reims, Francia. Foto Carole Raddato

El crupellarius iba por entero protegido con una lorica segmentata, hecha de piezas metálicas (hierro) alargadas colocadas en horizontal.

“Añadió a esta gente cantidad de esclavos destinados para gladiatores, los cuales, conforme al uso de aquel país, van de pies a cabeza cubiertos de hierro; llámense éstos crupelarios, a cuya causa, así como van seguros de ser heridos, así también son inhábiles para herir.” (Tácito, Anales, III, 43)

Crupellarius

El murmillo (mirmillón) llevaba manica sobre el brazo derecho, el de la espada (spatha), en el brazo izquierdo llevaba el gran escudo rectangular (scutum), el que antes usaban el samnita y el gallus. Usaba ocreae bajas, pero que le permitían cubrirse por completo cuando se agachaba tras el enorme scutum en la típica posición de guardia. El yelmo del murmillo solo permitía ver de frente, y no a los lados, debido a los pequeños agujeros para los ojos, que disminuían mucho el campo de visión, lo que le obligaba a girar la cabeza o el tronco para ver a su alrededor.

“Cuando un mirmillón de una escuela de gladiadores, con el que hacía ejercicios de esgrima, se dejó caer voluntariamente al suelo, lo atravesó con un puñal de hierro y se puso a correr de un lado a otro con una palma, a la manera de los vencedores.”
(Suetonio, Calígula, 32.2)

El yelmo del murmillo sufrió diversas evoluciones ya que al principio la cresta de su casco estaba moldeada en forma de pez. Posteriormente parece haberse convertido en un penacho de plumas para finalizar siendo un yelmo en el que solo se perfilaba la forma original, pero sin figura alguna.

Variantes del tipo de gladiador murmillo

El hoplomachus luchaba con el gran escudo griego, generalmente redondo. Llevaba también la lanza (hasta) típica de los guerreros hoplitas griegos, además de una daga larga (también usada por la infantería griega). Su yelmo lucía una visera muy espectacular y estaba coronado con una cresta majestuosa, llevaba manica sobre el brazo derecho y ocrea cubriendo la tibia izquierda. Las piernas iban también protegidas con fasciae (bandas de tela). Por tanto, el hoplomachus era de armas pesadas y se enfrentaba habitualmente al tracio.


Hoplomachus, Museo Guimet, París

El retiarius tenía como arma característica una red que llevaba en los extremos unos pesos para poder ondearla y dirigirla hacia el objetivo al ser lanzada por el aire. Para poder lanzar la red era necesario que el rival estuviese a suficiente distancia para lo cual el retiarius empuñaba en la otra mano un tridente –cuyo largo mango establecía entre el retiarius y su rival un espacio suficiente–. Además, la red tenía un cordel, que iba atado a la muñeca de la mano que ondeaba la red, para así poder recuperarla si no caía sobre su objetivo (el retiarius podía recuperarla tirando del cordel, ya que quedarse sin la red dejaba al retiarius casi sin ninguna opción de victoria). Por el contrario, si la red caía sobre el rival, este, que iba mejor armado, podía atraer al retiarius hacia sí tirando de la red por lo que el retiarius cortaba el cordel con una daga que llevaba en la mano del tridente. Por tanto, el retiarius iba equipado de red, tridente y gladius, más la manica como elemento protector.

“El reciario era una clase de combatiente. En el juego gladiatorio se dirigía contra su adversario pertrechado ocultamente con una red, denominada iaculum, para atrapar con ella a su contrincante mientras le acosaba con su arma, y una vez que lo tuviera envuelto en ella, poder vencerlo por la fuerza. Este tipo de combate se realizaba en honor de Neptuno, a causa del Tridente.” (Isidoro de Sevilla, Etimologías, XVIII, 54)

Retiarius, cristal pintado. Museo Británico, Londres

El retiarius no llevaba escudo, ocreae, ni protección en la cabeza. Esto se debía a que para lanzar la red necesitaba de buen campo de visión, el cual quedaba limitado por los visores de los yelmos. Para darle un poco más de protección, la manica del retiarius estaba complementada en su parte superior por el galerus, pieza metálica de armadura que protegía el hombro, cuello, nuca y parte inferior de la cabeza. Por tanto, el retiarius era un gladiador de armas ligeras.

“En todos los combates de gladiadores, patrocinados por él o por otra persona, mandaba degollar incluso a los que habían caído por casualidad, especialmente a los reciarios, para verles la cara mientras expiraban.” (Suetonio, Claudio, 34)

Retiarius Selinianus, Museo de la Cour d´Or, Metz, Francia

El retiarius participaba también en una modalidad de combate en que se colocaba sobre un estrado cuadrado (1 ó 2 m sobre el nivel de la arena) al que solo se podía ascender mediante dos rampas, colocadas en lados opuestos. Desde esa ventajosa posición el retiarius debía hacer frente a los dos secutores que, ascendiendo a la vez cada uno por una de las rampas, trataban de llegar a donde estaba el retiarius para vencerlo. Dado que la estructura asemejaba a la de un puente (pons), a los participantes a este tipo de espectáculo se les llamaba pontarii (gladiadores de puente).

“Casi igual, por así decirlo, a Haterio Rufo, un caballero romano, le sobrevino un sueño que se cumplió de manera inexorable. Este, cuando tenía lugar un espectáculo de gladiadores en Siracusa, vio en medio del sueño que era atravesado por la mano de un reciario y, al día siguiente, cuando asistía al espectáculo, se lo contó a sus compañeros de asiento. Sucedió después que introdujeron en un lugar próximo al que él estaba un reciario acompañado de un gladiador armado con escudo y espada. Nada más verle la cara, dijo a los compañeros de asiento que había pensado que aquel reciario quería darle muerte y al punto quiso marcharse de allí. Ellos, quitándole el miedo con sus palabras, ocasionaron la muerte del desdichado: en efecto, el reciario, tras empujar al gladiador y acorralarlo en aquel lugar, al intentar herirlo cuando estaba en el suelo, atravesó con su espada a Haterio causándole la muerte.” (Valerio Máximo, Hechos y Dichos Memorables, I, 7, 8)

Pontiarii, Museo Arqueológico de Burdur, Turquía. Foto Carole Raddato

El secutor era fue creado específicamente para ser el rival típico del retiarius y su armamento estaba diseñado a propósito para contrarrestar el armamento del retiarius. Este durante el combate daba vueltas alrededor del secutor para marearlo y, cuando lo sorprendía con la guardia baja, le echaba la red encima. Por tanto, el secutor seguía al retiarius durante todo ese recorrido, evitando que el retiarius se alejase lo suficiente como para que pudiese ondear la red y atraparlo con ella. Además, el secutor buscaba el contacto, ya que sus armas pesadas (scutum y gladius) y su constitución más grande y fuerte le daban ventaja en el cuerpo a cuerpo contra el retiarius.

“Se llama secutor al que persigue al reciario. Iba provisto de una espada y una maza de plomo, para rechazar la red de su adversario e imponerse a este antes de verse envuelto en la red. Este tipo de combate estaba consagrado a Vulcano, pues el fuego siempre persigue; de manera que se empareja perfectamente con el reciario, ya que el fuego y el agua siempre son enemigos entre sí.” (Isidoro de Sevilla, Etimologías, XVIII, 55)

Museo Arqueológico Nacional, Madrid. Foto Carole Raddato

El yelmo del secutor, a diferencia de los yelmos que usaban el resto de gladiadores, no tenía una cresta con adornos que sobresaliesen, para impedir que la red del retiarius se enredase en ellos, lo que habría facilitado que el retiarius lo atrapase. Presentaba además dos pequeños agujeros para los ojos, que eran de menor diámetro que los dientes del tridente, por lo cual estos no podían entrar por los agujeros y cegar al secutor. Otras versiones presentan numerosos agujeros más pequeños.

“Yo, Mentor, he vencido a todos en famosos anfiteatros y he muerto según lo dispuesto por el destino. La poderosa Moira me ha arrastrado haste el Hades y ahora yazgo en esta tumba. Mi vida ha terminado a manos del sanguinario Amarantos.” (Museo Arqueológico de Estambul)

Estela funeraria de Mentor, secutor,
Museo Nacional de Estambul

Estos agujeros tan pequeños presentaban la desventaja de limitar enormemente el campo de visión, por lo que el secutor tenía que estar moviéndose o girándose continuamente para mantener al retiarius a la vista y evitar que le echara la red encima. Además, el yelmo del secutor se prolongaba hacia abajo verticalmente por los laterales del cuello hasta los hombros, y ofrecía, por tanto, mayor protección contra el tridente, sobre todo a la altura del cuello, aunque dicha máscara hacía muy difícil respirar, daba mucho calor y resultaba muy pesada. Estas limitaciones hacían que el secutor tendiese a cansarse antes que el retiarius, que no llevaba casco, lo cual estaba pensado para compensar a ambos en la lucha, pues era evidente la superioridad en armamento del secutor sobre el retiarius. También se le llamaba contraretiarius.

“En cierta ocasión, cinco reciarios que combatían en grupo vestidos con una simple túnica se dejaron vencer, sin ofrecer ninguna resistencia, por un número igual de secutores; pero cuando se ordenó su muerte, uno de ellos volvió a empuñar su tridente y mató a todos los vencedores; Calígula entonces deploró en un edicto esta matanza, calificándola de totalmente inhumana, y colmó de maldiciones a aquellos que habían tolerado semejante espectáculo.” (Suetonio, Calígula, 30, 3)

Figura de secutor, Museo Metropolitan de Nueva York

El provocator llevaba una coraza de escamas metálicas (cardiophilax) sobre el pecho . Más que de un tipo gladiatorio se trataba de una técnica de lucha; los gladiadores podían pertenecer a otros tipos (un thraex o un hoplomachus) pero si les ponían sobre el pecho el cardiophilax pasaban a ser considerados provocatores. La coraza de delante iba (de arriba abajo) desde las clavículas al esternón, y de ancho de pezón a pezón. Esta coraza iba sujeta por dos tiras horizontales (una que salía de cada lado de la coraza, pasando por debajo de las axilas) y dos tiras verticales (cada una salía por cada hombro) que se abrochaban en la espalda.

Provocatores, Museo Nacional Romano, Termas de Diocleciano, Roma

Cuando no se enfrentaba contra otro provocator, este era emparejado con algún tipo gladiatorio que poseía alguna ventaja comparable a la que él tenía por la larga hoja de su spatha, como el dimachaerus, que luchaba con dos gladii, uno en cada mano.

“A los dioses Manes de Antigonus, provocator. Su entrenador, Verus, lo dedicó.” (CIL, 5. 4502, Brixia, Italia)

La equipación del provocator evolucionó con el tiempo para proporcionar mayor protección como puede verse en el casco, que acabó siendo cerrado por completo con pequeños agujeros para la visión.

Estela funeraria de provocator, Éfeso. Museo Estatal, Berlín

El dimachaerus surgió como luchador a finales del imperio y, sobre todo en la parte oriental, y, como su nombre indica, utilizaba dos machaeri (machetes), uno en cada mano, y posteriormente gladii e –incluso– spathae, lo que debía convertir su actuación en un espectáculo.

"Aquí yazgo victorioso Diodorus, el desgraciado. Después de vencer a mi oponente Demetrius, no lo maté inmediatamente. El traicionero destino y la astuta traición del árbitro me mataron." 


Estela funeraria del gladiador Diodorus, 
Museo del Cincuentenario, Bruselas

El iaculator lanzaba jabalinas. El iaculator llevaría varias jabalinas encima o, en ocasiones, iría un harenarius (operario de la arena del anfiteatro) junto a él portando las jabalinas que fuese necesitando.

Relieve de Amiternum. Museo Nazionale D´Abruzzo, L´Aquila, Italia

Se le enfrentaría al sagittarius (arquero), para que estuviesen igualados al usar ambos, armas arrojadizas, o a otro iaculator.

Relieve roman. Museo Stephano Bardini, Florencia, Italia

El eques combatía a caballo y tenía como armas un escudo redondo de montar (parma equestris), yelmo (con dos plumas, una a cada lado) y lanza (spiculum) en el brazo derecho –que iba protegido por la manica, fasciae en las piernas y botines en los pies. A diferencia del resto de gladiadores solían llevar túnica. Como los combates debían ser igualados, un eques solo podía enfrentarse a otro eques, ya que un gladiador a caballo casi siempre presentaba una gran  superioridad sobre uno a pie, por lo que no había ningún interés en realizar esta combinación.



El combate entre dos equites consistía, por tanto, primero, en hacer caer del caballo al rival usando la lanza y tan pronto como uno era derribado, el otro desmontaba y trataba de ponerle la espada en el cuello, o la lanza si aún la conservaba.

Equites, mosaico de Bad Kreuznach, Alemania. Foto de Carole Raddato

Según Isidoro de Sevilla la parte del munus legitimum dedicada a los combates de gladiadores comenzaba normalmente con un combate de equites.

“Múltiples son los tipos de juegos gladiatorios; el primero es el ecuestre. Precedidos por estandartes militares, hacían su aparición dos jinetes, uno por la parte oriental y el otro por la occidental, a lomos de blancos caballos y pertrechados con pequeños cascos dorados y armas muy apropiadas. Con atroz perseverancia, cada uno según su valor, iniciaba la pelea, combatiendo hasta lograr la muerte del contrario: el que sucumbía se hacía acreedor a la desgracia, mientras su matador obtenía la gloria. Este ejercicio militar se efectuaba en honor de Marte, dios de la guerra.” (Isidoro de Sevilla, Etimologías, XVIII, 53)

Mosaico, Museo Arqueológico Nacional, Madrid. Foto Carole Raddato


El arbelas fue un tipo gladiatorio también conocido con el nombre latino de scissor que se distinguía por llevar en la mano izquierda una especie de brazo postizo de metal terminado en una cuchilla en forma de media luna. En la mano derecha portaba un gladius o puñal. Vestía probablemente una loriga de malla o escamas y su casco era similar al del secutor.

Estela funeraria del arbelas Myron, Museo del Louvre, París

El gladiador andabata luchaba posiblemente a ciegas con un casco sin ningún orificio para ver. Los andabatae eran los obligados a combatir a muerte en la arena como pena capital. Estos gladiadores no habían pasado por ninguna escuela, pues eran condenados a muerte. Tras la pelea algunos operarios se aseguraban de que estaban muertos para que no escaparan.

“De todos modos, eres mucho más cauto en cuestiones militares que en el asesoramiento jurídico en vista de que un entusiasta de la natación como tú no ha querido nadar en el Océano, ni ha querido contemplar los esedarios alguien como tú, a quien antes no podíamos hacer perder ni siquiera los espectáculos de los gladiadores andábatas. Pero ya está bien de bromas.” (Cicerón, Cartas a familiares, VII, 10, 2)

El paegnarius era un luchador que salía en los intermedios de los juegos para entretener al público y mantener la tensión hasta el próximo combate. Sus armas constaban de un palo de madera o un látigo y su traje no proporcionaba demasiada protección, porque su propósito no era crear el mismo daño que un gladiador real.

Paegnarii, villa de Nennig, Alemania. Foto Carole Raddato

Los combates de mujeres a espada ya existieron desde el principio mismo de la fundación de los juegos, cuando se celebraban como una práctica funeraria. Las feminae, mujeres de clase alta, no parece probable que entrenasen para luchar en el anfiteatro, y mucho menos por dinero, sino que principalmente entrenarían como medio para pasar el tiempo libre, en parte probablemente para mantenerse en forma, y en buena medida también para reafirmar su independencia frente a la sociedad patriarcal en que vivían. 

“En el mismo año, César confirió el derecho a los pueblos de los Alpes Marítimos. Arregló los asientos reservados en el circo a los caballeros romanos, es decir, frente a aquellos de la plebe: de hecho, entraron al circo sin distinción, porque la ley Roscia lo había establecido, para los caballeros, solo las primeras catorce filas en el teatro. En ese año, las actuaciones de gladiadores se llevaron a cabo con una gran ostentación como los juegos del pasado. Pero muchas mujeres nobles y muchos senadores se degradaron bajando a la arena.” (Tácito, Anales, XV, 32)


La participación de mujeres en los combates gladiatorios hacía crecer la popularidad del editor (organizador) del espectáculo. De ahí la autopropaganda que de ello hacen los editores, como el caso de Hostiliniano, quien en torno a la mitad del siglo II remarca que fue el primero en presentar gladiadoras en la ciudad desde su fundación.

“… Hostiliano, duunviro, cuestor del tesoro de Ostia, sacerdote del culto imperial, organizador por decreto de los decuriones de los Juegos de la Juventud, … junto a su esposa Sabina fue el primero desde la fundación de la ciudad en dar juegos con … pares de gladiadores y mujeres luchando con la espada.” (CIL 14, 4616 and 5381 = AE 1977, 153)

La presencia de mujeres en la arena posiblemente era vista como una mezcla entre algo exótico, lujoso y erótico, que quebraba la norma romana, en la que la mujer estaba vinculada al hogar, sin importar su condición social. Algunos autores describen a las luchadoras como mujeres atractivas, lo que despertaba la libido de los hombres que presenciaban el espectáculo; y es que al igual que los gladiadores, las mujeres luchadoras no sólo servían para dar espectáculo, sino también como una atracción sexual. Cuando las mujeres entraban en combate, al ardor producido por la violencia y la sangre del espectáculo se unían el erotismo y la excitación sexual.

“Las más bellas mujeres de su pertenencia (o) mujeres escogidas por su atractivo rostro deberán luchar a muerte.” (Ateneo, Banquete de los eruditos, IV, 153-154)

Ilustración Tomek Larek

Algunos autores como Estacio consideraban que la lucha femenina no era más que una pantomima, es decir, un espectáculo de relleno visto con connotaciones negativas porque alteraba los roles habituales de género, e incrementaba la excitación sexual en los hombres que asistían al combate.

“Entre el rugido del público aparecen erguidas mujeres que no habituadas al hierro emprenden indómitas la lucha viril. Creerías que en el Tanais y el fiero Fasis han llamado a las tropas termodontíacas.” (Estacio, Silvas, I, VI)

En principio, las gladiadoras fueron esclavas o prisioneras de guerra, pero el éxito de las luchas de gladiadoras fue tan grande que algunas de ellas empezaron a surgir de las clases altas de la sociedad romana, lo que dio lugar a un escándalo social a la vez que político, pues el sistema romano establecido en cuanto a clases y roles sexuales corría el riesgo de desmoronarse. Entonces se empezó a limitar su participación en los juegos mediante decretos del Senado.

"(Por decisión del Senado), para los hijos, hijas, nietos, nietas, biznietos, biznietas de senador, para aquellos cuyo padre, abuelo paterno, abuelo materno o hermano sean de rango ecuestre, para aquellas cuyo marido, padre, abuelos paterno y materno, hermano, sean de rango ecuestre: prohibición de firmar un contrato para luchar contra animales, para participar en combates de gladiadores, o participar en una actividad del mismo orden. Que nadie contrate a estos hombres o a estas mujeres, aun cuando ellos se ofrezcan."

Amazona, mosaico de Zippori, Israel

Juvenal piensa que era inmoral que las mujeres de clase alta participasen en los juegos gladiatorios, ya que abandonaban de esta manera su sexualidad femenina, deseando aquello que tienen los hombres por naturaleza, como lo es la fuerza. Critica a las mujeres nobles que traicionan el orden social, al que pertenecían, ya que querer luchar como un gladiador era tener un comportamiento totalmente infame.

"¿Quién no ha oído hablar de las endrómidas de púrpura tiria y del ungüento para mujeres? ¿Y quién no ha visto también las cicatrices en la estaca,
a la que agujerea con continuos golpes de estoque y le amarga con el escudo, completando toda clase de fintas, esta señora, bien digna, por lo demás, de tocar la trompeta en los Juegos Florales, si es que no
promueve en ese intrépido pecho algo más y se prepara para la Arena real?
¿Qué decencia puede demostrar una mujer con casco,
que abdica de su sexo y se enamora de la fuerza? ¡Sin embargo, ésta misma no querría ser hombre, pues nuestro placer de serlo es nada y menos!
¡Bonita exhibición si se hiciera una subasta con las cosas de tu esposa consistentes en un tahalí, mangas aceradas, penachos y una protección hasta media caña para la pierna izquierda! Y si maquina otro tipo
de combate, tú tan dichoso porque tu chica se pone a vender grebas. Éstas son las que sudan en el interior de una gasa ligera, cuya delicada piel escuece incluso un pañillo de seda.
Observa con qué giros asesta los golpes que le enseñan, cómo se dobla con el peso enorme del casco, qué imponente al encogerse sobre las corvas, qué grueso corcho llevan las espinilleras, y ponte a reír cuando abandona sus útiles y coge el orinal.”
(Juvenal, Sátiras, VI)

Ilustración George Vostrikov, Deviant Art

Las mujeres de clase baja (mulieres), necesitadas de dinero, se enrolarían voluntariamente como auctoratae, sin vinculación a un lanista. Sin embargo, lo normal es que se asociaran a uno que les proporcionaba desde ese momento comida y un lugar para entrenar. La preparación les posibilitaba combatir como gladiadoras a un nivel lo suficientemente espectacular como para recibir dinero a cambio. En cuanto a las gladiadoras esclavas, tendrían la misma situación jurídica y social que los gladiadores esclavos: eran propiedad del lanista.

“Ofreció con asiduidad espectáculos magníficos y suntuosos, no sólo en el anfiteatro, sino también en el circo, donde, además de las solemnes carreras de bigas y cuadrigas, llegó incluso a presentar, combinándolos, dos tipos de combate, a caballo y a pie, y asimismo, en el anfiteatro, uno naval. Y ofrecía espectáculos de caza y gladiadores también por la noche a la luz de candelabros, y los combates no eran sólo entre hombres, sino también entre mujeres.” (Suetonio, Domiciano, IV.1)

Figura femenina. Museo de Arte y Oficios de Hamburgo

En época de los Severos se prohibió la participación de las mujeres en los juegos, independientemente de cual fuera su procedencia.

"Tuvo lugar también durante aquellos días una competición gimnástica, en la cual se reunió tan gran cantidad de atletas, por mandato, que nos preguntábamos cómo iba a ser posible que la pista los contuviese a todos. Y en esta competición también tomaron parte mujeres, compitiendo entre ellas muy fieramente, resultando de esto que se hicieron chistes también [además de sobre las atletas] de otras muy distinguidas damas. Por tanto, se prohibió que cualquier hembra, sin importar cual fuese su origen, luchara en combate singular.” (Dion Casio, Historia Romana, LXXVI, 16, 1)

Relieve de las luchadoras Amazonia y Achillia, Halicarnaso.
Museo Británico, Londres

Los editores de los juegos buscaban los espectáculos más exóticos y atractivos para entretener al público y ello llevaba a que enfrentasen, por ejemplo, a mujeres con enanos, como cuenta Dión Casio sobre una celebración en la villa privada de Domiciano.

"A menudo celebraba juegos también por la noche, y a veces enfrentaba a enanos contra mujeres.” (Dión Casio, Epítome, LXVII.8.4)

Gladiador enano.
Museo Británico, Londres

Los aficionados animaban a su tipo gladiatorio favorito y se emocionaban ante la posibilidad de que el gladiador al que animaban ganase ante el que odiaban.

El luchador más odiado era el retiarius, sin duda, ya que su técnica de combate se consideraba desleal, pues se basaba en vencer al adversario mediante ardides (cobardes e innobles para la mentalidad romana); rehuía el cuerpo a cuerpo (en vez de acercarse) y su objetivo era enredar al rival en la red, imposibilitando así que este luchase, lo que era la manifestación más clara de la anulación de la lucha que representaba el retiarius.

Detalle de mosaico con retiarius vencido. Museo Arqueológico Nacional de Madrid

El tracio (thraex) era uno de los gladiadores favoritos para el público y uno de los más representados en las artes figurativas. Esta especial atracción puede encontrarse en que su armadura era especialmente elegante, lo que sin duda atraía al público.

“Después de haber anunciado un combate de gladiadores, declaró que lo celebraría no conforme a su gusto, sino al de los espectadores, y cumplió cabalmente su palabra, pues no negó ninguna de las peticiones que le hicieron e incluso invitó espontáneamente al pueblo a pedirle lo que quisiera. Es más, mostrando ostensiblemente su inclinación por las armas de los tracios, bromeó a menudo con el pueblo con palabras y gestos, como partidario de estos, sin que, no obstante, su majestad sufriera menoscabo ni se viera mermada su ecuanimidad.” (Suetonio, Tito, VIII, 2)

Variantes del tipo gladiatorio Tracio

Al igual que el emperador Tito se mostraba partidario de los tracios, otros emperadores también escogían su tipo de gladiador preferido, como Domiciano que se inclinaba por el murmillo.

“En vista de que un padre de familia había dicho que un tracio podía tanto como un murmillo, pero menos que el organizador de los juegos, lo hizo arrancar de su asiento y arrojar a los perros en la arena, con un cartel que decía: (Partidario de los tracios que ha pronunciado palabras impías).” (Suetonio, Domiciano, 10, 1)

Estela funeraria del murmillo Quintus Sossius Albus. Aquileia, Italia


Bibliografía


MUNERA GLADIATORIA: ORIGEN DEL DEPORTE ESPECTÁCULO DE MASAS, Alfonso Mañas Bastidas
Gladiators 100 BC – AD 200; Stephen Wisdom, illustrated by Angus McBride
Gladiators, Fighting to the Death in Ancient Rome; M.C. Bishop
EPITAFIOS LATINOS DE GLADIADORES EN EL OCCIDENTE ROMANO; ALBERTO CEBALLOS HORNERO
DEFEAT IN THE ARENA; KATHLEEN M. COLEMAN
SPECTACLE IN ROME, ITALY, AND THE PROVINCES; MICHAEL J. CARTER AND JONATHAN EDMONDSON
Gladiators and Monomachoi: Greek Attitudes to a Roman ‘Cultural Performance; Michael J. Carter
The Roman Games, Historical Sources in Translation, Alison Futrell
Gladiators: Violence and Spectacle in Ancient Rome, Roger Dunkle, Routledge
Femina Furiosa: Female Arena Performers and Their Role in Ancient Roman Spectacle; Courtney Tuck-Goetz
Female and Dwarf Gladiators; Stephen Brunet
New evidence of female gladiators: The bronze statuette at the Museum fr
Kunst und Gewerbe of Hamburg; Alfonso Mañas
Gladiatorial Combat: The Rules of Engagement; M. J. Carter