jueves, 25 de febrero de 2016

Magicae I, magos y hechiceras en la antigua Roma

Altar con doce dioses, museo del Louvre, foto de Jastrow

La superstición que imperaba en las antiguas civilizaciones era la explicación que encontraban los individuos a determinados acontecimientos naturales cuando no podían explicar de una forma lógica lo que ocurría en su vida y entorno.

La tradición religiosa romana incluyó a la superstición dentro de sus elementos del culto, basándose en la herencia de los pueblos itálicos, como los sabinos y los etruscos. La religión oficial exigía una atención a los dioses que provocaba temor hacia ellos, por lo que recurrir a prácticas rituales prohibidas por el Estado se convirtió en algo más habitual. 


“La suerte ablandó aquella noche amenazadora capaz de producir alguna gran maldad con un caso fortuito. Porque, sin embargo, de que el cielo estaba casi claro, pareció que la luz de la luna vino a fallecer y eclipsarse; los soldados, que ignoraban la causa, lo tomaron como por presagio de las cosas presentes, y, comparando a sus trabajos el defecto de aquel planeta, se persuadieron a que les sucedería todo prósperamente si la luna volvía luego a cobrar su acostumbrado resplandor. Con esto comienzan a hacer gran estruendo con todo género de instrumentos militares, alegrándose o entristeciéndose conforme se iba aclarando u obscureciendo la luna; mas después que algunas nubes que se levantaron la acabaron de cubrir del todo teniéndola ya por sepultada en tinieblas, como suelen darse fácilmente a la superstición los ánimos turbados y temerosos, se pronostican eternos trabajos, doliéndose de que sus maldades tuviesen tan ofendidos a los dioses”. (Tácito, I, I, 28)

Durante el Alto Imperio coexistieron los cultos a divinidades orientales y africanas con los rituales practicados por magos, adivinos y hechiceros que, gracias a sus conocimientos de hierbas y plantas, la astrología y las artes ocultas ejercían un oficio aprovechando la necesidad que algunos tenían de satisfacer ciertas necesidades de una manera que no estaba amparada por la ley. Cicerón denunció la introducción de creencias bárbaras en la religión romana, la relajación de las costumbres y la práctica de actividades viciosas alejadas de la religión oficial por parte del pueblo.


"Por tanto, ¿veis cómo, a partir de unos hechos científicos descubiertos de una manera correcta y provechosa, nuestra razón se ha ido desviando hacia unos dioses imaginarios y ficticios? Esta circunstancia engendró creencias falsas, confusa desorientación y una superstición propia casi de ancianas." (Cicerón, De los Dioses, L. II)

Libro mágico, Termas de Diocleciano, foto de Marie Lan Nguyen

Tanto la magia como la religión compartían la creencia en fuerzas o seres superiores que podían actuar en sentido favorable o contrario a las propias intenciones. La religión trataba de atraerse el favor de los dioses o de evitar su castigo mediante la plegaria, el sacrificio y todas las manifestaciones del culto divino. La magia, en cambio, pretendía someter la voluntad de las potencias superiores utilizando la coacción de sus fórmulas y actos. La primera se preocupaba mayormente de la sociedad y sus ceremonias eran públicas, mientras la segunda se centraba más en el individuo y sus ritos eran privados.

Todos los hombres y mujeres de la Antigüedad Tardía creían en el poder de los magos, brujos, adivinos y en la omnipresencia del diablo y de otros seres y poderes no humanos que influían de una forma permanente en la vida de las personas, de los animales e incluso de las plantas.

La práctica de la magia era habitualmente castigada, hasta con la muerte. Las leyes prohibían ciertos comportamientos, como la ley de las XII Tablas, la ley Cornelia de sicariis et veneficiis y la ley Iulia maiestatis que condenaban los crimina magiae (delitos de magia).



La Lex Cornelia de sicariis et veneficis (Ley Cornelia sobre sicarios y envenenadores) fue promulgada el año 81 a.C. en la reforma jurídica propuesta por Sila. Establecía la pena de muerte como sanción a quien practicara envenenamientos y apuñalamientos con pérdida de la vida de quien las sufría. La ley también sentenciaba la muerte a quién preparara, vendiera o confeccionase los venenos o proporcionara medios para consumar el atentado, o instigase a alguien a que lo hiciera. La ley Iulia castigaba los crímenes mágicos que afectaban a la familia imperial u obedecían a razones políticas.

Varios emperadores decretaron la expulsión de magos, charlatanes y astrólogos de Roma.


En el mundo romano un clima de tensión política y social a veces traía generaba una gran paranoia y traía como resultado un inusual número de acusaciones contra cualquiera de practicar magia.  En un inestable momento político algunos se sentían excesivamente tentados a acusar a cualquiera de practicar la magia, al estar perseguido por la ley. Mayormente cuando se podía conseguir una ganancia personal, económica o política. Tácito sugiere que algunos periodos del imperio fueron peligrosos para las clases altas que tenían alguna relación con la magia.


“La suerte propicia salvó a otros pocos, amparando la manifestación de su inocencia. Pero las prevenciones se multiplicaron hasta lo infinito, y pronto envolvieron en sus inextricables redes innumerables víctimas que perecieron desgarrados sus miembros en los tormentos o sufrieron la sentencia capital con pérdida de cuanto poseían, siendo Paulo el eje de todas aquellas iniquidades. Su espíritu, fecundo en medios de dañar, era arsenal de toda clase de calumnias, pudiéndose decir que de una señal suya dependía la suerte de los acusados. Había llevado uno al cuello un amuleto como protección contra la fiebre cuartana o de otra enfermedad cualquiera, o bien se le había visto pasar de noche junto a una tumba; esto era bastante para que fuese denunciado y condenado a muerte, como confeccionador de venenos o como violador de sepulcros, que turbaba el reposo de los manes para componer maleficios, siguiendo la ejecución inmediatamente a la sentencia.” (Amiano Marcelino, Historia del Imperio Romano, XIX, 12)

Amuleto, Museo Kelsey
En su obra Apologia pro se de Magia, Apuleyo nos dejó noticia de que en Sabrata, cerca de la ciudad de Oea, aproximadamente en el año 158 d. C., se enfrentó a un juicio por una acusación de magia. 

Pudentila era una viuda, de 40 años de edad, madre de dos hijos, y Sicinio Emiliano, hermano del esposo ya fallecido de Pudentila atacó a Apuleyo, con sus abogados; primero con palabras, o sea, difamándolo, incurriendo en el delito de injuria; después lo acusó, también de palabra, de “maleficios mágicos”, “de magia” y de que mediante encantamientos y brebajes había enamorado a Pudentila. Esta era una mujer rica, su fortuna consistía en 4 millones de sestercios, además de, entre otras propiedades, granjas, rebaños, predios, campos, una casa muy grande y opulenta. Ella le prometió a Apuleyo, su segundo esposo, la cantidad de 300 mil sestercios por concepto de dote. La razón de la acusación de magia era, a los ojos de Apuleyo, muy clara: en realidad Emiliano quería que la fortuna quedara en sus manos y no en las de un extraño a la familia.

Apuleyo, al abordar el tema sobre la magia, distingue dos tipos: la magia buena, la que podríamos llamar blanca; y la mala, la que hace daño, o sea, la llamada comúnmente negra. La magia blanca, primeramente, la relacionan a lo que pensaban y consideraban los persas: la que radica en el conocimiento, la que todo filósofo o científico tiene necesidad de conocer, la que es propia de los sacerdotes. La magia mala, la dañina, es la que se castiga con las leyes y se refiere a ella de la siguiente manera: es oculta, no menos que repugnante y horrible, y por lo común se practica en las noches, se esconde en las tinieblas, huye de testigos y murmura conjuros; a ella se admiten pocos individuos no sólo de entre esclavos sino también de entre libres.


Pintura de Alma Tadema
Apuleyo, hábil orador, se defiende de una manera magistral, anulando prácticamente todas las acusaciones que sus adversarios interpusieron contra él, dejándolos en ridículo, como charlatanes e ignorantes. Se muestra ante el procónsul Claudio Máximo y ante todo el público que asistió al juicio, no como un mago, sino como un hombre culto, estudioso, interesado en la religión, en la filosofía y en la ciencia.

“Voy a referirme ahora a la raíz misma, a la causa real de la acusación de maleficio. Respondan Emiliano y Rufino a esta pregunta: ¿por qué iba a interesarme a mí el seducir a Pudentila, mediante encantamientos y bebedizos, para casarme con ella, aunque yo fuera el más grande de todos los magos?” (Apuleyo, Apología)

Los romanos diferenciaban entre dos tipos de magia, la blanca o buena, más cercana a la sabiduría y relacionada con los dioses y el ámbito celestial, capaz de interpretar los signos astrales y adivinar el futuro, que busca el bien del hombre y que está en manos de los varones. La magia negra es más terrenal, adora a los ídolos, utiliza hierbas y plantas, conjura a los seres del inframundo, se aparta de la ley, se practica en secreto y se vale de los espíritus de los muertos para lograr un fin que no conduce a ningún bien, y sus resultados son normalmente perjudiciales. La practican seres marginales y principalmente mujeres, retratadas como figuras horrorosas e infames.



Retrato de anciana, Museo Británico, foto de Jastrow
La magia llevaba a cabo rituales que cubrían ciertas necesidades de protección sobrenatural a la cual el pueblo llano no tenía acceso. Pero aun así la literatura latina proporciona datos sobre los temores a los encantamientos y hechicerías. Venenos, hierbas y pócimas se administraban para lograr un éxito personal o para hacer fracasar a otros.

¿Entorpece mi cuerpo por ventura un veneno de Tesalia, o los ensalmos y las maléficas hierbas han hecho mi desgracia? Tal vez alguna hechicera escribió contra mí nombres siniestros en la cera de Fenicia, y me clavó en el mismo hígado sus agujas sutiles. Los dones de Ceres, sometidos al influjo de un encantamiento, se convierten en hierbas estériles, y con el poder de los ensalmos se agotan los raudales de una fuente, la bellota asimismo se desprende de la encina, las uvas caen de las cepas y los frutos del árbol, sin que nadie sacuda sus ramas. ¿Quién, pues, impedirá que las artes mágicas paralicen mis nervios? (Ovidio, Amores, I, 8)



Medea y Jasón, Pintura de John William Waterhouse
Se creía que la magia buscaba dominar la naturaleza invocando las fuerzas sobrenaturales y según las creencias más antiguas de los pueblos orientales, los magos conocían el mundo invisible de los espíritus y desempeñaban un papel preponderante en la comunidad.

En Grecia y Roma los adivinos y magos no tenían ya nada en común con los sacerdotes, aunque eran solicitados por los poderes de los que se creía estaban dotados. Los magos, normalmente extranjeros, egipcios, tesalios, o persas, no estaban muy bien vistos por ser expertos en unas artes desconocidas para los demás que les llevaba a actuar contra la naturaleza y los dioses en unas prácticas secretas y nocturnas. Sin embargo, algunos magos gozaron de cierto prestigio, como Apolonio de Tiana, de quien Filostrato dice que hacía resucitar a una muerta, podía expulsar démones de los cuerpos, sanar enfermos, apartar la peste, o invocar a los muertos.

Apuleyo relata el caso del mago Zatclas, dedicado especialmente a la necromancia:

“Pues bien, replicó el viejo, encarguemos a la divina Providencia el cuidado de esclarecer la verdad. Hay aquí un egipcio, llamado Zaclas, profeta de primera categoría, que mediante una fuerte suma convino tiempo atrás conmigo en traerme, para breves instantes, un alma del infierno y reanimar un cuerpo después de muerto. Diciendo esto hizo avanzar por entre la muchedumbre a un joven vestido con tela de lino, calzado con hojas de palmera y la cabeza completamente afeitada. Después de besarle largo rato las manos y abrazarle las rodillas, dijo:—¡Tened piedad de nosotros, divino pontífice, tened piedad de nosotros! Os conjuro por los astros del cielo, por los dioses infernales, por los elementos que componen el universo, por el silencio de la noche, por el trabajo que secretamente llevan a cabo las golondrinas cerca de Coptos, por las avenidas del Nilo, por los misterios de Memfis y por los sistros de Pharos, a que derraméis un poco de luz sobre estos ojos, cerrados para siempre; dejadles gozar un instante la luz del sol. No nos resistimos, no disputamos su presa a la madre tierra, sólo por la consoladora esperanza de vengarle pedimos unos momentos de vida para este cadáver.” El profeta, en virtud de esta invocación, aplicó por tres veces, sobre la boca del cadáver una hierba, luego otra sobre el pecho; luego, puesto de cara a Oriente dirigió, en voz baja, una oración al sol cuyo carro augusto recorría la bóveda celeste. Esta imponente escena impresionó a todos los espectadores, que pusieron viva atención en el milagro que iba a operarse.” (Apuleyo, El Asno de oro, II, 28)






Dión Casio en su Historia De Roma relata el caso acontecido en el ejército, que estando aislado en las montañas de Panonia, cercado por los peligrosos cuados, un calor sofocante y la falta de agua hacían presagiar una masacre, y, entonces, Arnufis, recurrió a sus artes ocultas, invocando la intervención de Hermes Aérios (dios de la magia correspondiente al egipcio Thot) y una fuerte tormenta, acompañada de abundantes lluvias consiguió que el ejército romano se repusiese y pudiese rechazar a los bárbaros.

Sin embargo, la visión más negativa se otorgaba a las magas o hechiceras (sagae). Se pensaba que si una mujer se dedicaba a la magia era solo para provocar el mal. Se podría interpretar que los hombres temían que las mujeres asumieran tal poder y se las veía como seres que se dejaban llevar por los más bajo instintos, como la violencia, la venganza, el desenfreno sexual o la ebriedad.

“Oiga el que desee conocer a cierta meretriz: es una vieja llamada Dipsa; el nombre le viene del oficio: Jamás la sorprendió en ayunas la madre del negro Memnón desde su carro ornado de rosas. Ella conoce las artes de la magia, las canciones de Colcos y los conjuros que obligan a retroceder las rápidas aguas hacia su fuente. Sabe muy bien las virtudes de las plantas, del lino arrollado en el rombo y del virus que destilan las yeguas en celo. Si quiere amontona las nubes en el vasto cielo, y si quiere brilla la luz del día en la atmósfera azulada. ¿Lo creerás? Yo he visto a los astros destilar gotas de sangre, y he visto asimismo ensangrentado el purpúreo cerco de la luna. Me sospecho que en vida revolotea entre las sombras de la noche con el cuerpo cubierto de plumas; lo sospecho, y es rumor acreditado que en sus ojos brilla una doble pupila y de las dos, lanza rayos de fuego. Evoca de los antiguos sepulcros a sus remotos ascendientes y con sus cánticos hiende la sólida corteza de la tierra”. (Ovidio, Amores, I, 8)



Las hechiceras más solicitadas eran las que procedían de Tesalia según se deduce de los testimonios literarios. Casi todas las cualidades que poseen las hechiceras se derivarán de las originarias de Tesalia. De acuerdo a las obras literarias estas magas podían transformarse en diversos animales; empleaban, además de hierbas y piedras, ingredientes repugnantes para sus pócimas, como las entrañas de cadáveres. Dominaban los fenómenos atmosféricos, los astros, los espíritus y dioses y las bestias. Podían manipular a los más obstinados obligándolos a amar u odiar.

“Más aún, la tierra de Tesalia produce habitualmente en sus rocas tanto yerbas venenosas como piedras capaces de comprender a los magos cuando entonan arcanos funestos. Brotan allí numerosos productos capaces de hacer violencia a los dioses, e incluso la extranjera de Cólquida recogió en tierras hemonias yerbas que no había traído consigo. Los impíos encantamientos de esta siniestra casta atraen hacia sí los oídos de los celícolas, sordos a tantos pueblos, a tantas gentes. Sólo esta famosa voz se adentra por las profundidades del éter y hace llegar hasta la divinidad palabras que vencen su resistencia, sin que jamás logren sustraerla a ellas ni el cuidado del eje ni el de las revoluciones del cielo. Cuando su sacrílega melopea ha alcanzado los astros, entonces, que la persa Babilonia y la misteriosa Menfis abran, si quieren, de par en par todos los santuarios de sus viejos magos: la tesalia se llevará de los altares extranjeros a los dioses celestes. Por obra del encantamiento de las tesálidas se ha infiltrado en corazones insensibles un amor no inducido por los hados, y austeros ancianos se han abrasado en llamas ilícitas. Y no solo les son de utilidad los nocivos bebedizos o el sustraer a la yegua recién parida la bolsa hinchada de líquido de la frente del potro, prenda del amor de su madre: la mente, aun sin estar inficionada por la ingestión de ningún veneno, sucumbe ante el simple encantamiento. A quienes no encadena ningún vínculo de lecho conyugal ni la pujanza de una belleza seductora, les han atraído ellas con el mágico girar del hilo retorcido." (Lucano, La Farsalia, VI)



Círculo Mágico, pintura de John William Waterhouse

Este mismo autor hace una descripción exhaustiva del perverso ritual que una hechicera tesalia, Ericto, realiza siguiendo unas prácticas incluso más macabras, como la necromancia y la profanación de tumbas.

"Estos ritos alevosos, estos crímenes de una siniestra ralea, la feroz Ericto los había condenado como excesivamente piadosos y había derivado sus inmundas prácticas hacia nuevos ritos. Para ella, en efecto, es un sacrilegio poner su fúnebre cabeza bajo techado de una ciudad o en un ambiente hogareño, habita las tumbas abandonadas y, gracias a los dioses del Erebo, ocupa los túmulos tras la expulsión de sus sombras…. Ni dirige ruegos a los celestes, ni llama en su auxilio a la divinidad entonando súplicas, ni conoce las fibras propiciatorias: se goza en colocar sobre los altares llamas funerarias y los granos de incienso que ha robado a los fuegos de la pira.... Humeantes cenizas y huesos calcinados de jóvenes roba ella del centro de la pira, e incluso la antorcha que sostenían sus padres, y recoge pedazos del lecho fúnebre que vuelan en negra humareda, vestidos que caen hechos cenizas y pavesas todavía con olor a carne muerta. En cambio, cuando los cadáveres quedan guardados en los sarcófagos, donde se desprende el humor interior, y, eliminada la corrupción de la médula, se endurecen, entonces ella se ensaña ávidamente contra todos los miembros, hunde sus manos en los ojos, se goza en extraer los globos helados y roe las lívidas excrecencias de la mano desecada. …Además, siempre que algún cadáver yace en la tierra desnuda, allí está ella antes que las fieras y las aves; y no quiere despedazar los miembros con el hierro y con sus propias manos, antes espera a que lo muerdan los lobos, pronta a quitarles las tajadas de sus fauces resecas. Y no se abstienen sus manos del asesinato, si hay necesidad de sangre viva, la primera que salta de la garganta abierta, [ni rehúye el asesinato si sus ritos exigen sangre viva] y si las mesas fúnebres reclaman entrañas palpitantes." (Lucano, La Farsalia, VI)

Hécate Triforme, Gliptoteca,
Munich, foto de Bibi Saint-Pol
Las hechiceras invocaban a varias divinidades como la diosa Hécate cuyo culto parece haberse desarrollado en Caria (Asia menor) y Tesalia; y que fue introducido en Atenas durante el siglo VI a. C. Como diosa de la noche enviaba a los humanos los terrores nocturnos, y como diosa de los muertos presidía las apariciones de fantasmas y sortilegios, y era protectora de las hechiceras y maestra de los encantamientos pues poseía poderes temibles durante la oscuridad nocturna. También se asociaba su poder al Hades por su relación con Perséfone (Core). Asimismo, se asimilaba su culto a Selene, la diosa lunar. Se hacía una invocación a su triple forma y así se la representaba en el arte, con frecuencia tres figuras femeninas alrededor de una columna.

Los ritos mágicos se hacían en la clandestinidad y por tanto la oscuridad protegía a quienes los practicaban. La luz del día era además perjudicial incluso para los filtros, pero se requería alguna luz y ésta era proporcionada por la luna y el fuego de las antorchas, que utilizaban las hechiceras en los ritos de purificación. Es por ello que Hécate se representaba con antorchas, y junto a Platón, rey del Hades, era la divinidad más frecuentemente invocada durante el ceremonial mágico. 


Perséfone y Hades (Plutón), Museo de Heraklion, Creta
Entre las atribuciones de las magas estaban la de provocar movimientos de la luna y así causar los eclipses. Plutarco cita a una hechicera tesalia histórica, del siglo II d.C., llamada Aglaonicé, famosa por sus conocimientos astrológicos. Aparentemente era experta en predecir eclipses de luna llena y que conocía de antemano el tiempo en que la luna es oscurecida por la sombra de la Tierra. Engañaba así a las mujeres, a las que convencía durante los eclipses de luna de que era capaz de embrujarla y “hacerla bajar”, una creencia muy extendida en la Antigüedad.



Altar con Selena (Luna), Museo del Louvre, foto de Jastrow

"¡Oh Noche – fiel confidente de los más profundos secretos! ¡astros y luna que con nuestra luz suplís la luz del día! ¡Y vos, oh triple Hécate, a quien yo confío todos mis proyectos y de quien siempre he recibido protección! ¡Encantos, artes mágicas, hierbas y plantas cuya virtud es tan poderosa, aire, vientos, montañas, ríos, lagos, dioses de los prados, dioses de la noche, acudid todos en mi ayuda! Vosotros, que forzando el curso de los ríos los contenéis haciéndoles volver a su cauce primitivo; vosotros que dais a mis encantamientos la virtud de calmar la mar agitada, provocan las tempestades, disipan las nubes y volverlas a juntar, detener la violencia impetuosa de los vientos, quebrar las gargantas a las serpientes, arrancar de cuajo árboles y rocas, las montañas, hacer temblar la tierra, obligando a salir de sus tumbas las almas que ellas encierran. Yo te obligo, poderosa luna, a bajar del Cielo para evitar que seas eclipsada." (Ovidio, Metamorfosis, VII, 3)


Circe envidiosa,
John William Waterhouse
Las hechiceras eran reclamadas por hombres y mujeres para lograr ser correspondidos en sus amores. Hacían uso, para lograr sus propósitos, de los más diversos métodos para satisfacer tal deseo: invocar dioses infernales, manejar a su antojo los elementos de la naturaleza, liberar los espíritus de los muertos, y utilizar pociones mágicas. 
El riesgo de recurrir al poder de la magia para obligar a amar u odiar era que el resultado del conjuro podía ser adverso y en vez de conseguir que el amor fuera correspondido podía perderse totalmente. Desear el mal a quien provoca el fracaso del amor citando las maneras más siniestras de las prácticas mágicas no está lejos de los deseos de los poetas defraudados.

 “Esto es la fuente de mis males: que tiene un amante rico y una astuta alcahueta llegó para mi perdición. Que coma ella sanguinolientas comidas y con su boca manchada de sangre beba amargos brebajes con mucha hiel. A su alrededor pululen las ánimas lamentando su suerte y desde los tejados grazne sin cesar un búho siniestro. Que enloquecida por acuciante hambre busque hierbas en los sepulcros y huesos abandonados por crueles lobos; que corra con las ingles desnudas y ulule por la ciudad; después, que una rabiosa jauría de perros la expulse de los caminos.” (Tibulo, I, 5, 48)

Apuleyo nos presenta a una mujer que contrata a una consumada hechicera para que o calme a su marido y reconcilie el matrimonio o, en caso de no tener éxito, que una divinidad infernal pusiera violentamente fin a sus días. Tras el fracaso la hechicera intenta con los medios que puede acabar con la vida del marido.

“Pero ella, cuya innata picardía fue excitada y exasperada con tan merecida afrenta, recurrió a su refinada astucia y a los ardides propios de su sexo. A fuerza de pesquisas dio con una hechicera que gozaba fama de disfrutar, por medio de sus oraciones y maleficios, un poder ilimitado. Logró de ella la promesa de que se realizaría uno de sus deseos, después de insistentes ruegos y numerosos regalos. Le aseguró que apaciguaría a su marido y les reconciliaría, y que, si esto no era posible, se valdría de un espectro o de una maléfica deidad para torturarle hasta causarle la muerte.
Y la hechicera, cuyo poder se extendía hasta los dioses, puso en juego los primeros recursos de su abominable industria. Intentó dominar el corazón del ultrajado esposo y despertar en él nuevo amor; pero salieron fallidas sus esperanzas. Indignada contra sus divinidades y estimulada por el fracaso, que no respondió a su salario, comenzó a amenazar la cabeza del desgraciado, suscitando contra ella la sombra de una mujer que murió de muerte violenta.” (Apuleyo, Met. IX, 29)



Pintura de la Casa de los Dioscuros, Pompeya, Museo Arqueológico de Nápoles
El tópico de solicitar los servicios de las hechiceras para ser correspondido en el amor se repite en la literatura clásica, aunque a veces es en tono de crítica, avisando a los jóvenes de que no se dejen engañar por los trucos de embaucadores que pretenden aprovecharse de su ansiedad para llevarse algún dinero.

“Pero hace presa especialmente este arte en los enamorados, pues, enfermos como están de una enfermedad tan crédula que incluso hablan de ella con viejucas, no hacen nada admirable, creo, si van con estos hábiles individuos y les oyen cosas de este estilo. Ellos les dan, para que los lleven, un cinturón y piedras, procedentes unas de los lugares recónditos de la tierra, otras de la luna y los astros, así como cuantas especias produce la India, y por esas cosas consiguen espléndidos beneficios, pero no les ayudan en nada. Pues si alguno de los amados experimenta cierto afecto por los amantes, se celebra este arte como válido para todo, pero si tiene poco éxito el intento, la culpa es de algún fallo, pues no quemaron o no sacrificaron o no fundieron tal cosa, y eso era de gran importancia e indispensable. Las formas por las que fabrican señales del cielo y obran otros prodigios mayores, han sido incluso descritas en libros por algunos que se han carcajeado a gusto de este arte. Así que a mi básteme con denunciarlo, para que los jóvenes no los frecuenten y que no se habitúen, ni por jugar, a tales prácticas.” (Filóstrato, Apolonio de Tiana, VII, 39)

Del fracaso del encantamiento también se hacen eco los poetas latinos, frustrados por no ver cumplidos sus deseos.

“Caen los rombos que giran al son de un canto mágico y el laurel está quemado en el fuego ya apagado.
Y ya la Luna se niega a descender del cielo tantas veces y negra ave presagia funesto augurio”.
(Propercio, II, 28, 35)


No siempre era necesario recurrir a una hechicera para conseguir un conjuro mágico y atraer al amante. Virgilio describe el ritual que una pastora realiza para hacer volver a su amado utilizando los materiales propios de las magas.

“Trae agua y ciñe estas aras con flexibles vendas; quema pingües verbenas e inciensos machos; que quiero ver sanar con mágicos conjuros la locura de mi amante. Dispuesto está todo, y solo falta el ensalmo.
Traed de la ciudad a casa, conjuros míos, traed a Dafnis.
Poderosos son los conjuros para atraer del cielo la luna; con ellos transformó Circe a los compañeros de Ulises; con ellos se parte en los prados la fría culebra.
Traed de la ciudad a casa, conjuros míos, traed a Dafnis.
Ciño lo primero tu imagen con tres lienzos de tres colores, dándoles tres vueltas, y tres veces la llevo en torno de los altares; el número impar es grato al numen.
Traed de la ciudad a casa, conjuros míos, traed a Dafnis.
Ata, Amarilis, con tres nudos estos lienzos de tres colores; átalos pronto, Amarilis, y di: "Atando estoy los lazos de Venus."
Traed de la ciudad a casa, conjuros míos, traed a Dafnis.
Blanco con Selene, rojo con Artemis, negro con Hécate.”
(Virgilio, Egloga VIII)



Pintura de Frederick Leighton

Los hilos de colores aparecen frecuentemente en ritos mágicos con un uso profiláctico; pero entrelazados jugaban también un gran papel en la magia erótica para así encadenar al amante.

Los colores habituales en los sortilegios son el blanco de la luz lunar, de ahí la palidez de las hechiceras y su vinculación a la Luna, cuya luz era necesaria para llevar a cabo los ritos nocturnos. El rojo simboliza la sangre y la fuerza. Los sacrificios con sangre aplacan a las divinidades infernales para tener éxito en el ritual. El negro se refiere a la noche y la oscuridad cuando se ejercen las prácticas mágicas. El sacrifico de víctimas negras favorecía la atracción de los dioses del inframundo.

“Yo mismo vi merodear con su negro manto subido a Canidia, los pies descalzos y el pelo revuelto,
aullando con Sagana la Mayor. La palidez a ambas
les daba un aspecto horrendo. Se pusieron a escarbar
con las uñas y a despedazar a mordiscos una oveja
negra. Dejaron chorrear su sangre en la fosa, para
seducir a almas de difuntos y obtener sus respuestas.”
(Horacio, Sátiras, I, 8)



Pintura La Joven Hechicera de Antoine Wiertz

Los oficiantes de la magia también se servían de un instrumento, una especie de rueda a la que tensando y relajando las cuerdas que pasan por dos agujeros se hacía girar con rapidez en direcciones opuestas, de forma alternativa, con el objeto de captar voluntades.

En el epigrama 726 de la Antología Palatina una hechicera ofrenda a la diosa Afrodita un lujoso instrumento mágico en forma de rueda.

“La rueda de Nico, que sabe traer por los mares
a un hombre y sacar de su alcoba a las niñas,
ofrendada a ti, Cipris, está, su precioso instrumento
incrustado en traslúcidas amatistas, ornado
con oro, ligado por suave, purpúrea lana,
regalo que te hace la maga larisea.”


Las magas podían valerse de sus conocimientos para satisfacer sus propios deseos amatorios o sexuales. Apuleyo cuenta el relato que la criada de una hechicera, Pánfila, hace a Lucio, el protagonista de la obra, en el que describe cómo su ama le encarga que busque algo para realizar un encantamiento con el que atraer el amor de un joven beocio.

“Ahora mismo está chiflada por un muchacho beocio de extraordinaria belleza y pone en juego, con increíble ardor, todos los artificios, todos los resortes de la magia. Ayer, al anochecer, oí, con mis propias orejas, cómo amenazaba al sol, diciendo: -Si no te dejas caer inmediatamente desde lo alto del firmamento, y no dejas paso a las tinieblas para dar lugar a mis hechizos, cubriré tu frente con espesas nubes y te condenaré a obscuridad perpetua. Para cautivar al muchacho, me obligó ayer a que buscara los cabellos que acababan de cortarle en una barbería, donde le vio al volver del baño.” (El Asno de Oro, L.III) 

El oficio de mago y hechicera no estaba siempre bien pagado, por lo que el recurso a ejercer la mendicidad o la delincuencia era parte de la vida cotidiana de estos personajes. Rebuscar en los cementerios para proveerse de material necesario era tarea rutinaria para ellos si no disponían de medios para pagar ingredientes exóticos y escasos que se compraban en los mercados de productos de Oriente y África.

“Como no tienes ni el pan de cada día,
llevas a cabo, sin saber, artes de magia:
vacilando en tu ruin corazón intentas
caminar entre las ánimas y los sepulcros,
pero los Manes no aceptan tus conjuros.
Mientras que empujado por el hambre
alteras con tu ensalmo todo el Tártaro,
¿crees que Plutón puede darles algo
a los vivos y a los pobres? Sin duda hará que
más pobre seas para todo el mundo siempre,
mago, si andas detrás de cuerpos muertos.”
(Antología Latina, 299)


En algunos casos era posible disponer de un lugar bien provisto de todos los componentes para hacer un ritual mágico completo, en el que no faltaban perfumes, líquidos para abluciones, restos humanos y cualquier cosa que los hechiceros considerasen necesarios para sus prácticas, como el que describe la criada de Pánfila en El Asno de Oro de Apuleyo:

“Lo primero que hizo una vez allí fue preparar su aciago laboratorio con el instrumental acostumbrado: aromas de toda clase, láminas grabadas con signos indescifrables, restos de naufragios, innumerables miembros de cadáveres hasta hace poco llorados y enterrados ya: narices, dedos, trozos de carne clavados en la pared, sangre de asesinados, mutiladas calaveras arrancadas de las fauces de las fieras… Se puso luego a salmodiar sobre entrañas aún palpitantes, y comenzó el sacrificio derramando líquidos varios. Primero hizo abluciones de agua de la fuente, luego de leche de vaca, después de miel, y por fin de hidromiel. Inmediatamente ofrendó los pelos aquellos bien trenzados en inextricables anudamientos, los perfumó con variados aromas, y los puso sobre ascuas vivas para que se quemaron. Por el poder propio de la ciencia imparable de la magia, y por la fuerza ciega de los dioses invocados, aquellos pellejos cuyos pelos chisporroteaban echando densa humareda, adquirieron sensibilidad humana: sienten, oyen, caminan dirigidos por el olor de sus propios despojos, y se lanzan a golpes sobre las puertas del joven beocio.” (Apuleyo, III) 



Circe, Pintura de John William Waterhouse
El precio de los sortilegios en los que los magos empleaban gran cantidad de elementos necesarios para sus rituales (filtros, sacrificios, purificaciones) era alto, sobre todo, si conllevaba riesgo por la clandestinidad de sus prácticas. Las tarifas más elevadas corresponderían a las prácticas más duramente perseguidos, como la necromancia o los maleficios.

Luciano narra el caso de un mago contratado por el maestro del joven Glaucias para que atraiga el amor de Chrysis, mujer de Demeas. El mago cobra una suma importante por el servicio: cuatro minas por los materiales y dieciséis más por el ritual, una cantidad, que debía estar lejos de los honorarios de las mejores sagae latinas.

"Yo, como era natural, pues era su profesor, lo llevo a casa del famoso mago hiperbóreo, pagando cuatro minas a tocateja -era necesario pagar por anticipado el precio de las víctimas- y dieciséis si conseguía hacerse con Crisis…. Y aún más atónito me quedo ante el mago, pues siendo capaz de conseguir el amor de las mujeres más acaudaladas y de cobrarles todos los talentos del mundo, va y se dedica a hacer amante a Glaucias, un tacaño, por cuatro minas.” (Luciano, El Aficionado a la mentira)




La mayoría de hechiceras ejercían la práctica de la magia con la de la alcahuetería. Si lograban atraer para una joven a un amante rico, sus servicios prestados serían mejor recompensados económicamente que si quedaba emparejada con un hombre sin recursos.

“Por casualidad fui una vez testigo de sus discursos, oyéndola, detrás de la puerta que me ocultaba, dar tales consejos: «Luz de mi vida, sabes que ayer cautivaste a un joven opulento, que se detuvo y quedó largo rato suspenso contemplando tu linda cara. ¿A quién no cautivarás? A ninguna cedes en belleza; pero, ¡qué desgracia!, el atavío de tu cuerpo no responde a tus hechizos. Quisiera que fueses tan feliz como hermosa, y yo no sería pobre viviendo tú en la abundancia.” (Ovidio, Amores, I, 8)



Luciano describe en su Diálogo de Cortesanas como una le pide a la otra que busque una hechicera que le ayude a recuperar a su amante. La segunda le explica lo que tiene que pagar y cómo se va a desarrollar el encantamiento.

“No se puede decir que pida un gran sueldo, solo una dracma y un pan. Pero tienes que proveerte, además, de granos de sal, de siete óbolos de azufre y de una antorcha. Estos son los requisitos de la vieja, también es preciso llenar una crátera de vino mezclado con agua y que ella sola se la beba. Necesitarás, además, algo que sea propiedad personal de este hombre un vestido, unas botas, un mechón de sus cabellos.

Cuelga las botas de un clavo y las fumiga con azufre mientras esparce la sal sobre el fuego. Luego murmura ambos nombres, el suyo y el tuyo. A continuación, extrae de su seno una rueda, la hace girar mientras recita con rapidez un ensalmo compuesto de palabras bárbaras y escalofriantes. Apenas había terminado cuando llegó Fanias; Febis, la chica con la que estaba, le había suplicado que no se fuese, pero el hechizo fue muy fuerte. Y me enseñó un encantamiento contra Febis. Tenía que marcar sus huellas, y borrar las últimas, poniendo mi pie derecho sobre su huella izquierda y mi pie izquierdo en su huella derecha y debía decir: Mi pie en tu pie; te pisoteo, y yo hice lo que me dijo.” (Luciano, Diálogo de Heteras, IV)



Mosaico de la Villa de Cicerón, Pompeya, Museo Arqueológico de Nápoles

El mago al ser un mortal no puede transformar la naturaleza a su antojo como hacen los dioses, por lo tanto, recurre a la práctica de unas operaciones con elementos que se consideran mágicos y también a la elaboración de mezclas con diversos productos dotados con poderes. El mago ha de ser lo suficientemente hábil como para hallar los ingredientes que le ayudarán a cambiar el destino de los afectados por sus hechizos.

Las hierbas y plantas, cuyas propiedades eran conocidas a todos, integraban una parte de los elementos que los hechiceros empleaban en sus fórmulas mágicas. Pero la manera en las que ellos las recogían y utilizaban era lo que las hacían efectivas.

Por ejemplo, Plinio decía que los supersticiosos creían que el muérdago era más eficaz si se cogía en luna nueva, sin utilizar hierro, ni dejar que tocara el suelo; pero también decía que los amuletos de muérdago elaborados así ayudaban a concebir. Plinio reconocía que, a pesar del contenido mágico de algunos rituales de magos o druidas, éstos eran útiles siempre que se hiciese con conocimiento de la naturaleza. La verbena, planta ya utilizada por los griegos para purificar los altares, es descrita así por Plinio:



Planta de Verbena
“Ambas clases de verbena son usadas por los galos para predecir el futuro y hacer profecías, pero los magos en especial hacen las más necias declaraciones sobre la planta: la gente que se frota con ella logran sus deseos, hace desaparecer la fiebre, ganar amigos, y curar todas las enfermedades… Dicen que si un lecho es rociado con agua en la que se ha sumergido la planta el entretenimiento será más alegre.” (Plinio, Historia Natural, XXV, 105)

Los griegos consideraban la ruda no sólo útil contra las enfermedades, sino también para proteger contra lo sobrenatural, evitando inclusive los malos negocios. Las matronas romanas andaban siempre con un ramo de ruda en la mano, como defensa contra molestias contagiosas y también como propiciatoria de la realización de sus deseos. Es una planta considerada sagrada. Protege contra la magia negra o espíritus desencarnados que no consiguen elevarse.

Plinio consideró a la ruda uno de los más importantes medicamentos, siendo un antídoto poderoso contra las picadas de escorpiones, arañas, insectos venenosos y también contra las mordeduras de perros rabiosos y serpientes. Decía que la acción sólo era eficaz cuando el jugo de las hojas eran mezcladas con vinos en dosis pequeñas. Recomendaba su uso para la resaca alcohólica.


Los animales que formaban parte del recetario mágico son los que por alguna razón estaban más próximos a los dioses, como las aves que se elevaban hasta el cielo, las especies venenosas, como serpientes, arañas o escorpiones que podían conllevar la muerte o los reptiles y mamíferos que moraban en el interior de la tierra y por tanto eran más cercanos a las divinidades infernales. Los productos derivados de los seres vivos como la leche, miel o vino también cumplían su función en los encantamientos.

“Toma las mortíferas hierbas y exprime la ponzoña
de las serpientes y les mezcla también aves siniestras y el corazón de un lúgubre búho y vísceras de ronca lechuza, extraídas aún viva.
Todas estas cosas la urdidora de crímenes las va
poniendo cada una en su sitio: unas poseen la arrebatadora violencia de las llamas, otras la helada rigidez de un frío entorpecedor.
Añade a los venenos fórmulas no menos temibles
que ellos.
Escuchad, se la oye con paso enloquecido y recitando fórmulas mágicas.
El universo se estremece en cuanto empieza a hablar.”
(Séneca, Medea, Acto IV)



Brazalete amuleto con serpiente y Selene, Pompeya
Desde el siglo I d. C. fue difícil separar una medicina oficial y científica, fundada sobre la observación y el razonamiento de una medicina mágica llena de elementos supersticiosos. Encontrar la sanación de alguna enfermedad llevaba a muchos individuos a buscar remedio en la magia, en la que confiaban más que en la medicina tradicional. La magia sanadora no era de carácter general, sino que había una práctica concreta para cada dolor: de pies, de cabeza, tos, hemorragias, quemaduras, etc. También servía para aliviar la impotencia, desarrollar la capacidad sexual y promover la concepción. Eran también abundantes los remedios contra picaduras de animales venenosos. Se realizaba a base de recetas que aconsejaban mezclar dos o tres ingredientes que se podían ingerir o aplicar en el cuerpo junto a una corta invocación a espíritus o dioses.

“Contra la fiebre con escalofríos. Toma aceite en tus manos y di siete veces: «Sabaot», dos veces lo que deseas, y úngelo desde el hueco sacro hasta los pies.” (Papiros Mágicos)

Si alguien pretendía que su persona amada sanase o se recuperara de un mal podía querer participar en persona en la ceremonia mágica que le llevaría a conseguir su propósito.

“Yo soy aquél de quien se dice que, como yacieras consumida por cruel enfermedad, te salvaste gracias a mis súplicas. Yo mismo, al haberlo predicho una vieja con su mágico ensalmo, purifiqué en derredor tuyo con azufre puro; yo mismo tuve el cuidado de que no pudieran dañarte las crueles pesadillas conjurándolas tres veces con harina sagrada; yo mismo, con un tocado de hilo y con la túnica suelta, hice los nueve votos de Trivia en el silencio de la noche. Todo lo cumplí: ahora otro goza de tu amor y, afortunado, saca él provecho de mis plegarias.” (Tibulo, I, 5, 9)



Pápiro griego de magia
En este caso, descrito por el poeta Tibulo, éste participa en unos ritos que incluyen la invocación a la triple forma de la diosa Hécate (Trivia), consiguiendo salvar a su amada, para luego ver que ella lo abandona por otro.

Plinio daba en su obra una serie de remedios «mágicos» para determinadas enfermedades, además de discutir los poderes de la palabra humana, de las supersticiones y de ciertas formas de la magia. El escritor naturalista intentaba parecer profundamente racionalista, pero parecía estar convencido de que existían unos poderes invisibles y sobrenaturales que dirigían los asuntos humanos. No era capaz de desacreditar los conjuros o los poderes mágicos inherentes a ciertas substancias, preguntándose:

“A propósito de los remedios utilizados por el hombre, existe una cuestión aún pendiente y de enorme gravedad: ¿Las fórmulas mágicas y los encantamientos tienen algún poder?” (Plinio, Historia Natural)




Los más exóticos y extravagantes, ingredientes naturales o no, se empleaban para curar los males físicos o espirituales que aquejaban a los hombres. Existía un bebedizo, el hipomanes, que se preparaba para activar el deseo sexual y que se realizaba con una sustancia extraída de la frente de los potros. Juvenal lo cita en una de sus sátiras:

"Un tipo suministra salmodias mágicas, otro vende filtros tesalios con los que la mujer puede desquiciar la mente del marido y sacudirle en el culo con la alpargata. La razón de que no estés en tí las tinieblas de tu espíritu, de ahí provienen, como el morrocotudo olvido de lo que acabas de hacer.
Mas con todo, esto es pasable si no comienzas a 
desvariar como aquel tío materno de Nerón,
a quien Cesonia le hizo ingerir la excrescencia entera
de la frente de un potro aun tembloroso..." (Sátira VI)


La magia dedicada a la agricultura estaba permitida más que otras, quizá porque se consideraba que tenía mayor contenido religioso. El código Teodosiano del siglo IV d.C. dice:

"No se imputará ningún crimen a los remedios para el cuerpo humano, o aquellos usados en áreas rurales para que las gentes no teman a las tormentas que pudieran caer en las uvas maduras, si éstas se emplean inocentemente; porque no se daña ni la salud ni la reputación, sino que aseguran que los dones de Dios y las tareas de los hombres no se vean perjudicados."



Medea, Birmingham Museum and Gallery, Anthony Frederick Sandys

Los autores latinos incluyen a las famosas magas griegas Circe y Medea en sus obras, donde se reflejan como mujeres que se dejan llevar por sus pasiones, el amor, los celos, la venganza y que hacen uso de sus conocimientos de las artes ocultas para lograr sus propósitos. Los recursos que utilizan son los que se atribuían a los magos y hechiceras, a los que los supersticiosos acudían para encontrar satisfacción a sus desgracias o anhelos.

Medea posee una sabiduría que le hace conocer la magia blanca y la negra. Tiene buena reputación por sus remedios, basados en el conocimiento de las hierbas, pero a su vez es motivo de temor, debido a los hechos monstruosos con los que ha ayudado a Jasón. Por otra parte, domina el arte de la palabra, elemento fundamental en acciones mágicas. Medea invoca a la Luna y a Hécate, clama a los materiales que utiliza y a los dioses para que la asistan. Es capaz de dominar los elementos de la naturaleza y los fenómenos atmosféricos, aunque estos poderes no le sirven de nada cuando se trata de conservar el amor de Jasón.

“Yo os conjuro, tropel de sombras silenciosas
y también a vosotros, dioses funerarios, y al ciego Caos y a la mansión oscura del tenebroso Dite
las cuevas de la muerte espeluznante
cercadas por los límites del Tártaro:
descansad de suplicios almas, y corred
a una boda inaudita.
Deténgase la rueda que retuerce sus miembros
y toque Ixión el suelo que 
Tántalo 
a sus anchas pueda beber las aguas de Pirene
que sólo para el suegro de mi esposo
se mantenga y se agrave la condena:
que la resbaladiza piedra haga rodar
a Sisifo hacia atrás por los peñascos.
Y vosotras, Danaides, a quienes burla la frustrante tarea de unas vasijas agujereadas,
acudid todas juntas,
este día requiere vuestras manos.
Acude ya, invocada
por mis conjuros, astro de las noches,
revestida del más terrible aspecto,
amenazando con tu múltiple frente.”
(Séneca, Medea, acto IV)



Circe ofreciendo la copa a Ulises, John William Waterhouse

La hechicera Circe tiene a su servicio esclavas que clasifican y distribuyen hierbas que sólo ella sabe utilizar, puede oscurecer el sol, enturbiar con niebla el espacio en el que va a hacer uso de sus hechizos, pronunciar palabras mágicas y conjuros, tiene poder no sólo sobre los animales, también sobre la naturaleza, logrando su manipulación. 

La Circe que presenta Ovidio es una seductora que habita suntuosas estancias, se adorna con joyas y luce lujosos vestidos. Se comporta como una mujer celosa y vengativa; es representación del lado de la pasión femenina malvado y salvajemente destructivo. Está dominada por fuertes pasiones, venganza, celos odio, y cuando no consigue lo que quiere castiga.

“Rápidamente sus hierbas de mala fama con jugos horribles tritura y mezcla las cosas trituradas con ensalmos de Hécate y se pone vestidos azules y a través del rebaño de fieras que le mueven la cola sale del interior del palacio y dirigiéndose a Regio, frente a los escollos de Zancle entra en las olas que hierven por el oleaje, sobre las que pone sus huellas como en la tierra firme y recorre la superficie del agua con los pies secos.
La diosa la infecta de antemano y la corrompe
Con monstruosos venenos, aquí los líquidos exprimidos de una raíz dañina esparce y un ensalmo oscuro por el misterio de unas palabras inauditas
veintisiete veces murmura con su boca mágica.”
(Metamorfosis, XIV, 43)



Bibliografía:

www.academia.edu/1326357/Sobre_la_emergencia_de_la_magia_como_sistema_de alteridad en la Roma Augústea y Julio-Claudia; Francisco Marco Simón
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=282853 "HÁGASE MI VOLUNTAD". LA MAGIA Y LOS DIOSES DOMESTICADOS, ELENA MUÑIZ GRIJALVO.
www.ridrom.uclm.es/documentos11/bautista11_pub.doc; MAGIA, RELIGIÓN Y SUPERSTICIÓN EN LA TETRARQUÍA; Adolfo Díaz-Bautista.
http://www.ledonline.it/rivistadirittoromano/allegati/dirittoromano05rodriguez.pdf; «Superstitio» y «magia»: atentados a la observancia religiosa de la «res publica» ( * ); Rosalia Rodríguez López.
fundacionarthis.org/ediciones/ojs/index.php/hdigital/issue/.../nº3.../13; Theurgía y Goeteia: la magia en el mundo clásico; Jaime Resino Toribio
www.redalyc.org/articulo.oa?id=59115497009; Leyes contra el crimen de magia (crimen magiae): la Apología de Apuleyo; Martha Elena Montemayor Aceves.
http://parnaseo.uv.es/Editorial/Parnaseo13/Parnaeo13.pdf, HECHICERAS Y BRUJAS EN LA LITERATURA ESPAÑOLA DE LOS SIGLOS DE ORO, Eva Lara Alberola
revistas.ucm.es/index.php/GERI/article/download/.../14345; POCIMAS DE AMOR: LAS MAGAS EN LA ANTIGÜEDAD; Carlos Espejo Muriel.
http://www.romanicodigital.com/documentos_web/documentos/C17- 9_Nicanor%20G%C3%B3mez%20.pdf; LA REPRESIÓN DE LA MAGIA EN EL IMPERIO ROMANO; Nicanor Gómez Villegas
TEXTOS DE MAGIA EN PAPIROS GRIEGOS; INTRODUCCIÓN. TRADUCCIÓN Y NOTAS DE JOSÉ LUIS CALVO MARTINEZ Y Mª' DOLORES SANCHEZ ROMERO; EDITORIAL GREDOS
dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=1973642; El pensamiento antiguo y la magia en el mundo romano: El ritual de necromancia en la Farsalia de Lucano; Bernabé Ramírez López
EL mago y la hechicera: poder y marginación en el Imperio romano. Santiago Montero Herrero; Religions del Mon Antic, La Mágia; María Luisa Sánchez León, ed., Google Libros
http://eprints.ucm.es/28358/1/Eprints_TFM_Celia_Molina.pdf; Hécate: paradigma de la relación entre la mujer, la luna y la magia; Celia Molina Martín


sábado, 16 de enero de 2016

Concubina et contubernalis, ser pareja en época romana


Relieve funerario de una pareja, Museo Metropolitan, Nueva York

El concubinato era la unión de hecho entre dos personas libres que decidían convivir sin intención de contraer matrimonio. Fue una unión sexual lícita siempre que fuera monógama, efectiva y con intención de permanecer unidos. Dichas personas solían pertenecer a distintos estamentos sociales, lo que implicaba no poder formalizar un matrimonio legítimo. Debía existir vida marital, para que se distinguiera de cualquier unión pasajera, pero sin affectio maritalis, es decir, sin considerarse casados, sin honor matrimonii, la concubina carecería de la dignidad social del compañero y no se le tendría el mismo respeto; sin aporte de dote de la mujer y sin intención de procrear, aunque los hijos habidos se consideraban ilegítimos y sin derecho a heredar del padre.

LESBÓNICO.— Esa chispa es fácil de encontrar, que el fuego es una cosa que te dan aunque sea un enemigo al que se lo pidas. Pero tú al reprenderme me arrastras a una senda todavía peor. Me aconsejas que te dé a mi hermana sin dote; no, no estaría bien que yo, que he dado al traste con tamaño patrimonio, siguiera gozando de riquezas y poseyera un campo mientras que ella se viera privada de todo; con razón sentiría aversión por mí. Nunca será una persona de peso a los ojos de los extraños el que se porta a la ligera con los suyos. Estoy decidido a proceder tal como he dicho; no te molestes más.
LISÍTELES.— ¿Es que es tanto mejor que tú te veas reducido a la miseria por causa de tu hermana y que posea yo ese campo en tu lugar, con el que podrías salir adelante con tus obligaciones?

LESBÓNICO— No quiero yo tanto que mires cómo puedes aliviar mi pobreza sino que, aunque pobre, no pierda mi buen nombre, que no se tenga que decir de mí que te he dado a mi hermana, si te la doy sin dote, más bien como concubina que no como esposa. Me tendrán por el más indeseable de los sujetos, la voz pública te pondría a ti por las nubes y a mí por los suelos, si llegas a casarte con mi hermana sin recibir dote; para ti sería ello un aumento de prestigio, para mí, algo que echarme en cara. (Plauto, Trinummus, 680)



Pintura de Pierre Oliver Joseph Coomans

Esta unión de hecho entre dos personas recibió una regulación diferente en las distintas etapas históricas. Sólo en el matrimonium legitimum, también denominado iustae nuptiae, los hijos seguían la condición legal del padre y continuaban su estirpe familiar (nomen familiae). En definitiva, sólo el matrimonio legítimo produciría nuevos ciudadanos, y era, en este sentido, una fuente de ciudadanía.
Este tipo de uniones adquieren relevancia gracias a la legislación matrimonial de Augusto (Lex Iulia et Papia Poppaea nuptialis del 9 d. C.) que restringió, notablemente, el número de mujeres con las que casarse. Si bien trataba de favorecer el matrimonio, en la práctica supuso un incremento de las uniones de hecho, al prohibir el matrimonio a los soldados, así como entre senadores y libertas y entre ingenuos y personas consideradas de mala reputación.
En el 18 d. C. La Lex Iulia de adulteriis coercendis declara ilícitas algunas relaciones extramatrimoniales con cierto tipo de mujeres y establece una categoría con las que no se puede contraer iustum matrimonium. Se consideraba stuprum el delito derivado de mantener relaciones carnales con una mujer nacida libre, ciudadana romana y de buena consideración social (ingenuae et honestae), que fuera soltera o viuda, en caso de estar casada era adulterium.: “...de otra suerte, si uno hubiera preferido tener en concubinato una mujer de vida honesta, e ingenua, no se le concede sin que esto lo haga saber mediante atestación, sino que le es necesario, o tenerla por mujer o, si lo rehúsa, tener estupro con ella”. Dado el caso de una hija de senador que quisiera emparejarse con un liberto, para no ser considerado estupro, debía producirse una declaración expresa del deseo de tener una relación de concubinato. El castigo por estupro era el exilio a una isla.

Pintura de Adolphe William Boguerau

El concubinato se convertía con el tiempo en una especie de matrimonio, sometido a algunas de las reglamentaciones que regían el matrimonio legal. Por ejemplo, no podía ser reconocido si la muchacha contaba con menos de doce años de edad.
El concubinato fue entonces la vía por la cual pudieron mantener una unión estable quienes legalmente no estaban habilitados para casarse entre sí, o aquellos a los cuales las costumbres no se lo permitían. “Puede estar en concubinato la liberta ajena, como la mujer ingenua y principalmente la que nació de oscuro linaje, o hizo ganancia con su cuerpo. (Marciano, Digesto. 25.7.3)


Inscripción funeraria de Bennia Helena, Museo Británico

Era inadmisible que ciertas personas, por más que fuesen libres y ciudadanas, se casasen las unas con las otras. Un senador con una actriz de teatro, o la hija de aquél con un gladiador, por ejemplo. San Agustín mantuvo como concubina a una mujer con la que tuvo un hijo, pero a la que decidió alejar con gran pesar por consejo de su madre.

 "Entre tanto se multiplicaban mis pecados, y, arrancada de mi lado, como un impedimento para el matrimonio, aquella con quien yo solía partir mi lecho, mi corazón, sajado por aquella parte que le estaba pegado, me había quedado llagado y manaba sangre. Ella, en cambio, vuelta al Africa, te hizo voto, Señor, de no conocer otro varón, dejando en mi compañía al hijo natural que yo había tenido con ella.
Mas yo, desgraciado, incapaz de imitar a esta mujer, y no pudiendo sufrir la dilación de dos años que habían de pasar hasta recibir por esposa a la que había pedido-porque no era yo amante del matrimonio, sino esclavo de la sensualidad-, me procuré otra mujer, no ciertamente en calidad de esposa, sino para sustentar y conducir íntegra o aumentada la enfermedad de mi alma bajo la guarda de mi ininterrumpida costumbre al estado del matrimonio.
Pero no por eso sanaba aquella herida mía que se había hecho al arrancarme de la primera mujer, sino que después de un ardor y dolor agudísimos comenzaba a corromperse, doliendo tanto más desesperadamente,  cuanto más se iba enfriando. (San Agustín, Confesiones, VI)

Casa de la Farnesina, Museo Nacional Romano, foto Wolfgang Rieger

Podía darse el caso de que los que iniciaran una relación de concubinato fueran del mismo rango social pero que, la mujer no quisiera que las posibles herencias de la familia materna de sus hijos cayeran en manos de su compañero, y eso no ocurriría si la relación era de concubinato. También podía suceder que, por ejemplo, un viudo no deseara quitar parte de la herencia de los hijos habidos en un matrimonium iustum para dársela a los hijos habidos en un posterior matrimonio. Los hijos de una concubina, en cambio, no tendrían derecho a la herencia.
La tolerancia social y legal, llega incluso hasta el punto de propiciar el concubinato entre patrono y su liberta. Ulpiano, en su comentario a la Lex Iulia et Papia Poppaea nuptialis, del 9 d.C.  afirmar que es más honorable para un patrono tener a su liberta como concubina que como mujer legítima.
Había algunas diferencias entre una esposa legal y una concubina ante la ley romana:
Si una concubina tomaba una propiedad de la casa de su compañero sin su permiso podía ser acusada de robo, mientras que una esposa si hacía lo mismo era acusada de apropiación ilegal. Una concubina no podía abandonar a su compañero, si también había sido su patrón, sin su consentimiento, el cual necesitaba para unirse a otro hombre. Tampoco podía abandonarlo en caso de que el patrón se volviera loco, por la creencia de que alguien debería cuidarlo.
En cuanto a la norma de que un hombre no podía tener al mismo tiempo una esposa y una concubina, no parece cumplirse siempre, principalmente cuando se trata de gente de clases inferiores, cuyos miembros no parecen haber acatado las leyes de igual forma que las clases altas.
Hay inscripciones funerarias que parecen mostrar la existencia de uniones simultáneas con una esposa y una concubina, aunque la mayoría no permite saber si las relaciones fueron simultáneas o sucesivas.

Marco Servilio Rufo, liberto de Marco, lictor, mandó construir esto para él mientras vivía y para su esposa Petia Prima, liberta de Gaio, y para Marcia Felix, liberta de una mujer, su concubina fallecida, y para su esposa, Servilia Apata, liberta de Marco.

Una posibilidad es que Marco tuviera una primera relación de concubinato con Marcia Felix, después se casase con Petia Prima, pero a la que menciona primero por ser esposa legítima y tras la muerte de ésta, se casase con Servilia Apata. Otra opción sería que primero hubiera contraído matrimonio con Petia, y a su muerte tomase como concubina a Marcia y por último se casase con Servilia, cuando fue libre.

Pintura de John William Godward

Como las leyes apenas amparaban a las mujeres, que dependían de la buena voluntad de su compañero, quedaba garantizada así su sumisión, y se advierte la importancia de este hecho cuando se recuerda la reputación que habían adquirido las matronas. Ya a Plauto le gustaba remarcar la condición miserable de los maridos sujetos a la tiranía de sus esposas, de las que no se divorciaban para no tener que devolver la dote. Mientras que, si se contentaba con una querida, podía esperar la llegada de días felices.

“Pero una cosa me produce una honda preocupación: cuál es el motivo por el que me hace venir mi hija así tan de repente, sin darme razón de qué se trata, qué es lo que quiere. ¿Por qué me hace venir? Aunque en sí me puedo figurar más o menos qué es lo que pasa. Seguro que es que tiene algún disgusto con el marido, porque eso suele ocurrir muchas veces a esas mujeres que se empeñan en tenerlos esclavizados, se envalentonan con la dote, se ponen insoportables. Lo que ocurre es que ellos, los maridos, no están tampoco muchas veces libres de culpa. Y es que hay ciertos límites en lo que debe aguantar una mujer; por otra parte, bien es verdad que una hija no hace venir a su padre si no es por motivo de algún delito o de una pelea. Bueno, ya me enteraré de todo, sea lo que sea.” (Plauto, Maenechmi, 760)

Pintura de John William Godward

El concubinato podía ser una atractiva alternativa para, entre otros, aquellos jóvenes que deseaban una pareja estable pero que querían evitar las responsabilidades y consecuencias de un iustum matrimonium, sobre todo si tenían aspiraciones de ascender socialmente o hacer una carrera política para lo cual sería un freno un matrimonio con una mujer de humilde o despreciable cuna, con las que podía existir amor y deseo carnal pero no un matrimonio legítimo. Este es el caso del emperador Constantino y su concubina Minervina. Aunque algunas fuentes la convierten en esposa de Constantino, es más razonable pensar que mantuvieran una relación de concubinato, al no tener ambos el mismo status social. De esa unión nació un hijo del que Constantino se ocupó. Cuando el emperador, en el año 307, se casó con Fausta, joven de origen noble, con la que pretendería iniciar una dinastía, el nombre de Minervina ya no vuelve a parecer.

La ley romana no permitía la posibilidad de tener a un tiempo esposa y concubina, siendo ésta una de las razones por las que pudiera optarse por el concubinato, y no por el matrimonio, ya que al no existir obligaciones jurídicas resultaba mucho más sencillo disolver la unión si posteriormente el hombre deseaba contraer matrimonio con una mujer de su mismo status o de status superior.

La tolerancia social y legal, llega incluso hasta el punto de propiciar la relación de hecho entre patrono y su liberta, así se manifiesta Ulpiano, en su comentario a la Lex Iulia et Papia Poppaea nuptialis, del 9 d.C. al afirmar que es más honorable para un patrono tener a su liberta como concubina que como mujer legítima. La presencia de concubinas en una casa no fue nunca considerada deshonrosa. Y fueron precisamente, los emperadores cristianos, los que, en su empeño por abolirlo, acabaron dándole mayor importancia jurídica. Constantino intentó combatirlo desprestigiando la condición de la concubina y de sus hijos (liberi naturales), pero aproximando la regulación del concubinato a la del matrimonio en cuanto a los requisitos exigibles, así en materia de monogamia, pubertad e impedimentos de parentela y afinidad, al tiempo que derogó algunas de las disposiciones penales de Augusto referidas a las uniones de hecho.
 En época de Justiniano la legislación cristiana tiende a reforzar el matrimonio, a dificultar la existencia de las uniones de hecho y a facilitar su transición a relaciones matrimoniales. Pero se mejoró la condición de los hijos nacidos de estas uniones, que son denominados naturales y a los que se concede el derecho de alimentos y derechos sucesorios, así como la posibilidad de que sean legitimados por el subsiguiente matrimonio de los padres, inscripción en la curia o concesión imperial.

Relieve de la tumba de los Servilios, padre y madre, libertos y su hijo. Museos Vaticanos,
© 2008. Photo: S. Sosnovskiy.
 Los buenos emperadores también convivieron con concubinas. Antonino Pío amó a cierta Lisístrata, liberta de la casa imperial que en su epitafio haría inscribir el título de “concubina” del príncipe, de la que se murmuraba que disponía del mayor poder en palacio y que el prefecto del pretor Repentino debía a ella su ascenso. El mismo Marco Aurelio, tomó tras el fallecimiento de su esposa, una nueva compañera que era hija de un procurador de la difunta. Esta joven, llamada Fabia, quiso ser desposada por el emperador, pero éste se negó por respeto a los hijos que le había dado Faustina a los que no quiso imponer una “madrastra”.
El emperador Vespasiano tuvo una relación de concubinato con Antonia Cenis, liberta de Antonia, madre del emperador Claudio. Su relación parece haber empezado cuando ambos eran muy jóvenes y ella era todavía esclava, Su relación se interrumpió y posteriormente cuando ella ya era liberta, la retomaron y Cenis se convirtió en la concubina del emperador.

  “Y no solo me parece haber sido una mujer notable por este motivo, sino también porque Vespasiano disfrutaba tan en exceso de ella.  Esto le proporcionó la mayor influencia y amasó riquezas indecibles, al punto que se pensó que él logró hacer dinero a través de ella, actuando Cenis como intermediaria.  Pues ella recibía grandes sumas de diversas procedencias, a veces vendiendo gobernaciones, a veces procuradurías, generalatos o sacerdocios, y hasta en ocasiones decisiones imperiales.”


Pintura de Alma Tadema

A partir de Augusto, a los soldados romanos se les prohibió el matrimonio. Si ya estaban casados cuando se unían al ejército, su matrimonio era automáticamente declarado nulo. El estado presentía que los ejércitos tendrían mayor efectividad si los soldados se desembarazaban de sus familias y, además, era totalmente reacio a aceptar responsabilidad alguna hacia esas familias, como entidades dependientes de los soldados. La prohibición se mantuvo durante más de dos siglos, hasta que fue abolida por Septimio Severo. Pero los soldados tomaban esposas y formaban familias. A partir del siglo I estas mujeres eran nativas de las provincias y muchas esclavas liberadas.

(Consagrado) a los dioses manes. A Annetia Festiva, de más o menos 30 años. Aquí está enterrada. Cayo Ennio Felix, veterano de la legión VII Gemina pía feliz, a su muy dulce esposa (lo erigió)”.

En los diplomata entregados a los soldados auxiliares al final de los 25 años de servicio, se garantizaba la ciudadanía romana al romano, pero también a su mujer e hijos, o si aún estaba soltero en su licenciamiento, a su futura mujer (solo una). A mediados del siglo II d. C. este texto sufre una transformación y deja de incluir la concesión de ciudadanía a los hijos.
Los legionarios ya eran ciudadanos, así que no recibía tal galardón al final de su tiempo en el ejército. Si las mujeres no eran ciudadanas romanas, y aunque lo fueran, el matrimonio no estaba reconocido, así que los hijos eran ilegítimos.
Comprendiendo el deseo de los soldados de legar herencia a sus familias, los emperadores sucesivos fueron concediendo ciertas mercedes, por ejemplo, la redacción de testamentos.


Adriano confirmó ese derecho al testamento, permitiendo que los soldados dejasen legado a individuos no ciudadanos e, incluso, permitiendo que sus hijos reclamasen las propiedades paternas cuando éstos morían antes de la redacción de la escritura.
En un papiro egipcio se indica que un ciudadano romano que servía en una cohorte auxiliar y había estado viviendo con una mujer, también ciudadana, pretendió obtener la ciudadanía para los dos hijos que tenía con ella. El prefecto se la concedió, pero manteniendo su estatuto de hijos ilegítimos.

La prohibición de matrimonio no se aplicaba a los oficiales mayores, procedentes de las clases senatorial y ecuestre, ni a los centuriones legionarios. Probablemente tampoco a los centuriones auxiliares, y quizá ni siquiera a los decuriones.

Estela funeraria de Valerius Celerinus, veterano de la X legión,
Museo Romano de Colonia, foto de Carole Raddato

El jurista Granius Flacus en su comentario sobre la ley Papiria afirma que paelex es una mujer que mantiene una relación sexual y convive con un hombre que tiene otra esposa.
La palabra paelex designaba a una “mujer que mantiene relaciones habituales con un hombre casado por bodas conforme a derecho”. Se puede suponer que en los primeros tiempos, por el origen griego de la palabra, que se referiría a una muchacha “extranjera, una cautiva, a la que el amo brindaba su protección”. Es lícito suponer que, sin la menor protección religiosa o legal, éstas no fueran sino meras sirvientes de su amo, instrumentos para su placer, acosadas por  unas esposas coléricas, que les harían pagar caro la humillación sufrida por culpa de sus favores.

DEMiFÓN.— Al fin he conseguido una forma de echarme a perder a mi gusto: comprada está la amiga a espaldas de mi mujer y a espaldas de mi hijo. Cosa hecha, volveré a las andadas y no me privaré de nada. Poco es ya lo que me queda de vida: razón de más para dedicarme a pasármelo bien en los placeres, el vino y el amor. Es que el pasárselo bien a la edad que yo ya tengo es más que razonable. Mientras que eres joven, cuando están en tu pleno vigor, entonces es la hora de dedicar tus esfuerzos a agenciarte una fortuna: pero una vez que no eres ya más que un viejo, entonces, hale, a dedicarse a la vagancia, al amor, mientras que te sea posible. En esta edad, la vida la tienes que considerar como un puro regalo. (Plauto, Mercader)

Pintura de John William Godward
Por el contrario, no puede extrañar que una esposa, habiendo cumplido la misión de proporcionar al marido un heredero varón, no quisiese volver al lecho nupcial. Aunque a la vez comprendía las necesidades del hombre, por eso se prestaba de buen grado a que éste retozase con las esclavas de la casa. O le permitía buscarse una compañera como amica, alguna mujer de clase inferior, cantante o actriz, por ejemplo, con la cual no había peligro que él cayese en la tentación de casarse, repudiando a la esposa original. Por eso ésta era inclusive, muchísimas veces, quien contribuía a elegirla.

"Tercia Emilia, la esposa de Escipión el Africano y madre de Cornelia, fue una mujer tan noble y paciente que, aunque sabía que su marido tenía una relación con una esclava, ella miraba hacia otro lado, ya que pensaba inapropiado que una mujer acusara a su marido, conquistador del mundo, por una frivolidad. Tan poco interesada estaba en vengarse, que tras la muerte de Escipión, concedió la libertad a la chica y la casó con uno de sus libertos." (Valerio Máximo, 6,7, 1-3)

Plutarco en su obra Moralia aconseja a las mujeres no indignarse si el marido, debido a su incontinencia mantiene una relación extramarital, porque se debería al respeto que siente hacia ella y que le lleva a compartir su desenfreno y libertinaje con otra mujer. Esta idea parece reflejarse en la obra de Plauto, Cásina, en el diálogo entre Cleústrata y Mírrina, ambas matronas y vecinas.

CL. — Sufro en casa unos desdenes espantosos.
MÍ. — ¿Cómo? ¿Qué es lo que ocurre? Dime, por favor, que no acabo de comprender bien de qué te quejas.
 CL. — Mi marido me ultraja de una manera espantosa y yo no tengo medios de hacer valer mis derechos.
MÍ. — Pues es una cosa rara, si es que es verdad lo que dices, porque, por lo general, son los maridos los que no pueden hacer valer sus derechos con sus mujeres.
 CL. — Sí, se empeña en contra de mi voluntad en dar a su capataz una joven esclava, que me pertenece a mí, que ha sido criada de lo mío, y la cosa es que en realidad es él quien está enamorado de ella.
MÍ. — Dime, por favor, que aquí podemos hablar con tranquilidad, estamos entre nosotras.
CL. — Así es.
 MÍ. — ¿Y de dónde has sacado a la chica esa? Porque una buena mujer no debe tener nada a espaldas del marido, y la que lo tiene no se lo ha procurado por buenas maneras, sino que, o se lo ha sisado al otro o se lo ha buscado por tratos con otros hombres.
CL. — Todo lo que dices no es más que en contra de tu amiga.
 MÍ. — Calla, tonta y escúchame: no le lleves la contraria, déjale que esté enamorado, déjale que haga lo que le dé la gana, mientras que a ti no te falte de nada en casa.
CL. — ¿Estás loca? ¿No te das cuenta de que, al hablar así, hablas también en contra de tus intereses?


Pintura de Alma Tadema

Catón, por ejemplo, ya anciano, y viudo mantuvo relaciones sexuales con una joven (paelex), aparentemente en secreto, pero cuando su familia se enteró y su hijo parecía sentirse ofendido, él decidió convertirla en su esposa y tuvieron un hijo.
 Estos amores domésticos, que luego pasaban a legalizarse por medio de un matrimonio de toda regla, parecen haber sido bastante frecuentes. Los nobles romanos, que sentían una irremediable aversión ante el hecho de tener que casarse con una esposa de su mismo rango, preferían vivir en concubinato con alguna esclava, a la que finalmente solían concederle la libertad, amparados por la costumbre. Y los juristas aprobaban esta manera de obrar. Ellos habían elaborado un estatuto legal para las libertas, concubinas de sus amos, y lo único que les escandalizaba era la idea de que los senadores despreciaran la opinión pública hasta el punto de convertir en legítimas esposas, a estas mujeres.

La relación de hombres casados que mantenían relaciones sexuales con mujeres de dudosa reputación, como las artistas, escandalizaba a sus contemporáneos defensores de las tradiciones romanas. Cicerón criticó abiertamente la relación de Marco Antonio con la mima Volumnia Cytheris, a la que el orador llama amica, y con la que el político se exhibía abiertamente en público.

Danzarina, Terracotta griega, Academia
de Arte de Honolulu, foto de Hiart
"En efecto, ¿se ha oído que haya habido alguna vez en el mundo algún escándalo tan grande, una vileza tan grande, un deshonor tan grande? Era llevado en un carro galo un tribuno de la plebe; los lictores laureados le precedían, en medio de los cuales iba en una litera abierta una actriz de mimo, a la que los hombres importantes de los municipios, que salían a su encuentro por obligación, saludaban como Volumnia, y no con su conocido nombre de actriz. Seguía un carro mayor con mercaderes de esclavas, un séquito vergonzoso. La madre -relegada- seguía a la amiga de su impúdico hijo como si fuera su nuera. iOh, desgraciada fecundidad de esta pobre mujer!" (Filipicas II, 58)

“En la casa de éste hay ahora en vez de dormitorios prostíbulos, en vez de comedores tabernas. Aunque ahora lo niega. No preguntéis: se ha vuelto honrado; ha ordenado a su mujer (amante)que recoja sus cosas; según la ley de las Doce Tablas, le ha quitado las llaves, la ha echado. ¡Qué distinguido ciudadano, qué intachable, en cuya vida entera no hay nada más honesto que el haberse separado de una comedianta!” (Fil, II, 69)

La relación de Marco Antonio con la reina egipcia Cleopatra nunca pudo haber sido considerada por Roma como un matrimonio, por la circunstancia de que él estaba casado con Octavia, hermana de Augusto y porque la reina era extranjera, y el matrimonio con una persona no ciudadana romana era ilegal. En la visita que Cleopatra realizó a Roma convivió con Julio César, mientras éste estaba todavía casado con Calpurnia, por lo que es de suponer que sería llamada su amica.


Denario con los rostros de Marco Antonio y Cleopatra

Las críticas de otros autores a la “tiranía” que algunas amantes podían ejercer sobre los hombres quedan patentes en algunos textos literarios. El amante debía proporcionar a su amica regalos, para no perder sus favores, al mismo tiempo que debía evitar que su familia se enterara de su relación ilícita.

“Si por caso la amiga se enfada con su amante, la ruina que éste sufre es doble, en sus bienes de fortuna y en su corazón. Si los dos están a buenas, él es quien lo paga, si disminuye el número de las noches, su corazón; si aumenta, él todo feliz, pero lo paga su bolsa. Ya antes de haberle hecho algún regalo, tiene dispuestos otros cien que pedirte: o se le ha perdido una joya, o es una mantilla que se le ha roto, o ha comprado una esclava o alguna vasija de plata o de bronce [***], o unos cofres griegos, o qué sé yo, siempre hay para el amante algún servicio que hacer a su amada, y mientras perdemos nuestros bienes, nuestro crédito y a nosotros mismos, nos esforzamos con gran celo en mantenerlo todo oculto, para que no llegue a oídos de los padres y del resto de la familia.” (Plauto, Truculento, I, 2)


Pintura de Alma Tadema

Los esclavos, en efecto, no podían contraer matrimonio legal puesto que no poseían personalidad jurídica. El amor entre esclavos estaba contemplado en el mismo nivel que la unión entre animales de labranza: se trataba de un medio para que el amo acrecentara su patrimonio gracias al producto de las relaciones. Catón el viejo autorizó las relaciones amorosas entre esclavos descontando una cantidad de su pecunio para evitar el castigo.

Esta cohabitación adquirió con el tiempo categoría de verdadero matrimonio; la mujer vivía junto a su marido, sin que nadie osara separarlos; los hijos pertenecían al amo, pero en la práctica este no debía tener el menor interés en dispersar a una familia que vivía en sus dominios y que le aseguraba su prosperidad. En el campo, en particular, en donde la estabilidad de la mano de obra garantizaba la revalorización de las tierras, los esclavos pasaban a ser siervos con absoluta normalidad, a quienes su condición jurídica no les condenaba a vivir en la incertidumbre del mañana.
Los hijos nacidos de esta unión contubernial no tenían derechos al ser considerados ilegítimos. La situación jurídica del esclavo recién nacido la establecía la madre de forma directa.



Pintura de Pompeya, Museo Británico, Londres, foto de Carole Raddato

 También en la ciudad, en las grandes familias, que contaban con innumerables esclavos que se van multiplicando hacia el final de la República y bajo el Imperio, se constatan numerosas uniones estables y perdurables entre compañeros de servidumbre. Existen innumerables monumentos funerarios, cuyos epitafios demuestran que esas parejas formadas sin el abrigo de las leyes, permanecieron juntas hasta la muerte. Se vieron prosperar familias de esclavos y concertarse matrimonios que, en la práctica, no se distinguían de los que vinculaban a los hombres libres.

“Seguro que hay aquí ahora algunos que dicen: «Pero bueno, ¡caramba!, ¿qué es esto?, ¿bodas entre esclavos?, ¿los esclavos van a tomar esposa o a pedirla? Eso es un uso nuevo, que no lo hay en parte ninguna del mundo». Pero yo os digo que ese uso lo hay en Grecia y en Cartago y aquí, entre nosotros, en Apulia, donde se suelen muchas veces celebrar las bodas de los esclavos con más aparato que las de los libres. Si no es así, el que quiera, que se apueste conmigo una jarra de vino con miel, con la condición de que el árbitro sea un cartaginés, o un griego, o por mí, también uno de Apulia.  (Plauto, Casina)

A las personas esclavas no se les reconocía capacidad para contraer matrimonio, conubium, y por tanto las uniones entre esclavos o entre personas libres y esclavos no podían ser válidas, recibían la denominación de contubernium.


Relieve funerario de libertos, Museo de Pérgamo, Berlín,
© 2008. Photo: S. Sosnovskiy.
El contubernium no se trataba de una situación social de matrimonio, ni siquiera era una unión jurídica. Por ello, al no estar reconocido como institución matrimonial de derecho, sino como una mera costumbre, la mujer no podía ser acusada de adulterio, aunque si se podía producir incesto.
No obstante, el hecho de que no se le diera valor legal, si había un cierto reconocimiento social, por cuánto que se encontraron lápidas funerarias o inscripciones sepulcrales donde se hacía referencia aparte de a los patronos o dueños, a familiares fallecidos, a los esposos, hijos o familiares perdidos, o en el caso de convivientes al número de años que estuvieron unidos.

“Para Paezusa, peluquera y esclava de Octavia, hija de César Augusto (Claudio). Vivió 18 años. Philatus, el mayordomo de Octavia, hija de César Augusto, hizo esto con su dinero para su muy querida contubernal y para sí mismo.” (CIL 6.05539)

La Ley Aelia Sextia (2 d.C.) fijó la edad en la que los amos podían manumitir a la esclava con objeto de permitir su casamiento. A partir de ahí, la unión dejaba de ser un contubernium y los hijos serian libres e ingenuii, pero, aunque la mujer quedara en libertad, los hijos serian ilegítimos al ser su padre esclavo.
Los hijos nacidos de esta unión contubernial no tenían derechos al ser considerados ilegítimos. La situación jurídica del esclavo recién nacido la establecía la madre de forma directa.
 Los dueños, de hecho, permitieron que produjera una situación de contubernio entre miembros de distintas familias e incluso entre esclavos e ingennuii, por ello, estas uniones contuberniales fueron favorecidas, a pesar de la moralidad de la época, por el deseo de retener a los esclavos en casa. Los dueños tenían gran interés en ello, dada la necesidad de esclavos debido a los trabajos en el campo, explotaciones agrícolas productivas en razón de la fuerza de su trabajo. Solo cuando el número de esclavos entró en disminución, se dio un mayor reconocimiento a la mujer, fundamentalmente por su papel reproductivo.
Curiosamente, y aunque obtuvieran la libertad algunos de los convivientes, el contubernium no desaparecía, porque si ambos eran o habían sido esclavos no se podía desunir de algo que jurídicamente no tenía reconocimiento y porque socialmente para el liberto le era más beneficioso.


Inscripción funeraria, Museo Británico © Marie-Lan Nguyen / Wikimedia Commons / CC-BY 2.5

Lucio Aurelius Hermia, liberto de Lucio, carnicero en el Viminal: Ella que me precedió en la muerte era mi única esposa. Casta y de noble espíritu, vivió fiel a su leal esposo con igual afecto al mío. Desinteresada, nunca eludió sus obligaciones.
Respuesta de ella: Mientras viví, me llamé Aurelia Philematium, una mujer casta y modesta, desconocida a los demás, fiel a su esposo, a quien ahora he dejado, y que fue un compañero liberto. El fue como un padre para mí. Cuando yo tenía siete años cuidó de mí. Ahora tengo cuarenta y he muerto. Mi esposo se benefició de mis constantes cuidados. CIL 6.9499 (traducción aproximada de la inscripción)

Si bien el contubernio era deseado por los dueños de esclavos, no ocurría lo mismo con las uniones de ciudadanos romanos con esclavos. Una mujer nacida libre que vivía en contubernio con el esclavo de otra persona se convertía en esclava del amo de su compañero, si el señor no había accedido a esta unión, o en su liberta en caso de haber estado de acuerdo. Los hijos nacidos de tal unión podían ser también esclavos, aunque su madre fuese libre, pero normalmente los hijos de uniones no reconocidas por la ley romana conservaban el status de la madre, como se puede ver en Gaio: “ En efecto, en virtud del Senado-Consulto Claudiano, la ciudadana romana que se unió con un esclavo ajeno mediando permiso del dueño de éste, podía permanecer ella libre a tenor del pacto, y engendrar, en cambio, un hijo esclavo; pues el senadoconsulto ratifica lo pactado entre ella y el dueño de este esclavo. Pero posteriormente el divino Adriano, al advertir la anormalidad del caso y la inelegancia del precepto, restituyó la regla del derecho de gentes, por la que si ella permanece libre, su hijo es libre.” (Instituciones, 1, 84)

La consolidación del Cristianismo hizo que estas uniones, en cierta manera, fueran dignificadas con el argumento que ante los ojos de Dios, en relación a las almas no había diferencia entre libres y esclavos. Por ello, el cristianismo propició el reconocimiento del matrimonio entre miembros del estamento servil, lo que a la postre supuso un cambio en la ley romana, llegándose a declarar el contubernium como una unión permanente similar al iustum matrimonium.


Relieve de la tumba de Claudio Dionisio, patrón de Claudia Prepontis, Museos Vaticanos

Debido al gran prestigio y las oportunidades de ascenso social que tenían los esclavos de la familia imperial, el contubernium con un esclavo imperial era una opción atractiva para algunas mujeres libres (que podían ser hijas de libertos imperiales) a pesar de que no se podría realizar un matrimonio legítimo hasta que el esclavo fuera libre.
En algunas inscripciones funerarias se cita a la vez dos mujeres en contubernio con un solo hombre, lo que podría significar una cierta poligamia, una relación no sexual o relaciones sucesivas del hombre.

"A los Dioses Manes. A Panopa, peluquera de Torcuata, esposa de Quinto Voluso. Vivió 22 años. Y a Febe, encargada de los espejos. Vivió 37 años. Spendo mandó construir esto para sus dos contubernales, que bien lo merecían ambas y para sí mismo. Esta tumba se hizo de acuerdo con la decisión de los oficiales colegiales." (CIL 6.7297)

La poligamia existía, aunque no era legal. Cicerón en el año 55 a.C. describió el caso de un ciudadano romano que dejó a su esposa e hijo en Hispania y una vez en Roma desposó a otra mujer con la que tuvo otro hijo, sin comunicar a la anterior su deseo de divorcio. Cuando murió sin testamento, ambas mujeres reclamaron su patrimonio, pero se declaró que la segunda esposa no podía considerarse como tal y por tanto ni ella ni su hijo tenían derecho alguno a heredar. En el año 170 d. C. el jurista Gaio y su contemporáneo Aulo Gelio mencionaban que en caso de haber una segunda esposa ésta sería considerada como una concubina, (paelex, exactamente) o incluso como una prostituta. Pero no fue hasta un edicto imperial de Valeriano en el 258 d. C. en el que por primera vez se criminalizó y se empezó a imponer penas a polígamos que cometieran el delito intencionadamente y a sus cómplices, además de dejar sin herencia a la segunda esposa y sus hijos.

“No hay duda de que el que tiene dos esposas al mismo tiempo puede ser acusado de infamia. Tales casos deben tomar en consideración no solo la ley que prohíbe a un ciudadano contraer más de un matrimonio al mismo tiempo, pero también la intención del ciudadano de formar el segundo matrimonio. De forma que el que pretendía ser soltero, pero tenía ya otra esposa viviendo en la provincia puede legalmente ser acusado del crimen de fornicación (stuprum). Pero tú (la inocente segunda esposa) no eres responsable, porque pensabas que eras su esposa. Puedes recuperar del gobernador provincial toda la propiedad que perdiste por culpa del fraudulento matrimonio y que te debe ser devuelto sin demora.” (Código Justiniano)




Bibliografía:

https://www.uam.es/otros/afduam/pdf/.../033_044%20FERNANDEZ.pd, REFLEXIONES A PROPÓSITO DE LA REALIDAD SOCIAL, LA TRADICIÓN JURÍDICA Y LA MORAL CRISTIANA EN EL MATRIMONIO ROMANO (I), Antonio FERNÁNDEZ DE BUJÁN

dspace.ucalgary.ca/bitstream/1880/.../1/2010_Jeppesen_Wigelsworth.pdf, The Portrayal of Roman Wives in Literature and Inscriptions, Alison D. Jeppesen-Wigelsworth

https://revistas.ucm.es/index.php/GERI/article/viewFile/50978/47315, Entre uxor, mater y concubina. Semblanza e identidad del emperador Constantino en la legislación tardoimperial, José Luis Cañizar Palacios

revistas.um.es/analesderecho/article/view/56911/54871, MUJER Y CONCUBINATO EN LA SOCIEDAD ROMANA, Mª DOLORES PARRA MARTÍN

dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/3317591.pdf, EL CONCUBINATO ROMANO COMO ANTECEDENTE DE LAS ACTUALES PAREJAS DE HECHO, Patricia Panero

dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4087401, SOLDADOS LEGIONARIOS SIN GRADUACIÓN DE ORIGEN GALAICO EN EL EJÉRCITO ROMANO, NARCISO SANTOS YANGUAS

eugesta.recherche.univ-lille3.fr/revue/pdf/.../Keith.p..., Lycoris Galli/Volumnia Cytheris: a Greek Courtesan in Rome, Alison Keith

nportal0.urv.cat:18080/fourrepo/rest/digitalobjects/DS?objectId..., EL MATRIMONIO ROMANO CLÁSICO Y SU CONFIGURACIÓN EN EL DIGESTO DEL EMPERADOR JUSTINIANO, NÉSTOR-VICENÇ ABELLÁN COELHO